Mostrando entradas con la etiqueta SIGLO XVI. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta SIGLO XVI. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de junio de 2023

Hallaron en Toledo un posible Santuario anterior al siglo XVI

Un derrumbe parcial en la Senda Ecológica, concretamente entre los puentes de Alcántara, registrado el pasado 12 de abril ha dado lugar al descubrimiento de un posible santuario anterior al siglo XVI.


La alcaldesa de Toledo, Milagros Tolón, visitó el hallazgo registrado.

La primera edil, acompañada del jefe de Obras e Infraestructuras, José Romero, y del responsable de la asistencia técnica arqueológica, Antonio Gómez, ha visitado la zona donde ha intercambiado impresiones en torno a este hallazgo que será estudiado en profundidad una vez que concluyan las obras de estabilización del muro cuya finalización está prevista en dos meses.

Milagros Tolón ha tildado el descubrimiento de "muy importante" y ha mantenido que los técnicos apuntan a una posible vinculación con la Fábrica de Harinas que se encuentra a escasos metros o incluso de la posibilidad de que pueda datarse en la misma época que el puente de Alcántara, según ha informado el Ayuntamiento en nota de prensa.

En todo caso, se trata de hipótesis, tal y como ha apuntado la alcaldesa que deberán ser estudiadas a fondo una vez que concluyan las obras si bien cabe la posibilidad de que se trate de arte medieval de entre los siglos VII y IX.

De otro lado, el arqueólogo municipal, Antonio Gómez, ha asegurado que el interior de la cueva presenta "aparentemente" dos arcos de herradura que podrán llevar a pensar que se trata de un antiguo santuario o eremitorio.

Se trata de que "concluyan las obras y de proceder a excavarlo, limpiarlo y documentarlo bien", ha mantenido.

Preguntado por la existencia de algún otro resto similar en la ciudad, Antonio Gómez ha mantenido que hay restos visigodos documentados junto al Cristo de la Luz si bien "es necesario entrar y estudiar previamente esta hallazgo para su valoración".

En cuanto a otros detalles, ha avanzado que la estructura presenta también un arco de herradura afectado por "un derrumbe parcial que parece que tiene relleno y que confiamos en que nos pueda dar alguna información" y que tiene unas dimensiones de unos 7 x 8 x 3 de altura.

En una rueda de prensa en la que portavoz del Gobierno local, Noelia de la Cruz, ha avanzado los últimos acuerdos de la Junta de Gobierno Local, ha mantenido que la actuación de emergencia que se desarrolla en la zona cuenta con un presupuesto de 225.000 euros y está incluida dentro del Plan Especial del Casco Histórico de Toledo (PECHT), en coordinación con la Consejería de Cultura y la Junta de Comunidades.

Por el momento, ha finalizado, la zona está "acotada, vallada y cerrada al paso".

https://labitacoradejenri.blogspot.com/2023/04/hallan-en-toledo-un-posible-santuario.html

miércoles, 24 de mayo de 2023

Amada Esposa, Leonor de Toledo (1522-1562)

Retrato de Leonor de Toledo. Bronzino. 

Con este cariñoso apodo fue conocida y recordada una española en la fastuosa corte de los Médici.

 Leonor de Toledo llegó a Florencia por razones de estado pero pronto se ganó la estima de su marido y de su pueblo. 

Fue madre de once hijos y una de las más importantes mecenas del renacimiento tardío.

Una española en Nápoles
Leonor Álvarez de Toledo y Pimentel-Osorio nació en la localidad salmantina de Alba de Tormes hacia 1522. Leonor venía de alta cuna. Sus padres eran Pedro Álvarez de Toledo y Zúñiga, virrey de Nápoles y Juana Osorio y Pimentel, II marquesa de Villafranca. Era además, nieta del segundo duque de Alba, don Fadrique Alvarez de Toledo y Enríquez.

La joven aristócrata pasó muy poco tiempo en España. Con diez años, Leonor y toda su familia se trasladó a vivir a Nápoles donde su padre debía de tomar el título de virrey, cargo asignado por el emperador Carlos V.

Una española en Florencia
Cuando Leonor se convirtió en una bella joven de 17 años, su padre y el emperador vieron en ella la candidata perfecta para casarla con Cosme I de Médici, algo que al duque también le beneficiaba. Así, en 1539, se casó con la joven española en la basílica de San Lorenzo de Florencia. Leonor aportó al matrimonio una importante herencia así como una alianza estratégica con el virrey de Nápoles y el emperador.

Retrato de Leonor con su hijo. Bronzino. Wikimedia Commons

Un matrimonio de amor y arte

A pesar de haber sido un enlace concertado, la pareja vivió enamorada. Tuvieron once hijos, de los cuales cuatro murieron aun en vida de sus padres, llenando de tristeza a Leonor.

La nueva duquesa, una mujer culta y amante del arte, dedicó parte de su vida y su fortuna a llenar Florencia de arte. En 1547 fundó la Academia Literaria Deglo Elevatti y dos años después adquiría el Palacio Pitti, que con el tiempo aglutinaría un número importantísimo de obras de arte.

Además, Leonor ejerció un importante papel como mecenas de algunos artistas como Pontormo o Bronzino, quien la inmortalizó en varias ocasiones, siendo el retrato con su hijo Juan uno de los más conocidos.

La muerte de la madre
Leonor fue una mujer prolífica que dio a la dinastía de los Médici grandes nombres como sus dos hijos duques de Toscana, Francisco y Fernando. Sería también la abuela de la futura reina de Francia, María de Médicis.

Leonor amó y cuidó a sus hijos. Muchos de ellos fueron víctimas de la malaria y la tuberculosis. Una de estas dos enfermedades, no se sabe exactamente cual, fue también la causa de la desaparición de la gran duquesa. Tenía 40 años cuando moría en Pisa el 17 de diciembre de 1562. Poco antes había visto morir a sus amados hijos Juan, García y Lucrecia.

Cosme I de Médici lloró sinceramente la muerte de su esposa.

https://www.mujeresenlahistoria.com/2011/06/amada-esposa-leonor-de-toledo-1522-1562.html

martes, 2 de marzo de 2021

Viejos Empedrados y Aceras de Toledo. Ordenanzas y obras hasta el siglo XIX

En 1849 solo había aceras en la calle Ancha y en el ámbito alrededor de la Catedral


Rafael del CERRO MALAGÓNTOLEDO 
Actualizado:17/02/2021 11:22h

Las calles de las antiguas poblaciones europeas eran, según la época del año, parajes de polvo o barro aliñados con basuras y la natural presencia de varias especies zoológicas vivas o muertas. En las vías públicas el vecindario crecía, vivía, trabajaba de sol a sol e, incluso, caía inerme, víctima del hambre, la enfermedad o la edad sobre un infernal piso, no siempre con alcantarillado para recibir las salidas de los albañales.

A finales del medievo, con el auge del comercio y los gremios, los principales concejos españoles, bajo la figura del corregidor -delegados del poder real- empiezan a regular todos los aspectos de la vida diaria. 

