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lunes, 10 de noviembre de 2014

Leyenda de Don Diego de la Salve


Uno de los parajes más tranquilos de Toledo, la Iglesia de San Lucas, ahora sólo perturbado por los muchos vehículos que por allí estacionan, encierra una de las leyendas más conocidas de la ciudad, un prodigio con cierta carga espectral que D. Eugenio Olavarría dejó por escrito allá por 1880: "Es una historia antigua, una vieja leyenda popular que aún se conserva viva en la memoria de los toledanos"... Y sentándose en el suelo, apoyado en las paredes del templo y mirando hacia la Virgen del Valle, situada en frente de nosotros, mi acompañante nos contó la historia que va a seguir:

I

Caía la tarde invadiendo con sus nieblas precursoras de la noche, la antigua iglesia de San Lucas, sentada sobre uno de los siete cerros en que está edificada Toledo, y una anciana, rendida bajo el peso de los años, lloraba silenciosamente ante el viejo altar en que se veía la imagen milagrosa de la Virgen de la Esperanza.

El pequeño templo, casi a oscuras, estaba solitario y silencioso. Ningún rumor llegaba hasta él. Sólo de cuando en cuando las aguas que lamían el pie del cerro que sostiene la antigua iglesia mozárabe enviaba hasta allí como un gemido de dolor al estrellarse en las presas que encuentra en su camino.

La anciana sollozaba. Sin miedo a miradas indiscretas, y exaltado en la soledad su sentimiento religioso, creía hallarse en la misma presencia de la Virgen delante de cuya imagen rezaba y su corazón latía apresuradamente.

-¡Señora! ¡Madre mía de la Esperanza!- decía exhalando fuertes sollozos, -me siento morir, pero no he querido dejar este mundo de amarguras y miserias sin despedirme de tí; sin ver de nuevo tu rostro divino que tantas veces se me ha aparecido en sueños rodeado de celestial resplandor. Ya sabes que con exactitud he cumplido el encargo de mi madre moribunda de hacer que tódos los sábados se cantase en este sitio la Salve en tu honor. Al morir, desgraciadamente, no pudo llevarme a la tumba la seguridad de que mi ruego será obedecido como yo obedecí el de mi madre. Mi sobrino es un joven disipado, falto del temor de Dios,... ¿querrá cumplir mi encargo? Virgen pura, madre de Dios y de los pecadores, ilumina con un rayo de luz su entendimiento ofuscado por el error, y que nunca deje de resonar en estos muros el himno de tu alabanza!-

Calló la anciana, y al cabo de breve pausa en que sus labios siguieron moviéndose silenciosamente, continuó:

-El médico no quería dejarme salir; mis amigas se oponían a mi deseo, pero a pesar de todo cedieron a mis suplicas conmovidas por mis lagrimas. Siento que la muerte se aproxima, te he visto por última vez y puedo morir, pero antes de dejarte para siempre, quisiera, reina y señora, que hicieras comprender a mi débil razón humana que se cumplirá mi deseo, que puedo dormirme al sueño de la muerte sin el temor a que pierda el pueblo la costumbre de venir los sábados a escuchar en mágicos ritmos la salutación divina que el arcángel te dirigió. Hazme comprender que mi sobrino abrirá los ojos a la luz y los sentirá bañados por el fulgor inmenso de tu belleza celestial.-

Y al hacer esta súplica con todo el fervor de un alma piadosa, gruesas lágrimas corrían por sus pálidas mejillas, inundando su enflaquecido rostro. Su cuerpo doblado por la edad y los sufrimientos, señalaba un arco muy marcado, cuya negra silueta, apenas se distinguía en las sombras crecientes que inundaban la pequeña iglesia.

