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viernes, 19 de mayo de 2023

Un Poema Inédito del siglo XVIII dedicado a la Romería de Espinoso a Piedraescrita. Abraham Madroñal

Foto de 2016 (fuente Youtube)

Un manuscrito literario sobre Talavera y su antigua tierra


Hace algún tiempo, en el homenaje talaverano a don Fernando Jiménez de Gregorio, dimos cuenta del manuscrito 14763 de la Biblioteca Nacional de España, que contenía diversos textos literarios relacionados con Talavera y su tierra[1]. Otros investigadores guiados por aquella descripción del manuscrito han publicado después otras piezas del mismo, particularmente una comedia y un entremés[2], pero quedan muchos versos por editar y esos versos son importantes para la tierra de Talavera.

Solo sabemos en lo que toca a su autor que el manuscrito está compuesto por un tal Pineda, pero contra lo opinión de los que han tratado de él, más que tratarse de un ingenio talaverano, parece que es un escritor de Madrid que compone una serie de obras a petición de un amigo de la ciudad de la cerámica, que tal vez le invitaría a conocer su tierra en época festiva. Sí tenemos noticia de que era dueño de dicho manuscrito una tal Josef (su apellido está tachado), que dice en la primera hoja: “Este manuscrito lo compré en la ciudad de…1776” y firma.

En efecto, el manuscrito recoge comedias de claro sabor talaverano, como las tituladas Flor hay que a un Prado hace cielo, dedicada a la ermita del Prado, o Los tres hermanos del cielo y mártires de Talavera, centrada en los santos Vicente, Sabina y Cristeta, etc. A buen seguro, dichas comedias, autos y entremeses se escenificaron en los teatros talaveranos de la época[3].

Un poema dedicado a la romería de Espinoso a Piedraescrita

Pero no solo contiene el manuscrito textos teatrales, a partir del folio 346 aparecen los poemas, precedidos de un subtítulo algo rimbombante que dice: Frutos de la ociosidad, si hay ociosidad con fruto, que en variedad de conceptos, ya místicos ya profanos, ofrece a los de buen gusto el buen gusto de su autor. Entre dichos frutos se recoge una serie de poemas que tienen sabor local, como el que alude a la villa de El Carpio [de Tajo] y a los duques de Uceda, cuando recuperaron su señorío sobre la villa; como El Carpio obtuvo tal título en 1737, el poema tiene que ser posterior, aunque parece muy cercano en fechas.

El otro es este que vamos a transcribir ahora, que relata cómicamente lo que parece una romería desde Espinoso del Rey hasta Piedraescrita, todo ello en el marco de un festejo popular en el verano, en el que también hubo toros y comedias. Hasta ahora, no teníamos noticia de un texto literario tan antiguo para una tradición que debió de ser común entre nuestros antepasados.

Conocemos bien las romerías y peregrinaciones populares, mantenidas hasta hoy, de los jareños a Guadalupe, o a la ermita del Prado de Talavera; y teníamos noticia de esta costumbre de peregrinación a la antiquísima y muy bella ermita de Piedraescrita, que tan maravillosos tesoros alberga en forma de frescos románicos y azulejería talaverana del siglo XVI, porque así lo señalan las Relaciones topográficas de Felipe II, al tratar justamente de Espinoso:

“A tres leguas de este lugar hay una ermita que se dice Nuestra Señora de Piedra Escripta, a la cual acude mucha gente de lugares a la redonda, la cual está en un desierto, y acuden a ella en tiempo de verano, la cual ermita es tan antigua que no hay memoria de hombres de cuándo se fundó, y que es público que ha hecho milagros, pero que este testigo no los ha visto” (Relaciones histórico-geográficas-estadísticas de los pueblos de España. Reino de Toledo. Ed. Carmelo Viñas y Ramón Paz. Madrid, CSIC, 1951, I, p. 352).

Tanto la ermita como la romería tienen orígenes más antiguos, según los estudiosos, acaso del siglo XI la primera y de mediados del XIII la segunda. Como en el caso de la Virgen de Guadalupe, también aquí se cuenta la leyenda de la aparición de la Virgen a un vaquero de Espinoso, al que le encargó construir una ermita en ese lugar de Piedraescrita donde hoy sigue existiendo. 

Incluso se nos conserva alguna imagen de la Virgen que había en aquella iglesia utilizada en impresiones sueltas que los peregrinos podían llevarse como recuerdo para después rezar a dicha imagen y obtener una indulgencia, tal y como reproducimos más adelante. La romería se ha mantenido hasta la actualidad, y según la información proporcionada por el propio ayuntamiento de Espinoso, la imagen de la Virgen se trae cada siete años a esta villa:

“La Virgen permanece cuatro meses en Espinoso, desde el tercer sábado de mayo hasta el tercer sábado de septiembre, en el transcurso de este tiempo se hacen misas de barrio y procesiones, recorriendo todas las calles del pueblo” (http://espinosodelrey.es/municipio/eventos.html). Consulta de febrero de 2019.

Nuestro poema es el ejemplo más antiguo de la romería en un texto literario, como decimos, y por eso (y por su interés) pensamos que merece la pena reproducirlo en su integridad. Por el códice donde se contiene, el poema se escribe a principios del siglo XVIII, pero sin duda tiene todas las características de los textos barrocos, particularmente de los de corte cómico que habían impuesto Góngora, Lope o Quevedo (de forma singular este último). Está escrito en forma de silva, es decir, con una sucesión de versos endecasílabos y heptasílabos que riman en pareado, normalmente en consonante, aunque también alguno rima en asonante. Se compone de 306 versos.

Nos interesa su lenguaje, especialmente la presencia de palabras y expresiones propias de la comarca que dice expresamente “uno de la Jara”, aquí presentado como un rústico aldeano que causa la risa y la burla del autor del poema. Igualmente, interesan determinadas alusiones literarias, como al caballo de don Quijote o a la jaca del famoso Velasquillo, truhán de los Reyes Católicos, que aparece como protagonista de buen número de cuentos tradicionales del siglo XVI, como recoge Juan de Timoneda, entre otros.
En lo que toca a la edición, he procedido a modernizar las grafías y a modificar la acentuación, puntuación y mayúsculas, según las últimas normas de la Real Academia Española. Corrijo también si advertirlo errores de copia como tetra por treta, y otros similares. Pero respeto casos de s por x (estraño), ll por rl (advertillo) o formas antiguas como aqueste, estrotras, fragrancia, etc. Indico las palabras ilegibles con tres puntos entre corchetes.

[1] Abraham Madroñal, «Estudio y edición del Entremés de los figurones (un manuscrito dramático talaverano en la Biblioteca Nacional) », Homenaje de Talavera y sus tierras a F. Jiménez de Gregorio, Toledo, Ayto. Talavera de la Reina, 1998, pp. 363-380.

[2] Juan de Pineda, Flor hay que a un Prado hace Cielo y Estrella que vence a el Sol (1728), transcripción y presentación de Ángel Ballesteros Gallardo. Talavera: Excmo. Ayuntamiento, 2010. También Pedro Tenorio Matanzo: «Un entremés inédito de Juan de Pineda (Estudio y edición del entremés del Doctor Chamorro)», Alcalibe: revista Centro Asociado a la UNED Ciudad de la Cerámica, 7, 2007, pp. 205-232.

[3] La loa primera (para la comedia El Eneas de Dios) se dice que se escenificó en una función de ánimas por carnestolendas en la parroquia talaverana de San Andrés y al final se indica que la compuso un devoto de las Ánimas, a petición de don Francisco de la Cerda, administrador de la renta del tabaco en Talavera, en 1724. Asimismo, en la Loa para la comedia Flor hay que a un Prado hace cielo, se dice que la compuso, tanto la loa como la comedia, “un devoto de Nuestra Señor del Prado, natural de Madrid, a petición de un amigo suyo en la villa de Talavera de la Reina” (f. 105). Al final de la comedia se lee, que fue aprobada por el vicario en la villa de Talavera, en 1728.

Encuadernación del manuscrito donde se puede leer: “Obras de PYNEDa”




Índice y primer folio del ms. 14763 de la Biblioteca Nacional de España.


Portadilla del mismo manuscrito en la parte que contiene las poesías.

