jueves, 21 de febrero de 2019

Tradiciones del mes de Difuntos: El Catafalco de La Torre de Esteban Hambran

El pueblo toledano de La Torre de Esteban Hambrán, atesora entre los muros de su parroquia de Santa María Magdalena una joya pictórica y de gran trasfondo antropológico, digna de ser visitada alguna vez. 

Se trata del famoso “catafalco”, que según la definición de la RAE es un túmulo adornado con magnificencia, el cual suele ponerse en los templos para las exequias solemnes.

 Hay catafalcos y catafalcos; los más sencillos son una estructura cubierta con telas negras sobre la cual se deposita el cuerpo del difunto, y por otra parte están los monumentales, normalmente costeados por importantes personajes para sus exequias. 

Dentro de su clara monumentalidad, el de La Torre fue usado en otras épocas para las exequias de manera permanente con motivo de ciertas conmemoraciones. 

En la actualidad se puede visitar esta joya solamente durante el mes de noviembre, el mes de los difuntos.

 Durante todo el año se encuentra desmontado, y se monta exclusivamente para que pueda ser contemplado en el referido mes.


El catafalco de La Torre está fechado en el año1753, y su autor es Luís Cosón, cuya obra podemos localizar en otros puntos de la comarca. 

Posee un rico programa iconográfico alusivo en todo momento a la fugacidad de la vida, a la igualdad de ricos y pobres ante la muerte… 

En definitiva, a las Postrimerías que, según el Catecismo de la Iglesia, son la muerte, el juicio, el infierno y la gloria; y a los Novísimos, rama de la teología que trata de lo que ocurre tras la muerte. 

También se alude a la redención de las almas purgantes con la figura de la Virgen del Carmen como centro, y con la de "los dos San Franciscos”, San Francisco de Asís y San Francisco de Paula.

El catafalco es una estructura con forma de semi-hexágono, y que cuenta con cinco niveles en los que se desarrolla todo el programa iconográfico. Se representa en él la muerte de los grandes poderes terrenales: los emperadores, los reyes, los cardenales, los clérigos, los nobles, los marqueses, los arzobispos, los obispos y los papas. 

En la parte frontal encontramos una bellísima representación de la Virgen del Carmen sacando a las Ánimas del Purgatorio por medio de su Escapulario; en los laterales llevando a cabo la misma acción, aparecen San Francisco de Asís y San Francisco de Paula que ayudan a las almas a salir de su estado purgante entregándoles sus cíngulos.

 En el frontal, y en un nivel superior, aparece el enterramiento de un papa y coronando el conjunto dos dolientes a los lados de un alma ya purificado que entra en la Gloria.

En las partes superiores de los laterales aparecen sendos esqueletos que portan la guadaña que hace referencia a que la muerte es irremediable, y el reloj de arena en alusión al desconocimiento de la hora en que llegará la muerte. 

A lo largo de toda la monumental obra encontramos cartelas con citas alusivas a la muerte y sus consecuencias. Reproduzco algunas a continuación por su interesante trasfondo y mensaje:

- “La seda, el ámbar, el oro, el deleite, y la hermosura, qué valdrá en la sepultura?”.

- “Emperador sin segundo me llamó la aclamación, dueño fui de todo el Mundo y ia me veo en lo immundo de esta fúnebre vission”.

- “Con todo el mundo me atreuo, de aquesto nadie se asombre, pues me atreui con Dios Hombre”.

- “Tiara, mitra y corona, capelo, cetro i laurel, todo viene a fenezer”.

- “Aquello que fui no soi, lo que soi eso serás, i aunque tan horrible estoi, todas tus señas te doi, i como io te verás”.


- “Qué me sirvió la eminencia, qué el puesto de cardenal, si he visto por experiencia, que el morir es euidenzia, y el viuir accidental”.

- “O! Tu que vas de caída, procura vivir de suerte, que en llegando la partida, saques de la Muerte Vida y no de la Vida Muerte”.

- “Iace un Pontífize aquí que reduxo muerte airada, en poluo ceniza i nada”.

- “Este que fue de la España Monarca, Rey i Señor, fiera atreuida guadaña quitó la vida con saña, mira qué fiero rigor”.

- “De cuantos regalos tienes, en tu loca embriaguez, lo que queda es lo q ves”.

- “Si supieras lo que peno y mis dolores pasaras en aquel terrible seno, no estubieras tan sereno, y mas de mi te acordaras”.

- “Es tan terrible la muerte que al mas iusto i al mas santo, le causa pauor i espanto”.

- “Aqueste relox de arena, por minutos te convida a pasar a la otra vida”.

La Torre de Esteban Hambrán cuida pues con celo esta antiquísima tradición de montar el catafalco en el mes de los difuntos. 

Realmente merece la pena contemplar tan magnífica obra que en otros tiempos, cuando la gente era más crédula y más fácil de amedrentar, supuso una gran doctrina ante la llegada inexorable de la muerte. 

Si pudiera contemplarse en cualquier época del año no encerraría ese encanto y ese halo mágico y misterioso que lo envuelve. 

El montaje y la visita supone sin duda alguna uno de los rituales más arraigados entre los torreños, que han sabido pasar de generación en generación esta curiosa tradición y a la vez única en toda la comarca.

Fuente consultada: Folleto editado por el Ayto. de La Torre de Esteban Hambrán sobre el catafalco.





Publicado por Objetivo Tradición en 14:37
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miércoles, 20 de febrero de 2019

Torres de la Reina en Toledo - Una reina con carácter

Se conoce de Toledo su caracter mágico, su laberinto de callejuelas, la Catedral Primada, el Alcazar... pero pocas veces se recuerdan sus murallas. 

 Murallas romanas, visigodas, árabes y cristianas. 

 Con algunos trozos muy bien conservados y con hermosas puertas y torreones, cada uno con sus historias y sus leyendas.

Desde la Puerta de Bisagra hacia el este hay un bonito trozo de muralla con una torre cuadrada y varios torreones circulares. 

 Son las llamadas Torres de la Reina, en recuerdo de Berenguela de Barcelona, esposa de Alfonso VII.


Corría el año 1139 cuando el rey Alfonso VII El Emperador armó un gran ejército desde Toledo para conquistar la fortaleza de Oreja o Aurelia, cerca de Aranjuez y único bastión musulman resistente en la frontera del Tajo y de gran importancia estratégica. 

 Tan grande fue la preparación del ejército que quedó la ciudad de Toledo ciertamente desprotegida. 

 Enterados los gobernadores almorávides de Cordoba, Sevilla y Valencia, mandaron un importante ejército en auxilio de Oreja y, en una inteligente maniobra de disuasión, cercaron la ciudad de Toledo que había quedado al mando de la reina Berenguela.

Cuenta la leyenda que la reina, que contaba solo 23 años, apareció en lo alto de las murallas (en la que hoy se llama Torre de la Reina) para dirigirse a los caudillos musulmanes y reprocharles su cobardía al atacar de ese modo a una ciudad defendida por mujeres.

 Debió de pegarles tal bronca que los sarracenos, avergonzados, se retiraron.

Otra versión cuenta que envió un mensajero al campamento enemigo con una carta en la que les transmitía estas mismas palabras recogidas en la crónica de Alfonso VII:

 “¿No conocéis que es mengua de caballeros y capitanes esforzados acometer a una mujer indefensa cuando tan cerca os espera el Emperador? 

