viernes, 17 de octubre de 2014

Leyenda del Cristo del Motín

EL CRISTO DEL MOTÍN

(TRADICIÓN TOLEDANA)
Al Sr. D. Felipe Benicio Navarro.

—¡Oh, tristes memorias de tiempos que para mí fueron venturosos!— exclamó Bodoque, compungiendo el rostro y adelgazando lamentosamente la voz;—desde ahora puedo asegurar a Vd., mi señor caballero, que si como me veo tullido de las piernas, manco del un brazo, y no muy diestro con el otro, moviese bien los miembros todos, maguer tuviera trastornado el celebro, no sería tan grande mi desdicha; que no hay aflicción como la de conservar despierto el sentido para atender á la medida del propio mal que uno padece, y acordar como perdidos los contentos y los bienes pasados. Digo esto, porque torno de Zocodover, por donde pasean muy galanes los señores soldados que el Rey manda para las Indias, y revive en mí el recuerdo de cuando yo estaba como ellos están, y como ellos se gozan en alardes y donaires, alardeaba y donairaba muy gentilmente.

No atendía á estas razones el caballero D. Alvaro Alonsos, a quien iban dirigidas, porque es natural condición de todo mozo enamorado divertir su pensamiento tan sólo en las imaginaciones, gustos y pesares del deseo que, cuando no es cumplido, martiriza y propiamente se cree que abrasa el pecho con vivo fuego.

Mas, al fin, dando un fuerte suspiro el mozo, cual si cayese, al cabo de un espacio de tiempo, en lo dicho por el picaro Bodoque, exclamó:

—¡No serás tú tan desdichado, que de seguro no aspiras á un bien, ni temes perderle, ni te aguijan aficiones amorosas, ni se te daría mucho con tener, como yo, que abandonar á Toledo, dejando la más hermosa y recatada doncella que puede haber en el mundo! Así, te digo que hablemos, sobre todo, de lo que me importa, y es: que así como es costumbre tuya y de todos los picaros del ejercicio de pordiosear, acercaros como que vais á demandar una limosna á las damas, y ponéis eu sus manos las cartas de sus amantes, hagas lo propio con Teodora cuando saliere mañana de la misa.

—No haré tal, que corro el riesgo de que me condene el Corregidor a sendos azotes—replicó Bodoque.

—No te cogería de nuevas, que ya has manoseado el remo y calzaste hierro á los pies en las galeras de S. M.; pues en estas, y no en otras guerras, te has visto; además, ha de ser lucido para tí un jubón nuevo y unas calzas, llevando á la zaga de todo una bolsa con algunos escudos.

—Démelos, démelos, señor caballero, que yo me gobernaré mañoso para que no me sorprendan los corchetes pesquisidores del señor Corregidor, pues soy que ni pintado para tales empresas; cuando más que esta noche, según creo, habrá revuelta en la ciudad, pues son muchos los descontentos que tiene en ella el señor Corregidor; y en tanto que todo se trastorna, fácil le ha de ser á vuestra merced ver á esa doncella, en tanto que su padre se apresure a apagar el incendio de los enconos y el tumulto dé la gente.

No sabía el caballero de qué hablaba Bodoque, el cual le dijo Cosas que no esperaba oir. Era el caso, que había en una de las estrechas calles de Toledo, y hacia la judería, un Santísimo Cristo, guardado en un hueco abierto en la esquina de una casa pequeña y miserable; dos farolillos ardían á uno y otro lado de la imagen, á toda hora del día ó de la noche. Los encargados por su propio voto de mantener constantemente encendidas las luces eran los mendigos de la ciudad, entre los cuales más eran los picaros que los necesitados; con esto pedían todos para la luz del Santísimo Cristo, y pedían, cuando no robaban, á diario, más de lo que hubiera sido menester para alumbrar la imagen durante un siglo. Tal abuso había querido reprimirle el señor Corregidor, decidiendo poner por su cuenta las luces y perseguir á los maltrapillos que hicieran de la devoción un pretexto para dejar enjutas las bolsas de las gentes, y la decisión hubo de enojar a la canalla a extremoso punto.

Bien poco hubo de cuidarse de todo esto D. Alvaro, que era cuenta del señor Corregidor y de sus pesquisidores y corchetes; y así, pues, luego que hubo repetido al picaro Bodoque su encargo, fuese á pasear por la ribera del Tajo, reposando, al cabo, a la sombra de unos árboles pomposos, de ramas extensas e infinitas hojas, que al deleite del descanso convidaban.

II

Cuando ya muy entrada la noche el mozo D. Alvaro tornó a la ciudad, hallábanse solitarias las estrechas calles; la luna hermoseaba con su luz suave aquellas hermosas arquitecturas de templos y palacios que enriquecen la imperial ciudad, y el joven caballero iba sumido en sus pensamientos, y tal como si su propio deseo no le encaminase a la casa de su amada, iba allí, paso á paso, temeroso y prevenido.

—No quiero—se decía—sino verla antes de marchar. ¿No es injusto mal de la aborrecida suerte que yo haya amado a Teodora, y ella me haya amado a mí, que ambos nos hayamos amado desde niños, y que mi padre y el suyo, por nuevos enconos que ellos se tengan y hayan sentido mucho después que nuestro amor sus hijos, yo me vea condenado a irme con los soldados del Rey, y ella a la estrecha y oscura celda de un convento?

Al fin, el caballero D. Alvaro se acercó a la reja y llamó quedamente a la ventana, que luego, pasados algunos instantes, se abrió.