Izqda.el callejón de los Niños hermosos, sin aceras y el suelo de guijarros con una vertiente central

En Toledo, se documenta ya el arreglo de las calles, al menos desde 1497, cuando aún eran de tierra, según refiere Eloy Benito Ruano (1988). La siguiente reseña es una real provisión de Fernando V (el Católico) enviada a Pedro de Castilla, corregidor de la ciudad en 1502. 

En ella se alude a la presencia de lodos, «polvo y otras inmundicias« causantes de olores y dolencias por lo que se ordena «hacer madres» (alcantarillas) para acoger la aguas y «otras viscosidades» y cubrir las calles de canto y ladrillos. 

Vista la mala calidad de estos últimos quedaron desechados en favor del empedrado que, además, ayudaría a afianzar los cascos de las caballerías en las cuestas. Los gastos se cargarían a los dueños de sus casas, incluido el «estado eclesiástico», y a la Ciudad, allí donde nadie tuviese «pertenencias».

Sobre el aspecto de las vías públicas, Luis Hurtado de Toledo, en las conocidas como Relaciones de Felipe II, anotaba en 1576: «no hay calle ni callejuela que no tenga su madre mayor con ramal de barrio», cubiertas por bóvedas «flacas y someras», pero que solían hundirse con el paso de los carros del aprovisionamiento. Aquello detenía las aguas residuales, creaba focos infectos y exigía continuos arreglos dejando unas calles «barrancosas y mal empedradas». 

Por entonces, el corregidor Juan Gutiérrez Tello afrontó varias mejoras en la ciudad, sobre todo en las vías principales, pero la posterior desidia municipal las devolvió pronto a un precario estado. Tan hostil realidad la reseña, un siglo después (1679), la cosmopolita condesa D'Aulnoy de este modo: «las calles son estrechas, mal pavimentadas y difíciles. 

Foto de Abelardo Linares de la calle Santa Isabel (ca. 1915), aún con el primitivo empedrado sin aceras.

Lo que hace que todas las personas de calidad vayan allí en sillas de mano o literas». Y así ocurría en otras muchas ciudades.

En el siglo XVIII, Toledo era ya un núcleo eclesiástico y conventual, con un declive demográfico y económico, especialmente en su primera mitad, mitigado con las medidas ilustradas de Carlos III (creación de la Fábrica de Armas) y del cardenal Lorenzana, impulsor de profusas reformas urbanas y asistenciales. 

Sin embargo, los efectos de la contienda contra las tropas napoleónicos (1808-1814) dejaron en la ciudad hondas huellas como también hicieron, a partir de 1835, los efectos desamortizadores referidos por los primeros viajeros románticos.

 Téophile Gautier, sobre el estado de las calles de la ciudad, en 1840, escribió: «el pavimento es de guijarros pulidos, brillantes y puntiagudos, que parecen haber sido colocados a propósito por el lado más afilado (…) aquel empedrado tallado a punta de diamante, que hace gritar de dolor al viajero habituado a las blanduras del asfalto Seyssel y las elasticidades del betún Polenceau».

Por entonces, ya había cuatro cuarteles o distritos atendidos, cada uno, por un maestro de obras municipal para notificar cualquier daño. En 1813, un cabal informe repasa los profusos «hoyos» existentes en los barrios cuyos arreglos generó roces entre los empedradores y los trabajos de ciertos alarifes, según cita Jiménez de Gregorio (1980). 

Nunca hubo planes generales de pavimentación. Lo habitual era aderezar las vías esenciales, las que subían desde las puertas de las murallas al centro y las bajadas hacia el río, como eran las de Pozo Amargo o del Barco. En esta última, en septiembre de 1830, una tormenta arrasó el empedrado y las cloacas hasta la plaza de los Tintes.

Los arreglos urbanos siempre fueron algo costoso y, en consecuencia, discutido entre los ediles y la población. En marzo de 1838, el Jefe Político de la provincia firmaba un edicto a fin de que los vecinos, desde Zocodover hasta las Cuatro Calles, en el plazo de un mes, pusiesen aceras ante sus casas «para el mejor piso y comodidad de los transeúntes», y si no «lo verificaban lo haría el Ayuntamiento a su costa». 

En octubre de 1840, otro Jefe Político puso el mismo empeño, acotando el plazo de ejecución en ocho días. Blas Crespo, arquitecto municipal, relacionó treinta calles y plazas, todas en el centro; el resto las excluyó por ser «estrechas o con mucha pendiente». 

De momento, el Ayuntamiento sólo aprobó el acerado de Sillería, Alfileritos, Santo Tomé, El Salvador, Plata y la plaza del Ayuntamiento, acuerdo que no llegó a cumplirse. 

Rafael del CERRO MALAGÓNTOLEDO 
Actualizado:17/02/2021 11:22h
https://www.abc.es/espana/toledo/abci-empedrados-aceras-toledo-hasta-401976001286-20210215121157_galeria.html#imagen7

En 1849, Pascual Madoz en su Diccionario aun insiste en el descuidado aspecto de la ciudad y, como mejora reseñable, escribe: «Solo hay aceras en la llamada Calle Ancha, que va desde Zocodover hasta las Cuatro Calles y en el ámbito alrededor de la Catedral».

Entrada al patio del Alcázar. Fotografía de Charles Clifford, hacia 1858

Años después, el Ayuntamiento aún invocaba tres reales ordenes de 1803, 1850 y 1851 para obligar a los dueños de los inmuebles a costear las aceras «dentro del radio de tres pies». 

En el bienio 1864-66, las obras de acerado cubrieron 13.000 pies cuadrados ante los edificios municipales y 43.000 bajo las fachadas privadas (unos 4.400 metros cuadrados). 

Las losas de granito solían proceder de Las Ventas con Peña Aguilera transportadas en carretas de bueyes. En las subastas aparecen los nombres de los contratistas, situando alguno su oferta (1865) en 4,5 reales el pie cuadrado.

Entre 1864 y 1866, los planes de carreteras del Ministerio de Fomento facilitaron, a cargo del Estado, el arreglo de la travesía entre la puerta de Bisagra y el puente de Alcántara, más la subida por el Miradero hasta Zocodover. 

El Ayuntamiento reformaría el empedrado de la calle del Comercio en 1873. Sin embargo, muchas vías secundarias del casco histórico no siempre ofrecían un total piso de guijarros, pues también había parajes terrizos en los humildes barrios de dentro y fuera de las murallas. 

Una muestra nos revela la secular rareza de existir en plena Antequeruela -un antiguo arrabal de artesanos, moriscos y braceros- tan sólo una vía pavimentada: la «Calle Empedrada». Así fue citada, según Julio Porres, desde 1561 hasta el Nomenclátor de 1864, mejora que el resto del vecindario aún tardaría más de un siglo en poder disfrutar.


miércoles, 9 de diciembre de 2020

Así fue la Revolución Militar que comenzaron los Reyes Católicos y culminó con los Tercios españoles

Gonzálo Fernández de Córdoba sacó el máximo potencial a una infantería que era inferior en número a su enemigo francés, adoptó tácticas novedosas en los campos de batalla y alentó el empleo sistemático del arcabuz

:15/10/2020 09:09h

Pocos personajes de la historia de España está tan mitificado como Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, y a la vez resulta tan desconocido más allá de los tópicos de serie. Incluso su aspecto físico está basado en construcciones posteriores, más propias del romanticismo que del periodo en el que vivió. 

