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sábado, 18 de julio de 2020

La Guerra de la Independencia en Toledo

Dos circunstancias van a propiciar el protagonismo de Toledo y su provincia en el largo conflicto que asoló España entre 1808 y 1814. 

Tres Culturas: Toledo 1808, Guerra de la Independencia

Por una parte, la situación geográfica del territorio provincial en el centro de la Península Ibérica, en conexión con las principales vías de comunicación hacia Portugal, Andalucía y Levante. 

Por otra, la proximidad de la capital provincial respecto a la Villa y Corte. Ambas circunstancias propiciaron una participación casi permanente de la provincia de Toledo en los momentos cruciales del conflicto, siendo también escenario obligado de los vaivenes políticos y militares desde sus inicios hasta la salida definitiva de los invasores de Madrid. 

No olvidemos que el pretexto de la ocupación de la Península Ibérica por las tropas francesas fue el de dominar Portugal, y Napoleón decidió la invasión del vecino país utilizando como vía de comunicación el valle del Tajo. 

O que para acabar con la resistencia española había que ocupar Cádiz, y su camino pasaba por Ocaña, y que, en fin, de los intentos de ocupar Portugal, uno desde Galicia y otro por Extremadura, en el Este se levantaba la posición clave de Talavera de la Reina. 





En la memoria histórica de Toledo y su provincia quedaron marcados los amargos recuerdos del paso de las tropas francesas. Su huella quedó indeleble en forma de destrucción, saqueo y ultraje. Algunos enfrentamientos bélicos de particular significación en el desarrollo del conflicto se libraron en suelo toledano. 

Las acciones de las partidas de guerrilleros encontraron en la geografía provincial un escenario propicio, logrando aquí un desarrollo muy notable y jugando un papel relevante. 

Tres Culturas: Guerra de la Independencia en Toledo: Guerrillas y ...Patriotas y afrancesados

 La invasión de las tropas napoleónicas precipitó un claro posicionamiento político en el seno de la sociedad española, resultando ésta dividida entre los sectores más proclives a la presencia de los franceses, que aglutinaban a los llamados afrancesados, y los más o menos abiertamente contrarios a éstos, que engrosaban las filas de los denominados patriotas. 

Entre estos últimos, los hubo que reaccionaron de muy diverso modo ante la presión de los invasores franceses. Así hubo quienes, obligados por las circunstancias, cooperaron con el enemigo, disimulando sus verdaderos sentimientos patrióticos. 

Las campañas militares en la provincia de Toledo.

 La Campaña de Talavera.

 La Junta Central se planteó, mediante la campaña de Talavera, repeler a los ejércitos franceses de la línea fronteriza portuguesa y hacerles retroceder hasta situarlos en la margen derecha del río Ebro.

 Sin embargo, los ejércitos ingleses que intervienen en la campaña de Talavera al mando de Arthur Wellesley, (posteriormente Duque de Wellington), primaron ante todo la defensa de la frontera portuguesa, motivo por el cual no se pudo sacar todo el partido posible a la victoria. 

En la campaña de Talavera combatieron un ejército aliado compuesto por aproximadamente 100.000 hombres, formado mayoritariamente por españoles (70.000), seguidos de ingleses (22.000) y de portugueses (18.000), al mando de Wellington, Wilson, Cuesta y Venegas.

 A estos ejércitos, se enfrentó un dispositivo francés de un número aproximadamente igual que el oponente, al mando de Soult, Ney, Portier, Víctor, Lapisse y Sebastiani, comandantes respectivamente del primero al sexto cuerpos de ejército galos. 15 Grupo de recreación del 4º Regimiento de la Real Artillería de la Coruña  

El combate de Puente del Arzobispo. 




Posteriormente  tiene lugar el combate del Puente del Arzobispo, posición que había sido fortificada por el general Cuesta, pues por aquella vía se procedía a la evacuación de cientos de heridos en los enfrentamientos de Talavera, que eran transportados hacia Extremadura. 

Soult atacó el 8 de agosto, dispersando a las tropas españolas en dirección a Valdelacasa y a Guadalupe. La villa del Puente del Arzobispo fue de inmediato ocupada por las tropas del el general Víctor, sufriendo el inevitable saqueo de los franceses. 3. 

La batalla de Almonacid. 

Días después tendrá lugar la batalla de Almonacid. 

Coraceros!: la caballería pesada de Napoleón. (VI): Guerra de ...
El ejército de la izquierda del Tajo, mandado por Venegas, presentó batalla a fin de descargar a las tropas que operaban en las proximidades de Toledo, al mando de Sebastiani, que tras la derrota de Talavera se había establecido con su ejército en Nambroca el 10 de agosto de 1809. 

El día siguiente se produce el enfrentamiento en Almonacid, logrando las tropas francesas infringir una derrota contundente al Ejército de la Mancha, lo que valió a los invasores la ocupación de Toledo y Madrid. 4

 La Batalla de Ocaña. 

Apenas dos meses después de la derrota de Almonacid, la Junta Central organiza una gran ofensiva que pretenderá repetir la hazaña de Bailén en tierras toledanas, con el fin de impedir la penetración de las tropas invasoras nuevamente en Andalucía.

 El general Areizaga será el comisionado para esta operación, contando para ello con 52.000 soldados, 6.000 caballos y 35 piezas de artillería. Enfrente tendrán unas fuerzas enemigas compuestas por 40.000 soldados, 6.000 caballos y una potente artillería. 

El 19 de noviembre tiene lugar la batalla en Ocaña, con un resultado desastroso para las fuerzas españolas, dejando expedito el camino de Andalucía para las tropas invasoras. Además, el desastre de Ocaña supuso un cambio político de gran trascendencia: la renuncia de la Junta Central y la constitución de la primera Regencia.

Otras acciones militares en la provincia Al margen de estas grandes batallas, las tierras toledanas fueron escenario de otros muchos enfrentamientos de menor rango entre el invasor y las tropas españolas. 

De ellos cabe destacar el choque producido el 18 de febrero de 1809 en Mora, entre las fuerzas comandadas por el duque de Alburquerque y varios destacamentos franceses, que se batirán en retirada. 

Otro enfrentamiento se llevó a cabo en Consuegra, el 22 de febrero del mismo año, día en que los de Alburquerque no logran impedir la ocupación de aquella villa manchega por parte de fuerzas del general Sebastián, que la controlarán hasta 1813.

Un selecto grupo de patriotas no se avino a permanecer en estas tierras mientras estuvieron bajo el dominio francés.

 Los más fieles al cardenal Luis María de Borbón y al marqués de Astorga y conde de Altamira, abandonarán Toledo y seguirán a la Junta Suprema Gubernativa del Reino en su retirada a Andalucía. 

Guerra de guerrillas en la península ibérica durante las guerras ...

A este grupo hay que añadir al célebre Batallón de Honor formado por estudiantes y catedráticos de la Universidad toledana. 

No faltó tampoco un amplio sector de la población declaradamente hostil con el enemigo, que abandonará sus pueblos y ciudades para engrosar las partidas de guerrilleros que proliferaron por toda la geografía provincial. 

Frente a los patriotas se situaron el sector de los afrancesados, cuyas élites constituirán el grupo selecto de colaboradores a los que las autoridades francesas les confiarán la práctica totalidad de los cargos administrativos y políticos en las poblaciones de mayor entidad. 

En la ciudad de Toledo tuvieron ganada fama de afrancesados el corregidor Santamaría y los regidores Manuel Rodríguez Carreño y Pedro Segundo García Jiménez, así como el intendente José de Cobos y el comisario regio Luis Gainza. 




La Junta Superior Provincial de Toledo 

Desde el punto de vista político, la nota más destacada fue la creación de la Junta Superior Provincial, una institución patriótica creada como oposición a la Junta de Gobierno instituida por los invasores, que actuó como gobierno provincial en la clandestinidad. 

Tuvo inicialmente como principal misión la de impulsar la rebelión popular contra los ejércitos franceses, así como recabar de toda la provincia el apoyo económico necesario para contribuir al equipamiento y dotación del ejército español. 

