viernes, 1 de mayo de 2015

Palacio de los Condes de Fuensalida

Situado en el centro del pueblo y ocupando el lado suroeste de la llamada durante siglos Plazuela del Conde (Glorieta), se levanta el palacio de los antiguos condes de Fuensalida. Fundado en 1435 por el segundo hijo del gran canciller, don Pedro López de Ayala y su esposa doña Elvira de Castañeda, primeros señores de Fuensalida.

En el año 1497, el III conde, compro en Fuesalida siete pares de casas contiguas a la suya con el fin evidente de hacerse una casa mayor de la que hasta entonces poseía, tal vez un palacio como el de Toledo. 

En 1535 ya hacia varios años que estaba terminado el palacio, y probablemente también lo estaba la plaza, pues once años antes, exactamente el 8 de septiembre de 1524, firmo una capitulación con el concejo de la villa, por la que no podría mandar aposentar huéspedes, ni criados, ni esclavos, ni oficiales a los vecinos. 



Debió ser entonces, cuando se planifico la plaza, armonizando con la fachada del palacio, pues todas las casas que estaban en ella, excepto el actual ayuntamiento, la casa que linda con él y el convento del Espíritu Santo, pertenecían al conde.

Palacio de los Condes de Fuensalida
No ha quedado ningún documento referente a la construcción o al arquitecto, pero su obra nos habla excelentemente de él. Por los materiales empleados entra de lleno en el grupo de los palacios mudéjares toledanos, aunque insiste algo mas en el uso de la piedra tallada. La fachada es renacentista y la distribución interior de las dependencias es una mezcla entre el tipo mudéjar y el renacentista: el patio del gótico tardío, las cubiertas, unas son mudéjares, otras de tradición románica, como la bóveda de cañón o la baída, en fin, una deliciosa aleación en donde cada elemento compositivo esta sabiamente mezclado con los demás. Se usa la piedra arenisca, tallada en grandes bloques para el basamento, los refuerzos de las esquinas de las fachadas, las arcadas del patio y para enmarcar los vanos de la fachada lateral; el mármol se deja para las puertas interiores y el granito para todos los vanos de la fachada principal. De ladrillo, sin ninguna inclusión de mampostería, son todos los muros, interiores y exteriores. De barro vidriado los zócalos de los salones principales y la escalera.

Las habitaciones se cubren unas veces con bóvedas de ladrillo y otras con techumbres de madera. En las solerías se emplean losetas cuadradas de barro cocido, y en algunas habitaciones de la planta alta el entarimado, aunque esto último puede ser producto de alguna reforma posterior, quizás de las obras que se hicieron en 1710.

Se levanta aislado, dando la fachada principal a la plaza y las dos laterales a ambas calles. La planta es en forma de L y no cuadrangular como a primera vista parece, por tanto de las fachadas laterales sólo una esta desarrollada, la que da a la Galería, frente al convento de las franciscanas y la otra se termina con la torre.

 El edificio se alza sobre un basamento hecho con sillares de arenisca. El mismo tipo de sillares refuerzan las esquinas; el resto de los muros son de ladrillo. La fachada principal esta concebida en horizontal y prácticamente toda en un mismo plano pues el retranqueo de las torres y la portada es muy pequeño, apenas unos centímetros. Es simétrica, se divide en dos pisos, separados por una sencilla línea de imposta, formada por varias verdugadas de ladrillo que sobresalen un poco. En las dos esquinas se levantan las torres, cuadradas con un piso mas con respecto al resto del edificio y cubiertas con tejados piramidales; se reflejan pues en altura y en la fachada pero no en la planta. No tienen ningún carácter defensivo; el grosor de sus muros es idéntico a los demás y lleva el mismo tipo de vanos. Por tanto su fin es decorativo, encuadrar la fachada y proclamar la nobleza y poder de su dueño.

La puerta principal esta situada en el centro, llega hasta la línea de imposta y es adintelada. Partiendo de ella se repite la fachada exactamente igual a uno y otro lado, por encima va una pequeña cornisa de piedra. Las jambas y el dintel son gruesos bloques monolíticos de granito, completamente lisos, sin ningún motivo ornamental. De nuevo hacemos hincapié en que la portada esta ligeramente adintelada con respecto al resto de la pared. Eso produce dos líneas verticales que recorren todo el muro y sirven de unión entre los dos pisos, es una transformación del alfiz musulmán, conservado a través del mudéjar. A cada lado de la puerta se abrían tres vanos pequeños, uno ya en la torre, apaisados como si fueran respiraderos. 

Por encima de ellos, llegando casi a la línea de imposta, otras tres ventanas cuadradas. Cada una se corresponde con un balcón en el piso superior y la puerta con otro un poco mayor, único sitio de toda la fachada donde hay algo de decoración, pero entre la plenitud y el esquematismo que presenta pasa desapercibida. Las jambas de este balcón van recuadradas con una moldura cuya parte inferior se transforma en roleos. 

