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lunes, 16 de diciembre de 2013

Leyenda del Cristo de la Calavera...

Duelo por Inés en la calle del Cristo de la Calavera... 

Esperando al público, los actores preparan los atrezzos, repasando el texto de la escena del duelo de dos jóvenes por una mujer cuando, de repente, dos jovencitos pasan de frente, echándose la culpa uno al otro por dejar perder la oportunidad de estar con una chica; una sonrisa nos invade a todos al pensar que es la misma escena que íbamos a interpretar en aquel instante. 

La leyenda... 

El rey Alfonso VIII preparaba una gran expedición guerrera contra los árabes y, antes de partir, organizó una gran fiesta en el Alcázar en honor de sus tropas. 

Noche de damas y caballeros envueltos en la elegancia y, cómo no, los juegos amorosos, las miradas y los gestos entre los dos sexos. 

Todos los caballeros habían sido impresionados por la presencia de una bella dama llamada Inés; entre ellos se hallaban dos jóvenes, Alonso y Lope de Sandoval, que con el paso de las horas se enfrentaban basándose en frases y burlas para ganar la mirada de aquella mujer. 

Cuando los piques llegaron a ser agresivos, la dama se levantó para evitar un incidente más grave entre esos dos jóvenes, pero en ese momento se le cayó un guante que llevaba y, naturalmente, los dos caballeros se lanzaron al suelo para coger la prenda y devolverla a su dueña. 

Afortunadamente, la escena fue cortada por la llegada del rey que tomó el guante y lo devolvió a la dama. 

Finalizada la fiesta, los invitados se fueron a sus aposentos; pero fuera del Alcázar, en la Calle de La Calavera, donde la oscuridad era la dueña de Toledo, aparecieron dos sombras confusas sujetando sus espadas, avanzando para quedarse cara a cara. 

Eran los dos invitados, Alonso y Lope, que habían decidido resolver sus diferencias con las armas y que no habían encontrado mejor sitio tranquilo que éste para hacerlo, justamente bajo la imagen de un Cristo que había junto con una calavera y una lamparilla de aceite que alumbraba el lugar. 

Tras saludar al Cristo, sacaron sus espadas para comenzar el duelo y, cuando se chocaron sus aceros por primera vez, la lamparilla se apagó y la calle se quedó sumida en la oscuridad; al separarse ambos dudando qué hacer, el farolillo volvió a brillar; los dos caballeros se sorprendieron un poco, pero siguieron su lucha y otra vez, al chocar sus espadas, se apagó la lamparilla y, al separarse, se encendió; esta vez intercambiaron alguna explicación y reanudaron la pelea. 

Pero a la tercera, escucharon un gemido profundo, fue cuando comprendieron que aquel Cristo impedía el enfrentamiento, se miraron un momento y un impulso espontáneo les llevo a abrazarse y acordar que la que tiene que decidir es la propia Inés. 

Cuentan que los dos caballeros, aquella noche, tras suspender el duelo, pasaron cerca de la fachada de la casa de Inés y con profunda sorpresa vieron como se abría el balcón y como un hombre salía de él y comenzaba a bajar hasta el suelo con la ayuda de una cuerda, mientras la propia Inés se despedía amorosamente del galán.

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