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viernes, 3 de febrero de 2017

La traducción en las Cortes de Toledo

Resultado de imagen de traducción en las Cortes de ToledoTodos los indicios históricos de que disponemos indican que la traducción se efectuaba en equipo[25].

Quizá sea esa la razón por la cual no se mencionaba al verdadero traductor sino incidentalmente. No obstante, en las obras de autoridades científicas notamos que se hacían constar los nombres tanto del traductor (que suele ser el jefe de equipo) como del autor del original. 

El aprendizaje y el dominio de las técnicas de la traducción se conseguían sobre la marcha. Se sabe, por ejemplo, que Gerardo de Crémona ha traducido muchas obras médicas al latín y que el grupo judío, constituido por Rabi` Zag, Judá Ben Musé Hacohén, el alfaquí Don Abraham, Samuel Haleví Abu-l-`afia, participaban en la traducción del árabe al naciente romance[26]. Había también numerosos mozárabes de los cuales destacan Fernando de Toledo y Bernardo el Arábigo[27]

No obstante los nombres de los equipos y de los traductores que los formaban siguen todavía sepultados en una ambigüedad que los investigadores van disipando poco a poco[28]. El caso de Gerardo de Crémona, por ejemplo, es algo ambiguo; la amplitud y la diversidad de las obras que tradujo invita a suponer que el nombre de Gerardo de Crémona remite a un equipo de traductores más que a una sola persona

[29].

La ambigüedad es un lugar común en esta época de la historia de la traducción. Gerardo de Crémona no da ningún tipo de información sobre su manera de trabajar ni ningún nombre de sus colaboradores. Tampoco existió una posterior literatura crítica de la traducción que nos informase de los grupos de traductores, de los jefes de equipo, de la especialidad de cada uno...etc. 

Por ahora todo lo que se ha dicho sobre la colaboración entre razas y confesiones distintas queda como meras hipótesis. Es todavía escasa la investigación sobre la colaboración de los árabes musulmanes en las traducciones de Toledo. En contra de cierta tendencia minimista del papel de este colectivo, J. Samsó destacó la colaboración de al menos dos musulmanes de elite. Algunas investigaciones casi niegan su presencia y hacen que incluso la colaboración de los mozárabes sea sólo "probable":

"Les interprètes sont plus souvent des juifs mais il y a aussi probablement des mozarabes `Fernando de Toledo', `Bernardo el Arábigo'".[30]

La colaboración de los mozárabes está lejos de ser sólo probable: la mayoría de los nombres que tenemos son de mozárabes. No obstante la colaboración de científicos musulmanes es un tema todavía por investigar. Es verdad que los árabes de aquel entonces se sintiesen superiores en cultura, pero eso no había impedido que incluso un mufti hubiera colaborado en traducciones. 

La historia nos dejó testimonio de este alfaquí mudéjar llamado `isa Ibn Jabir que llegó a Ayton el 5 de diciembre de 1455 y pasó cuatro meses en la ermita de Juan de Segovia para traducir el Corán. Este señor escribió el libro en el primer mes; al siguiente puso los signos de diacríticos y al tercero lo tradujo al castellano porque era capaz de escribir esta lengua tanto como el árabe:

"Erat autem scriber velox, tam arabicum quam vulgarium yspanic literatum"[31]

Esta traducción políglota (árabe, castellano, latín), primera de su género no pudo llegar a nuestros días.

De todos modos la colaboración entre judíos, mozárabes, cristianos y musulmanes no es un tema para discutir sino que se precisa una labor de investigación para especificar los términos de dicha colaboración.

https://www.um.es/tonosdigital/znum11/portada/tritonos/tritonos-edadmedia.htm

martes, 8 de diciembre de 2015

Escuela de Traductores de Toledo: El filósofo judío Abraham ibn Daud, siglo XII

La firma Avendauth parece corresponder, según la mayoría de las últimas investigaciones, al filósofo judío Abraham ibn Daud, y no a un converso judío. 

Avendauth sería, simplemente, la versión latinizada del nombre del filósofo hebreo. En la dedicatoria al arzobispo Juan de su versión del prólogo al Kitāb al-šifāʼ, el traductor se autodenomina como filósofo y hebreo (“Avendauth israelita philosophus”). 

Considerado el primer filósofo judío aristotélico, nació en la Córdoba almorávide alrededor de 1110 en el seno de una familia ilustre. Fue criado en casa de su tío materno Baruch ben Isaac Albalia, rabino, juez y jefe de la escuela talmúdica de Córdoba, que lo instruyó tanto en los estudios rabínicos y bíblicos como en la filosofía griega y hebrea. Al principio de la conquista almohade (Córdoba fue tomada en 1148) huyó a Castilla y se asentó en Toledo, ciudad en la que permaneció hasta su muerte y a la que se asociará su nombre. Poco más se sabe de su vida hasta 1160. 

Imagen del registroEntre 1160 y 1161 firma las dos únicas obras que se conservan actualmente. La primera, el Sefer ha-Qabbalah, obra histórica sobre el judaísmo. La segunda Al-ʽaqīda al-rafīʽa, escrita en árabe, pero conservada sólo en su versión hebrea, es un tratado teológico-filosófico en el que por primera vez se da un intento sistemático de integrar las ideas aristotélicas de Al-Fārābī y Avicena en el pensamiento filosófico judío.

Este texto sería pronto eclipsado por la obra de Maimónides, Dalāla al-ḥāʼirīn. Existen informaciones sobre otras dos obras que no se han conservado: una de astronomía, según un autor posterior, y otra de exégesis anti-caraíta sobre la interpretación legal de las Escrituras. 

A esta actividad filosófica e histórica se añade la traductora. Según A. Fidora habría emprendido junto con Domingo Gundisalvo un ambicioso proyecto para traducir el Kitāb al-šifāʼ, obra enciclopédica de Avicena. Dedica su traducción del prólogo de esta obra al arzobispo Juan para dársela a conocer y solicitar su apoyo para interpretarla en su totalidad. En este proyecto se enmarca su traducción en solitario de la Isagoge; y junto con Gundisalvo la del De anima. 

Pese a que no puede acreditarse por ninguna fuente documental fiable, se ha dado por cierto que su muerte se produjo en Toledo alrededor de 1180, por su activa defensa del judaísmo y ataque al cristianismo. 

Las investigaciones sobre la Escuela de Toledo desde Aimable Jourdain han identificado a Avendauth tanto con Johannes Hispanus como con Johannes Hispalensis. 

El desarrollo historiográfico y la elaboración de diferentes hipótesis al respecto provocaron un embrollo biográfico, según las palabras de C. Foz. Las últimas investigaciones, encabezadas por C. Burnett, tienden a la idea de que se trataba de tres personas distintas. La maraña biográfica se ha compuesto de diversas hipótesis, que pueden resumirse en dos ideas fundamentales: en primer lugar, que tras esas tres denominaciones había un solo hombre; y en segundo, que se trataba de dos. Ambas arrancan de un error que cometió Jourdain al leer el prólogo que Avendauth escribió a la versión del De Anima de Avicena. 

Error que fue detectado por D’Alverny un siglo después. La obra está dedicada al arzobispo Juan (Johannes) (1152-1166) por el traductor Avendauth. En su lectura Jourdain entiende que el nombre Johannes es el nombre de pila del traductor Avendauth, cuando en realidad es el nombre del arzobispo al que va dedicada la obra. Este error de lectura provocó la identificación de Avendauth con los dos Johannes. El embrollo se acrecentó gracias a la casi homonimia de J. Hispano y J. Hispalense, el uso de abreviaturas en los manuscritos y los posibles errores de los copistas a lo largo de los siglos. 

A partir de aquí se desencadenaron múltiples hipótesis que combinan los nombres y los aspectos biográficos de todos ellos de diversas formas. Además de la identificación de los tres nombres en una persona, Johannes Hispalensis habría sido la misma persona que Johannes Hispanus, para algunos autores; para otros Hispanus habría sido Ibn Dawud, y éste podría haber sido Johannes Hispalensis. Habrían entrado en juego también las denominaciones Johannes Toletanus y magister Johannes. Actualmente parece claro que debe distinguirse entre tres personalidades, de las que la de Johannes Hispalensis es la que permanece más opaca. 