 
Lámina impresa del altar y la antigua imagen de la Virgen de Piedraescrita, desaparecida en la Guerra Civil. (Propiedad del autor)

Índice de los poemas de esta última parte del manuscrito:

Frutos de la ociosidad, si hay ociosidad con fruto, que en variedad de conceptos, ya místicos ya profanos, ofrece a los de buen gusto el buen gusto de su autor.

-Letra a nuestro padre san Augustín, obispo y doctor de la Iglesia: “Cielo, sol, luna y estrellas”, f. 346.

-A la bienvenida que a los excelentísimos señores duques de Uceda previno el filial afecto de sus vasallos en la villa del Carpio, viniendo a tomar la posesión de sus estados después de restituidos por su majestad a sus excelencias. Dispúsose una danza de niñas, que cantaron la siguiente letra: “Todo sea hoy aplauso”, f. 346v.

-Después de cantar las niñas el de Botón, que iba por bulla, dijo el romance siguiente joco-serio-cómico: “Ya que aquestas señoritas”, f. 347.

-Concluido el romance, volvieron a formar lazos las niñas, danzando y cantando las cuartetas siguientes: “Vengan, vengan al Carpio”, f. 348v.

-Concluidos los lazos, cada una de las niñas de la danza dijo su décima: “Feliz día en que dichoso”, f. 348 v.

-Quéjase Lisardo a Filis, viéndose sin correspondencia y haberle faltado en el correo el alivio que apetecía. Décima: “Decir, Filis, lo que siento” f. 349v.

-Pinta Lisardo a Filis, cómo se hallaba sin su correspondencia y lo que sintió al ver su carta. Décimas: “Sentía en mí tal tormento”, f. 350.

-Romance: “Juanilla a un macho mucho”, f. 350v.

-Pintura del enamorado a su querida Clori. Romance: “Escúchame, por tu vida”, f. 351.


-Letra a santa Rita de Casia, viuda augustina recoleta. Coplas: “De Rita el festivo aplauso”, f. 351.


-Otra letra a la misma santa con sacramento. Coplas: “Una dama y un galán”, f. 351.

-Letra que se cantó a dúo al glorioso san Antonio Abad el día de su festividad en su Hospital de la villa de Talavera de la Reina. “La oración y la humildad”, f. 352.

-Coplas: “La oración fue quien a Antonio”, f. 352v.

Y a partir de aquí sigue la silva dedicada a la romería de Piedraescrita que reproduzco.






APÉNDICE EDITORIAL.
(Ms. 14763 de la BNE, ff. 353-354v).

Pues quieres, dueño mío, hechizo de mi vida y mi albedrío, que te pinte mi historia, si es que aún permanece en mi memoria, escucha, por tu vida y por la mía, presta atención, que va de romería. 

Salimos de Espinoso una alborada, guiando a Piedra Escrita la jornada; mas fue tan de mañana la partida
que lo obscuro la hacía desabrida y el fresco suficiente nos cogió tan de lleno de repente que aunque en calor la bulla nos metía solo era el frío lo que se sentía, bien que aqueste principio me asegura que no faltó a la fiesta su frescura, porque aunque no hubo nieve yo imagino que allá nos la llevamos del camino.

Yo salí rozagante
 sobre un negro alentado Rocinante,
que era, si he de pintallo,
borrico enjerto en forma de caballo:
oreja larga, lerdo y aun prolijo
tanto que dél colijo,
mirando su entonado paso ardiente
que del de don Quijote era pariente
o que en él se miró resucitada
de Velasquillo el haca celebrada,
aunque siempre advertía en su modestia
que nunca adelantó más que una bestia.

En este, pues, bridón tan delicado
que nunca le sentó bien el bocado
pues aunque le rumiaba a cada encuentro
jamás le quiso entrar dientes adentro,
sin ver que no aprovecha a los vivientes
bocado que se queda entre los dientes,
hice yo mi viaje de barato
pero me dio tal trato
con su maldito trote
que allá llegó el salero hecho gigote.

El camino pintarte es desvarío
pues en el juicio mío
aunque yo me alentaba
y la tropa de gente me guiaba
a caer me determino,
no pudieron entrarme por camino.

Todo es riscos, peñascos y arroyadas,
cuestas arriba y grandes hondonadas,
con que de aqueste modo
en subir y bajar se nos fue todo.

Pues pintarte en tal bulla
cómo se fue juntando la patrulla
de personas diferentes en estados
es añadir cuidados a cuidados,
pues en estas y estotras aventuras
hasta aquí caminábamos a escuras,
hasta que poco a poco amaneciendo
se fue la noche lóbrega escondiendo
y apuntando ya el sol sus luces claras
llegose el día y vímonos las caras.

Aquí fue Troya, pues la gente andante
que iba formando el escuadrón volante,
como la senda tanto se estrechaba,
una soga parece que formaba
y cada uno en tal droga,
aunque andaba bizarro, llevó soga.

En fin, mi vida, en estas andulencias por obviar prolijas advertencias concluida la jornada
 se deshizo la soga mencionada y por no perder tiempo en lo oportuno se fue a buscar posada cada uno.

Los más la hallaron entre los carrascos
haciendo compañía a los peñascos
pues de bestias y humanos racionales
se vio poblado el campo de animales;
pero con tanta unión yeguas y potros
que no se distinguían unos de otros. [f. 353vº]

El lugar es lugar sin que lo crea,
no más de porque quieren que lo sea
y dado que por corto y vagamundo
se quiso hacer lugar en este mundo,
que no sé cómo pudo
si a las casas acudo
diré al verlas en trajes no vulgares
que son casas enjertas en pajares,
sino es que diga al contemplarlas rasas
que son pajares y se llaman casas.

Mas ya la procesión me está llamando
 porque a las diez estaban repicando
para juntar la gente que a destajo
iban viniendo todos al badajo,
aunque sin repetir las campanadas
anduvieron de sobra badajadas.

Acudió, pues, la gente al repiquete,
salió el cura con capa y con bonete,
el sacristán entona
un versillo al compás de la chacona,
los demás le acompañan
 y todos juntos parece que regañan
en lugar de cantar, pues en su dejo
verracos parecían de concejo.

Salió el guión, siguiose la patrulla
que como quien arrulla
en tonos silenciosos diferentes
iban rezando allá como entre dientes.

Luego salió la manga,
no me atrevo a decir de mojiganga
porque fuera indecencia en mis blasones
salir de mojiganga a procesiones
y era hacerla surtida
de manga parroquial, manga perdida.

Después de este aparato
(vaya con discreción aqueste rato),
salió la luz del día,
el mismo sol, porque salió María,
tan bella, tan hermosa
que excediendo a la más fragante rosa
con sus bellos primores
todo el campo vistió de hermosas flores
haciendo su presencia en dulce esfera
al seco estío hermosa primavera,
que en suaves consonancias
a todo el sitio le inundó en fragrancias.

En unas andas sobre negro trono
sus luces se excedían en su abono,
tanto que en su vistoso lucimiento
sobre cuatro coronas hizo asiento
pues con devoto ejemplo
para entrarla en su temploa llevaron cantándola sus motes
sobre sus hombros cuatro sacerdotes.

Cantáronla su misa a lo chanflones,
órganos, chirimías y bajones,
haciendo en el cantar sus ademanes,
unos con otros, muchos sacristanes,
que con tiples, con bajos y tenores
todos se revistieron de cantores
formando su armonía
para dar alabanzas a María.

Concluyeron la misa y luego al punto
cada cuadrilla remató el asunto
acudiendo a su rancho,
dícenme que a llenar cada uno el pancho;
pero se me olvidaba
decirte un dicho de uno de la Jara
y fue en la procesión aqueste dicho
hijo muy natural de tal capricho.

Fue, pues, el caso que yendo caminando,
como las cuestas iban levantando,
el palió se enredó sin advertillo
con la corona, cayó un ramilletillo,
violo el palurdo y a gritos repetía,
sin que él supiese lo que se decía:

“¡Tengan, señores, tengan, (qué pelmazos),
que aquese angarillón se hace pedazos!”.

