sábado, 13 de junio de 2015

Comercio y comunicaciones en la Taifa de Tulaytulah siglo XI

El abastecimiento de los mercados tenía mucho que ver con el lugar donde se ubicaba el intercambio, la religión de sus habitantes y el buen hacer y vigilancia de las entradas, salidas, pesos y medidas del mercado. 

Casi todos los productos que se vendían eran generados en los alrededores, y pocos eran los productos de exportación que llegaban de otras ciudades. Era frecuente, además, el uso de moneda, pero tampoco era inusual que se empleara el trueque, especialmente en los meses más crudos del invierno.

Con esto ya encontraremos motivo suficiente para entender lo distinto que podía llegar a ser el mercado en una ciudad como Toledo o Granada (musulmanas) de ciudades como León o Burgos (cristianas).

Hay que notar además que la mayor o menor población y las comunicaciones, buenas, regulares o malas, eran factores decisivos para que un mercado pudiera albergar productos de lugares lejanos, o conformarse con lo que las cercanías producían.

Algunas ciudades crecieron al amparo de su mercado y sus mercaderes, por ejemplo Burgos, que era un castillo fuerte con un mercado abundante extramuros. Esto nos muestra que los lugares donde los mercados se hicieron famosos y prósperos engendraron una riqueza a su alrededor muy deseada por los monarcas y nobles. Burgos acabaría conformándose como capital del reino de Castilla, por ser el núcleo más próspero del primitivo condado. Esto sucedía en el mundo cristiano del norte, pues los musulmanes del mundo hispano-musulmán (al -Andalus) disponían de mercados más prósperos y variados. 

Eran ciudades regidas por reyezuelos y emires que gobernaban su taifa a modo de ciudades estado, y para todos ellos disponer de un buen mercado donde tasar las entradas y salidas era una forma de conseguir dinero para sus arcas, siempre menguadas por las guerras con los vecinos de otras taifas.

En general, el comercio era escaso, y las comunicaciones casi imposibles entre algunos puntos de la geografía peninsular. Por ejemplo, viajar desde León, cuna del entonces reino cristiano más importante (dinastía asturleonesa), y el de más prestigio en la hispania cristiana, hasta Toledo, que era la capital histórica de los visigodos, capital de la taifa musulmana de Tulaytulah, la más importante en el septentrión musulmán, además de la más extensa y próxima a León, era muy complicado por tener que atravesar las montañas de Gredos, sin caminos ni lugares por donde hacerlo.

tulaytulah1070 Al sur del Duero se imponía un desierto helado en invierno, y caliente en verano, sin apenas más población que la que destinaban los reyes cristianos a su repoblación.

En invierno nadie se aventuraba y en meses de calor que se iba más deprisa, era preferido por muchos dirigirse hacia el Este, para llegando a la tierra extrema de Soria, se bordeaban las montañas centrales tomando nuevo rumbo hacia el Sudoeste. El dibujo en el mapa es un zigzagueante baile, nunca una línea recta y fácil.

En la novela, nuestros héroes atraviesan Gredos en varias ocasiones, y de la mejor forma posible, que era subiendo hasta Avila (una aldea solitaria y amurallada al pie de las montañas) y tomaban, y casi lo preferían muchos, las vías naturales como eran los ríos.

 En este caso la guía que debían encontrar era el río Alberche, que daba con sus aguas al otro lado de Gredos, abriéndose a la fortaleza musulmana de Maqueda. Las abundantes poblaciones y núcleos hasta Toledo daban cuenta de la abundancia y prosperidad de las tierras del otro lado de la Cordillera Central.

La impresión de aquellos que se aventuraban por el mercado de Tulaytulah llegados de las tierras del Duero debió de ser digno de contemplar.

Los productos que se vendían eran también variados, y algunos que hoy se nos antojan corrientes, en aquellas edades eran, no solo infrecuentes, sino exóticos y bizarros. Un ejemplo de esto lo tenemos con las frutas y verduras.

Es sabido que en Valencia, tierra mora y próspera a más no poder en aquel siglo, se cultivaban naranjas, mandarinas, pomelos y limones. Estos no se exportaban, pues cualquier viaje por la península estropearía el género (que no el sexo, amigos de la lengua) con los calores y los fríos. Se trasladaban las semillas, y en otros lugares, como la taifa de Ishbiliya (Sevilla) se plantaban también cítricos. Esto era imposible en las tierras frías cristianas. De hecho, es probable que nadie en León conociera esta fruta, ni tan siquiera de oídas. Ver un naranja era como ver el amanecer terrestre desde la Luna, solo al alcance de los más viajeros y osados.

Los comercios y negocios que más posibilidades tuvieron fueron aquellos cuyos productos no se malograban: telares, cueros, forjas, ataharres, incluso animales y cabezas de ganado, cuando la distancia no era tanta. Por ejemplo, en León se vendían telas de tierras griegas, mantos de seda y filigrana damascena y oriental. No eran demasiado abundantes, menos que en Valencia o en Toledo, de donde eran proveedores, o quizás fabricantes de sucedáneos para vender en tierras del interior, pero alguna que otra vez se veían, pues llegaban por el camino de Santiago desde el Este peninsular.

Esto hace que sea llamativo que en León no conozcan las naranjas, pero sí saben de gresciscas y ropajes suntuosos teñidos de colores difíciles. No eran habituales ni corrientes, y tampoco eran baratos, pero se veían alguna vez.