La noche se iba extendiendo por el recinto solitario; sólo el fulgor de una lampara pendiente del techo, alumbraba en uno de los ángulos oscuros una figura de Jesús, hija de los delirios del Greco, ese genio loco cuyo pincel abortaba imágenes quiméricas, espantosas, impotente a veces para expresar las que forjaba en su imaginación: Dos velas de cera, turbando el silencio al chisporrotear en la sombra, ardían a los pies de la Virgen de la Esperanza, cuyo rostro aprecia animarse al reflejar la luz pálida y mortecina de los cirios. No se oía ningún ruido. La anciana, con la cabeza inclinada sobre el pecho, proseguía sus oraciones. Hubo un momento en que levantó los ojos para mirar la imagen, y su rostro sufrió una transformación completa, expresión de indefinibles sentimientos que conmovían profundamente su alma. 

Una extraña alucinación se apoderó de ella. Le pareció que la venerable imagen se animaba sobre el blanco fondo del altar, y la vio nadando en un nimbo luminoso, en un océano de deslumbrantes resplandores en que se confundían los primeros rayos de sol que nace y los vagos tintes que deja al ponerse entre las nubes que se amontonan a su paso como bandada de pájaros que le acompañan a occidente. 

Los ángeles que vuelan a sus pies se animaban también, y por sus bocas sonrosadas, entreabiertas como el capullo de las flores que reciben las gotas del rocío, parecía vagar una sonrisa celeste. Mientras todo el templo estaba invadido por la más densa oscuridad, el altar mayor era un foco poderoso de luz, de luz radiante, de luz inextinguible. La alegría irradiaba en el rostro de la anciana, que en vano buscaba oraciones que sus labios inmoviles se negaban a repetir. Y de la boca entreabierta de la Virgen, y de la boca entreabierta de los ángeles salió como un soplo tenue, muy tenue: el eco repitió ligero murmullo de palabras dichas en una lengua que no tenia nada de este mundo y que semejaba el ruido del viento al deslizarse entre las ramas de los árboles dormidos.

Y la devota, incapaz de soportar más tiempo aquel resplandor que hería vivamente sus ojos, encantada por los mágicos acentos que sonaban como música deliciosa en sus oídos, dobló la cabeza y se inclinó hacia delante en actitud respetuosa y humilde. Cuando la voz que de tal modo la suspendía elevándola sobre la tierra a esferas más brillantes, se disipó, y levantó de nuevo la cabeza, todo había desaparecido. Las imágenes habían vuelto a recobrar su habitual expresión. El templo se hallaba completamente a oscuras y sólo en torno de la Virgen esparcían su claridad las velas encendidas a sus pies. Entonces la anciana dirigiéndose a la Virgen:

-Gracias, madre mía, -murmuró, -tengo ya vuestra promesa y puedo morir tranquila.-

Después de esto se levantó penosamente; dio algunos pasos hacia el ara, y, empinándose sobre la punta de sus pies, puso devotamente sus labios en una punta del velo, bordado en oro, de la imagen. Luego agarrándose a las paredes, a los bancos, a las columnas para no caerse, se dirigió hacia la puerta; mojó sus dedos en la pila del agua bendita, hizo en su frente la señal de la cruz, y volviéndose por última vez para dirigir a la iglesia su postrer mirada, salió a la calle, donde la esperaban sus criados, que no habían querido entrar con ella, perdiéndose enseguida en una de las calles inmediatas.

Al día siguiente la campana de la parroquia mozárabe de San Lucas tañía tristemente pidiendo a los vecinos del barrio una oración por un alma que acababa de abandonar la tierra; y, por la tarde, inmenso cortejo asistía al entierro de doña Ana Rameros, muerta la noche anterior pocas horas después de su visita a la Virgen de la Esperanza. Los devotos que concurrían al acto deploraban, con la muerte de la virtuosa señora, que ya no se cantase más la acostumbrada Salve semanal a la madre de Jesús, pues D. Diego Hernández, a quien pasaban los bienes de doña Ana, era un joven irreligioso e incapaz por tanto de respetar las promesas de su anciana tía. Los pobres, con sus plegarias y su llanto, formaban la mejor corona en la tumba que acababa de cerrarse sobre el cadáver de su protectora.


II

-Creedme, señor: no juzguéis ilusión de mis sentidos lo que es tan real y positivo como este aire que respiramos y este sol que nos ilumina. No os traigo mis observaciones de un día, sino mis observaciones de mucho tiempo; que conociendo de desconfiado que sois, he vacilado mucho antes de decidirme a venir a buscaros, y durante estas vacilaciones mías he tenido ocasión de observar gran número de veces el milagro.

