martes, 2 de junio de 2015

La leyenda de AL-SHIFÁ (I)


Resulta difícil -que digo difícil- increíble sería palabra más acertada, pensar que un pequeño pueblo como el nuestro haya estado en algún momento de su azarosa existencia relacionado con la magnífica y fastuosa ciudad de Bagdad.

Casualidades del destino sería la frase más indicada para describir esa relación, de no ser porque en ella se encuentran también implicados, para rizar más el rizo y dar mayor aire de inverosimilitud a la narración, los cuentos de Las Mil y Una Noches y una de las joyas más espectaculares jamás engarzada por el hombre: El Collar del Dragón.

Todos sabemos que el destino gusta con cierta frecuencia de enredar las míseras vidas de los seres humanos, y al no conocer de límites ni fronteras, disfruta en ocasiones jugando con el azar de los pueblos y las vanas creencias de los hombres, mezclando con maliciosa inocencia remotos lugares y enfrentados credos, hasta impregnar de confusión las poco desarrolladas mentes de las personas. Sólo de esa manera se puede entender lo acaecido hace casi mil doscientos años en las cercanías del pequeño pueblo de Almaguer.

Pero comencemos por el principio y de la manera que suelen comenzar todos los cuentos, es decir: con un “Érase que se era” a pesar de que en la leyenda que relataremos a continuación predomina más la realidad que la ficción y los documentos prueban en todo momento la verosimilitud de lo acontecido.

Érase pues….que en la deslumbrante y majestuosa Medinat al-Salam o ciudad de la Paz, más conocida como Bagdad, vivía un Califa denominado Harum al-Rasid o lo que es lo mismo, Aarón el Justo. Quinto gobernante de la dinastía Abasida y quizás el más famoso de su linaje, no tanto por el esplendor cultural, científico y económico que llegó a alcanzar su reinado, como por estar considerado el protagonista de buena parte de los cuentos de las mil y una noches que durante tanto tiempo inundaron de exotismo y fantasía la imaginación de nuestros antepasados.

A pesar de que los mencionados cuentos comenzaban con la vieja historia de Sherezade y su habilidad para entretener al Sultán a base de narrarle un cuento distinto cada noche para evitar su muerte, la realidad es que el califa Harum al-Rasid jamás tuvo que asesinar doncellas como hacía el sultán del relato, ni tuvo que vengarse de la infidelidad de ninguna de sus muchas concubinas, pues a lo largo de su vida sintió un especial amor y predilección por su esposa Zubaida o Zobeida, a la que colmó con todo tipo de atenciones y regalos. De entre todos los famosos obsequios y fantásticas joyas que Zobeida recibió de su amado Califa, destacaba por su increíble belleza el Collar del Dragón. Una formidable gargantilla de oro engarzada de perlas y piedras preciosas que simulaba la forma de un dragón, aunque no faltó quien quiso ver en ella la silueta de un escorpión. El resplandor que irradiaba la luz al atravesar los diamantes, rubíes y demás gemas que componían la joya, producía tal estado de hipnosis en las personas que lo contemplaban, que desde el principio las malas lenguas le atribuyeron poderes mágicos y siempre se vio envuelto en la leyenda.

Quiso el destino que Harum al-Rasid decidiera dividir su imperio entre los tres hijos varones que le dio su amada Zobeida: al-Amín, al-Mamún y al-Qasim, sin sospechar que tras su muerte se enfrentarían entre sí por hacerse con el control de todo el territorio. Como consecuencia de las mencionadas guerras civiles y los consiguientes saqueos de los palacios, el Collar del Dragón desapareció sin dejar huella, haciendo evidente aquel viejo refrán, de posible origen árabe por cierto, que nos advertía de que a río revuelto ganancia de pescadores.

Mientras tanto, la España musulmana (Al-Ándalus) disfrutaba por estas mismas fechas de uno de los períodos de mayor esplendor de toda su historia. Abderramán II, descendiente de uno de los escasos miembros de la dinastía de los Omeyas que logró sobrevivir a las matanzas de los Abasidas, prosperaba en España de forma totalmente independiente, atrayendo hacia su corte a lo más granado del mundo musulmán. Los mejores poetas, músicos, arquitectos, médicos, químicos, matemáticos y astrónomos de la conflictiva corte de Bagdad, se refugiaban ahora en al-Ándalus huyendo de las guerras civiles que enfrentaban a los hijos del Califa, conformando en la ciudad de Córdoba un floreciente emirato que rebosaba lujo, pompa y riqueza por los cuatro costados.

