viernes, 16 de enero de 2015

Siglo XVI: Carlos I y Toledo, Capital del Imperio español

El 22 de marzo de 1518 Carlos I salió de Valladolid rumbo a Aragón, acompañado de su hermano Fernando, del que se separaría a mitad de camino, de su hermana Leonor, y de la reina viuda Germana de Foix. Era necesario que el rey fuera a visitar sus territorios de la Corona de Aragón cuanto antes, ya que en ellos existía la teoría de que otro personaje de la familia real, el arzobispo Alonso, hijo natural de Fernando el Católico; pretendía hacerse con el trono.

El 9 de mayo de 1518 la comitiva entró en Zaragoza y once días después se reunieron las Cortes de Aragón. Carlos pretendía obtener lo mismo que había logrado en Castilla, esto es, un buen subsidio y el juramento de fidelidad por parte de las Cortes. Para las Cortes aragonesas lo fundamental era asegurar sus privilegios y para defenderlos estaban bien armadas jurídicamente. 

Finalmente, tras meses de negociaciones, Carlos logró el juramento de fidelidad, pero económicamente obtuvo algo menos de la mitad de lo que había concedido Castilla.

Mientras Carlos peleaba con las Cortes aragonesas, ocurrieron una serie de importantes acontecimientos que tendrían una gran repercusión en los años siguientes. Por un lado, Sauvage, el canciller de Carlos I falleció, con lo que entró en la escena política uno de los hombres más importantes del reinado de Carlos I, Mercurio de Gattinara. 

En el mes de junio se produjo en Zaragoza la boda por poderes entre la infanta Leonor y el rey de Portugal, Manuel el Afortunado. Al mismo tiempo, llegaron a Zaragoza las noticias sobre el deteriorado estado de salud del emperador Maximiliano, con lo que se iniciaba la carrera para la sucesión imperial.

El 15 de febrero de 1519 Carlos hizo su entrada en Barcelona, ciudad en la que pasaría casi un año. Para esas fechas ya había muerto Maximiliano I, el 12 de enero de 1519, por lo que la elección del nuevo emperador había comenzado. Las Cortes catalanas se reunieron al día siguiente de la llegada de Carlos y lo hicieron de igual manera que las aragonesas.

Entre el 5 y el 8 de marzo de 1519 Carlos I reunió a la Orden del Toisón de Oro, como Gran Maestre que era, para nombrar a los principales nobles hispanos como nuevos caballeros.

El 6 de julio de 1519 Carlos I recibió en Barcelona la noticia de su elección como nuevo emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, bajo el nombre de Carlos V. El cabildo municipal de Barcelona recogió así la noticia: MDXIX, sis de julios, dimecres: En aquest dia vench correu del senyor Rey ab letres de avís de la bona elecció que els Elecors del Imperi havian feta en la persona de S. M., concordablement y ningú discrepant, en Rey dels Romans e per esser promogut al Imperi. Vench a les XII hores de la miga nit y en la matinada S. M. Cavalca a Jhesus per a fer gracies a Nostre Senyor... El 22 de agosto llegó a Barcelona la embajada enviada por los príncipes electores para comunicar la elección imperial. 

Carlos V prometió viajar lo más rápido posible a Alemania para hacerse cargo del Imperio, lo que provocó la preocupación de sus súbditos castellanos, que no querían un rey ausente. Sin embargo, la noticia fue bien acogida en Cataluña, donde querían permanecer lo más alejados posibles del poder regio para asegurar así sus privilegios. Pese a ello, las Cortes continuaron aplazando su decisión sobre los sufragios solicitados por Carlos. En enero de 1520 las Cortes catalanas aprobaron finalmente conceder una ayuda económica a Carlos, pero esta era tan exigua que apenas llegaba para cubrir los gastos de la Corte en Barcelona.

