domingo, 25 de octubre de 2015

Leyenda de la Mezquita de Afuera

Un judío llamado Abisaín no podía disimular su odio creciente a todo lo que hiciera referencia a Jesucristo, ya que, como todos sabemos, la venida de Cristo al mundo rompió la tradición y la religión seguida por los judíos, ruptura que supuso entre ellos la aparición del núcleo cristiano, que rendirá culto a un falso Mesías.

Pues bien; un buen día llegó hasta el la noticia de estarse preparando un diabólico plan por parte de algunos correligionarios suyos, se trataba de impregnar los pies del Cristo con un potente veneno que sin duda, habría de matar a los devotos que diariamente se acercaban a besarlos. 

Cuando todo contento marchaba hacía la ermita con el propósito de gozar con el exterminio de sus enemigos, uno de los autores salió a su encuentro para aconsejarle que cambiara de rumbo y huyera lo más rápido posible, ya que la imagen del crucificado retiraba el píe siempre que se aproximaban los labios de los fieles. 

Y ya se sabe, descubierto el veneno..., persecución de judíos. Todo el día estuvo vagando por los campos de Safont. 

Ya anochecido regresó a su casa por la Puerta de Valmardón con el fin de pasar por la ermita de aquel Cristo que seguía condenándolos al destierro. Este Cristo traidor merecía ser eliminado "desvariaba Abisaín" y para conseguirlo no se le ocurrió mejor cosa que clavarle un dardo con la incontenible furia del fanático. 

El Cristo, de madera y de reducidas dimensiones, lanzó un gemido al recibir el golpe y cayó al suelo apagando la lamparilla que le alumbraba con su luz y le daba su nombre. Abisaín guardo el crucifico bajo su capa y marchó a su casa con paso apresurado 

¿Que hacer con aquel madero? ¿Quemarle? ¡No! Las llamas atraerían la atención del vecindario a aquellas horas de la noche. De momento no se le ocurrió mejor idea que esconderlo entre las basuras amontonadas en el patio.... Fue a la mañana siguiente cuando Abisaínse llevo la peor y más grande de las sorpresas, unas voces que provenían de la calle interrumpieron su sueño matinal, voces de aquel gentío que acompañaba a los agentes de la autoridad que traían la orden de arrestarlo como ladrón y profanador de la ermita. El hebreo fue condenado a morir lapidado (ya sabéis, a pedrada limpia), Pero... ¿cómo y porqué fue descubierto con tanta rapidez? 

Muy sencillo, el Cristo de la Luz no dejó de sangrar por la herida que le había producido el saetazo, sangre que fue goteando durante todo el recorrido hasta llegar al mismísimo basurero en el que fue escondido. Y con seguir el rastro... pues eso.

Textos: Santiago Galiano.

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