jueves, 5 de diciembre de 2013

Plaza de Moros en Villatobas

En el verano del año 1998 comenzaron las excavaciones en el yacimiento arqueológico de Plaza de Moros, situado en la localidad de Villatobas, Toledo.

El Proyecto Plaza de Moros se desarrolla dentro de la Iniciativa Comunitaria Leader Plus para la Comarca de Ocaña, que gestiona el Grupo de Acción Local D. Quijote de la Mancha. Los objetivos de este proyecto no se limitan a la investigación científica del sitio, sino que se pretenden la puesta en valor del yacimiento, aprovechando el atractivo turístico y pedagógico que la Arqueología tiene para el público en general.

El yacimiento se descubrió en 1994 durante los trabajos de prospección arqueológica efectuada por nosotros desde ese año en la Mesa de Ocaña, en la esquina nororiental de la provincia de Toledo. Se trata de una zona de transición entre las Alcarrias y La Mancha, constituida por una superficie de páramo que se asoma por el norte a los yesos de la Fosa del Tajo. En su parte meridional, una serie de arroyos han socavado las rocas calizas, dejando en sus cauces abruptos frentes de escarpe. Sobre uno de ellos, en la confluencia de dos riachuelos: del Robledo y de los Moros se localiza el poblado de Plaza de Moros.

El cerro es un espolón que se levanta 30 m. en paredes muy sinuosas sobre el cauce de estas cañadas. Un lengua de tierra de 25 m. de ancho es el único acceso practicable, que fue defendido con dos fosos, un parapeto de 2 m. de alto entre ellos y la muralla de casi 6 m. de ancho. En esta zona predominan las areniscas y calizas, de hecho nos hallamos en la transición de las arcillas rojas de borde de páramo a los yesos grises bajo la capa de calizas pontienses.

En realidad el yacimiento era conocido desde siempre, porque el propio nombre del lugar: Plaza de Moros no es sino la traducción que hace la cultura popular del Recinto Amurallado de los Antiguos, significación exacta de ese nombre para las gentes del pueblo. Todavía en las primeras ediciones de los mapas topográficos 1:50.000 se conserva el topónimo de Camino del Castillo o Castejón, luego perdido, junto con la conciencia de la existencia de este antiguo pueblo.

Estamos por tanto ante una de las tipologías de poblado indígena más comunes de la Península, abundante en el Valle del Ebro desde el Bronce Final y la primera Edad del Hierro, los "village clos", "éperons barrés", o espolones con barrera, que proliferarán en la II ª Edad del Hierro en prácticamente todas las regiones peninsulares. En la Mesa de Ocaña, los yacimientos de la cuenca del arroyo Cedrón (como Plaza de Moros) son más pequeños que los de la fosa del Tajo.Plaza de Moros es un ejemplo típico, junto a Villapalomas o El Peñón (a 9 y 15 km. respectivamente), todos ellos próximos a una hectárea. Hay yacimientos más cercanos ubicados en el llano, junto a los cauces de agua, como Montealegre a 3,3 km., Villatobas (a 6,8 km), o Venta de Juan Cano (a 9 km). 

La característica principal de estos enclaves amurallados no es el dominio visual del entorno o el control de rutas pretendidamente estratégicas, que tan machaconamente se repite en tantos trabajos, sin que nadie haya podido precisar nunca la funcionalidad concreta de la visibilidad en estas sociedades, los trazados de ninguna ruta y menos aún de que cualidades, condiciones o características deviene el supuesto carácter estratégico de ciertos caminos.

Se trata de lugares defensivos, en los que se busca una topografía precisa que requiera la menor inversión posible en obras de defensa para garantizar el aislamiento del recinto, que delimite una superficie igual o mayor a la que necesita el grupo social para establecerse y que disponga de buenas corrientes o manantiales de agua en sus proximidades. Estas condiciones las reúnen ciertas penínsulas de borde de páramo y espolones sobre taludes, en muchos lugares denominados "muelas".

EL POBLADO. DEFENSAS

Así pues hacia comienzos del siglo IV a.C. unas gentes conocidas más tarde en los escritos de púnicos y romanos como carpetanos, construyeron un poblado en el cerro de Plaza de Moros, aprovechando las ventajas defensivas del lugar, situado sobre una península de aproximadamente 1 Ha. de extensión. 

Primero excavaron dos fosos en el istmo que aísla el espolón y con las piedras sacadas de ellos construyeron una muralla en esa parte, de casi 6 m. de anchura, al menos 5 m. de alto y casi 30 m. de largo, cerrando toda la extensión del istmo. 


Sin embargo las técnicas de albañilería eran rudimentarias, pues apenas trabajaban los grandes bloques de caliza o arenisca que disponían en los extremos del muro, rellenando el interior con tierra, pequeñas piedras y cascotes de todo tipo. Esta mampostería se trababa con una mezcla de cal y arena del lugar. Uno de los fosos se dispone a los pies de la muralla, con 4 m. de ancho. El otro lo hace a 30 m. de ella y es aún más vasto, para dificultar el acercamiento de posibles invasores a caballo. Entre ambos, además debió existir un pequeño parapeto de piedras. La puerta de entrada debió estar en la parte norte de esta Barrera, pero fue destruida para facilitar el acceso de los tractores para cultivar el cerro. 

También se dispuso un nuevo muro de piedras de 1 m. de ancho, a veces usando grandes bloques pseudo-rectangulares u ovalados, que cerraban todo el recinto del cerro. Esta muralla lateral, que se utilizaba como pared trasera de las casas, hacía del cerro, con escarpes casi verticales de más de 25 m. de altura sobre el cauce de los arroyos, un lugar inexpugnable para las poblaciones vecinas, porque la guerra y el pillaje eran una parte cotidiana de sus formas de vida. Sin embargo, las defensas no eran suficientes para las legiones romanas o los ejércitos cartagineses y de hecho, un gran incendio consumió el poblado entre el siglo III y II a.C. y ya nunca más se volvería a habitar.

