martes, 25 de marzo de 2014

San Raimundo, Fundador de la Orden de Calatrava

San Raimundo "el San Bernardo español", nació probablemente por tierras del Moncayo, en Tarazona, de cuya catedral fue canónigo. Fue luego monje cisterciense en Francia, de donde pasó a Niencebas como abad. Su antiguo obispo de Tarazona, Don Miguel, le escribió: "Hago esta donación a ti, Raimundo, antiguamente hijo de nuestra Iglesia y ahora abad de Niencebas".

Después de asistir de asistir en Roma al Capítulo General de la Orden del Císter, queda en la abadía de Fitero, a la que unirá para siempre su nombre San Raimundo. Allí pensaba que terminaría su larga peregrinación.

Pero no fue así. Sancho III el Deseado había acudido a Toledo con lo más granado de su reino: condes, capitanes, caballeros, obispos, abades. Cundía una noticia alarmante: los caballeros templarios iban a abandonar la fortaleza de Calatrava. Los almohades la ocuparían. Toledo estaba en peligro.

Enterado de la situación, se sintió como impelido interiormente el abad Raimundo, y creyendo que ahora le pedía el Señor este servicio, marchó a Toledo con el monje Diego Velázquez, para ofrecerse al rey.

El rey había ofrecido la plaza de Calatrava al valiente que tuviese la audacia de aguardar allí a los musulmanes. Nadie se abrevia. Pero Diego era un héroe y su abad un santo. Se encomendaron al Señor y se ofrecieron. Los medios, Dios los daría, una vez que la causa era buena.

Los cortesanos, avergonzados, se burlaban de tan quijotesca aventura. En cierto modo, tenían razón. El abad era diestro en cantar salmos y transcribir manuscritos, pero no en empuñar las armas. Ante la única oferta, se les ofreció la plaza. "Y aunque parecía locura, fue un éxito, como a Dios plugo".

Raimundo predicó con fervor la cruzada. Hasta veinte mil hombres reunió en las orillas del Ebro para defender y habitar aquella comarca. Mientras tanto, Diego, antiguo guerrero, organizaba la resistencia, entrenaba a los cruzados, guerreaba con los enemigos y salvaba la plaza.

Pero era preciso asegurarla definitivamente, y es entonces cuando el abad realiza la gran obra. Con sus numerosas huestes, mitad monjes, mitad soldados, funda la Orden militar de Calatrava "leones en tiempo de guerra, corderos en tiempo de paz", de la que es proclamado Primer Gran Maestre. Al ver la buena organización y sus éxitos, Alejandro III la confirmó.

La Orden de Calatrava seguiria cosechando triunfos. Y es que la disciplina les mantenía siempre en forma. Como asegura Don Rodrigo Jiménez de la Rada "pruébales la constante disciplina y el culto del silencio los acompaña. Si la victoria los levanta, la postración frecuente los humilla y la vigilia los doblega. La oración los instruye y el trabajo los ejercita".

Después de cinco años de abad de Calatrava, Raimundo se retiró a la villa de Ciruelos, cerca de Ocaña. Desde Ciruelos el Santo vigilaba a los monjes caballeros y oraba por ellos en los días de combate, como al conquistar Cuenca y recobrar Alcañiz. En los días de paz les infundía aquel espíritu de fe que les haría vencedores en las luchas oscuras del claustro.

En Ciruelos murió el santo abad, y, como dice el Rey Sabio en la Crónica General "enterráronle en dicha villa y allí face Dios miragros por él".

Sus reliquias sufrieron una larga peregrinación, como era frecuente entonces por las guerras y porque todos querían tenerlas. Desde Ciruelos pasaron al monasterio de Montesión de Toledo. Más tarde fueron veneradas en Fitero. Acabaron su peregrinación en la catedral de Toledo, encerradas en preciosa urna, sobre la que campea victoriosa la Cruz de Calatrava.

Fuente: http://www.serviciocatolico.com/files/16marzo.htm

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