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sábado, 13 de mayo de 2023

El Asentamiento Carpetano del Cerro de San Cristóbal, Yepes

Asentamiento Carpetano del Cerro de San Cristóbal, Yepes

Hablamos de un cerro testigo, en el cual hubo un antiguo poblamiento prerromano carpetano, del que apenas queda nada visible, a día de hoy, salvo algún pequeño tramo de muralla, siendo uno de los más extensos -unas tres hectáreas- de los existentes en la comarca de Mesa de Ocaña, en la que nos encontramos. 

La toponimia del Cerro de San Cristóbal, nos muestra un ejemplo más de cristianización de un antiguo poblamiento; lo más común, conocido y, quizás, de mayor trascendencia cualitativa, sean los casos de superposición de distintos cultos en un enclave, pero también hemos aprendido del no escaso número existente, como tipología, de lugares que fueron poblamientos, que se sepa no cumpliendo funciones de santuario en el pasado, que con posterioridad, a la llegada de la religión de la cruz, fueron cristianizados, con la construcción de algún oratorio, ermita o santuario, o con la consagración a algún santo, como es el caso que nos ocupa. San Cristóbal fue un mártir del siglo III, del que, como ocurre con otros tantos santos mártires primigenios, se le relaciona con antiguas divinidades o personajes mitológicos. San Cristóbal se dice pudo sustituir a Hércules o Heracles. Así lo dice, por ejemplo, Luis Rodríguez Bausa, en su obra "Toledo insólito":

"Nos toca ahora recordar que dentro de la catedral y en las iglesias de San Román y San Andrés tenemos pintado otro gigante, San Cristóbal, que es un heredero de una remota tradición que la iglesia [...] lo ha transformado en patrono de caminantes y peregrinos y abogado contra la peste, contra las nubes, rayos y tormentas, siendo en realidad la representación cristianizada del dios Hércules."


Fotografías: Iberia Mágica - 11/03/2023

En el presente caso, sí es cierto que el cerro se encuentra vigilante, sobre el antiguo camino que une Ocaña con Toledo, el cual transcurre por Yepes, término municipal en el que nos encontramos, cuyo núcleo urbano se encuentra a unos siete kilómetros del cerro, con lo que pareciera estar dando protección a los millares de caminantes que, durante siglos, contemplaran su silueta de cerro con cumbre amesetada. 

En el mismo se dice existe una ermita consagrada a nuestro santo de hoy, pero en nuestra visita del pasado 11 de marzo, únicamente pudimos ver una construcción, vallada, que más bien pareciera una casa de campo particular, que no un oratorio. A pesar de ello, las visita merece la pena, no sólo por hallarte en un lugar, solitario, sobre el que hace milenios nacieron, vivieron y murieron antepasados nuestros o por las vistas circundantes, pudiendo contemplarse 

Toledo hacia el poniente o los Montes de Toledo hacia el sur y suroeste, sino, sobre todo, por la visita a la histórica población de Yepes. La que dicen fue la antigua Hippona romana o Hepes, en la denominación mozárabe, más cercana a la actual, es conocida como Toledillo, por su patrimonio monumental e histórico, con bellas puertas de muralla; torres; una bonita plaza mayor; un majestuoso templo, con reliquia incluida; una judería, con la calle de la Sinagoga como pista para situarla; el palacio donde ser firmaron los esponsales de los Reyes Católicos; o la vivienda de la familia paterna de Juan de Yepes Álvarez, más conocido como San Juan de la Cruz.

Vista, hacia el sur. Paraje por el que transcurre, de este a oeste, el antiguo camino de Ocaña a Toledo

Suelo de la meseta superior, sobre la que se situó el antiguo poblamiento carpetano



Toledo, al fondo, iluminado al anochecer, desde Cerro de San Cristóbal de Yepes - 11/03/2023


Fuente:

http://iberiamagica.blogspot.com/2023/04/cerro-de-san-cristobal-yepes.html


jueves, 6 de mayo de 2021

El ocaso del Pradito de la Caridad, Toledo: Un cementerio diferente

En el siglo XIX se mantuvo 'abierto' el pradito de la Real, Ilustre y Antigua Cofradía de la Santa Caridad, donde ésta enterraba los cadáveres de ahogados, ajusticiados y pobres.


Extremo del paseo del Carmen, ampliado en 1882, hacia el postigo de Doce Cantos. Al fondo se situaba el cementerio de la Caridad.