Pese a esta tendencia actual el asunto no parece en absoluto cerrado; podrían aparecer nuevas informaciones. El embrollo biográfico ha afectado también a la atribución de autorías, creándose un embrollo bibliográfico aún no resuelto y que debería resolverse con el análisis de todas las obras traducidas y de todos los manuscritos conservados.

http://www.larramendi.es/traductores_toledo/i18n/consulta_aut/registro.cmd?id=3607

lunes, 2 de noviembre de 2015

Escuela de Traductores de Toledo: Domingo de Gundisalvo

La escasez de información biográfica documentada sobre Domingo de Gundisalvo no ha impedido que diferentes estudios hayan establecido que nació en la década de 1110, y que murió en Toledo en la de 1190, última fecha en la que existen noticias. 

Fue arcediano de Cuéllar (Segovia), traductor y filósofo, y la documentación lo sitúa ejerciendo estas actividades en Toledo, formando parte del cabildo catedralicio. 

Las diversas formas en las que aparece su nombre en los documentos y su doble condición de filósofo y traductor ha llevado a algunos autores a considerar que se trataba de dos personas distintas, algo que no parece probable según las últimas investigaciones. 

En su formación recibió una fuerte influencia del neoplatonismo de la Escuela de Chartres (particularmente de Thierry de Chartres y del traductor Hermann de Carintia). 

Como traductor trabajó tanto en solitario como en colaboración, siguiendo el método habitual en la época, es decir, unos leían el texto árabe traduciendo al vulgar mozárabe, y otros (en este caso Gundisalvo), lo vertían al latín. Sus colaboradores conocidos fueron Juan Hispalense y Avendauth. Tradujo obras de Al-Kindī, Avicena, Al-Gazzālī o Avicebrón. 

La elección de los textos traducidos, y por tanto su labor interpretativa, no es independiente de su condición de filósofo. Ambas actividades están estrechamente relacionadas. 

Como traductor transmitió a la Europa medieval algunas de las obras más importantes de la filosofía árabe, introduciendo en el debate filosófico la metafísica aviceniana, la división de las ciencias farabiana, y el hilemorfismo universal de Avicebrón. Como filósofo se nutrió de los autores que traducía y del Aristóteles árabe, que estaba traduciendo en esa misma época Gerardo de Cremona. 

Tuvo un papel fundamental en la recepción y transmisión del corpus aristotelicum arabum, y de la filosofía árabe y hebrea. Algunos autores lo consideran imprescindible para el desarrollo de la escolástica en el siglo XIII, al haber iniciado una nueva forma de razonamiento filosófico y teológico, intentado dotar de una base racional a la teología. 

Entre sus obras destaca De divisione philosophiae, en la que establece una clasificación de las ciencias novedosa al introducir la metafísica y la filosofía práctica.

http://www.larramendi.es/traductores_toledo/i18n/consulta_aut/registro.cmd?id=3070

martes, 11 de agosto de 2015

Escuela de Traductores de Toledo: Johannes Hispalensis, siglo XII

Diferentes manuscritos de traducciones y obras del siglo XII aparecen firmados con el nombre Iohannes Hispalensis o Iohannes Hispalensis et Limiensis, entre otras variantes. 

Hasta la fecha no ha sido posible dotar a esta denominación de una personalidad clara, con datos distintos a los escasos que aparecen en dichos textos. 

Según estos, la firma Iohannes Hispalensis se mantiene activa aproximadamente entre 1120 y 1150. 

La traducción de la obra Secreta secretorum (Pseudo-Aristóteles) firmada por Johannes Yspalensis, está dedicada a Teresa de Portugal (1070?-1130). Esta dedicatoria, en la que se hace referencia a una conversación sobre medicina entre la reina y el traductor, unida a la denominación Limiensis de éste, han llevado a situarle en la zona de Limia (Portugal) entre 1120 y 1130. 

La firma de las traducciones en las que sólo aparece este nombre, sin ningún colaborador, lleva a pensar que la persona detrás de ella dominaba tanto el árabe como el latín. Para algunos investigadores (M. T. D’Alverny, entre otros) se trataría de un mozárabe de Sevilla. Pero esto no puede tomarse por seguro mientras ningún documento así lo acredite. 

En uno de los manuscritos que recoge la traducción de De differentia spiritus et animae de Qusta ibn Luqa se hace referencia a “Iohannes ispolñsis (sic) episcopus”. En dos de la versión latina del Liber universus de ʽUmar ibn al-Farrujān al-Ṭabarī las firmas son las siguientes: “magister Iohannes Hyspalensis atque Lunensis episcopus” y “magister Iohannes Hispalensis et Lunensis episcopus”. Por tanto, según estas denominaciones, el traductor podría haber sido obispo. Esto, unido a la hipótesis expresada en el párrafo anterior, ha llevado a pensar que detrás de ese nombre podría haber un obispo mozárabe de origen sevillano, razón por la cual dominaría tanto el árabe como el latín. 

La traducción de De differentia contiene una dedicatoria al arzobispo de Toledo Raymond de Sauvetât (1126-1152). Está acreditado que el traductor Domingo Gundisalvo utilizó esta traducción para la realización de su obra De anima, pese a que él sólo reconoce el uso del De anima de Avicena. Estos son los únicos datos documentados de su relación con Toledo. 

La mayoría de las obras firmadas con este nombre (traducidas y de creación propia) versan sobre astronomía y astrología. Este interés científico concreto apoya la hipótesis de que detrás de la firma Johannes Hispalensis había una persona distinta a Johannes Hispanus y otros. 

Las investigaciones sobre la Escuela de Toledo desde Aimable Jourdain han indagado sobre las tres denominaciones: Johannes Hispalensis, Johannes Hispanus y Avendauth. 

El desarrollo historiográfico y la elaboración de diferentes hipótesis al respecto provocaron un embrollo biográfico, según las palabras de C. Foz. Las últimas investigaciones, encabezadas por C. Burnett, tienden a la idea de que se trataba de tres personas distintas. La maraña biográfica se ha compuesto de diversas hipótesis, que pueden resumirse en dos ideas fundamentales: en primer lugar, que tras esas tres denominaciones había un solo hombre; y en segundo, que se trataba de dos. Ambas arrancan de un error que cometió Jourdain al leer el prólogo que Avendauth escribió a la versión del De Anima de Avicena. Error que fue detectado por D’Alverny un siglo después. 

La obra está dedicada al arzobispo Juan (Johannes) (1152-1166) por el traductor Avendauth. En su lectura Jourdain entiende que el nombre Johannes es el nombre de pila del traductor Avendauth, cuando en realidad es el nombre del arzobispo al que va dedicada la obra. Este error de lectura provocó la identificación de Avendauth con los dos Johannes. El embrollo se acrecentó gracias a la casi homonimia de J. Hispano y J. Hispalense, el uso de abreviaturas en los manuscritos y los posibles errores de los copistas a lo largo de los siglos. 

A partir de aquí se desencadenaron múltiples hipótesis que combinan los nombres y los aspectos biográficos de todos ellos de diversas formas. Además de la identificación de los tres nombres en una persona, Johannes Hispalensis habría sido la misma persona que Johannes Hispanus, para algunos autores; para otros Hispanus habría sido Avendauth, y éste podría haber sido Johannes Hispalensis. Habrían entrado en juego también las denominaciones Johannes Toletanus y magister Johannes. Actualmente parece claro que debe distinguirse entre tres personalidades, de las que la de Johannes Hispalensis es la que permanece más opaca. 

Pese a esta tendencia actual el asunto no parece en absoluto cerrado; podrían aparecer nuevas informaciones. El embrollo biográfico ha afectado también a la atribución de autorías, creándose un embrollo bibliográfico aún no resuelto y que debería resolverse con el análisis de todas las obras traducidas y de todos los manuscritos conservados.

http://www.larramendi.es/traductores_toledo/i18n/consulta_aut/registro.cmd?id=3066

jueves, 27 de noviembre de 2014

Raimundo de Toledo, impulsor de la Escuela de Traductores de Toledo

Raimundo de Sauvetat o Raimundo de Toledo (Gascuña, ?- Toledo, 1152), fue un religioso y político castellano. Fue monje cluniaciense y en 1126, tras casi dos años de administrador en sede vacante, fue confirmado arzobispo de Toledo, cátedra que ocupó hasta su muerte. 

En 1130 también fue nombrado Canciller de Castilla por el rey Alfonso VII, puesto que abandona, poco antes de su muerte, en 1150. Sobre este rey ejercería una importante influencia y logró para su diócesis importantes legados y privilegios.

Continuó la obra reformadora de su predecesor, don Bernardo, imponiendo los usos romanos en la liturgia y mejorando lamoral del clero

Su obra más importante fue el impulso que dio a la formación de la Escuela de Traductores de Toledo, grupo de trabajo que incluía a los mozárabes toledanos, los judíos de la ciudad, los profesores de la madrasa de la ciudad y nuevos pensadores, fundamentalmente monjes cluniacienses. 

