sábado, 27 de diciembre de 2014

Rincones de Leyendas Terroríficas en Toledo

Este texto que a continuación escucharán está basado en los textos y tradiciones orales que de padres a hijos se han narrado desde hace siglos en la ciudad que ahora pisáis. 

En ocasiones, podremos estar contando verdades. Otras veces es la más pura imaginación del que esto ha escrito la que nos transportará a lugares mágicos y terroríficos que se ocultan en esta ciudad. Qué importa… Tan sólo os pido una cosa: no perdáis esta luz que llevo en las manos. 

Es más de media noche, y las calles de Toledo son traicioneras, laberínticas y oscuras, si no conoces la ciudad, ésta te atrapará y es posible que te impida abandonarla en unas buenas horas. Advertidos estáis.

Comenzamos en la Plaza del Ayuntamiento. El grupo mira hacia la fachada de la Catedral.

No es menester que nuestros oyentes y acompañantes se espanten y huyan por la primera esquina que doblemos en esta noble ciudad del Tajo. Si bien no es nuestra intención, deberán ustedes saber que esta noche descubriremos tan sólo algunos de los misterios que encierra esta milenaria ciudad. Escucharemos los gritos de los condenados por la Santa Inquisición, el aullido de las brujas conjurando a sus diablos, sentiremos el silencio profundo de las calles toledanas…

Tampoco es casualidad que nos encontremos aquí, frente a la Catedral, rodeados de los dos poderes que desde siglos han gobernado la ciudad. Es indudable cual domina la Plaza, y en conjunto, Toledo: La catedral, con su aguja gótica, y tras nosotros, el Palacio Arzobispal… Allí, al fondo a nuestra derecha, el Ayuntamiento, que nos recuerda bastante a otro famoso edificio: El Escorial.

“Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo, hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que soñamos en los ángeles y que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.”

Así narró Bécquer el comienzo de una famosa Leyenda Toledana que ahora os paso a contar… “La Ajorca de Oro”

Él la amaba, ella era caprichosa. El la encontró un día llorando, y preguntó:

¿Por qué lloras?

Ella se enjugó los ojos, lo miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió a llorar. Había asistido esta misma mañana a una misa, y se había encaprichado de un brillante colgante de oro y diamantes que la Virgen tenía en una de sus manos. Ella suplicó a su novio que lo que deseaba era una locura, pero necesitaba poseer también entre sus manos tan preciada y costosa joya. El amante estaba loco por complacerla.

-¿Qué Virgen tiene esa presea?

-La del Sagrario murmuró María.

-¡La del Sagrario! -repitió el joven con acento de terror-. ¡La del Sagrario de la Catedral! ...

-¡Ah! ¿Por qué no la posee otra Virgen? -prosiguió con acento enérgico y apasionado-. ¿Por qué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona o el diablo entre sus garras? Yo se la arrancaría para ti, aunque me costase la vida o la condenación. Pero a la Virgen del Sagrario, a nuestra Santa Patrona, yo..., yo, que he nacido en Toledo, ¡imposible, imposible!

¡La Catedral de Toledo! Figuraos un bosque de gigantescas palmeras de granito que al entrelazar sus ramas forman una bóveda colosal y magnífica, bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha prestado, el genio, toda una creación de seres imaginarios y reales.

Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan y confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las ojivas donde lucha y se pierde con la oscuridad del santuario el fulgor de las lámparas.

Nuestro amante, al final cedió y decidió robar a la Virgen. La catedral estaba sola, completamente sola y sumergida en un silencio profundo. No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos rumores confusos: chasquidos de madera tal vez, o murmullos del viento, o, ¿quién sabe? hizo un esfuerzo para seguir en su camino; llegó a la verja y siguió la primera grada de la capilla mayor. Alrededor de esta capilla están las tumbas de los reyes, cuyas imágenes de piedra, con la mano en la empuñadura de la espada, parecen velar noche y día por el santuario, a cuya sombra descansan por toda una eternidad. ¡Adelante!, murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parecía que sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó los ojos, y sus cabellos se erizaron de horror; el suelo de la capilla lo formaban anchas y oscuras losas sepulcrales. Cerró los ojos y continuó como bien pudo.