Nada más terminar las Cortes catalanas, Carlos V puso en marcha los preparativos de su viaje al Imperio. Las Cortes de Valencia no fueron convocadas, ante el temor de Carlos V de que esto postergara su viaje más tiempo. En lugar de convocar Cortes, Carlos envió a Valencia a Adriano de Utrecht, como su representante. No obstante, antes de partir era imprescindible convocar las Cortes de Castilla tanto para obtener nuevos recursos económicos como para tranquilizar a la población, preocupada por la posibilidad de perder a su Rey. Dada la premura del viaje, se eligió la ciudad de La Coruña para llamar a las Cortes, ya que esta ciudad estaba cerca del puerto desde el que iba a partir el Emperador.

Cuando Carlos aún se encontraba en Barcelona, una delegación de la ciudad de Toledo trató de entrevistarse con él para presentarle sus quejas. Chièvres impidió el encuentro y los toledanos enviaron cartas a las demás ciudades castellanas lanzando la voz de alarma: (...) sobre tres cosas nos debemos juntar y platicar y sobre la buena expedición della enviar nuestros mensajeros a S.A. Conviene a saber: suplicarle, lo primero, no se vaya destos Reinos de España; lo segundo, que en ninguna manera permita sacar dinero della; lo tercero, que se remedien los oficios que están dados a extranjeros. Es significativo el tratamiento de Alteza que se da a Carlos V en la carta, el tradicional entre los reyes anteriores, mientras que la cancillería real trataba de imponer el de Majestad, que indicaba el origen divino de la monarquía. Otro agravio más que añadir a la lista de quejas ciudadanas.

Carlos V atravesó Aragón y Castilla sin apenas detenerse, desairando así a las ciudades que habían preparado festejos en honor del Emperador. En Valladolid trató de buscar el apoyo de la ciudad, pero a punto estuvo de iniciarse una sublevación por las presiones ejercidas por los consejeros reales sobre los representantes ciudadanos.

Las Cortes se abrieron el 31 de marzo de 1520, en un clima bastante enrarecido por lo que los castellanos consideraban desplantes de su Rey. Faltaron a la cita los representantes de Toledo y Salamanca. Carlos V expuso, por medio de sus delegados, su concepción de Europa, un territorio basado en: el respeto al resto de los pueblos que no se encontraba bajo su dominio, dejando claro que no pretendía conquistar las posesiones de ningún Príncipe cristiano; en la paz universal dentro de la Cristiandad, paz que permitiera fortalecerse para emprender la guerra contra los otomanos, para lo que contaba con los metales preciosos de América; todo ello sería posible gracias a la voluntad de Dios, dejando claro que Carlos V era emperador por deseo expreso de Dios. Ante la situación delicada en la que se encontraba Castilla, Carlos V pronunció en castellano el que sería su primer discurso público:

Todo lo que el obispo de Badajoz os ha dicho, os lo ha dicho por mi mandato, y no quiero repetir sino solas tras cosas: la primera, que me desplace de la partida, como habéis oído, pero no puedo hacer otra cosa, por lo que conviene a mi honra y al bien destos Reinos; lo segundo, que os prometo por mi fe y palabra real, dentro de tres años primeros siguientes, contados desde el día que partiere, y antes si antes pudiere, de tornar a estos Reinos; lo tercero, que por vuestro contentamiento soy contento de os prometer por mi fe y palabra real, de no dar oficio en estos Reinos a personas que no sean naturales dellos y así lo juro y prometo

Pese a las promesas del Emperador, las Cortes se mostraron reticentes a conceder lo que éste solicitaba. Hicieron falta varias sesiones, negociaciones y todo tipo de presiones para que finalmente se alcanzase un acuerdo, que dada la ausencia de Toledo y Salamanca, rozaba la ilegalidad. Finalmente el 20 de mayo de 1520 la flota imperial zarpó de La Coruña, dejando tras de sí un clima de profunda inestabilidad.

Antes de que la flota imperial abandonase el puerto de La Coruña, la ciudad de Toledo ya había iniciado la revuelta que desencadenaría la Guerra de las Comunidades. La situación era tal que Carlos V pensó incluso en posponer su viaje para frenar la insurrección.