Con frecuencia se habla del castellano, que ejerció como general durante las campañas italianas que realizaron los Reyes Católicos a finales del siglo XV, como el fundador de los Tercios o la persona que dio forma a su germen. Sin embargo, sus peones no eran técnicamente soldados de los Tercios, que se organizaron como tal ya durante el reinado de Carlos V.

La llamada ordenanza de Génova (1536) en su tercer párrafo menciona por primera vez la palabra tercio y da instrucciones sobre su estructura y sus requerimientos de pago, aunque es posible que el origen de la infantería se remonte a 1534, cuando el Emperador Carlos V dio orden de reorganizar las compañías que la Corona española mantenía en Italia. 

Se cree que su nombre hace referencia a que los tercios estaban conformados por 3.000 hombres, pese a que rara vez se cumplía este patrón, o bien al hecho de que los soldados se repartían originalmente en tres grupos: un tercio armado de picas, otro de escudados, y un tercero con ballesteros.

Se cree que su nombre hace referencia a que los tercios estaban conformados por 3.000 hombres, pese a que rara vez se cumplía este patrón

Sobre el papel, cada tercio estaba conformado por entre 2.500 a 3.000 soldados –aunque la cifra solía ser muy inferior– bajo el mando de un solo maestre de campo, nombrado directamente por el Rey, que era capitán efectivo de la primera compañía de las doce disponibles. Segundo en rango estaba el sargento mayor, que, además, era capitán de la segunda compañía. El resto de las compañías, cada una de 250 soldados, estaba a las órdenes de distintos capitanes. Al alistamiento efectuado por cada capitán se presentaban antiguos veteranos, labriegos, campesinos, hidalgos, etc.

¿Un genio de la guerra?

Gonzalo Fernández de Córdoba concentró su carrera militar en cuestión de una década. A las guerras italianas acudió bordeando los cincuenta años siendo un segundón de una familia noble andaluza y con una cuestión no militar, su intervención en las negociaciones con Boabdil para rendir Granada, como hecho más notorio de su biografía. 

En la península vecina, en cualquier caso, mostró el genio militar que llevaba dentro en batallas tan destacadas como Ceriñola o Garellano, asimismo tuvo tiempo de luchar contra los turcos en Cefalonia. Sus principales méritos fueron sacar el máximo potencial a una infantería que era inferior en número a su enemigo francés, adoptar tácticas novedosas en los campos de batalla y alentar el empleo sistemático del arcabuz.

Ahora bien, lo que resulta más difícil de calibrar es cuál fue su influencia en la revolución militar que se desarrolló a principios de la Edad Moderna. Como señala el hispanista Henry Kamen en su obra «Poder y gloria: los héroes de la España Imperial» (Austral), el primer obstáculo para responder a esta cuestión es la falta de obra teórica del castellano: «Sus victorias hablan por sí mismas.

 Pero los cronistas de la época, que eran los mejor situados para juzgar sus éxitos, no mencionan que Gonzalo introdujera innovación alguna en formación de tropas o materias relacionadas con las armas de fuego»..

El Gran Capitán encuentra el cadáver de Luis de Armagnac

Según aprecia el autor del siglo XVI Diego de Salazar en «Tratado de Re Militari», Fernández de Córdoba sí entrevió una infantería que se parecía mucho a los tercios: un escuadrón dividido en doce compañías de quinientos soldados. 

Dos de ellas, solo de piqueros; el resto formadas por rodelas, dardos y cien arcabuceros. No obstante, nada indica que esta idea del Gran Capitán fuera llevada a la práctica y, siendo justos con los hechos, hasta la batalla de Bicoca (1522) no se puede apreciar un uso decisivo y sistemático de las armas con gran potencia por parte de la infantería española. Esto es, quince años después de que el Gran Capitán abandonara Italia.

En opinión del historiador René Quatrefages, autor de «La Revolución Militar Moderna. El crisol español», si hay alguien al que se le puede atribuir crear el germen de los tercios es a los Reyes Católicos, quienes impusieron «el modelo suizo» en sus ejércitos como evolución de lo que había ya funcionado en la fase final de la Reconquista, incluida la presencia de arcabuceros. En el primer contingente enviado a Italia se aprecia la preferencia de los reyes por la infantería, con cinco mil infantes frente a solo seiscientas lanzas de caballería.

La ordenanza de 1496 sentó, según Quatrefages, «las bases de la organización de esa administración militar que permitió a España crear, enviar y mantener ejércitos y armadas en los cuatro confines del mundo cristiano a lo largo de muchos decenios».

Las innovaciones organizativas no fueron así fruto de la experiencia italiana, sino de unas órdenes muy concretas dictadas desde España previamente. En 1504, los Reyes Católicos extendieron las órdenes anteriores al resto de sus fuerzas militares, presentes tanto en España, Italia como en el norte de África. La «nueva infantería» pasó de ser un contingente provincial a una fuerza relativamente homogénea. Esta fuerza en constante evolución fue lo que recibiría Carlos V y convertiría en lo que serían los Tercios.
El aumento de la potencia de fuego

El Gran Capitán nunca fundó, organizó o encabezó los Tercios, pero sí puso énfasis en el uso de la infantería española. La principal infantería que tuvo a su mando en Italia fueron los llamados peones castellanos, en gran parte veteranos de la Guerra de Granada, donde ya había sido habitual la combinación de picas, arcabuces, ballestas y espadas roperas.

La infantería española sufrió en sus primeros choques contra los disciplinados bloques de piqueros suizos, pero pronto aportaron varias novedades tácticas que desarbolaron estos cuatros. Armados con rodelas (escudos pequeños) y espadas, la infantería española se infiltraba entre las filas de los piqueros enemigos y combatían cuerpo a cuerpo durante el choque de vanguardias, donde las picas españolas las solían sujetar los alemanes, de mayor altura.

Tercios marchando en formación durante la batalla de Nieuport, en 1600.

Pero, sin duda, el gran hecho diferenciador de la infantería española fue la importancia que cobraron las armas a distancia en combinación con las picas. La introducción de las alas de ballesteros, y con el tiempo los arcabuceros, obligaban a los muros de piqueros a defenderse más allá de su frontal.

  El Gran Capitán comprendió antes que nadie, desde luego antes que sus adversarios, la importancia de las armas de fuego y puso los cimientos para que los «españoles adoptaran las armas de fuego mucho antes que los franceses, los ingleses o los italianos», en palabras del historiador británico Charles Oman («A History of the Art of War in the XVI Century»).La introducción de las alas de ballesteros, y con el tiempo los arcabuceros, obligaban a los muros de piqueros a defenderse más allá de su frontal

Con el paso de los años, los ejércitos hispánicos fueron incrementando el número de arcabuceros hasta alcanzar más de la mitad de todos los efectivos de sus fuerzas. El Gran Duque de Alba fue quien añadió a la ecuación los mosquetes, de mayor alcance y precisión, en la infantería española. En la primera operación que encabezó hacia los Países Bajos ordenó entregar a cada compañía quince mosquetes, que debían hacer fuego apoyados en una horquilla hecha con madera de espino.

