lunes, 18 de mayo de 2015

Cólera en Toledo en 1833 y 1834

El cólera es una enfermedad infecto contagiosa intestinal aguda provocada por los serotipos O1 y O139 de la bacteria Vibrio cholerae. Puede llegar a producir una diarrea acuosa que puede llevar rápidamente a la deshidratación y con ella a la muerte.

¿Cuántos brotes se dieron en España?

Esta epidemia que voy a contar fue el primero de muchos brotes que se dieron en España durante el siglo XIX, e incluso en el siglo XX.

¿Cuándo llegó a España? 

Los primeros casos en España se produjeron en Vigo y Barcelona en enero de 1833.

¿Cuándo llegó a la provincia de Toledo? ¿Cómo se gestionó la epidemia? 

A la provincia de Toledo llegó en el mes de septiembre. Rápidamente, se constituyó una Junta de Sanidad que ordenó medidas de aislamiento y cuarentena.

Entre estas medidas estaba la de instalar hospitales para tratar esta enfermedad infecciosa en la ermita de la Virgen de la Guía y en la de la Bastida.

Los primeros infectados que se conocen en la provincia fueron un oficial y su tropa que fueron puestos en cuarentena. Venían a la ciudad, procedentes de Badajoz, a recoger armas a la Fábrica.

Los facultativos avisaban a la Junta para que ésta solicitara un informe al alcaide de la cárcel sobre el estado de las dependencias y la salud de los allí acogidos.

No era algo casual. En 1831 apareció un conato de epidemia en la ciudad cuyos primeros indicios partieron del presidio.

Otras medidas fueron:

Pedir la colaboración de los molineros y también de los barqueros para que no trasladasen a forasteros de un lado a otro del río.

Se dio la orden, y en algunos casos se expulsó, a mendigos no identificados y se pregonaron medidas de desinfección dirigidas a clases menos pudientes. Entre éstas se incluía la abstención de comer melocotones, sandías o uvas porque se creía que las infecciones gastrointestinales facilitaban la incubación colérica.

Se extremaron medidas de vigilancia sobre vinos, aguardientes y licores, tanto los expedidos en mesones y tabernas como los servidos en bodegas, con la finalidad de evitar que fuesen adulterados.Como el ánimo es fundamental en estas situaciones, se anunciaba insistentemente cualquier noticia positiva acerca de la situación. Se decía que "se gozaba de buena salud, por la Divina Misericordia".

Pero la realidad era bien diferente.

Algunos pueblos ya habían remitido a la Diputación la existencia de pequeños conatos de la enfermedad.

El 14 de julio, las autoridades provinciales deciden nombrar a personas que guarden las puertas de Toledo.

En febrero de 1834 llegan alarmantes noticias a la Diputación: en Mora existe un núcleo epidémico de bastante intensidad.

Tras una reunión urgente entre el corregidor de Toledo, Francisco Osorio, el regidor Antonio del Valle, el procurador Tiburcio Martos, el canónigo Juan Sastres y los médicos Diego Mayoral y Manuel Herrera, además del marqués de Hermosilla que representaba a los hacendados y Mateo Cabareda que representaba al comercio.

Establecieron medidas sanitarias y militares en las zonas de la provincia infectadas y a férreas medidas de aislamiento en Toledo:

Se cierran las puertas de la ciudad manteniendo a los guardianes en ellas.
Se vuelven a instalar los hospitales de la Bastida y la Guía.
Se traslada a los presos de la cárcel.
Se prepara una sala de contagios en el hospital de San Juan Bautista.Por medio de bandos se volvía a recomendar al vecindario que se pusiese en marcha un amplio catálogo de normas de prevención.

La ciudad estaba falta de limpieza y la situación higiénica no era mucho mejor ya que el sistema de alcantarillado se encontraba en pésimas condiciones y apenas había sido remodelado en el transcurso de los siglos.Aún era frecuente verter aguas y basuras a la vía pública.

Y si esto no fuera poco, se añadían más problemas.

Los boticarios se quejaban a la Junta del alto precio de las medicinas remitidas, llegando a amenazar de que si no se producía una rebaja, las devolverían.

La Junta, viendo la delicada situación económica de la Provincia, esquivaba como podía las quejas mientras veía que las peticiones de dinero realizadas al Gobierno, al arzobispado, al ayuntamiento y a otros organismos tardaba en materializarse.

Durante los primeros días de junio, se habían detectado en la cárcel conatos de enfermedad. En sesión celebrada el día 23, los médicos Mayoral y Herrero son nombrados para redactar un informe.

La solución más inmediata en que piensan los miembros de la Junta fue la de poner a los enfermos en otro lugar.

Sin embargo, esta medida no se pone en marcha rápidamente ya que el traslado podría generar sospechas entre los vecinos.

El día 30, la situación era límite. El alcaide pedía con urgencia ayuda a sus presidiarios, ya que si las circunstancias no cambiaban sería difícil mantenerlos vivos en aquel recinto.

