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martes, 2 de marzo de 2021

Viejos Empedrados y Aceras de Toledo. Ordenanzas y obras hasta el siglo XIX

En 1849 solo había aceras en la calle Ancha y en el ámbito alrededor de la Catedral


Rafael del CERRO MALAGÓNTOLEDO 
Actualizado:17/02/2021 11:22h

Las calles de las antiguas poblaciones europeas eran, según la época del año, parajes de polvo o barro aliñados con basuras y la natural presencia de varias especies zoológicas vivas o muertas. En las vías públicas el vecindario crecía, vivía, trabajaba de sol a sol e, incluso, caía inerme, víctima del hambre, la enfermedad o la edad sobre un infernal piso, no siempre con alcantarillado para recibir las salidas de los albañales.

A finales del medievo, con el auge del comercio y los gremios, los principales concejos españoles, bajo la figura del corregidor -delegados del poder real- empiezan a regular todos los aspectos de la vida diaria. 

Izqda.el callejón de los Niños hermosos, sin aceras y el suelo de guijarros con una vertiente central

En Toledo, se documenta ya el arreglo de las calles, al menos desde 1497, cuando aún eran de tierra, según refiere Eloy Benito Ruano (1988). La siguiente reseña es una real provisión de Fernando V (el Católico) enviada a Pedro de Castilla, corregidor de la ciudad en 1502. 

En ella se alude a la presencia de lodos, «polvo y otras inmundicias« causantes de olores y dolencias por lo que se ordena «hacer madres» (alcantarillas) para acoger la aguas y «otras viscosidades» y cubrir las calles de canto y ladrillos. 

Vista la mala calidad de estos últimos quedaron desechados en favor del empedrado que, además, ayudaría a afianzar los cascos de las caballerías en las cuestas. Los gastos se cargarían a los dueños de sus casas, incluido el «estado eclesiástico», y a la Ciudad, allí donde nadie tuviese «pertenencias».

Sobre el aspecto de las vías públicas, Luis Hurtado de Toledo, en las conocidas como Relaciones de Felipe II, anotaba en 1576: «no hay calle ni callejuela que no tenga su madre mayor con ramal de barrio», cubiertas por bóvedas «flacas y someras», pero que solían hundirse con el paso de los carros del aprovisionamiento. Aquello detenía las aguas residuales, creaba focos infectos y exigía continuos arreglos dejando unas calles «barrancosas y mal empedradas». 

Por entonces, el corregidor Juan Gutiérrez Tello afrontó varias mejoras en la ciudad, sobre todo en las vías principales, pero la posterior desidia municipal las devolvió pronto a un precario estado. Tan hostil realidad la reseña, un siglo después (1679), la cosmopolita condesa D'Aulnoy de este modo: «las calles son estrechas, mal pavimentadas y difíciles. 

Foto de Abelardo Linares de la calle Santa Isabel (ca. 1915), aún con el primitivo empedrado sin aceras.

Lo que hace que todas las personas de calidad vayan allí en sillas de mano o literas». Y así ocurría en otras muchas ciudades.

En el siglo XVIII, Toledo era ya un núcleo eclesiástico y conventual, con un declive demográfico y económico, especialmente en su primera mitad, mitigado con las medidas ilustradas de Carlos III (creación de la Fábrica de Armas) y del cardenal Lorenzana, impulsor de profusas reformas urbanas y asistenciales. 

Sin embargo, los efectos de la contienda contra las tropas napoleónicos (1808-1814) dejaron en la ciudad hondas huellas como también hicieron, a partir de 1835, los efectos desamortizadores referidos por los primeros viajeros románticos.

 Téophile Gautier, sobre el estado de las calles de la ciudad, en 1840, escribió: «el pavimento es de guijarros pulidos, brillantes y puntiagudos, que parecen haber sido colocados a propósito por el lado más afilado (…) aquel empedrado tallado a punta de diamante, que hace gritar de dolor al viajero habituado a las blanduras del asfalto Seyssel y las elasticidades del betún Polenceau».

Por entonces, ya había cuatro cuarteles o distritos atendidos, cada uno, por un maestro de obras municipal para notificar cualquier daño. En 1813, un cabal informe repasa los profusos «hoyos» existentes en los barrios cuyos arreglos generó roces entre los empedradores y los trabajos de ciertos alarifes, según cita Jiménez de Gregorio (1980). 

Nunca hubo planes generales de pavimentación. Lo habitual era aderezar las vías esenciales, las que subían desde las puertas de las murallas al centro y las bajadas hacia el río, como eran las de Pozo Amargo o del Barco. En esta última, en septiembre de 1830, una tormenta arrasó el empedrado y las cloacas hasta la plaza de los Tintes.

Los arreglos urbanos siempre fueron algo costoso y, en consecuencia, discutido entre los ediles y la población. En marzo de 1838, el Jefe Político de la provincia firmaba un edicto a fin de que los vecinos, desde Zocodover hasta las Cuatro Calles, en el plazo de un mes, pusiesen aceras ante sus casas «para el mejor piso y comodidad de los transeúntes», y si no «lo verificaban lo haría el Ayuntamiento a su costa». 

En octubre de 1840, otro Jefe Político puso el mismo empeño, acotando el plazo de ejecución en ocho días. Blas Crespo, arquitecto municipal, relacionó treinta calles y plazas, todas en el centro; el resto las excluyó por ser «estrechas o con mucha pendiente». 

De momento, el Ayuntamiento sólo aprobó el acerado de Sillería, Alfileritos, Santo Tomé, El Salvador, Plata y la plaza del Ayuntamiento, acuerdo que no llegó a cumplirse. 

Rafael del CERRO MALAGÓNTOLEDO 
Actualizado:17/02/2021 11:22h
https://www.abc.es/espana/toledo/abci-empedrados-aceras-toledo-hasta-401976001286-20210215121157_galeria.html#imagen7

En 1849, Pascual Madoz en su Diccionario aun insiste en el descuidado aspecto de la ciudad y, como mejora reseñable, escribe: «Solo hay aceras en la llamada Calle Ancha, que va desde Zocodover hasta las Cuatro Calles y en el ámbito alrededor de la Catedral».