Con que en las voces que el palurdo daba
al palio angarillón intitulaba.
Estraña bobería,
que por ella sin duda merecía
le diesen por burlillas
con el palo del palio en las costillas. [f. 354]

Siguiose por la tarde, a hora oportuna,
una comedia con feliz fortuna,
pues sin que hubiese cosa que resista
de todos la función fue muy bien vista,
hasta que concluida aquella escena
cada pobrete fue a buscar su cena,
porque el hambre picaba a los mirones,
la sed hacía brecha en los fisgones,
aunque para este daño se previno
que la sed se apagaba con el vino,
bien que la industria en este engaño fragua
que el vino se vendiese como el agua,
pues el que lo vendía, y es lo cierto,
el agua con el vino daba enjerto;
mas no valió esta treta
para obviar que hubiese cantaleta,
porque el vino, aunque aguado,
en muchos hizo efecto de contado,
con que advertí, aunque lejos,
que de un pellejo pasó a muchos pellejos,
hallándose en los cerros, en sus corros,
pocos discretos, pero muchos zorros,
que tendido cada uno como supo,
cada cual desolló la que le cupo.

Apenas a otro día el sol rayaba,
cuando la gente que dispuesta estaba
comenzó a andar a caza
de piedras que formasen una plaza
porque la que allí había
plaza desmantelada parecía,
que en las ruinas que apoya
parece estar diciendo “Aquí fue Troya”.
 
 Era el intento hubiese
fiesta de toros que nos divirtiese,
en tanto que el ganado conducían
y a la plaza aplazada los traían
porque la gente no estuviese ociosa
otra comedia hicieron muy graciosa.

Trajeron el encierro:
unos van a la tapia, otros al cerro
para ver bien los toros a su gusto,
pero yo a creer me ajusto
que en aquesta partida
en el encierro vimos la corrida,
porque aunque allí llegaron
y por la puerta el coso registraron,
tanto el sitio gustó a toros y vacas
que aun hasta las más flacas
sin que ninguno a alguna venciese
maldito el que quedó que no se fuese.

Vuelven a conducillos a la plaza,
pero como los iban dando caza,
en breve en ella entraron
aunque al entrar algunas porfiaron
y queriendo volverse a las andadas
para después guardaron las cornadas.

Llegose la hora, se arrimó la gente,
las tapias de la plaza hicieron frente
para formar la valla,
aunque antes fue preciso reparalla;
mas no fue el reparillo de nonada
porque aunque estaba toda retocada
sin hallar resistencia
al primer toro hicieron reverencia
pues por la parte más fortalecida
apenas saltó el toro a la corrida
cuando al formar la guerra
hombres y tapias, todo cayó en tierra,
con que al ver el portillo por delante
el toro las lió luego al instante
siendo en estos cuidados
él el corrido y los demás burlados.

Salió luego un capeón tan reluciente
que huía cansancio de la gente
porque él no pretendía allá empeñarse,
sino atender por dónde ha de escaparse,
como lo ejecutó sin más reyerta
porque las tapias daban puerta abierta.

Va a salir otro y al sacar el pico
otro novillo adelantó el hocico, [f. 354v]
vio la quimera un toro
y porque si le faltaba aun decoro
la puerta del toril se le hizo angosta
y por ahorrar la costa
y salir más a gusto
de tan preciso y evidente susto
tiró un golpe a la puerta
y no solo en el lance la hizo abierta,
sino que dando de ella testimonios
la puerta y tapia fue con mil demonios.

Cayó, pues, todo, nada le embaraza,
hallose el toro en medio de la plaza,
tirose a fuera, fuese a la barrera
y a corto brinco cátale ya fuera.

Huye la gente, el toro los seguía,
a puto el postre cada cual corría,
y como si ellos fueran los culpados
a la Iglesia apelaban sus cuidados
y aun algunos prudentes de maduros
en el sagrado aun no estaba seguros;
y aun hubo quien formando calendario
del sagrado apelaba al campanario,
viendo allí a la ligera
los toros en propicia talanquera;
mas el toro insolente
sin hacer caso ya de tanta gente
quiso jugar un rato
y a una mujer la fue a tentar el hato.

Ella corría que se las pelaba
y el toro que más que ella caminaba
curioso en los atajos
tras ella se iba a registrar sus bajos;
mas cuando ella corría
yo no sé si era algalia a lo que olía,
que el toro en su quimera
aunque la iba apuntando a la trasera
no quería inhumano y temerario
dejar de registrar su antifonario
hasta que ella advirtiendo
un borrico que estaba allá paciendo
haciendo de miralle, caso estraño,
fuese el toro sin hacerla daño
siendo, como lo explico,
su galán defensor aquel borrico,
pues en esta partida
solo aquesta mujer fue la corrida
cuando todos juzgaron
que lo fuesen los toros que encerraron.

En fin, habiendo visto con tal arte
que se fue cada toro por su parte,
lo mismo hizo el gentío en su contienda
pues echó cada lobo por su senda,
marchando cada uno de entonada
al lugar donde tiene su morada.

Volvímonos a casa
y esto es en suma todo lo que pasa,
porque aunque en Espinoso
300 encerraran los toros en el coso,
los que allá se escaparon
y con destreza a todos los trataron
como […]
es relación allá pide nueva […]
y así si esta te place,

aquí da fin el cuento, vade in pace.

http://lajaratoledo.blogspot.com/2019/05/un-poema-inedito-del-siglo-xviii.html

lunes, 5 de abril de 2021

El Cajón de los muertos o el Clavicote de la Santa Caridad, Toledo

Un enrejado jaulón de madera donde se exponía el cadáver no reclamado de los desamparados muertos en la ciudad y su entorno próximo, que a veces resultaba irreconocible


En la parroquia mozárabe de las Santas Justas y Rufina tiene su sede la Antigua, Ilustre y Real Cofradía de la Santa Caridad cuyo origen se lleva al siglo XI con la entrada de Alfonso VI en el Toledo reconquistado y el pronto acuerdo de dos capitanes y «otras buenas personas» para dar cristiana sepultura, al no haber nadie que lo hiciera, a los muertos habidos, tanto en la lucha como por causas naturales. 

En el siglo XVI se la tenía como la más antigua de la ciudad cuando, en 1525, un fuego arruinó el templo y el fondo documental de esta cofradía con sus legajos, bulas y privilegios de la época fundacional.

Para atender los piadosos fines, sus constituciones fijaban un cuerpo limitado a doscientos hermanos cuyo alto estatus dejaron holgadas rentas. La prelación de la Santa Caridad se veía en los ceremoniales de «reyes, prelados, canónigos y prebendas de dicha Iglesia». 

Se la reconocía por su insignia, una cruz verde formada por un tronco desgajado, tras el pendón escoltado por dos ciriales. Hoy día, en la comitiva del Corpus Christi la cofradía desfila ante la custodia, entre las dignidades catedralicias. Los mayordomos llevan una vara coronada por una cruz y un hermano porta una pala, símbolo alusivo a los caritativos enterramientos que se realizaban siglos atrás.

En el XVI, la hermandad repartía limosnas y dotes para doncellas sin recursos. También socorría a enfermos y recluidos en la Cárcel Real. 

En su propio pradito o cementerio -ubicado entre el postigo de Doce Cantos y el convento del Carmen Calzado- sepultaba los cuerpos de los infortunados. 

También tenía como misión asistir a los reos hasta su ejecución. En ese momento, otra cofradía –la de la Sangre de Cristo, ubicada en Zocodover- recogía el cadáver que entregaba a los hermanos de la Caridad para su inhumación. 

Parejos deberes se daban en otros lugares, como así hacía la Cofradía de la Caridad creada en Sevilla a mediados del XV, o las surgidas posteriormente, caso de la Cofradía de la Sagrada Pasión de Cristo de Valladolid, las hermandades de la Santa Caridad de Salamanca, Sanlúcar, Córdoba, Cádiz. Málaga, Zaragoza, Madrid… Pero volvamos a la fundación toledana y recordar un peculiar recurso suyo: el clavicote.

La misión de enterrar los cuerpos de personas anónimas, los extraídos del río o el traslado de los hallados en campos y caminos se sufragaba con la petición de limosnas destinadas a cubrir todos los gastos cuando no existían familiares o bien carecían de recursos. A fin de ordenar estas tareas, la Santa Caridad disponía en plena plaza de Zocodover, el núcleo comercial de Toledo, del llamado «Cajón de los Difuntos Pobres» o clavicote. 

Un enrejado jaulón de madera donde se exponía el cadáver no reclamado de los desamparados muertos en la ciudad y su entorno próximo, que a veces resultaba irreconocible. El armazón disponía de un cepillo donde recoger las limosnas de cualquier persona apiadada por la contemplación de la víctima.

La imagen más antigua del «Cajón de Difuntos» aparece en la vista panorámica de Toledo dibujada por el maestro de obras José de Arroyo Palomeque hacia 1720. 