El arzobispo de Toledo , quiso aprovechar la coyuntura que hacía convivir en armonía a cristianos, musulmanes y judíos auspiciando diferentes proyectos de traducción demandados por todas las cortes de la Europa cristiana. 

El prestigio de la Escuela de Traductores de Toledo fue tal que ni siquiera las disposiciones antijudías del Concilio de Letrán en 1215 pudieron dañar su florecimiento.

Mandó reconstruir el palacio episcopal frente a la antigua mezquita mayor convertida en Catedral de Santa María –y a la que dio su primer estatuto–, y dejó una parte del edificio para la Escuela. 

La riqueza de las bibliotecas toledanas en árabe y el conocimiento de esta lengua por parte de los cristianos mozárabes le impulsaron a recuperar textos perdidos de la Antigüedad clásica y a fomentar la transmisión de los importantes avances de la Escuela Toledana en Medicina, Álgebra y Astronomía; este empeño cristalizó en la traducción de numerosas obras del árabe al castellano, y del castellano al latín (o directamente del árabe o griego al latín), y, poco a poco, dio a conocer también la importante filosofía árabe y hebrea de corte aristotélico, lo que supuso una renovación radical de la Escolástica europea. 

Entre los traductores que trabajaron en esta primera época destacaron el mozárabe Domingo Gundisalvo, el judeoconverso Juan Hispalense, el italiano Gerardo de Cremona y el escocés Miguel Scoto.

La Escuela toledana, ya en tiempos de Raimundo, toma fama en toda la Cristiandad, ya que también se fomentaban los estudios filosóficos y científicos, compitiendo con las nacientes universidades.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Novecientos años de Gerardo de Cremona: El personaje más emblemático de la Escuela de Traductores de Toledo

El personaje más emblemático de la Escuela de Traductores de Toledo, cumple nueve siglos

Gerardo de Cremona, el traductor más célebre de la llamada Escuela de Traductores de Toledo, nació en 1114 en la ciudad italiana de Cremona y murió en Toledo en 1187. Durante cuarenta y tres años realizó en la vieja ciudad del Tajo más de setenta traducciones arabo-latinas que contribuyeron a difundir en Europa la cultura clásica y oriental, propiciando el tránsito hacia el Renacimiento.

El lombardo llegó a Toledo con treinta años de edad, hacia 1144, motivado por el deseo de encontrar un ejemplar del «Almagesto» de Ptolomeo, el tratado astronómico más importante de su tiempo.

Deslumbrado por la riqueza bibliográfica que atesoraba la antigua Tulaytula desde los tiempos de la dominación árabe, el cremonense decidió instalarse en Toledo, parece ser que bajo la protección del arzobispo gascón Don Raimundo de Sauvetat, dedicándose por entero a una colosal actividad traductora.


Para él parecen pensadas las palabras de Marañón al explicar la causa de su propio enraizamiento toledano: «…por ese instinto que atrae a los hombres, como a los pájaros (…) a los lugares donde el destino ordena que nuestra obra se va a cumplir».

Tras la reconquista de Toledo en 1085, se dio a conocer en Europa la extraordinaria biblioteca heredada de los árabes, en la que se conservaban muchas de las grandes obras de la ciencia y la filosofía greco-latinas perdidas en Occidente, pero también otras muchas obras de autores orientales completamente desconocidos por los europeos.

La inmensa labor traductora de Gerardo abarcó temas tan diversos como Matemática, Medicina, Lógica, Filosofía, Óptica, Dinámica, Astronomía, Astrología, Alquimia, Geomancia, etc, y autores tan relevantes como Aristóteles, Euclides, Hipócrates,Arquímedes, Avicena, Azarquiel, al-Kindi, al-Farabi y al-Jwarizmi, entre otros muchos.

Gerardo mostró un interés particular por Ptolomeo, Galeno yAvicena. En cuanto a la filosofía, su elección se volcó decididamente hacia Aristóteles. El cremonense llegó a ser uno de los más importantes traductores del Estagirita, cuyo conocimiento se difundió en Europa en buena medida a través de sus traducciones.

Un trabajo tan vasto y multidisciplinar no hubiera sido posible sin competentes colaboradores, de los que sin embargo solo tenemos noticia de la existencia de un mozárabe de nombre Galip que participó con Gerardo en la traducción del Almagesto.

El hipotético mecenazgo de los arzobispos de Toledo adquiere consistencia con el hecho de que el nombre de Gerardo de Cremona aparece en el cartulario catedralicio desde marzo de 1157 hasta marzo de 1176, formando parte del cabildo de canónigos en el periodo en que se suceden los arzobispos Don Juan de Castellmorum y don Cerebruno de Poitiers.

Otro indicio de la vinculación de Gerardo con la catedral toledana es su ejercicio docente en la escuela catedralicia, como atestigua su colega Daniel de Morley al comentar en un texto autobiográfico cómo durante una de las clases que impartía el italiano, expresó éste su opinión acorde con la influencia efectiva de los astros en los fenómenos naturales.

Al igual que Gerardo de Cremona, otros estudiosos extranjeros y también españoles realizaron su particular peregrinaje a la vieja Tulaytula para realizar traducciones de los códices árabes. Traductores coetáneos de Gerardo son, por parte española, el judío sevillano Juan Avendeuth y los mozárabes toledanos Marcos de Toledo y Domingo Gundisalvo; mientras por parte extranjera conocemos a los ingleses Daniel de Morley, Robert de Chester y Adelardo de Bath. Pero sin duda, como dice el especialista Francisco Márquez Villanueva: «Cabe la seguridad de que hubo muchos más traductores, tanto alienígenas como autóctonos, y muchos más libros que los de siempre catalogados».

Se ha especulado con la posibilidad de que Gerardo trabajase dentro de la catedral, que en el siglo XII todavía se asentaba en la antigua mezquita aljama de los musulmanes. Pero el único dato sobre una ubicación precisa de los trabajos de traducción es el aportado por el experto investigador Ramón Gonzálvez, en relación al traductorHermann el Alemán, revelando que éste trabajó en la capilla del monasterio de la Trinidad situado en el lugar que hoy ocupa el Hospitalito del Rey.

El fenómeno de lastraducciones toledanas, que se extendió del siglo XII al XIII, fue bautizado a principios del siglo XIX por el historiador francés Amable Jourdain como «Escuela de Traductores de Toledo», una denominación bastante discutida por cuanto puede inducir a pensar erróneamente que se trató de una institución formal a la manera de una academia reglamentada.

En una primera etapa, los protagonistas de la «Escuela» debieron de contar con la protección de los arzobispos toledanos. Más tarde, en tiempos de Alfonso X el Sabio, se producirá una segunda época en que la Escuela de Traductores de Toledo adoptó características diferentes bajo el patrocinio y dirección personal del monarca, en torno a su scriptorium real.

Cierto es que otros puntos de España como Barcelona, Ripoll, Tarazona, Zaragoza y Tudela conocieron la actividad traductora, pero solo de manera puntual, sin continuidad en el tiempo ni con la profusión que en Toledo.

En la antigua Tulaytula se daban las condiciones idóneas para las traducciones arabo-latinas por cuanto la ciudad disponía, además de un acervo bibliográfico abundante, del recurso humano más capacitado para realizarlas: los mozárabes, versados por nacimiento en el manejo de las lenguas árabe, romance y latina. No obstante, junto a los mozárabes, también participaron en las traducciones judíos y mudéjares.

Fascina observar cómo Cervantes, seis siglos después, alude al escenario multirracial y plurilingüe de Toledo en el episodio donde busca en el Alcaná a un «morisco aljamiado» para que le traduzca el manuscrito del sabio arábigo Benengeli. En virtud de este pasaje conocemos que, después de tantas centurias, todavía resultaba fácil en Toledo encontrar traductores a pie de calle: …«y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua le hallara».

La técnica traductora consistía en que el colaborador mozárabe, judío o mudéjar traducía en voz alta del árabe a la lengua castellana («in lingua tholetana» dice Daniel de Morley) o a un deficiente latín, mientras el estudioso lo vertía palabra a palabra a un latín culto y esmerado.