Entrada al patio del Alcázar. Fotografía de Charles Clifford, hacia 1858

Años después, el Ayuntamiento aún invocaba tres reales ordenes de 1803, 1850 y 1851 para obligar a los dueños de los inmuebles a costear las aceras «dentro del radio de tres pies». 

En el bienio 1864-66, las obras de acerado cubrieron 13.000 pies cuadrados ante los edificios municipales y 43.000 bajo las fachadas privadas (unos 4.400 metros cuadrados). 

Las losas de granito solían proceder de Las Ventas con Peña Aguilera transportadas en carretas de bueyes. En las subastas aparecen los nombres de los contratistas, situando alguno su oferta (1865) en 4,5 reales el pie cuadrado.

Entre 1864 y 1866, los planes de carreteras del Ministerio de Fomento facilitaron, a cargo del Estado, el arreglo de la travesía entre la puerta de Bisagra y el puente de Alcántara, más la subida por el Miradero hasta Zocodover. 

El Ayuntamiento reformaría el empedrado de la calle del Comercio en 1873. Sin embargo, muchas vías secundarias del casco histórico no siempre ofrecían un total piso de guijarros, pues también había parajes terrizos en los humildes barrios de dentro y fuera de las murallas. 

Una muestra nos revela la secular rareza de existir en plena Antequeruela -un antiguo arrabal de artesanos, moriscos y braceros- tan sólo una vía pavimentada: la «Calle Empedrada». Así fue citada, según Julio Porres, desde 1561 hasta el Nomenclátor de 1864, mejora que el resto del vecindario aún tardaría más de un siglo en poder disfrutar.


miércoles, 9 de diciembre de 2020

Así fue la Revolución Militar que comenzaron los Reyes Católicos y culminó con los Tercios españoles

Gonzálo Fernández de Córdoba sacó el máximo potencial a una infantería que era inferior en número a su enemigo francés, adoptó tácticas novedosas en los campos de batalla y alentó el empleo sistemático del arcabuz

:15/10/2020 09:09h

Pocos personajes de la historia de España está tan mitificado como Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, y a la vez resulta tan desconocido más allá de los tópicos de serie. Incluso su aspecto físico está basado en construcciones posteriores, más propias del romanticismo que del periodo en el que vivió. 

Con frecuencia se habla del castellano, que ejerció como general durante las campañas italianas que realizaron los Reyes Católicos a finales del siglo XV, como el fundador de los Tercios o la persona que dio forma a su germen. Sin embargo, sus peones no eran técnicamente soldados de los Tercios, que se organizaron como tal ya durante el reinado de Carlos V.

La llamada ordenanza de Génova (1536) en su tercer párrafo menciona por primera vez la palabra tercio y da instrucciones sobre su estructura y sus requerimientos de pago, aunque es posible que el origen de la infantería se remonte a 1534, cuando el Emperador Carlos V dio orden de reorganizar las compañías que la Corona española mantenía en Italia. 

Se cree que su nombre hace referencia a que los tercios estaban conformados por 3.000 hombres, pese a que rara vez se cumplía este patrón, o bien al hecho de que los soldados se repartían originalmente en tres grupos: un tercio armado de picas, otro de escudados, y un tercero con ballesteros.

Se cree que su nombre hace referencia a que los tercios estaban conformados por 3.000 hombres, pese a que rara vez se cumplía este patrón

Sobre el papel, cada tercio estaba conformado por entre 2.500 a 3.000 soldados –aunque la cifra solía ser muy inferior– bajo el mando de un solo maestre de campo, nombrado directamente por el Rey, que era capitán efectivo de la primera compañía de las doce disponibles. Segundo en rango estaba el sargento mayor, que, además, era capitán de la segunda compañía. El resto de las compañías, cada una de 250 soldados, estaba a las órdenes de distintos capitanes. Al alistamiento efectuado por cada capitán se presentaban antiguos veteranos, labriegos, campesinos, hidalgos, etc.

¿Un genio de la guerra?

Gonzalo Fernández de Córdoba concentró su carrera militar en cuestión de una década. A las guerras italianas acudió bordeando los cincuenta años siendo un segundón de una familia noble andaluza y con una cuestión no militar, su intervención en las negociaciones con Boabdil para rendir Granada, como hecho más notorio de su biografía. 

En la península vecina, en cualquier caso, mostró el genio militar que llevaba dentro en batallas tan destacadas como Ceriñola o Garellano, asimismo tuvo tiempo de luchar contra los turcos en Cefalonia. Sus principales méritos fueron sacar el máximo potencial a una infantería que era inferior en número a su enemigo francés, adoptar tácticas novedosas en los campos de batalla y alentar el empleo sistemático del arcabuz.

Ahora bien, lo que resulta más difícil de calibrar es cuál fue su influencia en la revolución militar que se desarrolló a principios de la Edad Moderna. Como señala el hispanista Henry Kamen en su obra «Poder y gloria: los héroes de la España Imperial» (Austral), el primer obstáculo para responder a esta cuestión es la falta de obra teórica del castellano: «Sus victorias hablan por sí mismas.

 Pero los cronistas de la época, que eran los mejor situados para juzgar sus éxitos, no mencionan que Gonzalo introdujera innovación alguna en formación de tropas o materias relacionadas con las armas de fuego»..

El Gran Capitán encuentra el cadáver de Luis de Armagnac

Según aprecia el autor del siglo XVI Diego de Salazar en «Tratado de Re Militari», Fernández de Córdoba sí entrevió una infantería que se parecía mucho a los tercios: un escuadrón dividido en doce compañías de quinientos soldados. 

Dos de ellas, solo de piqueros; el resto formadas por rodelas, dardos y cien arcabuceros. No obstante, nada indica que esta idea del Gran Capitán fuera llevada a la práctica y, siendo justos con los hechos, hasta la batalla de Bicoca (1522) no se puede apreciar un uso decisivo y sistemático de las armas con gran potencia por parte de la infantería española. Esto es, quince años después de que el Gran Capitán abandonara Italia.

En opinión del historiador René Quatrefages, autor de «La Revolución Militar Moderna. El crisol español», si hay alguien al que se le puede atribuir crear el germen de los tercios es a los Reyes Católicos, quienes impusieron «el modelo suizo» en sus ejércitos como evolución de lo que había ya funcionado en la fase final de la Reconquista, incluida la presencia de arcabuceros. En el primer contingente enviado a Italia se aprecia la preferencia de los reyes por la infantería, con cinco mil infantes frente a solo seiscientas lanzas de caballería.