En ella, en el centro de Zocodover, se percibe un cuerpo prismático elevado del suelo con una techumbre de cuatro aguas rematada por una cruz. Gracias al artículo que publicó Mariano Goitia Graells, en Toledo. Revista de Arte (abril, 1929), sabemos más datos de aquel catafalco, extraídos del archivo de la Ilustre Cofradía pero que, por desgracia, no revelan nada de su origen. 

En 1716 y 1733 figuran arreglos puntuales confiados a carpinteros, alarifes y cerrajeros. En 1758 aparece un acuerdo para construir un nuevo clavicote cuyas trazas, fijadas en 4.770 reales, se convinieron con el carpintero Juan Martín. 

El nuevo aparato tendría una estructura ovalada de álamo negro, de suficiente altura y anchura poder introducir las andas, apoyada sobre seis sillares de piedra y «hoja de lata bien clavada» en la cubierta. Se pintaría la cruz verde del emblema cofrade y cuatro insignias en los aleros. 

También se instalarían cuatro «cepos para las limosnas» y cuatro argollas para facilitar las mudanzas del catafalco.

Del mismo siglo XVIII, constan las molestias que ocasionaba el tétrico cajón, no sólo por la visión y el hedor de los cadáveres, sino también por su obligado traslado cuando acontecía cualquier celebración. Se sabe que, en 1732, se llevó más bajo del Arco de la Sangre, ante las llamadas Cocheras de la Reina, en la actual plaza de Santiago de los Caballeros, y así se repitió para una función de toros en abril de 1766. La Ciudad decidió trasladar el clavicote al inicio de la cuesta del Alcázar, aunque luego acabó frente al Hospital de Santa Cruz, citado entonces como de Niños Expósitos. 

De inmediato, el rector de este centro denunció el acuerdo alcanzado entre la Ciudad y la Cofradía, elevando una queja hasta el Consejo de Castilla, cuyo expediente conserva el Archivo Histórico Nacional ilustrado con un dibujo del clavicote ante las aludidas Cocheras. Alegaba que la exposición de algún cadáver en el cajón, «alumbrado de dos o más melancólicos faroles», asustaría a las «mujeres débiles» cuando, de noche, para no ser vistas, acudiesen a abandonar las criaturas, pues podían dejarlas de inmediato en plena calle, sin atreverse a llegar hasta el torno y depositarla allí. Para evitar tales riesgos, el Consejo dictaminaría que el tétrico jaulón se retirase de este lugar.

El Archivo Municipal de Toledo conserva otra reclamación, cursada el 11 de abril de 1766, por Manuel Félix Arroyo, administrador del mayorazgo de Hernán Suárez Franco, al que pertenecía «el Mesón del Peregrino, llamado de la Sangre de Cristo, y la Casa Taberna», frente a las Cocheras, para que se ordenase a la Santa Caridad la vuelta del «Cajón de los Difuntos Pobres» a Zocodover. 

Alegaba los perjuicios que ocasionaba a vecinos y negocios, como eran «la venta de vino o la admisión de huéspedes». A ellos se unían el pavor de ver los cadáveres, la repugnancia por el mal olor y las muchas moscas que, después de «cebadas en los cuerpos», acudían a las casas.

En 1777 se llegó a un acuerdo entre el Hospital y la Cofradía que estudió poner el clavicote en su pradito, junto al convento del Carmen Calzado que, en 1810, fue destruido con la ocupación napoleónica. En 1814, acabada la contienda, según M. Goitia, el cajón de «los pobres difuntos y cepillo para no privarlos de los sufragios» fue colocado en la puerta del camposanto. Aunque allí se siguió enterrando hasta 1842, el tétrico artefacto debió deshacerse hacia 1836, año en que la Beneficencia municipal asumió las funciones de ésta y otras históricas fundaciones caritativas de la ciudad.

Rafael del Cerro Malagón
TOLEDO 
Actualizado:16/03/2021 13:44h
https://www.abc.es/espana/castilla-la-mancha/toledo/abci-cajon-muertos-o-clavicote-santa-caridad-202103161334_noticia.html

martes, 2 de marzo de 2021

Viejos Empedrados y Aceras de Toledo. Ordenanzas y obras hasta el siglo XIX

En 1849 solo había aceras en la calle Ancha y en el ámbito alrededor de la Catedral


Rafael del CERRO MALAGÓNTOLEDO 
Actualizado:17/02/2021 11:22h

Las calles de las antiguas poblaciones europeas eran, según la época del año, parajes de polvo o barro aliñados con basuras y la natural presencia de varias especies zoológicas vivas o muertas. En las vías públicas el vecindario crecía, vivía, trabajaba de sol a sol e, incluso, caía inerme, víctima del hambre, la enfermedad o la edad sobre un infernal piso, no siempre con alcantarillado para recibir las salidas de los albañales.

A finales del medievo, con el auge del comercio y los gremios, los principales concejos españoles, bajo la figura del corregidor -delegados del poder real- empiezan a regular todos los aspectos de la vida diaria. 

Izqda.el callejón de los Niños hermosos, sin aceras y el suelo de guijarros con una vertiente central

En Toledo, se documenta ya el arreglo de las calles, al menos desde 1497, cuando aún eran de tierra, según refiere Eloy Benito Ruano (1988). La siguiente reseña es una real provisión de Fernando V (el Católico) enviada a Pedro de Castilla, corregidor de la ciudad en 1502. 

En ella se alude a la presencia de lodos, «polvo y otras inmundicias« causantes de olores y dolencias por lo que se ordena «hacer madres» (alcantarillas) para acoger la aguas y «otras viscosidades» y cubrir las calles de canto y ladrillos. 

Vista la mala calidad de estos últimos quedaron desechados en favor del empedrado que, además, ayudaría a afianzar los cascos de las caballerías en las cuestas. Los gastos se cargarían a los dueños de sus casas, incluido el «estado eclesiástico», y a la Ciudad, allí donde nadie tuviese «pertenencias».

Sobre el aspecto de las vías públicas, Luis Hurtado de Toledo, en las conocidas como Relaciones de Felipe II, anotaba en 1576: «no hay calle ni callejuela que no tenga su madre mayor con ramal de barrio», cubiertas por bóvedas «flacas y someras», pero que solían hundirse con el paso de los carros del aprovisionamiento. Aquello detenía las aguas residuales, creaba focos infectos y exigía continuos arreglos dejando unas calles «barrancosas y mal empedradas». 

Por entonces, el corregidor Juan Gutiérrez Tello afrontó varias mejoras en la ciudad, sobre todo en las vías principales, pero la posterior desidia municipal las devolvió pronto a un precario estado. Tan hostil realidad la reseña, un siglo después (1679), la cosmopolita condesa D'Aulnoy de este modo: «las calles son estrechas, mal pavimentadas y difíciles. 

Foto de Abelardo Linares de la calle Santa Isabel (ca. 1915), aún con el primitivo empedrado sin aceras.

Lo que hace que todas las personas de calidad vayan allí en sillas de mano o literas». Y así ocurría en otras muchas ciudades.

En el siglo XVIII, Toledo era ya un núcleo eclesiástico y conventual, con un declive demográfico y económico, especialmente en su primera mitad, mitigado con las medidas ilustradas de Carlos III (creación de la Fábrica de Armas) y del cardenal Lorenzana, impulsor de profusas reformas urbanas y asistenciales. 

Sin embargo, los efectos de la contienda contra las tropas napoleónicos (1808-1814) dejaron en la ciudad hondas huellas como también hicieron, a partir de 1835, los efectos desamortizadores referidos por los primeros viajeros románticos.

 Téophile Gautier, sobre el estado de las calles de la ciudad, en 1840, escribió: «el pavimento es de guijarros pulidos, brillantes y puntiagudos, que parecen haber sido colocados a propósito por el lado más afilado (…) aquel empedrado tallado a punta de diamante, que hace gritar de dolor al viajero habituado a las blanduras del asfalto Seyssel y las elasticidades del betún Polenceau».

Por entonces, ya había cuatro cuarteles o distritos atendidos, cada uno, por un maestro de obras municipal para notificar cualquier daño. En 1813, un cabal informe repasa los profusos «hoyos» existentes en los barrios cuyos arreglos generó roces entre los empedradores y los trabajos de ciertos alarifes, según cita Jiménez de Gregorio (1980). 

