domingo, 3 de junio de 2018

La Vida del Molinero

LA VIDA DEL MOLINERO

 (1)Molino en el arroyo Pizarroso de Valdelacasa

Aunque no era el oficio de molinero un trabajo que tuviera muchos niveles de especialización, sí que podíamos hablar de peones molineros y de molineros propiamente dichos. 

Otro escalón superior era el de maestro molinero que ostentaban quienes no solamente sabían accionar adecuadamente la maquinaria molinera, sino que además estaban capacitados para las reparaciones, diseño y construcción de los artificios. 

En el Diccionario de Autoridades figura como oficio diferenciado el de aceñero, que es definido como “el que tiene arrendada la aceña o cuida de ella”

Muchos molineros comenzaban a trabajar en el molino como simples peones acarreadores, llevando cargas de grano al molino o ajechando, palabra que definía el trabajo de limpiar manualmente el grano con un arnero. 

Auxiliaban además a su “amo en lo que fuera menester” para, en muchas ocasiones, llegar ellos mismos a convertirse con el tiempo en molineros.Molino de arroyo en Valdeverdeja

Algunos molineros me relataban cómo empezaron a familiarizarse con el oficio en la postguerra, conformándose con el pobre pago de la comida, el alojamiento y “lo que sisaran”, que venía a ser entre medio y un celemín de grano diario.

Era frecuente la cría de cerdos o de gallinas con “lo que se barría” del suelo del molino, mezcla de harina y salvado de gran valor alimenticio para los animales. 

Precisamente las cochineras son dependencias algo separadas de la casa del molinero y del propio molino pero casi siempre presentes en su entorno.

Molino de agua en el río Jébalo cerca de Las Hunfrías

En La Jara se asociaba con cierta frecuencia la molinería con el cuidado de las colmenas en los agrestes parajes molineros siguiendo la tradicional cultura apícola jareña, pues debemos tener en cuenta que las abejas precisan de la cercanía del agua para un buen rendimiento. 

Menos frecuente es la presencia del palomar en el mismo molino o en dependencias anejas.

La horticultura y la pesca fueron actividades muy unidas a la molienda y todavía he podido estudiar los restos de algún cañal, antiguo artilugio hecho de cañas y situado en un canal de obra o de madera mediante el que se pescaba en las chorreras cercanas al molino e incluso en su mismo cárcavo. 

Los animales abonaban con sus excrementos la huerta del molino que además se regaba fácilmente abriendo los vierteaguas del canal.Molino de agua en el río Huso, cerca de Campillo

En otras ocasiones, la situación estratégica de determinados molinos junto a los puentes o a las vías de comunicación, unida al trasiego continuo de clientes, hacía rentable la explotación de otros oficios y servicios que, dada la vinculación de la molinería con el transporte, resultaban rentables, como sucedía en el caso ya comentado de Puente del Arzobispo en cuyo molino se formó un complejo que daba servicio de carretería, herrería y herrador completando así los ingresos del dueño del molino.

LA VIDA DEL MOLINERO (2): CAMINO DEL MOLINO


Molino de los capitanes en el Tajo, en término de Valdeverdeja

La maquila es “la medida que el molinero saca para sí del grano que se muele en su molino”. 

Este sistema de pago en especie ha sido mayoritariamente utilizado en nuestra provincia y, aunque se llamaban tradicionalmente molinos maquileros a los molinos de arroyo que utilizaban este sistema de cobro, se ha hecho extensiva la denominación a todos los demás pues eran escasos los pagos en metálico. 

Incluso en los últimos años de funcionamiento, en la postguerra, la escasez de cereales y el estraperlo aumentaron la demanda del pago en grano por su sobrevaloración real con respecto a los precios que pagaba el Servicio Nacional del Trigo



El sistema de pago por intercambio con otro tipo de mercancías o trueque era bastante infrecuente y solamente se acordaba en situaciones de penuria, casi siempre en condiciones ventajosas para el molinero.Molino en el Guadyerbas, cerca del “puente romano” de Navalcán

El transporte del grano lo realizaba el propio labrador, los arrieros del pueblo o bien se hacía a cuenta del molinero, ya fuera llevándolo él mismo o un peón acarreador asalariado.


Cuando el transporte se hacía por cuenta del molinero se realizaba teóricamente sin cobro de ninguna comisión, aunque un molinero nos decía con sorna que “eso era lo que el cliente se creía”.