La ordenanza de 1496 sentó, según Quatrefages, «las bases de la organización de esa administración militar que permitió a España crear, enviar y mantener ejércitos y armadas en los cuatro confines del mundo cristiano a lo largo de muchos decenios».

Las innovaciones organizativas no fueron así fruto de la experiencia italiana, sino de unas órdenes muy concretas dictadas desde España previamente. En 1504, los Reyes Católicos extendieron las órdenes anteriores al resto de sus fuerzas militares, presentes tanto en España, Italia como en el norte de África. La «nueva infantería» pasó de ser un contingente provincial a una fuerza relativamente homogénea. Esta fuerza en constante evolución fue lo que recibiría Carlos V y convertiría en lo que serían los Tercios.
El aumento de la potencia de fuego

El Gran Capitán nunca fundó, organizó o encabezó los Tercios, pero sí puso énfasis en el uso de la infantería española. La principal infantería que tuvo a su mando en Italia fueron los llamados peones castellanos, en gran parte veteranos de la Guerra de Granada, donde ya había sido habitual la combinación de picas, arcabuces, ballestas y espadas roperas.

La infantería española sufrió en sus primeros choques contra los disciplinados bloques de piqueros suizos, pero pronto aportaron varias novedades tácticas que desarbolaron estos cuatros. Armados con rodelas (escudos pequeños) y espadas, la infantería española se infiltraba entre las filas de los piqueros enemigos y combatían cuerpo a cuerpo durante el choque de vanguardias, donde las picas españolas las solían sujetar los alemanes, de mayor altura.

Tercios marchando en formación durante la batalla de Nieuport, en 1600.

Pero, sin duda, el gran hecho diferenciador de la infantería española fue la importancia que cobraron las armas a distancia en combinación con las picas. La introducción de las alas de ballesteros, y con el tiempo los arcabuceros, obligaban a los muros de piqueros a defenderse más allá de su frontal.

  El Gran Capitán comprendió antes que nadie, desde luego antes que sus adversarios, la importancia de las armas de fuego y puso los cimientos para que los «españoles adoptaran las armas de fuego mucho antes que los franceses, los ingleses o los italianos», en palabras del historiador británico Charles Oman («A History of the Art of War in the XVI Century»).La introducción de las alas de ballesteros, y con el tiempo los arcabuceros, obligaban a los muros de piqueros a defenderse más allá de su frontal

Con el paso de los años, los ejércitos hispánicos fueron incrementando el número de arcabuceros hasta alcanzar más de la mitad de todos los efectivos de sus fuerzas. El Gran Duque de Alba fue quien añadió a la ecuación los mosquetes, de mayor alcance y precisión, en la infantería española. En la primera operación que encabezó hacia los Países Bajos ordenó entregar a cada compañía quince mosquetes, que debían hacer fuego apoyados en una horquilla hecha con madera de espino.

«Únicamente arriesgaría mi persona, mi imperio y todos mis bienes al valor de sus mechas encendidas», se le oyó pronunciar a Carlos V en una ocasión. El número de mosquetes y arcabuces fue aumentando progresivamente a lo largo de los siglos XVI y XVII.

El enorme prestigio dentro y fuera de la península de la infantería también fue consecuencia de la aventura italiana del Gran Capitán. A partir de estas campañas cada vez más nobles españoles aceptaron combatir a pie, junto a esta pujante infantería. Ese año, 1503, apareció el término “ynfante” en la contabilidad militar como nueva denominación de los peones castellanos.

https://www.abc.es/historia/abci-revolucion-militar-comenzaron-reyes-catolicos-y-culmino-tercios-espanoles-202010140114_noticia.html

miércoles, 19 de agosto de 2020

San Roque, Patrono de Quismondo desde 1599

Quismondo / Castillos del Medio TajoSAN ROQUE ES PATRONO DE QUISMONDO DESDE EL 16 DE AGOSTO DE 1599. 

La situación que estamos viviendo en el año 2020, acosados por el coronavirus, nos ayuda a comprender la razón profunda de que, después de 421 años, generación tras generación, en el alma de Quismondo se mantenga muy vivo, un entrañable cariño popular a San Roque.

En enero de 1599 entró en Quismondo la “peste bubónica”, causada por la bacteria Yersinia pestis, que se transmitía por la picadura de insectos (pulgas) o por inhalación de gotículas al respirar. 

En Quismondo, con una población de 600 habitantes, murieron 300 personas. 





El Párroco murió contagiado ya en enero y durante muchos meses estuvieron sin sacerdote. Hasta que providencialmente llegó a Quismondo el “Licenciado Gómez”, un sacerdote, que “en dicho lugar se halló”, y que, sólo por vocación, sin ser párroco, administró los sacramentos a “los heridos del mal” y en una única ceremonia casó a cinco parejas. 


ORACION A SAN ROQUE PARA PEDIR SU AYUDA Y FAVORES | Figuras ...Muy posiblemente fuera este benemérito sacerdote el que impulsó a nuestros antepasados para que, en una situación tan angustiosa, declararan a San Roque su Patrón y Protector, que ya en el Concilio de Constanza (1414-1418) había sido proclamado Abogado contra la peste. 

Además este sacerdote sería conocedor de que en 1598, con ocasión de la primera oleada en España de peste bubónica, el Papa Clemente VIII había enviado al Rey Felipe II para su distribución por todo el Reino, una oración atribuida a San Roque, que tenía el poder de curar a los “tocados de peste”.

Como en otras poblaciones, también en Quismondo, el 16 de agosto de 1599 se pusieron bajo la protección de San Roque, proclamándole su Patrón y comprometiéndose toda la población, mediante un Voto Solemne, a celebrar su fiesta cada 16 de agosto y a construir una ermita en su honor, que se hizo realidad en el año 1632.

 Desde aquel 16 de agosto de 1599, la curva de contagios comenzó a bajar.