Nunca hubo planes generales de pavimentación. Lo habitual era aderezar las vías esenciales, las que subían desde las puertas de las murallas al centro y las bajadas hacia el río, como eran las de Pozo Amargo o del Barco. En esta última, en septiembre de 1830, una tormenta arrasó el empedrado y las cloacas hasta la plaza de los Tintes.

Los arreglos urbanos siempre fueron algo costoso y, en consecuencia, discutido entre los ediles y la población. En marzo de 1838, el Jefe Político de la provincia firmaba un edicto a fin de que los vecinos, desde Zocodover hasta las Cuatro Calles, en el plazo de un mes, pusiesen aceras ante sus casas «para el mejor piso y comodidad de los transeúntes», y si no «lo verificaban lo haría el Ayuntamiento a su costa». 

En octubre de 1840, otro Jefe Político puso el mismo empeño, acotando el plazo de ejecución en ocho días. Blas Crespo, arquitecto municipal, relacionó treinta calles y plazas, todas en el centro; el resto las excluyó por ser «estrechas o con mucha pendiente». 

De momento, el Ayuntamiento sólo aprobó el acerado de Sillería, Alfileritos, Santo Tomé, El Salvador, Plata y la plaza del Ayuntamiento, acuerdo que no llegó a cumplirse. 

Rafael del CERRO MALAGÓNTOLEDO 
Actualizado:17/02/2021 11:22h
https://www.abc.es/espana/toledo/abci-empedrados-aceras-toledo-hasta-401976001286-20210215121157_galeria.html#imagen7

En 1849, Pascual Madoz en su Diccionario aun insiste en el descuidado aspecto de la ciudad y, como mejora reseñable, escribe: «Solo hay aceras en la llamada Calle Ancha, que va desde Zocodover hasta las Cuatro Calles y en el ámbito alrededor de la Catedral».

Entrada al patio del Alcázar. Fotografía de Charles Clifford, hacia 1858

Años después, el Ayuntamiento aún invocaba tres reales ordenes de 1803, 1850 y 1851 para obligar a los dueños de los inmuebles a costear las aceras «dentro del radio de tres pies». 

En el bienio 1864-66, las obras de acerado cubrieron 13.000 pies cuadrados ante los edificios municipales y 43.000 bajo las fachadas privadas (unos 4.400 metros cuadrados). 

Las losas de granito solían proceder de Las Ventas con Peña Aguilera transportadas en carretas de bueyes. En las subastas aparecen los nombres de los contratistas, situando alguno su oferta (1865) en 4,5 reales el pie cuadrado.

Entre 1864 y 1866, los planes de carreteras del Ministerio de Fomento facilitaron, a cargo del Estado, el arreglo de la travesía entre la puerta de Bisagra y el puente de Alcántara, más la subida por el Miradero hasta Zocodover. 

El Ayuntamiento reformaría el empedrado de la calle del Comercio en 1873. Sin embargo, muchas vías secundarias del casco histórico no siempre ofrecían un total piso de guijarros, pues también había parajes terrizos en los humildes barrios de dentro y fuera de las murallas. 

Una muestra nos revela la secular rareza de existir en plena Antequeruela -un antiguo arrabal de artesanos, moriscos y braceros- tan sólo una vía pavimentada: la «Calle Empedrada». Así fue citada, según Julio Porres, desde 1561 hasta el Nomenclátor de 1864, mejora que el resto del vecindario aún tardaría más de un siglo en poder disfrutar.


viernes, 27 de noviembre de 2020

El Privilegio Real de la Villa de Carriches

EL PRIVILEGIO REAL DE VILLA DE CARRICHES

Hoy se cumplen 264 años de la Concesión por parte del rey Fernando VI del Privilegio Real de Villa a Carriches, el acontecimiento histórico más importante de toda su Historia.

Hace ya 14 años de la publicación de mi primer libro, “En Testimonio de Verdad. El Proceso de Villazgo de Carriches (1748-1749)”, donde pude recopilar toda la información relativa a este hecho, y del que a continuación os traigo un pequeño resumen.

En 1748, el Lugar de Carriches pertenecía al Estado y Señorío del Conde de Orgaz, bajo la jurisdicción de la Villa de Santa Olalla. 

Tenía una población de 500 vecinos, dedicados mayoritariamente a la agricultura y a la ganadería, trabajos de los que vivía todo el pueblo.

Pero Santa Olalla y sus justicias ocasionaban en los carrichanos "notables y crecidas molestias y vejaciones” tanto en las personas como en su patrimonio, porque “por leves cosas y sin fundamentos algunos nos fomentan causas criminales, arrastrándonos presos a la cárcel Real de Santa Olalla”. 

Y allí les dejaban por el tiempo que les parecía, reclamando a su salida grandes cantidades de dinero como multa.

Las continuas "molestias y vejaciones" a las que eran sometidos los moradores de Carriches por las justicias de Santa Olalla llegaron a tal punto, que los vecinos, según comentan en la petición "estamos ya resueltos a irnos a vivir a otras poblaciones, dejando nuestras casas y haciendas".

Carriches se iba despoblando y nadie quería vivir en el pueblo. Por eso no les quedó otra salida que elevar sus protestas ante la Corte de Madrid, buscando solucionar el problema.

Conducidos por el Concejo del Lugar y sus vecinos dieron el paso de solicitar de S.M. que se les concediera el Privilegio de Villa. Para ello se necesitaba obtener previamente la licencia del Conde de Orgaz, ya que Carriches pertenecía al Señorío del Conde, junto con otros pueblos como Domingo Pérez, Erustes, Otero, etc.

No conocemos cuándo se solicitó la licencia, pero lo cierto es que en ella se relacionaban, una tras otra, las continuas extorsiones a las que se veían sometidos.



Ante las súplicas de los carrichanos, las vejaciones de que eran objeto y el perjuicio que ello ocasionaba para el porvenir de la aldea solicitante (según dice el texto del Privilegio), el Conde, y el 2 de octubre de 1748 concedió la licencia con algunas condiciones, que se firmaron por el Concejo de Carriches en Santa Olalla, 7 días después. 

A su regreso al pueblo, convocaron a los vecinos y decidieron nombrar a 3 personas que se encargarían de llevar ante el Rey Fernando VI, los permisos y solicitudes de exención de jurisdicción.

Conseguido el consentimiento del Conde, el procedimiento para la concesión del Privilegio fue rápido.

El Concejo de Carriches se reunió el día 9 de octubre de 1748 y dio su poder a José Gómez Santana, Antonio García Luján y a José de la Peña y Andino, para que comparecieran ante S.M., señores del Real Consejo de Castilla y adonde fuera necesario, para pedir y presentar petición de exención, acompañada del consentimiento del Conde:

 “[...] damos todo nuestro poder cumplido amplio y bastante, el que en derecho se requiere y es necesario, mas pueda y debe valer a dichos José Gómez y Santana, y Antonio García Luján y a José de la Peña y Andino, procurador de los Reales Consejos, vecino de la Villa y Corte de Madrid, a todos tres juntos y a cada uno por sí insolidum, y con facultad de que lo que uno comience lo pueda fenecer y acabar el otro, o los otros; especialmente para que en nombre de este referido Lugar, su Concejo y vecinos, puedan parecer y parezcan ante S.M., que Dios Guarde, en su Real Cámara, o dónde convenga, y haciendo relación de todo lo ocurrido y presentación a él sobre dicho instrumento de consentimiento otorgado por el expresado Excmo. Sr. Conde de Orgaz, a fin de que dicho Lugar se haga Villa, pidan la Gracia y Merced para ello y que se le exima de la citada jurisdicción de Santa Olalla [...]”.

Una vez concedido el poder de representación, éstos presentaron ante el Real Consejo dicha petición, en la que se presentaban todos los argumentos que avalaban su postura, junto con el poder y consentimiento del Conde.