No es aventurado suponer que los libros árabes de Toledo procedieran de la célebre biblioteca de Córdoba, cuyos fondos se dispersaron tras el desmoronamiento del califato, yendo a parar a las distintas taifas peninsulares. En aquel tiempo el emir Almamún de Toledo reunía en su corte a un círculo de sabios eminentes en torno a las figuras de Ibn Saíd y Azarquiel, que no dejarían pasar la ocasión de acaparar el mayor número posible de códices cordobeses.

Toledo en la Edad Media sirvió de puente cultural de Oriente a Occidente, y muchas de sus aportaciones mantienen todavía notable vigencia. Como afirma el historiador Thomas F. Glick, «Los mismos numerales se identificaron hasta tal punto con el movimiento de traducción centrado en Toledo que fueron conocidos en Europa como número toledanos («toledane figure»).

Resalta con cierto humor en el historial de Gerardo de Cremona su error al traducir en el códice de al-Jwarizmi el término «números inconmensurables» por el de «números irracionales», con el que se quedó consagrado para siempre en el nomenclátor matemático.

Asimismo, la huella de nuestro personaje alcanza literalmente las estrellas, pues el nombre árabe que designa a muchas de ellas procede de la versión que difundió Gerardo al traducir el Almagesto de Ptolomeo.

La llamada Escuela de Traductores de Toledo, con Gerardo de Cremona como cabeza simbólica, constituye uno de los capítulos más enaltecedores de la relación entre Oriente y Occidente y una muestra de las fuentes plurales de las que se nutre la cultura Europea.

Desde el siglo XI con Azarquiel al siglo XIII con Alfonso X el Sabio,Toledo fue un foco de creación científica primero y de difusión después, y en este rincón del Tajo se pusieron algunos de los primeros arcos del puente por el que la humanidad transitó de las oscuridades de la Edad Media a las luces del Renacimiento.

Por Mariano Calvo, escritor 
Día 14/10/2014 - 15.23h
Fuente: http://www.abc.es/toledo/ciudad/20141014/abci-novecientos-gerardo-cremona-mariano-201410141429.html

lunes, 22 de septiembre de 2014

Viaje a los libros del Toledo de Alfonso X

Ya se puede visitar la biblioteca virtual de la antigua Escuela de Traductores de Toledo con un fondo de 1.500 obras


Historia palpable en la red: la Fundación Ignacio Hernando de Larramendi en colaboración con la Fundación Mapfre y la Universidad de Castilla-La Mancha ha puesto en marcha la Biblioteca Virtual de la Antigua Escuela de Traductores de Toledo, programa que ha encabezado Javier Agenjo Bullón, director de Proyectos de la fundación organizadora, y que permite acceder a un fondo de 1.500 obras dispersas en diferentes bibliotecas, instituciones culturales y universidades españolas y europeas.

La Antigua Escuela de Traductores de Toledo tuvo su antecedente en las de Bagdad y Alejandría que «habían incorporado a la cultura musulmana –explica Javier Agenjo Bullón a ABC– las obras fundamentales de la antigüedad grecolatina (así Averroes traduce e interpreta a Aristóteles). Nace tras la conquista de Toledo por parte de Alfonso VI en 1085, cuya sede obispal se convertirá, sólo tres años después, en la primada de España. Allí se reunirán estudiosos procedentes de toda Europa, como Raymond de Sauvetát (Raimundo de Toledo), el impulsor de la Escuela de Toledo; Michael Scott (Miguel Escoto) y Alfred of Sareschel. Entre sus objetivos estaba conocer en profundidad a su enemigo, por ejemplo, traduciendo el Corán para poder combatirlo».

Amalgama de culturas

Los traductores, según Agenjo Bullón, eran de diversa procedencia: «Judíos sefardíes, árabes y cristianos conocedores del latín, el griego, el hebreo y el árabe. Y mozárabes, que eran cristianos que utilizaban el árabe de forma cotidiana. Más que de la ‘Ciudad de la Tres Culturas’ debería hablarse, por ello, de la ‘Ciudad de las Cuatro Culturas’, incluyendo a la mozárabe». Menos conocido es que la Escuela no estuvo auspiciada solo por los reyes castellanos (Alfonso X brilló en ella y sus obras pueden consultarse en esta Biblioteca Virtual), sino también por la Iglesia y por órdenes religiosas como la de Cluny.

La Escuela fue un ejemplo de trabajo en equipo. «El segoviano Domingo de Gundisalvo vertía al latín a partir de las traducciones que el judío converso sevillano Juan el Hispalense hacía a la lengua vulgar. De esa forma llegaron a la cultura cristiana Avicena, Avicebrón o Algazel», continúa el estudioso. También había intérpretes sefardíes, como Yehuda ben Moshe o Andrés el judío, o mozárabes. «Por eso, a veces aparecen como autores un traductor y varios ‘socios’», –asevera Agenjo–. En puridad, no era una sola escuela, porque se relaciona con los ‘estudios’ de Salamanca (1208); o Palencia, (1218); que eran relativamente autónomos de las escuelas catredalicias. Más adelante, Alfonso X fundará la Escuela de Sevilla… Hubo una gran labor de equipos.

Sobre el funcionamiento de la biblioteca virtual, Agenjo explica que se han enriquecido los documentos ya digitalizados gracias a una aplicación: Digibib. El lector interesado no sólo puede acceder desde un punto de la web a los manuscritos, incunables y ediciones príncipe. Además dispone de otras herramientas informáticas que permiten relacionarlos entre sí y con obras de otros de autores que las han estudiado, o que han recibido influencia de ellas. Y se integran en las grandes redes Hispana y Europeana, y en otras; acompañando la navegación con registros de autoridades equivalentes a entradas enciclopédicas digitales. Todo ello bajo el sistema Open Linked Data, al que se ha adherido la Digital Public Library of America (creada en abril de 2012 y que ya dispone de 3 millones de referencias), y que lo ha adoptado junto al modelo de datos creado en Europa, el Europeana Data Mood.

TULIO H. DEMICHELI / MADRID
Día 10/07/2013 - 18.37h
http://www.abc.es/cultura/libros/20130710/abci-toledo-alfonsox-escuela-traductores-201307092023.html

domingo, 29 de junio de 2014

Escuela de Traductores de Toledo: Desarrollo de la prosa en Lengua Castellana

Desarrollo de la prosa en lengua castellana y a la labor que desempeñaron en el hecho Alfonso X el Sabio y la Escuela de Traductores de Toledo

miércoles, 19 de febrero de 2014

Esplendor y Declive de los Judios de Toledo

No es posible referirse a los judíos españoles sin tener presente a Toledo, ya que esta ciudad es donde surgió el mayor esplendor hebreo del medioevo, y de ella la gran tradición sefardí que existe hasta nuestros días.

Una villa plena de recuerdos de sus estudiosos y sabios judíos, que levantaron el conocimiento medieval europeo hasta límites casi increíbles, permitiendo recuperar conocimientos de muchas civilizaciones previas. 

Su gran esplendor tuvo lugar entre los siglos X y XIII.

 Es un hecho comprobado que en esa época los judíos españoles empezaron a desempeñar un papel esencial en la difusión de las ciencia y la filosofía del Oriente. Se dedicaron con particular ahínco a la descomunal empresa de traducir al latín los clásicos árabes, ya fueran originales como traducidos del griego. 

En esa ciudad se creó la famosa Academia de Traductores, entre donde figuraban no pocos judíos o, por lo menos, anusim, sin cuyos conocimientos de idiomas sería imposible esa tarea. Asimismo, funcionaba un centro del estudio de la Cábala, que se hizo famoso y creó la llamada "leyenda de la magia toledana".

Muchos judíos de esa ciudad castellana tenían la impresión que la ciudad habría sido fundado cuatro milenios antes por sus antepasados, descendientes directos del patriarca Noé. Suponían que Toledo había sido capital en la época de Hiram de Tiro, el rey que ayudó a Salomón a erigir el Templo en Jerusalén. 

De cualquier modo, en aquellos tiempos todos los judíos de la ciudad eran vasallos del Rey de Castilla, y estaban bajo su protección. Tenían una absoluta libertad religiosa y contaban con un gran rabino, que disponía de dayanim (jueces) y personeros, para administrar la numerosa congregación. 

El mayor barrio judío se concentraba en las pendientes al sur de la ciudad, que descienden hasta el Tajo, que de hecho se dividía en dos sectores, la Alcaná y la Aljama.

 Los hebreos más ricos se concentraban alrededor de la parroquia de S. Tomé, y no lejos estaba la llamada "Casa del Judío", que fue la residencia de don Isaac Abravanel, que prestó fondos a la Reina Isabel para que pudiera financiar la expedición de Colón. 