-¿Pero es posible, buen Ferrán, que vengas a distraerme con esos cuentos que entretendrían quizá a tus hijos, pero que a mí no pueden interesarme lo más mínimo? Si has soñado, ¿a que enojarme haciéndome creer en el relato de tus sueños? ¿Que tengo yo que ver con los fantasmas de tu calentura o los delirios de tu fantasía?

-Os lo juro, señor; no soy yo quien ha oído esa musica suave, esos dulces acentos de que os hablo. Mi mujer, mis hijos, toda mi familia y algunos vecinos, hemos pasado horas enteras pendientes de esos coros celestiales que parecían sonar dentro de la iglesia. Pero antes de decirlo a nadie he querido contároslo a vos para que presenciéis también el hecho portentoso, ya que la iglesia está enclavada tan cerca de vuestra hacienda.

-¿Insistes, pues, en hacerme creer la verdad de tu patraña?

-Creedme, señor.

-¿Pero no comprendes que es vuestra imaginación la autora del hecho? ¿Que solo en vuestra mente existen esas músicas y esos coros con que ahora me calientas la cabeza? Sois devotos de la Virgen de la Esperanza y estáis acostumbrados desde niños a rezar a sus pies la Salve todos los sábados. Ahora se ha suprimido esa Salve, y no queriéndoos persuadir a faltar a esa costumbre, que ya era en vosotros una necesidad y habéis dado rienda suelta a la fantasía para inventar historias, revolviendo el cielo y la tierra en apoyo de vuestras necedades... A fuerza de deciros vuestras historias habéis llegado a creerlas vosotros mismos, y ahora podéis jurar, sin miedo a jurar en falso, que todas las semanas oís músicas y cánticos en la iglesia, cerrada a todo el mundo... ¿Estáis seguros de que nadie puede entrar en ella?

-Ya lo creo, señor; ¡quién ha de entrar, si está cerrada a piedra y lodo, como vulgarmente se dice?

-Pues entonces, ¿por dónde entran esos seres que, según vosotros, rezan la Salve a la Virgen?
-Señor, no pueden ser hombres los que tengan esa devoción, pero los espíritus entran por todas partes, sin necesidad de puertas abiertas ni ventanas mal seguras.

-¿Y creéis en los espíritus?...

-Don Diego...

-De todos modos, tenéis un medio a vuestro alcance para salir de la duda que os atormenta.

-¿Cual, señor?

-¿Quién tiene las llaves de la iglesia?

-¿Y quién ha de tenerlas, estando su limpieza a mi cuidado?

-Pues entonces, reúne en tu casa a tu familia y tus vecinos, y así que oigáis algún rumor abrid las puertas precipitadamente, sin dar tiempo a que, sean espíritus o cuerpos los que toquen, tengan tiempo a desaparecer, y veréis cómo sólo en vuestra fantasía existen esos ruidos y visiones.-

Ferrán movió la cabeza.

-¿Qué, no te atreves?- le preguntó entonces D. Diego

-Señor, sabéis que los hombres no me intimidan, porque me habéis visto en la guerra pelear como bueno a vuestro lado. Pero con los espíritus... francamente; soy cobarde y no me atrevo, no, no me atrevo.

-Pues yo, que temo tan poco a los espíritus como a los hombres, llevaré a cabo esa prueba el sábado próximo. Espérame en tu casa a la hora en que antiguamente se rezaba el Salve a la Virgen. Quiero curarte de tu miedo y tus aprensiones.

-Hasta el sábado, pues, señor.

-Hasta el sábado, y no hables a nadie del asunto.-

Alejóse Ferrán haciendo antes de salir una respetuosa reverencia a su señor, y quedóse éste un tanto pensativo y preocupado; pero prorrumpiendo de pronto en una sonora carcajada cuyo eco tardó algún tiempo en extinguirse, exclamó:

-¡Válgame Dios, y qué cosas imagina la credulidad de estos hombres sencillos! Lo menos creen el buen Ferrán que todos los sábados envía Dios a sus serafines a la humilde parroquia de San Lucas, para que él y los pocos vecinos de aquel barrio no pierdan esta antigua devoción. ¡Yo trataré de sacarlos de su error!.