Abderramán II

Muy apreciado por sus súbditos, entre los que arrastraba fama de ser duro con los fanáticos cristianos del norte, Abderramán II (el siervo del Dios misericordioso) era ante todo un hombre cultivado y de gran sensibilidad, especialmente inclinado hacia la poesía, la música y cualquier otro arte que rodeara de belleza la grotesca existencia de los seres humanos. No obstante, el emir presentaba una debilidad que condicionaba todos y cada uno de los días que Alá (loado sea su nombre) había tenido a bien concederle: le gustaban con locura las mujeres. 

De su proverbial capacidad amatoria hablaban los historiadores musulmanes de la época, cuando recogían en sus escritos que Abderramán II jamás se acostó con una doncella que no fuera virgen, engendrando como consecuencia de las muchas esposas que su bien nutrido harén le suministró a lo largo de su vida, no menos de 87 retoños de los cuales 45 fueron varones y 42 hembras. Pero de entre todas aquellas concubinas que le dieron hijos y pasaron por lo tanto a ser consideradas como “Umm Walad” o princesas madres, una brilló con especial intensidad: la toledana Al-Shifá.

Cuentan las crónicas que Al-Shifá era una esclava cristiana dotada de una extraordinaria hermosura y una inteligencia poco común, de la que se enamoró perdidamente Abderramán siendo aún príncipe heredero. Con semejante atractivo, no tardó nuestro personaje en hacerla su favorita y otorgarle el título de princesa, disfrutando junto a ella de uno de los períodos de mayor felicidad de toda su historia. Mujer de buenos sentimientos y gran corazón, nunca mostró recelo ni resentimiento alguno -a pesar del clima de envidias y conspiraciones que se vivía en el harén- cuando tuvo que amamantar y cuidar, como si de su propio hijo se tratase, al príncipe heredero Al-Muhammad, fruto de la princesa Buhayr, primera esposa del emir. Al-Shifá llegó por ello a convertirse en toda una leyenda en la Córdoba del siglo IX, engrandeciendo aún más su figura con la construcción de la mezquita que llevaba su nombre y que se alzó en uno de los arrabales de la ciudad. No obstante debemos reconocer que si por algo mereció la princesa ser recordada, fue por el increíble obsequio que recibió de su amado esposo Abderramán.

Feliz éste último por sus recientes victorias sobre los cristianos del norte y por el hijo que le había dado su queridísima esposa, quiso demostrarle su amor haciéndole un regalo que eclipsara los más ambiciosos sueños de los hombres. No hacía mucho tiempo que por la corte hispano-cordobesa corrían ciertos rumores sobre la aparición en Bagdad del legendario collar de la sultana Zobeida. Deseoso el emir de saber cuánto había de verdad en las habladurías de la gente, envió a uno de los eunucos del palacio a la antigua capital persa con el encargo de que indagase de forma secreta sobre el asunto. Transcurridos varios meses desde su partida, un anciano de origen judío se presentó un buen día ante el propio Abderramán, llevando entre sus manos el afamado collar de la sultana. Poco tiempo después el escándalo sacudía las cortes reales de medio mundo, al trascender que el emir de Al-Ándalus, Abderramán el segundo, había pagado nada menos que diez mil dinares de oro por el collar de las mil y una noches. Verdaderamente la generosidad del emir con sus esposas no tenía límites.

Disfrutó Al-Shifá durante años de la mítica joya, convirtiéndose en la envidia de las mujeres del mundo conocido. Todas querían contemplar el collar del dragón cuando asistía a las recepciones oficiales, y las concubinas del harem le rogaban continuamente que les dejase tocarlo convencidas de que poseía poderes sobrenaturales. Pero a pesar del renombre que llegó a alcanzar la princesa por esta causa, la realidad es que nunca perdió su naturalidad ni su afición por acompañar a su amado Abderramán incluso a las campañas guerreras más peligrosas. Y fue precisamente en una de esas incursiones bélicas o “aceifas” por las tierras de “Wad al-Hayara” donde comenzó a sentirse indispuesta. La fiebre apareció a los pocos días inundando de húmedas perlas su delicada frente y, lejos de remitir, amenazó con deformar su bellísimo rostro. Profundamente preocupado, el emir dispuso que fuera trasladada inmediatamente y con extremo cuidado a la ciudad de Córdoba, para que fuera atendida por los médicos más reputados del mundo musulmán.

