lunes, 25 de noviembre de 2013

Toledo: el Reino Mozárabe que no fue (I)

Antecedentes. Amrus y la jornada del foso

Toledo fue durante siglo y medio capital del reino godo de Hispania. En el momento de la conquista musulmana era, junto a Sevilla, la ciudad más importante. Los árabes, no obstante, se inclinaron por convertir a Córdoba en la capital de su emirato, desplazando el centro de poder en la península al valle del Guadalquivir.

Para los hispanogodos toledanos, se hubiesen mantenido cristianos (mozárabes) o hubiesen adoptado el islam (muladíes), la preeminencia pretérita de su ciudad no se olvidaba fácilmente. Añádase que el obispo metropolitano era el primado de todos los cristianos de España. Así, durante los primeros siglos del emirato, los toledanos fueron rebeldes casi constantes al poder que regía en Córdoba. 

Ese sentimiento se contagió a los árabes instalados en la ciudad como señores. Entre todos ellos descolló la familia de los Banu Majsi.

Dos miembros de esta familia, Humayd y Girbib Banu Majsi, proclamaron en 797 la independencia de la ciudad del dominio cordobés, y la instauración de un emirato de Toledo. El emir Al Hakan Omeya encargó sofocar esta revuelta al walí o gobernador de Talavera (Madinat al-Talabaira), un hispanogodo llamado Amrus ibn Yusuf, conocido como al-Muwalad, o el muladí, porque su padre había sido un cristiano converso. Natural de Huesca, había combatido junto a los vascones contra el emperador Carlomagno en la célebre batalla de Roncesvalles, y sus servicios al emir en su lucha contra los rebeldes zaragozanos le habían otorgado la gobernación de la plaza talaverana. En esta ciudad, los clanes dominantes eran berberiscos, y odiaban a los árabes toledanos, con lo que los conflictos entre ambas ciudades habían sido constantes desde la conquista islámica. Era el lugar óptimo desde el que emprender una acción contra la sublevación de la antigua capital.

Hombre decidido y sin escrúpulos, el hispanogodo Amrus prometió grandes sumas de dinero a otros miembros de la familia Banu Majsi, descontentos con sus cabecillas, si los eliminaban. Cuando estos se presentaron en el alcázar (castillo) de Talavera con las cabezas de Humayd y Girbib, Amrus ordenó que fuesen también ejecutados. Aplastada de ese modo la rebelión de Toledo, y descabezada (muy literalmente) la poderosa familia de los Banu Majsi, Amrus marchó a Zaragoza ese mismo año para combatir la rebelión en aquella ciudad de los Banu Marzuq. Los árabes toledanos demostraron que su afán no había sido abatido, y lanzaron una expedición contra Talavera, arrollando la resistencia de los bereberes y capturando a Yusuf, hijo de Amrus, que acompañó, cargado de cadenas, a los victoriosos en su retorno a Toledo.

Amrus regresó rápidamente con su ejército, y a finales de 797 reconquistó la ciudad y liberó a su hijo. Al-Hakan le premió dándole el gobierno de Toledo, así como la llamada “Marca Superior” (al-Tagar al-A´la) correspondiente al valle del Ebro, de donde era originario, convirtiéndose así en el caudillo fronterizo del emirato más poderoso de su tiempo.

Durante varios años estuvo ocupado ejerciendo sus labores militares en el norte, pero en 805 estalló una sublevación en la propia Córdoba contra el emir Al Hakan Omeya. Aunque fue fácilmente sofocada, sus dos principales cabecillas, de nombres Yahya e Isa, huyeron a refugiarse en Toledo, ciudad que acogía a cualquier enemigo del emir cordobés. Amrus regresó rápidamente para imponer el orden. No obstante, sus espías le informaron que muchos nobles de la ciudad, tanto árabes como hispanogodos, conspiraban en secreto para matarle y rebelarse de nuevo. El flamante gobernador había levantado un nuevo alcázar en la ciudad años atrás, y ahora ordenó excavar en él un foso. Aprovechando la visita del príncipe Abd ar Rahmán, hijo del emir y su futuro sucesor, Amrus invitó a todos los principales de la ciudad a una fiesta en el alcázar. Cuenta la tradición que conforme pasaban a la estancia donde Abd ar Rahmán recibía sentado en un trono, iban siendo decapitados y sus cuerpos arrojados al foso. Fue la conocida como “jornada del foso” (algunos piensan que de este episodio proviene la expresión “pasar una noche toledana”), y se calcula que el número de asesinados osciló entre 400 y 700. El pobre príncipe, un muchacho todavía, quedó traumatizado por la experiencia, y se dice que desde ese día conservó un tic nervioso en los ojos. Entre los muertos estuvo, por cierto, el metropolitano de Toledo, Elipando, principal defensor de la herejía adopcionista.