Después de algunos meses, el Real Consejo de Castilla, a petición del Rey el día 12 de mayo de 1749, estudió toda la información necesaria, y después que los carrichanos pagaron por la merced de la exención de jurisdicción la cantidad de 547.500 maravedís (7.500 maravedís por cada uno de los 73 vecinos), S.M. Fernando VI concedió el 27 de noviembre de 1749 el Real Privilegio eximiéndole de la jurisdicción de Santa Olalla y haciéndole Villa: 

“D. Fernando, por la Gracia de Dios, Rey de Castilla [...] suplicándome que en atención a ello sea servido concederos Privilegio de exención de la Villa de Santa Olalla, haciendo a vos el mencionado Lugar de Carriches, Villa de por sí y sobre sí, con jurisdicción civil y criminal, alta y baja, mero y mixto imperio en primera instancia, según y como se concedió a otros lugares (ahora Villas) [...] he venido en concederos la referida exención y por la presente de mi propio motu, cierta ciencia y poderío Real absoluto de que en esta parte quiero usar y uso como Rey y Señor natural no reconociente superior en lo temporal [...] eximo, saco y libro a vos el dicho Lugar de Carriches de la jurisdicción de la referida Villa de Santa Olalla, su alcalde mayor, ordinarios y demás justicias y ministros, y os hago Villa de por sí y sobre sí, con jurisdicción civil y criminal, alta y baja, mero y mixto imperio en primera instancia [...]”.


El mismo día que se expidió el Real Privilegio (27 de noviembre de 1749) el Rey Fernando VI envió una Real Célula al Juez de la Comisión, D. Ventura de San Juan, por la que le mandaba que fuese al Lugar de Carriches con el Privilegio y la Real Célula, y diera posesión, señalándole el término y territorio que le correspondiese. 

También le encomendó que averiguase qué término, territorio y vecindario tenía, y que hiciese nombramiento de los oficios del Ayuntamiento, dándole la Comisión que para el caso es necesaria y se requiere.

Y así, el día 7 de diciembre de 1749 a las 10 de la mañana, Carriches tomó posesión de su título en las casas de su Ayuntamiento, dando el juez al nuevo alcalde varas altas de justicia y notificando al alcalde de Santa Olalla su cese en la jurisdicción de Carriches.

http://cronicastorrichanas.blogspot.com/2013/11/el-privilegio-real-de-villa-de-carriches.html

domingo, 11 de octubre de 2020

La Mula manca de Corral de Almaguer

Hubo un tiempo, perdido en la memoria de los habitantes de la Mancha Santiaguista, en que tener una mula (bestia como diría un vecino del siglo XVI) para ser usada como animal de trabajo en las labores del campo o para carga en los acarreos, denotaba el poder económico de una determinada familia.

Óleo “Arando Grande” de Nélida Cano

En efecto, su valor era comparable al de una vivienda. 

Por contra, el labrador se aprovechaba de ella para multitud de funciones, a las ya referidas de laboreo, habría que añadir, la de dar calor a la casa en los fríos y continentales inviernos manchegos, desde la cuadra que estaba pegada a la cocina, a veces, tan unida a ella que solo las separaba una puerta, así como el uso de su estiércol como abono.

Durante mis veranos en La Mota, cuando llegaba el frescor de la tarde después de la soñolienta siesta, me entretenía en ver como las mulas, una vez terminada la labor del campo, llegaban sueltas hasta los pilones de piedra medieval con agua fresca recién sacada del pozo, que servían de consuelo para apagar su sed; bebían ávidas en el Pozo de la Aldea, en la calle del Haldudo, en tantas otras …

Hoy día cuesta ver una mula por nuestras calles, en aquella época lo raro era ver a tantos vecinos como ahora. 

En el Catastro de Ensenada de 1752, para la villa de La Mota se contabilizaban los animales en: pollinos, jumentos, asnos o borricos como diríamos hoy día, unas 350 cabezas, mulas y machos, unas 250 unidades, eso para una población de unos 3.000 habitantes, lo que significaba unas 750 familias, o sea, casi un animal por cada familia.

Visto la importancia de tan útil y necesario animal para nuestros tatarabuelos, entramos a conocer nuestra historia que se desarrolla en el importante lugar de Corral de Almaguer, quizás la villa de mayor tamaño de toda la Mancha Santiaguista en este primer tercio del siglo, año de 1530.

Francisco Galán es un vecino de Corral de Almaguer. Durante los últimos años le han ido bien las cosechas en los campos de cereales que labra, de modo que ha decido que ya es hora de comprar una mula que le ayude a ser autónomo en las labores de labranza, trilla y carga de sus cereales. 

Para ello contacta con otro vecino de la villa, Gómez Ortiz, hombre hábil y astuto en los negocios, que es propietario de varias mulas y se aviene a venderle una al dicho Galán.

Se reúnen en el corral de Gómez Ortiz, donde Galán mira y remira cuál le gusta más y que se aproxime al precio que puede pagar por ella. 

Por fin se decide, toma la que cree que será buena y conciertan un precio de 23 ducados (8.625 maravedís) para cerrar el trato; una importante cantidad de dinero a la que Francisco Galán piensa sacar su rentabilidad.

Está muy feliz, cree que ha hecho una buena compra, además del trabajo que le va a quitar y del pago que no tendrá que hacer a otros para que le aren sus tierras. Pero, esta felicidad, se trastocó en pena y enfado, a la vez, al poco tiempo de comprarla. ¡Esta mula está manca de una pata!, el truhan de Francisco Galán me ha vendido una mula coja.

No podía creer que a él le ocurriese eso, ¿Cómo le había engañado después de mirar tanto en su corral? Se acercó a casa de su vecino, un experto y anciano labrador que tuvo mulas toda la vida. Cuando la reconoció le confirmó lo que ya sabía, esta mula tenía un defecto en la pata delantera, le iba a dar muchos problemas y, quizás, no tardando mucho, la tendría que sacrificar.

¡Adiós mis maravedís, adiós mi gozo! tanto tiempo ahorrando dinero para tener mi propia acémila, y en un instante perdidos mis ahorros, y mi ayuda en el campo, pensó Galán.

Dentro de lo malo, aún no había pagado un solo maravedí, solo se había limitado a firmar una carta de obligación de pago, por los 23 ducados, ante un escribano, así que con no pagar ya estaría compensado el estafador.

Pero Gómez Ortiz tampoco iba a entregar una de sus mulas sin cobrar dinero alguno, aunque estuviese manca. Contrató un procurador, pagó a un escribano y dirigió una carta pidiendo al gobernador del Partido de la Mancha y Ribera de Tajo, que actuase contra el moroso que no quería pagar la mula comprada, saltándose la carta de obligación firmada.

Atento a la carta de petición y a la de obligación, el alcalde mayor, licenciado Almodóvar, en nombre del gobernador, condenó a Francisco Galán que se ejecutasen sus bienes, para que con el dinero obtenido en pública almoneda se procediera al pago de la deuda.

Cuando el alguacil de la gobernación se presentó en su casa, Galán trató de darle todas las explicaciones posibles, pero no era cosa que le afectara, pues le dijo que él solo cumplía orden de comunicar el mandato de ejecución.

 Galán recibió la noticia y al día siguiente hizo su carta de poder para su procurador, quien, ante un escribano, para que diera fe de lo que decía en su carta, se presentó ante su Alteza, el rey don Carlos, en su Consejo de Ordenes, apelando de la ejecutoria del gobernador o que la hiciera nula o lo que mejor decidiera el Consejo en forma y manera de derecho.

El procurador suplicó que la carta fuese aceptada y que se revocase el mandamiento.

Los del Consejo la aceptaron y enviaron mandato a Gómez Ortiz para que se presentase, en un plazo de quince días, en persona o a través de su procurador, para que informase de lo ocurrido, dijera lo que fuere en contra de la apelación y nulidad solicitada por Francisco Galán, y reclamase su derecho y justicia, de modo que, si se presentaba se le aplicaría justicia, pero si no lo hiciera, perdería el pleito en favor de Galán. 

Además, ordenaron que se entregase un traslado, en un plazo máximo de seis días, de la solicitud de apelación y nulidad que Galán había presentado en el Consejo.

El pleito se celebró. El licenciado Almodóvar condenó a Gómez Ortiz a que se llevase su mula y liberó a Francisco Galán de la carta de obligación de pago por los 23 ducados; aunque dio una segunda alternativa si no lo hacían en esta manera, podría quedarse Francisco Galán con la mula y pagar a Ortiz tres mil maravedís que era el justo precio en que se tasó. Vea el lector que Ortiz trató de engañar en más de cinco mil maravedís a Galán.

Al tiempo que se pronunciaba esta sentencia, Francisco Galán solicitó que se diese por nula la ejecutoria que todavía estaba pendiente contra él. El Consejo aceptó la solicitud y la dio por nula.