La Junta Superior Provincial de Toledo creó un regimiento de caballería, nombrado de Cazadores Imperiales del Sagrario de Toledo, así como dos regimientos de infantería, denominados Imperiales de Toledo y Leales de Fernando VII

jueves, 19 de diciembre de 2019

Escalonilla en la Guerra de la Independencia

Resultado de imagen de Escalonilla mapaEscalonilla en la Guerra de la Independencia. Año 1808.

Mariano Esteban Caro

El Cardenal Borbón Arzobispo de Toledo.

El Cardenal Luis María de Borbón, Arzobispo de Toledo desde el año 1800 hasta 1823, era cuñado de Godoy y el único vástago real que permanecía en España en mayo de 1808. 

Aceptando los hechos consumados y a la espera de que cambiaran las circunstancias, en carta de 22 de mayo acataba la dinastía impuesta por Napoleón y juraba fidelidad a José Bonaparte.

Derrotados los franceses en Bailén el 19 de julio de este año, el Cardenal Borbón pasa a la ofensiva y como presidente de la Junta Provincial, en el otoño de 1808 organiza una colecta en toda la diócesis de Toledo para apoyar a los ejércitos nacionales. 




El prelado contribuyó con 60.000 reales al mes, 3.519 onzas de plata y el producto de la subasta de su pectoral. La catedral toledana se comprometió con 80.000 reales al mes.

Don Luis María de Borbón se unió a la Junta Central del Reino, el día 3 de diciembre de 1808, siendo elegido el 20 de febrero del año 1812 presidente de la Regencia del Reino, sancionando, en condición de tal, la Constitución promulgada por las Cortes de Cádiz el día de San José de este mismo año.

Resultado de imagen de Guerra de la IndependenciaLa carta del Cardenal y sus comisionados en Escalonilla.

La carta del Cardenal Borbón, convocando a los toledanos a colaborar con los ejércitos nacionales, lleva fecha de 17 de octubre de 1808. Llegó a Escalonilla pocos días después. 

En ella se decía a las autoridades locales que almacenaran el grano recogido, fijando edictos en los lugares de costumbre para avisar a los posibles compradores. 

Lo que no se vendiera debía trasladarse a la cabecera de partido y el sobrante a Toledo. Según esta carta, si el traslado resultaba muy gravoso, el grano se depositaría en casas de probada honradez, aunque gran parte de lo recogido se molió para venderlo como pan.

Para excitar los ánimos de las gentes del pueblo, vinieron a Escalonilla dos comisionados del Cardenal Borbón. Eran don Diego de Lerma, teniente coronel de caballería, y el canónigo toledano don Francisco Díaz Ceballos. Ellos fueron los encargados de recoger los donativos en metálico y otros ofrecimientos de personal y armamento.

La colecta en la provincia.

En toda la provincia de Toledo se recaudaron 24.827 fanegas de trigo, 3.530 de cebada, 166 de centeno, 23 fanegas de tranquillón (mezcla de trigo y centeno), 20 fanegas de avena, 1.409 arrobas de garbanzos y 17 carros de paja. Además del grano y las aportaciones en metálico, hubo otro tipo de donativos. 

En Olías ofrecen ganado para carne y 20 soldados del pueblo. El cura de Azaña (hoy Numancia) dio su caballo con silla y brida. En otros pueblos se dan pistolas, sillas de montar, hilas, camisas, vendas, pistoleras y cañoneras.

Fue destacada la aportación de los párrocos, uno de los cuales en 1808 escribió un catecismo patriótico. Destacó la cantidad de dinero aportada por el párroco de Escalonilla D. Luis Carlos de Zúñiga.

La aportación de Escalonilla.

Los habitantes de Escalonilla en el año 1808 se habían reducido a 1.372. Se dedicaban a la agricultura en verano y otoño y a los telares en invierno y primavera.

Para apoyar a los ejércitos españoles en su lucha contra el invasor francés, el pueblo de Escalonilla dio 311 fanegas de trigo y una arroba de garbanzos. En cuanto a los donativos en metálico, el párroco hizo una primera entrega de 1.500 reales, aportando posteriormente otros 500. 

El sacerdote D. José Palomo Guío dio 40 reales. De la fábrica de la parroquia salieron 200 reales y la obra pía de la misma aportó 600 reales. Isabel López, vecina de Escalonilla, colaboró con 20 reales y del resto de los vecinos se recogieron 1.900 reales en donativos no superiores a 15 reales por persona.

La aportación de D. Carlos de Zúñiga, párroco de Escalonilla, así como la de los fondos parroquiales, fue realmente cuantiosa, si se compara con los 200 del párroco de Illescas o los 100 del párroco de Alameda de la Sagra. 

En la colecta de Escalonilla no aparece ninguna aportación de las autoridades del pueblo. Tampoco en personal ni armamento. La cuantía media de los donativos de Escalonilla también fue superior a la de muchos otros pueblos de la provincia.

Los donativos mayores.

En Escalonilla las aportaciones más cuantiosas correspondieron al párroco D. Luis Carlos de Zúñiga, al sacerdote D. José Palomo Guío y a la vecina Isabel López.

Luis Carlos de Zúñiga fue cura propio de Escalonilla desde el año 1796 hasta 1814. Navarro de nacimiento, había estado al frente de las parroquias de Rozas de Puerto Real (Madrid) y Gerindote antes de llegar a Escalonilla. Fue comisario del Santo Oficio y destacado representante de la ilustración toledana. 

Miembro de la Academia Real de Derecho Español de Madrid, de su pluma salieron numerosos escritos de gran interés, especialmente sobre agricultura. Su trabajo titulado Plan de Educación Española está fechado en Escalonilla el 10 de mayo de 1793. 

En el año 1805 publicó un Catecismo breve y sencillo. D. Luis Carlos de Zúñiga, cura propio de Escalonilla, tuvo el sermón en la misa de la jura de la Constitución el día 18 de octubre de 1812.




El sacerdote D. José Palomo Guío era hijo de Escalonilla, donde ya residía en 1788. Llegó a ser teniente de cura de la parroquia de Escalonilla. En los actos de la jura de la Constitución de 1812 actuó en varias ocasiones. Concretamente en la Misa de Acción de Gracias del día 19 de octubre, hicieron las asistencias D. José Palomo Guío y D. Enrique Fernández Gallardo; este último era carmelita y en 1815 solicita permiso para vivir en Escalonilla y atender a su madre.

Isabel López era viuda de José Pérez. Había hecho promesa de peregrinar a Tierra Santa sin que pudiera cumplirlo. Hace testamento ante el escribano de la villa Don Manuel Salamanca. Murió a los 73 años de edad el día 16 de noviembre de 1811 de calentura catarral. 

Encarga a sus hijos que celebren 200 misas para descargo de su conciencia al no haber cumplido su promesa de ir a los Santos Lugares. Celebró las exequias D. Luis Carlos de Zúñiga.



domingo, 8 de septiembre de 2019

Manuel Diaz Colmenar, Héroe Sagreño del 2 de Mayo de 1808

Un Villasecano, héroe del 2 de mayo de 1808

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En homenaje a los héroes del Dos de Mayo de Madrid, sucesos de los que en éste de 2008 conmemoramos su segundo centenario, rescatamos de la memoria histórica a un villasecano que murió defendiendo a la patria del ataque invasor, convirtiéndose, de esta manera, en uno de aquellos héroes nacionales. En la relación oficial de fallecidos, dice así:

Manuel Díaz Colmenar, «de cincuenta años, natural de Villaseca de la Sagra, alfarero; murió de un balazo en la Concepción Jerónima en los sucesos del Dos de Mayo de 1808.
(Partida Parroquial de Santa Cruz, Fol.54. Archivo Municipal de Madrid)». 




En realidad tenía 47 años de edad, según se deduce de su partida de nacimiento:

«En la Yglesia Parroquial de Santa Leocadia de esta villa de Villaseca de La Sagra, el día veinte y uno del mes de Diciembre año de mil setecientos y sesenta, yo Don Roque de la Plaza Serrano, theniente cura de dicha Yglesia baptizé solemnemente y puse por nombre Manuel Julián a un niño que nació el día diez y ocho de dicho mes y año, hijo lexítimo de Julián Díaz Toledo y María Colmenar, su muger, naturales y vecinos de esta villa; fue su madrina in sacrofonte Ynés Gómez, a quien advertí el parentesco espiritual y las obligaciones de christiano; testigos Juan Ramón Rivero y Pedro de Bargas, ambos vecinos de esta referida villa de Villaseca...»