Se aproximó a la santa estatua y acercó su mano para coger tan preciada joya. Ya la presea estaba en su poder; sus dedos crispados la oprimían con una fuerza sobrenatural; sólo restaba huir, huir con ella; pero para esto era preciso abrir los ojos, y tenía miedo de ver, de ver la imagen, de ver los reyes de las sepulturas, los demonios de las cornisas, los endriagos de los capiteles, las fajas de sombras y los rayos de luz que, semejantes a blancos y gigantescos fantasmas, se movían lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores temerosos y extraños.

Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se escapó de sus labios. La catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas con luengos y no vistos ropajes, habían descendido de sus huecos y ocupaban todo el ámbito de la iglesia y lo miraban con sus ojos sin pupila.

Ya no pudo resistir más. Las sienes le latieron con una violencia espantosa; una nube de sangre oscureció sus pupilas; arrojó un segundo grito, un grito desgarrador y sobrehumano, y cayó desvanecido sobre el ara.

Cuando al otro día los dependientes de la iglesia lo encontraron al pie del altar, tenía aún la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos aproximarse exclamó con una estridente carcajada:-

-¡Suya, suya!

El infeliz estaba loco.

(Fin Leyenda “La Ajorca de Oro”, transcrita por G.A. Bécquer)

La “toledana”, como se conoce a nuestra catedral encierra múltiples leyendas y misterios, comenzando por su fundación sobre sucesivos edificios anteriores: romanos, visigodos, musulmanes… Por sus inmensos subterráneos, que se comunican con otros tantos edificios de la ciudad, y por su número ingente de secretos aún por descubrir, y tantos otros ya desaparecidos, como aquella estatua metálica de D. Álvaro de Luna, Condestable de Castilla, que estaba situada en la capilla donde yace (denominada “Del Condestable”), que a la hora de consagrar el Cuerpo de Cristo, mediante un complejo resorte se levantaba y arrodillaba con tremendo estruendo. 

Fue ordenada retirar por la Reina Católica, ante las distracciones que provocaba al pueblo que asistía a la Misa. También son numerosas las Leyendas de fantasmas y apariciones en el interior de la catedral, siendo frecuentes la de personajes que por muy diversos motivos quedan atrapados en su interior y pasan una auténtica “noche toledana” entre estatuas, apariciones de Obispos, Santos y demás difuntos allí enterrados. Habitualmente amanecen muertos o locos, como el protagonista de nuestra anterior leyenda.

No pongamos a prueba nuestra suerte y marchemos por la calle más próxima, a nuestra derecha, por la Calle del Cardenal Cisneros, rodeando el cuerpo de la Catedral, donde podremos admirar la “Puerta Llana” y la “Puerta de los Leones”, magníficas obras de arte en sí mismas.

Avanzamos un poco admirando los recios muros del edificio religioso y a medio camino de esta calle giramos a la derecha para descender por la Calle “Pozo Amargo”, hasta llegar a la Plaza que le da nombre por alojar un bello brocal gótico, asociado a una famosa Leyenda Toledana, que no vamos a narrar en esta ocasión… Más nos interesa acercarnos al pequeño cobertizo que se encuentra próximo a esta plaza, y allí resguardarnos para comentar qué historia tienen estas calles. Es en esta zona donde residían varias brujas y hechiceras toledanas. Es aquí, muy cerca de la catedral, donde muchos vecinos de Toledo acudían a solventar sus problemas económicos, amorosos, de enemistad con otros, de suerte, o de odio. Es aquí donde estas mujeres eran detenidas en no pocas ocasiones y sometidas a horribles tormentos en manos de la Inquisición toledana, y es en este cobertizo donde muchos de los que pasan, especialmente en noches como estas sienten “ese algo” que a muchos nos despierta sobresaltados por las noches, nos causa un escalofrío en la nuca cuando estamos solos en una habitación o cuando nos impulsa a decir “esto ya lo he sentido antes”. La magia ha atravesado estas calles mucho antes que nosotros. Tal vez incluso el mismo Satanás haya pasado por aquí camino del lugar al que ahora nos dirigiremos…

Subimos de nuevo por donde hemos venido, girando en la calle Cardenal Cisneros hacia la derecha, bajamos una breve cuesta y al llegar al cruce de calles, sin abandonar el muro catedralicio, giramos a la izquierda por la C/. Sixto Ramón Parro hasta llegar al edificio denominado “Posada de la Hermandad”, al que frecuentemente se le ha asociado con las cárceles de la Inquisición, aunque esto no sea del todo exacto.