MARIANO ESTEBAN CARO

viernes, 17 de julio de 2020

Don Pedro Gonzalez de Mendoza, el Gran Cardenal


Don Pedro González de Mendoza (1428-1495), conocido como el “Gran Cardenal”, quinto hijo de don Íñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, fue una de las figuras más brillantes de la aristocracia castellana en la segunda mitad del siglo XV, en el paso del medievo a la Edad Moderna.

Autor Anónimo. Escuela hispano-flamenca. El cardenal don Pedro de Mendoza orando ante San Pedro. 1490-1495. En deósito en el Museo de Santa Cruz de Toledo propiedad del Museo del Prado (1)

Rodeado del ambiente culto y erudito de su familia y con una sólida formación, primero en Toledo junto a su tío el arzobispo Gutierre Álvarez de Toledo, donde estudió Retórica, Historia y Latín, y después en la Universidad de Salamanca, donde adquirió conocimientos en Cánones y Leyes, doctorándose tanto en Derecho civil como eclesiástico, a lo largo de su carrera alcanzó las dignidades de obispo de Calahorra, Santo Domingo de la Calzada y Sigüenza, arzobispo de Sevilla y Toledo y Cardenal por nombramiento del papa Sixto IV, bajo la advocación de Santa María in Dominica que luego cambio por la de Santa Cruz.

Durante los conflictos anteriores a la llegada al trono de Isabel la Católica, don Pedro estuvo a favor de la sucesión de la princesa Juana, apodada “la Beltraneja”, hija de Enrique IV y de Juana de Portugal, enfrentándose al arzobispo de Toledo don Alfonso Carrillo de Acuña y a don Juan Pacheco, marqués de Villena, sus grandes rivales en la corte, que defendían la sucesión de los príncipes Alfonso e Isabel, hermanos de padre del rey. 





Pero en 1473, posiblemente por la rivalidad en la carrera eclesiástica y política con el propio Carrillo y quizá por las promesas que recibiera del Cardenal Borgia, futuro papa Alejandro VI, en cuanto a las grandes mercedes que recibiría en relación con el apoyo a la boda del príncipe Fernando de Aragón con la princesa Isabel de Castilla, don Pedro decidió pasarse al bando de esta última, un apoyo que vino acompañado del de toda la familia Mendoza, pues él había heredado el liderazgo a la muerte de su padre, y que fue decisivo para que ésta accediera al trono, convirtiéndose, además, en uno de los principales consejeros de los Reyes Católicos.

Como casi todos los Mendoza, don Pedro también fue un destacado mecenas de las artes, uno de los introductores del nuevo estilo renaciente italiano en la península mediante el patrocinio de grandes obras arquitectónicas en la provincia de Guadalajara, enclave principal de las posesiones de la familia, como la casa-palacio de gran fama en lo siglos XV y XVI pero que quedó destruida en un incendio en el XVII.

Su labor también se extendió a los lugares en los que detentó cargos eclesiásticos, destacando el Colegio Grande de San Antonio de Portaceli en Sigüenza, después convertido en Universidad, el Colegio de Santa Cruz en Valladolid, o el Hospital de Santa Cruz de Toledo, a favor del que testó toda su fortuna.

Fachada del Hospital de Santa Cruz de Toledo

Galería del crucero del Hospital de Santa Cruz de Toledo

Además, también patrocinó obras fuera de la península, como la reedificación completa de la iglesia de Santa Croce en Roma y la consolidación de la iglesia del Santo Sepulcro y la construcción de otro templo bajo la advocación de la Santa Cruz en Jerusalén.

Tuvo dos hijos con la portuguesa doña Mencía de Lemos, dama de la reina Juana de Portugal, legitimados por Isabel I, para los que después Sixto IV concedió autorización para testar y que recibieron la verdadera legitimación de Inocencio VIII, y otro hijo más con doña Inés de Tovar.

Murió en Guadalajara y recibió sepultura en presbiterio la catedral de Toledo en el que quizá fuera el primer sepulcro de tipo renacentista de Castilla, acaso diseñado por Antonio Sansovino a su paso hacia Lisboa.


Imagen ajena:


Fuentes:

miércoles, 6 de mayo de 2020

La Puebla de Almoradiel y Palomares en 1478

File:La Puebla de Almoradiel.png - Wikipedia, le encyclopedia libereIntroducción

Nos encontramos inmersos en la Guerra de Sucesión Castellana. Las principales batallas y recuperación de territorios se han producido cerca de la frontera portuguesa; la batalla de Toro supone una tregua en esa zona, pero en la Mancha se sigue combatiendo.

Las villas de la Mancha, pertenecientes a la Orden de Santiago, con su maestre don Rodrigo Manrique a la cabeza, luchan contra las huestes del marqués de Villena, don Diego López Pacheco, que se declaró desde los primeros momentos de la contienda como partidario de la princesa Juana, a quien le dio ayuda y protección en el Alcázar de Madrid y en su castillo de Escalona.

Rodrigo Manrique recupera la fortaleza de Uclés, pero fallece en noviembre de 1476 y su muerte tiene un efecto negativo en la dirección de la lucha; su hijo, el poeta Jorge Manrique, le dedicará un precioso poema que ha quedado por siempre en la poesía castellana de finales de la Edad Media, Coplas a la muerte de su padre:

Recuerde al alma dormida
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando …

El marqués defiende el resto de villas de su marquesado próximas a la Mancha Santiaguista. Con su capitán Gonzalo de Villafuerte, desde su fortaleza y señorío de Belmonte ataca al Maestrazgo de Santiago, derrocando la mayor parte de cercas y castillos medievales, Villamayor de Santiago, Quintanar, la fortaleza de La Mota, con el propósito común que no sirva de alojamiento a hombres armados del bando contrario, desde donde les podrían hostigar fácilmente. 




Los Reyes Católicos, por otro lado, logran soliviantar a muchas poblaciones del marquesado de Villena, prometiendo a sus concejos hacerlos de realengo, y tiene el efecto esperado, porque el marqués se siente incapaz de acudir a todos los frentes que se le abren en sus territorios. 

En abril de 1479, apenas transcurrido medio año desde nuestra visita de los visitadores de la Orden de Santiago, en el ataque a la fortaleza de Garcimuñoz, Jorge Manrique es herido de muerte por una lanza; lo trasladan a Santa María del Campo y allí murió, no aceptando el caballeroso ofrecimiento del marqués, quien estaba dispuesto a enviar a sus cirujanos, que le atendían personalmente, para que le pudieran asistir y sanar. Eran otros tiempos en los que la caballería que buscó don Quijote tenía un lugar. 

