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viernes, 18 de noviembre de 2016

La Trinidad de El Greco

Recién llegado a tierras españolas, el Greco tuvo ocasión de desplegar en sus primeros encargos toledanos todo un elenco de recursos pictóricos adquirido en sus años de formación en Italia. Entre 1577 y 1579 realizó un conjunto de tres retablos para Santo Domingo el Antiguo de Toledo.

La iglesia de este monasterio femenino cisterciense vivía por aquellos años un proceso de renovación arquitectónica y decorativa impulsado por Diego de Castilla (muerto en 1584), deán de la catedral primada y padre de don Luis de Castilla, con quien el Greco había entablado amistad en Roma. 

La envergadura del proyecto suponía un auténtico reto para el cretense: no sólo debía ejecutar un total de ocho lienzos, sino también proporcionar nuevas trazas para la arquitectura y escultura de los retablos. El lienzo deLa Trinidad ocupó una destacada posición en el ático del retablo mayor hasta 1830, cuando el conjunto fue desmembrado y quedó disperso.

Doménicos Theotokópoulos, el Greco(1540-1614): 
La Trinidad (detalle)
Óleo sobre lienzo, 300 x 179 cm Núm. de inventario: 824

Acostumbrados a ensalzar la originalidad como un requisito ineludible de la creación artística, puede resultarnos desmerecedor de un gran artista el recurso a fórmulas, composiciones y soluciones ensayadas previamente por otros. Sin embargo, la cita a los «grandes» no se entendía entonces como copia servil, sino como estímulo para alumbrar nuevas obras enriquecidas por su lección magistral.

Probablemente el Greco se sirvió como fuente primordial para su Trinidad de un grabado de Durero de 1511 que simplificó en aras de una mayor monumentalidad. Además fue capaz de aunar un audaz cromatismo de raigambre veneciana y claras citas a Miguel Ángel, sintetizando dos influencias a priori divergentes dentro de la cultura artística del momento. En efecto, en los medios italianos se había establecido un debate entre la supremacía del color de los venecianos y el dibujo de florentinos y romanos. 

El Greco no permaneció ajeno a tal disputa, y, si bien tomó partido por los primeros y criticó la faceta pictórica de  Ángel, no es menos cierto que la escultura y el dominio anatómico del florentino impactaron profundamente en la sensibilidad artística del cretense. Sólo así se explica la monumentalidad que imprime al cuerpo de Cristo, dotado de una entidad plástica que se ve revalorizada por acusados contrastes lumínicos. 

Esta capacidad para sintetizar e incorporar notas de otros artistas y medios, sin menoscabo de la independencia y aportación propias, debió suponer una corriente de aire fresco en el panorama toledano del momento y consagró al Greco como su más reputado creador.

No era sencillo el tema que el Greco debía plasmar en imágenes. En estos años del siglo xvi los recientes dictámenes de Trento sobre las representaciones sagradas ponían de manifiesto el celo ortodoxo que debía presidir la creación artística. El dogma trinitario había supuesto a lo largo de los siglos medievales un campo de especulación plástica donde las más variadas fórmulas se habían mostrado en gran medida incapaces de satisfacer los requerimientos teológicos de la representación. 

Estos modelos iconográficos medievales fueron desgranados y puestos al día por los artistas en la Edad Moderna. En el retablo toledano el Greco reinterpretó un tipo iconográfico bajomedieval que enfatizaba la acción redentora de la Trinidad, el Trono de Gracia, al que Pacheco dedica unas líneas en su Arte de la Pintura: «También se pinta al Padre eterno sentado como venerable anciano, que tiene delante de sí a Cristo, nuestro Señor, crucificado y muerto, puestas las manos en los brazos de la cruz, como manifestando el amor con que lo dio al mundo y el Espíritu Santo sobre la cabeza».

Tal representación se integraba precisamente en el marco de un complejo programa en el que la idea de salvación desempeñaba un papel rector. Diego de Castilla había concebido el nuevo presbiterio del templo como un espacio funerario al que los lienzos del Greco habrían de prestar un contrapunto visual. Desde finales del siglo xiv se habían multiplicado las imágenes trinitarias relacionadas con la hora de la muerte.

El interés por destacar el papel redentor de la Trinidad en Santo Domingo el Antiguo completaba un intrincado programa rico en alusiones al papel salvador de Cristo a través del sacrifico eucarístico. La intensidad emotiva de los ángeles que acompañan a las Tres Personas y la patente humanidad del cuerpo sin vida del Hijo enfatizan dicho aspecto sacrificial, estableciendo un diálogo muy apropiado con el ámbito litúrgico presidido por el retablo.

Por Francisco de Asís García García
http://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/julio_09/14072009_02.htm

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