lunes, 5 de mayo de 2014

Leyenda de La Flor de la Ceguera

Hacía ya algunos años que había huido de la ciudad que me vio nacer, Toledo. Entonces mi Señor el Rey Alfonso VI había reconquistado la ciudad, y las malas compañías mezcladas con la noche me llevaron a acabar en duelo con uno de mis enemigos, en este caso, cristiano como yo.

Tuve que ocultarme en tierras de Al-Ándalus, perseguido y acosado por compañeros del fallecido; busqué cobijo en el palacio de un poderoso Señor musulmán que me acogió y cuidó como un sirviente más durante estos años.

Pero esta noche, mientras soñaba con mi ciudad y anhelaba sus noches estrelladas, dos fuertes guardas de mi señor me habían llevado a su presencia, y mientras esperaba a ser recibido, me temía lo peor: que mis captores hubieran descubierto el lugar donde me oculté escapando de aquella terrible noche.

Apreciaba a mi señor. Al principio, me trató como a otro sirviente más. Me había dado cobijo, comida y trabajo, pero más adelante había compartido conmigo conocimientos y saberes que aún no se poseían en tierras cristianas. Lamentaba que mi señor no pudiera conocer la belleza del mundo, los colores, las formas visibles, las luces..., pues de niño perdió la vista durante una terrible enfermedad que ni los mejores médicos de toda Al-Ándalus supieron curar.

Cuando llegó, atravesando la amplia sala del palacio en la que nos encontrábamos, mi señor parecía calmado pero a la vez nervioso. Esto me hizo temer lo peor. Pero sus palabras me tranquilizaron:

- Conozco tu pasado. Sé que vienes de Toledo, sé también que cometiste un error y llegaste a mí, indudablemente por la intervención de Alá, Nuestro Señor. Ahora es tiempo de agradecerme lo que he hecho por ti: vuelve a Toledo, vuelve a tu ciudad.

- Señor mío -respondí-, si vuelvo a Toledo, seré preso y muerto, por el error que cometí.

- No te preocupes, nadie te reconocerá tras tantos años. Mi encargo tampoco precisará de tu alojamiento en el interior de la ciudad, tan sólo deberás ir al lugar que llaman "El Valle".

Mi señor me explicó entonces que descubrió ciertos textos antiguos, escritos por los musulmanes que durante años habitaron Toledo, que en aquel hermoso paraje crece una flor mágica que combinada con ciertos hechizos curan la ceguera. Pero con el tiempo se perdió parte de aquella sabiduría, y hoy nadie sabe cómo es, qué color tiene o a qué huele... Por tanto me encargó que llevara hasta su palacio un ejemplar de cada especie que encuentre, y así poder escapar de la oscuridad que durante tantos años le ha dominado.

Y aquí me encuentro, caminando casi en la penumbra ya, con un gran saco cargado en la espalda, con cuanta flor diferente he encontrado durante tres días y tres noches por El Valle de Toledo, intentando ocultarme de las gentes que por aquí transitan y durmiendo al raso, cuando el cansancio me vencía, mientras veo cómo las antorchas iluminan mi querida ciudad y contemplo por primera vez en muchos años aquellos amaneceres y atardeceres que vi durante toda mi niñez y juventud.

Tras tres días de duro trabajo, y varios más de camino, he regresado con mi señor. Sentados alrededor de una gran mesa hemos puesto todas las flores de diferentes formas, colores y olores que he encontrado en El Valle. Veía cómo mi señor temblaba como un niño cogiendo una tras otra las flores, recitando unos versos que no alcanzaba a comprender y pasándolas por delante de sus abiertos pero apagados ojos.

Una y otra vez frotaba los pétalos ya casi secos por sus cuencas sin resultado alguno, mientras lágrimas de desilusión corrían por sus mejillas.

Cuando llegó a la última, me levanté y cogiendo de nuevo el saco le dije que volvería a Toledo tantas veces como fuera necesario hasta dar con la flor y devolverle la vista. Y cuando ya me disponía a marchar de nuevo, la voz de mi Señor resonó en el palacio:

- ¡Esperad! ¿Llevaste esas sandalias durante tu viaje?

Así es, le dije.

- ¡Dámelas!

Obedecí sin más y puse a su alcance mis desgastadas sandalias, que habían pisado tierras toledanas.

Acercó la suela a sus ojos y al momento los colores, la luz, la belleza de la vida llenó su corazón a través de sus ojos. El milagro se había producido.

Comprendí lo sucedido. Tras varios días paseando por el valle sin descanso y en plena primavera, habría pisado la buscada flor, y su esencia quedó en la suela obrando el milagro en los ojos de su señor.

Di las gracias a mi señor, por devolverme aunque temporalmente también mi ceguera: volví a ver la ciudad que tanto anhelaba. Nunca más lo podría hacer, pero con ello había devuelto la vista a aquél que más ayudé cuando lo necesitaba.

Y todo gracias a la flor de la ceguera, esa que dicen crece cerca de Toledo, al otro lado del río, en el paraje que llaman "El Valle".

Versión original de esta leyenda en Bazín, René (1896): Terre d'Espagne, 4ª ed., París, Calmann-Lévy.
Enlace con el documento original: http://www.scribd.com/doc/24047533/Terre-d-Espagne ( a partir de la página 175)

Fuente: http://www.leyendasdetoledo.com/index.php/leyendas/tulaytulah/5867-la-flor-de-la-ceguera.html
http://www.hosteleriadetoledo.com/noticias/noticias_AHT_actualidad_dispositivos_de_trafico_con_motivo_de_la_romeria_del_valle_la_manifestacion_del_primero_de_mayo_y_dias_sin_mi_coche.jpg

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