El 1 de marzo de 1480 se produce la Concordia de Belmonte que pone fin a la rebelión del marqués, firmada ante el alcaide de la Mancha don Juan de Vitoria, que lo fue de las poblaciones Villanueva de Alcardete, La Puebla de don Fadrique, Quintanar de la Orden y La Mota del Cuervo.

La Puebla de Almoradiel

El sábado 3 de octubre de 1478, llegan hasta La Puebla para hacer visita de la Orden de Santiago el comendador Ruy Díaz de Cerón, primo del maestre don Alonso de Cárdenas, el comendador Pedro González de Calvente y el provisor y capellán del maestre Alonso Fernández de Rivera.

La Puebla de Almoradiel. Foto cedida por Susana Vico

La Puebla sigue siendo una villa pequeña, de alrededor de unos 27 vecinos, no ha crecido más de lo referido en la última visita, más teniendo en cuenta los estragos que produciría la guerra. Tengo que decir que en el anterior escrito he confundido la apreciación al intuir 90 vecinos, ni mucho menos. La realidad era la tercera parte de mi estimación, de manera que La Puebla sería poco más de una aldea de 135 habitantes. 

Los visitadores no dan un informe muy amplio, interesa más recoger dinero tras la contienda, por lo que ponen más énfasis en el control de los diezmos que en cualquier otro asunto. Tampoco visitan la iglesia, que pertenece visitar al Prior de Uclés, ni edificios singulares, ya habrá tiempo para ello más tarde; además, probablemente, no existiría alguno excepto la iglesia; dado el bajo número de vecinos no habría mucho dinero sobrante para pensar en edificios ostentosos, bastante tenía la población con poder subsistir.

La Puebla no se ha desligado de la Encomienda de Corral de Almaguer y sigue entregando los diezmos a su comendador, don Alonso de Cáceres, anterior comendador de Campo de Criptana, que dejó dicha encomienda en favor de su hijo, tras el correspondiente permiso al maestre de la Orden don Alonso de Cárdenas, para él ocupar la de Corral. 

Tiene a su servicio principal un mayordomo llamado Pedro Novillo, quien se ocupa de toda la administración y gobierno de la encomienda en ausencia del comendador; es, por tanto, su hombre de confianza en todos los lugares de Corral de Almaguer y La Puebla de Almoradiel.

La Encomienda de Corral servía al ejercito del maestre con cuatro lanzas, pero al no estar presente el comendador durante la visita, no se pudo comprobar si estaban bien dispuestas de hombres, armas y caballos.

Palomares

Con el mayordomo Pedro Novillo, los visitadores se acercan a un solar de casas que la encomienda tiene cerca de La Puebla. El lugar hacía mucho tiempo que se había despoblado, no quedaban restos de paredes de viviendas y no había ningún hombre que se acordase que allí las hubiese habido. Es sin duda el lugar de Palomares al que el maestre niño don Fadrique nombró en su privilegio del Común de la Mancha, cuando dijo en Fuente de Cantos, a 4 de marzo de 1353:

y que sean en este Común el mi lugar de Palomares, e todos los otros nuestros lugares, que son dende Jigüela hasta en Guadiana; e su Ayuntamiento de Común, que huvieren de hacer, que lo hagan en uno; que los dichos lugares que ellos entendieren, y acordaren que más pertenecientes para esto; y pueda usar del dicho Común

Habían transcurrido 125 años desde el privilegio del Común hasta el presente 1478, tiempo suficiente para un despoblamiento total de Palomares, a quien el maestre don Fadrique le da un lugar de preeminencia sobre otros, teniendo la deferencia de nombrarlo en un privilegio tan importante como fue el Común de la Mancha. Hay que decir que la apreciación de los visitadores fue errónea y muy negativa; en efecto, en posteriores visitas se menciona que quedaban partes de su iglesia, de sus casas y que labradores hacían sus labores en esa zona.

Ntra. Sra. de Palomares. Fotografía de PH Gégé

Los molinos harineros

Otra información interesante que nos ofrece la visita es que ya existían molinos harineros en la ribera del Gigüela, hace ya más de 500 años; toda una tradición que La Puebla debería hacer valer para atraer al turismo a esta zona de la Mancha Santiaguista.

Podrán aver quinyentas fanegas de pan este dicho año con la renta de los molinos

Diezmos del comendador

Es claro que el mayor interés de los visitadores era el control de los diezmos que deberían repercutir, de un modo u otro, a la Orden de Santiago. Piden y reciben las cuentas de la encomienda al mayordomo Pedro Novillo:

Tenía la encomienda el diezmo de pollos y ansarones.

El diezmo de mozos, de borricos, potricos y muletos, la cecina y el portazguillo.

La cecina se arrendó este presente año por tres pares de gallinas, el resto de diezmos todavía no se había cobrado, pero le dieron un valor de unos 1.500 maravedís, comparándolo con otros años en los que se había recogido.

El diezmo de mozos, aquellos que trabajaban haciendo labores del campo o ganados, consistía en la décima parte de su salario. Es curioso que se cobrase un diezmo de cecina, debió de ser un producto específico de La Puebla durante la Edad Media, el secado de la carne de vacuno o de burro haciendo un alimento parecido al jamón. 

También se cobraba un portazguillo, el pago de una cantidad, probablemente por el paso de un punto determinado, puente o vado, del río Gigüela o, como en otras villas, pago de una cantidad por lo que venían a vender o comprar en la dicha villa los foráneos; no especifica el manuscrito a cuál de las dos opciones se aplicaba dicho portazguillo.

Tenía la encomienda, derecho a un yantar los días de San Juan y San Miguel, proporcionado por el concejo de la villa, por un valor de 60 maravedís.

El yantar era un derecho e impuesto medieval por el que los señores o reyes estaban obligados a recibir alimentos, aposentos, ropas o incluso animales de carga, cuando pasaban por alguna de sus propiedades. Lo entregaban los vecinos del lugar o, como en este caso, el propio ayuntamiento. 