La primera ciudad en seguir a Toledo fue Segovia, cuya población asesinó a uno de sus enviados a las Cortes de La Coruña, encolerizada por que estos hubiesen acabado concediendo a Carlos V lo que pedía en contra de las órdenes de la propia ciudad. Ante estos hechos, el cardenal Adriano de Utrecht, regente en ausencia del Emperador, convocó al Consejo Real y se inició la represión.

 Las ciudades amotinadas empezaron a organizar sus milicias ciudadanas. El clero, molesto con Carlos V por el nombramiento de Guillermo de Chièvres como arzobispo de Toledo, apoyó la sublevación. El toledano Juan de Padilla se puso al frente de la sublevación y dirigió las milicias de Toledo en auxilio de Segovia, sitiada por las tropas imperiales. 

En estos momentos, León, Ávila, Salamanca, Madrid, Medina del Campo y otras ciudades castellanas se unieron a la sublevación. La alta nobleza, molesta por los títulos concedidos por Carlos a sus consejeros flamencos, se mostró pasiva, cuando no colaboracionista, ante la sublevación. Las tropas imperiales, al mando de Antonio de Fonseca, tomaron y saquearon Medina del Campo, lo que provocó la reacción del resto de villas rebeldes que se organizaron en la Junta de Gobierno, conocida como Santa Junta.

En el verano de 1520 el levantamiento comunero llegó a su máximo apogeo. La villa de Tordesillas, donde se encontraba la reina Juana, cayó en su poder y la reina mostró simpatías por el movimiento. No obstante, Juana también mostró su incapacidad para gobernar y fue tajante en su negativa de levantarse contra su hijo Carlos. Cuando el triunfo de la sublevación parecía más cercano, tuvo lugar un hecho que provocaría su completo hundimiento: los comuneros empezaron a levantarse no sólo contra el poder imperial, también contra el poder de los nobles. 

Esto provocó que los Grandes reaccionaran y, temiendo por sus privilegios, pasaran a la ofensiva. Carlos V, desde el extranjero, supo aprovechar la situación y nombró al Almirante de Castilla, Fadrique Enríquez, y al Condestable, Íñigo de Velasco, como adjuntos del regente Adriano de Utrecht. Poco a poco, las tropas imperiales fueron recuperando terreno y el 5 de octubre de 1520 expulsaban a los comuneros de Tordesillas. El 23 de abril de 1521, con la derrota de los comuneros en Villalar, se pudo dar por finalizada la amenaza, pese a que Toledo no se rindió hasta febrero de 1522.

Cuando los comuneros comprendieron que la reina Juana no podía hacerse cargo del gobierno, trataron de negociar con Carlos V e imponerle sus condiciones. Estas podían resumirse en el ideal de que el poder correspondía al Reino, quien lo entregaba al Rey para que obrase con justicia, pero que podía recuperarlo en caso contrario. Los comuneros trataron de darle una mayor fortaleza a las Cortes a costa del poder real. Como algunos historiadores han apuntado, de haber triunfado, las Comunidades se hubieran convertido en la primera revolución política de la Edad Moderna.



Toledo en el siglo XVI, se convierte con el Emperador cuando Carlos V la convierte en capital del que fue Gran Impero Español, y por tal motivo se efectúan reformas para transformarla en una ciudad moderna en la época, y se requiere al Arquitecto de la Corte Juan de Herrera, quien traza la plaza de Zocodover, un magnifico espacio en el centro urbano.

Los nobles también inician una intensa actividad constructiva, surgiendo modernos y suntuosos palacios que siguen los modelos renacentistas. En estas fechas se levantan las primeras instituciones, el Hospital de la Santa Cruz y el Hospital Tavera.

https://lanaveva.wordpress.com/2010/02/15/toledo-antigua-capital-del-imperio-espanol-patrimonio-de-la-humanidad/

http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=carlos-i-rey-de-espanna-y-v-emperador-de-alemania

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