«Únicamente arriesgaría mi persona, mi imperio y todos mis bienes al valor de sus mechas encendidas», se le oyó pronunciar a Carlos V en una ocasión. El número de mosquetes y arcabuces fue aumentando progresivamente a lo largo de los siglos XVI y XVII.

El enorme prestigio dentro y fuera de la península de la infantería también fue consecuencia de la aventura italiana del Gran Capitán. A partir de estas campañas cada vez más nobles españoles aceptaron combatir a pie, junto a esta pujante infantería. Ese año, 1503, apareció el término “ynfante” en la contabilidad militar como nueva denominación de los peones castellanos.

https://www.abc.es/historia/abci-revolucion-militar-comenzaron-reyes-catolicos-y-culmino-tercios-espanoles-202010140114_noticia.html

jueves, 3 de diciembre de 2020

Torrijos y la Devoción al Santísimo Sacramento


Hoy hace 505 años, el Papa Julio II promulga la bula “Pastoris aeterni” por la que aprobaba la fundación de las Hermandades Sacramentales de San Lorenzo in Dámaso de Roma y del Corpus Christi de Torrijos.

Fue a principios de 1508 cuando doña Teresa Enríquez, Señora de Torrijos, viuda de don Gutierre de Cárdenas, Comendador Mayor de León, funda la Cofradía del Corpus Christi, a semejanza de la cofradía de San Lorenzo de Roma, con iguales facultades apostólicas y los mismos fines.

Doña Teresa ya había planeado construir una nueva iglesia como sede de su nueva cofradía, junto a su palacio y unas casas nuevas que compra muy cercanas. Pronto comenzarían las obras, encargadas a dos ilustres arquitectos: Alonso de Covarrubias y Antón Egas, aunque hasta su conclusión sería la parroquia de San Gil la sede de su cofradía.

Con los primeros pasos dados en Torrijos a favor de su programa eucarístico necesitaba la aprobación apostólica para dar el definitivo espaldarazo al proyecto. Es entonces cuando escribe al Papa Julio II en 1508 informándole de su intención, a la vez que le solicitaba su conformidad con él.

Desde Roma, el 21 de Agosto de 1508, el Papa promulga una bula, la conocida como “Pastoris aeterni” en la que aprobaba las cofradías de Roma y Torrijos, y convertía a esta última en “cabeza, y de ella, como tal, dependan otras semejantes cofradías que por ventura instituirán otros fieles de Cristo, bajo la misma advocación, en los mismos reinos”.

Era la primera ocasión en la Historia que una cofradía sacramental obtenía la aprobación de la Santa Sede, y había sido para la cofradía fundada en la Villa de Torrijos por doña Teresa Enríquez y la que había fundado anteriormente en la Ciudad de Roma.

Pero sí me gustaría dejar muy claro que doña Teresa fue la que primero obtuvo la aprobación mediante una Bula Pontificia de una cofradía, pero no la primera en fundarlas (como aún se sigue publicando). 

Hay noticias documentadas de cofradías sacramentales fundadas en la primera mitad del siglo XIV en Pamplona (1317), Barcelona (1377), Tudela (1396) Estella o Peralta; aunque desde luego, no haría falta irnos tan lejos, porque ya que en Torrijos existía otra cofradía sacramental anterior a la fundada por Dña. Teresa, en la parroquia de San Gil.

http://cronicastorrichanas.blogspot.com/2013/08/torrijos-y-la-devocion-al-santisimo.html

viernes, 6 de noviembre de 2020

Los Héroes Comuneros

Era una primaveral mañana de abril del año 1520 cuando en las toledanas calles se apreciaba una animación inusual. La plaza del consistorio, los claustros bajos de la Catedral, y las principales calles y plazas estaban tomadas por multitud de gente de todas las clases y condiciones.


Gran indignación flotaba en el ambiente, y es que estaba a punto de concluir el plazo que Carlos I había dado al regidor de Toledo, don Antonio de Córdoba, y a sus notables, Dávalos, Padilla, Carrillo, Gaitán, Ayala y el licenciado Herrera, para que se presentasen en la Corte. 

Con ello pretendía alejarles de Toledo para en breve colocar al frente de la ciudad a los nuevos mandatarios, elegidos personalmente por él, y poder disponer así hacer cuanto se le antojase.

No estaba de acuerdo la ciudad con la decisión real, y por eso se agolpaban tumultuosamente en la plaza consistorial. En ese momento se hallaban reunidos en su interior los gobernantes, y el único tema a tratar era la conveniencia de cumplir el mandato real. 

No se ponían de acuerdo sobre la decisión a tomar, aunque ya faltaba entre ellos el licenciado Herrera, que había partido al punto de recibir las órdenes monárquicas. Los demás, en cambio, no tenían todas consigo a la hora de acatar la imposición. Desde el exterior se oían las exaltadas voces populares, que decían:

–¡Abajo el rey!.

–¡Mueran los flamencos que quieren robarnos nuestra tierra!.

–¡Vivan los defensores de España!.

Hombres y mujeres, viejos y jóvenes, religiosos y seglares, todos lanzaban sus desesperados gritos pretendiendo ser escuchados por los de dentro, que se hallaban entre la espada y la pared. Por un lado debían obediencia al rey, y las órdenes reales deberían ser cumplidas inmediatamente. Sin embargo no les faltaba razón a aquellas gentes, viéndose en la obligación de proteger sus tierras frente a los intereses extranjeros.

Pero no pudieron tomar decisión alguna, pues antes de hacerlo gran parte del excitado pueblo irrumpió en la sala con intención de apresarles, evitando de esta forma que optaran por acatar el deseo del emperador. Sin necesidad de violencia les condujeron hasta la catedralicia capilla de San Blas, lugar donde fueron encerrados provisionalmente. 

Y después, la desbocada masa popular se hizo con el control de los puentes y puertas, así como la totalidad de edificios públicos de Toledo. Hecho esto liberaron a los cautivos, a los que obligaron a ponerse al frente del nuevo gobierno insurrecto, con el título de diputados generales, y escribieron notificaciones a todas las provincias invitándoles a seguir sus pasos.

No escatimaron medios los rebeldes para organizar su empresa. El dinero necesario fue tomado de los diputados generales, del cabildo y de los propios ciudadanos de Toledo. Las armas fueron elaboradas con los materiales más rústicos, e incluso se llegaron a construir varios cañones con las campanas de las iglesias. Comenzaba aquel movimiento de ámbito nacional que se conocerá con el nombre de “Las Comunidades”.

Unas semanas después, concretamente el 5 de julio, se concentraba gran cantidad de hombres en las inmediaciones de Santo Domingo el Antiguo, lugar donde se encontraba el palacio de Juan de Padilla. Éste había sido nombrado capitán general del ejército comunero, y aquel día había sido el designado para la salida de las tropas en dirección a Segovia. 

Muchos vecinos de Toledo y sus alrededores habían acudido para despedir a los más de mil hombres que componían la tropa, mientras Padilla se despedía de su admirable esposa, doña María de Pacheco, y de sus amigos que quedaban en Toledo. Poco después comenzaba la partida de la hueste comunera.