Si queréis pelear, id a Aurelia y allí podréis acreditar que sois valientes, como aquí dejaréis demostrado que sois hombres de honor si os retiráis”. 

Sea como fuere, logró su objetivo: los emires musulmanes, con gran caballerosidad, reconocieron la justicia de las quejas de Berenguela y ordenaron la retirada.

 Tras 6 meses de asedio, la fortaleza de Oreja fue rendida por el hambre y el dominio castellano del valle del Tajo fue completo.

Pocos años despues, en 1143, tras la batalla de Almodovar del Campo, los castellanos tomaron prisioneros y decapitaron a los emires de Sevilla y Córdoba. 


 El teniente de alcalde de Toledo ordenó que sus cabezas fueran expuestas en la muralla, pero la reina Berenguela se horrorizó ante la visión de tan sanguinarios trofeos, los hizo quitar de inmediato y ordenó que las cabezas fueran embalsamadas, metidas en cofres de oro y colocadas en sendos carros mortuorios que debían transportarlas hasta las viudas de las víctimas. 

Una reina con carácter que participó activamente en la poltica del reino. Falleció con 33 años y está enterrada en la Catedral de Santiago de Compostela. 

http://mtogetafe.blogspot.com/2012/02/

martes, 19 de febrero de 2019

Diego de Pantoja, un español en Pekin

En las postrimerías de la dinastía Ming (año 1597), el jesuita español Diego de Pantoja pisó tierra china con el ideal de cristianizar todo el imperio. 

Pasaría allí veintiún años -diecisiete de ellos en Pekin-, lo que le convierte en el misionero occidental en misión evangelizadora que permaneció durante más tiempo en tal ciudad.

Este madrileño de Valdemoro había estudiado Gramática y Lógica en la Universidad de Alcalá de Henares antes de entrar en la Compañía de Jesús en el noviciado de la provincia de Toledo, en Villarejo de las Fuentes, actual provincia de Cuenca. 

Posteriormente, prosiguió su formación como jesuita, oyendo las lecciones propias de la Filosofía en el Colegio de Ocaña y las de Teología en la mencionada ciudad universitaria de Alcalá, cantera de muchos religiosos de la Compañía. 

Fue allí donde en 1596, al paso de Gil de la Mata que andaba buscando misioneros para la China, Diego de Pantoja encontró su horizonte misionero en Oriente. Pudo ser ordenado sacerdote antes de dirigirse hacia Lisboa, puerto de salida principal.


Diego de Pantoja, un español en Pekin

La legendaria vida de Pantoja fue sobre todo un reflejo de la época de cambios que le tocó vivir. Los grandes descubrimientos geográficos impulsaron el proceso de integración global. La apertura de nuevas rutas de navegación fomentó el comercio mundial entre las diferentes naciones, separadas por mares y océanos, y se inició un intenso y fructífero intercambio material entre los cinco continentes. 

A su vez, la conquista y expansión de los colonizadores occidentales propició una fusión sin precedentes, que acarrearía intercambios de muy diversa índole con enormes repercusiones sociales tanto en el mundo oriental como en el occidental.

En medio de estas grandes transformaciones históricas que experimentaba Europa, la división del mundo cristiano ejerció también una importante influencia a lo largo de la vida de Pantoja. En el siglo XVI la Reforma arraigó con rapidez en la Europa occidental y septentrional, atacando violentamente el catolicismo romano. 

contener este empuje, éste se vio obligado a efectuar una transformación interna, iniciando la Contrarreforma. Desde entonces hubo continuas guerras religiosas en Europa y las luchas contra la herejía se revistieron de una crueldad antes inédita.

La Compañía de Jesús, se propuso inyectar vitalidad en la Contrarreforma y con el fin de rehabilitar la antigua brillantez y prestigio de la Santa Sede Católica Romana, la Compañía de Jesús empezó a enviar misioneros a Oriente para extender la influencia del cristianismo_ El establecimiento de un “Imperio Católico Universal” se convirtió en objetivo por el que se afanarían los misioneros jesuitas. 

Los colonizadores en América habían recurrido en algunas ocasiones a la fuerza y a la asimilación cultural para convertir a los indios a al Evangelio, lo que habla sido comprobado ya como un rotundo fracaso.

Ello planteaba dudas sobre cuál sería la línea estratégica más efectiva para llevar a cabo la labor evangélica en Oriente. En torno a este dilema se desarrolló un enconado debate en el seno de la Compañía.

San Francisco Javier y la “política de adaptación”

Precisamente en los momentos cruciales en que el movimiento cristiano en Oriente experimentaba reajustes en su política, el famoso jesuita español S. Francisco Javier (1506-1552), llegó a Oriente en calidad de Nuncio Apostólico. 

Después de una etapa de investigación y estudio en la India, Japón y otras regiones y países, logró sintetizar sus experiencias en una serie de principios y medidas concretas y practicables, que pretendían garantizar el éxito de la empresa evangelizadora en la zona. Su esencia consistía en que todo jesuita que fuera a la predicación en el Oriente debía en primer lugar aprender la lengua indígena, conocer y adaptarse a la cultura local. 

La posterior introducción de los conocimientos científicos occidentales conduciría a los nativos a reconocer la superioridad de la civilización cristiana y, en último término, los atraería al regazo del Señor.

Esta política basada en el uso de medios pacíficos para cnstianizar a los nativos tenía como contenido fundamental el acercamiento del misionero a la cultura local, y se la conocería posteriormente en obras relativas a la historia del catolicismo como “política de adaptación”.

Justamente en el contexto de este transfondo histórico, se produjo la llegada de Diego de Pantoja al imperio chino, un país totalmente desconocido para él. La sociedad de las postrimerías de la dinastía Ming estaba también experimentando profundos cambios históricos.

Por todas estas circunstancias, la labor evangelizadora de Pantoja en China debería atravesar un camino áspero y tortuoso.


Mateo Ricci, Pekin y el emperador

En marzo de 1600, después de entrar furtivamente en el continente chino, Pantoja se encontró en Nanjing con Matteo Ricci (1552-1610). Por aquel entonces Ricci llevaba viviendo en China ya casi veinte años. 

Sus experiencias en la propagación del Evangelio en el país le habían llevado a la firme convicción de que en un Estado absolutista de poder centralizado como era China, la conversión del emperador al cristianismo garantizaría la consecuente cristianización de todo el país. 

Y para bautizar al emperador, ante todo había que congraciarse con él: el mejor medio para conseguir este propósito era ofrecerle “exóticos presentes” occidentales. En base a esta reflexión, en mayo de 1600 Pantoja y Ricci emprenderían viaje a Beijing por la ruta del Gran Canal, llevando consigo los obsequios que se proponían presentar al Emperador Wan Li (1573-1620).

En enero de 1601, tras sufrir innumerables penalidades e inclemencias durante el viaje, los dos jesuitas llegaron finalmente a Beijing, capital del imperio chino. La entrega de sus tributos al Emperador Wan Li fue un completo éxito. El emperador quedó entusiasmado.

 De este modo no sólo consiguieron el privilegio extraordinario de ser recibidos en audiencia por el Emperador, sino que se les permitió también vivir en Beijing y entrar en la Ciudad Prohibida sin ser llamados previamente. Los logros conseguidos por Pantoja y Ricci tuvieron gran repercusión en los países occidentales y fueron considerados como una importante victoria para el movimiento cristiano en China.