Rafael del Cerro MalagónTOLEDO 
Actualizado:31/03/2021 12:34h

En España, los intentos higienistas por abandonar las inhumaciones en el interior de los templos para realizarse en camposantos, fuera de las poblaciones, parten de una Real Orden de Carlos III (1787) que no obtuvo una esperada diligencia, como también sufrieron ulteriores disposiciones en gran parte del país. En 1814, Toledo ya intentó crearlo en el exconvento de los frailes Mínimos de San Francisco de Paula, junto al Circo romano, sin embargo, hasta 1834, a causa de una epidemia del cólera, no se edificaría un cementerio en la Vega Baja que se abrió en 1836.

Con ello acabaron los entierros de feligreses en las parroquias y los verificados en los praditos de los hospitales cuando fallecían los enfermos. El de la Misericordia los bajaba al que poseía junto al Cristo de la Vega y el de San Juan Bautista, o de Tavera, lo hacía en un huerto anejo. 

En 1846, en el pórtico de la ermita de Santa Leocadia, la Catedral creó dos galerías de nichos para su clero que, a partir de 1857, ampliaba a los particulares que lo solicitasen después de afrontar un notable gasto más las tasas que, en compensación, atañían a la Ciudad. 

También, en el XIX, se mantuvo abierto el pradito de la Real, Ilustre y Antigua Cofradía de la Santa Caridad, donde ésta enterraba los cadáveres de ahogados, ajusticiados y pobres. 

Fragmento de una vista estereoscópica de Joseph Carpentier realizada en 1856. Sobre la línea de la muralla, el Pradito o cementerio de la Santa Caridad. 

A la derecha, los restos de la gran capilla del convento del Carmen Calzado, destruido en 1809. Archivo Municipal de Toledo.

Estaba junto al convento de frailes del Carmen Calzado, sobre la muralla asomada al Tajo y cerca del postigo de Doce Cantos.

Un peculiar recurso cofrade para costear los sepelios era el clavicote o Cajón de Difuntos colocado en Zocodover donde se exponían los cuerpos recogidos antes de ser sepultados, asunto que ya referimos en un artículo anterior (14/03/2021). 

Aquel jaulón siempre fue algo incómodo en la plaza y rechazado por los vecinos. Hacia 1777, se acordó bajarlo al citado pradito, donde proseguía en 1814. Aquí perdurarían los entierros más allá de publicarse el Reglamento de la Beneficencia Pública (1836) y crearse la Junta Municipal que asumió los bienes de la Santa Caridad. 

Un manuscrito escrito por el curial Felipe Sierra (depositado en el Archivo Municipal de Toledo y que publicamos trascrito en 2007) reúne diferentes noticias acaecidas en la ciudad, desde 1801 a 1844, con varias alusiones a la Cofradía y su camposanto. Su lectura nos acerca a una periodística sección de sucesos con crímenes, ejecuciones, ahogados o suicidios.

En septiembre de 1820, el escribiente sitúa la inhumación en el pradito -tras estar expuesto «al público hasta el mediodía»- de un vendedor de paños de Sonseca hallado muerto en el Horno de Vidrio, en el camino de Burguillos. Gran relieve tuvo el suceso referido a la pena de garrote aplicada en Zocodover, el 25 de noviembre de 1822, al capellán de coro de la Catedra, Atanasio García Juzdado, detenido por encabezar una partida «contra el sistema constitucional». La reseña recoge como la Cofradía verificó el entierro hasta «donde se da sepultura a los demás reos». 

Plano de F. Colleo y M. Hijón (1858). Con líneas amarillas el perímetro de las ruinas del Carmen Calzado. En color rojo el pradito de la Caridad con sus dos edificios: la vivienda de los empleados y la capilla.

Digamos que, en junio de 1825, repuesto el régimen absolutista, fue exhumado el cadáver del capellán seguido de solemnes exequias en la catedral, iglesias y Zocodover, con una relevante presencia de la Santa Caridad en las comitivas formadas por un profuso clero, autoridades y tropas realistas. 

Una Relación de tales honras fueron publicadas por la Imprenta de Sebastián Rodríguez en 1825. Según las crónicas de Felipe Sierra aquella ejecución fue la última habida en Zocodover precedida de otras desde 1811, aunque reseña más ejecuciones públicas hasta 1838, pero ya en otros puntos de la ciudad.