PAREDES.

Los sistemas de construcción descubiertos hasta ahora son similares en las áreas excavadas y muy parecidos a los de otros poblados de este tipo y de esta época, excavados en otras zonas de la Península. Hemos visto como se empleaba básicamente la piedra para las obras de mayor envergadura, aunque siempre sin trabajar. Las paredes se construían sin zanja de cimentación. En la parte baja, se disponía una o dos hiladas de piedras de tamaños variables y sobre ella se recrecía el resto del muro con adobes de barro mezclados con paja de trigo y cebada.

Estos adobes tienen varios moldes, los hay de 15x29x8 cm., de 29 x29x8 cm, y de 22x30x 10cm. Se colocan tanto a soga como a tizón, en hiladas simples o dobles lo que determina la anchura de las paredes.Así, las exteriores tienen una anchura de 60 cm, las que separan una habitación de otra, 40 cm y 20 cm los tabiques de las escaleras de acceso a la muralla que se describen en el Area I.Los adobes estuvieron en todos los casos cubiertos con un revoco, a base de tierra y paja, que era preciso renovar cada año.

El incendio que permitido la extraordinaria conservación de las paredes, a veces de hasta de 2 m. de altura, nos deja ver las marcas de los dedos en estos revocos. En ocasiones se mezclaba arena con cal dejando un enlucido exterior blanco.En el Area I las habitaciones tuvieron dos pisos, separados por un entramado pe palos y ramas y un manto de tierra en el que se han marcado las improntas redondas de los postes y las cuerdas. En las paredes de estas segundas alturas los adobes se disponían en espina de pez, como es típico todavía de las casas de los pueblos de Soria y Tierra de Campos. No existen paredes medianeras sino muros adosados, lo que nos permite diferenciar una casa de otra. 

TECHOS

Rara vez se ha podido documentar en un yacimiento de esta época la cubierta de las casas. De nuevo gracias al incendio que arrasó el poblado, se ha conservado en parte en Plaza de Moros una cubierta vegetal, que los análisis antracológicos y arqueobotánicos han confirmado compuesta de cañas y carrizo. Estos materiales se encontraban en abundancia en los arroyos vecinos. Todavía es posible hallar en la zona chozos y cabañas con este tipo de cubiertas.

Unos postes de encina o roble sujetaban las techumbres. Estos pies derechos no se descortezaban y se elegían árboles de 20 a 25 cm. de diámetro. A veces se cortaban por la mitad en secciones semicirculares, para lo cual debieron poseer unas herramientas de hierro de muy buena calidad, ya que estas maderas son extremadamente duras.

Además de las maderas carbonizadas, quedan en el suelo los agujeros donde se clavaban los postes. Por ellos sabemos que las cubiertas tenían casi 1 m. de vuelo o alero. Para evitar que el viento las levantase, utilizaban grandes pesas de barro que colgaban a ambos lados de las paredes unidas por cuerdas que se cruzaban en la techumbre. 

Estas cuerdas o las que enrollaban sobre los palos que servían de dinteles de puertas y ventanas para que el barro agarre mejor, se fabricaban con esparto y con cáñamo, que por entonces debió abundar en los humedales de los arroyos.

LOS SUELOS Y LOS HOGARES 

Sobre ellos se disponían otros palos más pequeños y sobre éstos ramas de encina y quejigo cuyos restos carbonizados han llegado hasta nosotros. Sobre estas ramas se colocaban las cañas y sobre ellas el carrizo, bien trenzado, formando escalones descendentes, como en los tejados de paja.


El suelo natural del cerro de Plaza de Moros está formado por lajas de caliza o una costra de arenisca. Directamente sobre ellas se colocaba un manto de tierra apisonada, probablemente cribada y mojada, como se ha podido documentar en el área II de excavaciones. En cada una de las habitaciones se distinguen varios de estos mantos de arcilla. Todavía quedan numerosos ejemplos en la cultura popular de celebraciones relacionadas con bodas o el nacimiento de un hijo, en las que se aprovecha para echar un nuevo suelo a la casa. Por lo general están nivelados aunque sus conceptos de las líneas rectas no son como los nuestros y así encontramos desniveles de hasta 20 cm. en el mismo cuarto, o paredes mal escuadradas. 
Sobre los suelos se depositan los restos de la vida cotidiana, formados por capas grises de acúmulos orgánicos. Sin embargo, en Plaza de Moros apenas existen. Tampoco abundan los restos de huesos procedentes de animales cocinados, lo que nos hace pensar en la existencia de basureros localizados en las afueras del poblado, y un barrido habitual de los suelos de las casas.

Se han localizado hogares en varias habitaciones. A veces no queda de ellos más que una mancha circular de arcilla enrojecida por el fuego en el centro. En otras se conservan los rebordes de estructuras ovaladas en las esquinas, o rectangulares en el centro de las estancias. Junto a ellos, en ocasiones se disponían unos palos que han dejado un hoyo de 10 cm. de diámetro en el suelo, sobre los que se dispondrían los lares.

Es común hallar huecos circulares revocados con cal o improntas calizas sobre los que se colocaban las grandes tinajas de almacenamiento, bien de grano o de agua ya que la cal es un excelente aislante. En la Hab. 1 del Area II, documentamos una reforma que consistió en cambiar el hogar del centro a la esquina de la habitación, cerrar el hueco de una puerta central y abrir otro en la esquina y tapar uno de los agujeros para soporte de tinajas.

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