La historia que narraremos en este conocido rincón de la ciudad es tal vez una de las más conocidas y leídas por aquellas personas apasionadas por el misterio y el terror psicológico. Edgar Allan Poe narró de forma magistral la tortura de sentirse encerrado, a oscuras, y con una muerte certera. Fueron las terribles cárceles de la Inquisición toledana, las que contenían en una sala las herramientas y máquinas de tormento, sobre las que sólo su mención hacían confesar las culpas más horribles, y las que sirvieron como instrumento a no pocos para arrancar imposibles confesiones de hechicería, brujería y blasfemia a tantos desgraciados, siendo muchos de ellos condenados a la más horrible de las muertes en “el brasero toledano” situado extramuros, cerca del Circo Romano.

Poe encerró en su narración “El Pozo y el Péndulo” a un condenado a muerte en un oscuro agujero, situado en algún lugar de Toledo…, con un profundo pozo.

Nota: Dado que el texto es largo para ser reproducido en estas páginas, y la intensidad del mismo no permite su fraccionamiento, remito a la dirección donde está publicado por si se desea narrar de forma completa.

Tras la narración, seguimos nuestro camino, no sin antes ofrecer en esta noche un recuerdo, y los que sean creyentes una oración, por los cientos, tal vez miles de personas que fallecieron víctimas del fanatismo religioso y que aún hoy en día lo siguen haciendo.

Partimos hacia uno de los lugares más tétricos de la ciudad. Bajamos por donde hemos venido unos metros y entramos en la Calle del Locum, a la izquierda. A medio camino en esta calle, también a nuestra izquierda parten dos calles. Una de ellas conocida como “Callejón del Diablo” y otra como “Callejón del Infierno”. No son casuales estos nombres, ni su proximidad, pues estamos en una de las zonas de más intensidad mágica de toda la ciudad. Asociada desde antiguo a cultos Templarios y habitual residencia de brujas y hechiceras, estos estrechos callejones nos transportan directamente a la más profunda edad media. Tal vez, sin las modernas farolas y los molestos cables que hieren las fachadas, podríamos asegurar que un caballero con su reluciente espada cruza rápido por entre nosotros a reunirse con su amada, en un encuentro furtivo de los que abundan en las leyendas toledanas ¿pueden sentir cómo acaba de pasar?

Es el “Callejón del Infierno” el que tiene en su estrechez una de las leyendas más intensas de la ciudad, la que nos habla de un galán que pretendía a una bella judía, Rebeca, y que solicita los servicios de la hechicera apodada “La Diablesa” para elaborar una pócima que atraiga el amor de tan preciada joven, que pretendida por otro galán de su mismo pueblo ignora a nuestro protagonista. “La Diablesa” elabora un arriesgado y complejo “filtro” que acabará con la vida del joven judío que pretende a Rebeca, y así sucede, dado que “contraído el rostro y con las pupilas espantadas, encontraron el cuerpo de Samuel a la entrada del barrio de la Judería”. 

Todo parece presagiar que nuestro joven conseguirá finalmente el amor de Rebeca, una vez eliminado el obstáculo. La misma noche de la boda con Rebeca, y en uno de los callejones más oscuros, en el que ahora nos encontramos, moría achicharrado por sangrientas y verdosas llamas, y entre espantosas lamentaciones, la “Diablesa”, sin que nadie se viera atizando el vivo fuego que calcinó su vetusto cuerpo. Desde entonces, y como recuerdo de tal suceso, dióse el nombre de “callejón del Infierno” al lugar donde aconteció tragedia tan extraña. Fue el mismo Diablo el que se llevó a la hechicera, cobrándose su tributo por tan potente pócima que acabó con la vida del joven pretendiente.