El Corregidor se hallaba de ronda por la judería; al cabo de la calle donde vivía Teodora lucían, balanceados por el aire, los dos farolillos del Cristo de los Mendigos, que después tomó, como se ve en las historias, el nombre de «El Cristo del Motín.»

—He sabido, Teodora, que tu padre ronda la otra parte de la ciudad.

—¡Dios mío! ¿Te atreves á venir hasta aquí?—replicó con dulce y tímida voz la hermosa doncella.

—Nada en el mundo es fuerza que pueda separarnos; dame tu mano, que quiero cou las mías acariciar esa suavidad de su nieve; me creo feliz, bien me será dado jurarlo, porque siento el perfume de tu boca; ¡qué labios los tuyos, grosetuelos y rojos, frescos y tan lindamente formados! ¡Oh, querría morir prendido á esta reja, dejando con mis ojos mi alma en los tuyos!

— ¡Alvaro, por Dios, huye... huye... pueden sorprendernos!

—¡Prisa tal, fuese mejor que se lanzasen desde luego de cabeza al infierno! Creo que ni todos los soldados que hay hoy en Toledo podrían reducirme a otra voluntad... Sí, soy un necio, Teodora; no es amar el rendirse cobardemente á perder el bien que amamos.

Hervía la sangre del mozo enardecida; nunca, verdaderamente, como entonces, acreció en su alma a tal modo la violencia de la pasión que Teodora le había infundido.

Dióse la voz de la doncella tan dulcemente como esos leves ruidos que produce el leve soplo de la brisa, bien cuando acaricia las hojas y ramas, como cuando pasa por las flores secando en ellas la humedad del rocío.

Andan por el mundo muchos dotos, que de estrecheces virtudes y enjuta, cuanto desabrida moral, condenan los gustos de la juventud y son parleros sermoneadores que acibaran las dulces esperanzas en retoño; no son sino codiciosos por perder el bien que la fortuna brinda a los demás, y siendo ya encorvados por las desdichas, contrahechos por la vejez, frios por la muerte que, a punto señalado les aguarda, maldicen del contento y de la alegría, hallan el amor un crimen, locura las encantadas imaginaciones de los deseos tiernos y puros de la mocedad; á los tales censores no les habrá de parecer disculpable que, arrebatado D. Alvaro por la pasión, propusiera un desatinadoproyecto á su amada.

Los picaros maltrapillos aún no habían ido, como era su costumbre, a atizar los faroles de su Cristo; el Corregidor, sin duda, tampoco se había determinado a guardar la imagen y prender a los buscones que intentaran desobedecer sus órdenes; era obra diabólica hacer desaparecer el Cristo y las luces, provocar desde luego la temida revuelta, y a la guarda de la barabúnda y confusión, valerse para huir D. Alvaro con su amada a esconderse, hasta que el Corregidor, por cubrir su honra, les perdonara...

¡Cuánto no hubo de costarle convencer a Teodora, en la cual casi tanto podía el respeto de la virtud y el honesto recato, cuanto el vivo amor que por D. Alvaro sentía!

Una vez rendida y obligada tomó un disfraz, que fué, a lo que cuentan, un lindo traje de un su hermano adolescente todavía, y salió sigilosamente á la calle, temblando de miedo y agitado el corazón por mil contrarios afectos: el gozo de verse junto a su amante, la pena de escapar de la casa paterna, una incierta esperanza, un afanoso deseo, un hondo pesar y un intenso contento.

Tomóla D. Alvaro en sus brazos, y dirigiéndose á la esquina dondo se hallaba el Cristo, dejó su dulce carga en el suelo, y apoyándose en una reja rompió el cristal de la urna, sacó de ella la imagen, apagó los farolillos, y bajando con presteza, tornó a tomar en sus brazos a su amada, y escapó por el intrincado laberinto de estrechas calles de la imperial ciudad...

Horas después, sucedió al silencio un estrépito endiablado; los picaros, los virotes, los bigardos, la flor y espuma de los maltrapillados, armaba estrépito de bulla, algazara de gresca y ruido de revuelta... Todos los bullangueros de la gran ciudad gritaban en rebelión contra el Corregidor que los había secuestrado su Cristo... el Cristo que la truhanería decía ser suyo.

Danzaban de una a otra parte los corchetes, haciendo reir a los soldados del Rey que, retorciéndose los mostachos, en nada de aquello querían mezclarse; el Corregidor no acertaba á comprender lo sucedido, y mucho menos cuando supo, no con menor espanto, que además de robar el Cristo á los picaros, le habían robado a él la hija... lo cual era más grave y bochornoso.

No hubo manera de calmar la agitación ni volver al orden, hasta que el picaro Bodoque, ya avistado con D. Alvaro, hubo de decir al Corregidor, que como accediese a casar su bija con el joven y mandara palio y cirios al puente de Alcántara al día siguiente, y permitiera a los picaros rendir culto á su Cristo, todo quedaría sosegado en la república; y asi fué, que hubo de hacerse tal y como Bodoque previno, y D. Alvaro Alonso casó con la bella Teodora.

En nada hemos querido nosotros poner ni punto más ni menos de lo qué nos refirieron ante el nicho y la imagen que existe en el propio sitio, y que tiene por nombres los de Santo Cristo del Amor o Cristo del Motín, cosa que preocupará a los roelibros y rebusca chismes de tradición beata; así, pues, lector, que ellos lo busquen con más extensos datos; tú goces salud y á mí no me falte.

José Zahonero.


queremos dar las gracias al buen amigo que nos hizo llegar el "descubrimiento": D. Luis Alberto Pérez Velarde, Conservador del Museo del Greco en Toledo.


Fuente: 
Juan Luis Alonso Oliva Publicado el 15 Mayo 2012

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