 En algunas poblaciones como Valdeverdeja, se recogía el cereal por las calles tras ir voceándolo el acarreador.

En los casos en que los pueblos tenían situados los molinos en el mismo casco urbano, la proximidad les daba una mayor afluencia de público y una mayor rentabilidad, excepción hecha de las épocas de contrabando y estraperlo en las que cuanto más aislado y peor comunicado estuviera un molino, más clientes recibía a causa de la menos efectiva vigilancia de las autoridades.

El llamado “molino Nuevo en Valdeverdeja, sobre el Tajo

Pero en la mayor parte de las ocasiones se debía transportar el grano a cierta distancia, hasta doce leguas en el caso de los pueblos manchegos más alejados de las corrientes fluviales. 

Este ir y venir al molino se hacía casi siempre en caballerías, pues lo más frecuente era que solamente se accediera a los molinos por caminos de herradura o caminos carreteros en mal estado.

El peso que habitualmente transportaban los jumentos era de una carga, unidad tradicional equivalente a cuatro fanegas que se distribuían en tres costales de algo más de una fanega, dos cargados sobre los flancos y otro sobre el lomo del mulo o el borrico.

Recordemos también que un celemín es la doceava parte de una fanega, mientras que la cuarta parte de un celemín es una cuartilla, tomándose ésta como la unidad que más frecuentemente se utilizaba en el cobro maquilero. La cuartilla cobrada podría ser enrasada o con copete, según se pasara o no la tablilla-rasero sobre la cajita de madera que servía para medir esta cantidad de harina

.Molino de Peña en el Tiétar

Tenían los molineros otras formas de sisar a sus clientes que se relacionaban con las medidas de volumen y así lo describe en 1758 el Informe de la Ciudad de Toledo al Consejo de Castilla sobre la Igualación de Pesos y Medidas :

 “El entrar de golpe la Fanega, o Almud de madera en el montón, o echar en ella el trigo blandamente a mano; el darla golpe para recalcarla o no, el diverso modo de correr el rasero ( fuera de la distinción clara de ser rasada o colmada) hace que de una misma cantidad de trigo se llene, y sobre de un modo de medir la fanega, y falte de otro” .[1]

Cuando los molinos eran más rentables o se encontraban más próximos a pueblos, puentes, barcas o vías de comunicación importantes, se preparaban mejores caminos carreteros, calzados incluso y con un mantenimiento más continuado. Esto nos da una idea del desembolso de capital que, en algunas ocasiones, podía suponer la construcción de una instalación molinera pues conllevaba inevitablemente el adecentamiento de un mínimo trazado de comunicaciones. 

Si a esto añadimos las costosas obras hidráulicas necesarias para la edificación de las grandes aceñas del Tajo, nos daremos cuenta de porqué estos grandes molinos más activos fueron en su mayoría propiedad de personas o de instituciones poderosas y de porqué se reaprovechaban una y otra vez a través de los siglos las instalaciones arruinadas.

Era la vigilancia de estos caminos y veredas molineras la que más interesaba a la Guardia Civil para conseguir el control, aunque solamente fuera parcial, del estraperlo, pues una inspección estricta del propio molino conllevaría el cierre efectivo del mismo, y no parece haber sido realmente éste el verdadero objetivo de la administración en la época de postguerra.

En la toponimia es fácil encontrar referencias a las comunicaciones molineras y hallamos así por ejemplo caminos de tal o cual molino, vereda de moledores o camino de la aceña,. Aunque el lugar de asentamiento de las instalaciones molineras estaba condicionado por su accesibilidad, también ocurría el caso inverso y podía suceder que las barcas instaladas en los remansos de las presas facilitaran que un camino discurriera cerca de un molino.



También los puentes construidos para dar servicio a un molino atraían hacia ellos el trasiego de las gentes consolidándose luego ese camino dentro de la red viaria local. Algunos ejemplos son las barcas de Aceca, Merillos, Ciscarros, los Sacristanes o Espejel en el Tajo. Puentes como los del molino Campanero en el Cedena, el molino del Puente en el Pusa y el de Rebollos o los Sacristanes en arroyos cercanos al Tajo.

Cuando los ríos disminuían de caudal, las presas eran utilizadas para un vadeo más fácil de la corriente. Por ejemplo, en Toledo capital, durante los tiempos de peste, era necesario vigilarlas para evitar que se violara la cuarentena[2]

En tiempos de asedio sucedía lo mismo y, por el contrario, la elevación del nivel de las aguas producido por esas presas mejoraba las defensas de las ciudades como Talavera, que vio cómo en los ataques de almohades y almorávides se destruyeron los azudes de los molinos de Abajo para así hacer descender la altura de las aguas que llenaban el foso y lamían sus murallas haciéndolas más inaccesibles.

