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lunes, 23 de diciembre de 2013

Santa Leocadia de Toledo

Leocadia de Toledo, Santa
Mártir, 9 de diciembre

Procedente de las Galias, entra el gobernador Daciano dejando un rastro de sangre cristiana por donde pasa. Los primeros años pacíficos y benevolentes del emperador Diocleciano han quedado atrás. Parece ser que el césar Galerio ha movido los ánimos de la tetrarquía gobernante contra todo lo que lleva el nombre de cristiano. Girona, Barcelona, Zaragoza, Alcalá, Toledo, Ávila y Mérida presentan cada una su lista de nombres conocidos y venerados que, por el mismo tiempo, dieron sus vidas con entereza.

En su libro De las coronas, el Peristephanon, dejará Prudencio su testimonio escrito del siglo IV sobre los hechos martiriales en arte pindárico. Entre ellos, el encantador relato del martirio de Santa Leocadia.

Santa Leocadia nació en Toledo de familia cristiana, en el siglo III, en plena época de persecución de los cristianos hasta en los rincones más apartados del imperio romano. Cuando llegó allí Daciano con orden de erradicar el cristianismo reduciendo a los cristianos al culto de los dioses del imperio o exterminándolos si se resistían, entre los primeros denunciados estuvo Leocadia, porque se significaba notablemente propagando la nueva fe entre los toledanos. Mandada comparecer ante el tribunal, persistió en confesar su fe, por lo que fue condenada a una cruel pena de azotes y prisión. 

Estando en la cárcel, donde se había grabado una cruz en la pidra, supo del martirio de Santa Eulalia de Mérida, cuyo ejemplo la animó a a seguir con más firmeza en la fe y a refugiarse en la oración ante su cruz grabada en la piedra. Vencida por las heridas que habían quebrantado su cuerpo y por las duras condiciones de la prisión, murió el 9 de diciembre del 304.

Tres templos se levantaron en Toledo en honor de Santa Leocadia: uno en la casa donde nació, otro donde estuvo presa y otro en el lugar de su sepultura. Este último se hizo célebre porque allí se celebraron los concilios de Toledo y porque en ocasión de reunirse en aquella iglesia el rey Recesvinto y toda su nobleza con San Ildefonso, a la sazón obispo de Toledo, para expresarle al santo su agradecimiento y admiración por sus tratados en defensa de la Virgen María y sus prerrogativas, la santa se levantó de la sepultura para expresar su adhesión al solemne homenaje.

Junto a su tumba, en el cementerio local, en la vega del Tajo, se comienza a desarrollar el culto martirial. La basílica romana del siglo IV es mejorada a comienzos del VII por el rey Sisebuto, siglo en el que el culto a la santa vive su esplendor. Pronto, arzobispos —incluido san Ildefonso— ponen propias tumbas junto a su tumba y concilios toledanos se celebran bajo la cercana protección.

El cuerpo de Santa Leocadia estuvo muchos años en Toledo, en el templo que le edificó el rey Sisebuto. Pero con la invasión de los árabes se temió por las santas reliquias, por lo que fueron trasladadas a Oviedo, y de allí a Flandes, al monasterio benedictino de San Gisleno. Felipe II lo devolvió a Toledo, donde fue acogido con gran júbilo. A raíz de del traslado del sepulcro de la santa a Oviedo, hasta 18 pueblos de aquellos entornos se pusieron bajo el patrocinio de la santa, denominándose todos ellos Santa Leocadia.
Las reliquias de la santa patrona toledana han soportado desde mediados del siglo VIII un largo peregrinaje. Muchos y no siempre triunfales han sido los traslados hasta su reposición en la catedral, a hombros también de Felipe II, en el siglo XVI. Hoy reposan en arca de plata fabricada por el platero Merino en El Ochavo de la catedral.

APARICIÓN DE SANTA LEOCADIA A SAN ILDEFONSO

Así relata la propia tradición este Hecho:

Estando en oración San Ildefonso, arzobispo de Toledo, ante el sepulcro de esta santa, en presencia del rey Recesvinto y de toda la corte, se quitó por sí misma la losa que cubría el sepulcro, que era de una enorme grandeza. 

Santa Leocadia salió del sepulcro cubierta con un gran velo y, encarándose con el santo arzobispo, le dijo:

«Eres dichoso, Ildefonso, en tener una tan viva y tierna devoción a la santísima Virgen, y por haber defendido con tanto valor contra sus enemigos su gloria y sus insignes prerrogativas; continúa, ilustre devoto de María, honrando y haciendo que los demás honren a nuestra común Reina. Os aseguro que lo debéis esperar todo de su poder y de su bondad».

Habiendo dicho esto se volvió Santa Leocadia a su sepultura, dejando a todos los asistentes con un santo temor y una respetuosa admiración, que se asemejaban a un dulce éxtasis.

Durante esta milagrosa aparición, habiendo San Ildefonso tomado en su mano la punta del velo de la Santa, cortó un pedazo de él con el cuchillo que el Rey llevaba a la cintura, cuya preciosa reliquia se conserva todavía en el relicario de la santa iglesia de Toledo.




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