La Junta, al creer que desde la cárcel se exageraba la situación, contestaba a los responsables de la cárcel que realizaran las medidas que ellos creyeran pertinentes.

Pensando en el socorro a los pobres, la Junta solicitaba fondos materiales a la Iglesia, alegando que era necesaria su colaboración al encontrarse la ciudad sumida en un estado epidémico muy extendido.

La cooperación del Ayuntamiento es escasa, destinando para tal fin el importe de las multas y otras partidas de insignificante cuantía.

Muchos sectores profesionales se vieron afectados por las estrictas medidas de seguridad.

Los barqueros alegan que con esas medidas están perdiendo su sustento a lo que el Ayuntamiento responde que lo que se pretende evitar son las entradas clandestinas en la ciudad.

A los curtidores se les impide que utilicen pieles de animales, en especial de gato.Por lo que se deduce de los testimonios de la época, la comisión provincial intentaba eludir cualquier tema espinoso, dejándoles tales a la Junta local. Sólo se pronunció una vez la comisión provincial y fue cuando el Ayuntamiento decidió ampliar el cementerio municipal. Se aconsejó al alcalde de que no se llevara a cabo tal idea hasta que la ciudad no estuviera invadida por la epidemia.

El día 27 de junio se comentaba cómo en Toledo mantenía un comerciante de Mora un deposito de géneros, siendo necesario el evitar que saliesen o entrasen de él artículos, si antes no se conocían su procedencia.

En julio se recrudece la situación en la provincia.

El ayuntamiento de la ciudad de Toledo recomendaba la inhumación de cadáveres en el cementerio, colocando también edictos para contratar a mullidores y transportistas de muertos.

El 4 de julio se traslada a los presos militares de la Cárcel Real al Hospital de San Juan de Dios.

El día 9 se autorizó a los boticarios a entregar medicinas a los pobres de solemnidad si las recetas iban firmadas por los médicos.

Hasta el día 21, la Junta no autorizaba la instalación de un local en el que colocar alguna cama y que sirviese como hospital de cólera.

Al vecindario toledano se le invitaba a quemar hierbas aromáticas a la puerta de las casas, fijándose como hora idónea la del toque de oración.

Las noticias alarmantes que llegaban desde la provincia hicieron que se convocaran reuniones diarias por parte de la Junta.

Y a pesar de todos los esfuerzos, el día 23 la enfermedad llegó a Toledo.

El Hospital de Misericordia dejaba de recibir enfermos, trasladando sus camas al de Afuera.

El Vicario invitó a los religiosos conventuales, a fin de que éstos asistiesen espiritualmente a los feligreses enfermos de cólera ya que muchos de los eclesiásticos seculares habían huido de la ciudad coaccionados por el miedo.

Las camas utilizadas por los convalecientes en el Hospital del Rey fueron llevadas al de Afuera, donde eran más necesarias.

A tres vocales de la Junta se les encomendaron acciones muy concretas.

Juan Sastre acudiría a una reunión con los párrocos, para sondear la generosidad de los feligreses y la cantidad de dinero que se necesitaría para socorrer a cada uno de los enfermos.

Miguel Izquierdo fue encargado de establecer un servicio funerario que se ocupase de recoger a los fallecidos en los hospitales. También se incluyó en sus competencias el enviar a los enfermos que se curaban en sus casas, si sus síntomas eran graves, a hospitales específicos.

Zazarías Ximénez llevaba la misión de hablar con el Déan para buscar entre ambos una solución al problema de los expósitos, aquellos niños que se habían quedado sin padres y sin hogar a consecuencia de la epidemia. Su propuesta fue el que se los recogiera e internara en el Hospital de Santa Cruz o en la Casa de Caridad.Otra de las recomendaciones fue que el carbón que entrara en Toledo desde Menasalbas se introdujese con ciertas precauciones.

En agosto, la enfermedad empezó a remitir de forma muy favorable y por ello se empezaron a realizar algunas concesiones.

Por ejemplo, a los barqueros se les permitió pasar a la orilla opuesta, si bien era necesaria la presentación de la carta de sanidad para entrar en la ciudad a todos cuantos transportasen.

A partir de los primeros días de septiembre, las sesiones de la Junta se fueron aplazando siendo lo frecuente una sesión a la semana.

En Toledo todavía se intentó mantener una vigilancia, con la única intención de obstaculizar la entrada de gentes indocumentadas.

Los médicos se quejaron de que empezaron a proliferar en la ciudad los curanderos, también denuncian la falta de consideración de los farmacéuticos, ya que suministran fórmulas curativas sin la adecuada receta.

Finalmente, tras superarse con éxito algunos pequeños focos leves en localidades de la provincia, se anuncia en Navidad que la epidemia de cólera había sido erradicada de la provincia de Toledo.

Fuente: http://unrio-depalabras.blogspot.com.es/search?updated-min=2014-01-01T00:00:00-08:00&updated-max=2015-01-01T00:00:00-08:00&max-results=5

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