También menciona las tareas de la Cofradía tras extraerse cuerpos del Tajo, como fue un caso fechado el 3 de agosto de 1823, cuando Lucas Ruiz, capellán del Hospital de San Juan Bautista, se ahogó al bañarse tras haber merendado, lo que se estimó como muerte accidental. Al día siguiente, se pudo sacar el cadáver de las aguas para subirlo al pradito de la Caridad. 

Lo mismo se repitió, en agosto de 1826, cuando una lavandera cayó al río mientras trabajaba en la orilla, bajo la ronda de Cabestreros. En julio de 1829, el curial anota el caso de una joven de 16 años que, tras ser advertida y castigada «fuertemente» por su padre, porque «daba conversación a un cabo de cazadores», salió de su casa, bajó por la Puerta Nueva hasta el río, allí se quitó la peineta de la cabeza, se tapó la cara con el delantal y se arrojó al Tajo. 

Anochecido, pudieron recuperar el cuerpo y ponerlo «de manifiesto en el Pradito del Carmen calzado» hasta al día siguiente. Un último «suceso negro» aconteció en 1842 fruto de un desafío entre dos amigos, resultado muerto uno de ellos por dos disparos. El cadáver se llevó al referido cementerio donde, «al día siguiente, le hicieron anatomía y se le dio sepultura».

No deja de ser curioso que en estos casos aún siguiese vigente el recurso de la Santa Caridad a pesar de funcionar la Beneficencia Municipal desde 1836. Recordemos que ese mismo año, Toledo ya contaba con su nuevo camposanto de la Vega Baja, si bien el patio general estaba muy saturado a causa del cólera morbo más la natural mortalidad de la ciudad. 

En 1857, Sixto Ramón Parro todavía refiere estar abierto el pradito con una casa para los dos empleados de la Cofradía -los llamados verderones, por el color del vestuario lucido en las comitivas- dedicados a llevar las camillas de los cuerpos recogidos. Sobre la puerta del pradito describe la capilla que contenía un crucifijo –que años después se llevaría al Hospital de la Misericordia- que se iluminaba por la noche para ser visto a través del balcón abierto a la calle del Carmen.

El aspecto de aquel camposanto se puede advertir en una vista estereoscópica realizada por el francés Joseph Carpentier en 1856. El plano de F. Coello y M. Hijón (1858) muestra aquel terreno funerario y los dos edificios citadas por Parro: la vivienda y la capilla. 

Parece que el derribo del cementerio fue acordado el 25 de agosto de 1859, pero debió realizarse más adelante. En junio de 1860, el Gobernador Militar notificaba al Ayuntamiento que no existían escoltas suficientes para vigilar los cien presos que entonces trabajaban en diversas obras de la ciudad. 

Entre ellas estaba el derribo del cementerio de la Caridad, vigilado por un cabo y cuatro soldados, apuntándose, incluso, el amotinamiento de un recluso. Lo cierto es que, en enero de 1865, ya se había logrado allanar el pradito y el contiguo solar del exconvento del Carmen –adquirido en 1836 por el especulador José Safont que permutó con al Ayuntamiento en 1864- para habilitar un paseo que tardaría años en arbolarse. En 1882, este nuevo espacio elegido para solaz de la población sería ampliado hasta alcanzar la puerta de Doce Cantos.

Rafael del Cerro MalagónTOLEDO 
Actualizado:31/03/2021 12:34h

https://www.abc.es/espana/castilla-la-mancha/toledo/abci-ocaso-pradito-caridad-cementerio-diferente-202103311219_noticia.html


viernes, 30 de abril de 2021

El Molino Pingazorras, Puebla de Almoradiel

Me encuentro ahora en la parte final del libro de historia de La Puebla de Almoradiel según los Libros de Visita de la Orden de Santiago, con unos añadidos, las Relaciones Topográficas de Felipe II y el Catastro del marqués de la Ensenada. 

Han sido muchas horas de buscar documentos, de leer libros, de estar sentado muchas horas delante de los manuscritos del Archivo Histórico Nacional, pero ya hemos llegado, y es tanta mi alegría de ver terminada una obra desde cero, desde que la empecé hace ya más de un año, que estoy encantado de compartir este pequeño comunicado con todos mis amigos de La Puebla.