Su recorrido de sur a norte de la mitad del país permitió a Pantoja percatarse por sí mismo de la situación. Su acceso a la Ciudad Prohibida y los contactos con los letrados chinos le ayudaron a profundizar sus conocimientos sobre el sistema de gobierno. 

Quedó entonces profundamente convencido de que sólo ateniéndose a la “política de adaptación” enunciada por Francisco Javier podría progresarse en la empresa evangélica en China.

 Matteo Ricci, quien interpretaba los principios de S. Francisco Javier como si se trataran de normas, se convirtió en el ejemplo que iba a seguir Pantoja. Al igual que Ricci, Pantoja vestía como un letrado confuciano, llevaba un birrete con dos aletas flotantes, aprendía chino, estudiaba los libros clásicos, observaba el protocolo local, y trabajaba con paciencia entre los intelectuales, con miras a “injertar el cristianismo en el confucianismo”, a “complementar el confucianismo” para llegar así a superarlo.

Diego de Pantoja comenzó a integrarse progresivamente en la sociedad china. En 1602 escribió desde Beijing una larga carta a Luis de Guzmán (1546-1605), Arzobispo de Toledo: la “Relación de la entrada de algunos padres de la Compañía de Jesús en la China, y particulares sucesos que tuvieron, y de cosas muy notables que vieron en el mismo Reino” (Biblioteca Nacional, Madrid) en la que se hacía una disertación enciclopédica sobre la posición geográfica de China, sus montañas y ríos, los productos, la población, la situación general, urbana y rural, el nivel de desarrollo de la economía y el comercio, la historia, la cultura, las costumbres y las creencias religiosas de los chinos, su sistema de gobierno y de diplomacia, así como las interioridades de la Corte y otros aspectos. 

Esta pieza literaria representa en lo fundamental el más completo y objetivo conocimiento de China por parte de los europeos entre los siglos XVI y XVII. Sin embargo, el verdadero propósito que abrigaba Pantoja al escribir esa larga epístola era justificar, por la situación específica de China, la certeza y racionalidad de la “política de adaptación”. Para el movimiento cristiano en Oriente, la obra tenía a la vez una profunda significación teórica y una gran importancia práctica.

El 11 de mayo de 1610, Matteo Ricci fallecía de enfermedad en Beijing, lo que constituyó una gran pérdida para la misión en China. Pantoja, valiéndose de la ayuda de aquellos letrados a quienes le unían estrechos vínculos de amistad, solicitó al Emperador Wan Li que concediera un terreno para levantar una tumba y celebrar sus funerales con toda solemnidad. A ojos de los misioneros occidentales, esto equivalía a que el soberano chino se pronunciara de acuerdo con la ley de Cristo. 

Por lo tanto, el jesuita francés Nicolás Trigault (1577-1628) escribió que “este éxito acaso fue más importante que cualquiera de las cosas hechas en la larga y difícil lucha de los pasados treinta años”. La exitosa petición del terreno para la tumba de Ricci, además de aumentar la celebridad de Pantoja entre los letrados de la capital, llenó en cierta medida el vacío dejado por el fallecimiento de Ricci en la labor evangélica en China.

En aras de la continuidad en la aplicación de la “política de adaptación” después de la muerte de Matteo Ricci, Pantoja escribió en chino el “Tratado de los siete pecados y virtudes”, – ejemplar que se conserva actualmente en la Biblioteca de Pekín-, y muchas otras obras destinadas a la propagación del Evangelio.

 Para evitar que la doctrina cristiana que impregnaba sus obras suscitara la antipatía de los letrados chinos o provocara choques entre la cultura china y la occidental, Pantoja tomaba como premisa la existencia de una supuesta ideología universal para toda la humanidad e incluso se mostró meticuloso en buscar los puntos de coincidencia entre cristianismo y confucianismo, logrando que algunos letrados chinos, después de leer el “Tratado…” y otros escritos, se atrevieran a aceptar la doctrina cristiana como algo semejante al dogma moral confuciano.

 El “Tratado…” fue muy bien acogido y reeditado una y otra vez. Pantoja llegó a ser muy estimado por algunos letrados chinos. Incluso en ocasiones se menciona su nombre como “Peng Gong”, utilizando una fórmula de tratamiento que implicaba gran respeto.

Así mismo, el jesuita madrileño era un experto conocedor de la relojería, así como de otras disciplinas pertenecientes a las artes manuales. Según confirmó a Luis de Guzmán, autor de una historia de la Compañía en aquellas tierras, estaba dispuesto a compaginar la ciencia con el apostolado. Por eso, no podía poner límite a los conocimientos. 

Había aprendido la lengua china y memorizado los ideogramas con el objetivo de desarrollar su dimensión literaria. Consideró necesario que se idease un alfabeto latinizado, subrayando los tonos del chino mandarín tal y como hacían los jesuitas europeos cuando escribían obras en la lengua china aunque sin ideogramas.


Pantoja escribió el artículo “Refutación” -conservado en la Biblioteca Nacional de París-, volviendo a argumentar, desde la perspectiva de la “política de adaptación”, la coincidencia del dogma cristiano con la doctrina confuciana, en una tentativa de atenuar una efervescente revuelta anticristiana generada por la intransigencia de un misionero italiano llamado Longobardi, la cual, a pesar suyo, se convirtió en un agudo enfrentamiento político. Incluso al propio Pantoja le resultó difícil eludir la desgracia de ser expulsado de China. 

En 1617, después de que el Emperador Wan Li promulgara su edicto imperial de prohibición de la Iglesia, Pantoja se vio obligado a abandonar Beijing donde había vivido diecisiete años. Abrumado, partió entonces hacia el sur por la misma ruta que le había llevado hasta el norte. En 1618 murió de enfermedad en Macao, concluyendo así sus veintiún años de evangelización en China.

29/08/2018
Autor: Ignacio del Pozo Gutiérrez para revistadehistoria.es

lunes, 18 de febrero de 2019

Wamba, el Godo que no quería ser Rey

Resultado de imagen de Wamba, el GodoMuchos odios engendraron la sangre derramada por Chindasvinto para asegurar el Trono a su familia. Cuando su hijo y sucesor, Recesvinto, murió en Gérticos, cerca de Valladolid, los nobles y Obispos quisieron alejar del Trono a la odiada familia, y, allí mismo, eligieron a un noble de edad avanzada llamado Wamba, lo que parecía indicar que se buscaba una solución de compromiso.

Wamba, consciente de las dificultades por las que atravesaba el Reino, rehusó aceptar la Corona, alegando que lo avanzado de su edad y la debilidad de sus fuerzas no le permitían ocupar el Trono. De nada valieron los ruegos y súplicas que le hicieron para que cambiara de opinión.

 Entonces, uno de los nobles con la espada desenvainada, se le acercó y con una actitud amenazadora, le dijo que, si no aceptaba el Trono, allí mismo sería ejecutado. Wamba, temeroso de que cumpliera la amenaza, terminó por aceptar. El 19 de septiembre, en la iglesia de San Pedro y San Pablo de Toledo, fue ungido por el metropolitano Quirico.