Y tomando la espada toledana que dejara sobre la mesa al entrar en la habitación, y poniéndose inclinado hacia la sien derecha el airoso sombrero cuya ala le cubría graciosamente una gran parte de la cara, salió don Diego de la casa de sus mayores en que solo y huérfano vivía de lo que rentaba la hacienda de sus padres.

III

Don Diego Hernández, que tan incrédulo se mostraba hacia lo que el llamaba sueños de la fantasía de Ferrán, guarda de una gran casa a manera de palacio que tenia enfrente a la parroquia de San Lucas, era uno de los caballeros más ricos y considerados de Toledo. Joven y educado en la escuela de la guerra, que tanto adelanta la crianza de los hombres, y acostumbrado desde niño a andar por el mundo y ver tierras y pueblos bajo las banderas de España que tremolaban a la sazón en todos los horizontes del mundo, no es extraño que su trato en la corte, donde los hábitos religiosos se relajaban, y su vida en los campamentos, donde casi se perdían, hubieran quebrantado en él aquella fe grande y sincera, aquella convicción íntima que sacara de su hogar cuando en el albor de su existencia le abandonó ganoso de honor y gloria, gloria y honor que por demás había conquistado. 

De aquí que no tuviera todas las simpatías de su tía, la venerable señora doña Ana de Rameros, que en ninguna manera podía perdonarle sus distracciones en el templo donde más se cuidaba de los bellos ojos de las devotas, que de las ceremonias de los sacerdotes; más de los arabescos y molduras con que el artista rodeara los altares y hornacinas de los santos, que de las a veces chillonas imágenes en que sólo una fe profunda podía considerar la grandeza de Dios y las sublimidades de los justos. 

Y de aquí también que ni doña Ana pusiese a empeño conseguir de su sobrino que abandonase la corte para vivir a su lado, ni éste tampoco se decidiera a hacer este pequeño sacrificio a la anciana, hermana mayor de su madre, que muchas veces, durante la infancia del ingrato caballero, apartara de su cabeza infantil la cólera paterna, pronta a castigar en él cualquier travesurilla tan propia de su edad y de su natural revoltoso.

En Madrid se hallaba, pues, viviendo de las rentas de su hacienda, aumentada frecuentemente por las liberalidades de su tía, que no por creerle infestado del error le amaba menos, cuando recibió noticias del estado gravísimo en que esta se hallaba. Pidió al punto caballos, y sin despedirse de nadie, corrió a recoger, si aún era posible, las últimas caricias de doña Ana; pero el cielo, quizá en castigo de su incredulidad, como decían los vecinos enterados de las opiniones de D. Diego, quiso negarle esta merced, que es muchas veces un consuelo que dejan los que se van a los que, menos dichosos que ellos, quedan errantes todavía por este valle de lágrimas esperando a su vez la orden de emprender el viaje, y cuando, después de haber reventado dos caballos en el camino, se apeó a la puerta de la casa de su tía, sólo pudo abrazar un cadáver. Lloróla, como debía, con llanto verdadero, porque su aflicción era sincera, y pasados los días destinados al dolor, fue poco a poco entregándose la rica hacienda que la muerte traía en sus manos.

Y se cumplió la profecía de los que, en el entierro de doña Ana, se lamentaban de que las Salves que los sábados se cantaban a la Virgen de la Esperanza y otras piadosas devociones de la muerta señora, se perderían en el olvido, quedando solo como un recuerdo en la imaginación de los toledanos. Prodigio hasta el exceso D. Diego en todo cuanto con él se rozaba, era, no obstante, avaro para todo lo que fuera dar dinero a la Iglesia. 