El Consejo de Ordenes recibía todas las peticiones y pleitos de los habitantes de la Mancha Santiaguista, cuando éstos apelaban y reclamaban justicia y desagravio en derecho, por cosas importantes y por cosas menores. El rey don Carlos como Administrador Perpetuo de la Orden y Caballería de Santiago estaba en la obligación de responder a sus súbditos.

Este pleito que nos ocupa se produjo entre los días 21 y 23 de noviembre de 1530.

Actuaba como presidente del Consejo de Ordenes, el conde don García Manrique.

Sentaron jurisprudencia del pleito, los licenciados Luxán, Perero de Neyra y Sarmiento. La secretaría estaba bajo la supervisión de Francisco Guerrero.

https://lillodelamancha.wordpress.com/2017/03/17/la-mula-de-corral-de-almaguer/

lunes, 25 de mayo de 2020

Molinos Harineros de La Puebla de Almoradiel en el Catastro de Ensenada

Imachen:La Puebla de Almoradiel.png - Biquipedia, a enciclopedia libreIntroducción

El 10 de octubre de 1749, por Real Decreto de Fernando VI, se pone en marcha la mayor averiguación realizada hasta la fecha sobre las rentas, bienes y personas que debían contribuir en el reino, con el loable fin de eliminar la enorme cantidad de impuestos, diezmos y rentas provinciales, y de crear un único impuesto: la Única Contribución.

Entre los años 1750 y 1754 todos los pueblos de Castilla estaban obligados a pasar un interrogatorio. 

Para llevarlo a efecto se redactó una Instrucción General que contenía 40 preguntas, las mismas para todas las villas, que hacían referencia a la tierra, los productos de ella, límites de los términos, oficios, industrias, etc. Entre ellos también los ingenios como los molinos harineros.





Fue una obra ingente que desplazó a funcionarios y escribanos por todos los lugares de Castilla, se tomó detallada nota de todo, se confeccionaron mapas, se averiguó todo lo necesario sobre las rentas y bienes de cada persona contribuyente y los destinatarios de dichas rentas. 

Afectó por igual a la nobleza, la iglesia y al pueblo llano, pero finalmente no tuvo una buena acogida porque la nobleza y el clero reaccionaron contra esas averiguaciones, ya que veían peligrar los privilegios obtenidos y conservados durante siglos; este fue uno de los principales motivos por el que no se llevó a término, de modo que nunca llegó a aplicarse.

TEMAS VARIADOSPara realizar esta gran obra se constituyó la Junta de la Única Contribución, que dependía directamente del rey Fernando VI, formada por miembros de los Concejos, Intendentes provinciales, Jueces subdelegados, escribanos, peritos, etc.

Los procesos de declaraciones se iniciaron con una carta que el Intendente provincial enviaba a cada villa, conteniendo la orden real y un bando dirigido al alcalde de cada pueblo, para informarle que se colocara en sitio adecuado y se diera pregón al mismo. 

El concejo, alcaldes y regidores, elegían los representantes del municipio que deberían responder a las 40 preguntas del interrogatorio, normalmente el escribano, procurador síndico, cura párroco y otras personas hacendadas que conocían bien el pueblo y sus habitantes, quienes actuarían como peritos. 

Posteriormente llegaba el equipo del catastro, dirigido por el Juez subdelegado y un escribano que actuaba como notario, dando fe de cuanto se recogía en las declaraciones.

La Puebla de Almoradiel, seguía siendo la pequeña población que fue desde la Edad Media, pues solo contaba con 424 vecinos, unos 1.600 habitantes, recibió el 27 de enero del año de 1753 al Juez subdelegado Vicente Chocano y Cervantes, quien juntó a los representantes del concejo y peritos:

Alcalde ordinario por el estado de la nobleza, D. Pedro López de Villaseñor.
Alcalde ordinario por el estado general, Francisco Fernández Villarejo.
Regidor, Francisco Novillo Villaseñor.
Escribano del concejo, Juan Francisco Pérez Narro.
Peritos, Manuel López Colmenar, Pedro Fernández Villarejo, Alonso Fernández Villarejo y Pedro Sáez Ortega.

Molinos harineros de agua

En la pregunta 17 de la averiguación se da buena cuenta de los molinos harineros existentes en la ribera del río Gigüela, la mayoría de ellos construidos en la Edad Media que seguían, siglo tras siglo, con su función de moler el trigo; ya había pasado más de 300 años desde que se construyeran, y otros 300 años más hasta la época actual. En la pregunta 29 se comenta los importantes puentes de piedra de sillería que vadeaban el río Gigüela.

Comienza la pregunta 17 hablando de la laguna de sal que denominaban la Bermejuela, casi con seguridad por su color rojizo debido a la importante salinidad del agua. Esta laguna era aprovechada para la extracción de sal, principalmente para la fabricación de pólvora, como el resto de lagunas salinas que se daban en la Mancha y que administraba la Hacienda Real por su importancia estratégica.

En esta pregunta donde se hace referencia a los ingenios existentes en la villa, se comenta que existen dos calderas y alambiques para la fabricación de aguardiente, al que el estado ponía tasa como al tabaco. El vino que se estropeaba se dedicaba a la destilación de esa bebida alcohólica.

Más tarde habla de los molinos harineros situados en la ribera del río Gigüela. Declaran que son nueve los ingenios harineros, pero en realidad relacionan diez, parece que nadie se dio cuenta de ese detalle tan importante. 

Los molinos e ingenios pertenecían a las familias hidalgas y hacendadas de la Mancha Santiaguista, se pueden leer sus apellidos: Villarejo, Ramírez de Arellano, Villaseñor, Figueroa, Portocarrero, Novillo. Entre los propietarios algunos presbíteros, pues el clero hidalgo siempre mostró mucho interés en la propiedad de estos ingenios harineros en toda la Mancha Santiaguista.

Muchos de los molinos eran de dos piedras con lo que se aumentaba la producción harinera. Estos molinos del Gigüela se construían junto a la ribera del río; mediante un caz, un canal para dirigir el agua y un pequeño embalse, se conducía el agua al cubo, allí alcanzaba la altura y presión suficientes para mover el rodezno, instalado de modo horizontal, cuyas palas giradas por el agua movían un eje que hacia mover toda la maquinaria.

 Eran pues molinos de agua de piedra horizontal, al contrario de los de ruedas verticales que se denominaban aceñas. Eran molinos de temporada, con un caz muy pequeño y sin embalse, por eso cuando llegaba el seco estío manchego el Gigüela no disponía del suficiente caudal para poder mover el rodezno, así que solo molían durante ocho meses del año.

Comienza la relación de molinos en orden, tomando dirección norte a sur, con el primero de ellos, el Cervero, en el límite con el término municipal de Villanueva de Alcardete y cuyo propietario era licenciado y vecino de esa villa, D. Francisco García Botija. 

Continúa con el Torrentera o Torrontera. Más abajo el Blanquillo, que hoy día no se representa en los mapas. 

Seguía el Nuevo Quemadillo, llamado así porque era nuevo y no de los molinos medievales; pertenecía a tres personas, uno tenía la mitad y los otros dos la cuarta parte cada uno; hoy día está en ruinas y se denomina del Quemadillo.

Restos del puente cercano al molino del Pintado. Fotografía perteneciente a Miguel Villafranca

Relacionan más tarde el Pintado, también de los medievales y actualmente en ruinas. Continúan por el Zurrón (pudiera ser que fuera el que llamaban Cerro en la Edad Media). 

Más tarde informan del Botifuera, perteneciente al concejo de La Puebla y por este motivo de los que menos producían; ya desde el medievo se decía que siempre estaba fuera de servicio y con necesidades de reparación.

Puente Próximo al molino Botifuera. Fotografía perteneciente a Miguel Villafranca

Me ha llamado mucho la atención que entre el Zurrón y el Botifuera no se nombrara el Pringazorras, especialmente porque este Catastro de Ensenada si no pecó de algo es de la falta de exactitud y veracidad en describir todos los elementos que podían producir una renta. 





Ciertamente tampoco se declara en la relación de los molinos medievales, por lo que es posible que no estuviera construido y se fabricara al presente siglo XVIII, aunque, a decir verdad, lleva a la confusión la fecha existente en la placa de su muro, 1728. 

A tenor de la fidelidad en los datos del Catastro, pienso que la fecha allí puesta no debe ser cierta, y quizás se deba a un baile de números, cosa muy frecuente en los alarifes y canteros que grababan las placas. Aunque sí parece muy probable que se construyera a finales de ese siglo XVIII o principios del siguiente.

