jueves, 9 de febrero de 2017

El día en que María Pacheco huyó de Toledo

El 4 de febrero de 1522 la viuda de Juan de Padilla partió para Portugal para no regresar jamás

María Pacheco, en interpretación de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre

El 4 de febrero de 1522, María Pacheco huyó de Toledo a Portugal, para no regresar jamás. Así concluía el último capítulo de la Guerra de Comunidades, considerada por algunos historiadores como el primer intento de revolución moderna en España contra los abusos del absolutismo. En este sentido, María Pacheco puede ser considerada la primera heroína española de los movimientos en defensa de la libertadque caracterizan la historia del mundo moderno.

María Pacheco alcanza protagonismo en la historia a partir del 23 de abril de 1521, cuando su marido, Juan de Padilla, es derrotado al frente de las tropas comuneras cerca de Villalar, siendo ejecutado al día siguiente.



Cuando la noticia del desastre llega a Toledo, María Pacheco, sobreponiéndose a su dolor de viuda, recoge los restos del resquebrajado espíritu comunero y lo enarbola de nuevo, capitaneando el movimiento. Está dispuesta a negociar la rendición, pero sólo a cambio de salvaguardar la dignidad y los derechos de los vencidos.

Las negociaciones se saldan, en principio, con unos capítulos ventajosos para la ciudad, pero bastó un simple incidente con aire de excusa para que el enfrentamiento se reprodujera de nuevo: La celebración del nombramiento de Adriano de Utrecht como sumo pontífice dio lugar a alborotos en las calles la noche del 2 de febrero (la Candelaria de 1522), que, al grito de «¡Padilla!», finalizaron con el apresamiento de un agitador y la expulsión de doscientos comuneros de la ciudad.

La turbamulta prosiguió la mañana siguiente, día de San Blas, con varias decenas de simpatizantes atrincherados en las casas fortificadas de Padilla, que no cesaron en la lucha hasta que dos familiares de «la brava hembra» iniciaron negociaciones con las tropas del arzobispo de Bari. Su cuñado, Gutierre López de Padilla, alineado en el bando realista, y su hermana mayor, la condesa de Monteagudo, convencieron a Doña María para que entregase las armas, tras una encarnizada lucha trabada en las calles que acabó con las puertas incendiadas de la casa colindante de Pedro Laso de la Vega, ex-comunero y hermano del famoso poeta.

La huida de doña María se produjo mediante un pacto, el cual preveía que al amanecer, nada más abrirse las puertas de la ciudad, no hubiese ningún obstáculo que impidiese su fuga. Así pues, disfrazada de labradora y apoyándose en una esclava debido a su quebradiza salud, cruzó por el pasadizo que comunicaba sus casas con el monasterio de Santo Domingo el Viejo, atravesó luego la puerta del Cambrón con la connivencia de uno de los guardias, y se deslizó por el muladar frente a la puerta, hasta dar en el llano junto al río. Allí la esperaban las damas y criados de su hermana, que la acompañaron hasta un mesón o casa de posadas, desde donde pudo seguir a caballo hasta encontrarse con toda su gente más allá de los Molinos de Lázaro Buey junto al Tajo, actuales Molinos de Buenavista. La guiaba el alcaide de Almazán, perteneciente al señorío de Monteagudo.

Con un pequeño séquito se dirigió a casa de su tío, el Marqués de Villena, en Escalona, pero éste «no la quiso acoger ni hospedar» para no comprometerse con su fuga, aunque la Marquesa la proveyó de una buena mula, trescientos ducados y algunas cajas de conservas. Posteriormente, la fugitiva se dirigió a La Puebla de Montalbán, donde su tío Alonso Téllez, señor de la villa y hermano menor del Marqués, la cobijó el tiempo necesario hasta que su sentencia condenatoria la obligó a huir del reino de Castilla.Doña María se dirigió entonces a Portugal, «tomando cada día guías que la encaminasen fuera del camino», a los que no pagó hasta cruzar la frontera, precaviéndose de una posible delación.

El enseñamiento represivo del alcalde Zumel contra Doña María, sus bienes y su fama, le llevó a arar y sembrar de sal el solar toledano donde un día se alzaron sus casas, erigiendo una columna con un letrero infamante que inculpaba a María Pacheco y a sus cómplices de las recientes desgracias acontecidas en el reino.