Creía que a Dios le basta el culto interno del alma, y consideraba, por tanto, inútiles y superfluos los actos exteriores que, si dan fama al que los cumple de ostentoso, no le acreditan de más fe. Durante algún tiempo transcurrieron una tras otra las semanas sin que los sábados por la tarde se abriera la iglesia de San Lucas, antes tan concurrida por aquella causa y ahora generalmente desierta. La campana que tocaba en tal día el ángelus, misteriosa salutación que dirige la tarde al ideal divino de María, a esa hora del crepúsculo en que la naturaleza, viuda del sol, parece envolverse en el manto sombrío de la noche, tañía de un modo mucho más triste como si deplorase su soledad y su abandono.

Quizá eran debidos a esto, y reconocían por origen el sentimiento de los toledanos, disgustados por la pérdida de aquella devoción, los rumores que corrían en el barrio, y de los cuales habíase encargado Ferrán de ser interprete cerca de su incrédulo señor. Decíase que todos los sábados por la tarde, a la hora acostumbrada, los que pasaban por delante de la puerta de San Lucas, cerrada a macha y martillo, oían cánticos llenos de dulzura y armonía que alababan la gloria de la Virgen y suspendían los espíritus. 

Una vieja que, no pudiendo habituarse a la idea de no rezar sus oraciones ante la imagen milagrosa, acudió los primeros días a sentarse a la puerta de la iglesia a pedir a Dios por el alma de doña Ana, los había oído trémula de terror y espanto, difundiendo por el barrio la noticia. Al sábado siguiente, otros muchos acudieron al mismo sitio y escucharon también aquellos himnos melodiosos; cuando estos acabaron, uno de los oyentes, mas soñador o mas crédulo que los otros, aseguró haber visto deslizarse a través de la torre y perderse en el cielo, una forma blanca; para los que le oyeron, aquella sombra era el alma de doña Ana Rameros, que venia a rezar su acostumbrada Salve a la Virgen de la Esperanza.

Pero esto no explicaba a quien pertenecían aquellas voces que, con notas no arrancadas jamás a los más armoniosos instrumentos, cantaban alabanzas a María; esto no explicaba nada, y, por el contrario, dejaba en pié todas las dudas. Pensóse, por algunos, en dar aviso a las autoridades; pero antes de hacerlo, les pareció que debían poner el hecho milagroso en conocimiento de D. Diego; no por él, que no se lo merecía, sino por consideraciones a la buena memoria de sus nobles parientes, muertos ya, por desgracia, y que tan mal heredero habían dejado para que malgastase su hacienda, sin pensar para nada en las cosas divinas.

 Entonces fue cuando Ferán, que lo creía, que puesto en el tormento hubiera jurado cien y cien veces que él mismo había oído los cánticos misteriosos, se encargó de la ardua tarea de convencer a su señor de que eran posibles los milagros, y de que a la sazón se estaba verificando uno den su sitio enclavado, puede decirse, en sus propios dominios. Cuando volvió de su comisión el buen Ferrán, el júbilo resplandecía en su rudo semblante; es verdad que no había conseguido hacer creer al incrédulo don Diego, pero en cambio tenía su palabra de que iría a presenciarlo por sí mismo, y para Ferrán, ir era ver, y ver para un hombre como don Diego, era creer. Podían apostarse, sin temor a perder, que pocas veces, en el barrio de San Lucas, fue esperado el sábado siguiente con la ansiedad de aquella semana. Se preparaba un ruidoso acontencimiento.

IV

Y el sábado llegó. Desde muy mañana no se habló en el barrio de otra cosa. Ferrán, sin salir de su casa, no hacia mas que moverse a un lado y otro sin poder hallar sosiego en ninguna parte. Se paseaba muy deprisa por la habitación, se sentaba, volvía a levantarse y a pasear; hablaba solo y preocupado: diríase que iba a volverse loco.

-Pero, hombre, ¿qué te pasa? -le preguntaba Marta, su mujer, que, azorada, seguía con los ojos sus movimientos.- Pareces poseido del demonio según lo inquieto que estás.

-¿No sabes, -le contestaba Ferrán deteniéndose delante de ella-, no sabes que hoy es el día señalado por D. Diego para venir a presenciar lo que él llama una ilusión nuestra? ¿En que concepto quedo yo con él si el hecho milagroso no se verifica hoy? Me llamará tonto y necio, y con razón. Yo, en su lugar, obraría del mismo modo.