Los caminos de los molinos eran transitados por mercancías tan valoradas como el trigo, la harina y las caballerías. No es de extrañar por ello que fueran frecuentados por bandidos, cuatreros y más tarde por el “maquis”. Varios ejemplos de asaltos en el entorno de las instalaciones molineras se nos relatan en las curiosas historias que podemos entresacar de las causas criminales de la Santa Hermandad Real y Vieja de Talavera, institución de policía rural que, unida a la de Toledo, perseguía desde el siglo XIV el crimen en despoblado dentr del ámbito de nuestro estudio.

Los labradores y acarreadores que acudían al molino debían permanecer en ocasiones largas horas en él, llegando muchas veces a tener que pernoctar. Es por eso que en muchísimos de ellos, incluso en los más pequeños, se construían cuadras y pesebres para dar servicio a las caballerías que transportaban el cereal. Esto suponía un beneficio suplementario para el molinero al poder abastecerles del forraje o del pienso obtenido de molturar los granos de peor calidad.


LA MOLIENDA Y SU PICARESCA EN LOS MOLINOS DE AGUA


Piedras de molino francesas mostrando el rayado de la solera, en un molino de Cervera sobre el arroyo Marrupejo

En las cocinillas de los molinos, junto a sus chimeneas de campana, solía haber bancos corridos donde descansaban los clientes mientras se molía su grano. Algunos edificios estaban incluso dotados de dependencias habilitadas como dormitorios, sobre todo si los núcleos urbanos se encontraban muy alejados.

La larga espera de los moledores era proverbial y ha dado origen a numerosos refranes y dichos al respecto: “Más vale aceña parada que amigo molinero”, “En la aceña muele el que primero llega”, “Quien al molino ha de andar cúmplele madrugar” y otros similares[1].Molino sobre el arroyo tributario del Guadyerbas

Esa espera era a menudo burlada si el molinero era amigo, si se estaba considerado como buen cliente o si se le daba una propina al peón del molino, que sacaba así un no despreciable complemento a su escaso jornal y a las “sisas”.

La molienda se realizaba a cualquier hora, más de noche que de día durante las épocas de prohibición. 


El sistema de iluminación era el de candiles y carburos que a veces se hacían también necesarios durante el día por la escasa entrada de luz que ocasionaba la compacta estructura de estos edificios que, para evitar inundaciones, reducían al máximo sus huecos, ya de por sí escasos en nuestra arquitectura popular. 

De todas formas era constante en todos los molinos la presencia de un ventanuco, muchas veces en forma de saetera, que se abría frente a la piedra justo encima de la salida del cárcavo y que tenía como finalidad iluminar las labores de molienda.

Perfecta sillería de granito de un cubo molinero del río Guadyerbas

El molinero se quedaba con frecuencia dormido sobre los costales. Si se acababa el cereal de la tolva, las piedras molían en vacío y esto podía “quemarlas” desgastándose el rayado de las mismas y haciendo necesario repicarlas. 

Para evitarlo se ingeniaba un sistema de aviso mediante unas chapitas colgadas de un cordel o simplemente una campanilla o changarrita que sonaba al moverse libremente dentro de la tolva por haberse quedado vacía de grano.

En cuanto al ruido del molino, existen varios refranes e incluso adivinanzas que hacen alusión a él: ¿ Qué cosa tiene el molino, precisa y no necesaria, que no puede moler sin ella y no le sirve de nada?[2]

Se refiere precisamente al ruido que no sólo producían las piedras sino también el rechinar de ejes y correas y el no menos continuo de la chorrera de la presa y el agua saliendo del saetín.

En los molinos pequeños el grano se limpiaba ahechando mediante el cribado con un cedazo que eliminaba la tierra y las pajas.

En artificios más modernos y en fábricas de harina se hacía pasar el cereal por máquinas limpiadoras y dechinadoras que se movilizaban por correas accionadas a su vez por los rodeznos del molino.

Se les daba mediante ejes excéntricos un movimiento de vaivén apropiado para su función de cribado.

Molino sobre el arroyo Marrupejo

Una vez que el trigo se encontraba “libre de polvo y paja” se solía humedecer mediante el salpicado de una escobilla para después verterlo sobre la tolva. La “cibera” era la carga de trigo que iba abasteciendo a las muelas.



