domingo, 6 de mayo de 2018

Crímenes y robos resueltos por el sagaz teniente Leardi a finales del S. XIX en Toledo

En 1892 fue trasladado al segundo Tercio, siendo sus primeros servicios las localidades toledanas de Santa Olalla y Polán. 

Por ENRIQUE SÁNCHEZ LUBIÁN
@eslubianTOLEDO

Aquí alcanzó reconocido prestigio como investigador criminal, consiguiendo resolver varios delitos que llevaban tiempo sin esclarecerse

El 19 de octubre de 1888, junto a las orillas de un arroyo dentro de la dehesa de la Alcantarilla, en Mazarambroz, fue encontrado el cuerpo sin vida de Luciano Ruiz, guarda de «El Castañar», a quien todo el mundo conocía con el sobrenombre de «Tambor». Era el tiempo de la recolección de la bellota y pese a las intensas gestiones realizadas por el juzgado de instrucción nada se avanzó en la resolución del posible crimen.



Hubieron de pasar más de seis años para que la perspicacia de un teniente de la Guardia Civil, José Leardi de los Santos Reyes, pusiera a buen recaudo a los autores de tal fechoría, evitando que el asesinato quedase impune.Vista del Palacio del Castañar, en cuyas dehesas prestada servicios el guarda Luciano Ruiz, asesinado en octubre de 1888.

La pista para conseguir esclarecer este suceso la obtuvo Leardi el 19 de noviembre de 1894. Como jefe de la línea de Polán se encontraba en Sonseca pasando revista a las fuerzas de aquella población. Por una confidencia, tuvo conocimiento de algunos detalles de importancia relacionados con el crimen del guarda y de la posible identidad de sus autores, vecinos de Mazarambroz. Al frente de una pequeña dotación de guardias civiles de esa localidad, acompañados por algunos números de Orgaz, marchó hacia los montes cercanos.

La expedición culminó con éxito, siendo detenidos como autores del asesinato Modesto Arenas y Pablo Martín Vidales, estando implicados, además, en el mismo Anastasio Victoria Carrasco,guarda de la Alcantarilla, y dos mujeres apodadas «Arañita» y «Camina». Otro sospechoso más, Esteban Ungría, se libró de temer idéntico destino, por encontrarse en Mohernando (Guadalajara).

Puente de San Martín, lugar donde se perpetró el apuñalamiento mortal de Francisca Amores (Foto Rodríguez)

José Leardi, hijo de un comandante del Ejército, había nacido en Ceuta el 19 de marzo de 1864. Con catorce años ingresó en el Colegio de Infantería, saliendo del mismo en julio de 1883 con el grado de alférez. Tras estar destinado en distintos batallones y regimientos, en 1891, ya teniente, ingresó en la Guardia Civil, prestando sus primeros servicios en Paredes de Nava (Palencia) y Mieres. En 1892 fue trasladado al segundo Tercio, siendo sus primeros servicios en las localidades toledanas de Santa Olalla y Polán. Aquí alcanzó reconocido prestigio como investigador criminal, consiguiendo resolver varios delitos que llevaban tiempo sin esclarecerse.

Uno de estos sucesos fue el doble crimen de las ancianas, Felipa Díaz e Isabel Iglesias, perpetrado en la localidad de Menasalbas en octubre de 1892. La primera era madre del sacerdote Gabriel Moreno, quien en el día de autos se encontraba de viaje en Argés.

El relato de este asesinato comienza en la noche del 28 de agosto, cuando varios individuos perpetraron un robo la casa de Felipa, saltado las tapias del corral y entrando en el interior de la vivienda descendiendo por una chimenea.

Conocido el suceso, por el pueblo comenzó a extenderse el rumor de que la cantidad sustraída era mucho menor de cuanto dinero solía guardar la madre del sacerdote en su granero.

Los dimes y diretes debieron llegar a oídos de los autores quienes, «picados» en su amor propio, volvieron a asaltar la casa unas semanas después.

En 1898 el teniente Leardi fue destinado a Ceuta, su ciudad natal, formando parte de la primera dotación de la Benemérita establecida en aquella plaza



En esta segunda ocasión, arrancaron una reja de la vivienda y penetraron en el hogar buscando más dinero entre los montones de grano allí almacenados. La criada Isabel, de setenta años de edad, oyó ruidos y despertó a su señora. Tras vestirse apresuradamente salieron de su habitación con la intención de averiguar qué estaba ocurriendo. En un pasillo se encontraron con dos hombres, quienes las apuñalaron repetidamente. Isabel murió al instante y Felipa, de ochenta años de edad, al día siguiente tras una dolorosa agonía. La gravedad de su estado impidió que pudiera decir al juez nada encaminado a lograr detener a los autores de las agresiones y del robo.

Dos años tardó Leardi en encontrar alguna pista que le condujese hasta los asesinos. Su detención se materializó en abril de 1894, siendo apresados Nemesio Gutiérrez, Braulio Camino (a) «Colmillo», Tomás Guzmán (a) «Rochero» y Félix Iglesias (a) «Chanta». Todos ellos eran vecinos de Menasalbas. Las detenciones sirvieron, además, para encontrar al resto de implicados y aclarar diferentes robos perpetrados por aquellos lares. Dos meses después, Leardi fue condecorado con la cruz blanca de segunda clase al Mérito Militar.


Manuscrito del teniente Leardi, fechado en Polán, dando cuenta de su alta en el servicio tras una enfermedad.

