domingo, 8 de enero de 2017

«Otros cristianos». Conversos en España, siglo XV (y II)

Diversos tipos de conversos señala el autor a quien pertenecen las líneas precedentes; entre ellos, como «de más vigoroso entendimiento», incluye:

«I. Aquéllos que, dentro del cristianismo, buscan formas de experiencia religiosa que les hacen caer en la heterodoxia.

II. Aquéllos que, como consecuencia del conflicto entre la vieja la nueva ley, buscan la solución en la negación de las dos y en la creación de puros sistemas filosóficos o personales».

En suma, la imagen que más o menos popularmente inspira el converso a sus detractores es la del llamado alboraico, epíteto derivado de al-Buraq, nombre de la cabalgadura en que, según el Corán, Mahoma fue arrebatado a los cielos, anticipándose en seis siglos a la visita del Alighieri.



Cierto Libro llamado del Aboraique, que se dice escrito en Llerena (Extremadura) hacia 1488, describe, en efecto, a dicho animal «menor que caballo y mayor que mulo o mula» y participante de las características de hasta otros dieciséis seres del mundo zoológico, como boca de lobo, ojos de hombre, cuerpo de buey, cola de serpiente, pelaje de todos los colores...; sin ser además ni del todo macho ni del todo hembra.

Esta extraña, alboraica mixtura, convenía muy bien, según el apócrifo enunciado, a la condición que los judíos fieles atribuían al mesumad o traidor a sus creencias, «rebolbedor que los revuelve con los cristianos»:

«Porque ellos (algunos de los conversos) tienen la voluntad y intención como moros y el sábado como judíos, y el nombre sólo de cristianos, y ni sean moros, ni judíos, ni cristianos, aún por la voluntad judíos, pero no guardan el Talmud ni las ceremonias todas de los judíos, ni menos la ley cristiana, y por esto les fue puesto este sobrenombre, por mayor vituperio, conviene a saber, alboraycos a todos ellos y a uno solo alborayco».

Que esta despiadada e insultante pintura no andaba lejos de la trágica realidad, del «litigioso caos» íntimo y circundante en que se movía el atribulado converso de finales del siglo XV en Castilla, lo muestra, con la excepcional fuerza de su veraz testimonio el cronista oficial de los Reyes Católicos -converso él mismo- Fernando del Pulgar, que creemos expresivo repetir aquí:

«Se hallaron en la çibdad de Toledo algunos onbres e mugeres que escondidamente fazían ritos judaicos, los quales con grand ynorancia e peligro de sus ánimas, ni guardavan una ni otra ley; porque no se çircunçidaban como judíos, segund es amonestado en el Testamento Viejo, e aunque guardavan al sábado e ayunavan algunos ayunos de los judíos, pero no guardavan todos los sábados, ni ayunavan todos los ayunos, e si façían un rito no façían otro, de manera que en la una y en la otra ley prevaricavan. E fallose en algunas casas el marido guardar algunas çerimonias judaicas, e la muger ser buena cristiana; e el hijo e hija ser buen christiano, e otro tener opinión judaica. E dentro de una casa aver diversidad de creencias, y encubrirse unos de otros».

La descripción se refiere al estado de la capital castellana que dio motivo a la primera información o inquisición (por cierto, incruenta), encomendada por el rey Enrique IV al general de los Jerónimos, fray Alonso de Oropesa: Para su remedio no encontró el virtuoso varón mejor remedio y recomendación que el de separar e «incomunicar» a judíos y cristianos, ora fuesen viejos, ora nuevos237. Lo que, dicho sea de paso, sería lo que, a su modo, pondrían sucesivamente en práctica los Reyes Católicos, primero por vía de Inquisición (ya institucionalizada y virulenta bajo su autoridad), luego de expulsión de los no convertidos.

Si con esta última medida creyó alcanzarse la solución al «problema judío» en España, lo cierto fue que, como hemos dicho, quedaba abierto en nuestra historia el más intrincado, soterrado, candente «problema converso», cuya existencia, al decir de uno de su más conspicuos estudiosos238, «envenenó la vida nacional durante siglos y constituye -desgraciadamente, apostillamos nosotros- uno de los rasgos más significativos de nuestra historia durante la Baja Edad Media y los comienzos de los tiempos modernos».

Porque si bien es cierto -como señaló Cecil Roth- que el drama de la seudoconversión coaccionada se da en el mundo judío desde tiempos romanos (recuérdese la voluntad de eludir el Fiscus Judaicus); y se repite bajo las férulas visigótica, merovingia, bizantina, islámica y cristiano-occidental...239; no es menos cierto, según el mismo autor, que «la tierra clásica del criptojudaísmo es España».

Ciertamente es aquí -una vez más hemos de decir que desgraciadamente- donde, con los tiempos finales de la Edad Media, se inaugura lo que otro investigador, esta vez español, ha denominado y descrito (sin duda recargando con exceso las tintas en su descripción) la Edad Conflictiva de nuestra Historia.

La designación no alude, como podría interpretarse por algún lector no avisado, a ninguna etapa especialmente crítica (pubertad, climaterio) de la vida humana, física o psicológica, sino «a lo que (según el forjador del término), antes se identificaba con comunes denominadores europeos -la Contrarreforma y el Barroco, por ejemplo- y que aparece ahora (los subrayados son nuestros) como alta y dramática expresión de un angustioso conflicto de castas».