Aunque su cuñado Gutierre, heredero final del mayorazgo de Juan de Padilla, consiguió, con no poco esfuerzo, la licencia del rey para derribar la columna y reedificar las casas, no logró sin embargo que doña María se beneficiase del perdón concedido por el rey el 28 de octubre de 1522, ni tampoco el traslado de los restos de su marido a Toledo. María ocupaba el quinto lugar entre los casi trescientos exceptuados del supuesto «perdón general».

La sentencia culpabiliza a María Pacheco no sólo de la mayor parte de los sucesos acontecidos en la Guerra de las Comunidades sino también de la entrada de los franceses en Navarra, siendo condenada a «pena de muerte e perdimiento e confiscación de todos sus bienes». Por suerte, cuando se ordena su apresamiento ya se encuentra lejos del alcance de la justicia. La sentencia proclamaba: «(…) mando que, podiendo ser avida, sea presa e trayda a la cárcel real de esta dicha cibdad (…) e de allí sea sacada cavallera en una mula, las manos atadas atrás e una soga a la garganta, e allí sea trayda por las calles e lugares acostumbrados desta cibdad con boz de pregonero manifestando sus delitos, e sea llevada a la plaza pública de Çocodover desta cibdad, donde mando que esté fecho un cadahalso alto, e allí públicamente sea degollada e cortada la cabeça como persona que (ha) hecho tantos e tan graves delitos e trayciones a su Rey e señor natural (….)». Y pese a las habladurías de su enriquecimiento durante las Comunidades, en 1524 un contador declaró que «no tenía bienes ningunos ecebto los juros que tenía, que se avían consumido» y de los que nada se pudo cobrar. Sólo será posible incautarle escasos bienes como una gargantilla de oro, el paño de brocado que envió para cubrir la sepultura de su esposo y los 300.000 maravedís en juros que poseía éste en Úbeda y Ciudad Real. Pero hubo dificultades para embargar los 150.000 maravedís que la dote de doña María le atribuía en algunos lugares del partido de Zorita, borrados de los libros regios desde el 1 de enero de 1523.Catedral de Oporto, donde fue enterrada María Pacheco en 1531

El exilio

Tras bordear la línea del Tajo, por las proximidades de Plasencia y Coria,doña María llegó a Portugal en febrero de 1522, recién nombrado rey Juan III. Su menguado séquito, tras pasar «pocos días» en Castelo Branco, subió hasta Guarda y Viseu para recalar en Oporto. Si bien el rey portugués ordenó «que no se hiciese ninguna vexación» a las personas acogidas en su reino, a instancias de su esposa doña Leonor, hermana de Carlos V, se sintió forzado a dar un pregón que obligaba a salir de Portugal a cuantos implicados en las Comunidades de Castilla se hubiesen refugiado allí, en un plazo máximo de tres meses. Pero don Juan incluso llegó a reprehender a un juez de Oporto que se excedió en la interpretación del pregón, ocupándose de quedoña María quedase bajo la protección del arzobispo de Braga, don Diego de Sosa.

Durante los cuatro años que María Pacheco estuvo en Braga, el arzobispo la«“hospedó magníficamente» en el palacio arzobispal y en alguna de sus casas de campo. La culta doña María, forjada en el humanismo de Pedro Mártir de Anglería, pudo disfrutar de la impronta renacentista con la que su protector imbuía a esta pequeña villa arzobispal, que disputaba con la catedral toledana su primacía sobre las Españas.

En mayo de 1522 ya se conocía el paradero de doña María, y también se sabía que casi todos los refugiados comuneros se encontraban en Braga, favorecidos «descubiertamente» por el embajador francés. El rey Juan es presionado entonces para que los prenda a todos, pero él se resiste, agotando la paciencia de Carlos V.

Pese al apoyo económico del arzobispo y a las ayudas esporádicas que llegaban desde España, en septiembre de 1523 doña María se deshacía de sus alhajas «para mantenerse a sí, a Fernando Dávalos, a dieciséis personas que la habían seguido desde Toledo y hasta treinta entre mozos y dependientes».

Por aquellas fechas moría su único hijo, Pero López, a la edad de siete años, en Alhama de Granada, donde se encontraba bajo el cuidado de su regidor. Afectada por el dolor de esta noticia y «muy doliente de unas cámaras que ningún médico supo capitular ni pudo curar», se trasladó de nuevo a Oporto, rehuyendo el clima húmedo de Braga.