Girando la esquina, nos encontramos en el “Callejón del Diablo”, donde una antigua mansión se alzaba antaño. Fue en una noche de Ánimas, hacia el siglo XV “con los vientos otoñales en rachas fuertes por las esquinas de Toledo aullando”, cuando antes de la media noche llegan como sollozando los sones de las campanas de San Miguel “el Alto”. “La Santa Compaña” dicen, por allí pasando, roza con sus capas a cuantos aquí nos encontramos. Igual que en aquellos años, con menos luz pero en el mismo escenario, se alzaba un destartalado y tétrico caserón, no lejos del que fuera del Temple noble mansión.

Esa casa por las noches era el terror del barrio. Al anochecer allí entraban personajes que realizaban aquelarres y orgías. Las brujas preparaban sus pócimas sobre ataúdes, sostenidos estos por tibias humanas, y las calaveras servían de base de amarillentos cirios alumbrando terribles escenas sacrílegas. 

El mismo Diablo se decía en alguna ocasión había transitado estas calles para unirse a las ruidosas juergas de brujas, hechiceras, magos… Era el reino de Satanás en la noche toledana. Gritos, lamentos, insultos, blasfemias, juramentos… Todo tenía cabida en las intensas noches de los allí reunidos. Hasta que una noche, según cuenta la leyenda, un terrible fuego arrasó el funesto edificio, a buen seguro azuzado por el mismo Diablo, y con él dentro, aquellos que todavía sus festejos continuaban, pues los gritos y lamentos continuaron hasta bien consumido el fuego, apagándose lentamente, con el crepitar de las llamas. Así, esta “Casa del Duende”, por otros conocida como “del Diablo” bien pudo estar en esta misma calle, o tal vez algo más arriba, pero esos lamentos fueron escuchados por los vecinos que posiblemente, aún aquí moran.

Subimos lentamente por la calle “Cuesta de los Pascuales”, llegamos a la Plaza del Seco y desde allí seguimos por la calle de San Miguel, pasando por estrechas y oscuras calles que no invitan a pasar allí la noche. Dejamos a nuestra derecha la Iglesia de San Miguel, y subimos por el “cobertizo de San Miguel”, mientras nos detenemos ante alguna de las casas antiguas que por allí hay y escuchamos: Es muy probable también que por esta zona antaño se encontrara la denominada “Casa de los Templarios”, que en el siglo XIII ocupaba toda una manzana a la izquierda de la Iglesia de San Miguel. A estos monjes-guerreros, la imaginación popular les asignaba terribles y macabros cultos y ritos diabólicos. Fueron perseguidos y exterminados, y su orden fue totalmente diezmada por toda Europa. Se creía que atesoraban enormes riquezas y reliquias conseguidas en Tierra Santa, y muchas de ellas traídas a Toledo. Objetos de enorme poder que en manos de estos caballeros les conducirían a grandes conocimientos, y que posiblemente hoy en día aún moran en algún subterráneo de la ciudad… Toledo siempre fue una de las ciudades insignia de esta conocida Orden, y una de sus Iglesias más preciadas, precisamente es San Miguel, en la que se conservan ciertos frescos que según algunos investigadores representarían a estos caballeros.

Antes de continuar, debéis saber que esta es zona de grandes cuevas y subterráneos, que muy posiblemente antaño comunicaban gran parte de la ciudad. Muy cerca de aquí hoy en día se pueden visitar algunas. Continuamos ascendiendo hacia el Alcázar, y mientras, sea éste el momento de detenernos y referir una no poco conocida leyenda: “La Voz del Silencio” 

Vagaba una tarde por las estrechas calles de la imperial ciudad con mi carpeta de dibujo debajo del brazo, cuando sentí que una voz como un inmenso suspiro pronunciaba a mi lado vagas y confusas palabras; me volví apresuradamente y cuál no sería mi asombro al encontrarme completamente solo en la estrecha calleja. Y, sin embargo, indudablemente una voz, una voz extraña, mezcal de lamento, voz de mujer sin duda, había sonado a pocos pasos de donde yo estaba. Cansado de buscar inútilmente la boca que a mi espalda había lanzado su confusa queja, y habiendo ya sonado el Ángelus en el reloj de un cercano convento, me dirigí a la posada que me servía de refugio en las interminables horas de la noche.