Era característico el movimiento de vaivén que transmitía la tarabilla a la canaleja cuando era golpeada por la piedra, consiguiendo así la movilización del trigo en la tolva y su caída hacia el ojo de la muela. En El Quijote (TomoI,

cap. 4) se alude a ello cuando Cervantes escribe “comenzó a dar a don Quijote tantos palos que a despecho de sus armas le molió como a cibera”.

Mediante el tipo de repicado de las piedras o según se accionara la barra de alivio, se podía adaptar la molienda al tipo de grano con el que se quisiera trabajar o a las características de humedad y grosor del mismo. Incluso se llegaban a moler en los molinos harineros otros productos no cerealísticos como el pimentón o las algarrobas, aunque estas últimas eran más frecuentemente trituradas en molinos caseros de mano.

Ya me he referido al pago maquilero de los servicios de molienda y a cómo la cuartilla enrasada o con copete era el precio más frecuente por el trabajo de moler una fanega de trigo, aunque dependía de los molinos, de los molineros y de la mayor o menor carestía de la vida en ese momento. 

Además de las truculencias empleadas con las medidas que ya hemos comentado, el molinero solía abusar de sus clientes de diversas maneras, por ejemplo, bajando el alivio al final de la molienda de forma que quedaran separadas las piedras por uno o dos centímetros, sustrayendo así la cantidad no despreciable de harina que permanecía entre las muelas. 

En otras ocasiones eran simples cambios y tejemanejes con los costales los que distraían la atención de los incautos cambiándose incluso sacos llenos por otros que no lo estaban tanto, o sacos que contenían cereal de mejor calidad por otros de peor trigo o que estuviera más sucio.

Un ejemplo literario de estas sisas nos lo da “El Lazarillo”, personaje tan vinculado a tierras toledanas, cuando habla del padre del protagonista diciendo que “ tenía cargo de proveer una molienda de una aceña y se le castiga por una sangría mal hecha en los costales”. En El Quijote se cita a una “ramera hija de un honrado molinero” dicho lo de honrado con mucha ironía sin duda.

El refranero nos ilustra con numerosos ejemplos referidos a la fama de escasa honradez de los molineros: “No fíes de maquila de molinero ni de ración de despensero”, o el otro que aparece en La Pícara Justina y que asegura “ Cien sastres, cien molineros y cien tejedores, trescientos ladrones son”

Luis Martínez Kleiser en su “Refranero General Ideológico” recoge alguno más que también se refiere al lugar común del latrocinio en los molinos: “Molinero y sangrador algo parecido son, éste sangra a los mortales y aquél a los costales” o “ Quien te maquila ese te esquila”.

Preguntados los molineros sobre este tema, es curioso que ninguno niega la tópica falta de honradez de su oficio sino que, al contrario, añaden alguna triquiñuela de las que ellos mismos realizaban. Esos mismos molineros, sin embargo, dicen haber ayudado a los más necesitados en épocas de carestía favoreciéndoles en las maquilas o simplemente haciéndoles donativos desinteresados de harina o peces de sus cañales.

[1] Los refranes a los que se alude en este trabajo han sido recopilados en las entrevistas personales con molineros y campesinos pero además se han consultado obras como: MARTÍNEZ KLEISER, L. : Refranero General Ideológico Español, Ed. Hernando, Madrid, 1989.CAUDETE, F.: Los mejores refranes españoles. Ed. Mateos Madrid, 1988.

[2] GARFER , J.L. y FERNÁNDEZ, C. : Adivinancero culto español Ed. Taurus, Madrid, 1990.

[1] MARCOS BURRIEL A. Informe de la ciudad de Toledo al Consejo de Castilla sobre igualación de pesos y medidas. IPIET, Diputación Provincial de Toledo, Toledo 1991, p.335.

[2] DE PISA, F. : Apuntamientos para la segunda parte de la Historia de Toledo. Diputación Provincial, Toledo 1976.

[1] REAL ACADEMIA DE LA LENGUA : Diccionario de AutoridadesEdición facsímil, Ed. Gredos. Madrid 1990.


http://lamejortierradecastilla.com/la-vida-del-molinero-1/
http://lamejortierradecastilla.com/la-vida-del-molinero-2-camino-del-molino/
http://lamejortierradecastilla.com/la-molienda-y-su-picaresca-en-los-molinos-de-agua/

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