Cada grupo religioso y étnico disponía de sus propios comerciantes de confianza, proveedores y compradores. Por ejemplo, en una cuestión tan sencilla como el mercado de la carne, los vendedores judíos trabajaban la carne para que no fuera kosser de una manera distinta a los musulmanes, o por supuesto los cristianos, que mezclan el cerdo en todas sus viandas y embutidos. Cada uno compraba en su establecimiento, a su carnicero.

Un mercadeo que abundaba era el de las armas y aperos de guerra, pero solo cuando habían batallas en las proximidades. De hecho, el botín de guerra de infanzones, y nobles de bajo rango no consistían en tierras, predios o castillos enemigos, cuyos beneficios pasaban a los grandes señores, sino en espadas, caballos, ataharres, ruedas de carro sueltas, telas y lonas, bolsas de cuero o primitivas celadas de moribundos y cadáveres. Lo útil se tomaba y lo sobrante se vendía.

Uno de los mercadeos que fue creciendo, y que tuvo cierto éxito, y así lo cuento en la novela fue la venta de caballos de guerra. Precisamente fue Valladolid donde tenemos noticias del siglo XII, que indican que criaban estos animales y para venderlos. Este negocio junto con el de los cueros, hicieron que la ciudad prosperara económicamente durante unos decenios.

Las razas autóctonas de caballos en las tierras cristianas eran los caballos leoneses (raza galaico leonesa) y más al Este la raza burgalesa o navarro-burgalesa. Eran animales con características semejantes, pues ambos eran bajos de estatura o con cruz baja. Eran duros para trabajar en el campo, y buenos para subir montañas, pero poco aptos para una carga de caballería enemiga sarracena, con caballos de cruz alta y más veloces (cuanto más alto es un caballo se presupone más velocidad, y más peligro en combate).

Los animales mejores para la guerra eran los caballos de raza árabe, los que hoy llamamos andaluces, y que han intercambiado su potente genética con el resto de razas equinas. Precisamente ese intercambio se inicia en el siglo XI en España. Hoy todos los caballos tienen algo de andaluces.

El caballo árabe era alto y rápido, aunque no resistente al frío. Es un animal nervioso y necesitado de su amo, delicado y leal. Su cruce con el caballo burgalés y leonés, hecho en Valladolid (entre otros lugares suponemos) ofrecía un caballo de guerra más fuerte, alto y resistente. Ideal para los señores feudales que acudían a guerrear buscando una oportunidad para sobrevivir y arrancar un buen botín al enemigo.

Ni que decir tienen que un caballo era un bien carísimo, solo al alcance de los más pudientes. Un magnífico botín para un escudero en una batalla podía ser simplemente un par de buenos caballos sanos y sin heridas, envidia y arrebato de su señor.

De las rutas comerciales más importantes en la época y en el mundo cristiano hay que destacar el Camino de Santiago, en la senda que hoy llamamos camino francés, que es simplemente el camino más fácil para transitarlo. En el siglo XI era recorrido por escasos peregrinos, comerciantes, y judíos, que protegían así sus intereses yendo de aljama en aljama, igual que los monjes lo hacían de monasterio en monasterio.

El camino entrelazaba las ciudades más importantes de la cristiandad hispana: Pamplona, Logroño y Nájera, Burgos, Carrión de los Condes, Sahagún (panteón de reyes), León y Santiago mismo. Podemos decir que fue una de las primeras rutas comerciales y culturales terrestres que hubo en Europa, y por supuesto en nuestro país.

Finalmente, los mercados de las ciudades no solo ofrecían productos para comprar o vender, sino también servicios. En tierras moriscas de al-Andalus era corriente la venta de esclavos, (permitida por el islam siempre que no fueran musulmanes los privados de libertad).

Se intercambiaban dineros, pagarés y se hacían préstamos al modo bancario, lo que era habitual en el trato con los judíos. También se ofrecían para leer o escribir, y no era extraño que se dedicaran a la medicina o a la cirugía menor. Siempre por supuesto a cambio de dinero. Los judíos, como es habitual con las minorías étnicas, estaban muy unidos y se protegían entre sí, lo que no fue obstáculo para que engendraran el odio y la envidia de la mayoría cultural dominante.

Las revueltas contra estos eran desconocidas en el siglo XI en zonas cristianas. En cambio en ciudades como el Toledo musulmán debieron ser crecientes, no solo contra los judíos sino también contra los cristianos mozárabes. De hecho la entrada de Alfonso VI, vendida como conquista de la ciudad en 1085, fue más bien, una llamada para poner paz a una ciudad enfrentada civilmente.

También abundaban en los mercados grandes los trileros, jugadores, tomadores de pequeñas apuestas, estafadores y gentes de toda ralea y condición. De ahí que fuera habitual una guardia y vigilancia exclusiva en los mercados. Ladrones y bandidos que se deshacían de lo robado en otras plazas no eran infrecuentes.

De hecho, en Toledo, el sucesor como emir de Al-mamún fue Al-Qadi, de donde deriva la palabra alcalde, y cuyo significado tenía que ver con el control de pesas y medidas en el mercado de Zocodover en Toledo, quizás el más grande de la península en el siglo XI. Ser jefe de guarida del mercado era una de los trabajos más complicados para un soldado que buscaba ganarse el beneplácito de sus superiores.

https://topitocava.wordpress.com/?s=toledo

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