En 1290 el padrón de Huete, hace constar que la judería de Toledo contaba con alrededor de 5.000 habitantes judío, lo que la situaba a una distancia excepcional de todas las restantes juderías de los reinos de Castilla y León. La judería se localizaba inicialmente en la parroquia de San Martín, desde donde se fue extendiendo hacia las de Santo Tomé y San Román.

A fines del siglo XIV había en Toledo no menos de diez sinagogas, y hoy todavía se pueden contemplar dos: “Santa María la Blanca” y el “Tránsito”, fehacientes recuerdos de un pasado tan glorioso. Pero como en toda España, la comunidad fue objeto de rencor y envidia, y víctima de no pocas persecuciones.

 En el siglo XIV sufrió las consecuencias de las guerras civiles en Castilla. En 1355 las tropas de Enrique de Trastámara invadieron una de las aljamas toledanas y pasaron a cuchillo a 1.200 judíos.

 Ese rey solía realizar frecuentes "incursiones" contra los judíos de esa ciudad, de las que sacaba cuantioso botín, y afírmase que en el sitio de la ciudad de 1368 a 1369 muchos miles de judíos murieron de inanición. Finalmente, los pogromos de 1391 también llegaron hasta esa ciudad castellana, y fueron muchos los hebreos que –nuevamente- perdieron la vida de manos de la turba enfurecida.

A principios del siglo XV se privó a los judíos del derecho de ejercer cargos públicos, y en 1480 se les obligó a residir en ciertas partes de la ciudad. En mayo de 1485 la Inquisición, que antes estuvo en Ciudad Real, se estableció allí, proclamando un período de gracia de cuarenta días, que luego fue prolongado por noventa más, invitando a los conversos a presentarse ante el tribunal para confesar sus pecados.

Además, los inquisidores obligaron a los rabinos a proclamar en las sinagogas que todo judío que supiera de marranos judaizantes y no los delatara, sería objeto de una anatema, lo que era todavía un castigo muy severo para la masa devota.

Este método de obtener testimonio de los hebreos, un procedimiento que fue muy discutido en su época por su carácter perverso y malsín, llegó a convertirse en un sistema aplicado sin miramiento en todas las juderías de esa época hasta la Expulsión. Se dieron también muchos casos de cristianos que denunciaban a conversos, sencillamente para vengarse de ellos por razones totalmente ajenas a la religión. 

Y una denuncia, como se sabe, era suficiente en muchos casos para condenar al infeliz denunciado. Parece ser que casi mil nuevos cristianos fueron juzgados por el Santo Oficio. Y por último, y como suele suceder con tanta frecuencia en este relato, los apellidos Toledo y Toledano se escuchan a menudo en este rincón oriental del Mediterráneo. Entre los siglos XI y XIII, llegó a ser la Jerusalén occidental, capital indiscutible de los judíos hispanos, conserva una profunda huella sefardí. 

En el siglo XII Yehuda al-Harizi en su Tahkemoni, dejaba consignada, su admiración por el número de sinagogas de sin igual belleza que Toledo atesoraba. Tuvo dos juderías que ocupaban un sector considerable de la mitad meridional de la ciudad. 

Desde la Puerta de Cambrón hasta la calle de San Cristóbal, pasando por las del Colegio de Doncellas, de San Pedro Mártir y del Salvador, se extendía la ciudad hebrea que, ceñida al sur por el Tajo, albergaba, a finales del siglo XIV, nada menos que once sinagogas y cinco escuelas anejas a las sinagogas.

 Las dos sinagogas, que se conocen con los nombres de Santa María la Blanca y El Transito, el baño probático vecino a la primera y la casa en que habitaría posteriormente el Greco, siguen rodeados de calles quebradas y serpenteantes. 

El poema de Ya’aqob Albeneh, consagrado a la revuelta antijudía que al aljama de Toledo sufrió el 17 de Tamuz (20 de junio de 1391), en su estrofa 32 exclama: ¡Ay de las sinagogas / trocadas en ruina, / donde han anidado milanos y buitres; / pues partieron los hijos de Israel!.

 Existieron entre otras: 

1º La Sinagoga mayor; 

2º El Templo viejo; 

3º El Templo nuevo ó Nueva Sinagoga, edificada o reedificada por Yosef ben Susán y luego conocida como de Santa María la Blanca;

4º La Sinagoga del príncipe Semuel Ha-Leví Abulafia, ministro de Pedro I de Castilla, construida hacia 1357, luego iglesia de Nuestra Señora del Tránsito; declarada Monumento Nacional el 1 de Mayo de 1877;

5º Sinagoga del Cordobés, cuyo fundador parece ser un miembro de la distinguida familia procedente de Córdoba, Abraham al-Kurtubi, poeta; 

6º LaSinagoga de Ben Zizá, cuyo apellido era muy frecuente en Toledo, siendo atribuida su fundación a Yahya ben Zizé, a Bibach ben Zizé, ó a Ishaq ben Zizá ben Abuy Yosef; 

7º LaSinagoga de Ben Abidarham, también conocida como Sinagoga de Almaliquím, la cual fué construida por Rabí David ben Selomó ben Abu Darham; 

8º La Sinagoga de Suloqia ó ha-Suloqiyyá; 

9º La Sinagoga de Ben Arych; 

10º La Sinagoga de Algi’ada; y 

11º La Sinagoga de Çofer ó Sofer, mencionada en documentos de 1397 a 1403. 

En cuanto a los centros de estudio y oración (especie de colegios mayores rabínicos) que funcionaban en Toledo con el título de midrasím, madrisas o madrasas: 

1º La madrisa de Rabbi Ya’aqob, cuyo nombre pudiera deberse al recuerdo de Rabi Ya’aqob ben Aser, el autor de los Turim, fallecido en 1340; 

2º Lamadrisa de Ben An-neqawa, cuyo nombre nos recuerda a su fundador Semuel al-Neqawa, asesinado en 1341; 

3º La madrisa de Ben Wa’qar, que fué fundada por la familia toledana de los Ben Wa’qar, en la cual figuran entre otros el cabalista Yosef y el médico del rey Alfonso XI, Semuel Abenhuacar; 

4º La madrisa de Rabí Israel, cuyo nombre conmemora el de Rabi Israel ben Yosef Israelí, fallecido en 1326, amigo de Aser ben Yehiel;

 y 5º La madrisa de Rabi Menahem, que perpetuaba el recuerdo de Menahem ben Zérah, autor de Zedah la-Dérek, fallecido en Toledo en 1385. 

En la Biblioteca de la Catedral de Toledo, existe una magnífica colección, con la mayoría de los manuscritos traídos de Italia en el siglo XVIII por el Cardenal Zelada. En su callejero cuenta con: Calle Samuel Leví, Calle Sinagoga y la Travesía del Judío. 

Existieron dos cementerios judíos: uno en el "Cerro de la Horca", donde fueron reaprocechados materiales de un cementerio musulmán del siglo XI; y otro en la zona de "Fábrica de Armas", en el sector de la Vega más cercano al río.

Fuente: http://sefardies.es/ver_localidades.php?id_localidad=599

viernes, 31 de enero de 2014

Historia de la Escuela de Traductores de Toledo

En 1843, Charles Jourdain volvió a editar las investigaciones de su padre, Amable Jourdain, que habían sido publicadas en 1819, después de la muerte de su autor y con involuntarios errores.


 El capítulo III (donde aparece la primera mención histórica de la escuela de traductores de Toledo) fue el último que pudo corregir en vida Amable Jourdain y se puede considerar una «versión definitiva». Su hijo tuvo que rectificar, sin embargo, una falsa atribución: el epílogo al comentario de Averroes a la Ética a Nicómaco no pertenece a Herman el Alemán, su traductor.

Los hallazgos de Jourdain reaparecen (aunque con intenciones muy diferentes) en Averroes y el averroísmo (1852), de Ernest Renan, y en la Historia de los heterodoxos españoles (1881), de Marcelino Menéndez Pelayo; autores que sólo tenían en común la extrema juventud (en el momento de escribir esas obras, Renan tenía veintinueve años y Menéndez sólo veinticinco) y que ambos citan literalmente los párrafos de Jourdain que describen el llamado «collège de traducteurs».

La obra de Renan, consecuencia indirecta de la crisis moral que produjo en muchos intelectuales franceses la fallida revolución de 1848, es reveladora de una erudición laica y combatiente.