Al frente de todos iba el capitán general sobre su brioso alazán, seguido a poca distancia de su paje, Sosa, que portaba sus utensilios de batalla. Tras ellos los valientes guerreros, que comenzaban la marcha acompañados por el sonido de los clarines y tambores. En el balcón principal de la plaza se hallaban doña María de Pacheco y su hijo, que despedían al caudillo con lágrimas en los ojos. 

Éste les correspondió con un gesto de su mano, enviando un beso a aquellos pedazos de su corazón que quedaban en Toledo. La música cesó, y el silencio fue roto por una enérgica voz de mujer. Era doña María de Pacheco, que ahogada por la pena decía a su esposo:

–¡Señor Juan de Padilla!. ¡Jamás os olvidaré!.

Lentamente prosiguió su marcha la comitiva, hasta que los últimos comuneros desaparecieron por la callejuela próxima en dirección a la puerta de Bisagra, y desde allí continuar hasta su destino.

Los meses siguientes estuvieron marcados por los enfrentamientos entre ambos bandos con alternancia de vencedores y vencidos. Hasta que finalmente la batalla de Villalar decantó la guerra a favor del ejército imperial. Pocos días después del desastre, y cuando todavía no se tenían noticias de él en Toledo, se encontraba doña María de Pacheco en su casa cuando se presentó ante ella Sosa, el paje de su esposo.

–¿Qué ocurre? –preguntó inquieta al verle-. ¿Cómo es que te hallas aquí sin mi esposo?. ¿Es que ha ocurrido algo?.

–Señora –contestó-, imploraría al Cielo no tener que ser yo quien trajera la mala noticia. Mi señor, Juan de Padilla, fue derrotado el 23 de abril en Villalar. Luego fue decapitado junto a Juan Bravo y Francisco Maldonado.

–¿Vencido? –preguntó la esposa, más preocupada por la suerte de la patria que por la suya propia.

–Así es –aseveró Sosa narrándole todas las circunstancias del nefasto día. Por último entregó a la dama un pliego que su esposo había escrito el mismo día de su muerte, y tras esto salió en busca de los diputados, para hacerles entrega de otra misiva. La viuda de Padilla cogió la carta, y con los ojos vidriados comenzó a leer:

‹‹Querida mía: me gustaría tener algo más de tiempo para poder extenderme en mis letras, pero ni mis verdugos me lo dan, ni yo quiero prolongar más la angustia de la espera. Os pido, esposa mía, que lloréis vuestra desdicha y no mi muerte, pues al ser ésta por causa justa no debe ser llorada. Dejo mi alma en vuestras manos, para que hagáis con ella lo que estiméis conveniente. Sabed que antes de morir mi último pensamiento será para vos.››

Cuando terminó la lectura, una furtiva lágrima rodó por sus mejillas, y arrodillándose abrazó a su retoño, lo único que le quedaba de recuerdo de su esposo, permaneciendo silenciosa durante unos instantes. Pero rehaciéndose se levantó, y enérgicamente comenzó a gritar:

–¡Esposo mío, os habéis portado como todo el mundo esperaba de vos!. ¡No quedará vuestra muerte sin venganza, pues vuestra esposa se ocupará de ello!. Sólo sobre cadáveres y ruinas podrán hacerse los imperiales con Toledo, la ciudad que tanto amasteis.

Y después salió al balcón, gritando con desesperación lo que a Padilla y sus acompañantes les había pasado, rogándole a sus vecinos que se unieran a ella para vengar a los héroes comuneros.

Prácticamente al mismo tiempo, Sosa había hecho entrega de la otra misiva a los diputados, tras narrarles a éstos el fracaso de Villalar. Fue el paje personalmente quien hizo lectura en voz alta del mensaje de su señor, en el que se despedía de sus compañeros y les instaba a continuar con la lucha. Finalizada la lectura, los diputados enviaron un mensaje a la viuda con sus condolencias, e indicando que Toledo vengaría la muerte de su ejemplar defensor.

Sin embargo, y ante el empuje imperial, pronto decayeron los ánimos. Y cuando los hombres perdieron el valor para encabezar el movimiento fue una mujer la que se puso al frente; doña María de Pacheco. Finalmente no fue suficiente el arrojo de ésta y el valor de unos cuantos toledanos para detener el ejército real, que seis meses después se haría con la ciudad del Tajo. Pero como aseguró la notable dama sólo pudieron hacerlo sobre cadáveres y ruinas.

Sobre relato de Juan Marina. (“Santiago y libertad”). Tradiciones, descripciones, narraciones y apuntes de la imperial ciudad de Toledo, página 77.

9 noviembre, 2019 
https://www.misteriosdetoledo.com/los-heroes-comuneros/

jueves, 13 de agosto de 2020

La Puebla de Almoradiel en 1511. La iglesia, el mayordomo Antón García y la campana nueva

File:La Puebla de Almoradiel.png - Wikipedia, le encyclopedia libereTres años han pasado desde los años de calamidades que asolaron los lugares y las villas de la Mancha Santiaguista. 

Hasta La Puebla de Almoradiel llegan el 24 de julio del año 1511, en visita de la Orden de Santiago, los reformadores Alonso Hernández Diosdado, caballero de la Orden, el bachiller Juan González, cura de Usagre, el bachiller Pero González de Mérida, cura de Lobón, ambos en la Provincia de León, y Pedro de Parada, alguacil fiscal de la visita. 

Son recibidos por el cura párroco, fray Diego de Guardamiño, los alcaldes ordinarios Jorge Novillo y Fernán García, así como por todos los hombres buenos de la villa, es decir, los hombres notables y de juicio recto de la villa.

Para la Orden de Santiago no había cambiado el gobierno de La Puebla, los diezmos pertenecían a la Encomienda de Corral de Almaguer, administrados por el mayordomo Jorge Novillo en nombre del comendador don Íñigo Manrique de Lara. 

La pandemia, sequías y hambrunas pasadas han hecho decrecer la población de los 96 vecinos censados en 1508 a los 80 vecinos en este 1511, es decir, un decremento del 17% en tan solo tres años. Sin embargo, se denota que la crisis ha pasado, pues hay tres nuevos caballeros de cuantía, Jorge Novillo, Benito Ortiz y Antón García.





Iglesia parroquial de San Juan Bautista

Este año de 1511 tenemos más información de cómo era la iglesia bajo la advocación de San Juan Bautista:

Era de una sola nave con techado a dos aguas, las paredes construidas de tapiería sobre sus cimientos; la parte del techo de madera de pino labrado con sus vigas a par e hilera, pintadas una parte de ellas, cubiertas de ripia a cinta y saetino.

Et luego, fueron a la yglesia de la dicha villa, que es del advocaçión de San Juan. La qual es de una nave a dos aguas, las paredes de tapiería sobre sus çimyentos, e lo alto de ella de buen maderamyento de pino labrado, de çinta e saetyno con sus vigas a pares e algo de ellas pintado

Los techados a dos aguas, en este pirncipio de siglo se solían hacer a par e hilera, es decir, se instalaba una viga maestra, jácena o hilera, todo lo largo de la nave, apoyadas en ella, y clavadas con clavos bellotes, se instalaban las vigas, los pares, que apoyaban por el otro extremo en el muro de tapiería. 