Arturo Pérez-Reverte, en su espléndida obra «Un día de cólera», nombra a Manuel, aportándonos algunos datos de aquella histórica jornada. Hacia las once de la mañana de aquel 2 de mayo, tras la sorpresa inicial de los franceses por la sublevación popular, la imparable maquinaria de guerra imperial ya está en marcha y dirige sus efectivos por diferentes vías de penetración al centro de la ciudad.

 En el portillo de Recoletos (actual plaza de Colón), enfrentándose a avanzadillas de infantería francesa, se encuentra un grupo de españoles entre los que están «… los alfareros del tejar de Alcalá Antonio Colomo, Manuel Díaz Colmenar, los hermanos Miguel y Diego Manso Martín, y el hijo de éste. 

Entre todos logran acorralar a unos exploradores franceses que avanzan descuidados por la huerta de San Felipe Neri. Tras furioso intercambio de disparos, les caen encima con navajas, al degüello, haciendo tan terrible carnicería que al cabo, espantados de su propia obra, previniendo la inevitable represalia, se dispersan y corren a ocultarse». 

Una hora más tarde, varios miembros de la partida, entre los que se encuentran los hermanos Manso Martín, fueron fusilados junto a la plaza de toros.

Por la tarde, el alfarero Antonio Colomo, capturado en uno de los tejares de la Puerta de Alcalá, donde huyó a esconderse, fue fusilado junto a otros patriotas en el patio del Palacio del Buen Retiro. 

Manuel Díaz Colmenar murió de un tiro en la Concepción Jerónima ―muy cerca de la Plaza Mayor y de la Puerta del Sol, lugares que se habían convertido en auténticos campos de batalla―, pasando a formar parte de la lista de aquellos 410 españoles que aquel día dejaron su vida por defender sus ideales.

Por Jesús Perezagua
Editado por el Ayuntamiento de Villaseca de La Sagra

domingo, 16 de diciembre de 2018

El Miedo que se apoderó de Talavera los primeros días de diciembre de 1808

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Los primeros días de diciembre de 1808, Talavera vivió entre el miedo, la agitación y la huida de sus vecinos ante la llegada de 7.000 soldados españoles derrotados en Somosierra (Madrid) y, días más tarde, otros 8.000 soldados y 2.000 jinetes de Napoleón que ocuparon la ciudad.

Estos primeros días de diciembre y el 2 y 3 de mayo de 1808 fueron los más destacados en la ciudad durante la Guerra de la Independencia a excepción de la Batalla de Talavera en julio de 1809, que fue la primera victoria de los ejércitos español y británico a las tropas de Napoleón en la Península Ibérica además de la batalla más importante ganada a Napoleón en Castilla-La Mancha.

El profesor Francisco Peñalver ha explicado a EFE la importancia que durante estos días de diciembre tuvo la guerra para los apenas siete mil vecinos que tenía Talavera de la Reina, muchos de los cuales escaparon a municipios, campos y labranzas cercanos huyendo de la violencia y saqueos de los soldados.


Peñalver es el coordinador de una unidad didáctica -que llegará a 1.500 estudiantes de cuarto de ESO- y un libro -que aún no se ha presentado- sobre el bicentenario de la Batalla de Talavera en el que han trabajado durante dos años profesores, investigadores y estudiantes y que es una iniciativa del Ayuntamiento y el Centro de Profesores.

Resultado de imagen de talavera grabados antiguosHabía aspectos de 1808 que se conocían por las referencias históricas pero este equipo de investigación ha incorporado situaciones y datos inéditos haciendo hincapié en cómo vivió la población durante la Guerra de la Independencia.

El ejército español mandado por el general Benito San Juan había sido derrotado el 30 de noviembre en Somosierra, y días más tarde se concentraron en Talavera unos 7.000 soldados y el propio San Juan que fue acusado de traición por sus propias tropas y acribillado a balazos en la mañana del 7 de diciembre.

El general se había refugiado en el convento de los agustinos recoletos (el actual Teatro Palenque) y cuando oyó que los soldados pretendían forzar la puerta de su habitación se arrojó por la ventana y allí fue fusilado.

El cadáver de Benito San Juan fue arrastrado por las calles hasta los Jardines del Prado en uno de cuyos álamos fue colgado y su cuerpo vilipendiado hasta que los frailes del convento de San Francisco recogieron los restos y dieron sepultura en la hoy desparecida parroquia de Santa Leocadia.

La sociedad talaverana -agrícola y ligada al comercio y los oficios tradicionales- no participó en este violento suceso que sirvió, no obstante, para aumentar su "sensación de miedo y de agitación", explica el profesor Peñalver.

La Junta Suprema Central -el conde de Floridablanca y Gaspar de Jovellanos, entre ellos- también se detuvo en Talavera de la Reina los días 4, 5 y 6 antes de seguir viaje hacia Extremadura y aún después de partir permanecieron en la ciudad dos diputados con la misión de reorganizar el ejércicio disperso derrotado en Somosierra.

El objetivo de Napoleón era invadir Portugal y Talavera era una de las ciudades más importantes hacia Extremadura, lo que determinará la ocupación de la ciudad a primera hora de la mañana del domingo 11 de diciembre con 2.000 jinetes y 8.000 soldados.

Ya la noche del 9 al 10 de diciembre los talaveranos habían visto una vanguardia del ejército francés por el paraje de Sotocochinos, a unos 15 kilómetros al este del núcleo urbano y cerca del río Tajo.

El día 18 nuevas tropas francesas llegaron y se alojaron en conventos y casas, saquearon y rompieron bodegas y lagares de tal forma que el vino y el aceite "corrían por las calles hasta incorporarse a las corrientes del Tajo", según relata el memorial conservado en el Archivo Municipal de Talavera de la Reina.


Esta agitación en la ciudad los primeros días de diciembre ya la conocían los talaveranos de meses atrás aunque con otras connotaciones: el 2 y el 3 de mayo de 1808 habían vivido un impresionante movimiento patriótico de ciudadanos y de tropas que apoyaban a los madrileños alzados contra los franceses.

Francisco Peñalver resalta que durante esos días de diciembre el número de soldados era muy superior al de vecinos, y apunta que los disturbios y altercados que provocaban las tropas junto al asesinato de Benito de San Juan acrecentó entre los habitantes el temor "a lo francés" y provocó unas secuelas de las que tardarían años en recuperarse.

EFE
https://www.publico.es/actualidad/historia-del-miedo-apodero-talavera.html


miércoles, 27 de junio de 2018

El Obispo Jareño patriota asesinado por los franceses en la Guerra de la Independencia

Inscipción en la casa del obispo Álvarez de Castro en Mohedas

EL OBISPO PATRIOTA

Don Juan Álvarez de Castro nació en Mohedas en 1724 en la casa que todavía hoy conserva una inscripción en su recuerdo en Mohedas de la Jara. 

Fue párroco de la iglesia de Piedraescrita y Navaltorial en la Jara Alta, y después de Azután. 

En 1780 oposita a la parroquia de los Santos Justo y Pastor de Madrid y en 1789 es nombrado obispo de Coria por Carlos IV a instancias del gobierno de Godoy.Iglesia de Piedraescrita, donde fué párroco el obispo Álvarez de Castro



Una de sus obras sociales más importantes fue la fundación del asilo de niños expósitos de la Casa de La Misericordia y es conocido que su palacio y catedral siempre estuvieron abiertos a los más necesitados, enfrentándose a veces con la nobleza para que la distribución de los bienes de las fundaciones religiosas cumpliera con las condiciones estipuladas de asistencia a los pobres. 

También le gustó potenciar “el ornato de los templos” y dotó de órgano a la catedral de Coria.Retrato de don Juan Álvarez de Castro, obispo de Coria

En Mohedas construyó a su costa la fuente pública de Huertos Redondos y un calvario hoy desaparecido haciendo además otras donaciones a la iglesia del pueblo.

El 14 de Junio de 1808 emite una circular en la que exhorta a la defensa de España contra los franceses y para que sus fieles “olviden resentimientos particulares y derramen la última gota de su sangre en el caso de que sea necesario”, incluso distribuye un decreto por el que ordena que sus sacerdotes y fieles juren que defenderán a la religión y al soberano Fernando VII, sellándolo con su propia sangre.