-Pero, ¿y por qué no ha de verificarse, cuando todos los sábados se verifica?

-Porque... porque... ¡Vaya usted a saberlo! Por cualquier cosa. Sólo un santo, Santo Tomás, vio cuando pedía ver. Figúrate que en el cielo no quiere aún atraer a D. Diego al buen camino, o cree que su intervención en este asunto va a ser considerada por él como una superchería. Y después de todo, -añadió tras una breve pausa, -yo no se que me alegraría mas, si verlo o no verlo, porque los que cantan esa Salve deben ser ángeles o espectros, y no me gustan bromas con gente de otro mundo. No viéndolos, me evitaría los miedos que ahora voy a pasar, pues los hallaré en todas partes... Dicen que ver un espíritu es señal de muerte. ¿Quien sabe si ella será el castigo de mi curiosidad?-

En vano Marta trató de calmar la agitación de que Ferrán se hallaba dominado; a pesar de sus palabras de consuelo siguió el viejo escudero preocupado. Conforme el día adelantaba, veía extrañas visiones agitarse a su alrededor. Alas cinco ya no se pudo contener. Cogió su capa, y embozándose en ella, salió de la casa diciendo a su mujer:

-Voy por D. Diego y me llevo las llaves de la iglesia. Que los que vengan nos esperen. Antes de la hora en que el portento se verifica estaremos aquí los dos.-

Y abstraído en sus reflexiones se dirigió a la calle de la Plata, donde vivía su señor.

Vistiéndose estaba D. Diego a la llegada de Ferrán, y al verle pálido y tembloroso, con las facciones alteradas y los ojos moviéndose extraviados en sus órbitas, no pudo contenerse y prorrumpió en una estrepitosa carcajada.

-¿Qué es eso, buen Ferrán? ¿Has recibido noticias de que el milagro se ha suspendido por hoy, y vienes a rogarme que dejemos la prueba para otro día?
-No os burléis, señor; no os burléis de las cosas santas. El portento se verificará hoy, como los días anteriores, si el que todo lo puede lo permite; pero aunque no se verificase por cualquier cosa, sólo asequible a su sabiduría, eso no podría demostrar nada.

-Pues entonces, ¿de qué provienen tu agitación, tu palidez?...

-Es que, llegado el día de la prueba, me estremezco solo al pensar que voy a ver espíritus de otro mundo...

-Calma, calma, mi fiel criado. Esos seres extraordinarios que con tanta frecuencia se presentan ante nosotros, hombres pusilánimes y crédulos en demasía, son menos pródigos de sus visitas cuando tienen que habérselas con gente mas acostumbrada a no dejarse imponer por alucinaciones. Ya verás como de todo esto no queda mas que la molestia que voy a imponerme trasladándome ahora a barrio tan apartado como el de San Lucas, y el recuerdo de la jugarreta que va a hacerme tu miedo. Te prevengo, -añadió después,- que si sucede lo que yo presumo, voy a cobrarme en burlas y chanzonetas las incomodidades que me causas.

-Señor, sucederá lo que Dios quiera que suceda. Soportaré vuestras burlas pacientemente si el milagro no se realiza, y me regocijaré por vos si, por el contrario, llegaseis esta tarde a convenceros de que hay algo maravilloso, algo mas que una preocupación en este asunto.

-¿Es hora ya de dirigirnos a la iglesia?

-Apenas, señor, si caminando a buen paso llegaremos allí a dar a las seis, hora en que en este tiempo se rezaba antiguamente la Salve.
-Vamos, pues, -dijo D. Diego, que entretanto había acabado de vestirse, y uno tras otro, amo y criado salieron a la calle.

