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sábado, 12 de septiembre de 2015

Entre los puentes de Alcántara, Toledo

Es corto el trayecto entre el viejo y el nuevo puente de Alcántara; pero en tan pequeño espacio el Tajo trabaja más que en toda su dilatada andadura. 

Justamente a la mitad del camino se encuentra el freno de una presa y dos edificios: la fábrica de luz y la elevadora de agua. La presa forma un inmenso tazón, y otro río cualquiera moriría aquí tranquilamente, consumido por el paludismo de su propia encharcadura. Pero el Tajo es sobrado hondo. Se prepara con petulancia, y de un salto hercúleo salva el obstáculo y sigue adelante, agitando sus melenitas rizadas y azules, como un efebo en Olimpiadas. Le quedan aún los dos edificios de orden, pletóricos de juridicidad; mas también de ellos triunfa el Tajo. Como todo elemento conservador, el industrialismo legal ha levantado sus paredes con restos de conquistas y "razzias" nada jurídicas: molinos árabes, tenerías berberiscas y acueductos romanos. La juridicidad, al menos en Roma, venía después del saqueo. El agua se encuentra, pues, entre viejos amigos, y salta tan confiada sobre la piedra y sobre la ley. Reconoce al viejo ladrillo mudéjar y la argamasa romana, y piruetea a placer entre los humildes arquitos árabes que le sirven de cimiento. Una vez traspuesto el puente, las aguas recobran su sosiego académico, se tornan doctas y clásicas --ignoramos si profundas o huecas--, ordenan su cabellera y se sometren obedientes a la rítmica andadura de peregrino dormilón.

Félix Urabayen. El nuevo puente de Alcántara. Artículo en El Sol, 17 de mayo de 1936









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