 En otra de sus circulares se alegra por la derrota de los franceses en Bailén proclamando que “El Señor en su indignación ha humillado hasta el polvo a los soberbios y ha ensalzado a la cumbre de la gracia a los humildes”. 

Llega a comparar a Napoleón con Lucifer y antes había acogido a sacerdotes que huían de Francia.Iglesia de Azután, otro de los destinos de don Juan antes de ser obispo

Hace entrega a la Corona de casi un millón de reales para ayudar a la financiación de los maltrechos ejércitos españoles. Por todo lo referido se hace blanco del odio del invasor y en agosto de 1809 se ve obligado a esconderse en el pequeño pueblo de Hoyos viéndose obligado a deambular por la sierra de Gata siendo ya un anciano enfermo. Ya tenía en el pueblo residencia para convalecer de sus achaques que además le dejaron prácticamente ciego.

El 29 de Agosto conoce, postrado por la fiebre, la llegada a Hoyos de las fuerzas del mariscal Soult pero esta vez se niega a esconderse. Los franceses entran en su busca y saquean la casa sacando al obispo enfermo de la cama con sus ochenta y cinco años. 

Los franceses perseguían al Obispo. Y cuando entraron en su casa procedieron a destrozar todo el mobiliario, mataron al que hacía las veces de portero, golpearon hirieron y mortificaron a cuantas personas encontraron a su paso y cuando dieron con él, sin ninguna piedad, le sacaron a golpes del lecho, le despojaron de su ropaje, le tiraron al suelo, la soldadesca hizo burla y escarnio del pectoral, mientras el comandante al frente de seis soldados que le acompañaban le gritaba: “¡Viejo loco! 


O juras hoy obediencia a José Bonaparte o te fusilo sin compasión”. Posteriormente al grito de: “¡Fuego! ¡Fuego!”, le dispararon dos tiros, en la garganta y en los genitales, matándole en el acto. Fue enterrado en la iglesia de Hoyos, aunque no se sabe el lugar exacto y cuentan los vecinos que la mancha de su sangre permaneció mucho tiempo indeleble en el suela de la habitación donde fue asesinado. 

Hoy recuerdan su memoria una calle de Hoyos, otra de Mohedas además de una de las principales vías del casco antiguo de Cáceres. Una placa en la Basílica del Pilar recuerda al “Obispo Santo”, como todavía se le llama en Hoyos .

http://lamejortierradecastilla.com/el-obispo-jareno-patriota-asesinado-por-los-franceses/

jueves, 2 de noviembre de 2017

Aventuras y desventuras de un capitan francés por tierras Toledanas durante la Guerra de la Independencia (y III)

Imagen relacionadaMe costó bastante trabajo obtener una audiencia con el general Reding. Primero le enseñé la carta del alcalde de Madridejos.

"Se la vamos a llevar al general, me dijo un oficial de servicio, y usted esperará la respuesta". Insistí en dársela yo mismo; me preguntó que a qué cuerpo pertenecía. Esta pregunta me había sido hecha dos o tres veces, y siempre había tratado de no responder; una vez más, simulando que no la había entendido, dije con la mayor sangre fría de que fui capaz:

"Tengo informes positivos que dar al general sobre los movimientos del ejército francés; ya he hablado de ello esta mañana con el conde de Tilli que he visto en Madridejos, y que me ha encargado que se los comunique lo más pronto posible al general, ya que son especialmente interesantes.

Haga el favor de advertirle que le quiero hablar en privado de parte del comisario de la junta suprema; si no consiente en recibirme, regresaré de inmediato con el conde de Tilli para explicarle las dificultades que he encontrado".



El nombre del conde de Tilli me sirvió aquí como me había servido el del general Reding por la mañana. Todas las dificultades desaparecieron, y un instante más tarde fui introducido en la habitación que ocupaba. El general Reding era un hombre de unos sesenta años; (129) su pelo era blanco como la nieve; su fisonomía, masculina y enérgica, respiraba al mismo tiempo la bondad y la franqueza. "General, le dije mientras le abordaba, espero que me perdone, la treta que he empleado para llegar hasta usted".

Y sin más preámbulos le dije quién era, mi posición en el ejército francés, la misión que se me había encargado para el general Musnier; le conté por que fatalidad me habían abandonado la noche anterior a Madridejos, el espectáculo horrible del que había sido testigo, y la treta que había empleado para no caer en manos de las bandas bárbaras que violaban tan cruelmente las leyes de la guerra y de la humanidad, y que quería entregar mis armas a un guerrero tan renombrado tanto por su bravura como por sus virtudes.

Y diciendo estas palabras, le presenté mi espada. El general me escuchó con mucha atención; cuando acabé, me hizo varias preguntas sobre la situación y la composición de la división del general Musnier, que debía conocer, puesto que formaba parte de su estado mayor. Le respondí que pertenecía a dicha división de manera provisional y desde hacía pocos días; se lo demostré mediante la orden que se me había dado en Madrid, y que llevaba la firma del mariscal Moncey.

La carpeta que contenía este documento guardaba también otros que podían confirmar mi identidad; la dejé completamente abierta sobre la mesa del general; comprendió mi pensamiento, echó un vistazo a la dirección de las distintas cartas que habían sido enviadas a mi nombre, así como a mi diploma de oficial; después, apartándolas con la mano, añadió: "Guarde todo esto, capitán, puede necesitarlo más tarde.

Ha tenido un o buena idea confiando en mí; guarde su espada; usted es mi prisionero, pero prisionero bajo palabra. Sin embargo (130) todavía tengo que hacerle una pregunta. Entre los moti vos que me ha dado para llegar hasta mí, me ha dicho que tenía informaciones que comunicarme sobre los movimientos del ejército francés. -Perdón, mi general, respondí sonrojándome, eso fue una de las consecuencias del papel que representé desde esta mañana, y no era más serio que el supuesto despacho del alcalde de Madridejos. -Me lo creo, y por ello no le exigiré nada que usted piense sea contrario a la delicadeza y al honor militar. Mi pregunta es ésta: ¿Piensa usted que el ejército francés que se concentra en estos momentos en Madrid, se propone defender la ciudad o abandonarla?

Piense si puede responderme sin faltar a sus obligaciones como francés y como militar". Tras reflexionas unos instantes, le respondí: "General, si hubiera tenido ayer la desgracia de haber sido hecho prisionero antes de cumplir mi misión, me hubiera gustado más perder la vida que responder como voy a hacer a su pregunta; pero hoy, cuando el movimiento está en plena ejecución, y cuando usted va a enterarse de ello como muy tarde mañana, quizás esta noche, o quizás dentro de una hora, no puedo atribuirme el mérito de guardar algo que no tiene ninguna importancia, y que no puede influir en nada en sus futuras decisiones. El ejército francés abandona Madrid y las dos Castillas. quizás se retirará hasta más allá del Ebro. Hoy mismo. 30 de julio, el rey José tiene que dejar Madrid, y mañana el mariscal Moncey le seguirá con el resto de las tropas. -Bien, bien, capitán, dijo Reding.

Estoy contento con su respuesta y con la manera en que la ha hecho. Ya conocía una parte de los hechos; pero me ha gustado oír la confirmación de (131) sus labios. Mañana salimas hacia Madrid, usted hará el viaje con nosotros: vaya dar las órdenes oportunas para que sea tratado convenientemente.

Di efusivamente las gracias al general. "Pero, añadí, somos dos prisioneros; el húsar, causa de mi desdicha, aunque eso ya no tiene importancia, y desearía que usted extendiera también sobre él su benevolencia, lo que hará de una manera gustosa, ya que es uno de sus compatriotas. -¿Cómo es posible entonces que sirva en un regimiento francéso -Nada más simple. Nació en Suiza; pero su pueblo que pertenecía al obispado de Porentruy, y por consiguiente al cantón de Berna, se unió a Francia en 1793. He aquí por lo que la ley de reclutamiento lo ha alcanzado y le ha hecho entrar en un regimiento francés. -Lo que me dice me predispone en su favor. Vaya dar las órdenes para que usted lo conserve provisionalmente como ayudante; más tarde, si las circunstancias exigen que sean separados, me ocuparé de él".

