jueves, 28 de enero de 2016

Base histórica de la Leyenda de la Peña del Rey Moro

La Peña del Rey Moro 

Al Sur de la ciudad de Toledo, cerca de la orilla izquierda del río Tajo y dominando por su mayor elevación a la ermita de la Virgen del Valle, se yergue un conglomerado de piedras graníticas que por sus formas caprichosas se ha hecho más famoso que otros muchos que hay en sus cercanías. 

Se trata de la llamada "Peña del Rey Moro", conocida así porque vista desde su cara oeste presenta un perfil, de gran parecido por cierto, de una cabeza humana tocada con un turbante, en actitud que semeja no querer perder de vista a la Imperial ciudad. 

Dice la leyenda que su presencia en este sitio no obedece, como podría creerse, a un capricho de la Naturaleza, sino a la voluntad de un hombre. Hombre muy concreto, pues incluso se aflade cómo se llamaba tal personaje: el rey o caudillo de la secta almorávide, Yusuf ben Tasufín. Según el relato tradicional, este rey sintió un gran dolor cuando Toledo cayó en las manos cristianas, ganado al rey de la taifa local por el conquistador Alfonso VI. Y aprovechándose del poderío creciimte de su imperio, que se desarrollaba pujante en el norte de Africa, decidió cruzar el Estrecho con su ejército y reconquistar a Toledo para los musulmanes, sus dueños durante trescientos años. 

Pero a pesar de su esfuerzo impresionante, los resultados fueron negativos, tanto por la situación estratégica y la fortaleza defensiva del peñón como por el esforzado ardor que demostraban sus habitantes. y así, cuando su ejército, ya desmoralizado por la derrota y el fracaso de sus asaltos, estaba ya planeando la retirada, el rey se sintió enfermo. 

Pero deseoso de no abandonar a Toledo hasta conquistarla, pidió que se le excavara una tumba a la vista de la ciudad. Así se hizo en lo más alto del macizo rocoso; y junto a su sepulcro se eirigó una tosca estatua de su cabeza, para eterno recuerdo de cómo los reyes almorávides saben cumplir sus promesas.

Ciertamente, las apoyaturas físicas de la leyenda existen y están a la vista de todos. El bloque pétreo donde se excavó su sepultura -que aun hoy muestra una extraña talla en su cara superior, a modo de nicho de regular tamaño- y la representación de una cabeza con turbante están casi juntas, aunque en la realidad tengan poca relación. 

El sepulcro antropomorfo cavado en la roca es, probablemente, uno más de los que se encuentran repetidos por toda la provincia y cercanos a él hay otros, muy conocidos aunque algunos hayan sido cubiertos hace años, en ,,1 castillo de San Servando, de los que dos están bien visibles en el exterior de sus muros, próximos a la puerta principal ya la torre de! homenaje. 

Según el conde de Cedillo, que estudió las muy numerosas tumbas de este tipo existentes en Las Ventas con Peña Aguilera yen Malamoneda (1), su fecha más probable es altomedieval, seguramente entre los siglos XII y XIII; estimando que su existencia debe vincularse siempre a enterramientos religiosos cristianos, pero nunca de origen musulmán. 

En cuanto a la peña con aspecto de cabeza humana, cualquier  geólogo puede dictaminar que se trata de un conglomerado de piedras de gneis de forma caprichosa, redondeadas por la erosión milenaria, como las que abundan en Cuenca; o, sin ir tan lejos, en las cercanías de la famosa Peña. 

Basta un poco de buena voluntad y algo de imaginación para reconocer entre sus tortuosas conformaciones a cualquier figura o cualquier tema más o menos parecido al peñasco, a veces con una similitud realmente asombrosa. Sin embargo, la leyenda tiene sus motivos, y motivos ciertamente cercanos e históricos al hecho que relata y fantasea. 

Y estos motivos incluyen, tanto a la historia real de acontecimientos allí sucedidos, como a la historia de las ideas que allí debieron nacer. Cuando el 25 de mayo de 1085, el rey Alfonso VI tomó Toledo, la noticia se extendió rápidamente por los tres continentes donde se extendía el imperio musulmán, llenando de pesadumbre y vergüenza a sus hombres y afectando a sus principales dirigentes. Pues Toledo, aunque fueran pocos los años que fue independiente bajo el mando de los Beni D·il Nun, había alcanzado gracias a éstos una gran fama como sede de la cultura, las artes y las ciencias, bien conocida de todo el mundo de habla árabe. 

Sus poetas, sus literatos, sus científicos eran famosos y varios lo son todavía; recordemos solamente a Ibn Wafid, el sabio botánico y médico, o a Al-Zarquiel, astrónomo de fama mundial en su época, que hizo que las tablas astronómicas redactadas por él se extendieran por Europa, basadas por cierto en el meridiaño de Toledo; y cuyas clepsidras o relojes de agua han elevado más aún su fama de ingenioso hombre de ciencia. 

Por tanto, el imperio almorávide que se había formado en el Atlas africano y que se encontraba a comienzos del XII en plena expansión, recogió la llamada que le hicieron los demás reyes de taifas de AlAndalus para acudir en su SOCOITU, con numerosas y fanatizadas tropas decididas a restablecer el antiguo poderío musulmán en España y, como hecho que le daría fama imperecedera, reconquistar la antigua capital visigoda, famosa por su fortaleza y su histoIÍa.

Varias fueron las batallas y los asedios que padeció Toledo, de las  que .los Anales Toledanos Primeros (2) recogen cuatro, y otro más figura en la Crónica de Alfonso VII (3). Es de suponer que éstos serían los más destacados, pero sin duda muchas incursiones menores serían frenadas desde las fortalezas existentes al sur de la ciudad, quedando en razzias de efectos más localizados y que no llegaron a divisar los muros de la antigua Tulaitola. 

Especialmente en el año 1139, en que tras de porfiada lucha se tomó por Alfonso VII el fuerte castillo de Oreja, mientras los musulmanes que acudieron en su socorro hubieron de desandar su camino que pasó junto a Toledo, pudo muy bien ser el origen y la base histórica del relato que enalLece la figura de un rey almorávide. Este es pues el sentido último de esta leyenda: reflejar poéticamente y de forma accesible a todos, el decidido empeño musulmán para rec uperar una de sus joyas mejores. 

Empeño siempre frustrado por la fortaleza de Toledo y la energía decidida de sus defensores, en aquella ocasión dirigidos precisamente por una mujer, la reina que, sustituyendo a su marido ausente, supo infundir sin duda mayor energía y valor en sus soldados 

http://realacademiatoledo.es/wp-content/uploads/2014/02/files_anales_0019_05.pdf

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