Placa de reedificación en el molino Pringazorras. Fotografía perteneciente a Miguel Villafranca

A expensas de D. Joseph Pérez y Belázquez se reedificó el nuevo molino de Pingazorras. Año 1728.

Continuaron con la relación por el molino Nuevo de Abajo, sin duda para distinguirlo del Nuevo Quemadillo que estaba corriente arriba. Pertenecía a las Memorias del presbítero de La Puebla de don Fadrique, licenciado D. Cristóbal González Torrubia. 

Estas Memorias, como algunas otras en la Mancha Santiaguista (me viene al pensamiento las importantes Memorias de Morales de Nieva del Toboso), eran obras pías que fundaron ciertos clérigos para favorecer a los necesitados y, por ellas, quedara su memoria conservada en el tiempo. 

Sería importante estudiar el legado que dejó dicho clérigo en La Puebla de don Fadrique y villas de los alrededores a través de dichas Memorias.

Continuaba el molino de la Ortiza, el que se llamó en la Edad Media de Juan Ortiz, y que pasaría por herencia a su mujer o hija, de ahí el nombre, ya que en numerosas ocasiones se llamaba con el apellido en femenino a mujer o hija de una determinada persona, de Ortiz, Ortiza. Una mitad de sus rentas iban dirigidas a la Capellanía que instauró D. Francisco Bustos y a las rentas de la ermita de Santa Lucía, extramuros de La Puebla.

El último molino el Doña Sol, una cuarta parte de sus rentas pertenecían también a las Memorias del padre Torrubia.

Los molinos que se mencionan de la Edad Media eran nueve en total, y ahora, este año de 1753, se nombran diez molinos. De los nueve molinos medievales son siete los que coinciden con los actuales: Cervero, Torrentera, Blanquillo, Pintado, Botifuera, Nuevo y Juan Ortiz; dos molinos no coinciden sus nombres: Cerro y molino de Villaseñor. 

Los nuevos que se citan en el Catastro de Ensenada son: Nuevo Quemadillo, Zurrón y Doña Sol. Existen en los mapas actuales otros tres molinos no relacionados: Pringazorras, ruinas de molino sin nombre y molino del padre Juan, que también está en ruinas.

De este modo podrían ser catorce o quince los molinos existentes en el término municipal de La Puebla de Almoradiel: siete medievales que coinciden con el Catastro de Ensenada, más dos molinos medievales no relacionados en el Catastro, más tres nuevos molinos en el Catastro, más tres molinos en los mapas actuales, todo sumado hacen quince molinos, pero si alguno coincidiera serían entonces catorce.

Algo muy interesante que se menciona en esta pregunta del Catastro de Ensenada es la comunidad que formaron cinco villas de la Mancha Santiaguista, como existe en otras partes de España. Esta comunidad de las cinco villas manchegas santiaguistas estaba formada por: Corral de Almaguer, Villanueva de Alcardete, La Puebla de Almoradiel, La Puebla de don Fadrique y Miguel Esteban.

El Catastro de Ensenada dice lo siguiente a la pregunta 17:

A la décima séptima pregunta dixeron: que en el término de esta villa hay una laguna de sal de agua, la qual llaman Bermexuela (Bermejuela), y se halla agregada a las que tiene Su Magestad en la villa de Quero, por cuya parte se administra sin que esta villa tenga intervención alguna

Es decir, el aprovechamiento de la sal de la laguna, utilizada para la fabricación de pólvora, se administraba desde la villa de Quero, junto con las lagunas que allí existían.

Hay, así mismo, dos calderas de fabricar aguardiente, la una entre D. Bartolomé García Álvarez y Francisco García Estremera, y la otra entre Manuel Villaxos (Villajos) y Gregorio Fernández Villarejo, las quales solo sirven para dar salida a los vinos que se tuercen, y por esta razón no considera más utilidad que la de doscientos reales a cada caldera

Los vinos que se estropeaban se destilaban en las dos calderas existentes en La Puebla y se usaban en la fabricación de aguardiente.

Igualmente se hallan situados en dicho término y ribera de Gigüela, nueve molinos harineros, que al uno llaman el Zervero (Cervero), y este se compone de dos piedras, el qual, como todos los demás, muelen con agua corriente del expresado río, cuya propiedad es del licenciado D. Francisco García Botija, presbítero y vecino de Villanueva de Alcardete, una de las cinco comunales con ésta (se refiere a una de las cinco villas que formaban comunidad con La Puebla), el qual produce en cada un año, ochenta fanegas de trigo.

Otro llamado la Torrentera, propio de D. Joseph Fernández Brisuela, vecino de Madrid, que tiene otras dos piedras, y en cada año podrá producir la renta de ciento y veinte fanegas de trigo, que son las mismas que produce.

Otro llamado el Blanquillo, con dos piedras, propio de D. Joseph Figueroa, presbítero de Villacañas, que produce al año ciento y veinte fanegas de trigo.

Otro llamado el Nuevo Quemadillo, consiste en dos piedras, y su mitad es del Marqués de Lugo, vecino de Granada, la cuarta parte de Alphonso Novillo Casas, vecino de esta villa, y la otra cuarta parte de Juan Francisco López Villaseñor, vecino de la de Miguel Esteban, una de las comunales (se refiere a que era también villa perteneciente a la comunidad de cinco villas), y su renta anual ochenta fanegas de trigo.

Otro llamado el Pintado, propio de D. Vicente Portocarrero, vecino de Villacañas, con dos piedras, y su renta anual es la de ciento y treinta fanegas de trigo.

Otro que llaman el Zurrón, propio de D. Rodrigo Collado, vecino de la villa del Corral, una de las cinco comunales, tiene dos piedras, y su renta anual es ciento y treinta fanegas de trigo.

Otro llamado Botifuera, propio de esta villa (es decir, del ayuntamiento de La Puebla), tiene dos piedras, su renta anual dos mil y doscientos reales.

Otro llamado el Nuevo de Abaxo (Abajo), propio de las Memorias que en la villa de don Fadrique, una de las cinco comunales, fundó el licenciado Cristóbal González Torrubia, presbítero que fue de ella, tiene dos piedras, y su renta anual ochenta fanegas de trigo.




Otro que llaman la Hortiza (Ortiza), es de una piedra, y su mitad goza D. Martín Parreño, vecino de dicha villa de don Fadrique, y la otra mitad la Capellanía que posee el licenciado D. Francisco Bustos, vecino de esta villa, quien la tiene cedida a Miguel Antonio de Bustos, su sobrino, y al Caudal de la Señora Santa Lucía que se venera en su ermita, extramuros de esta villa, y la renta anual es cuarenta fanegas de trigo.

Otro que llaman Doña Sol, tiene dos piedras, y su mitad pertenece a Alphonso Hortiz (Ortiz) Manzanedo, vecino de esta villa, y la otra se divide entre Alphonso Fernández Palomino, que lo es también, y Fernando López, vecino de el Hinojoso, entre cuyos dos perciben la cuarta parte, y la otra restante a dicha Memoria del padre Torrubia, y su renta anual es la de ochenta fanegas de trigo.

Y todos ellos muelen, de los doce meses del año, los ocho, poco más o menos, con agua corriente de dicho río Gigüela, en tiempo de invierno y primavera, porque en el de verano se aminoran y consumen las aguas, de forma que no pueden moler. Y responden.

Puentes del Gigüela

Se relacionan cuatro puentes de piedra en la pregunta 29, que no producen renta alguna, pues no se cobra nada a vecinos y forasteros por el paso por ellos, aún dice que tiene mucho gasto por mantenerlos reparados y en uso.

Aunque no se nombran, los más conocidos son: el Puente Viejo, el Puente del Blanquillo, el Puente de las Puentes, el del camino de Tahierro y la Puente de Doña Sol.

Puente Próximo al molino Botifuera. Fotografía perteneciente a Miguel Villafranca

Cuatro puentes de piedra sillería con diferentes ojos, sobre el río Gigüela y sus corrientes, que sirven para el uso, y paso, y común de los vecinos y forasteros, los cuales no producen ni pagan por sus pasos cosa alguna, antes si, para su subsistencia y composición, se causan a esta villa y sus vecinos muchos gastos, y no hay barcas, ferias, ni mercados. Y responden


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