Castas, ésta es la compartimentación en que, con relación al punto de referencia religioso, considera Américo Castro dividida la sociedad española, teóricamente ya sólo cristiana, de los siglos XV al XVII. Y en cuanto a la conflictividad con que dicho autor caracteriza y califica a esta época, no es otra que la generalización en su seno de un ambiente de inseguridad pública y subjetiva, derivado de la sospecha latente acerca de la pureza de creencias de buena parte de sus protagonistas.

La obsesión nacional por la limpieza de sangre, inherente a aquélla, llega en nuestro caso a superar con mucho los clásicos prejuicios sociales propios de toda estructura tanto estamental como clasista. En España, en efecto, reza un testimonio de época, «hay dos géneros de nobleza. Una mayor que es la hidalguía y otra menor que es la limpieza, que llamamos cristianos viejos. Y aunque la primera de la hidalguía es más honrado de tenerla; pero muy más afrentoso es fallar la segunda. Porque en España muy más estimamos a un hombre pechero y limpio que a un hidalgo que no es limpio».

Sin embargo, más digna de señalarse que este peculiar principio de diferenciación cualitativa externa, es la intensidad y profundidad con que esa diferenciación se siente por el individuo: el radical enfrentamiento interno con que, respectivamente, se experimenta la propia pertenencia a una u otra de las facciones, según el grado de limpieza de la propia sangre.

Es, desde luego, en el ámbito más recónditamente personal e intransferible donde se fragua la dramática disociación del yo en un otro que no se quisiera ser. El cristiano nuevo que lo era sinceramente, y acaso con vehemencia y fervor no igualados por muchos de los que profesaban su «vieja» condición con la normal aceptación de una cómoda naturaleza heredada, conllevaría su propia identidad como una verdadera maldición244. Ser como se quiere ser, y ser tenido por aquello que más se aborrece, pero que en el fondo también se sabe que se es, produciría en el sujeto un violento y conmocional rechazo, tanto de la imagen autoproducida ante el exterior como de la propia e interiormente repelida esencia.

Ésta es la particular forma de otreidad que experimentaron vivencialmente -con «sentimiento trágico de la vida», para decirlo en palabras unamunianas- gran número de españoles de la época a que venimos refiriéndonos. En general, la imagen del otro245 resulta de la actuación del yo sobre un sujeto al que se quiere exterior y ajeno: un él, no otro yo. Las consecuencias peyorativas de esa operación -objetivación- recaen naturalmente, cuando existen, sobre tal prójimo al que por ellas se le considera inferior (minoritario, débil, marginado, etc.). Pero en el caso del converso español el desgarramiento es interno y doblemente doloroso, al afectar a una ajena visión del propio ser que se es, pero que el propio sujeto identifica con la figura de otro al que al mismo tiempo rechaza. Nunca pudo ser más alienante la clásica interpretación del ser como ser percibido (esse = percipi) que en esta penosa peripecia del sujeto hispánico.

La multiplicación cuantitativamente numerosa de esta personal disociación permite que tal tipo de tragedia íntima llegue a ser propia de todo un sujeto social y considerada por tanto como verdadero fenómeno histórico colectivo.

Su documentación puede ser rastreada en el testimonio explícito o latente dejado por muchos de los que lo experimentaron: «Gran número de conversos que vivieron su soledad, expresaron su melancolía y desesperación y volcaron, en fin, la amargura de su alma torturada en formas artísticas y literarias de nuevo estilo»246. Algunos de ellos, espíritus egregios de la poesía, la mística, el pensamiento, la creación en suma, de los más altos momentos de las letras españolas.

Pero no son ellos, por ser preclaros, los más significativos especímenes del drama vivido por los de su «clase». Es el conjunto de los innúmeros, anónimos, desconocidos hombres y mujeres que jamás pudieron transformar su sufrimiento en belleza o formularlo en doctrina, quienes de verdad poseen una significación representativa en aquella etapa tan fuertemente caracterizada de nuestro pasado.

«Nerviosismo social, angustia, opresión, asfixia y aire irrespirables» fueron los frutos habituales que provocó aquel duradero «prurito de la honra y limpieza de sangre, el cual careció de análogo en Europa». Es una triste exclusiva de nuestra Historia que, aunque magnificada hasta la desfiguración por su más asiduo analista, el profesor Américo Castro248, no dejó, sin embargo, de ser un importante condicionarte de ella.

Si esto pudiese ser interpretado como mea culpa en la pluma de un historiador español, añadamos inmediatamente para alusión a extranjeros que ello no le impediría encontrar equivalente a su «pecado» histórico nacional en la dialéctica, no menos desgarradora, que supusieron durante el mismo tiempo, para casi todas las naciones del Occidente europeo, las «Guerras de Religión» desatadas como consecuencia de la Reforma luterana.

Eloy Benito Ruano
Diciembre 2001
http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/los-origenes-del-problema-converso--0/html/ffe964ce-82b1-11df-acc7-002185ce6064_29.html#I_3_

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