Para cerrar las vigas y conformar el techado se instalaban unas tablas delgadas, más largas que anchas, llamadas ripias, clavadas sobre los pares; en nuestra iglesia las ripias se instalaron en forma de cinta e saetino; las tablas se colocaban perpendicularmente unas a otras formando una espiga, al igual que se instalan muchos parqués en las casas actuales; el cierre del techo formaría así un bonito dibujo espigado. 

Encima de las ripias se ponía una capa de tierra, para cerrar las posibles uniones que quedasen entre ellas, y sobre la capa de tierra la teja. En estas iglesias primitivas sin bóveda, era muy frecuente ver caer polvo de la tierra del techado sobre los feligreses que acudían a los oficios divinos. 

Decir también que los suelos de las iglesias eran de tierra; además eran un gran cementerio llenos de tumbas, que al abrirse y cerrarse continuamente por los enterramientos que se producían dejaban el suelo como un auténtico campo de labranza.

 Las mujeres se sentaban separadas de los hombres, hacia el final de la iglesia, no estaba permitido mezclarse entre ellos ni aun cuando se iba a comulgar, se sentaban sobre alfombras en el suelo, a lo que se llamaba “sentarse a la mujera” o como decían los foráneos que visitaban nuestra tierra “sentarse a la española”. Vean el grado de sometimiento al que estaban forzado las mujeres.

La capilla principal, la del Altar Mayor, estaba abovedada y construida a cal y canto. A ambos lados de la principal se situaban otras dos capillas de tapiería con maderamiento de pino. La iglesia tenía cinco altares limpios y bien adornados con sus corporales, encima de ellos se habían colocado ciertas imágenes, algunas pintadas, otras eran de bulto. 

A los pies de la iglesia se había construido una tribuna de madera de pino muy bien labrada, el coro; bajo ella estaba la pila de bautizar de piedra de granito con su tapa de madera; allí se guardaba también unas crismeras de estaño que contenían el óleo, el óleo de los enfermos y el crisma.


Interior de la iglesia de La Puebla de Almoradiel. Foto PH Gégé

La iglesia tenía dos portadas de entrada, con sus puertas y cerraduras. A los pies una torrecilla hecha de yeso para alojar las campanas.

Después de oída misa, los reformadores visitaron el Santo Sacramento. A mano derecha del Altar Mayor habían construido un Sagrario de yeso, con sus puertas y cerradura. Dentro había un cofrecito de madera, chapado, con una llave. En el interior del cofre, entre hijuelas y corporales, una caja de plata, con una cruceta encima, que pesaría un marco (230 gr) donde se guardaban las Sagradas Formas.

Ornamentos de plata:

Tenían una gran cruz de plata sobre madera, con su crucifijo y diez esmaltes, con su pie y manzana, que pesaba seis marcos (1.380 gr).

Un cáliz de plata blanco con su patena que pesaba marco y medio. Otro cáliz de plata, el bebedero dorado, con un crucifijo dorado en la peana, con su patena, que pesaba unos dos marcos.

Una custodia de plata dorada, con su cruz, luneta, vidrieras, bonita y de muy buena obra, que habían mandado hacer los visitadores pasados; pesaba unos seis marcos y unas cuantas onzas. Se guardaba en una caja de madera.

Ornamentos para el culto:

Una casulla nueva de carmesipelo, con su cenefa y alcachofas de oro bajo, con su manípulo adornado de lo mismo.

Otra casulla vieja de carmesí raso, con cenefa de oro bajo, con su estola y manípulo. Otra casulla de zarzahán hecha pedazos.

Una capa nueva de terciopelo morado, con cenefa de oro bajo y capilla; esta capa es la que los visitadores pasados mandaron hacer con la venta de la yegua que dejó en testamento la mujer de Juan Ortiz, y el dinero que faltó lo puso la iglesia.

Dos vestidos viejos de lienzo, con sus albas.

Un frontal bueno de zarzahán, regalo de la reina Isabel la Católica que dejó en su testamento. Otro frontal viejo de guadamecí. Otro frontal de lienzo pintado con la Salutación, que estaba en la capilla de Martín López.

Unos manteles de lienzo, puestos en el Altar Mayor. En los otros altares se ponían manteles que colocaban los dueños de las capillas, que ponían cuando querían.

Dos pares de tobajas blancas.
Un paño de lienzo negro para delante del Sacramento.
Una camisa de Bretaña puesta sobre una imagen.
Una alfombra que dejó a la iglesia La Carriona.

Libros y misales:

Casi todos los libros se encontraron en muy mal uso, excepto alguno recién adquirido.

Un misal toledano mixto, de molde. Mixto quería decir para el culto mozárabe y de la iglesia de Roma; de molde que estaba hecho en letras de imprenta, no copiado a mano como los que se usaban; es la irrupción de la imprenta, que hacía pocos años que se inventó, en los libros litúrgicos.

Un misal, dominical, viejo y sin provecho, escrito sobre pergamino, es decir, sobre piel de animal.
Un breviario toledano hecho pedazos.
Un misal pequeño de misas votivas, sin poderse aprovechar.




Un cuaderno para dar los sacramentos. Un sacramental de molde.

Un oficiero, dominical, que estaba recién comprado, hecho en pergamino, de quinta regla. Este oficiero estaba dedicado a la liturgia cantada; para que el lector se familiarice con ellos, son esos libros grandes para el canto que se colocaban sobre los atriles o facistores en las tribunas de las iglesias.

Un manual de molde toledano para administrar los sacramentos.

Cosas de metal:

Se había hecho una campana nueva, grande, a la que se había consagrado, y que se instaló en la torrecilla del campanario. Después había una campana mediana y otra pequeña. Estas tres campanas era todo el aviso del campanario.

Una rueda con doce campanillas y una campanilla de mano.

Dos hierros para hacer las hostias y dos candeleros buenos de latón. Los hierros de hostias eran como dos planchas de hierro, una de ellas tenía los moldes de las distintas formas que se iban a fabricar, al bajar la otra tapa y hornear se obtenían las hostias.

Un incensario de latón y un acetre.
Un par de ampollas viejas de estaño.
Una cruz grande y vieja de cobre, otra chiquita.
Una lámpara con su bacín de latón.

Cosas de madera:

Una buena arca con su cerradura. Otra arca que se guardaba en casa de Martín López donde se confinaba el Sacramento; él la había comprado para la iglesia con la condición de tenerla en su casa.

Un candelero para la liturgia de Tinieblas.
Dos ciriales viejos de madera.
Unas andas para llevar el Sacramento en procesión.
Un portapaz bueno en madera dorada.

El mayordomo

Una de las personas fundamentales para la organización y funcionamiento de las iglesias medievales y del siglo XVI, era el mayordomo de la iglesia. Era, generalmente, una persona de las más principales de la población quien se ocupaba de llevar las cuentas y mantenimiento de la iglesia. Este año de 1511 era mayordomo el caballero cuantioso Antón García.