El dintel lleva, sobre una diminuta cornisa, un escudo coronado, pero sin motivos heráldicos, lo que hace suponer que los lobos y las aspas de la casa de Ayala estaban pintados. A los lados hay dos triángulos terminados en roleos, más planos y esquemáticos si cabe. Los demás balcones son también adintelados, llevando un pequeño arco de descarga, hecho en ladrillo por encima del dintel. Las torres tienen otro balcón igual a estos en el segundo piso.

El tejado es a dos aguas y el de las torres piramidal, con sendas buhardillas en el lado sur. A ras del suelo hay tres respiraderos rectangulares que sirven para la ventilación del sótano. Sobre el basamento de piedra van siete ventanales adintelados con el pequeño arco de descarga y en el piso superior se repiten los balcones.

La otra fachada lateral ya hemos dicho que se acaba en la torre, y aquí si tiene un balcón en el ultimo piso y sendos arcos de descarga en los inferiores en espera de que se abrieran los correspondientes huecos.



Veamos ahora la distribución interior; el patio es el núcleo central. Su planta es rectangular, con arquerías dobladas en dos lados, formándose ángulo recto. Se encuentra pavimentado con grandes losas de caliza. Tiene un pozo situado casi en el centro, con un pequeño brocal de granito adornado con un escudo liso.

El piso inferior le forman arcos carpaneles trilobulados apoyados en columnas. La basa, elevada sobre un plinto cuadrangular, es corintia, con un bocel entre dos toros, el fuste liso, sin estrías ni éntasis, y los capiteles con decoración vegetal, presentan una palmeta en cada cara y en las esquinas, en vez de volutas, unas abultadas hojas de acanto hacia abajo y replegadas sobre si mismas. Están tratados esquemáticamente, pero se aprecia buena técnica y aparecen llenos de una fuerza expresiva muy cercana a la concepción escultórica contemporánea.

La línea de imposta que separa un piso del otro va adornada con bolas. El piso superior tiene, asimismo, arcos carpaneles trilobulados y más rebajados. Las columnas y basas son iguales que en la planta baja, pero los capiteles son mas ricos, mas minuciosos; basados en el corintio romano, se desarrollan de un modo particular; como si estuviera sujetando las volutas, hay una decoración de cuerda; por debajo, en vez de lo acantos, son palmetas y hojas de vid, y entre las volutas, en lugar de llevar la rosa van dos pequeñas hojas de acanto, una hacia arriba y otra hacia abajo.

El alero va decorado con un motivo muy frecuente en el gótico tardío, se trata de una rama delgada, con muchas hojas y tallos secundarios, que lleva enrollado en espiral una larga cinta cuyos extremos, bien visibles, se enrollan sobre si mismos. Las galerías del patio servían de corredores; eran auténticos lugares de transito, con acceso directo a casi todos los aposentos, independientemente de que estos se comunicaran entre sí.

En la organización interior se fundían la tradición mudéjar, tan arraigada en nuestra región, y la novedad del renacimiento. El zaguán debía ser grande, espacioso, situado a la misma altura que el patio y a poco más del nivel de la calle; con acceso directo como corresponde a un palacio urbano de este momento. En el lado oeste de la planta baja, aun se conserva una sala cuadrada, debajo de la torre, cubierta con un alfarje de enormes vigas sobre canes de rollo. Junto a ella hay un salón cuadrado, cubierto en este caso con una bóveda esquifada; a su vez se comunica con otro rectangular cubierto por una bóveda de medio cañón.

En el lado oeste, hay una fachada subterránea, cubierta con una admirable bóveda de cañón, hecha en ladrillo sin encalar, arranca casi desde el suelo, y se ilumina con los respiraderos rectangulares que están a ras del suelo de la calle. Esta dividida en dos partes, una habilitada como bodega hasta hace pocos años y otra conocida como la cueva. Independiente de ella, existe otra cueva, sin ningún trabajo de albañilería, con entrada por el lado este del patio. En la imaginación de las gentes ha crecido de modo extraordinario, según se dice llega hasta el antiguo convento de los franciscanos.

A finales del siglo XIX, don José Bernardino Fernández de Velasco, XVII conde de Fuensalida, vendió el palacio a dos vecinos del pueblo; uno se quedo con el ala derecha, la torre y el balcón que esta junto a la misma, en la fachada central. El otro vecino se quedo con el resto. Hoy pertenece a tres familias distintas.

http://fuensalida.com/index.php/2012-02-20-03-29-56/2012-02-21-00-01-47/39-municipio/monumentos/107-palacio-de-los-condes-de-fuensalida

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