La vista por estos asesinatos se celebró a finales de mayo de 1896 en Toledo, siendo cinco los encausados. Durante las sesiones, el teniente Leardi manifestó que tardó más tiempo del preciso en aclarar lo sucedido, dado que algunos de los autores estaban emparentados con el juez de Menasalbas. También indicó que efectuadas las detenciones, la tranquilidad reinaba en el citado municipio. Tras varias sesiones, los hermanos Tomás y Raimundo Guzmán fueron condenados a muerte; a dieciocho años de cárcel Braulio Camino y Nemesio Gutiérrez; y a doce a Félix Iglesias.

La ejecución de los dos primeros, conocidos popularmente como «Los Marines», se materializó en mayo de 1897 en la localidad de Navahermosa, episodio trágico al que ya nos referimos en una de las primeras entregas de esta serie.Durante la visita del Alfonso XIII a Cáceres, en abril de 1905, José Leardi prestó sus últimos servicios en la Guardia Civil

En el intervalo entre la detención de los culpables de este doble crimen y la ejecución de sus autores, Leardi participó en el esclarecimiento de un intento de chantaje al marqués de Guadalerzas, Matías Nieto y Serrano, a quien cuatro sujetos amenazaban de muerte para que les entregase 20.000 pesetas. Desde el año 1895, el teniente estaba ya al mando de la sección de Caballería de la Comandancia de Toledo.

A finales de 1897, Leardi esclareció otros robos acaecidos en diferentes lugares de la provincia. El hilo del ovillo lo encontró al iniciar las investigaciones por la sustracción de 1.600 pesetas guardadas en el cajón de una mesa de despacho del casino toledano, el Centro de Artistas e Industriales.

Así dio con una banda que tiempo atrás habían asaltado la casa del canónigo de la Catedral Primada Santiago García, de donde sustrajeron una cubertería de plata, jarrones del mismo metal y unas mil pesetas en efectivo. Entre los implicados se encontraba el agente de orden público Pedro Saavedra, quien fue detenido personalmente por Leardi en el Teatro de Rojas.

La banda actuaba en connivencia con varios delincuentes madrileños, a quienes entregaban en la estación de ferrocarril de Toledo los objetos robados para que procediesen a su venta en la capital. Uno de los cabecillas era Cándido Ballesteros, quien desde hacia unos días se encontraba preso en la cárcel modelo de Madrid cumpliendo condena por blasfemo. Leardi se encargó del traslado del detenido hasta nuestra ciudad, averiguando la identidad de otros miembros del grupo, quienes no tardaron en ser arrestados e ingresados en la prisión provincial toledana. Gracias a esta acción se esclarecieron diferentes robos acaecidos en la propia ciudad de Toledo, Polán y Nambroca. Esta acción le valió ser nuevamente condecorado.

Celebrado el juicio contra los seis procesados por este robo, sus principales cabecillas, Cándido Ballesteros (a) «Cañas» y Leandro Bautista (a) «Ginete», fueron condenados a la pena de siete años de presidio, mientras que sobre el policía Saavedra recayeron dos meses y un día de arresto mayor como encubridor.

Resuelto este caso, además del reconocimiento por las autoridades militares y el ayuntamiento capitalino, los periódicos toledanos iniciaron una suscripción para regalarle un sable como agradecimiento a sus pesquisas, «que siempre van coronadas con el más feliz éxito». No tardaría mucho tiempo el teniente en brindar un nuevo ejemplo de su eficacia, deteniendo, en enero de 1898, a dos vecinos de Mocejón, Valentín Rodríguez (a) «Civilero» y Antonio del Cerro, autores del robo de varios caballos.

Aunque en 1898 no pudo resolver el asesinato de Román López, criado del acaudalado propietario toledano Calixto Serrano, acaecido en Almonacid cuando regresaba de vender dos carretas de trigo y cuyo cadáver fue encontrado con dos disparos en el costado junto a un camino, sí esclareció otro crimen más antes de abandonar Toledo para prestar nuevos servicios en otros destinos.

En la tarde del 26 de mayo, el matrimonio compuesto por Basilio Asperilla (a) «Piltres» y su mujer Francisca Amores mantuvieron una agria disputada en el centro del puente de San Martín. La misma se saldó de forma trágica, ya que Asperilla infirió tres puñaladas a ella en el bajo vientre. Los hechos ocurrieron en presencia de los tres hijos de la pareja. El mayor de ellos subió corriendo a Toledo para buscar ayuda. Cuando se personaron allí los agentes policiales no encontraban a la víctima, hasta que el lamento infantil de una niña de cuatro años les orientó hacia el cauce del río, hasta donde Basilio había arrastrado el cadáver de su mujer con intención de que la corriente lo arrastrase. Durante toda la noche, Leardi se encomendó en la búsqueda del parricida, localizándolo al día siguiente en una casa de campo de la quinta conocida con el nombre de «Morterón».



Tras estos éxitos, Leardi continuó su destacada carrera en otros lugares -Ceuta, donde estuvo al mando de la primera unidad de la Benemérita creada allí en 1898, Almería, Alicante, Huesca, Córdoba y Cáceres, habiendo sido, además, profesor en los colegios de Guardias Jóvenes y de Oficiales de la Guardia Civil.

Alejado de Toledo, ya con el grado de capitán, falleció a la edad de cuarenta y un años el uno de mayo de 1905 a consecuencia de una neumonía fibrinosa. Días antes había recibido una nueva felicitación oficial por los servicios prestados durante la visita del rey Alfonso XIII a tierras extremeñas en abril de aquel mismo año.


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