miércoles, 20 de enero de 2016

Base histórica de la Leyenda de la Judía Raquel

La judía Raquel 

La leyenda de la judía Raquel, amante de Alfonso VIII, es una de las menos populares y por tanto de las menos conocidas de los toledanos, a pesar de haber servido como base argumental de numerosas obras literarias. 

Así, Lope de Vega, nuestro prolífico Fénix, supo aprovechar bien sus cualidades teatrales al menos en dos ocasiones: en la Jerusalén conquistada, obra de 1609, y en Las paces de los Reyes y la Jud(a de Toledo, del año 1617. 

Fue él, sin duda, quien hizo popular el nombre de Raquel para la protagonista (1), posiblemente por llevar más raigambre judía que el de Fermosa, con el que se la nombró en otras de las crónicas supuestamente históricas, de las que evidentemente obtuvo el tema de sus obras. 

La leyenda es muy sencilla, limitándose en sustancia a los amores pecaminosos que se dice sostuvo el rey Alfonso VIII con ulla hebrea de Toledo, a la que en principio se la conoce por Fermosa y después por el de Raquel. Judía de tal belleza que el Rey permaneció encerrado con ella y apartado totalmente de sus tareas de gobierno, según unos durante siete meses y según otros durante siete años. 

En todo caso, el tiempo suficiente para que los nobles se alarmasen por el abandono excesivo de sus obligaciones como monarca, recurriendo para solucionarlo a la decisión más radical; eliminar a la judía, para lo cual aprovecharon la ausencia momentánea del rey, entretenido en una cacería. Hay variantes menores de la leyenda, como son la que coloca estos arrebatados amores poco antes de la derrota de Alarcos, causada como castigo divino a tan lamentable pecado real. 

Otros alegan que al arrepentirse el rey de sus devaneos, fundó como desagravio el monasterio de las Huelgas. Aparece el relato por primera vez a fines del siglo XIII. De esta fecha es el códice de El Escorial de la Primera Crónica General (2), en el cual, una mano posterior a la original intercala la leyenda, sin dar por cierto el nombre de la judía, para explicar la fundación monástica citada. 

Tal anotación no aparece, por cierto, al relatar el hecho de la fundación, sino al final del capítulo dedicado al monasterio. Aparece ya el nombre de la hebrea, Fermosa, en la versión de la Crónica General editada por Ocampo en 1604, en los folios 344 y 345 y se propagó mucho durante el siglo XVII y siguientes. Es curioso comprobar que existe una base histórica efectiva. 

Muy tenue, por supuesto, pero que no deja de ser real. Ya demostró González Palencia, en su famosa obra sobre los mozárabes toledanos (3), que a fines del siglo XII -marco temporal de la leyendlr existió efectivamente en Toledo una mujer, de religión católica pero de origen y rito mozárabe, llamada precisamente Fermosa. Este nombre no era muy corriente en tal época, a juzgar por los mismos documentos de este grupo social, y quienes lo utilizaban más eran probablemente los judíos, habiéndose conservado solamente entre los sefarditas (4). 

El hecho de que la primera mención del nombre de tal hebrea legendaria, citado no antes de 1270 (5), coincida con el de una persona real de casi un siglo antes, hizo pensar a los amantes de lo romántico que muy bien pudiera haber existido la ilícita y arrebatada pasión del monarca por una toledana hermosa. A mayor abundamiento, los mismos documentos mozárabes mencionan repetidamente que la casa de doña Fermosa estaba situada junto al Pozo Amargo, foco también de atracción de leyendas amorosas entre cristianos y judías, amores también con final desdichado. Sin embargo, es dudoso que tales amores reales hayan existido. 

Si no fuera así, no comprenderíamos porqué la doña Fermosa verdadera tuvo que vender una viña en 1182 para conseguir dinero, viña que además estaba ya hipotecada desde 1177. Si los amores con el rey hubieran sido ciertos en la década de los 70, que es la Ílnica probable, la situación económica de una amiga del monarca no sería tan estrecha (6). 

Es unánime y por ello significativa, la postura de las fuentes históricas contemporáneas o muy cercanas al hecho. Los documentos son útiles, tanto por lo que dicen como por lo que callan; y ninguna mención aparece de estos amores, ni de la judía, en los Anales Toledanos ni en la "Crónica Latina de Castilla". 

Tampoco los historiadores de veracidad reconocida, más próximos a tales supuestos devaneos del monarca castellano, como son don Rodrigo Jiménez de Rada o don Lucas de Tuy, hacen la menor referencia a estos supuestos amores. y no cabe atribuir, como excusa de su silencio, que no lo incluyan en sus obras por temor de ofender a Fernando IIl, puesto que relataron sin tapujos hechos peores de la familia directa del monarca. 

Hemos de concluir por ello, que si la leyenda ha prosperado lo ha sido tan sólo por su valor literario. Ya hemos visto que es en la literatura, y especialmente en el teatro, donde se encuentra su mayor desarrollo y donde se explotan mejor sus posibilidades. 

Hay que tener también en cuenta que los que defienden la historicidad de este famoso relato y creen por tanto en la realidad de una relación amorosa ilícita, discrepan demasiado en cuanto a fechas, lugares, duración de aquella, la causa del final de los amores e incluso no coinciden en el nombre de la protagonista. 

Todo ello refuerza sin duda su irrealidad y viene a demostrar su inconsistencia.

Por Julio Porres de Mateo 
http://realacademiatoledo.es/wp-content/uploads/2014/02/files_anales_0019_05.pdf

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