Wamba, el Rey Godo que intentó frenar el Feudalismo de la nobleza



En la primavera del 673, Wamba tuvo que marchar al frente de su Ejército para sofocar las correrías que los vascos realizaban en Cantabria. Aún no se iniciaron las operaciones de castigo contra los vascos cuando le llegó la noticia de que Hilderico, conde de Nimes, se había rebelado en la Galia Narbonense, al que se unieron Ranosindo, duque de la Tarraconense, y Gumildo, Obispo de Maquelonne (Languedoc). 

Wamba envió al conde Paulo, uno de sus mejores Generales con un contingente de tropas escogidas para sofocar la rebelión de la Septimania. Paulo, griego de origen, como Ardabasto, que se había casado con una prima de Chindasvinto y fue padre de Ervigio, pertenecía al partido hostil a Wamba, constituido por la familia y la numerosa clientela del difunto Chindasvinto. 

Tan pronto como como Paulo se vio lejos del Rey, proyectó reemplazarlo en el Trono. Obrando con astucia, y en nombre de Wamba, fue sometiendo a los rebeldes de la Septimania. Ayudado por los francos, cercó y tomó Narbona, donde acabó con su fingimiento, declarando nula la elección de Wamba y proclamándose Rey. Se le unieron los rebeldes Hilderico y Ranosindo.

Wamba, enterado de la traición de Paulo, apresuró las operaciones bélicas contra los vascos. En una semana los derrotó obligándoles a pagar tributo. Sin esperar a reorganizar el Ejército fue a Barcelona y Gerona, sometiéndolas.

Dividió a sus tropas en tres Cuerpos de Ejército que traspasaron los Pirineos por diferentes pasos, mientras una flota vigilaba los puertos de la Septimania. Hilderico y Ranosindo intentaron impedir el paso de las columnas de Wamba, pero fueron derrotados y hechos prisioneros. 

Una vez reunidas las fuerzas, Wamba se dirigió a Narbona y tras varios días de asedio entró en la ciudad y capturó a su defensor, Vitimero. A finales de agosto, libre ya el camino, Wamba inició el sitio de Nimes.

 La ciudad se tomó por asalto, mientras Paulo intentaba resistir en el anfiteatro, donde fue capturado. Paulo y sus cómplices en la revuelta fueron llevados a Toledo. Las cabezas tonsuradas, las barbas afeitadas, descalzos, sus cuerpos cubiertos con harapos y llevados en carretas tiradas por asnos, los exhibió Wamba por las calles de Toledo en la entrada triunfal que hizo en la ciudad.

Paulo y sus compinches, entre los que había Obispos y eclesiásticos, fueron confinados en una prisión y confiscados sus bienes.

A pesar del éxito alcanzado, Wamba se dio cuenta de la autonomía de la nobleza, pero las dificultades que encontró para reunir soldados con que hacer frente a la rebelión y la abstención de la nobleza, laica y eclesiástica a la hora de acudir a la llamada del Rey para defender el Estado le llevaron a promulgar una ley militar en noviembre de 673 que afectaba a todos sus súbditos. 

En el futuro, cuando se produjera una invasión exterior o hubiera problemas internos en las Provincias, todos, ya fueran laicos o clérigos, tendrían la obligación de comparecer con sus efectivos al completo, bajo pena de esclavitud o de muerte para los laicos, la confiscación de sus bienes a los clérigos y el destierro para los Obispos. 

Detrás de esta ley subyacía la descomposición de la moral nobiliaria y el acelerado proceso de feudalización de la sociedad visigoda. Wamba era consciente de ello, pero la nobleza, ciega y atenta sólo a sus propios intereses, seguí viviendo en medio de su autosuficiencia.

Los árabes ya habían conquistado una gran parte de África, y su poder, por la proximidad, era peligroso para España. Una flota árabe merodeaba por el Mediterráneo, amenazando las costas meridionales de la Península. Hubo un enfrentamiento favorable a las naves visigodas, pero por el momento, el peligro pudo ser evitado.

Wamba intentó limitar el creciente poder del episcopado, creando nuevos episcopados para demostrar la independencia del Rey en el nombramiento de cargos administrativos. Dictó normas para evitar el latrocinio de ciertos Obispos que se apoderaban de los bienes de la Iglesia y trató de evitar el excesivo crecimiento de las riquezas eclesiásticas en detrimento de las Reales. 

Por otra parte, al haber fortalecido el carácter sacro de la realeza con la unción, el episcopado estaba en disposición de aumentar su influencia sobre la política del Monarca. Según consta en las actas de los Concilios de Toledo y Braga, celebrados bajo el Reinado de Wamba, los Obispos abogaban por una mayor cohesión entre eclesiásticos y nobles, pudiendo así gobernar al país como un solo bloque, lo que ponía de manifiesto, una vez más, la debilidad del Rey, que dependía de las coaliciones de los nobles, a los que debía conceder privilegios mediante la entrega de tierras y cargos en la administración.

Nada importante ocurrió en los restantes años del Reinado de Wamba, que se dedicó a embellecer la ciudad de Toledo y a reparar sus murallas. La nobleza parecía tranquila, quizá en espera de tiempos más propicios para la intriga.

Hubo que esperar hasta el año 680 para que una intriga nobiliaria destronara a Wamba, anciano como Chindasvinto, inflexible con la nobleza y partidario de restablecer la autoridad Real. En la tarde del domingo 14 de octubre, Wamba tomó una infusión de hierbas, lo que con toda probabilidad sería costumbre en él, pero en esta ocasión, la pócima llevaba una dosis una gran dosis de esparteína que era un fuerte narcótico que, aunque no producía la muerte, privaba del sentido a quien la ingería.

 El efecto del brebaje fue fulminante: Wamba cayó en aparente estado comatoso. Los nobles que estaban con él – algunos eran contrarios a la conjura – creyeron que el Rey agonizaba. 

De acuerdo con el Liber Ordinum de la Iglesia visigoda, se celebró una impresionante ceremonia, presidida por el metropolitano Julián. El Monarca fue tonsurado, se le administró la penitencia y una cruz de ceniza fue trazada sobre su cuerpo. Pasados los efectos del narcótico, Wamba despertó, encontrándose legalmente incapacitado para reinar. El Monarca intentó recuperar el Trono. 

Su alegato de que la penitencia tenía que ser invalidada, pues hallándose inconsciente se le había puesto contra su voluntad, no se escuchó. Abandonado por todos, cesó en su inútil resistencia y firmó dos documentos, los cuales, con toda seguridad, habrían sido preparados por los autores de la conjura.

En estos dos documentos distintos, en contra de las nomas que los Concilios fueron arbitrados para la elección de un nuevo Rey, nombraba su sucesor al conde Ervigio y urgía al metropolitano de Toledo, el Obispo Julián, a ungirle lo más pronto posible.

 Ervigio, que ostentaba el título de conde por pertenecer al séquito palatino del Monarca, ocupaba un lugar destacado entre los nobles de Palacio. Sólo así se puede comprender el desarrollo maquiavélico de la intriga. Ervigio tuvo que contar con la complicidad, no sólo de su amigo, el metropolitano Julián, sino del personal de Palacio.


No hay ninguna duda de que, si los Obispos y la nobleza hubiesen querido que Wamba continuase reinando, la ley se habría modificado. Wamba fue obligado a tomar los hábitos y a confinarse en un monasterio de Pampliega, cerca de Burgos, donde vivió hasta su muerte, acaecida en el 687. 