Tras haber dado de nuevo las gracias al general, me marché y fui a buscar a mi húsar, a quien conté 10 que me había dicho el general. Estaba encantado y me besaba las manos, jurándome que sólo la muerte lo separaría de mí. No puedo dejar de alabar la conducta del general Reding al respecto. Sus ayudantes de campo y sus oficiales de estado mayor, sin duda tras recibir las órdenes de su jefe, me dieron una simpática acogida.

Mi suerte hubiera parecido buena, si no tuviera en el pensamiento el hecho de que estaba prisionero, y que no sabía ni cuándo ni cómo iba a recobrar mi libertad". ( ... ) (132) El 31 de julio el ejército e;pañol se puso en marcha y llegó a Madrid el 5 de agosto. Dado que la situación en Madrid era bastante arriesgada para un oficial francés, el general Reding decide trasladar al prisionero a San Fernando de Henares a dos leguas y media de la capital (133).

El húsar se quedará como sirviente personal del general. En San Fernando, Chalbrand es encerrado en la cárcel de la localidad junto a un gran número de prisioneros franceses (134). Aquí permanecerá retenido hasta el 28 de noviembre, cuando, ante el avance de las tropas francesas es evacuado a las dos de la mW1ana (J37-13R). Por la noche duermen en Leganés. donde son recibidos a pedradas por la población. El día 30 salen de Leganés y val! a dormir a El Álalllo.

Al día siguiente llegan a Novés. "(141) Llegamos a Novés antes de las diez de la mañana (del día 31 de noviembre de 1808); la niebla había desaparecido; la aparición de una tropa armada. cuyos fusiles rel1ejaban a los lejos los rayos del sol. hizo creer a los habitantes que éramos franceses. Todo el mundo se dio a la fuga, y el capitán Palacio (el jefe de nuestra escolta) se vio obligado a enviar un mensajero para tranquilizarlos. Los campesinos regresaron con la intención de degollamos, para castigarnos por el terror que habíamos provocado en ellos. Nuestra escolta se lo impidió, y Palacio nos hiLO parar a cierta distancia del pueblo. mientras los soldados iban a comprar pan.

No sé dónde paramos por la tarde; el día 3 (de diciembre), nos levantamos antes de que amaneciera: debíamos dormir en Talavera de la Reina; apresuramos la marcha y a mediodía estábamos ante las puertas de esta villa. Como era mucho más considerable que las otras que habíamos atravesad\l, tenía también mucho más peligro para nosotros. Los habitantes no se limitaron a insultarnos, vinieron a nuestro encuentro armados con sables, bayonetas y puñales. Palacio se comportó magníficamente; hizo cargar las armas, y amenazó con disparar sobre los agresores.

El capitán no quiso en modo alguno pararse en Talavera, dónde su vida y la nuestra estaban demasiado expuestas. Seguimos nuestra ruta hasta un pueblo situado dos leguas más lejos. (142) Del 4 al II de diciembre hicimos marchas y contra-marchas continuas, motivadas por la proximidad del ejército trancés; esos movimientos nos hacían pensar que tenían la intención de canjeamos o de liberarnos. Los desgraciados piensan siempre que se ocupan de ellos: es un consuelo que hay que dejarles; desengañarles sería a menudo desesperarlos. El 12 de diciembre, nos encontramos en un pueblo llamado Aldea-Lovispo (¿Puente del Arzobispo?) con el primer destacamento que había partido unas horas antes de San Fernando (de Henares).

Los oficiales de nuestra guardia, reunidos con los del primer destacamento, llamaron a mis camaradas uno tras otro y les hicieron pasar a una habitación vecina. Palacio no estaba; allí, su teniente les dijo que tenían que poner en sus manos todo el dinero y las joyas que llevaran; que su intención no era quitárnoslas sino evitar el pillaje y el robo del que podíamos ser víctimas si conservábamos con nosotros nuestros valores de oro y de dinero. Esta medida había sido ya tomada con los oficiales del primer destacamento, como nos habían contado nuestros camaradas.

Mis camaradas, poco entusiastas con la idea de confiar su bolsa a tales depositarios, como habían oído ciertos rumores precursores de lo que ocurría en ese momento, me confiaron todos su pequeño tesoro. Se habían dado cuenta de que yo gozaba entre los oficiales de la escolta, y sobre todo de Palacio, una cierta consideración que no mostraban con los demás oficiales, por lo que habían concluido que si alguien debían librase de la vejación con que estábamos amenazados, ese era yo sin lugar a dudas.



No se equivocaron; todos, tras haber respondido que no tení- an dinero, fueron registrados de manera indecente, y esta operación insultante fue acompañada (143) con injurias y bromas groseras. A mí también me llegó el tumo; mis camaradas pensaron que iba a seguir el mismo trato vejatorio. El teniente me hizo la misma pregunta, acompañada por las mismas razones que había dado a mis camaradas.

Respondí que me extrañaba mucho que, después de catorce días de marcha, se llevara a cabo una medida que debía haber sido tomada cuando partimos, y que ciertamente hubiera sido menos humillante que rendir nuestras espadas; pero lo que más me extrañaba era que se hubiera pensado en ello durante la ausencia del jefe de la escolta, don Palacio, la única persona que hubiera debido informamos de una decisión de esta naturaleza. "No responderé a su pregunta -añadí-; si quieren registrarme, como tienen la fuerza de su lado, ustedes son los amos; pero protesto de antemano contra un acto indigno de oticiales, y sobre todo de oficiales castellanos".

Había respondido con mucha calma, y vi que eso causó el efecto deseado. El teniente, casi avergonzado, me dijo que había mal interpretado sus intenciones; que, desde el momento en que no eran bien comprendidas, no insistiría más. -Un instante después nos volvimos a poner en marcha y nuestro dinero se salvó por esta vez. El 14 de diciembre, llegamos a Oropesa, donde vimos varios soldados ingleses entre los curiosos atraídos por nuestra presencia. A medida que avanzábamos, el número de casacas rojas aumentaba.

Yo temblaba pensando que podían ponernos en sus manos; ya nos habían amenazado con hacerlo. Sin embargo, nos dimos cuenta de que, lejos de tirarnos piedras o de insultamos como los españoles, nos miraban con un aire de gran compasión. Nos encerraron en el vestíbulo de la prisión: (144) cuatro muros ahumados, dos puertas armadas con enormes cerrojos y candados, fueron los únicos objetos que nos chocaron El mobiliario de nuestro apartamento se componía de una larga piedra destinada a servimos de mesa, de banco y de almohada.

Un ventana con rejas iluminaba esta agradable estancia; pero daba a la calle; y era por allí por donde los notables del pueblo nos atacaban con piedras; estaban seguros de no fallar, y de que nosotros nos les responderíamos. Mientras se divertían con este noble ejercicio, un oficial inglés seguido por dos soldados se presenta, aparta al gentío repartiendo a diestro y siniestro algunos puñetazos, y entra en nuestra celda. El oficial hablaba un poco francés y bastante mal el español; los soldados hablaban español; el primero preguntó si había algunos oficiales franceses entre nosotros; le respondimos, y él nos estrechó la mano a cada uno, mientras que sus soldados fraternizaban también con los nuestros.

Ya no era el lenguaje grosero, la risa burlona, las bromas atroces con los que nos perseguían los españoles; era la expresión de los sentimientos generosos del hombre que comprende los deberes de la humanidad. A un gesto del oficial, varios otros soldados ingleses se acercaron a nuestra prisión y se unieron a la conversación; después un grupo de ellos se alejó y volvieron poco después con su cena, que compartieron con nuestros soldados.

Esta feliz intervención sirvió para detener cualquier hostilidad por parte de la población. Al día siguiente, antes de partir, vimos llegar a la plaza un oficial de la guardia imperial conducido por una docena de guerrilleros. Se nos permitió charlar con él. Este oficial acababa de ser hecho prisionero en El Escorial; nos dio informes exactos sobre la posición de los ejércitos. Le invitamos a comer una parte (145) de un triste rancho, que aceptó encantado, pues estaba literalmente muerto de hambre.