En Oporto «se aposentó en las casas del Obispo, (…) asentadas en lo más alto y sano de la ciudad y encima del Duero, con vistas muy graciosas para el mar y tierra». Aún hoy, la imponente colina de la fortificada Sé impresiona con su espectacular dominio de la bella ciudad portuaria.

Pese a la protección del obispo Don Pedro da Costa, que incluso se empeñó en que la corte castellana rezase por el alma de doña María durante tres cuaresmas, mientras él se hallaba en Castilla de capellán mayor de la Emperatriz, éste sólo consiguió el perdón comprado para aquellos de sus acompañantes que quisieron regresar. Doña María se quedó sola con su capellán, con su criado don Diego de Figueroa, y con Diego Sigeo, padre de la humanista Luisa Sigea, autor de un interesante relato biográfico: «Relación sumaria del comienzo y suceso de las guerras civiles que llamaron las Comunidades de Castilla, de cuya causa se recogió la muy ilustre señora doña María Pacheco, que fue casada con Juan de Padilla, a Portugal, con quien yo, Diego de Sygy, vine».

Según este último, doña María murió de dolor de costado en marzo de 1531, pero no recuerda la fecha. Contaba tan sólo treinta y cuatro años, y dejó mandado en su testamento que, puesto que no se la permitía «ir viva a acabar la vida en Villalar» junto a los restos de su marido, «que enterrasen su cuerpo en la See do Porto, delante del altar de San Hiéronimo, que está detrás de la capilla mayor».

Parece que su capellán, el Bachiller Juan de Sosa visitó a dos de sus hermanos para comunicarles su última voluntad, pero ni Luis ni Bernardino quisieron «recrudecer el ánimo del emperador» arriesgando sus carreras cortesanas.

Desgraciadamente, los restos de la última comunera corrieron la misma suerte que los de su marido, y tanto unos como otros se hayan desaparecidos. La memoria de doña María se perdió por completo tras unas obras realizadas en la catedral de Oporto, que alteraron su ubicación. Entre 1606 y 1610 se amplió su cabecera, desapareciendo la capilla mayor, el deambulatorio y las tres capillas radiales de la girola, entre ellas la de San Jerónimo.

Según los registros del cabildo catedralicio, el lugar de enterramiento de doña María se hallaba en un horno situado en la «travessa que vai da Rua das eirás para Santo Antonio», una cuarta parte del cual fue permutado por 200 reis de censo con el cabildo por un tal Gaspar Correa sobre unas casas de la misma rua para que dijese dos aniversarios por el alma de doña María y su esposo «que están sepultados a porta que vai para os órganos entre o altar de sao gonçalo e a dita porta». Los datarios catedralicios confirman que estos aniversarios dedicados al matrimonio Padilla se celebraron durante mucho tiempo el día de la muerte del comunero y el 24 de mayo, fecha probable de la de doña María, que el autor de la relación de El Escorial no recordaba con exactitud.

María Pacheco, descendiente de una de las más renombradas familias de la Historia de España, podría haber disfrutado de la posición relevante que su condición privilegiada la propiciaba, pero la furia de los acontecimientos acabó empujándola a la proscripción, lejos de su tierra, y jamás regresó a España. Ni siquiera consiguió que se respetase su deseo de ser enterrada junto a su marido, Juan de Padilla, en Villalar.

La rebelde doña María vivió nueve años de destierro, los últimos de su vida, truncada prematuramente a los treinta y cuatro años de edad. El célebre epitafio que le dedicó su hermano Diego Hurtado de Mendoza, poeta, cronista y embajador de Carlos V, resume, desde el amor y el dolor, la huella que esta brava mujer dejó en la historia:

«Si preguntas mi nombre, fue María;
si mi tierra, Granada; mi apellido,
de Pacheco y Mendoza, conocido
el uno y el otro más que el claro día.

Si mi vida, seguir a mi marido;
mi muerte, en la opinión que él sostenía.
España te dirá mi cualidad,
que nunca niega España la verdad».

POR MARI LUZ GONZÁLEZ CANALES 01/02/2017 23:01h - Actualizado: 01/02/2017 23:25h.
http://www.abc.es/espana/castilla-la-mancha/toledo/centenario-quijote/abci-maria-pacheco-huyo-toledo-201702012301_noticia.html

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