sábado, 21 de diciembre de 2013

La Leyenda de Las Bodas de Abdallah Parte III

PARTE TERCERA

Ya tarde, los nuevos esposos se recogieron a sus aposentos. Una vez cerrada la recia puerta del aposento, la infanta se arrodilló a los pies de Abdallah, y abrazando sus rodillas le dijo con la voz llorosa:

- Señor, el mandato de mi hermano, Rey de León, me arroja en vuestros brazos. Unidos ante los hombres nunca lo estaremos ante Dios. ¡Romped esta infamia! ¡Dejádme que vuelva a mi tierra!

El Rey de Toledo intenta en vano agasajar a la infanta con dulces palabras y promesas de vida inigualable en su reino, pero no lo consigue.

- Sólo hay una forma de que yo os ame, dijo la infanta.

Abdallah, viendo una luz tras estas palabras, abrió inmensamente los ojos, diciendo

- Decidme cuál es, y os juro vencer todos los obstáculos, por grandes que sean, que se opongan a éste fin. La vida de mis soldados, el oro de mis pueblos, todo es mío, y todo lo sacrifico por conquistar una sola mirada de esos ojos, una sola sonrisa de esos labios.

- Pues bien, respondió la princesa, sea una nuestra religión. Hacéos cristiano.
Retrocedió varios pasos Abdallah al oír tan inesperada proposición, pero reponiéndose de inmediato exclamó con voz grave:

- Lo que solicitáis es un imposible, y si fuera capaz de abrigar tal pensamiento, me hundiría este acero en el pecho para castigarme por mi cobardía.

Tras varios intentos en vano de doblegar la recia oposición de la joven, Abdallah se impacientaba, y visiblemente enojado, dio un paso más hacia delante, intentando agarrar fuertemente a la princesa, que no en vano, se resistía y gritó:

- ¡Dios de mis padres, protégeme!

En aquél momento se apagó la candela que iluminaba tenuemente la estancia y se oyó en el palacio un ruido espantoso, a la vez que todos los muros temblaban como agitados por una mano invisible.

La guardia de palacio rauda acudió a las habitaciones privadas del Rey, al que podían oír profiriendo unos gritos terribles. Cuando allí llegaron, la estancia estaba iluminada por un resplandor que los hizo retroceder y cubrirse los ojos.

En una esquina, la infanta arrodillada parecía que rezaba siguiendo con la vista la luz que procedía del techo. En el otro lado de la estancia, Abdallah, con los ojos a punto de salirse de las órbitas, tendido en el suelo, señalaba con el dedo un punto del espacio y ya sólo murmuraba con profundo terror:

- Allí, allí… Por allí han salido… ¡Siento aún el ruido de sus alas!

Al día siguiente, partía la comitiva cristiana hacia sus tierras. Con asombro de todo el pueblo, Doña Teresa marchaba con ellos.

En una carta manuscrita por el propio Abdallah para el Rey de León, afirmaba que comprendía, aunque tarde, que su unión con una princesa cristiana era imposible, y por lo tanto la devolvía a su hermano, reiterando su amistad y ofreciéndole su alianza.

El Rey acompañó a los cristianos hasta Olías. Esperó hasta que la comitiva se perdió en el horizonte, camino del norte. Tras esto, corrió a ocultarse en su alcázar de Toledo.

Dicen las crónicas que una semana después había muerto, debido a una enfermedad desconocida, que los más sabios médicos árabes y judíos no supieron definir.

Cuando llegó Doña Teresa a Oviedo, profesó en un convento, y murió en él siendo abadesa años más tarde, según consta en la inscripción de su sepultura, que aún se conserva:

“Este sepulcro cubre el sagrado cuerpo de Teresa, hija del rey Bermuda y la reina Elvira, nacida de claro linaje, y más ilustre por su santa vida, que tuvo conforme a su Regla. Imítala, si deseas ser bueno. Murió a los siete días de las calendas de Mayo en la feria quarta a la hora de media noche. Era M.LXXVII en la sexta edad del mundo. Concede, oh Cristo, perdón. Amen.”

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