Ya que acabo de hablar del rancho, mis lectores no se molestarán si les explico en qué consiste este manjar, que nos daban siempre que podí- amos pagarlo. El rancho es la comida ordinaria de los soldados. La nuestra se componía de hojas de col y de lechuga, de patatas cortadas en cuatro trozos sin pelar y sin lavar, y de algunos puñados de garbanzos, todo cocido a borbotones en un caldero. El cabo que iba delante se encargaba de preparamos el rancho, pagando cuatro reales que cada uno le daba diariamente.

Él ganaba algo y nos ahorraba el tener que comprar comestibles y que cocinarlos, cosa que en nuestra posición hubiera sido muy difícil, por no decir imposible". Hasta aquí el relato del capitán Chalbrand por tierras toledanas. Después seguirá su camino como prisionero hacia los barcos-prisión fondeados en la bahía de Cádiz, pasando por varias localidades de Cáceres y Badajoz" hasta San Juan de Aznalfarache, desde donde, por el Gualdaquivir, llegará hasta San Lúcar de Barrameda para ser conducido al pontón llamado "Castilla la Vieja".

El 8 de junio de 1810 será liberado por tropas francesas. A partir de ese momento estará destinado en el cuerpo del ejército francés que operaba en Andalucía, región que recorrerá sin tantas penurias. Finalmente, antes de abandonar España con destino a Rusia en diciembre de 1813, escribe: "Aunque estaba muy contento de alejarme de España, que traía a mi mente tan tristes recuerdos, y de no participar en una guerra cuyo carácter se volvía cada día más bárbaro, dejaba en aquel país varios amigos que echaba de menos, y no olvidaba que los días de miseria habían sido horrados por otros de felicidad.

Francisco Vicente Calle Calle 
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martes, 31 de octubre de 2017

Aventuras y desventuras de un capitan francés por tierras Toledanas durante la Guerra de la Independencia (II)

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Después, con un tono de dolor desgarrador: "¡Ay! ¡Madre mía' -añadió-, ¡mi pobre madre, ya no os volveré a ver'''. Esa desesperación tan verdadera, ese recuerdo de su madre tan conmovedor en semejante momento, me produjeron una viva impresión. Lo miré con más atención de la que le había prestado hasta entonces.

Era un joven de apenas diecinueve años, con la cara imberbe, las mejillas frescas y rosadas, uno de esos niños a los que la implacable conscripción arrancaba del seno familiar para ofrecerlos como víctimas al demonio de la guerra. Si se hubiera tratado de un soldado veterano ese lenguaje me hubiera emocionado poco; hubiera visto en él un signo de (116) debilidad indigna de un militar; pero tratándose de un adolescente, que llevaba todavía, por así decir, sobre su frente los restos de los besos maternos, me sentí enternecido.

El recuerdo de mi madre también atravesó mi corazón; mi có- lera desapareció de golpe, y tendiéndole la mano le dije: "Levántate, hijo, no se trata ahora de lamentarse. Hemos caído los dos en el precipicio; hay que tratar de salir, si podemos". Comprendiendo por el gesto y por el tono que había adoptado al dirigirle estas últimas palabras, que ya no estaba irritado, el joven húsar se levantó, y apretándome con efusión la mano que le tendía me dijo: "¡Ah' Mi capitán, hable, ¿qué hay que hacer para sacarle de aquí



Estoy dispuesto a todo, incluso a morir para salvarle la vida; puesto que yo soy la causa del peligro que ahora corre". -U na vez más le digo que no se trata de morir si se puede evitar. Hay que empezar por hacer todos los esfuerzos posibles para salir del aprieto; y después, si no podemos evitar nuestra suerte, siempre habrá tiempo de resignarse a ella y de morir como valientes. -Haré todo lo que usted quiera, mi capitán; ordene, que estoy dispuesto a obedecer. Yo estaba bastante contrariado porque no sabía qué partido tomar. Dije a mi húsar que en todo caso tuviera preparadas sus armas, y que me esperara un momento. Me aseguré de que la puerta de la calle estaba cerrada por dentro, y subí de nuevo a mi habitación para observar lo que ocurría, para ver qué podía hacer.

La calle seguía estando llena de una multitud todavía numerosa, todavía exasperada. Lo único diferente era que avanzaba más lentamente; después hubo un momento de pausa; al instante se escuchó un clamor inmenso, horrible; mil gritos que se convertían en uno solo: "¡Muerte a los franceses.' Al mismo tiempo la muchedumbre se abría para dejar paso a cinco jinetes que traían (117) a una decena de soldados franceses que habían hecho prisioneros.

Eran algunos rezagados que pertenecían a la última columna que salió durante la noche. Los desgraciados estaban en un estado lamentable; sus ropas eran jirones, la sangre y el sudor corrían por sus rostros, y este aspecto, lejos de inspirar piedad a las bandas armadas que los rodeaban, parecía aumentar su rabia. Los gritos de ¡muerte a los franceses' se redoblaban con una nueva violencia; se les lanzaba barro, piedras; mil hojas de cuchillos brillaban amenazantes sobre sus cabezas. Los jinetes que les escoltaban hacían inútiles esfuerzos para protegerles; hablaban a la multitud, incluso amenazaban con sus sables a los más encarnizados; pero ¿qué podían cinco hombres contra esta muchedumbre furiosa, que cada vez era más compacta? Pronto uno de los prisioneros cayó al suelo, sin duda por el cansancio.

En un momento fue arrastrado hasta el centro de un grupo, que se precipitó sobre él como fieras salvajes sobre una presa. Era para aquél que le diera una puñalada o una bayonetazo, y mucho después de que hubiera dejado de existir, sus verdugos se ensañaban todavía sobre su cadá- ver. Durante esta escena, el jefe de la escolta, esperando sin duda que la muchedumbre, contenta con una víctima, le dejaría llevarse a los otros, redobló sus esfuerzos para abrirse paso.

Ordenó a sus cuatro hombres que hicieran fuego con sus carabinas sobre los que intentaran llevarse a los prisioneros. Esta amenaza produjo su efecto, y los prisioneros, reducidos a nueve, pudieron continuar su camino. Se puede comprender qué dolorosa impresión produjo en mí este espectáculo horrible. Ésta era la suerte que me esperaba en el momento en que fuera descubierto, en que la turba hubiera entrado en la casa en la que estaba, y lo que me extrañaba, era que no lo hubiera intentado todavía (118). Por un momento pensé en abrir la puerta de la calle, precipitarme en medio de esta turba con el joven húsar, y hacerme matar combatiendo, para evitar el suplicio horrible del que acababa de ser testigo, y así al menos vender cara mi vida.

Sin embargo una reflexión me frenó; el ejército de Castaños no estaba compuesto únicamente por esas bandas indisciplinadas que veía en la calle, y que no ejercían más que actos de barbarie como el que acababa de presenciar. Había un cierto número de tropas regulares, que trataban a los prisioneros con las consideraciones habituales con que las naciones civilizadas tratan a un enemigo desarmado. Tenía la prueba en los esfuerzos que habían visto hacer a los jinetes de la escolta, que evidentemente pertenecían al cuerpo regular, y que, según el uniforme, pertenecían al de guardias valonas. Si fuera posible entregarme como prisionero a algún oficial del ejército regular, sería sin duda una desdicha, pero no una desgracia irreparable, como lo sería una muerte inútil y sin gloria, cayendo en poder de esa tropa de locos furiosos. ¿Pero, dónde estaba ese ejército? ¿Cuándo ocuparía Madridejos" ¿No tratarían antes de entrar en la casa en la que estaba encerrado?

Mientras me dedicaba a reflexionar sobre esto, me di cuenta de que la muchedumbre había disminuido considerablemente; en lugar de los guerrilleros, se veía una larga fila de galeras' llenas de mujeres y de niños, que algunos hombres con aspecto de burgueses escoltaban a caballo o montados en mulas. Todavía se veían también aquí y allá un buen número de aquellas figuras siniestras de hace un rato, pero había también algunos soldados regulares. Esos coches de mujeres y de niños, esos burgueses que les acompañaban, eran los habitantes de Madridejos que habían abandonado la villa durante (119) la estancia de los franceses, y que se apresuraban a volver a sus domicilios después de su marcha.