Hubo otro brote de rebelión en 811, y una nueva insurrección en 830, que duró hasta que Abr ar Rahmán II logró reconquistar la ciudad en 837.

Visita de Eulogio y rebelión mozárabe

En 852, Muhhamad Omeya sucedió como emir de Córdoba a su padre Abd ar Rahman II (el protagonista de la jornada del foso). Como vimos en un artículo anterior, inició una política depersecución de los cristianos, destruyendo iglesias y monasterios, y ordenando la ejecución de muchos mártires mozárabes.

Tres años antes de estos hechos, el sacerdote Eulogio de Córdoba había viajado a Navarra, donde halló varios códices antiguos, tanto de apologistas cristianos como de impugnadores del islam, y comprobó la pujanza de la fe católica en los reinos del norte. A su regreso se detuvo en Toledo, donde, acogido por el metropolitano Wistremiro, habló a los mozárabes de la ciudad, estimulando su odio al islam y a los invasores ismaelitas, relatándoles los padecimientos que sufrían los cristianos cordobeses en las persecuciones que por entonces comenzaban.

Esta visita marcó profundamente a los cristianos de la antigua capital. Se daba la circunstancia, excepcional en las grandes ciudades, de que en Toledo las familias árabes no habían arraigado. Los hispanogodos mantenían su preeminencia en riquezas e influencia, y dentro de ellos, los mozárabes eran los más pujantes. E incluso los muladíes hacían más causa común con sus hermanos de sangre que con los árabes de su misma fe. Es muy probable que a mediados del siglo IX, en Toledo los cristianos todavía superaran en número a los musulmanes. Unidos en torno a su obispo y a la Iglesia, su situación era mucho más afortunada que la de los mozárabes cordobeses.

Así, al conocer en 852 las destrucciones y persecuciones de Muhammad, los mozárabes de Toledo se rebelaron contra el gobierno cordobés. Tomaron cautivo al walí árabe, y enviaron mensajeros al nuevo emir, proponiéndole la entrega del gobernador a cambio de la liberación y retorno de los cautivos toledanos prisioneros desde 837. Accedió Muhammad a ello, pero juró venganza. Los toledanos se organizaron en una suerte de ciudad-estado, y el consejo de nobles escogió de entre ellos a uno, conocido en las crónicas por Síndola (probablemente una versión romance del nombre godo Suintila o Swinthila) como jefe militar. La guerra había estallado.

Conquista de Calatrava y victoria cristiana en Andújar

Lo más notable es que fueron los hispanogodos toledanos los que tomaron la iniciativa. Síndola marchó con un ejército hacia el sur, y la guarnición del castillo de Calatrava evacuó la plaza, que fue demolida por los cristianos. En 853 al Hakam, hermano del emir, recuperó el castillo y rehizo sus muros, pero una segunda expedición mozárabe cruzó Sierra Morena ese mismo año.

Muhammad envió una columna al mando de los generales Qasim ibn Al Abbas y Tamman ibn Abu al-Attaf. El encuentro tuvo lugar en abril, cerca de Andújar, en el valle del río Jándula, a apenas 65 kilómetros de la capital emiral. Ese día, los hispanogodos sorprendieron el campamento del ejército árabe, batiéndolo y obteniendo una resonante victoria, en una especie de desquite de las jornadas de Guadalete y Segoyuela. Jamás se había visto amenazado tan íntimamente el dominio de los árabes en España. Sufrió Muhammad muchas rebeliones a lo largo de su reinado, en Badajoz, en el valle del Ebro, en la propia Córdoba, pero ninguna fue tan peligrosa como esta.