La nobleza laica se vengaba de la represión que el Monarca llevó a cabo después de derrota de Paulo, y los Obispos, de la reorganización diocesana emprendida por Wamba para debilitar su poder. La nobleza, laica y eclesiástica, había ganado la partida, dejando al Estado prácticamente en su poder y sumiéndolo en una crisis que acabaría con el Reino visigodo.

Wamba fuel el último Monarca que hizo el último esfuerzo para intentar frenar el ascenso de la nobleza al poder y la feudalización del Estado.

Autor: José Alberto Cepas Palanca para revistadehistoria.es

02/03/2018
https://revistadehistoria.es/wamba-godo-no-queria-ser-rey/


domingo, 17 de febrero de 2019

Leyenda de la Encina Milenaria

Ilustración leyenda de la encina milenaria

ÉRASE una vez un inmenso encinar de los que tanto abundan en las tierras manchegas. 

Ya conocéis las carrascas: fuertes, serias, desafiantes a las inclemencias del tiempo, escondrijos de jabalíes que buscan sus frutos y marco incomparable para cuentos y misterios.

Es lógico que las brujas, que disfrutaban haciendo el mal por los pueblos del Valle, se cobijasen en aquel espeso bosque de gigantescas encinas.

 Salían al anochecer, cada una con el plan de trabajo que habían pergeñado la noche anterior, y al apuntar la madrugada volvían volando en sus escobas para contarse, las unas a las otras, las fechorías que habían cometido.

—Yo, amigas mías, decía una, he desencadenado una gran tormenta con toda la traca de truenos, rayos y relámpagos y con la ayuda de los nubleros le he matado al señor Justo la mejor vaca que tenía. Además, en los huertos del Facundo no ha quedado ni un frutal sano para el verano que viene.


Todas aplaudían.

—Pues yo he echado el mal de ojo al niño de la Manuela. El chiquillo se ha negado a mamar y dentro de unos pocos días espero que esté escuchimizado y pronto se muera. Contaba otra.
—Yo he conseguido enfrentar a toda la gente del pueblo de modo que ya no se habla uno con otro y el lugar se ha convertido en un infierno de riñas y disputas.

Y así, cada bruja iba contando sus hazañas.

Luego, cada una se retiraba a dormir a su carrasca preferida y a rumiar los males que podría hacer la noche siguiente.

Los vecinos de los pueblos cercanos vivían angustiados con los hechizos de las brujas. Sabían que la única ocasión para poder atacarlas era cuando, de amanecida, hacían la colada en el río Tablillas y tendían las ropas a secar en los tamujos de sus orillas. Entonces, si conseguían robarles alguna prenda, con ella el adivino podría deshacer sus hechizos.

Pero parecía imposible sorprenderlas porque siempre quedaba alguna vigilando para dar la voz de alarma. Y cuando los hombres aparecían armados de horcas, azadas, cuchillos y garrotes, ellas corrían al carrascal, su refugio más seguro. Allí no podían cazarlas. En cuanto llegaban a él, cantaban:

“Pie sobre las hojas
cuerpo para arriba
al centro de la copa.”

Y se perdían entre la hojarasca espesa de la copa de las encinas, de modo que era imposible alcanzarlas.

Se cuenta que una madrugada del más crudo invierno, los pobres labradores, con las boinas caladas para defenderse del terrible frío, habían decidido dar una batida por el carrascal y al llegar allí, de pronto, por un encantamiento misterioso vieron cómo sus boinas desaparecían, como evaporadas, de sus cabezas, mientras se escuchaban las risotadas de las brujas en los árboles. Ellos, espantados, huyeron a todo correr hacia el pueblo.

Pero no todas las carrascas parecían felices por prestar su cobijo a las brujas, que tantos daños perpetraban. Una de las encinas, la más joven y endeble, sin experiencia ninguna, pero que tenía un gran corazón, protestó:


—Esas malvadas brujas han conseguido que nuestro carrascal sea el de peor fama de todo el Valle. La gente lo teme y lo maldice. Yo pienso que tendríamos que negar el cobijo a seres tan diabólicos.

Las demás carrascas quedaron atónitas al oírla. Se miraban unas a otras con cara de protesta ante tamaño disparate. Siempre había sido así y no estaban dispuestas a que las cosas cambiaran por culpa de esa carrasquilla de nada.

—¡Cómo se nota —dijo la más anciana, que parecía la reina de todas,— que eres una chiquilla sin experiencia! A nosotras nos parece muy bien que vengan las brujas. De esa manera, los leñadores no se atreverán a venir a cortar nuestras ramas. Si sufren, que sufran; si tienen frío, que se aguanten. Nosotras también soportamos la crudeza del invierno y los ardores del verano. Somos fuertes y no nos importa que los hombres, tan debiluchos, se mueran. Que se fastidien…
—Pues sois una egoístas. Si los hombres nos quitan ramas, nosotras podemos conseguir que vuelvan a crecer más sanas y así ellos no sufren. Se defendía y les reprochaba la joven carrasca.
Las demás se reían:
—Con tan buen corazón, poco aguantarás tú.
—Pues aunque vosotras no queráis, yo sí que voy a actuar y desde ahora les voy a prohibir a las brujas que se escondan entre mis ramas. Y si es preciso, hasta delataré su escondite.

Las brujas escuchaban atentas la discusión de las carrascas y se reían de las bravatas de la más joven. Pero, por si acaso, decidieron que sería mejor cambiar de refugio y marcharse a otro carrascal más lejano. Pero como estaban agradecidas a las carrascas viejas les dijeron:

—Por habernos ayudado siempre, queremos premiaros y concederos lo que nos pidáis. Ya podéis formular vuestros deseos, que serán cumplidos.

Las carrascas se alegraron, entusiasmadas por esa posibilidad de cambiar su suerte. Un grupo de ellas expuso:

—Todos los árboles del bosque son hermosos, menos nosotras. Ellos tienen unas hojas hermosísimas mientras que las nuestras son de lo más feo y además están llenas de pinchos. Queremos que de ahora en adelante nuestras hojas sean de oro y nuestras bellotas también.

Otras carrascas pidieron:

—Nosotras no queremos oro, porque no lo necesitamos para nada, pero no estamos de acuerdo con el aspecto de nuestras hojas y queremos tenerlas hermosas y brillantes. Por eso querríamos que fuesen de cristal fino, y también nuestras bellotas. Los demás árboles nos desprecian y eso nos entristece. Además, de esta manera habría variedad en nuestro carrascal y sería el más famoso del mundo.

Otro grupo pidieron tener un aroma agradable y apetitoso, que llamase la atención de todos y que para eso sus hojas estuviesen exquisitamente perfumadas.

Las brujas les concedieron sus deseos y abandonaron el bosque. Solo la carrasca joven se conformó con lo que era. Las otras, enseguida vieron como sus deseos se convertían en realidad. Lo malo es que llegó el invierno con sus fríos y heladas, que suelen ser terribles.

Las carrascas que tenían sus hojas de cristal vieron consternadas cómo el vendaval se las arrancaba una a una, igual que sus bellotas, y al caer al suelo quedaban hechas pedazos. Al perder sus hojas y frutos murieron de tristeza.

