martes, 12 de enero de 2016

Base histórica de la Leyenda de un Castellano Leal

Un castellano leal

Se ha relatado siempre, como demostración ejemplar de la bizarra caballerosidad castellana, el rasgo de carácter que demostró el marqués de Villena en Toledo. el año 1526. 

Se había anunciado la llegada a Toledo del duque de Borbón, noble francés que por diferencias con su rey Francisco 1, le había abandonado, llegando incluso a pelear contra él al ponerse bajo las órdenes del emperador Carlos V. 

Su venida a la corte española era por tanto un suceso desiacado y el emperndor, deseoso de cumplimentar a su nuevo vasallo, quiso agasajarlo varios Jías. El primer requisito para hacerle agradable su estancia era. naturalmente, buscarle un alojamiento digno de tan noble personaje; pero pi Alcázar estaba en obras y no tenía condiciones adecuadas para ello. 

Pidió pues Carlos V al marqués de Villena que le cediera para estos días sus casas señoriales, situadas en la parroquia de Santo Tomé, ya que él tenía cercano y más lujoso su palacio de Escalona.

El noble, fiel servirdor del monarca, accedió inmediatamente; pero hizo la advertencia de que, como buen caballero, él no podía apreciar al de Borbón, que habíase levantado en armas contra su rey natural Francisco de Francia. Por ello consideraría a su palacio indigno de ser habitado por él en lo sucesivo, por ser una persona de honor reconocido. 



Marchó, pues, a Escalona, y allí esperó hasta que supo que el francés había dejado ya su casa. A los pocos días de su marcha comprendieron todos las medidas que el marqués de Villena consideraba apropiadas para limpiar su palacio toledano; éste ardía por los cuatro costados con furia imparable, mientras que los servidores del marqués presenciaban el fuego inactivos, sin el menor interés por apagarle ni por salvar ni un solo mueble de su destrucción. y en síntesis, ésta es la leyenda. 

Poco queda por añadir a lo que dejó escrito el conde de Cedillo (1), en su excelente disección de la historia del palacio quemado voluntariamente por s1' propio dueño, por considerarlo indigno de su persona y linaje. 

El protagonista de la leyenda no es, por cierto, siempre el mismo en las versiones más conocidas. Según una, es el marqués de Villena, duque de Escalona, del linaje Pacheco; según otra, quien destruye su casa mancillada es el conde de Benavente. 

La versión más tradicional y arraigada es la que se lo atribuye a Villena, cuyas casas se conocían bien en Toledo, situadas en la parroquia de Santo Tomé. Tales casas fueron donadas al primer marqués de este título por Enrique IV (2). 

Siguiente a Cedillo, queda claro que estas casas de Villena no se quemaron nunca, pues el rastreo que hace en todos los cronistas contemporáneos de la estancia de Borbón en Toledo, así como en los inmediatamente posteriores, no lo mencionan para nada. Y de haber sucedido en realidad, era suceso merecedor de ser recogido en un destacado lugar por cualquier cronista. 

Después del excelente trabajo de Cedilla, queda claro que la casa se conservaba en 1559, como indica claramente Horozco (3), e incluso halla otra fecha más cercana al año de 1526 en que se sitúa el supuesto incendio: la del año 1538, en que el marqués de Villena puso pleito a la ciudad, para que no perjudicaran a su palacio las aguas de lluvia que, tal vez por falta de alcantarillado, bajaban desde Santo Tomé (4). Si las hubiera quemado, poco podría importarle que entrase el agua de lluvia en el solar. 

En cuanto al conde de Benavente, poco hay que decir sino que nunca pudo ser protagonista del suceso, ya que jamás tuvo casa en Toledo; luego IDa! pudo quemarlas. En cuanto al origen real de la leyenda (bien conocida por la versificación de ella: por el Duque de Rivas), el propio Cedillo halló la que parece ser la versión más primitiva del incendio, en Gonzalo de Illescas (5), escrita casi cincuenta años después del hecho y alterando una noticia de Guicciardini (6); puesto que éste relata solamente el disgusto que causó a un noble (cuyo nombre ni siquiera cita) al serie impuesta la obligación de albergar al duque de Barbón, que efectiva· mente estuvo en Toledo. 



Nada indica de incendios, por cierto. Es éste pues, quizá, el caso de una amplificación mayor que la leyenda presta a un suceso real: la llegada de un noble francés a la ciudad, muy conocido por su enfrentamiento con su propio rey; el disgusto que a más de un caballero español causara su conducta y especialmente a quien, por orden real expresa, hubo de alojarle. 

Si a ello se unió alguna fanfarronada de que prefería quemar su palacio antes que volverlo a usar, comprendemos que la leyenda naciera y se propagara, aunque nadie pudiera mostrar los restos de tal incendio.

Por Julio Porres de Mateo 
http://realacademiatoledo.es/wp-content/uploads/2014/02/files_anales_0019_05.pdf

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