Ni una palabra hablaron durante el trayecto. Ferrán segía preocupado sin que nada fuera bastante a sacarle de su ensimismamiento; D. Diego, con una mano sobre la empuñadura de su espada y la otra atusándose el fino y sedoso bigote que cubría su labio superior, caminaba con la vista alta para ver si a través de las cerradas celosías de los balcones y los pintados hierros de las rejas podía descubrir algún rostro hechicero, algún par de ojos negros cuyo fuego le animase y cuyo encanto le siguiese el resto de la tarde, dándole fuerzas para soportar la prueba a que se preparaba. Así pasaron por la plaza de las Verduras, subiendo por la calle de la tripería, atravesaron la plazuela de San Justo y el laberinto de callejas en que está enclavada la iglesia de San Lucas. En frente de ellos se alzaban los empinados riscos en que está empotrada la Virgen del Valle, semejante a una paloma que hiciera allí su nido entre los grandes peñascos en que descuella la Peña del Moro, o una de esas florecillas silvestres cuyo germen arrastra el viento en su giro y lo deposita en la abertura de una roca, y crecen luego allí espontáneamente merced al rocío de los cielos y al aire de los campos.

Ya el sol se había hundido tras la barrera de las montañas que confundiéndose, al parecer, en una línea con el cielo limitan por aquella parte el horizonte, y el día declinaba falto por sus rayos vivificantes. Alo lejos, envolviendo en una especie de manto vaporoso las orillas del río y robando su nitidez a las espumas, ligeras nieblas empezaban a levantarse sobre las dormidas aguas. Al pié del cerro y en las colinas inmediatas las casas de la ciudad morisca se agrupaban como tropel de viejas curiosas, vestidas de harapos, sentadas en las arenosas cimas, recordando con pena los tiempos pasados y contñandose unas a otras las leyendas de aquellos lugares a través de los siglos.

En torno a la pequeña iglesia, poseídas de un temor supersticioso, diversas personas se agrupaban en número considerable aguardando la llegada de D. Diego, y haciendo vivas demostraciones de impaciencia ante la lentitud del tiempo, que indiferente a las luchas de la humanidad prosigue su carrera eterna sin apresurarla ni detenerse. Por fin avistaron a aquél a quien esperaban que apareció seguido de Ferrán, y todos al verle se separaron con respeto. 

Aunque resentidos con él a causa de su poca devoción, no podían olvidar la memoria de sus padres, que como sagrado pabellón le envolvía cubriendo muchas de sus faltas. Saludó afablemente el mancebo y siguó hasta la puerta de la iglesia. El espectáculo de tanta gente que creía en lo que él dudaba, no pudo menos que conmoverle; además, aquellos sitios traían a su mente esos santos recuerdos de la infancia que en el curso de nuestra vida nos acosan y vienen a nosotros mezclados con los besos de nuestra madre y nuestros sueños de niño; divinas memorias que llaman al corazón y nublan los ojos y turban el alma; voces que salen de una tumba y nos transportan al ayer, a la calma de la inocencia, a la dicha del hogar. 

Don Diego pensaba en esto y en sus padres y en su tía... pero recordó que no había ido allí a conmoverse, sino a aparecer sereno; a convencer del error en que estaban sumidos aquellos viejos compañeros de sus primeros días, y haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, se rehizo y volviéndose a Ferrán, le preguntó con voz burlona:

-¿No es hora todavía, Ferrán?-

Como si un ser invisible quisiera contestar a esta pregunta, el reloj de la catedral dio seis campanadas, y en el mismo instante, sin que nadie entrase en la iglesia ni apareciese en la torre, las campanas de San Lucas comenzaron a tañer como tañían otro tiempo convocando al pueblo a la Salve de la Virgen. D. Diego volvió atrás la cabeza: Ferrán estaba muy pálido y tenía apoyada una mano en la pared para no caerse. Los demás hablaban en voz baja entre sí y clavando sus ojos, llenos de reconvención, en el mancebo, mirábanse luego con satisfacción.

Pero pronto cesó el ruido. Callaron las campanas y un rumor, pausado y débil en un principio, vibrante y fuerte después, se oyó dentro de la iglesia, elevándose como un leve suspiro: era el batir de unas alas, el flotar de unas vestiduras: un ruido semejante al de la ola que se dilata por la arena: poco a poco fue haciéndose mayor, y estalló al fin, rompiéndose en ondas de armonía. 