Un día aciago, unos contrabandistas pasaron por el carrascal y se quedaron asombrados con su riqueza ya que algunas encinas tenían las hojas y las bellotas de oro. Con violencia las arrancaron para llenar sus sacos, y así aquellas desgraciadas carrascas murieron a los pocos días.

Parecida suerte corrieron las otras carrascas, que sólo aguantaron hasta la primavera. Y es que una mañana de abril, un pastorcillo que vigilaba su rebaño observó que una de las cabras se abalanzaba hacia una de las encinas que conservaba sus hojas, atraída por el dulce perfume que emanaban sus hojas, y comió con tanto deleite y avidez que pronto la encina se quedó desprovista de hojas en las ramas más bajas. Pronto le siguió el resto de las cabras.

El pastor, al comprobar la apetencia de sus animales, llamó a los otros pastores y en pocos días arrancaron todas las apetitosas hojas para darlas de comer a sus ganados. Así fue desapareciendo el carrascal. Solo quedó una encina. 

La más joven, que fue creciendo y creciendo con el paso de los siglos hasta convertirse en carrasca milenaria, frondosa, hermosa, fuerte y orgullo de todas las gentes del Valle.

Ella, siendo joven, consiguió alejar a las brujas del lugar pero no pudo evitar la muerte de sus orgullosas hermanas. Ahora no está sola. De sus frutos fueron creciendo numerosas congéneres que la rodean para protegerla de curiosos. 


Ninguna tiene hojas y bellotas de oro, tampoco de vidrio, ni olores distintos a los de una encina. Son simplemente encinas y puede que alguna de ellas, con el paso de los siglos alcance el tamaño y el lugar de la vieja encina milenaria.

Marcel Félix
en diciembre 16, 2016
https://mitosysupersticionesmanchegas.blogspot.com/2016/12/leyenda-de-la-encina-milenaria.html

sábado, 16 de febrero de 2019

Leyenda de la Bruja Elvira (Talavera de la Reina, Toledo)

En Talavera de la Reina, se encuentra un barrio muy extenso llamado ‘Puerta de cuartos’. 

En este barrio, en donde en la antigüedad hubo un templo en honor al dios Mercurio, se erigió la Iglesia de San Andrés. 

A pocos metros de allí y hace quinientos años vivió una mujer de nombre Elvira.

Elvira ya tenía unos cuantos años y nunca había estado casada. Sus días transcurrían entre unos campos donde recolectaba hierbas de diferentes clases y la casa que tenía en la Calle del Tinte, adonde muchas mujeres iban a buscar medicinas para sus aflicciones.

Un día como cualquier otro, se dirigió hacia su casa una mujer de la nobleza llamada Lucrecia. Esta mujer de alta cuna, estaba casada con Bernardino de la Rúa, que la engañaba con otra mujer de baja reputación. 


Lucrecia quería conseguir que su marido volviese a sus brazos, volver a recuperar su amor y que dejase a la susodicha con la que fornicaba. 

La bruja Elvira tenía la solución, pero requería un sacrificio a la altura. Lucrecia debía conseguir los ingredientes básicos, sangre de su propia menstruación, un cabello de la amante del marido, semen de él y un gallo que jamás hubiese copulado con ninguna gallina.

Hábil y sigilosamente, Lucrecia fue juntando los ingredientes solicitados. La sangre no era problema, apartó un pollito de sus hermanos para que creciese en soledad, del chaquetón de su esposo pudo recoger los cabellos que necesitaba y a pesar del espanto que le causaba, masturbó a su marido en la noche con su boca y guardó el preciado líquido en un pequeño aceitero de barro.

Seis meses más tarde estaba todo listo, la hechicera mezcló todos los elementos en una olla de metal con vino de Montearagón, aceites y un ungüento mezcla de su propia orina y grasa de cerdo. Luego de horas y horas de cocción, con un olor pestilente, ordenó a la mujer que se desnudase y degolló al pobre animal, untando por completo el cuerpo de la noble dama con su sangre. 

Más tarde le dio a beber la horripilante pócima y le exigió que a las cuatro de la mañana, mientras todo el mundo dormía, diese dos vueltas a la Iglesia de San Andrés, rodeando su huella con la sangre del gallo.

Obediente, Lucrecia hizo todo lo que le ordenó la vieja, pero meses después su marido seguía con su amante y además asistía a todos los burdeles que había en la ciudad.

Lucrecia enfermó gravemente de los pulmones y el corazón. Una noche tras una terrible pesadilla corrió hacia la casa de la hechicera y la inquirió por no haber dado solución a su mal.

 La bruja le prometió esta vez, un resultado que la favoreciese, pero Lucrecia en un rapto de locura, le clavó un punzón en el corazón. 

Días más tarde, unos caballeros de la Santa Hermandad, encontraron a Lucrecia con un aspecto desaliñado y completamente fuera de sus cabales. Les dijo que el mismísimo diablo había estado copulando con ella noche tras noche y que a pesar de sus rezos no había sido oída.

Después de que el párroco le practicó un exorcismo, la mujer se mantuvo silente hasta el día que falleció, varios años más tarde, habiendo sido recluida en un convento de monjas para pagar el pecado de haber practicado la brujería.


Se cuenta que en algunas noches se puede ver correr un gallo alrededor de la Iglesia de San Andrés y si antes de una semana el que lo ve no se arrepiente de sus pecados, también puede enfermar del estómago y del corazón.

http://leyendasmundialesmagicas.blogspot.com/2017/11/la-bruja-elvira-talavera-de-la-reina.html

jueves, 14 de febrero de 2019

Curandero desaparecido tras un Doble Asesinato en Menasalbas en 1915


El asesinato de dos ancianos, cuyos cuerpos encontró la Guardia Civil en medio de un gran charco de sangre con horribles heridas en la cabeza, cuello y otras partes del cuerpo, quedó sin resolver

ENRIQUE SÁNCHEZ LUBIÁN
@abc_esTOLEDO

El sábado 30 de enero de 1915 en elTeatro de Rojas de Toledo se puso en escena la opereta «El conde de Luxemburgo», obra del compositor Franz Lehár. A su término, agentes policiales prestaron especial atención a cuantos abandonaban el coliseo. Compañeros suyos recorrían los parajes más ocultos de la población hasta los últimos rincones y callejas. 

Buscaban a un curandero, llamado Domingo García, de quien se sospechaba pudiera ser autor del asesinato de dos ancianos en el pueblo de Menasalbas.

Aunque nada quedó por escudriñar durante toda la noche y madrugada, el individuo a quien se pretendía detener no fue encontrado.Semanas antes de ser asesinados, los ancianos vendieron todo su ganado (Foto, Archivo Diputación de Toledo) - ABC

Domingo García, practicante ambulante, era conocido en algunas posadas toledanas y mancebías del barrio de San Miguel. En el otoño de 1914, en la Imprenta Moderna, había mandado confeccionar unos prospectos en los que ofrecía sus servicios para la curación de enfermedades como mal de orina, dolor de estómago y flato estérico, dropesia de agua, escrofulosis, parálisis o úlceras.


Aseguraba alcanzar estas sanaciones en plazos de entre ocho días a un mes. Indicaba a los interesados que podían localizarle en Ventas con Peña Aguilera, Pulgar, Menasalbas, Navahermosa, San Pablo de los Montes y Navas de Estena. «¡Pensarlo bien si queréis conservar la salud!», concluía, categórico, su reclamo.