Una proclama de Casta- ños les había invitado a hacerlo, al mismo tiempo que prohibía a los soldados entrar en cualquier casa antes que los propietarios, y de presentarse en ellas sólo con una autorización del alcalde. He aquí lo que comprendí de una conversación que tenía lugar bajo mi ventana entre un soldado y un burgués. Comprendí así porqué no me habían molestado en mi refugio; pero aquello no podía durar mucho tiempo. Las casas vecinas a la mía comenzaban a recibir a sus dueños; probablemente el mío aparecería pronto; y como no me interesaba encontrarme cara a <:ara con él, me decidí a llevar a cabo un proyecto que acababa de ocurrírseme sobre la marcha. Bajé a toda prisa a donde estaba mi húsar.

Ya no estaba en la sala en la que le había dejado; creí oír un ruido en un pequeño patio vecino; corrí hasta allí, y vi que acababa de ensillar nuestros dos caballos. -j Vaya' Exclamé, no había pensado en los caballos; pero has tenido una buena idea, y ya que están listos, aprovechémosnos. -¿Qué tengo que hacer, capitán? -Nada, sólo tienes que seguirme a algunos pasos de distancia, como si fueras mi sirviente, y si te dicen algo, responder que ... -Pero, mi capitán, interrumpió el húsar, no sé ni una palabra de español; a penas casi no sé hablar francés; pues soy alsaciano, y no hace seis meses que salí de mi región. Su acento tudesco, y la dificultad con la que se expresaba en francés me habían hecho suponerlo. "mejor así, respondí a mi vez, yo hablaré por los dos, y será mejor todavía".

Después le hice quitarse la escarapela de su chacó; a continuación quité la de mi sombrero de ordenanza, y separé sus alas, (120) de manera que bajándolas adquiriera la forma de un sombrero español; una vez hecho esto, cubrí mis hombros con una capa parda española, y monté a caballo. Recomendé al húsar que hiciera otro tanto tan pronto como abriera la puerta de la calle, a la entrada de la cual me paré para darle tiempo a montar.

¿Hay que llevar el sable en la mano'), me dijo. -No, no, guárdalo bien. Deja tu sable en la vaina y tu carabina en el gancho como si fuéramos a dar un simple paseo". Todo se hizo como yo había ordenado. A penas estuvimos en la calle, mil miradas escrutadoras se dirigieron sobre nosotros. Todavía había allí un buen número de guerrilleros que, si nos hubieran reconocido, no habrí- an deseado más que vengarse en nosotros por los prisioneros que les habí- an arrebatado una hora antes.

Pero yo había contado con nuestro disfraz para despistar a los curiosos; pues mi gran sombrero redondo y mi capa no me hacía parecer de ninguna manera un oficial francés; en cuanto al húsar, como pertenecía al segundo regimiento, cuyo uniforme es gris oscuro, y como había en España un regimiento extranjero cuyo uniforme era más o menos del mismo color, no era fácil para los burgueses y los campesinos, poco al corriente de los atuendos militares, distinguir si éste era amigo o enemigo. Ya había contado yo con esto; pero había contado más con mi sangre fría y con mi facilidad para hablar la lengua española, facilidad tal que me podía hacer pasar por un verdadero castellano.

A penas di unos pasos, me giré, como si hubiera olvidado algo, y dije en voz baja a mi húsar que le iba a ordenar en español que fuera a cerrar la pU\"rta de la casa y que me trajera la llave. Elevando la voz le dije en español, (121) de manera que me pudieran oír todos los vecinos: "Pedro, baja del caballo y ve a cerrar la puerta; me traerás las llaves, que iré a dejar en manos del alcalde".

Después, dirigiendo la palabra a un burgués que parecía ocupado en instalarse en una casa vecina: "Señor, le dije, ¿sabe usted si su vecino tardará mucho en volver a ocupar su casa? -No lo creo, señor jinete, me respondió, pues el señor don Gómez de Ribeira, a quien pertenece, hace tiempo que se marchó a Andalucía, donde posee propiedades considerables. -Entonces, repliqué, voy a entregar las llaves al alcalde, siguiendo la órdenes que he recibido del general Reding, para que él disponga corno crea conveniente". Según iba terminando de decir estás palabras, mi húsar me iba dando las llaves, y montando otra vez a caballo.

El nombre del general Reding produjo el efecto que yo había previsto 5. Vi que todas las caras a mi alrededor se aclaraban, y que la nube de desconfianza que las oscurecía hasta entonces daba paso a la confianza y al respeto. "¿Podría indicarme, dije dirigiéndome a mi interlocutor, la vivienda del señor alcalde? -Señor oficial, me respondió, está a dos pasos, y si me lo permite, tendré el honor de conducirle hasta allí personalmente. -Acepto su ofrecimiento con gusto, si no le molesta demasiado. -En absoluto, estaré encantado de servirle de guía". Y se puso al instante a caminar a mi lado. Rápidamente me di cuenta de que el digno burgués había decidido acompañarme más que por deferencia hacia mi persona, por curiosidad.

Todo el tiempo que duró el trayecto entre su casa y la casa del alcalde, es decir, durante un buen cuarto de hora, aunque sólo estuviera a dos pasos, según él, no paró de hacerme preguntas, a las que respondía muy alto y con una imperturbable (122) sangre fría de manera que me pudieran oír el grupo de individuos que nos seguía atraídos por la curiosidad. "¿Piensa usted, señor capitán, me decía, que los franceses volverá aquí? -¡Ohl No hay peligro; le garantizo que en este momento están en plena retirada en toda España, y pronto habrán vuelto a cruzar los Pirineos. -Alabado sea Dios, señor comandante (pues, a medida que iba ganando confianza, iba aumentando mi graduación). ¡Ah! ¡Malditos franceses!, ¡cuánto mal me han hecho!

Figúrese que no he encontrado ni un solo mueble entero en mi casa. ¡Ah! ¡Si antes de que se marcharan pudiéramos exterminarlos a todos! Eso es lo que podría pasar si el general Castaños consigue alcanzarlos. -¿Usted cree" ¡Ahl ¡Qué alegría! Hablando de esta manera llegamos a la casa del alcalde. ¿Me saldrá todo tan bien con él como con su administrado? Esta idea me inquietó un momento; pero, puesto que todo había empezado tan bien, decidí seguir con mi juego hasta el final. Para darme una cierta importancia, rogué a mi guía que se asegurara si el magistrado estaba en su casa, y en ese caso de prevenirle de que un oficial agregado al estado mayor del general Reding deseaba hablarle. Un poco después, mi hombre volvió diciéndome que el alcalde me rogaba que entrara en el zaguán, a donde iría al instante.

Bajé rápidamente del caballo y entré en el zaguán, donde mi guía me hizo los honores, mientras esperábamos al alcalde, que él conocía, me dijo, particularmente. Inmediatamente vi entrar al magistrado; era un hombre bajo, mofletudo, de vientre prominente, y que me hubiera recordado bastante a su compatriota Sancho Panza, a no ser por una cierta afectación de gravedad y de importancia incompatible con la simplicidad y el descuido del famoso escudero del caballero de la (123) Mancha. "Señor alcalde, le dije, he sido enviado, la pasada noche, por el general Reding a esta villa, con la finalidad de tomar posesión, inmediatamente después de la marcha de los franceses, de la casa que les había servido de cuartel general, y de asegurarme del estado en el que se encontraba dicha casa, perteneciente al se- ñor don Gómez de Ribeira, para preservarla de cualquier depredación ulterior.

He visto que esta mansión está intacta. que los muebles ha sido conservados, y que tras haber mandado cerrar las puertas en presencia de varios honorables ciudadanos, y entre otros, del señor aquí presente, añadí señalando mi guía, le traigo las llaves, encargando a partir de ahora a Su Señoría de cualquier responsabilidad al respecto. -Pero, señor, respondió el alcalde, no comprendo porqué tengo que encargarme yo de esta responsabilidad; ya que yo mismo he estado ausente de esta villa desde hace más de un mes, al no haber querido ejercer mis funciones en nombre del usurpador. He llegado hoy; ignoro en qué estado se encuentra la propiedad de don Gómez, ni cuál es la especie de responsabilidad que me quiere imponer encargándome de estas llaves.