Las informaciones de Jourdain, junto con las de Munk, Müller, Steinschneider, Amari, Dozy, Gosche y Gayangos enriquecen las investigaciones directas y amplísimas con las que Renan defiende la consigna «mi religión es el progreso de la razón, es decir, de la ciencia» (Renan, 1949: 8) que amplió en obras sucesivas (Essais de morale et de critique, 1859; L’avenir de la science,1890) o en reflexiones autobiográficas (Souvenirs d’enfance et de jeuneusse, 1883)

Para Renan, el dogmatismo religioso que abomina del pensamiento libre conduce a las civilizaciones al fanatismo, al embrutecimiento y a la inmoralidad. Los ataques a la heterodoxia de Averroes por los integristas musulmanes o por la escolástica medieval cristiana despliegan densas sombras sobre el XIX francés, al que Renan, convencido de la verdad de la ciencia, quiso ver libre de las supercherías y del envilecimiento de los fanáticos modernos.

 En el escenario de esa reflexión poderosa, la llamada «escuela de traductores de Toledo» merece una referencia fugaz que repite casi literalmente a Jourdain:

Las primeras obras traducidas del árabe no fueron obras filosóficas. La medicina, las matemáticas, la astronomía, habían tentado la curiosidad de Constantino el Africano, de Gerberto, de Abelardo de Bath, de Platón de Tívoli, antes de que se soñase pedir enseñanzas filosóficas a infieles como Alfarabi y Avicena. 

El honor de esta tentativa, que había de tener tan decisivo influjo en la suerte de Europa, corresponde a Raimundo, arzobispo de Toledo y gran canciller de Castilla de 1130 a 1150. Raimundo forma en torno suyo a un colegio de traductores, a la cabeza del cual se halla el arcediano Domingo Gundisalvo o González Domenicus Gundisalvi. Varios judíos, entre los que el más conocido es Juan Avendeath, trabajaban bajo sus órdenes. 

Este primer ensayo versó principalmente sobre Avicena. Gerardo de Cremona y Alfredo Morlay añadieron, algunos años más tarde, diferentes tratados de Alkindiy de Alfarabi. 

Así, desde la primera mitad del siglo XII, eran conocidas de los latinos las más importantes obras de filosofía árabe (Renan, 1949: 145146).Debemos entender que Renan traslada esta noticia interesado sobre todoen resaltar la figura de Raimundo, nombre al que asocia con una libertad de pensamiento que la historia posterior se encargará de reducir y después aniquilar.

Raimundo, francés y cluniacense, tiene la función de una imago retórica, una figura «ejemplar» que ilumina la escena de la traducción medieval de un modo grato, aunque no rigurosamente —como sabrá la posteridad— verdadero. 

Más compleja es la inclusión de la misma referencia de Jourdain en La historia de los heterodoxos españoles. Menéndez Pelayo aspira a refundar Hispania, una patria esencial y católica, cuyos orígenes pesquisa entre los turanios, celtas e íberos y expande por el orbe hasta cubrir la Península y América y el siglo XX. Pero el anacronismo de su ideología (tan contundente, que sus contemporáneos, después de temerle, trasladaron a las generaciones siguientes la tarea de olvidarlo) no debería velar la riqueza extraordinaria de su mirada sobre la cultura española.

Empeñado en denunciar las heterodoxias que debilitaron la construcción de la imaginada Iberia, termina por revelar que la historia española no es otra cosa que la suma de esas heterodoxias. Y en ese grandioso recuento de diferencias instala a la escuela de traductores de Toledo, a la que llama todavía con las palabras de Jourdain:«colegio de traductores toledanos».

 Repitiendo a Renan (autoridad que califica de «nada sospechosa») menciona a Raimundo, el arzobispo de Toledo, como mecenas de las traducciones filosóficas que dividieron la historia filosófica y científica de la edad media. No le atribuye ninguna biografía ni exalta en exceso su papel; se limita a subrayar que era arzobispo, una dignidad de la Iglesia católica, prueba suficiente para él de la falsedad del fanatismo de la clerecía. Pero Menéndez Pelayo no se limita a este apunte.

Debajo de la pequeña historia de los «traductores toledanos» traza con melancólica energía ese diálogo postrero entre linajes vencedores y los que serán exterminados, vilipendiados u olvidados: los «hispanoárabes», «nuestros judíos», los mozárabes. 

El «otro que llevaba dentro», como describió Américo Castro, habla desde los oscuros pliegues del texto y masacra con saña a los cluniacenses que «fueron acrecentando día tras día sus rentas y privilegios»; echa chispas contra los protegidos de «don Raimundo de Borgoña» como « Gelmírez, ostentoso, magnífico, amante de grandezas y honores temporales, envuelto en perpetuos litigios, revolvedor y cizañero», y termina por abominar de la «ampulosa y vacía retórica que trajeron los compostelanos» (Menéndez Pelayo, 1956: 458, 459).

Quedan reseñados así dos Raimundos. Uno, que coincide con el velado retrato de Menéndez Pelayo, se describió modernamente de este modo:

Son pontificat, presque aussi long que celui de son prédécesseur (11251252) coïncida avec l’accession au royaume de CastilleLeón au rang de puissance hégémonique en Espagne avec Alphonse VII, qui s’intitulait «empereur d’Espagne» (11261157).Il organiza le chapitre du point de vue juridique et économique. En 1138, il enfixa le nombre à vingtquatre «grands chanoines» et six «chanoines mineurs». Illeur assigna la moitié de la tierce épiscopale levée sur les dîmes de la ville de Tolèdeet la moitié des donations funéraires. Il se réserva les deux tiers de rentes les plusgrasses, celles que produisaient les propiétés que la cathédrale avait reçus en donation des rois et des particuliers. Le pouvoir offre de ces compensations (Hernández,1991: 85).

El otro Raimundo, cuya figura ha ido incrementando la repetición y la posteridad, deriva directamente de la breve mención de Jourdain, que Renan y Menéndez Pelayo utilizaron para construir una imag o retórica, una mera figura con la que demostrar argumentos diferentes. En el texto de Renan tiene vislumbres de «embajador de la cultura», en el discurso dialógico de Menéndez (ese peregrinar contradictorio entre su ideología reaccionaria y la extraordinaria descripción de la heterodoxia hispánica) Raimundo es tanto «protector de la libertad de pensamiento» como «corruptor de la sincera religiosidad española».

Pese a que resulta evidente que estas figuras textuales no pueden corresponder a ningún personaje real, cierta historiografía sobre las traducciones medievales se ha limitado a repetir un tópico. Los investigadores modernos que han indagado sobre el papel que tuvo el arzobispo Raimundo en esos traslados no dudan en señalar: En dehors de cette dédicace en el opúsculo de Qustâ ibn Lûqâ: De differentia spiritus et animae, il n’existe autre preuve que l’archevêque Raymond ait patronnédes traductions (Jacquart, 1991: 168).

Coinciden con esta opinión Julio Samsó, José Gil y Francisco Márquez Villanueva (que cita a su vez el testimonio de Ángel González Palencia).Ytanto Samsó (1996: 18) como Jacquart (1991: 181, 182) rescatan del olvido a otros arzobispos posteriores como más veraces promotores de las traducciones medievales: Juan, tan oscuro como Raimundo; Rodrigo Jiménez, que encarga una nueva traducción del Corán (la primera había sido solicitada a Roberto de Ketton por Pedro el Venerable Samsó, 1996: 18), y Gonzalo Pedro Gudiel, perteneciente a una familia del patriciado de Toledo, lógicamente bilingüe árabe castellano, y que fue arzobispo de Toledo después de 1280. 

Descartada la posibilidad (a la espera de confirmación) de que el mismo Raimundo que repartía prebendas a los suyos fuera quien hubiera iniciado las traducciones toledanas, queda por verificar la existencia misma de la institución.

La afirmación de Jourdain no iba más allá de sugerir la existencia de un collège, un grupo de personas del mismo oficio, lo que modernamente llamaríamos un «colectivo». En 1874, Valentin Rose (Jacquart, 1991: 179) ya había convertido aquella palabra en Schule, como después se hizo en castellano. La nueva denominación sugiere otra cosa y además equívoca: no un grupo de profesionales sino una institución educativa y hasta cierto punto reglada. 

Tal interpretación ha sido sucesivamente desmentida, sin embargo, permanece la idea de que la Iglesia católica hubiera amparado y albergado estas actividades. Tampoco esto es rigurosamente verdadero, como analiza MárquezVillanueva: Está fuera de toda duda que en Toledo se estudiaba y no sólo se traducía. … .