Con el tiempo la donación en especie se transformó en pago monetario, porque era más fácil el control para ambas partes. Como uno puede pensar enseguida, las villas no tenían interés alguno en que pasaran por sus términos estos grandes señores. Es curioso que en La Puebla se fijaran para el yantar dos días de fiesta tan importantes como eran San Juan y San Miguel.

Los peones que trabajaban la serna y los vecinos por el humazgo, pagaban 12 maravedís cada uno, por mitad, es decir, 6 maravedís por la peonada y otros 6 por el humazgo. No pagaban impuesto alguno los coronados. Siendo los vecinos unos 27 el impuesto montaría 324 maravedís.

Los peones de la serna eran los labradores y jornaleros que trabajaban una porción de tierra de sembradura, principalmente trigo o cebada. 

El humazgo era un impuesto que afectaba a la vivienda; cada vecino que disponía de una casa, donde se hacinarían no menos de cinco personas, construía la vivienda normalmente con una sola habitación, la cocina, con su chimenea para calentar y cocinar, y en ella, vivían, se relacionaban, comían, dormían, etc; junto a ella se construía un corral con tapias de tierra, al igual que la casa, todo enjalbegado para evitar el deterioro de la tierra, y el corral bardado en la cima de la tapia; pues bien, el humazgo hacía referencia al humo que salía por la chimenea, el que tenía humo, tenía casa, y por ello pagaba 6 maravedís, como ocurría en el resto de villas de la Mancha Santiaguista.

Los coronados no pagaban impuesto, es decir, los clérigos, que se llamaban así en la Edad Media, coronados, por el hecho de tener hecha en la cabeza la tonsura.

Se pagaron a la encomienda este año de 1478 de diezmo de vino, 80 arrobas. Es decir, 1.280 litros, lo que nos daría una producción vinícola de 12.800 litros.

No se había recogido el diezmo de pan, porque todavía no lo habían entregado los labradores que lo tenían en su poder. Se calculó que habría unas 500 fanegas, donde se incluía la renta de lo que producían los molinos harineros de agua. Estaban repartidas en 300 fanegas de trigo y 200 de cebada, centeno y escaña.

En la Edad Media y épocas posteriores se llamaba pan a todo tipo de cereal, trigo, cebada, centeno, etc. Un diezmo de 500 fanegas significaba una cosecha aproximada de 5.000 fanegas. 

El diezmo de trigo fue equivalente a unas 13 toneladas; el resto hay que obtenerlo de modo aproximado, pues la densidad de los distintos granos que lo integran es distinta, pero se podría acercar a unas 7 toneladas y media.

El trigo escaña es una variedad de trigo antigua no usada en la actualidad; como dato curioso comentar que en el estómago de Ötzi, el hombre hallado congelado en los Alpes Suizos, se encontró esta variedad de trigo escaña.

VISITAÇIÓN DE LA PUEBLA DE ALMORADIEL

E después de esto, en la dicha Puebla, tres días del dicho mes de otubre del dicho año, los dichos visytadores, fisyeron llegar los alcaldes y regidores. E presentaron los poderes, los quales los obedesçieron con la reverençia que devyan.

E luego, los dichos vysitadores, mandaron pregonar que sy avía alguna persona que tovyese quexo del dicho comendador, o de su mayordomo, o de otra qualquier persona, que vinyese ante ellos e que le farían todo conplimiento de justiçia.

Fallaron por mayordomo de la dicha encomyenda, por el dicho comendador Alfonso de Cáçeres, a Pedro Novillo, vesyno de dicho logar. Y fueron a ver un solar de casas que la dicha encomyenda tiene junto con el dicho logar, el qual a grand tiempo que está despoblado, e non ay en él señal de pared ny ay onbre que se acuerde que la oviese.

Los dichos vysitadores reçibieron juramento del dicho Juan Novillos [cambian el nombre de Pedro Novillo por Juan Novillos] mayordomo, y juró de dar la copia verdadera de las rentas de la dicha encomyenda, del dicho logar. E la dio en la forma syguiente:

Tiene la dicha encomyenda diesmo de pollos e ansarones y de moços, e diesmo de borricos, e potricos, e muletos, e cesina, e portalguillo. El cesina se arrendó este año por tres pares de gallinas, lo otro non está cogido, suele valer, todo esto, mill e quinyentos maravedís, poco más o menos.




Del ayantar de Santo Juan e Santo Miguel da el conçejo, cada año, sesenta maravedís.
Peones de serna y humadga que son dose maravedís de cada vesyno, que son seys maravedís de cada cosa. Non pagan los coronados. Avrá veynte e siete vesynos en el dicho logar, que son tresyentos e veynte e quatro maravedís.

Diesmo de vino ay este dicho año, ochenta arrovas.

El diesmo de pan non está allegado, porque está enbargado en los labradores. Podrán aver quinyentas fanegas de pan, este dicho año, con la renta de los molinos, las tresyentas de trigo e dosyentas de çevada e çenteno e escaña.

Esta encomyenda del Corral e de La Puebla a de servir al dicho señor Maestre con [espacio en blanco] lanças. Por ynconyto de la dicha encomienda, y por non estar aquí el dicho comendador, non se supo sy las tiene bien adereçadas.



domingo, 26 de abril de 2020

La Puebla de Almoradiel en 1498. La Magdalena y su Puente

El 9 de septiembre del año 1498 llegan hasta La Puebla de Almoradiel, en visita de la Orden de Santiago, los visitadores reformadores de la Orden don Lope Zapata, comendador de la Hinojosa, y Antón Sánchez Daza, capellán de Cubillana. 

Desde la última visita del año 1495 han transcurrido tres años y medio; la población no ha aumentado permaneciendo los mismos 61 vecinos, los aproximadamente 305 habitantes, algo importante porque, al menos, La Puebla no se ha despoblado, esa era la primera preocupación y el primer miedo de la Orden de Santiago, la despoblación de sus villas, problema que persiste y se ha agudizado en la época que vivimos.

Iglesia y torre de La Puebla de Almoradiel. Foto de PH. Gégé

Otro hecho poblacional notable es que uno de los vecinos se eximía por hidalgo. ¿Puede ser este hidalgo un nuevo candidato a ser el Hidalgo de la Mancha por excelencia, don Quijote? 

