domingo, 6 de abril de 2014

Leyenda de el Cristo de la Vega

La leyenda también la narra Zorrilla titulándola "A Buen Juez, mejor Testigo".

Había en Toledo dos enamorados: Doña Inés de Vargas y D. Diego Martínez. Ambos provenían de familias hidalgas aunque de escasos medios, sobre todo la de él. Era el tiempo en que los gloriosos Tercios Españoles se batían por Europa, y precisamente a D. Diego le llegó la orden de partir hacia Flandes como soldado. 

Para despedirse, la pareja salió dando un paseo hasta la vega. En la locura de su pena, Inés cedió a las peticiones del amado y mantuvieron relaciones junto al río. Después, le exigió que jurara que se casaría con ella nada mas volver de Flandes. Y así lo hizo D. Diego ante la imagen del Cristo que en la ermita de allí al lado estaba.

El joven partió a la guerra y ella quedó esperando. Pasaron los meses, y aunque la guerra había terminado, D. Diego no volvía. Inés, desesperada, salía todas las tardes a la puerta del Cambrón para ver si su amado regresaba. Volvía a su casa llorando, y así día tras día.

Por fin, un día, D. Diego apareció: venía rodeado de amigos y luciendo los galones de capitán. Al verlo, Inés se acercó corriendo llamándolo por su nombre. Él desvió la mirada, espoleó a su caballo y se perdió calle adelante seguido de su grupo.

D. Diego había conocido el éxito; había alcanzado el grado de capitán de los Tercios, y, además, el rey acababa de nombrarle caballero. La vanidad y la ambición le habían hecho olvidar a aquella a quién había jurado amor eterno.

Inés, venciendo su orgullo herido, se presentó en la casa de los Martínez, pero los criados, siguiendo las órdenes del joven capitán, la sacaron a la calle con malos modos.

Otra vez las lágrimas volvieron a sus ojos y llorando volvió a su casa. Se pasó la noche en vela, enfurecida, unas veces, llorando, las más, y pensando cómo podía solucionar su situación. Por fin lo decidió, aunque ello suponía tener que hacer público su deshonor: iría a pedir justicia al mejor juez hasta entonces conocido, D. Pedro Ruiz de Alarcón, gobernador de la ciudad.

Se presentó Inés al gobernador, y éste, tras escuchar su demanda ordenó comparecer a D. Diego. El joven negó vehementemente haberle prometido matrimonio. Oyendo esta negativa, D. Pedro preguntó a Inés si tenía algún testigo de la promesa. Inés dijo que no, y, entonces, el gobernador, puesto que era la palabra de uno contra la del otro, dio permiso a D. Diego para que se marchara; cuando estaba éste a punto de salir de la sala, Inés, dando un grito, dijo: — "Detenedle. Sí tengo un testigo: la imagen del Cristo de la Vega fue testigo de su promesa".

Ante esta situación, D. Pedro no supo que postura tomar. Por fin, tras pensarlo un rato y consultar con los otros jueces que le acompañaban, decidió que aquella tarde se bajaría a la ermita a tomar declaración al Testigo.

Cuando la comitiva inició la bajada hacia la vega, iba en cabeza D. Pedro, tras él, D. Iván de Vargas y su hija, los alguaciles, escribientes, monjes, hidalgos y casi todo el pueblo toledano. El resto, entre los que se encontraba D. Diego, estaba esperando a la puerta del Cristo de la Vega, ya que la noticia se había extendido como un reguero de pólvora ardiendo.

Entraron las autoridades y los dos jóvenes. Se encendieron cuatro cirios ante la imagen, y todos de rodillas rezaron una oración. Después, levantándose, se acercó D. Pedro, con Inés a un lado y Diego al otro, hasta los pies de la imagen. Leyó en voz alta el pleito entablado y luego, dirigiéndose a la imagen preguntó: —"¿Juráis ser cierto que un día, a vuestras divinas plantas, juró D. Diego Martínez tomar como esposa a Doña Inés de Vargas?

El silencio era absoluto. D. Diego sonreía burlón. De pronto, la mano derecha del Cristo se desclavó de la cruz y bajando se apoyó en el libro de autos mientras una voz retumbaba en la ermita: —"Sí, lo juro".

La estupefacción se apoderó de los presentes. Una vez que se recuperaron de la sorpresa, vieron que la imagen tenía los labios entreabiertos y que la mano seguía bajada (Y así sigue la imagen hoy en día).

Tanto Doña Inés como D. Diego renunciaron al matrimonio ingresando ambos en sendos conventos

Fuente: http://acebo.pntic.mec.es/~apalom1/Leyendas/cristovega/cristovega.htm

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