Al quedarme solo en mi habitación, y a la luz de la débil y vacilante bujía, tracé en mi álbum una silueta de mujer.

Dos días después, y cuando ya casi había olvidado mi pasada aventura, la casualidad me llevó nuevamente a la torcida encrucijada teatro de ella. Empezaba morir el día; el sol teñía el horizonte de manchas rojas, moradas; caía grave en el silencio la voz de bronce de las horas. Mi paso era lento, una vaga melancolía ponía un gesto de duda en mi semblante.

Y otra vez la voz, la misma voz del pasado día, volvió a turbar el silencio y mi tranquilidad. Esta vez decidí no descansar hasta encontrar la clave del enigma, y cuando ya desconfiaba de mis investigaciones, descubrí en una vieja casa, de antiquísima arquitectura, una pequeña ventana cerrada por una reja caprichosa artística. De aquella ventana salía, indudablemente la armoniosa y silente voz de mujer.

Era completamente de noche, la voz-suspiro había callado y decidí volver a mi posada, en cuya habitación de enjalbegadas paredes, y tendido en el duro lecho, ha creado mi fantasía una novela que, desgraciadamente...nunca podrá ser realidad.


Al día siguiente, un viejo judío que tiene su puesto de quincalla frente a la vieja casa en que sonó la misteriosa voz, me contó que dicha casa está deshabitada desde hace mucho tiempo. Vivía en ella una bellísima mujer acompañada de su esposo, un avaro mercader de mucha más edad que ella. Un día el mercader salió de la casa cerrando la puerta con llave, y no volvió a saberse de él ni de su hermosa mujer. La leyenda cuenta que desde entonces todas las noches un fantasma blanco con formas de mujer vaga por el ruinoso caserón, y se escuchan confusas voces mezcladas de maldición y lamento.

Y la misma leyenda cree ver en el blanco fantasma a la bella mujer del mercader avaro.

Voz de mujer que como música celeste, como suspiro de alma enamorada, viniste a mí, traída por la caricia del aire lleno de aromas de primavera. ¿Qué misterio hay en tus palabras confusas, en tus débiles quejas, en tus armoniosas y extrañas canciones?

Dando un breve paseo nos aproximamos a las explanadas del monumental Alcázar, y tal vez desde allí podamos visualizar el Castillo de San Servando, si está iluminado, que facilitará la narración de algunas historias “de las de fantasmas”, pues bien abundan en Toledo. Casas encantadas, palacios deshabitados con intensos ruidos nocturnos, el propio Alcázar contiene numerosas historias de soldados que allí estudiaron o vigilaron y que recuerdan de forma aún terrible cómo sintieron extrañas presencias en los pasillos que guardaban… El Alcázar toledano siempre ha tenido una historia violenta. Miles de muertos y numerosos incendios que lo han destruido por completo, el último no hace tantos años, si bien no fue un incendio, propició la última reconstrucción, tras la Guerra Civil. Siempre elegido como lugar defensivo, por su alto emplazamiento, el “Alcázar” es uno de los enclaves que más leyendas ha generado en su historia. Pero no es éste el objetivo que nos ha traído hasta aquí.

 El Castillo de San Servando, al otro lado del río era la avanzadilla que protegía uno de los puentes de entrada a la ciudad, asociado también a la orden del Temple, y en el que numerosos de sus habitantes han sufrido determinados “efectos” no deseados. Son muchas las historias actuales que nos han llegado de personal de la limpieza nocturno que ve sombras, siente presencias, luces que se encienden solas… Actualmente es una residencia para estudiantes, y son también muchos los que no desean permanecer demasiado tiempo solos entre sus muros… Es conocida la Leyenda de “El fantasma del Castillo de San Servando”, un soldado asesinado hace siglos que aún hoy en día “sigue dando guerra”. Una sombra que aparece en ocasiones en el torreón norte y que muchos toledanos, aún hoy en día afirman haber visto desde la distancia tan lejana en la que nos encontramos… ¿Puede vd. ver algo ahora?

Descendemos hasta Zocodover y es allí donde damos fin a esta aventura que nos ha llevado por algunas de las calles más misteriosas de la ciudad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Si te ha gustado este artículo, por favor, dale a "Me Gusta".
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...