A principios del año siguiente, el curandero llegó hasta Menasalbas, estableciendo su clínica ambulante en la plaza principal. Con la esperanza de aliviar sus dolencias, gracias a los maravillosos medios prometidos, se presentó ante él Martina García Gutiérrez, natural de la villa, quien padecía un cáncer.

Domingo le recetó «varios raros electuarios propios de jorguinas en sus avatares», indicándole a la anciana que necesitaba un tratamiento especial, motivo por el que ella se ofreció a hospedarle en su propia casa, para ser atendida con mayor dedicación.

Y allí se marchó él a vivir, junto a la mujer y su esposo Jerónimo Sánchez Petronila. Desde entonces, el matrimonio y el sanador se hicieron inseparables. Aunque la enferma no progresaba, pero tampoco empeoraba, ellos pensaron que aquel hombre parecía enviado por el cielo para salvar la vida de Martina.

Durante la jornada del día 29 de enero, sus vecinos comenzaron a alarmarse al llevar varias horas sin ver al matrimonio y constatar que la casa permanecía cerrada. Temiéndose lo peor, dieron aviso al juez municipal y a la Guardia Civil, autorizándose a entrar en la vivienda. Así se hizo en presencia de casi todo el pueblo que se había congregado delante de la misma.

En su interior se encontraron los cuerpos de los ancianos, en medio de un gran charco de sangre, presentando horribles heridas en la cabeza, cuello y otras partes del cuerpo causadas por un calabozo, pequeño hacha utilizado para cortar la leña que estaba junto a ellos.

Como el curandero había desaparecido, recayeron sobre él todas las sospechas. El juzgado de instrucción de Navahermosa decretó su búsqueda, así como el inicio de investigaciones para intentar determinar qué ocurrió y quiénes podrían ser los autores del horrible crimen.

Según se comentaba por el pueblo, Martina y Jerónimo habían vendido hacía poco todo el ganado del que disponían, percibiendo por ello unas 14.000 pesetas. Durante la inspección judicial del hogar donde ocurrieron los asesinatos se encontraron, entre unas ropas revueltas, varios billetes de banco que debieron escapar a la rebusca realizada por el autor, o autores, del doble asesinato.

Haciendo un seguimiento de los pagos realizados por el matrimonio desde la venta de los animales y del dinero localizado, se calculó que la cantidad robada podría ascender a ocho o nueve mil pesetas.

Gracias a las declaraciones recogidas en la zona por los periodistas, pudo aventurarse la forma en que Domingo abandonó Menasalbas.Andando, por la margen del arroyo del Torcón llegaría hasta la carretera de Gálvez. Allí, al mediodía del viernes 29, tomó la diligencia que cubría el servicio entre Navahermosa y Toledo, a donde llegó a las dos y media de la tarde.

Y ya en la capital,... ¿dónde estuvo?, ¿qué hizo?, ¿permanecía allí escondido?, ¿cuál fue su siguiente destino?

Según publicaba un reportero del «Diario de Toledo», cuyas crónicas aparecían firmadas con el seudónimo «HONN», el curandero llevaba consigo una caja donde guardaba su «instrumental» médico y pidió al cochero que le cambiase varios billetes por duros, transacción que no llegó a realizarse al no llevar casi monedas el carretero.

Luego, en la zapatería de Araque, en la plaza del Solarejo, se compró unas botas negras que le costaron once pesetas. Estando en esta tienda, pidió que le trajesen unos calcetines del vecino bazar de Aramendi.

En la espera, mostró al señor Araque el microscopio que guardaba en la maleta y le contó que ejercía su profesión en Nahavermosa, diciendo estar especializado en la curación del cáncer de matriz. Los calcetines le costaron cuarenta céntimos, dando diez de propina al muchacho que hizo el recado.


Antes de abandonar el local, pidió, también cambiar cuarenta duros por monedas de cinco pesetas, pero solo pudo hacerlo con diez.

Según manifestó el dueño de la zapatería, García le dijo que esa misma tarde marcharía en tren para Madrid.Celebración de la «Encamisada» de Menasalbas, en los años treinta del pasado siglo (Foto, Rodríguez. AHPTO

En otros periódicos se añadía que además de las botas y los calcetines, el sospechoso había adquirido una camisa, una pistola y sus correspondientes balas.

Como las pesquisas realizadas por los agentes de la autoridad y de la Guardia Civil no deparaban ningún resultado, «HONN», transmutado en detective comenzó a investigar por su cuenta el rastro del curandero, quien era «alto, delgado y un poco bizco», vistiendo un traje blanquecino y con gafas.

Tras cerciorarse de que no había pernoctado la noche del viernes en ninguna de las fondas donde solía parar durante anteriores pasos por Toledo –Posada de la Sangre o Parador de San José-, se dirigió a «aquellos sitios frecuentados por la gente del hampa y señoritos golfos».

Así llegó hasta la taberna de «El Chorrillo», en el número siete de la calle de la Candelaria, en las cercanías del Alcázar, donde solían reunirse, además, «mujeres de vida airada» que residían por el barrio.

Posada de la Sangre, donde el curandero paraba en algunas de sus visitas a Toledo (Foto, Aldus)

Su descripción es, seguramente, la más elocuente publicada en la prensa toledana de uno de estos lupanares: «Al entrar, lo primero que encuentra el visitante en el portal, son unas cuantas banastas con verduras.

Las paredes están por completo ennegrecidas, al frente existe una puerta que conduce a una habitación lóbrega, donde vi un hombre desparramado que templaba una vieja y mugrienta guitarra, a su lado estaba “la Perico”, ramera cuyo rostro era un almacén de albayalde [polvos de color blanco] y que estaba preparada para cantarse por levante “vis a vis” con un prójimo».


A la derecha del portal, el periodista pasó a un comedor, donde estaban «la Manusa», «la Mística», «la Fosforera» y «la Metralla», acompañadas por tres varones apodados «el Cosaco», «el Judas» y Juanito «el Tonto». 

También estaba allí, la señora Anacleta, propietaria de la casa, con quien «HONN» intercambio impresiones sobre sí el curandero había pasado por allí en las últimas horas

Ella le contó que Domingo García era conocido suyo, por sus frecuentes visitas a la mancebía, aunque no podía asegurarle si había estado recientemente, pues ella no lo vio. Tampoco pudo asegurarlo su marido, el señor Juan, quien dijo que no conocía al curandero.

Una de las razones por las que el sospechoso frecuentaba «El Chorrillo» era porque una joven llamada Carmen, vecina de la calle, quien prestaba servicios en casa de «la Lucrecia», le traía de cabeza.

«HONN» relataba que en el lugar donde mantuvo la charla con la señora Anacleta colgaba un cuadro al oleo de San Luis Gonzaga, flaqueado por un retrato del torero Belmonte y una estampa de la República.

 ¡Lástima que el periodista no fuese acompañado de un fotógrafo, porque tan singular colección de imágenes se nos antoja insuperable!

Tarjetas postales adornaban sus paredes, junto a un trozo de papel barba, pendiente de un clavo, donde había anotadas las deudas de algunos parroquianos.

Junto a una mesa con frascas de vino y vasos, para «el copeo», en el suelo descansaba un cajón grandísimo con pestiños, pasta-floras y rosquillas bañadas.