Lo curioso es que no quede testimonio directo acerca de cómo ni dónde se impartían los conocimientos que los selectos peregrinos del saber venían a buscar a Toledo, por simultáneo contraste con las masas que venían a buscar la organizadísima experiencia religiosa de Compostela. 

Toledo no tuvo universidad hasta entrado el siglo XVI (y aun entonces muy secundaria), y el hecho de que, tratándose de tan importante sede primada, no desarrollase siquiera una escuela episcopal ni aun de mínima importancia, no puede calificarse de menos que asombroso.

Lo mismo que ha rondado la tentación de pensar en algún tipo de academia como base de la labor traductora, no faltan tampoco expertos que se hayan inclinado a cantar las glorias de la escuela episcopal sin ningún apoyo documental y llevados sólo de la persuasión (lógica pero inexacta) de que su ausencia hubiera sido inconcebible. …

Es forzoso deducir que la enseñanza era puramente privada, y que no había intervención alguna ni del poder civil ni de la Iglesia (MárquezVillanueva, 1996: 30). ¿Y qué debemos entender por enseñanzas privadas? Se alude a formas de transmisión del saber (y a un saber) no necesariamente cristianos. El magisterio lo impartían judíos o mozárabes; las disciplinas que enseñaban correspondían a parcelas de conocimientos diseñadas por el mundo islámico: filosofía, astrología y artes mágicas.

A principios del siglo XIII, casi todos los filósofos árabes y judíos, si exceptuamos a Avempace y a Tofail, conocidos sólo de oídas por los escolásticos, y a Averroes, cuya influencia directa principia más tarde, estaban en lengua latina. Alkindi, Alfarabi, Avicena, Algazel, Avicebrón y los libros originales de Gundisalvo corrían de mano en mano, traídos de Toledo como joyas preciosas. 

Una nube preñada de tempestades se cernía sobre los claustros de París (Menéndez Pelayo, 1956: 494).Y este predominio científico y filosófico de lo oriental se mantuvo durante el reinado de Alfonso X, al que perversamente se llamó «el astrólogo» (antes de «el sabio»), como recuerda Márquez Villanueva, por favorecer los estudios que habían dado fama a Toledo de ser una ciudad donde «podía estudiarse todo lo que un cristiano no debería saber».

No cabe duda de que este monarca creó instituciones que nos permitirían hablar de una «escuela de traductores toledanos», pero lo más grandioso de las academias alfonsíes, como de todo el período anterior, fue la supervivencia deformas de cultura y de transmisión del saber de esos otros no integrados a la historia hispánica. 

Porque reducir el gran legado toledano a algunas traducciones heréticas u olvidadas o construir a su alrededor formas y convenciones de producción del saber, es repetir lo que ocurrió en otros territorios europeos monolingües, con una edad media menos rica que la nuestra.

 En esos siglos oscuros, antes de las expulsiones, el exterminio o la integración, judíos, musulmanes, mozárabes conservaban la lengua de cultura del Mediterráneo: el árabe, y vivían todavía sus mejores sabios y poetas: Averroes (11261198), Maimónides (11351204), Jehudá Alharizí (11701230) o Jehudá Haleví (1075?1140), a quien Menéndez Pelayo proclama uno de los mejores poetas castellanos.

Y había entre ellos médicos, filósofos, traductores y maestros. Y tenían bibliotecas, códices, colecciones y hasta sofisticados instrumentos científicos. Eran, casi, toda la cultura que había en la Península.

 Debemos a Amable Jourdain el «descubrimiento» de la escuela de traductores de Toledo; a la posteridad cabe describir qué fue, pero más importante aún, qué extraordinarias formas culturales le permitieron existir.

Los textos que siguen no pretenden resolver ese misterio. Son una selección de los primeros y mejores estudios de las traducciones medievales que suelen citar otros autores. El lector encontrará reflexiones más recientes en la bibliografía con la que concluye esta antología.

Bibliografía:

GIL, José (1985). La escuela de traductores de Toledo y los colaboradores judíos. Toledo:Instituto Provincial de Investigaciones Toledanas.
GONZÁLEZPALENCIA, Ángel (1942). El arzobispo don Raimundo de Toledo. Barcelona.Citado por MÁRQUEZVILLANUEVA, Francisco (1996). «In Lingua Tholetana». En La escuela de traductores de Toledo. Diputación Provincial de Toledo, p. 2334
JACQUART, Danielle (1991). «L’école des traducteurs». En Tolède XIIXIII. Musulmans,Chrétiens et juifs: le savoir et la tolérance. París: Éditions Autrement. Série Mémoiresnúm. 5, p. 177191.
HERNÁNDEZ, Francisco. «La cathédrale, instrument d’assimilation». En Tolède XIIXIII.Musulmans, Chrétiens et juifs: le savoir et la tolérance. París: Éditions Autrement.Série Mémoires núm. 5, p. 6874.
MÁRQUEZVILLANUEVA, Francisco (1996). «In Lingua Tholetana». En La escuela detraductores de Toledo. Diputación Provincial de Toledo, p. 2334.
MENÉNDEZPELAYO, Marcelino (1956). Historia de los heterodoxos españoles. Madrid:BAE. 2 vol.
RENAN, Ernest (1949). «L’avenir de la science». En Oeuvres Complètes. París: CalmannLévy. Vol. III, p. 719. Citado por Gabriel Albiac, prólogo de Averroes y el averroísmo. Madrid: Hiperión, 1992 (Traducción de Héctor Pacheco Pringles).
SAMSÓ, Julio. «Las traduciones toledanas en los siglos XIIXIII». En La escuela de traductores de Toledo. Diputación Provincial de Toledo, p. 1722.La historia de la escuela de traductores de Toledo Quaderns. Revista de traducció 4, 199913

Fuente: http://www.webislam.com/articulos/27035-historia_de_la_escuela_de_traductores_de_toledo.html

jueves, 21 de noviembre de 2013

«Toledo. lugar único para la Magia»

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Fernando Ruiz de la Puerta abrió el ciclo de conferencias sobre supersticiones medievales que organiza la Asociación Tulaytula hasta el próximo mes de mayo

¿Hubo en realidad una escuela de nigromancia en el Toledo medieval, tal y como han transmitido hasta nuestros días numerosos autores procedentes de diversos puntos de Europa, y cuyas bases parecen entremezclarse con el rico crisol cultural de esta ciudad entre los siglos XI y XIII? ¿Sería posible establecer una conexión entre los supuestos nigromantes toledanos y algún enclave específico de la ciudad o bien, como sucedió con la denominada ‘Escuela de Traductores’, estaríamos hablando de un clima, de un contexto, en lugar de un referente físico como tal?



Son preguntas que ayer planteó el divulgador Fernando Ruiz de la Puerta durante la conferencia que abrió el ciclo ‘Magia y superstición en el Toledo medieval’, organizado por la Asociación Tulaytula. ‘La escuela de nigromancia en Toledo’, título de la ponencia, consistió en un recorrido por las artes adivinatorias medievales. 

«La nigromancia es la práctica supersticiosa que pretendía conocer el futuro a partir de las invocaciones de los muertos y de los demonios», puntualizó Ruiz de la Puerta, quien repasó sus manifestaciones a lo largo de la historia y citó algunas de las escasas fuentes medievales que han llegado hasta nosotros tras sobrevivir a siglos de destrucciones y expurgos. 

«Uno de los más importantes fue el Liber Picatrix, atribuido a Maslama al-Mayriti, una colección de conjuros talismánicos e invocaciones que tendrá una enorme influencia sobre los grimorios -los libros de fórmulas mágicas- medievales».

El conferenciante citó también a autores alemanes como Cesario de Heisterbach, un personaje de los siglos XII-XIII que escribió Dialogus Miracolorum. «Se trata de un texto que la propia Iglesia citaba en sus sermones litúrgicos con fines morales, para hacer llegar a los fieles el mensaje de que todos quienes se dedicaban a estos asuntos acababan mal». Otro autor que forma parte de este contexto, en este caso inglés, fue Odo de Chériton, autor de Sermones Dominicales in Epistolas.

 «La ciudad de Toledo ocupaba un lugar fundamental para ellos y para otros muchos. Fue un lugar único para quienes se interesaron por asuntos mágicos. No solamente dentro de Castilla, ni del resto de España, sino en todo el mundo conocido».