Además no tengo que recibir ninguna orden del general Reding, ni de ninguno de los general, ni siquiera de Castaños; sólo debo obediencia a la junta suprema y a su representante, el conde de Tilli, al que espero hoy mismo en esta villa". Esta respuesta fue hecha con un tono de mal humor nada tranquilizador.

Lo que todavía era menos, era la próxima llegada del conde de Tilli, personaje del que había oído hablar bastante. Era uno de esos hombres que se encuentran en todas las revoluciones, que busc¡¡n con su audacia y valor el olvidar un pasado poco honorable. Cargado de deudas, arruinado por completo, perseguido en Madrid (124) por un proceso relacionado con la falsificación, el conde de Tilli se había presentado a la junta de Sevilla como víctima de su apoyo a la causa del rey legítimu. Sus maneras de gran señor, su elocución fácil, su espíritu sutil, y alguna cosa de acerbo y de resolución en su carácter, hicieron que se le considerara como una preciosa adquisición.

Fue nombrado miembro de la junta suprema, y enviado como tal, cuando comenzaron las hostilidades, al lado de los generales para controlar y vigilar sus actos. Estas funciones, como se ve, eran análogas a las de los representantes del pueblo que la Convención enviaba a los ejércitos durante las guerras de nuestra revolución. Era sobre todo en sus relaciones con el enemigo y con las poblaciones civiles donde la autoridad de los generales estaba subordinada a la del comisario de la junta suprema.

Castaños no se hubiera permitido recibir a un parlamentario en su presencia de otra manera, y se deben al conde de Tilli las cláusulas tan duras del tratado de Andújar y la mala fe con la que se llevó a cabo su ejecución lo. Los generales no podían llevar a cabo requisiciones sobre los habitantes sin su visto bueno; he aquí la razón por la que el alcaIde de Madridejos no parecía dispuesto de ninguna manera a obedecer las órdenes del general Reding.

Yo conocía todas estas particularidades; pero había imaginado que el nombre del general Reding produciría sobre el alcalde el mismo efecto que sobre mi guía. Dándome cuenta que me había equivocado, me apresuré en buscar una salida al lío en que me había metido. "Señor alcalde, usted me ha comprendido mal, o más bien, lo confieso, me he expresado mal.

No se trata de imponerle ninguna responsabilidad, menos todavía de darle órdenes de parte de mi general; él sabe con qué celo, con qué entrega por la buena causa (J 25) usted cumple sus funciones; sabe, como lo saben también todos sus colegas, que todos los servidores del rey Fernando pueden contar con usted para prestarle su ayuda y protección; es por este motivo por lo que le ruega que vigile la casa de su amigo personal, el señor Gómez de Ribeira, para que no permita que sea ocupada, cuando sea necesario, en el momento del paso del ejército, excepto por generales o jefes de cuerpos, o por personajes de la importancia del conde de Tilli, del que usted me hablaba hace un momento" ..

Rápidamente me di cuenta de que en al adular la vanidad del alcalde había tocado la cuerda sensible. "Si es así, dijo en un tono más suave, me hago cargo de las llaves de don GÓmez. Dirá al general Reding que haré todo lo posible para cumplir sus deseos, y que siento que la marcha del ejército no le haya permitido pasar por aquí; hubiera estado encantado de rendir mis honores a un leal servidor del rey, que, según lo que usted acaba de decirme, conoce también mi apego a la buena causa.

¿Que si lo conoce? Pero si le he oído varias veces hablar de usted en el sentido que le he dicho, y no duda que tan pronto como Su Majestad Católica haya vuelto a ocupar el trono de su padres, usted recibirá de manos del propio rey una recompensa digna de sus eminentes servicios". Esta segunda dosis de halagos acabó por volverle loco.

Cualquier reserva, cualquier altanería había desaparecido; me ofreció un refrigerio, que yo le agradecí, (pero que no acepté) con el pretexto de que no podía pararme más tiempo, y que ya tenía que estar de camino; pero no quise dejarle sin aprovechar su buena voluntad para que me diera información sobre dos hechos importantes que me había desvelado durante su conversación: el primero, que el conde de Tilli iba a llegar a Madridejos; el segundo, que (126) el general Reding no pasaría por aquella villa. "Sólo me queda, le dije, tendiéndole la mano, que despedirme de usted; pero antes, ¿tendría la bondad de darme un recibo donde figure que le he entregado las llaves')

Esta formalidad, me apresuré a añadir, es sólo para mí, y sirve para demostrar a mi general que he cumplido la misión que me ha encomendado". -"No hay ningún inconveniente", dijo muy dignamente el alcalde, y se puso a escribir el documento que le había pedido. Como era necesario que pusiera el nombre de la persona de la que había recibido los objetos que figuraban en el recibo, me preguntó cómo me llamaba. "De Forbach, respondí, capitán de estado mayor, agregado a la división del general Reding. -¡Vaya' ¡Pero si tiene usted apellido alemán, y yo que pensaba que era usted español! -Soy suizo, respondí negligentemente, compatriota del general Reding 7, y desde hace bastante tiempo al servicio de España". Cuando acabó de escribir, le rogué que metiera el documento en un sobre lacrado y dirigido al general Reding, procurando sellarlo con su sello de alcalde. "¿Y qué nombre de ciudad o de pueblo tengo que poner en el sobre?, preguntó, pues me parece que el general ya no está en Consuegra.

-Es probable, repliqué; pero deje el nombre en blanco, pues yo sabré encontrarle allá donde se encuentre. Ahora, añadí, cuando me dio el famoso recibo, no me queda más que desearle buena salud y darle de nuevo las gracias. ¡Ah! Por cierto, cuando vea al conde de Tilli, querría, se lo ruego, darle recuerdos de mi parte y decirle cuánto siento que mi deber no me haya permitido presentarle mis respetos. -Entonces, ¿le conoce usted? -Mucho. -En ese caso, es una pena que no pueda usted prolongar su estancia una hora o dos, pues estará (127) aquí dentro de una hora, o como mucho hora y media. -De verdad que es una pena, pero seguro que sólo hará un alto en el camino y que continuara su ruta; entonces lo veré esta noche o mañana por la mañana. -No lo creo, pues tiene que quedarse aquí hasta la llegada del general Castaños, que no llegará hasta mañana o pasado mañana. -¡Bien!, entonces le veré en Madrid. Adiós, señor alcalde! -¡Adiós, señor capitán". Y nos separamos dándonos los más cordiales apretones de manos. Ahora ya estaba centrado en lo que me quedaba por hacer.

Ya no temía encontrarme con el conde de Tilli, que no hubiera sido tan fácil de engañar como el alcalde. Se trataba de encontrar al general Reding, cuya lealtad era tan conocida como su valentía. Tenía en la carta escrita y sellada por el alcalde una especie de salvoconducto que podía servirme para llegar hasta él. Había que darse prisa y aprovecharse de ello. Volví con mi húsar, que me esperaba tranquilamente en la calle, sujetando mi caballo por la brida, y rodeado de un círculo de curiosos, pero que se mostraban poco inoportunos.

El alcalde me había acompañado hasta la puerta, y los testigos de esta escena habían visto cómo nos estrechábamos las manos. Subí lentamente al caballo, y después de saludar con la mano al alcalde y al burgués que me había servido de guía, piqué espuelas y me dirigí al camino de Madrid, seguido por mi fiel húsar. Llegamos temprano a Consuegra. Esta pequeña villa estaba tan embarullada por las mismas tropas que había visto por la mañana en Madridejos, que me costó trabajo atravesarla. Conseguí hacerlo sin excitar demasiado la curiosidad, y tras haberme asegurado que el general Reding ya se había ido de allí, dirigiéndose a Tembleque.

Al llegar a esta última villa, me enteré de que (128) el general se encontraba allí, y que mi suerte se iba por fin a decidir. Ya era hora, pues estaba muerto de fatiga; pero quería sobre todo salir del estado de ansiedad en el que me encontraba desde la mañana. El disfraz que había adoptado y el papel equívoco que estaba obligado a representar no iban da manera alguna con mi carácter; a cada momento estaba a punto de traicionarme a mí mismo, y cada vez que articulaba una de aquellas mentiras a las que m~ obligaba mi disfraz, me parecía que mi cara debía contradecir mis palabras.

Francisco Vicente Calle Calle 
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