Como conclusión de sus investigaciones, el reportero apuntaba que si se hubiese avisado a las fuerzas de seguridad de Toledo con mayor celeridad de la huida del curandero quizás se le habría podido localizar en la capital.

Añadiendo, razonado, que si finalmente estaba en Madrid y no se ocultaba, no «tardará en caer en poder de la policía, pues por su tipo y su físico es un hombre inconfundible».

A la capital, por cierto, hacía varias semanas que se había trasladado la joven que tanto cautivaba a Domingo.Titulares de prensa publicados en las páginas de “Diario Toledano” sobre este llamativo caso

La obvia apreciación de que el huido era una persona inconfundible quedó pronto cuestionada. El 21 de febrero, una pareja de la Guardia Civil que prestaba servicio en el tren entre Toledo y Madrid detuvo a D.F.M., persona muy conocida en Toledo, creyéndole el curandero buscado.

Tras ser interrogado en el propio vagón ferroviario, pese a que bastantes pasajeros le reconocieron y él acreditó su identidad con diferentes documentos que portaba, los agentes le esposaron y regresaron con él hasta la capital, conduciéndole al cuartel de la Benemérita, donde aclarada la confusión quedó en libertad.

Esta fue la última noticia que se tuvo sobre el caso, quedando el asesinato de los dos ancianos de Menasalbas sin resolver y no conociéndose si el curandero pudo marchar a América, como se especuló en alguno de los diarios toledanos, o si se reunió en Madrid con Carmen, comenzando juntos una nueva vida alejados de tan engañosas prácticas sanatorias, que fácilmente podrían delatarles, o la esclavitud del lupanar.


Y desazonados por el doble crimen, los menasalbeños celebraron en 1915 su «encamisada», sin poder aseverar si el curadero era o no el homicida de los ancianos Martina y Jerónimo.


ENRIQUE SÁNCHEZ LUBIÁN
@abc_esTOLEDO
29/06/2017 18:43h0

https://www.abc.es/espana/castilla-la-mancha/toledo/abci-curandero-desaparecido-tras-doble-asesinato-menasalbas-1915-201706271935_noticia.html#ns_campaign=mod-sugeridos&ns_mchannel=relacionados&ns_source=curandero-desaparecido-tras-un-doble-asesinato-en-menasalbas-en-1915&ns_linkname=noticia.foto.local&ns_fee=pos-3

miércoles, 13 de febrero de 2019

La Lira y la Estrella

Reflexionaba estos días pasados, mientras caminaba por las calle de la ciudad. Pensaba en el amplio bagaje de pequeñas y grandes historias que se almacenan en los edifici
os antiguos. Historias domésticas sencillas, o complejas, quizás también heroicas o trágicas.

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La existencia misma vivida en estos escenarios centenarios, tablados donde van cambiando los personajes sin necesidad de que suba o baje el telón. 

Como siempre el conocimiento de las cosas nos ayuda a valorarlas en su justa medida. 

Es por ello que ese conocimiento, en nuestro caso la historia de los personajes que habitaron en estas casas, añade al propio valor arquitectónico del patrimonio edificado un valor adicional intangible, que aunque no lo vemos lo respiramos y lo sentimos.

Patio del edificio sito en la Calle Nuncio Viejo nº 8, en Toledo. Fotografía: Jose María Gutiérrez Arias. Sección Vivienda, Consorcio de la Ciudad de Toledo. Año 2018.



Y con el trasfondo de esas ideas rondando en la cabeza visité el otro día el edificio sito en el número 8 de la Calle Nuncio Viejo. Un buen caserón, conocido de visitas anteriores, y pese a conocerlo había un detalle que había pasado por alto en otras ocasiones.

En uno de los paramentos del patio interior de la casa, sobre la puerta de acceso al salón de planta baja, había una yesería muy curiosa, discreta en proporciones y diseño pero muy distinta a las habituales taraceas de yeso medievales o renacentistas. 

El motivo decorativo era una lira coronada por una estrella, de la que emanaban rayos de luz, rematándose el conjunto con una guirnalda vegetal colocada en la base del instrumento.

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Detalle de la yesería situada sobre la puerta de entrada del salón de planta baja del edificio de la Calle Nuncio Viejo nº 8, en Toledo. Fotografía: Jose María Gutiérrez Arias. Sección Vivienda, Consorcio de la Ciudad de Toledo. Año 2018.

¿Qué significaba este remate decorativo de yeso? ¿Qué o a quién representaba este símbolo musical? Hago una foto lo mejor que puedo y me llevo mi estampita para estudiarla mejor. Unos días después pude descubrir algunos datos que ahora paso a contarles. Espero que el paso del tiempo, y un estudio más detallado de archivo, pueda confirmar lo que ahora escribimos.

Esta casa pudo tener relación con el célebre músico toledano Gabriel Melitón Baños (1848-1923). En una pequeña crónica publicada el día 27 de diciembre de 1901 en “El Heraldo Toledano“, se da la noticia de la creación por parte del Cardenal Ciriaco María Sancha de la academia de música “Santa Cecilia“, cuyo director fue el maestro Gabriel Melitón Baños. 

Cita como primer día de clases el 2 de Enero de 1902, pudiendo matricularse, antes de esa fecha, aquellos obreros que lo deseasen, en el domicilio de la Academia, Calle Nuncio Viejo nº 20.

Llama la atención que los convocados a la academia fueran obreros, sin duda atribuible a la circunstancia de que el Cardenal Sancha era reconocido como “padre de los pobres y defensor de los obreros”. Es por ello que su academia era totalmente gratuita, proveyendo, también de forma gratuita, los instrumentos necesarios. 

Como consta en otros artículos periodísticos, todo el alumnado pertenecía a familias pobres. En relación al nº de la calle, no coincidente con el actual número 8, no le damos mayor trascendencia, al haber pasado ya más de 117 años y siendo muy habitual, con el paso del tiempo, la variación numérica de los números de gobierno de los edificios.

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Mausoleo de Carmen Baños, hija de Gabriel Melitón Baños, en el Cementerio Municipal de Toledo. Fotografía: Jose María Gutiérrez Arias. Sección Vivienda, Consorcio de la Ciudad de Toledo. Año 2018.

Hay no obstante otro dato que apuntala la relación de Gabriel Melitón con esta casa. En nuestra búsqueda de datos dimos con el magnífico artículo, publicado en la página web del Archivo Municipal de Toledo, “El Mausoleo de Carmen Baños” en el que se relata la entrañable historia de amor y recuerdo de Gabriel hacia su hija Carmen, fallecida con tan solo 11 años de edad. 


Quiso Gabriel mantener vivo el recuerdo de su hija, mandando construir para ello un panteón en el cementerio municipal de Toledo. 

Allí, en la basa del gran monolito erigido a la niña Carmen Baños, aparece de nuevo el símbolo de la lira y la guirnalda. Una lira cargada de mensaje, resumen de una vida: un bellísimo instrumento, recuerdo de entrega completa a la música, instrumento roto y guirnalda seca en su lado derecho, testimonio del fatal devenir del destino …

Jose María Gutiérrez Arias

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Basa del Mausoleo de Carmen Baños, hija de Gabriel Melitón Baños, en el Cementerio Municipal de Toledo. Fotografía: Jose María Gutiérrez Arias. Sección Vivienda, Consorcio de la Ciudad de Toledo. Año 2018.

http://www.consorciotoledo.org/la-lira-y-la-estrella/

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