A lo largo de todas estas páginas de esta somera historia de La Puebla de Almoradiel, aún quedan muchos manuscritos en los archivos que completarán esta importante historia de este importante pueblo de la Mancha Santiaguista, hemos comentado la importancia que tuvieron los molinos harineros de agua en el río Gigüela, cómo eran visitados por los labradores desde la Edad Media para moler en sus piedras su trigo, cómo fue una columna vertebral para producir la harina que, tratada convenientemente, se cocería en los hornos de todas las villas santiaguistas para obtener pan cocido, alimento básico y fundamental de sus pobladores.

Continuando esta usanza medieval, y con objeto que no se perdiera la tradición en La Puebla de Almoradiel, su ayuntamiento, con su alcalde a la cabeza, sintieron la necesidad de adquirir uno de los antiguos molinos para uso en fines culturales y turísticos, ¡qué gran idea! Y así se hizo. El acervo medieval del pueblo ya está representado en el molino Pingazorras.

Placa en piedra del molino Pingazorras: A expensas de D. Joseph Pérez y Velázquez se reedificó el nuevo molino de Pingazorras, año 1798 (la fecha está mal, modificada por algún desaprensivo

 
Tengo que decir que desconozco por completo los por menores de la adquisición, ahora bien, sí puedo afirmar que el terreno y el molino pertenecieron al ayuntamiento de La Puebla de Almoradiel desde tiempo inmemorial, quien lo cedió el año de 1797 por un canon o pensión anual a D. Joseph Pérez y Velázquez, vecino de La Puebla, por el uso del terreno en el lugar llamado Pingazorras, de ahí el nombre del molino, y por reconstruirlo por completo, ya que estaba totalmente destruido; en ese canon se incluyó el uso de las acequias, caces, presa, entrada y salida de aguas que tuvo anteriormente el molino.

De manera que como homenaje a tan buena iniciativa que tuvo el ayuntamiento al adquirir parte de su cultura medieval, dedico este epílogo al pleno de su concejo, que trata sobre la licencia que concede el rey Carlos IV para que se construya y se use de nuevo el molino Pingazorras.

https://lillodelamancha.wordpress.com/2021/04/24/el-molino-pingazorras/

martes, 9 de marzo de 2021

Las campanas de San Julián, Santa Olalla



En este artículo vamos a intentar describir las campanas que dan vida y sentido al campanario de la iglesia de San Julián de Santa Olalla.

El campanario de San Julián es una construcción de ladrillo, sencilla pero especialmente singular, que como se ha dicho en muchas ocasiones curiosamente no supera la altura del cuerpo principal de la iglesia. 

La torre consta de tres cuerpos, el primero tiene el arranque de mampostería de piedras y continúa en ladrillo abriéndose en él tan solo una pequeña ventana. 

El segundo cuerpo tiene un gran arco abierto en cada uno de sus lados, de la misma anchura de los huecos de las campanas del cuerpo siguiente; esta es la segunda curiosidad del campanario, el doble cuerpo de arcos, estos arcos estaban cegados y se abrieron durante la restauración de los exteriores de la iglesia en 2006. 

El tercer cuerpo es el cuerpo de campanas. 

Y por último, se cierra con tejado de tejas curvas y un remate, a modo de aguja, emplomado, con bola, veleta y cruz.

Vista del campanario desde la Plaza de San Julián

Interior del campanario

En el interior se accede hasta el segundo cuerpo por una escalera de madera, y del segundo al tercero hay que subir por una escalera vertical, al modo de las escaleras de mano.

Sabemos que en 1689 se repara la torre que esta medio arruinada, se quitan las campanas y se dejan en el portalillo, lo arregla Julio López Adovea. 

También sabemos que en 1700 se construye una cubierta nueva para poner las campanas.[1]

Pese a que no conservamos ninguna de las campanas originales que ya aparecen en un inventario de 1647[2], contamos con tres interesantes campanas que llenan tres de los cuatro huecos del campanario de San Julián. 

Las vamos a diferenciar con los tres nombres populares que reciben: la campana vieja, la campana gorda y el campanillo.

La Campana Vieja

La primera campana que describiremos es la "Campana Vieja", una pieza de bronce del año 1898. 

Tiene una cruz en el frente y dos inscripciones en la parte trasera “S. Julián Nuestro Patrón” y “Se fundió a costa de los Señores Hierro Maroto, D. Ambrosio, D. Anastasio y Doña Placida. Año de 1898”.


La Campana Gorda

La más nueva y la más grande de las tres campanas de San Julián es la que conocemos como "Campana Gorda". 

Es diferente al resto de campanas ya que no es de bronce, sino que está fundida en una aleación de hierro. También su yugo es diferente, no es de madera sino de hierro fundido.

