sábado, 21 de diciembre de 2013

La Leyenda de Las Bodas de Abdallah Parte II

PARTE SEGUNDA

Caía la tarde sobre Toledo.

Era la tarde prevista para las bodas de Abdallah con la infanta Teresa, y toda la corte musulmana, con los invitados venidos acompañando como cortejo a la infanta cristiana admiraban extasiados la increíble puesta de sol desde el valle de Avalen, hoy del Ángel, situado cerca de la Solanilla, en la orilla izquierda del Tajo. Éste era el lugar elegido para festejar un suntuoso banquete por la consecución del deseo más ardiente del monarca musulmán.

Muchas horas duraba ya el banquete y no había señales de que fuera a terminar. El ánimo de los leoneses caminaba de sorpresa en sorpresa. Hombres sencillos, que pasaban su vida guerreando de un lugar a otro de la geografía castellana, con lanza en mano y sobre caballo, ajenos a la vida de refinamiento y lujo de la corte toledana, consideraban el banquete con que Abdallah los festejaba como una serie continuada de maravillas. La profusión de manjares delicadísimos, la riqueza de las vajillas, el lujo que rebosaba en todas partes, los iba deslumbrando, incluso en ciertos momentos se creían en poder de los gnomos, esos misteriosos seres de las leyendas populares que algunos dicen habitan las orillas del Tajo, y que invitan a los hombres elegidos para admirar las increíbles maravillas que ocultan en sus cuevas.

Cada nuevo manjar era servido en una vajilla diferente, más rica siempre: de plata las primeras y de oro según pasaban las horas. No había dos que se pareciesen en los ricos adornos y en la forma, y según eran retiradas de la mesa por los servidores de palacio, eran arrojadas una tras otra a las tranquilas aguas del Tajo como cosa despreciable, y el río devoraba aquella lluvia tan copiosa de riqueza, perdiéndose en su oscuro fondo.

Mientras brindaban todos por la suerte de los novios, músicos ocultos en los álamos del río tañían toda clase de instrumentos, y hermosas mujeres danzaban alrededor de los allí presentes.

Y viendo que la fiesta terminaba, el rey se levantó, y dirigiéndose a un pabellón preparado, habló a todos los presentes: “os ofreceré un espectáculo digno de vuestra infanta y de vosotros: la pesca del oro”.

A una señal del monarca, varias barcas iluminadas y ricamente adornadas hendieron las aguas del tajo, y al compás de la música sacaron del fondo del río una ancha red que previamente habían colocado para que no se perdiesen las costosas vajillas que arrojaban sus servidores apenas eran retiradas de la mesa. Grandes vítores se alzaron entre los allí presentes y para corresponder a ellos cortésmente, el mismo rey ordenó que fuesen repartidas estas piezas entre sus invitados.

Viendo finalizada la fiesta, la infanta deseó despedirse de los caballeros y Obispos que la habían acompañado, y en lágrimas les pidió:

- Aconsejadme, padres míos; decidme qué debo hacer para romper este odioso yugo que es un sacrílego reto a Dios. ¿Habré yo de verme unida a un enemigo de mi religión para ser suya por toda la eternidad?

- Calmaos, hija. Le respondió uno de los más ancianos. Pues Dios en su sabiduría sabrá leer en vuestro corazón y tranquilizará vuestra conciencia. ¿Qué culpa tenéis vos de los desvaríos de vuestro hermano?

La infanta, temerosa ante su destino, pidió a los caballeros que reunieran los caballos y huyeran todos a toda prisa del lugar.

- La fuga es imposible. Estamos rodeados y vigilados sin cesar. Podríamos entablar una guerra que no conviene a nuestro señor…

El más anciano repitió de nuevo:

- ¿Quién sabe, hija mía, si la Providencia os reserva un alto papel en el mundo? Vos, por vuestro amor, obtenéis para los cristianos de este reino algunas concesiones que harán menos dura su vida. ¡Quien sabe! Quizás con vuestra fe podáis enseñar a vuestro esposo la senda verdadera e iniciarle en el cristianismo.

La infanta, viéndose ya sin salida alguna pidió la bendición y murmuró una oración.

A los pocos momentos, en ricas barcas engalanadas y al compás de la música, volvió a Toledo la regia comitiva y entró en la ciudad entre las aclamaciones de la multitud, que la acompañó hasta el palacio de Abdallah, situado en las casas donde siglos más tarde se construyó el Colegio de Santa Catalina.
Al llegar allí, Doña Teresa se despidió afectuosamente de los caballeros leoneses que fueron aposentados en el mismo Alcázar, se disolvió la multitud y cesaron las músicas y los cantos, y los dos esposos se retiraron a sus aposentos.



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