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sábado, 9 de noviembre de 2013

Leyenda de la La Casa del Diamantista

Situada al final de una vaguada natural del cerro Toledano, junto a un conocido embarcadero del Tajo, la casa perteneció a Don José Navarro, autor de la corona de Isabel II. También asociada a la elaboración de esta corona hay una conocida leyenda.

Pocos eran los orfebres toledanos capaces de trabajar diamantes y piedras preciosas a finales del siglo XIX. Los creadores de joyas toledanos, acostumbrados al trabajo del oro en el [[damasquinado]], no estaban habituados al puntilloso trabajo de piedras tan recias como las que Don José Navarro acostumbraba a tallar.

Había realizado fastuosas joyas para los más variados destinos: nobleza, imágenes religiosas…, y su fama había trascendido los muros toledanos hasta llegar a la corte madrileña. Y a la madre de su futura reina, Doña [[María Cristina de Nápoles]], que un buen día envió a su más fiel lacayo a solicitar el trabajo del orfebre ante la próxima coronación de su hija la pequeña Infanta Isabel, ante la reciente muerte de su padre, el Rey [[Fernando VII]].

El orfebre se sintió gratamente satisfecho con la petición de la madre de la Infanta, pero hubo de declinarla por los numerosos trabajos que tenía ya encargados, temeroso de no crear una obra lo suficientemente valiosa para la futura Reina. Y así regresó a la corte e informó a Doña María Cristina, quien no cejó en su empeño y un buen día de mediados del verano de 1833 llegó a Toledo para solicitar en persona el trabajo en su más preciada joya, la Corona, a José Navarro.


Ante la presencia de la Reina en persona, el orfebre no supo oponerse al encargo, y cabizbajo despidió su majestad, quedando en la más absoluta soledad ante tan terrible encargo: elaborar la corona de la futura Reina de España.

Desesperado, asustado y sin idea alguna, aquella misma noche, en pleno agosto y con el terrible calor toledano, Navarro subió a la segunda planta de su estudio, situado en lo que hoy conocemos como “Casa del Diamantista”, cogió del estante un nuevo cuaderno de trabajo y de forma lenta comenzó a esbozar las ideas que le venían en mente para elaborar el encargo de la futura Reina.

Pasaron las horas, se hizo tarde, pero no hubo resultado alguno. Así sucedió en los días siguientes. Hubo de contratar varios aprendices para sacar adelante el trabajo diario, pues la elaboración del encargo Real no le dejaba tiempo libre alguno. Pasaba horas y horas delante de su estudio intentando recrear una imagen, un esbozo, de algo satisfactorio y digno de la futura reina.

El plazo se agotaba poco a poco; septiembre de acercaba, y con el la fecha de coronación. En varias ocasiones hubo de mentir a los enviados de la Corte, y enseñarles cuatro hierros más engarzados, con promesas de estar elaborando la mejor corona jamás vista en España.

Decidió no descansar hasta obtener algún resultado, y hora tras hora, día tras día y noche tras noche, trabajaba sin resultado alguno.

Cierta noche, de las que la luna llena baña las orillas del tajo y se refleja en el espejo que encierran los acantilados toledanos, el orfebre no pudo más, y un pesado sueño le sumió en los brazos de Morfeo delante mismo de su cuaderno, en su estudio.

Al clarear el día, despertó sobresaltado y con increíble sorpresa vio como delante de él, en su cuaderno de dibujo, estaba dibujada la más bella corona que jamás había visto. No recordaba haber dibujado algo así, pero ya dudaba incluso de su propia mano, pues eran tantas las noches en vela…

Pero no todo el trabajo estaba realizado, pues el boceto que se encontró era muy complejo de realizar, y no conseguía reunir las piedras preciosas y los materiales necesarios para su elaboración. Tan sólo quedaban tres días para que expirara el plazo acordado. De inmediato se puso a trabajar y la desesperación le llevaba una y otra vez a fallar en el debido ajuste del metal precioso. Aún no había conseguido las piedras necesarias para su trabajo, habiendo enviado mensajeros por todo el reino para localizar lo necesario. Cayó de nuevo la noche, y agotado por el trabajo realizado sin resultado alguno, el orfebre de nuevo quedó dormido ante su trabajo.

Despertó de nuevo sobresaltado y cual fue su sorpresa al ver sobre la mesa de trabajo las más bellas piedras preciosas, del tamaño adecuado para encajar en la corona que estaba elaborando. Preguntó a los enviados que iban llegando, con las manos vacías, por si alguno había traído las piedras, pero ninguno supo darle una explicación satisfactoria de la procedencia de los materiales tan perfectos y ya tallados.

Esa misma noche, extrañado por los últimos acontecimientos, decidió fingirse dormido en su taller y observar qué sucedía, pues el plazo expiraba en breve y aún quedaba mucho por hacer en la corona.

Pasada la media noche, observó con no poco terror, cómo la puerta del estudio se abría, y en un primer momento, fingiendo dormir, no pudo ver a nadie, pero cual fue su sorpresa cuando bajando la vista por casualidad al suelo, vio algo increíble: unos pequeños seres, vestidos con ropas de cientos de colores, de extraños rasgos jamás vistos, y de muy rápidos movimientos, accedían a la estancia, y trepaban de forma veloz a la mesa de trabajo, cogiendo con una fuerza extraordinaria para su tamaño las herramientas de trabajo, y finalizando el trabajo que en los días anteriores habían comenzado.

En pocas horas habían terminado su trabajo, y dejando una maravillosa obra de arte sobre la mesa, no sin antes mirar con curiosidad al orfebre que fingía dormir, partieron de la habitación. Navarro, se levantó rápidamente para acercarse a la ventana y observar cómo los duendecillos, pues eso parecían, cruzaban el pequeño trecho de tierra que separa la casa del Tajo, para internarse en las aún oscuras aguas de éste y perderse para siempre.

La mañana de un 25 de septiembre de 1833, habiendo viajado a Madrid, Navarro entregaba delante de la pequeña Infanta Isabel la más maravillosa corona realizada jamás y que pocos días después sería utilizada por la Reina [[Isabel II]] en su coronación.

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