domingo, 9 de marzo de 2014

Leyenda de El Zapatero y el Cardenal

En estos tiempos, en los que algunos se ven poseedores de la razón suprema, en los que la soberbia y la confrontación que provocan no son precisamente cualidades de hombres de fe, y en los que la supuesta defensa de su Credo impone una crispación entre las personas ya olvidada hace tiempo, traemos a estas páginas una hermosa leyenda con un título muy significativo.

No pretendemos en estas páginas dar clases de moral a ningún prelado, ni hombre de fe, pero si traemos una leyenda toledana que bien podría ilustrar, incluso por su título, la implicación de ciertos poderes religiosos en ámbitos políticos, y cómo desde hace siglos, la sabiduría popular quería ver en sus dirigentes eclesiásticos lo que en la actualidad no se tiene: humildad. “Aplíquense el cuento”, o en este caso, la leyenda.

Esta leyenda cuenta la historia entre un humilde Zapatero y un famoso Cardenal toledano.

Siglos hace ya que la céntrica calle Martín Gamero, muy cercana a la Catedral, unión de las Cuatro Calles con Tornerías, alojaba talleres de zapateros. No de aquellos que remendaban lo viejo, sino de aquellos que con sus manos creaban auténticas obras de arte en forma de calzado, a medida, y en ocasiones para los más pudientes de la ciudad.

Una mañana de invierno, de las que la niebla transcurre como jirones entre las esquinas de las vetustas calles toledanas, un joven estudiante entró en uno de los talleres y en un tono educado, aunque algo seco, se dirigió al zapatero diciéndole:

- Buenos días, zapatero. Observad los zapatos que llevo… ¿Os parecen adecuados para soportar el frío de esta ciudad?

El hombre dejó su trabajo y bajando la vista observó que sus zapatos estaban en bastante mal estado y habían perdido en buena manera el lustre que antaño parecieron haber tenido: - Más parece que vayáis descalzo, comentó el zapatero.

El joven estudiante encargó al zapatero un par nuevo y tomándole las medidas, le apuntó que en tres días aproximadamente tendría listo el encargo.

Pasado este tiempo, el joven entró por la puerta del taller, se probó los zapatos y viendo que se ajustaban a su medida y eran cómodos indicó al zapatero:

- Ahora no tengo mucho dinero, pues soy estudiante, pero tened por seguro que os pagaré los zapatos cuando sea Arzobispo de Toledo.

El zapatero se sorprendió por lo que escuchó del joven, pero viendo que el trabajo ya estaba realizado y que poco obtendría de él, pensó que muchas formas hay de caridad, y así se lo hizo saber al estudiante, afirmando además que si necesitaba cualquier otra cosa no dudara en pasar por su taller.

El joven dio las gracias al zapatero y quedó impresionado por el buen corazón de este hombre que había regalado de buena gana su trabajo y su tiempo a un desconocido. Insistió de nuevo en su promesa de pagar el calzado cuando fuera Arzobispo de Toledo.

Pasaron los años, y el zapatero se hizo mayor. No tuvo hijos varones y terminaba sus días de forma humilde y sin demasiados recursos. Un buen día, llamó a su puerta un canónigo afirmando venir por orden del Excelentísimo Señor Arzobispo de Toledo, el cual requería ante sí la presencia del zapatero.

Éste, sorprendido por tan inusitada convocatoria, acompañó al séquito hasta el Palacio Arzobispal, preguntándose qué deseaba de él tan alta persona.

Tras pasar por amplias estancias, llegó frente al Arzobispo, el cuál, sonriente le dijo: querido amigo, en primer lugar os deseo mostrar mi agradecimiento con un abrazo y después os quiero pagar una deuda que tengo con usted desde hace mucho tiempo, pero que no he olvidado.

El zapatero, casi asustado, había olvidado totalmente la promesa de aquél joven estudiante y permanecía muy confuso ante la escena, creyéndose erróneamente conducido ante su excelencia.

- Hace muchos años ya, (apuntó el Arzobispo), cuando yo era un estudiante sin recursos, hice la promesa de pagaros cuando fuera Arzobispo de Toledo. Nunca he olvidado vuestra obra de caridad conmigo.

Y cogió una bolsa con 50 onzas de oro y se la dio al zapatero, que había recordado la vieja anécdota.

Tras este pago, de nuevo agradeció al zapatero su obra de caridad y le requirió si deseaba algo más de él.

- Nada más deseo, pues este pago es muy superior al coste de aquellos zapatos. Pero tan sólo os pido algo más: que a mi muerte, mis dos hijas, que aún viven conmigo no queden abandonadas a su suerte.

No os preocupéis, dijo finalmente el Arzobispo, pues vuestras hijas serán debidamente atendidas.

Comentan que esta leyenda, y la promesa final del Arzobispo, que no era otro que el Cardenal Silíceo, sirvió para la fundación del Colegio de Doncellas Nobles, cuyas primeras alumnas serían las hijas del humilde zapatero.

Apuntes históricos:

Juan Martínez Silíceo, cuyo segundo apellido era en realidad Guijarro, fue preceptor de Felipe II, tras ser nombrado así por el padre de éste, Carlos I, en el año 1543. Antes de esta fecha, el Cardenal, que obtuvo este cargo en 1556, enseñó en la Universidad de París y ocupó la cátedra de filosofía natural en la Universidad de Salamanca. Promulgó el primer estatuto de limpieza de sangre, antecedente de la discriminación legal contra los conversos. Escribió un manual de matemáticas, Ars arithmetica (1514). Murió en Toledo en 1557.

El Colegio de Doncellas Nobles, fundado por Silíceo, y situado en la Plaza dedicada a éste Cardenal, fue conocido en un principio como “Colegio de Nuestra Señora de los Desamparados”, teniendo una asignación de 6000 ducados para que pudieran vivir 100 doncellas que al casarse eran dotadas con 100.000 maravedís. La intención del colegio era preparar a estas jóvenes para ser buenas “amas de casa”, pues aquellas que decidían vestir los hábitos de monja no recibían dote alguna. En la actualidad es una residencia de estudiantes y aloja diversas dependencias de la Administración Regional.

http://www.leyendasdetoledo.com/index.php/leyendas/terror-milagros/174-el-zapatero-y-el-cardenal.html

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