lunes, 1 de septiembre de 2014

Allá van leyes donde quieren reyes

Zocodover, plaza toledana, escenario de justas, ejecuciones, corridas de toros, amplias disputas, y centro vital de la ciudad. Sede de una de las leyendas toledanas más conocidas, y que ha servido para dar fundamento a una de las tradiciones más arraigadas en la ciudad: el rito mozárabe.

Eran tiempos de la Reconquista, del rey de Castilla y León Alfonso VI; eran tiempos del rito mozárabe en la Iglesia peninsular, el de los cristianos nacidos en tierras dominadas por los musulmanes durante siglos, una serie de ritos “puros”, llegados directamente de los primigenios cristianos, y conservado, una vez más en Toledo.

Es en esta época tumultuosa cuando sube al trono de San Pedro Gregorio VII, y empeñado éste en unificar el rito eclesiástico de toda la cristiandad, decide abolir en tierras Castellanas el denominado “gótico” o “[[rito mozárabe]]” y fuera sustituido por el posteriormente denominado “[[rito gregoriano]]”, “galicano” o “romano”, como se había hecho en otras tantas naciones como Francia. Navarra y Castilla se resistían al cambio, por considerar esta tradición suya y arraigada, mientras que Aragón y Cataluña ya habían cedido.

El Papa, viendo tal desobediencia de la diócesis toledana, una de las más influyentes en la península, hizo valer su poder político, ya que el arzobispo de Toledo, Don Bernardo, y la esposa del monarca, doña Constanza, eran de origen francés, consiguiendo su importante apoyo a la causa gregoriana. La opinión del monarca era de suma importancia, por lo que presionaron para poner de su lado a Alfonso VI, ayudados de sus consejeros, monjes de Cluny. Para ello, el arzobispo de Toledo convocó un concilio en la Catedral, al que acudieron numerosos obispos y clérigos de todas las diócesis e incluso contó con la presencia del Rey y su corte.

El [[Concilio de Toledo]] bendijo y consagró la Catedral el 25 de octubre de 1086 y ordenó que desde ese momento se “cumpliesen los mandatos del Papa y se usase el rito romano, cesando el mozárabe”.

Sin embargo, el pueblo castellano y en especial el Toledano, que había tenido una decisiva intervención en la recuperación de los terrenos colindantes a Toledo y de la propia ciudad, mostró su oposición ante tal decisión y se vio traicionado, pues el rito estaba muy arraigado entre el pueblo llano y el clero, llegándose incluso a producir graves altercados por esta causa.

[[Alfonso VI]] estaba decidido a cumplir la voluntad Papal, influenciado por su esposa y por el arzobispo toledano, pero viendo los problemas que acarreaba tal imposición entre el pueblo llano, decidió zanjar la disputa con un “juicio de Dios” ([[Ordalía]]), como era costumbre en la época.

El forastero que se hubiera hallado en Toledo uno de los días más secos y calurosos del ardiente estío de 1086, hubiera sido testigo de un extraño espectáculo que indudablemente habría despertado su atención. Fue en Zocodover, lugar de reunión y céntrico de la urbe toledana, donde el rey castellano nombra al caballero que defendería el rito romano y fue en Zocodover donde el clero y pueblo eligieron como defensor de su rito al mozárabe don Juan Ruiz de Matanzas. Se engalanó la plaza para tan magno evento, con la asistencia del Rey, Arzobispo y Corte Real. Se levantaron estrados y una ubicación especial bajo el ahora llamado “Arco de la Sangre”, pero por entonces a buen seguro postigo principal de los Palacios de Galiana, todavía en pie. Dieron comienzo las justas por tan magna disputa y en poco tiempo quedaba vencido el caballero real, quedando victorioso el mozárabe. Pero el Rey Alfonso, y ante escándalo de todo el pueblo y clero allí citado decide, impulsado por el Arzobispo y su esposa, ignorar el resultado de la justa y se muestra decidido a cumplir lo que había ordenado, imponiendo el rito romano muy a pesar del resultado de la contienda caballeresca.

Ante tal afrenta, surgen graves tumultos, por lo que ambas partes deciden una nueva solución al enfrentamiento, un “juicio milagroso”, que solventaría definitivamente el problema.

Vuelve a alzarse varias semanas después el estrado en Zocodover, y de nuevo la plaza se prepara para acoger este evento. Gentes venidas de todos los rincones del reino asisten en Toledo a este juicio, que decidirá de forma definitiva el rito a emplear definitivamente por la Iglesia castellana.

Una gran pira se instala ante el Rey, y una vez encendida la hoguera, allí serían arrojados los dos misales, el romano y el mozárabe, y todos esperarían alguna manifestación divina que así determinase cuál rito debía seguirse a partir de entonces. Al lado del trono real se colocaron los dos misales, sobre un pequeño altar, y al lado de un Cristo y dos cirios. El monarca, angustiado y no menos temeroso, hizo una señal para que se iniciara la ceremonia. Al poco, el Arzobispo, tras recitar unas oraciones seguidas por todos los presentes, tomó los dos misales y de forma enérgica los arrojó a la hoguera, viendo con estupor cómo uno de ellos era arrojado violentamente de las llamas a varios metros de distancia, intacto y cayendo a los pies del monarca.

Era el misal mozárabe.

Tras mostrarlo al público allí reunido una gran ovación y gritos de júbilo surgieron del público, celebrando lo que consideraban un milagro divino por el que Dios manifestaba que el misal de rito mozárabe no debía ser destruido por las llamas por ser su preferido… Pero la sorpresa y el silencio rotundo de toda la plaza llegó cuando el fuego se extinguió y los allí reunidos pudieron comprobar que entre las cenizas aún quedaba intacto el otro misal, el romano, que también había sobrevivido al intenso fuego.

Pese a todos estos intensos eventos, el monarca no se atrevió a quebrar la voluntad Papal, que en aquella época podía ser terrible (una excomunión significaría un problema serio para el monarca castellano), y como cada uno ante la vista de los dos misales podía interpretar el hecho como le viniera en gana, decidió por medio de decreto que en todo su reino se usara el rito romano y se abolía el mozárabe, aunque para aplacar la ira de los toledanos se decidió que en la ciudad se mantuviesen seis iglesias con el culto antiguo: Santa Justa y Rufina, San Marcos, San Lucas, Santa Eulalia, San Sebastián y San Torcuato. Fue una solución de compromiso. El rito Mozárabe se mantendría vigente en estas seis parroquias de la ciudad, a las que se asignaron los cristianos que vivían en ellas antes de la Reconquista, fuera de distribución territorial, introduciéndose el rito Romano en la Catedral y en las Parroquias territoriales creadas para los nuevos pobladores castellanos y francos.

Por esto, los toledanos explicaron que en el resto de los territorios conquistados se debía utilizar el romano, por haber permanecido en la hoguera, y en Toledo, por haber salido del fuego, debía ser el mozárabe.

A raíz de estos sucesos, y del resultado final, surgió el dicho popular “Allá van leyes donde quieren reyes” (Allá van leyes do quieren reyes), que posteriormente se extendió por todo el país.

Como en muchas de las leyendas de la ciudad, y al tratarse de transmisión oral, hay versiones para todos los gustos, y tenemos varios finales para escoger el que más guste:

- Una versión dice que el misal expulsado fue el gregoriano, pues no podía aguantar las llamas, mientras que el mozárabe se mantuvo en la hoguera sin que el fuego le consumiera. 

- La otra versión afirma que fue el misal romano el que quedó destruido por las llamas.

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