Los reformadores le tomaron las cuentas de maravedís recibidos, gastados y el alcance de ellas, la diferencia. Parece ser que en la anterior visita del Prior de Uclés, don Per Alonso, se tomó cuenta al anterior mayordomo, al que dieron por alcance de las anteriores visitas una cifra acumulada de 37.196 maravedís, a la que se quitó lo gastado y descargos, quedando un alcance final para el anterior mayordomo de 6.959 maravedís y medio, más seis fanegas y once celemines de cebada, dieciséis fanegas y once celemines de centeno, y cuatro arrobas de vino. Todo ello se entregó al nuevo mayordomo Antón García.

Quedó en su poder, desde que fue mayordomo, el dinero por la venta del pan y vino que recibió del anterior mayordomo; lo que recibió de corderos y lana del dezmero excusado correspondiente a los años 10 y 11, que igualmente vendió; de la venta de un bocarán que había sobrado de una vestimenta; de la venta de los añinos del año 1510; de lo obtenido del diezmo de pollos del excusado del año 10; de la venta de 19 fanegas de trigo, 76 fanegas y un celemín de cebada, centeno y escaña del diezmo del excusado; de las rentas de las tierras del año 10.

Conviene la aclaración de todos estos nuevos conceptos. El dezmero excusado era una de las tres haciendas mayores de La Puebla que, por consiguiente, debían pagar una gran cantidad de diezmos. La Hacienda Real le excusaba de pagar los diezmos a ella para que se los entregara a la iglesia, de ahí venía el nombre de dezmero excusado. Se llamaba pan a todo tipo de grano, trigo, cebada, centeno, etc. El bocarán era una tela coloreada más basta y gruesa que la holanda. 

El añino era la piel del cordero de un año al que no se había esquilado la lana. La fanega de trigo equivale a unos 43 kg, la de cebada a unos 38 kg. El celemín es la doceava parte de la fanega. El trigo escaña es una variedad antigua del trigo; como curiosidad decir que en el estómago de Ötzi, la momia congelada encontrada en los Alpes correspondiente al 3.000 aC, se encontraron restos de trigo escaña.

Los precios a los que se vendieron los distintos granos, los que manejó el mayordomo Antón García, fueron: 80 maravedís la fanega de trigo y a mitad de precio, a 40 maravedís, la fanega de cebada, centeno y escaña. Estos precios nos sirven de comparativa para establecer relaciones con los precios actuales.

El mayordomo también obtuvo 27 maravedís por la renta de la luminaria, más 40 maravedís que pagó Pedro Martínez Pedroche por su sepultura.

Todo unido dio un valor de 10.201 mrs que sumado al alcance que le entregaron, 6.959 mrs y medio, dio un valor total de 17.160 mrs y medio.

Después dio los gastos en que había incurrido en el período de su mayordomía. Gastó 269 mrs y medio en comprar aceite para la lámpara; en estas iglesias era obligatorio tener encendida una lámpara toda la noche, delante del Sagrario, de la que se encargaba el sacristán normalmente. Gastó 1.598 mrs en otras compras menudas, como papel para escribir, cera, jornales a obreros para el mantenimiento de la iglesia, incienso y otros gastos. Pagó al maestro campanero que hizo la campana nueva 13.500 mrs. Todo junto dio un gasto de 15.367 mrs y medio.

De manera que Antón García quedó alcanzado en la diferencia de las dos cantidades, la de ingresos y la de gastos, siendo el alcance de 1.793 mrs. Juró las cuentas ante el cura párroco y los oficiales del concejo y lo dejaron en el oficio de mayordomo hasta que cumpliese el año.

Quedó añadir a los ingresos las siguientes cantidades que no se pudieron contabilizar: el vino del dezmero excusado del año 1510, que no se pudo vender y podría ser unas 20 arrobas; todo el pan del excusado y la renta de las tierras del año de 1511; quedó fuera de la cuenta los añinos, el vino, diezmo de pollos y otras cosas menudas que debía diezmar el dezmero excusado en el año 11, más los corderos y el diezmo de lana. Como se aprecia quedó una importante cantidad de dinero en diezmos pendientes.

Terminadas de ver las cuentas de la iglesia, los reformadores de la Orden de Santiago mandaron al mayordomo que hiciera las siguientes compras:

Con los maravedís del alcance, más todos los diezmos que quedaban pendientes de vender y cobrar, debía comprar un libro de cinco historias para la liturgia de la iglesia, más un dominical mixto de lectura y cantoría.

Le mandaron comprar unas crismeras de plata de un marco de peso. Que se pusiera una llave en el armario de la capilla y que se guardase allí el óleo y crisma. Que se comprase un libro de pergamino y se lo entregase al cura, para que escribiese en él todos los que se bautizaren, conforme a lo establecido por la Orden. Si esto se cumplió y se conservase el libro en la iglesia, sería uno de los registros más antiguos de bautizados en toda la Mancha Santiaguista.

Mandaron poner una barra de hierro con candado, para cerrar la pila de bautizar.

Mandaron que encargase un alba nueva con su amito y sobrepelliz de lienzo.

Posesiones de la fábrica de la iglesia

Se denominaba fábrica de la iglesia, a todas las pertenencias y bienes que producían unas rentas que se empleaban en el mantenimiento y reforma de su edificio.

Además de las tierras, le pertenecía los diezmos del dezmero excusado, lo que rentaba el bacín que se pasaba en las misas y las ventas de las sepulturas. En las iglesias de la Mancha Santiaguista se enterraba en el exterior, en cementerios adosados a ellas y de procedencia medieval, y en su interior. Se cobraba por todo, por la venta de la sepultura y por el enterramiento; las sepulturas tenían un precio de mayor a menor según su disposición, cuanto más cerca del Altar Mayor más caras (se estaba más cerca de Dios), para ir decreciendo hasta llegar a la tribuna en los pies de la iglesia.

Una tierra camino de la ermita de Santa María Magdalena, de 15 fanegas, en la linde con el camino de Miguel Ortiz.

Un haza a la mano izquierda de dicho camino, de 3 fanegas, linde con Juan Ortiz.
Un haza camino del Pintado, de 4 fanegas, linde del camino y termina donde los de Guadalajara.
Un haza cerca del Pozo Salobre, de 3 almudes (fanega y media), linde de Juan López de Cañizares.
Un haza camino del Salobre, a mano derecha, de 3 fanegas, alinda con los herederos de Guadalajara.
Un haza linde del Ejido y del haza de Juan López Cañizares, de 3 almudes.
Un haza camino del Tovengo, de 2 fanegas, linde de herederos de Alonso Muñoz.
Un haza que llaman la Hoya de Alcardazo, de 3 almudes.
Un haza tras la casa de Hernando de Ortiz, de 3 fanegas. Otra junto a esa casa, de media fanega.
Un haza a la mano derecha del camino de Tajahierro, de 3 fanegas, linde de la tierra de Juan Hernández de Pascual Hernández.
Un solar de casa en la calle del Rey, junto a la de Juan Hernández.
Una tierra en la Hoya de Alcardazo, de 5 fanegas.

Beneficio curado

Se denominaba beneficio curado al conjunto de tierras, bienes, prebendas y privilegios que recibía el cura párroco por ejercer su oficio de administrar los sacramentos, para que pudiera vivir decorosamente.