Si preguntamos a mi querido don Ángel Sepúlveda, escritor, poeta y cervantista, seguro que nos dirá que sí podría ser. No cabe duda que Cervantes pudo haber visitado Quintanar de la Orden; la cita en el Quijote al referirse a Juan Haldudo, y la cita muy extensamente en el Persiles, cuando hace referencia a sus parientes los Villaseñor; si Cervantes estuvo en Quintanar, también habría estado en La Puebla.

Dieron los alcaldes e regidores que ay de vesinos en el dicho lugar, sesenta y uno, e que el uno de ellos se ysime por hidalgo

El manuscrito habla muy claramente de la exención del hidalgo. En efecto, los hidalgos estaban exentos de pagar los pechos de pecheros, es decir los impuestos que pagaba la gente normal, labradores, jornaleros, trabajadores gremiales, etcétera, que solían ser, en la Mancha Santiaguista, el pedido ordinario y extraordinario, más la moneda forera, que se pagaban al rey; estos independientemente de todos los diezmos y prebendas que se pagaba al comendador, la Mesa Maestral y la iglesia. 




Durante el próximo siglo XVI los ayuntamientos pleitearían con todos sus hidalgos para que demostrasen su hidalguía, puesto que, si no lo eran, suponía un ingreso extra en los impuestos que recaudaba el concejo; todos estos pleitos se trataron en la Real Chancillería de Granada, donde las villas de la Mancha estaban circunscritas.

Continuaban como caballeros de cuantía los vecinos Fernando García, Juan García de Diego García y Bartolomé Sánchez, a los que se incorporan otros tres, Diego Ortiz, Juan Sancho de las Casas y Fernando Martínez Pedroche. 

A todos ellos se les da de plazo hasta el próximo mes de marzo, para que hagan acopio de armas y caballo, para cuando Sus Altezas les manden llamar para la guerra. El que se haya duplicado los caballeros de cuantía, es una indicación más de que los vecinos de La puebla están prosperando e incrementando sus rentas.

La Puebla de Almoradiel continúa como lugar perteneciente a la Encomienda de Corral de Almaguer. Es su comendador don Íñigo Manrique de Lara, que tiene delegada en la persona de Antón García de Ayllón, la procuración y mayordomía de su encomienda.

Un mandato muy importante que dan los reformadores de la Orden de Santiago en esta visita, es que los concejos no vendan sus dehesas, bajo pena de 10.000 maravedís. 

Es una protección ecológica que ya se hace a finales de la Edad Media, para que ningún ayuntamiento pueda vender los terrenos concejiles comunales, al tiempo que se dictan leyes en contra de la tala de árboles, pastos de ganados de dehesas, caza y, por supuesto, la venta de las mismas. En el mismo mandato recogen que, cada año, renueven los mojones que tienen concertados con las villas vecinas.

E, así mismo, les mandaron que non vendan sus dehesas, so pena de diez mill maravedís para la Cámara e Fisco de Sus Altezas, syn que ayan liçençia de Sus Altezas

Así mismo, les mandaron que, cada año, renueven sus mojones que tienen entre los térmynos de esta villa e de otras partes, so pena de dos mill maravedís para la Cámara e Fisco de Sus Altezas

Iglesia parroquial de San Juan Bautista

Visitaron la iglesia parroquial, bajo la advocación de San Juan Bautista, y la encontraron bien reparada excepto en alguna parte de los muros que vieron como los cimientos estaban descarnados. Hay que decir que a las construcciones de esa época se les dotaba de una cimentación muy pobre; era muy normal abrir una zanja de una o dos varas de profundidad y rellenarla de cal y canto, ese era el soporte de estructuras de tanto peso y tan elevadas; al estar acostumbrados a hacer estas cimentaciones, cuando, a principios del siglo próximo, se comienzan a fabricar las iglesias de piedra, los maestros canteros encuentran numerosos problemas en la sustentación de bóvedas y columnas; sirva como ejemplo el pleito que mantuvo el maestro cantero maese Pedro López de Chavarrieta con el concejo del Quintanar, porque se caía una columna de la recién construida iglesia de Santiago Apóstol.

Habían hecho lo que se recomendó en la visita pasada, es decir, bajar las gradas del Altar Mayor. Además, construyeron un nuevo Sagrario junto a él; estaba hecho de yeso y estaba abierto porque no le habían puesto sus puertas.

Sin embargo, el campanario estaba sin terminar, no les había llegado el dinero para concluir la obra. Los visitadores mandaron que se terminase de hacer con las limosnas que pudiera aportar el pueblo.

Encargaron a los alcaldes, e regidores, e al pueblo que, con sus limosnas, ayuden e procuren a que se haga el campanario

La iglesia no disponía de cura párroco, el anterior, Antonio López, freire de la Orden de Santiago, había perdido el juicio y le habían tenido que llevar de allí. El concejo, provisionalmente y en espera que el Prior de Uclés nombrase nuevo cura párroco, había tomado los servicios de un capellán, fray Diego, fraile de la Orden de Santo Domingo, al que pagaban 4.000 maravedís al año por la administración de los sacramentos. 

Además de esa cantidad, recibía el pie de altar, pan, vino y dineros, que se estimaba en unos 1.800 maravedís anuales, más la capellanía que instituyó Juan García de Almendros, que tenía una renta de ochenta ovejas, que se arrendaban por 800 maravedís cada año. De manera que el capellán estaba recibiendo unas rentas anuales de 6.600 maravedís.

Hicieron, más tarde, inventario de los ornamentos, vestimentas y libros de la iglesia. Nada había cambiado ni se había incrementado en cosa alguna desde la última visita. Solo aclarar que, las dos campanas, estaban colocadas sobre tres maderos, junto a la iglesia. Las posesiones de tierras para la fábrica de la iglesia tampoco habían variado, seguían sin sembrarse ni arrendarse.

Tomaron las cuentas al mayordomo de la iglesia Diego Ortiz, que había sido elegido desde el año de 1495 hasta esta fecha. Dio que había a favor de la iglesia 2.010 maravedís, más 16 fanegas y 2 celemines de trigo, más 9 fanegas de cebada, de las rentas y limosnas, menos los gastos ocasionados.