 Desgraciadamente a los pocos días de comenzar el regreso, en un lugar cercano a la pequeña aldea de Al-Maguer conocido como “Fayy al-Busra” o valle de la alegría o de la buena nueva, que los cristianos denominaron después Montealegre, reclamó la muerte su trofeo y Al-Shifá entregó su alma para siempre. Quiso el emir en su inconsolable tristeza, que la princesa fuera enterrada allí mismo, en una sencilla sepultura como mandaba el profeta (Alá lo tenga en el paraíso) resguardada de las inclemencias del tiempo por una pequeña construcción al estilo de los “murabits” o morabitos árabes que protegían las tumbas de los hombres santos. Cuentan también las crónicas -aunque de esto no hay certeza- que el emir dispuso que la princesa fuera depositada en su tumba junto al famoso collar del dragón, para evitar así que nadie jamás pudiera igualar su belleza. Sin embargo, como la codicia de los hombres no conoce límites, la sepultura fue expoliada a las pocas semanas de su entierro, desapareciendo la joya para siempre de la mirada de los hombres. (Bueno….debo aclarar que esto último es un simple recurso literario, pues como veremos más adelante, una joya de estas características no desaparece así como así).

Sea como fuere, el caso es que entre las empobrecidas y supersticiosas gentes de la aldea de Almaguer y alquerías circundantes, fue cundiendo el rumor de que la tumba de la princesa Al-Shifá concedía la “baraka” es decir: que otorgaba la bendición a todas aquellas personas que se dignasen visitarla para depositar unas flores u ofrecer una oración por su alma. Pasado el tiempo, el culto a Al-Shifá se fue extendiendo por toda la comarca, formándose auténticas peregrinaciones en busca de la cura material de sus cuerpos y la espiritual de sus almas. Se llegó incluso a celebrar un “moussem” o romería, en la que las buenas gentes colgaban de las ramas de los árboles las prendas y objetos personales que recordaban el cumplimiento de sus plegarias. Cuentan también las crónicas, que corriendo el año 852 de nuestra era, el nuevo emir de al-Ándalus, Al-Muhammad, acudió para honrar el enterramiento de la mujer que lo había amamantado y criado como si de su propio hijo se tratase, comprobando emocionado cómo los vecinos de los alrededores velaban por el mantenimiento de la tumba. Conmovido por el comportamiento de las pobres gentes, ordenó eximirles de todos los impuestos con la condición de que tuvieran siempre cuidada la sepultura de Al-Shifá.

Ermita de Santa Catalina hace unos años.

Pasaron los años y la comarca acabó finalmente conquistada por los nuevos señores de la guerra -en este caso los cristianos del norte- sin que los habitantes de la zona notaran cambio alguno en sus deplorables condiciones de vida.

Únicamente cambió para ellos el nombre de aquél a quien tenían que pagar los numerosos impuestos que les ahogaban y que en tantas ocasiones habían dejado sin un mendrugo de pan a sus hijos. Sin embargo, a pesar de todas estas penurias y muchas otras que no vienen a cuento, los vecinos de los alrededores siguieron acudiendo y cuidando de la vieja tumba de Al-Shifá, que de la noche a la mañana paso a denominarse de Santa Catalina por exigencia de un malhumorado sacerdote de sotana raída, encargado, según él, de mostrarles el buen camino y conducirlos sanos y salvos al redil; como si ellos no conociesen mejor los caminos de la zona y supiesen más de pastoreo que aquel arrugado clérigo (Dios lo tenga en su gloria) aficionado en exceso a la bebida y a otros imperdonables vicios.

Fue por ello que la vieja tumba de Al-Shifá se convirtió de repente en la nueva ermita de Santa Catalina, pues según decía aquel malencarado abate, había sido también una mujer buena e inteligente que había renegado de su fe por amor como Al-Shifá, aunque en este caso de la pagana y por amor a Cristo.

Ermita de Santa Catalina estado actual

La ermita de Santa Catalina después de esto, sufrió numerosas vicisitudes a lo largo de su historia, pero siempre se reconstruyó y resurgió de sus cenizas, para recordarnos que allí reposan para siempre los restos de aquella bellísima princesa de leyenda, por la que el gran emir Abderramán de Córdoba sintió un día la más grande de las pasiones.

Y con éste último párrafo damos fin a esta antigua leyenda, verídica como la vida misma, en la que el destino decidió un buen día burlarse de la estupidez humana mezclando credos y religiones, junto a míticas joyas e históricos personajes, en un lugar olvidado por aquellos que dicen registrar las historias de los hombres.

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Nota. Esta leyenda está basada en los textos árabes estudiados por la Real Academia de la Historia, impresos en su boletín del año 1991, Tómo CLXXXVIII

Por su parte, el historiador Gonzalo Álvarez Anes de Castrillón, recogió también los escritos en los que se apoya ésta leyenda, en su libro Europa y el Islam (2003)

Además la escritora Ángeles Irisarri, noveló también esta leyenda, plasmándola en sus libros: Perlas para un Collar (2009) y El Collar del Dragón (1999)

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Rufino Rojo García-Lajara
(Octubre del año 2012)

OCT 30  Publicado por somoscorraldealmaguer
http://somoscorraldealmaguer.com/category/historia/

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