martes, 6 de enero de 2015

Reyes criminales: asesinato y poder en el mundo visigodo

En diciembre del año 549 se producía en Sevilla el asesinato de Theudiselo, magnicidio que suponía el final del influjo ostrogodo sobre el reino visigodo de Hispania. 

La muerte violenta en apenas año y medio de los dos últimos monarcas de ascendencia ostrogoda en la Península Ibérica, motivarían que el historiador franco San Gregorio de Tours emitiera en su colosal obra Historia Francorum, siglo y medio después, desfavorables juicios contra aquellas sangrientas inclinaciones de los visigodos en el terreno de la vida pública y política, máxime cuando parecían estar, por así decirlo, "de moda".

Regicidio entre los visigodos



El regicidio parecía ser, efectivamente, una práctica habitual en el contexto de las sucesiones entre gobernantes visigodos; tanto que muchos observadores coetáneos y posteriores llegaron -quizá con razón- a considerarla una costumbre propia de este pueblo, tanto como el suicidio pudo serlo antaño entre las élites romanas, como "vía de escape" ante las deshonras o caídas en desgracia.

En palabras de San Gregorio (Historia Francorum) "habían adquirido (los visigodos) la detestable costumbre de dar muerte a los reyes que no les agradaban y poner en su lugar al que mejor les pareciera."

Hemos de decir que, en este caso, detrás de la conjura palatina contra Theodisclo estarían seguramente los aristócratas visigodos, más interesados en elegir a un magnate visigodo de pura cepa como nuevo rey, que en mantener a uno de sangre ostrogoda (y que además despertaba pocas simpatías en general) en el trono ibérico. No obstante, esta posible explicación del hecho, de poco o nada serviría al horrorizado santo católico como justificación moral de ningún tipo.

No sería éste ni el primero ni el último caso de regicidio como "método" -si se quiere ver así- para acceder a la corona, en la historia de la Hispania visigoda. Historia, como es sabido, bastante turbulenta a nivel social y político, a veces hasta límites insospechados, o casi absurdos.

La lista de reyes visigodos asesinados empieza casi desde su misma aparición en el mundo hispanorromano (siglo V d.C.), y parecería no acabar de no saberse de antemano que su fin llegaría con la invasión islámica del 711 (por cierto, en plena guerra civil).
Gobernantes efímeros

Uno de los casos más significativos y llamativos del fenómeno del regicidio fue el de Sigerico. El infeliz -no puede ser llamado de otra forma- reinó sólo siete días, hasta que fue asesinado por sus propios partidarios. En cierto modo, se podría decir que se lo había ganado, pues nada más ser entronizado, trató de ejecutar a los seis hijos del fallecido Ataúlfo (su antecesor) y a su viuda, Gala Placidia, para asegurarse su posición sobre el inestable trono. Al menos, tiene el honor (dudoso por otra parte) de ser el monarca visigodo con el récord de menor duración en el puesto.

Agila I (549-555), el sucesor del citado Theudisclo, se granjeó prematuramente la enemistad de bizantinos e hispanorromanos católicos por igual, al tratar de arrebatar (infructuosamente) las posesiones de los primeros en la Bætica (Andalucía), e imponer el arrianismo, lo que fue aprovechado por su rival Atanagildo para dirigir una rebelión en su contra. No obstante, el pretendiente al trono no tuvo que esforzarse demasiado, pues su adversario, pronto abandonado, cayó a manos de sus anteriores partidarios. Por cierto, Atanagildo gobernaría tranquilamente durante doce años y murió -cosa rara- de forma natural.

Si alguien en algún momento pudo sentir lástima por Theudisclo, quien apenas gobernó un año (548-549), hay que advertirle que este personaje también subió al trono mediante técnicas homicidas. Aunque hay que reconocer que su antecesor, Theudis (531-48), tampoco es que estuviera libre de pecado; sus manos también estaban manchadas de sangre: la de Amalarico (526-531).

Liuva II (583-603), hijo bastardo de Recaredo, fue elegido rey por la mayoría católica tras la muerte de su padre, con apenas dieciocho años. Tras un inusualmente largo reinado de veinte años, una rebelión arriana dirigida por un general teóricamente "leal", Witerico, le depuso en Toledo a principios del 603. En principio, Witerico se limitó a apartarlo del poder, encarcelándolo y cortándole su mano derecha, amputación llena de cargas simbólicas, pues privaba automáticamente a Liuva de su potestas (capacidad para gobernar). No obstante, poco después el advenedizo se lo pensó mejor, y decidió ejecutar al prisionero.

De Witerico escribiría San Isidoro de Sevilla: "mató con la espada, murió por la espada". Efectivamente, una conspiración católica eliminó a Witerico en el 610, durante una fiesta. Su cadáver, mancillado, fue paseado a rastras por las calles toledanas ante la vista de todos.
El asesinato como camino al poder

El recurso al asesinato como medio de ascensión política, prácticamente omnipresente durante toda la historia visigoda (podríamos seguir enumerando casos, pero la lista sería harto tediosa), es un fenómeno interesante, pero difícil de explicar.



Los episodios de regicidio vienen insertados en procesos complejos, caracterizados por conflictos entre facciones rivales a nivel político-religioso (católicos contra arrianos, por ejemplo) o disputas entre familias enfrentadas, o entre miembros de una misma familia, sobre un abigarrado telón de fondo de intereses contrapuestos, venganzas y/o causas externas, como las potenciales injerencias de poderes extranjeros (presencia de agentes bizantinos infiltrados durante la rebelión de Atanagildo, por ejemplo).

Tampoco deberíamos olvidar las dificultades que representaba, para la posibilidad de existencia de un Estado visigodo cohesionado, estable, la misma naturaleza frecuentemente contradictoria de los mecanismos de sucesión política vigentes. El sistema de sucesión monárquica mediante elección (rey elegido por una asamblea de magnates) chocaba inevitablemente con el basado en el principio opuesto, de sucesión dinástica (transmisión por herencia). Un ejemplo paradigmático de este antagonismo fue la lucha entre witizanos y Rodrigo, el último rey visigodo de Toledo.

Factores como éstos eran, consecuentemente, ingredientes básicos de un caldo de cultivo explosivo, ideal para la perpetuación de las luchas de poder, al amparo de las cuales se podría quizá entender la conversión de actos homicidas en vías moralmente reprobables, pero siempre rápidas y efectivas, de acceso al poder, en un mundo de nobles guerreros obsesionados por la supremacía política o personal.

http://suite101.net/article/reyes-criminales-asesinato-y-poder-en-el-mundo-visigodo-a62103#.VKuZN9KG-qY

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