Servía el beneficio curado de La Puebla, fray Diego de Guardamiño, fraile de la Orden de Santo Domingo, que inicialmente fue puesto como sustituto del freire de la Orden de Santiago titular, Antonio López, quien había perdido el juicio en 1495, y, posteriormente, fue confirmado por colación canónica de los Priores de Uclés y bula del Papa Sixto IV.




Tenía entre sus pertenencias el bacín de las Ánimas del Purgatorio, con cargo de decir una misa cada domingo por la tarde, y el mes de María el oficio acostumbrado.

Disponía de una casa en La Puebla junto al cementerio de la iglesia, donde vivía.

Le correspondía todas las posesiones de la ermita de la Magdalena, a cambio de oficiar una misa en ella cada mes. Entre esos bienes se encontraban:

El paso del ganado por el puente del Gigüela, situado bajo la ermita, que rentaba un ducado cada año.

Mil vides hechas parrales hacia las viñas de Miguel Esteban.

Una tierra de parrales de 3 almudes, linde del camino que va de Quintanar a Miguel Esteban.

Una tierra de majuelos parrales en el Cerro, cerca del camino a Mirabel que va por la Navablanquilla, alinde con el majuelo de Ludeña. Mirabel fue un antiguo lugar en el término de Miguel Esteban, origen de una de las más antiguas encomiendas de la Mancha Santiaguista; tenía Casa Encomienda, donde residían los comendadores y casa de pecheros, de ella dependía Miguel Esteban y los hornos de poya de La Mota; acabó despoblándose y su último comendador residía en Madrid, en el Convento de los Jerónimos.

Una tierra parral de 2 celemines, linde del camino que va a Miguel Esteban por Mirabel.
Una viña de 650 vides en el pavo del Cerrillo del Rey, linde con Juan de Vela.

Poseía, además, la dicha ermita, 27 cabezas de ganado lanar y cabrío, más otras 75 ovejas que pertenecían al beneficio y que dejó en testamento Juan de Alonso Martínez, a cambio de que se oficiase una misa cada semana por la salvación de su alma. 

Todo ese ganado se vendió por mandato del Prior de Uclés, don Per Alonso, porque decía que todo el dinero se perdía en usura y no rentaba nada de provecho. Se obtuvo por la venta tres mil y pico maravedís que dijo se emplearan en la compra de alguna heredad que rentase algo al beneficio.


Iglesia de La Puebla de Almoradiel

Ermita de Santa María Magdalena

Estaba a un cuarto de legua de la villa, antiguo asentamiento de Al murad ied, el castillo pequeño, desde donde se trasladaron sus habitantes para formar la nueva Puebla de Almoradiel.

Tenía una capilla abovedada, toda construida en piedra y yeso (a cal y canto). En el altar una imagen de la Magdalena. El cuerpo de la iglesia era de tapiería de tierra soportada con pilares de yeso. Tenía puertas, pero sin cerradura. Tenía una buena campana. La ermita se encontraba razonablemente reparada.

Los reformadores de la Orden de Santiago mandaron a fray Diego de Guardamiño que pusiera cerradura en las puertas y retejase el tejado. No se encontraba el mayordomo en la villa y no se pudo relacionar los pocos y pobres ornamentos que tenía la ermita.

En la ermita se habían hecho dos capillas a ambos costados de la capilla principal, pero las personas que las habían hecho no las habían dotado de bienes algunos con los que se pudieran mantener; los reformadores mandaron al cura que, en el plazo de un año, mandase a los propietarios que las dotasen convenientemente, y si no lo hicieren, pasado dicho término, quedarían anexas a la fábrica de la iglesia.

Casa Encomienda

Regentaba los diezmos de la Casa Encomienda el mayordomo Jorge Novillo, en nombre del comendador de Corral de Almaguer, don Íñigo Manrique de Lara.

Encontraron los reformadores que se habían hecho todas las obras que se habían mandado en la visita pasada de 1508: cubrir el espacio que estaba junto a la casa para que sirviera de bodega, y poner allí un jaraíz y un pilón de piedra.

Luego, adicionalmente, habían mejorado la obra, echando un buen suelo de madera de pino en toda la casa, aunque quedaba pendiente de cepillar. La casa seguía siendo una nave construida de tapiería de tierra. Se hizo una escalera en medio de la planta baja para subir a la cámara, donde había dos apartados con sus trojes para separar los distintos tipos de granos. Para hacer la cámara se tuvo que subir las paredes una tapia y media, aproximadamente 1,25 m, retirar y hacer de nuevo el tejado con buena madera de pares, cabríos y su teja, hecho a dos aguas.

Así quedó la Casa con la planta baja para bodega y la cámara para guardar el pan, una mejor disposición que la que tenía el año de 1508 en el que tuvieron la mala suerte que se fermentó todo el grano por las humedades, al almacenarlo en la planta baja. Bajo la escalera, en el hueco que quedaba, se mandó poner un pilón para recoger el mosto después de pisada la uva.

Junto a la Casa Encomienda, adosada a ella, había otra casilla hecha también de tapiería de tierra donde se guardaba la lana del diezmo.

Delante de la Casa había un corral grande, cercado de una tapia de dos tapias en alto (1,66 m), que estaba sin bardar; mandaron que le echasen su barda para evitar que el agua de lluvia desmoronase la cerca. Delante del corral todavía había otro solar tan grande como el anterior, amojonado con unos hitos de piedra clavados en la tierra.

Horno de poya

El horno de poya, el horno de cocer pan de La Puebla, donde todos los vecinos estaban obligados a hacer su pan, pertenecía al comendador. Estaba bien hecho y reparado, tal como lo mandaron los visitadores pasados. Lo tenía arrendado el concejo por 20 fanegas de trigo y otras 10 de cebada anuales.

Rentas de la Encomienda

Lo que se pagaba del horno de cocer pan como se ha referido anteriormente.

Todos los diezmos de pan y vino, de ganados, queso y lana, la escribanía, las soldadas de los mozos, el diezmo de lechones, ansarones y pollos, y los de muletos.

Los cuartos de la producción que rentan los molinos del Cervero, La Torrentera, el Blanquillo, el Pintado, el del Cerrón, La Botifura, el de Juan de Alcalá, el Batán y el Molino Nuevo que se había caído. 

Tras el pleito entre los molineros y el comendador, que los últimos visitadores mandaron resolvieran amistosamente, el mayordomo Jorge Novillo informó que había hecho las diligencias pertinentes, y había llegado al acuerdo con ellos que entregasen por dos años la cantidad en que se igualaron. Todas las rentas juntas podían valer, un año con otro, 100.000 maravedís, poco más o menos.

Rentas de la Mesa Maestral

Tenía el pedido ordinario de La Puebla, que valía 900 mrs.

Los diezmos del pan que se recogían en el término de Palomares, que solían ser unas 200 fanegas de trigo.

Gasto de los visitadores

Hicieron la visita en un día y cobraron 100 mrs del concejo y otros 61 mrs del comendador. Dejaron escritos sus mandamientos cuando se fueron.

Dedicada a mi amigo Jesús Senen Heras
Vecino de La Puebla de Almoradiel
Amante de su historia y sus tradiciones
Amante de la Mancha Santiaguista


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...