martes, 12 de mayo de 2015

Francisco de Villalpando y las rejas de la catedral de Toledo

A los genios nacen cunas porque el genio escasea y hay que contarlo en la historia. Palencia, Zamora, Toledo le prestan partida de nacimiento. Valladolid le cuenta en su censo y allí tiene casa y taller. 

En el concurso abierto por el Cardenal Tavera para la verja de la Capilla Mayor y del Coro, compite con Cristóbal Andino y con Domingo de Céspedes, siéndole adjudicada la reja de la Capilla del Altar Mayor tras varios proyectos, licitaciones y tasaciones. 

El proceso comenzado a finales de la tercera década de 1500, culmina con la realización en los primeros de abril de 1548 y tasación final el 19 de septiembre de 1548. 

Capilla Mayor, calificada su reja con esta afirmación del maestro Julio Pascual «no hay reja como la de Villalpando». Por algo, en las celebraciones multitudinarias por solemnes, sirve de retablo, la reja de Villalpando. Entre las estatuas de la Virgen y de San Gabriel, se levanta esta colosal cancela, una de las alhajas más notables de la Catedral.

El zócalo está formado por seis paños de mármol de losas blancas y filetes de mármol rojo-rosáceo con cabezas de león, de cuyas fauces pende una aldaba, en su centro y enfrentados a sendas esfinges



de bronce. Dividida en cinco espacios -aparte los dos que son subidas a los púlpitos- seis pilastras, en cuya base y por los cuatro costados tienen bellas figuras repujadas en relieve y en la primera de
la izquierda del espectador en su cinta más baja hay esta inscripción:

Labor ubicumque (en todo momento trabajo), como homenaje al sudor que supuso su culminación, y así se elevan las columnas con repujados variados en diversidad simétrica que logran el encanto de la unidad en la diversidad hasta lograr ser pináculo donde se asientan -de izquierda a derecha del espectador siempre con sus vestiduras un atlante barbado y cubierto con la mirada a su izquierda, otro mirando a su derecha, una mujer con la mirada perdida hacia su izquierda y con las manos sujetando el ropaje y, pasada la puerta, otro, con la vista a su derecha y agarrando con las manos los pliegues de su veste, otro, totalmente de frente y embutido en su clámide y una mujer con las manos en los hombros agarrando su vestido y pendientes de su cinturón unos grutescos que parecen calaveras.

Friso de grutescos en realce con combinación homogénea sobresaliendo en rodelas bustos que simulan arrancarse de la franja.

Después, las columnas se convierten en jarrones más delgados y en sus volutas, antes de sus capiteles, penden sendos velos desplegados.

La franja del coronamiento queda resaltada por seis ángeles alados en relieve muy sobresaliente y en los siete huecos, doce bustos de realce en medio de geniecillo s alados y en el centro la gran cartela en tres líneas: ADORATE DNM INI ATRIO SeTO EIU I KI API 15481, es decir, Adorate Dominum in atrio sancto ejus kalendas aprilis (Adorad al Señor en su atrio santo 1 de abril de 1548).

Los sesenta y cuatro plateados balaustres de la obra, cuya materia es una mezcla de hierro, cobre y latón, y con macollas y arandelas proporcionadas en los más delgados, terminan en el friso precedente y luego, el coronamiento, cuatro rodelas completas y dos medias en los extremos con los escudos de la Catedral y del Cardenal Silíceo, cuyas cintas circulares, elevadas o sostenidas, según el caso, por volutas, angelotes, mascarones y flameros, indican su referencia:

Eximiunt tejentia ignem I ISI ARPS rol INDUI EV VES. SA (Brilla cuanto frota el fuego. Juan Silíceo, arzobispo de Toledo. Lo he revestido de ornamentos sagrados). Separando todo el recorrido para resaltar cada motivo, seis columnas-candelabros-floreros-jarrones y dos columnas siguen a estos encantadores motivos, y en cada una, coronada por diadema imperial, se lee, Plus, en una y en la otra,
Ultra. Dos atlantes, bichas, escoltan las alas del águila y con sus manos entrelazan los círculos de la peana así como el resto del cerramiento. 

Dos bichas encima del Escudo Imperial -el águila bicéfalacon su toisón de oro y la corona del Sacro Imperio -a todo color- se abrazan a la peana que presidida por cuatro calaveras, levanta el Crucifijo monumental, sostenido por gruesa cadena dorada que llega hasta las mismas bóvedas, como garantía del peso.

La ascensión ha terminado y todos los elementos han contribuido a que la verja sea marco de meditación, donde el mundo vegetal y animado, el material y espiritual, sea escalera para contemplar
el misterio de la Cruz.  

Los púlpitos laterales, joyas únicas en su género, posiblemente tengan en su armazón el hierro del sepulcro de D. Alvaro, descansan en gruesa columna de mármol, una de ellas dice la leyenda que
se encontró en la casa del Cid, son de figura octogonal. Los salientes son pilastras enjoyadas de cariátides y en los recuadros de los intercolumnios se admiran relieves suntuosos y las estatuas de
varios Profetas -Antiguo Testamento- escoltan a los cuatro Evangelistas, no prescindiendo del escudo del cardenal Síliceo. Su friso tiene realce tal que solo se puede comparar con sus propios adornos.

Según el maestro Julio Pascual, en su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes, «allí quedan frente a frente, dos obras geniales, productos de geniales artistas ...

Ahí están en noble competencia que tan dignamente sostienen; más rica y suntuosa en su barroquismo la de Villalpando, más serena y armoniosa la de Céspedes. Puede decirse que la balanza quedó en el fiel


http://www.realacademiatoledo.es/files/toletum/0048/03.pdf

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