El conferenciante, quien señaló que la investigación sobre este tipo de asuntos «no es solamente cosa de friquis, sino que ha interesado a medievalistas como el propio Eloy Benito Ruano, catedrático de Historia Medieval y secretario perpetuo de la Real Academia de la Historia, que le dedicó su libro A Toledo, los diablos (Sociedad Española de Estudios Medievales, 1995)», recordó que esta ciudad en época de Al-Mamún (siglo XI, poco antes de la reconquista cristiana) albergaba una de las mayores bibliotecas del mundo, compendio de multitud de libros traídos desde Oriente y de las ricas bibliotecas cordobesas de la época califal. «En otras palabras, lo que es hoy la enorme Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos». 



¿Qué dicen al respecto de este fecundo clima cultural los historiadores menos dados a fabulaciones?

 «La teoría más ortodoxa es que la escuela de nigromancia de Toledo no existió como tal -ni mucho menos como una institución física, como tampoco lo fue la denominada ‘Escuela de Traductores’-, sino que fue una especie de idea distorsionada a partir de los miles de estos textos que los traductores y copistas medievales encontraron reunidos en una misma ciudad en este momento y durante los siglos posteriores, libros considerados extraños por una sociedad que acabaría por acuñar la idea de toda una ciudad de nigromantes».

sábado, 16 de noviembre de 2013

El Toledo Judio: La Cábala Universal


Quiero dormir en las raíces del silencio”

- He pasado por el “Arquillo”, en ese caminar hacia al Al-aqaba para llegar a mi Judería y allí reencontrarme con los míos.

Tal vez todo esto tenga sentido, porque desde el arrabal de arriba, Toledo me parece más grande, más majestuosa. Yavhé me ha permitido sentirme feliz-.

Así hablaba Yosef ibn Ferrusel, aquel administrador del rey Alfonso VI que durante tanto tiempo protegió a los suyos en toda Castilla, amigo íntimo de Jehudá Ha-Leví.

Más cuando se cruzó por el adarve Abzaradiel, en esa estrecha calle entre la plaza de Santo Tomé y la llamada puerta de los judíos, al ver al corregidor de la ciudad, le dijo con voz pausada:

- Señor corregidor: Yo trato de privarme de ideas. Todos los días me quito alguna, pero siempre me quedan demasiadas.



Toledo, es una ciudad maravillosa. Altiva y consecuente con el paisaje. Tal vez, desde los Cigarrales uno puede distinguir el trazado de cada barrio medieval, porque las almenas y las torres de sus iglesias, advierten de un pasado religioso lleno de misticismo.

Entre sus muros, las casas se apiñan para inventar un cuadro del Greco o tal vez, para airear un ambiente hecho para la admiración.

Pero hay algo que fascina en su advertencia.

Su Judería, su inconmensurable mundo levítico, habitando la décima parte de toda la ciudad amurallada hacia el oeste. 

El arrabal de los judíos se emplazó en el llamado barrio de San Martín, entre la puerta del Cambrón y las aguas verdes de ese majestuoso río Tajo. 

Allí, los árabes acurrucaron a las familias judías tras la conquista de Toledo, dejando que unos años después, allá por el 1290 levantaran la muralla para su protección del resto de la comunidad.

Calle de la judería

Las limitaciones de la judería por la parte interior, las constituyen los distintos adarves que se van erigiendo según vaya progresando la comunidad, cercándolos intermitentemente.

Eran varios barrios no deslindados entre sí, porque esta comunidad fue creciendo con el paso de los años, creciendo los adarves, las cercas y los recintos amurallados, abriendo callejas constantes, estrechos callejones sin salida, pequeños recintos cerrados de casas formando un entramado de muros con puertas, vías, pasajes radiales que se comunicaban entre sí, dando una imagen perfecta de la idiosincrasia de esta cultura ancestral.

Por eso uno mira sin mirar y observa ensimismado.

El Toledo imperial, antes fue el Toledo judío, porque allí, se reunirían el mayor número de familias hebreas que una tierra hispana podía ofrecer. 

Desde la Judería primitiva o Madinat al-yahud, delimitada por las aguas del río entre sus dos grandes llamadas, la puerta emblemática del Cambrón y el llamado puente de San Martín. Luego la Assuica, zoco o mercado, situado en la zona en torno a San Juan de los Reyes y la calle del Ángel.

Calle de la juderia

Tal vez, en aquella calle de Santo Tomé, en la actual plaza del Conde y la primera parte de las calles de Alamillos y San Juan de Dios, se cruzaban diariamente Joseph ibn Ezra, en el siglo XII con las familias que, huyendo de los almohades, venían a afincarse a esta ciudad, modelo y ejemplo de la convivencia pacífica entre los pueblos.

Luego, en el Montichel, esa zona de paseo entre San Cristobal y la calle de los Descalzos, sin olvidar los Caleros en torno a la plaza de Valdecaleros y sus numerosas callejuelas que le dan vida a su alrededor.



El barrio de Hamanzeite, el de Arriaza, cerca de las carnicerías o el Alacava, muy habitado y popular, inducían al encuentro y desencuentro.

Sinagoga Santa María la Blanca

Pero todos querían acercarse a la sinagoga de Samuel Ha-Leví o bien llamada del Tránsito. Fue construida muy tarde, allá por el siglo XIV. Hecha por artesanos de la piedra y sobre todo, aquellos talladores venidos de Tudela, dominadores de ese estilo gótico-mudéjar, por el tesorero del rey Pedro I, el Cruel.

Los grupos, según vivieran en uno u otro barrio, recorrían la ciudad, visitaban a sus familias de artesanos, hablaban de la Torá y sentaban todos sus planteamientos morales.

Tal vez, los de Caleros, se cruzaban con los cristianos que iban a la iglesia de Santo Tomé, mientras ellos iban a su sinagoga por el ajibillo de Caleros; quizás, dejando de lado las dos sinagogas del siglo XII, la de Yosef ben Shoshan o Santa María la Blanca, mudéjar también, o la de Soler, que era la del escriba y que reunía a los maestros de las madrazas del barrio de Alacava.

Murallas en la zona judía

El Toledo judío me maravilla. Me hace sentirme pleno de alegría por contemplar tanta riqueza arquitectónica entre el sentimiento de una cultura eterna. Pasar por la casa del judío en la actual Travesía de la Judería, número 4, o por la llamada Calle Grande, esa actual bajada de San Martín, o por el Degolladero, palabra que aludía al “matadero judío”, cerca de ese horno de pan cuya aroma inundaba todo el barrio.

Es increíble, porque aún ahora se mantiene vivo en la esperanza de seguir inmerso en la grandeza de su cultura religiosa. Sus pensadores, hombres grandes de periodos confusos, hicieron más grande el Toledo medieval.

Samuel Ha-Leví dijo con voz pausada, mirando el mercado de la Assuica, en la zona de San Juan de los Reyes:

- Me dormí y soñé que la vida era belleza; me desperté y ví que era deber.

Todo era un pensamiento imbuido por sus sentimientos de la ciudad que les había visto nacer y que les arropaba con orgullo.

Después, él y algunos más, bajaban hasta la actual Casa del Greco donde antaño estaban sus baños, ene se barrio de Hamanzeite, en ese segundo nivel, debajo de la alcoba del antiguo palacio, al lado del aljibe. 

Allí, entre las aguas que limpiaban impurezas mundanas, compartían sus ensayos, pensamientos, vivencias y diatribas morales de alto fluir entre los suyos. Eran los grandes de la Judería.

Arquillo, calle del Ángel

Pero éste no era su único baño, pues daban a la limpieza del cuerpo tanta importancia como a la limpieza del alma. 

Por eso, el baño de Hamman, el de San Juan de Dios, el de la calle del Ángel con sus cuatro salas, reutilizado después como baño privado o litúrgico unido a las sinagogas de al lado; el baño del callejón de Caños de Oro, el de la Alacava o el de Santa Ana, debajo de esa capilla a la santa que después allí se ubicase. 

Todo en grandeza para sentirse plenos entre la ciudad universal, reina de reyes.

Al final, cerca del llamado castillo viejo de los judíos, al lado del jardín de San Juan de los Reyes, Ibn Ferrusel dejaba constancia de su labor, mientras en la Escuela de Traductores Moshé Cohen, traduciría obras de astronomía del árabe al romance, mientras entre tiempo de descanso dedicaba sus buenos artilugios didácticos al tema de la magia de aquel conocido Picatrix.

Amigos, Toledo me maravilla en todos los sentidos, pero ahora quiero resaltar el Toledo Judío por su cultura y su cruce de pensamientos que hacen del tiempo pasado un futuro esplendoroso. Admirémoslo y nos sentiremos bien.

Escrito por Miguel Romero Saiz. En Nuestros pueblos

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