Tras el desastre de Andújar, del que las fuentes árabes no dan más detalles, ordenó el emir que todas las tropas disponibles se concentraran para combatir a los toledanos. Sea por esta razón, o por cualquier otra, el caso es que la expedición de Síndola no se dirigió, como parecía lógico, a tomar la capital emiral. ¿Qué hubiese sucedido, de haberlo hecho? ¿Se habría producido entonces una insurrección general de hispanogodos en todo el emirato? ¿Se hubiese instaurado un régimen mozárabe en sustitución de los invasores asiáticos y africanos? Parece poco probable, pues la fuerza militar y el dinamismo de los árabes era mucho, y no es probable que los muladíes hubiesen colaborado durante mucho tiempo con un estado cristiano.

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La batalla de Guadacelete

Sea como fuere, se retiraron de nuevo a Toledo los victoriosos expedicionarios con su botín, y con ellos se esfumó la oportunidad. Muhammad se puso a finales de 853 al frente de un poderoso ejército, repasó Sierra Morena y en junio de 854 llegó a las cercanías de Toledo. La magnitud del ejército del emir era tal, que Síndola sintió la necesidad de buscar aliados para respaldarles. El consejo envió emisarios al rey de Asturias, Ordoño, y en ello vemos una nueva prueba de la preeminencia que los cristianos tenían en la rebelión toledana, ya que buscaban un monarca católico como su escudo. Ordoño, hijo de Ramiro, reinaba desde 850. Era nieto de Vermudo el diácono, y por tanto, bisnieto de Fruela, el hermano menor de Alfonso I el católico, casado con la hija de Pelayo.

El asturiano acogió favorablemente las demandas de los mozárabes, y envió a su hermano, Gatón Ramírez, conde del Bierzo y uno de sus mejores generales. Las crónicas de la época hablan de un ejército cristiano compuesto por 8.000 toledanos y 12.000 astures. Ante las fuertes murallas de Toledo, guarnecidas por tan poderosa fuerza, Muhammad vaciló, y optó por la astucia. En lugar de sitiar o asaltar los muros de la ciudad, dejó la mayor parte de sus fuerzas repartidas en una depresión natural del río Guadacelete, o Guazalete, en la llanura de Almonacid, a unos cuantos kilómetros al sur de Toledo. Con una fracción menor de su ejército, se puso frente a las puertas de la ciudad, en la pequeña planicie de Nambroca, desplegando ostentosamente máquinas de guerra, como si se dispusiese a atacarla con tan exiguas fuerzas.

Los defensores cayeron en la trampa. Urgieron al conde Gatón a aprovechar la oportunidad de acabar con el emir. Astures y toledanos, encabezados por Gatón y Síndola, salieron por las puertas, y Muhammad ordenó una aparatosa retirada hacia el Guadacelete. Los cristianos vieron en persecución se vieron rodeados por los soldados del emir a orillas del río. La emboscada fue un éxito. Apenas unos pocos pudieron escapar, entre ellos Gatón, aunque probablemente no Síndola. Un cristiano superviviente, al que un poeta cordobés cortesano llama “el hijo de Julio”, exclamó estas palabras a su captor, un muladí de nombre Musa: “¡Veo la muerte por doquier! Delante de mí, detrás de mí, a mi costado… las piedras del Guadacelete lloran por los gemidos de los caídos”. Se calcula en veinte mil las bajas de toledanos y astures, casi toda su fuerza armada.

Los vencedores no tuvieron piedad con los prisioneros. Más de ocho mil cabezas de cristianosfueron cortadas y se formaron grandes pirámides con ellas, a las que se subían los faquíes para cantar la gloriosa victoria del islam. Fueron cargadas en carros y enviadas a Córdoba, donde colgaron de los muros. Muchas de ellas se enviaron a otras ciudades de Al Andalus, e incluso a príncipes árabes del norte de África, para que todos admiraran y temieran al victorioso emir.

Este triunfo fue muy loado por los cronistas árabes, nuestra única fuente, pero lo cierto es que sus consecuencias para la guerra fueron prácticamente nulas. Parece que Muhammad se conformó con el éxito propagandístico del triunfo, pues renunció a lo que parecía más lógico: tomar la indefensa Toledo a renglón seguido y acabar con su rebelión.

El emir regresó a Córdoba, supuestamente para atender otros asuntos y rebeliones, y para reprimir con más fuerza a los mártires mozárabes, encargando al gobernador de Calatrava concluir la campaña. Probablemente, aunque las fuentes árabes callen sobre este extremo, las pérdidas del emir en la batalla habían sido tan grandes que no le permitían el asalto inmediato a las fuertes murallas toledanas. De otro modo, no se comprende su rápida retirada.

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