Los reformadores mandaron al mayordomo que encargase una caja de plata de medio marco, donde se pudiera guardar el Corpus decentemente dentro del Sagrario, y que se mantuviera cerrado poniendo unas buenas puertas pintadas con su cerradura. Mandaron que encuadernase algunos de los libros de la liturgia que se estaban estropeando por el uso. Le dieron de plazo hasta la próxima Pascua de Navidad.

Ermita de la Magdalena

En el término de la villa había una ermita que llamaban de la Magdalena. Situada en un cerro hacia el río Gigüela, todavía existe el topónimo Camino Alto de la Magdalena.

Tenía de posesión unas viñas que rentaron este año diez arrobas de vino, y unas tierras que rentaron siete fanegas de pan, de trigo y cebada a partes iguales. Poseía 38 cabezas de ganado entre ovejas y cabras, que las tenía arrendadas a Diego Carbonero por 450 maravedís al año.

Junto al río Gigüela era dueña la ermita de un puente, que cuando el río traía mucha agua pasaban por él los ganados serranos que iban a extremo; cobraban de limosna, por el portazgo, tres o cuatro maravedís por cada ganado, lo que suponía una renta anual próxima a 300 maravedís.

E tiene, junto con la dicha hermyta, en el río de Xivuela, una puente que quando viene el río cresçido, pasan por ella, a estremo, los ganados serranos, e danle de limosna, de cada rebaño, tres o quatro maravedís, y rentanle esta puente, segúnd es el año, e las tresçientas

Este puente que podría estar situado cerca del puente del molino Botifuera o ser ese mismo, posibilitaba el paso del ganado serrano que venía trashumando hasta los pastos de la extremadura de la Provincia de León, la actual Comunidad Autónoma de Extremadura, que en aquella época era como se llamaba, donde iban parte de los ganados serranos a pasar el invierno. 

Venían por esa Vereda Real y, en el término de La Puebla, tenían varios puentes para vadear el río dependiendo de las crecidas del mismo. La Puebla fue, por tanto, un lugar muy importante en el paso de ganados trashumantes, uno de los motivos de su riqueza futura.


Mapa del IGNE del año 1886. A trazo continuo la Vereda Real. A trazo de puntos, diversos puentes sobre el río Gigüela y tramo alternativo

Hasta el año de 1886 en términos de La Puebla se conocían: La Puente Vieja; Las Puentes, dos puentes sobre el Gigüela cerca del Molino del Pintado; los Puentes del Molino del Zurrón, el Puente del Molino de Pringazorras y el Puente del Molino de Botifuera, candidato a ser el puente perteneciente a la ermita de la Magdalena.


Mapa del IGNE del año 1886. La Puente Vieja, entrada de los ganados serranos en el término de La Puebla de Almoradiel

Tomaron cuenta al mayordomo de la ermita, que lo era desde el 22 de enero del año 1494, no menciona el nombre. Disponía la ermita de 6.123 maravedís; como se puede apreciar, tres veces más que la renta disponible que tenía la iglesia parroquial. 

Mandaron al mayordomo que gastase el dinero en lo que más pudiera necesitar la ermita, con la aprobación de los alcaldes y regidores, o en la compra de tierras que pudieran suponer rentas adicionales, porque era cierto que la ermita se encontraba bastante bien reparada.

Casa Encomienda

Luego fueron a visitar una Casa de Bastimento que tenía la encomienda en la villa, que fue hecha después del mandato que hicieron los visitadores en la visita pasada de 1495.

Desde luego no la habían hecho como recomendaron y de acuerdo a las instrucciones de los reformadores. Era de tapiería de tierra, con buena madera y teja en la techumbre; una buena entrada con sus puertas y cerradura.

Le habían mandado al comendador don Íñigo Manrique de Lara que hiciera una parte baja para bodega y otra alta encamarada para el grano; pues bien, no la había hecho doblada, la parte de cámara, todo lo largo de la casa, no la había construido. 

Los reformadores lo dejaron estar, pero mandaron al comendador en la persona de su procurador, Antón García de Ayllón, que, en su lugar, construyese delante, y a todo lo largo de la casa, un portal en colgadizo(1), donde, en uno de sus extremos, debían de poner un lagar con su pila, para pisar la uva y recoger el mosto, y en el otro extremo unas tinajas para guardar el diezmo del vino.

 De este modo, en el interior del edificio se pondría el grano en sus correspondientes trojes, y en el exterior, en el nuevo portal a colgadizo que se hiciese, las tinajas con el vino y el jaraíz con su pila. No era una solución buena, cualquier labrador lo sabe, porque el grano siempre se debe de poner en alto para que esté aireado y seco, de modo que no tome humedad y pueda fermentar.

(1) Un portal en colgadizo se hacía poniendo un tejado que se apoyaba en un extremo sobre una de las paredes de la casa, mientras que el otro apoyaba sobre columnas o pilastras de madera o yeso. Construcción típica de la Mancha Santiaguista.

Por ende, en conpensaçión de la dicha cámara, mandaron al dicho comendador, en presençia del dicho Antón de Ayllón, su mayordomo e procurador, que delante la dicha casa, haga un portal a colgadiso, sobre sus pilares de yeso, e que sea de largor de la dicha casa. E que se le eche su buena madera, e su teyllo, e su teja. E que, al un cabo, se haga un xarahíz, con su pila en que se pise la uva del diezmo. E al otro cabo estén tinajas para el vino. E que esto que lo haga dentro de nueve meses primeros syguientes, en vertud de obidiençia.

Horno de poya




Este horno de cocer pan pertenecía a la encomienda. En la anterior visita encontraron que necesitaba ciertas reparaciones, cuales eran: hacer un nuevo arco, ponerle sus puertas de entrada y arreglar los poyos. Se había hecho el arco y puesto las puertas, pero los poyos seguían muy destartalados; dieron nuevo plazo hasta el día de Todos los Santos para que se reparasen.

Actualmente lo había tomado el propio concejo de La Puebla de su mano; había hecho una iguala con el comendador por la que le arrendaban el horno a cambio de 20 fanegas de trigo.

Rentas del Maestre

Pertenecía a la Mesa Maestral el pedido ordinario de la dicha villa, que estaba valorado en 900 maravedís anuales, más los diezmos de pan de los labradores que labraban en Palomarejos (Palomares).

Dedicado a mi querido amigo D. Ángel Sepúlveda



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