Cántico misterioso en que estallaban los besos de los nidos y la cadncia de arroyos y los suspiros del viento; cascada de piezas de oro, cayendo en confuso montón sobre un lecho de guijarros; dulce concierto en que cada sentimiento tenía una nota, y en que la naturaleza cantaba las alabanzas de la preciosa Virgen nazarena; rayos del sol judaico cayendo sobre las verdes campiñas galileas; rumores del lago Tiberiade; ecos de la vía dolorosa; ayes y gritos de la sombría noche del Calvario; acentos celestiales y voces humanas unidas cual por lazo misterioso por el hermoso nombre de María; todo esto era aquel purismo canto que salía del templo y se alzaba a las alturas como una nube de incienso, extinguiéndose a lo lejos y envolviendo a los que escuchaban en una atmósfera que parecía elevarlos fuera del mundo en que vivían. 

Desde que el canto empezó, todos los ojos se llenaron de lágrimas; a poco los circunstantes cayeron de rodillas, y así permanecieron suspensos, sin poder mover los labios ni pronunciar una palabra, pendientes de aquellas voces que sonaban junto a ellos. D. Diego no pudo evadirse al encanto general. Aquellas notas que oía fuera de sí vibraban en su alma despertando sentimientos dormidos hacía muchos años, recuerdos de su niñez, dulces leyendas de su infancia. Por última vez el demonio de la duda mordió su corazón, y prorrumpiendo en un grito indefinible y arrojándose sobre Ferrán:

-Trae las llaves, -gritó desaforado.- Quiero ver quiénes son los que cantan en la iglesia.-

Y arrancando las llaves a Ferrán, de cuya cintura pendían, trémulo de impaciencia, ansiosos de romper el velo que le ocultaba aquel arcano, lanzóse al pequeño patio en que se alza la iglesia, abrío de par en par por un brusco movimiento las cerradas puertas, y dirigió una ávida mirada al templo. Pero retrocedió enseguida, dio un fuerte grito, y a su vez cayó de rodillas sin atreverse a traspasar el umbral: había visto una porción de ángeles envueltos en flotantes vestiduras, agitando sus alas de oro y nácar, y tañendo diversos instrumentos, de hinojos ante la imagen de la Virgen de la Esperanza, que aparecía envuelta en una atmósfera de luz. De sus labios entreabiertos se escapaban aquellos acentos divinos. El cielo no quería que faltase la Salve a la Virgen en la parroquia de San Lucas, y enviaba a cantarla sus ángeles. En un rincón de la iglesia, arrodillada sobre su sepultura, doña Ana Rameros, que por permisión divina volvía con ese objeto a la vida, rezaba piadosamente, y uniendo sus manos medio carcomidas, movía sus labios descoloridos.

Cuando la Salve terminó descendió el cadáver a su huesa; apagóse el resplandor vivísimo que rodeaba el altar, y los ángeles, envolviéndose en sus alas, se perdieron invisibles en el espacio. La multitud se precipitó a la iglesia. Don Diego continuaba arrodillado pidiendo a la misericordia de Dios indulgencia para sus faltas y perdón para su incredulidad.

Desde aquel día no ha vuelto a dejar de cantarse la Salve en la vieja parroquia de San Lucas. Mientras vivió don Diego Hernández, que cambió su nombre por el de Diego de la Salve, con el que le conoce la tradición, los mejores músicos y cantores de la catedral iban todos los sábados a aquel barrio apartado de Toledo a turbar con sus cantos el silencio y la calma del reducido templo mozárabe. Hoy la canta el sacristán de la iglesia, acompañándose con un órgano ronco y destemplado; pero al que amante de las tradiciones conoce la que encierra aquel sitio, le parece estar oyendo la Salve tal como la cantaban los ángeles por mandato de Dios, hace ya más de tres siglos.

Eugenio de Olavarría y Huarte (1880) "Tradiciones de Toledo", Establecimiento Tipográfico de M.P. Montoya y Compañía.

Juan Luis Alonso Oliva Publicado el 19 Octubre 2014

Fuentes: 

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