La campana fue comprada a principios del siglo XX, para sustituir a otra que debía estar rajada y ya no servía.

El Campanillo

La más pequeña de todas las campanas de San Julián es la que conocemos como "El Campanillo". En el frente tiene grabada una cruz. 

Se trata de una campana de bronce de 1795, el año aparece grabado en un lateral, el yugo de la campana se tuvo que hacer nuevo durante la restauración de la iglesia en 2011.

[1] ARCHIVO PARROQUIAL DE SANTA OLALLA: Libro 2º de fábrica de la Parroquia de San Julián, 14/APSO; (de 1662 a 1730).

[2] ARCHIVO PARROQUIAL DE SANTA OLALLA: Libro 1º de fábrica de la Parroquia de San Julián, 13/APSO; (de 1609 a 1656).

Detalle del campanillo
Interior del cuerpo de campanas

Torre de San Pedro vista desde la de San Julián

El campanario antes de su restauración

Publicado por Josué López Muñoz
https://eulaliense.blogspot.com/2021/02/las-campanas-de-san-julian.html

jueves, 4 de febrero de 2021

El Arco de Buzones, Toledo

Es media mañana, ya hace calor a estas horas. Rosa aparca su vieja vespa en un rincón sombreado de la Plaza de Buzones. Este pequeño borriquillo de hierro le soluciona muchos problemas de desplazamiento, aquí y allá. 

Acaba de recoger en la Consejería de Cultura un visado de restauración, con él queda autorizada para intervenir en un antiquísimo arco de herradura tabicado, un arco de época califal descubierto en la pared trasera medianera de una vieja casa de la plaza.
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Nacela con inscripción de escritura cúfica, situada por encima de la clave del arco al que hace referencia esta entrada. Cara interior del arco, Plaza de Buzones nº 8, Toledo. Fotografía: Pedro Pablo Salvador Hernández. Consorcio de la Ciudad de Toledo..

Rosa es restauradora, de oficio y de alma, … le gusta tanto su trabajo. Ella no ve lo que ven los demás, ni siente lo mismo que muchos de sus colegas, ella se hace parte de las piezas y elementos que restaura. Disfruta mucho con su trabajo, esto es una gracia del Cielo para ella, un tesoro, pero los tesoros también tienen monedas volteadas con el rostro en cruz. Ésta es otra historia …

Ayer también estuvo en Buzones. Visitó el edificio colindante al que es ahora su lugar de trabajo, … quería ver el arco por la otra cara, su cara interior. Una vecina mayor del barrio, la señora Crescencia, le contó que el arco era visible en la casa de al lado. 

Vio el arco, y también un alfarje polícromo rematado por una nacela muy curiosa, su texto empezaba cantando en latín y terminaba en lengua mora. El arco fue salvajemente destrozado hace pocos años por un insensible promotor que “rehabilitó” el edificio. 

Ahora, ya restaurado de verdad, aparece discreto, no parece antiguo, su cara visible real desapareció para siempre. Ahora hay una segunda oportunidad, ella va intervenir en la otra cara del arco y todavía quedan en él restos del acabado original.
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Arco de herradura, antigua cara exterior, Plaza de Buzones nº 9, Toledo. Fotografía: Jose María Gutiérrez Arias. Sección Vivienda. Consorcio de la Ciudad de Toledo. Año 2019..

Portada, zaguán, patio y alhanía están todas en línea, Rosa cruza de lado a lado sin quitarse el casco motero, el edificio está en obras y no puedes andar descubierto. La alhanía de ahora fue calle o patio entonces, allí, frente a ella está el arco, al otro lado vió ayer la nacela con el canto del profeta, ese era el interior de una casa sarracena.

Dejando el casco colgado en una vieja estaca de forja clavada en la pared, se recoge, con rápido ademán y colorido pañuelo, su castaña melena. Es hora ya de empezar la faena. Jesús Pedreño la oído llegar y se acerca a saludarla.

Jesús es peón, uno de los oficios más humildes y duros de la obra. Pese a todo, él es el que más sabe de la obra, todos los oficios pasan por sus manos, sobre su labor descansa la de todos los demás. Nada pasa en la obra sin que él lo sepa o lo sufra, además es perro viejo y la vida le ha hecho maestro de muchas cosas. 

Rosa lo sabe, se conocen desde hace dos obras, desde el primer día han hecho buenas migas. Jesús se ha encargado de hacer las catas previas en la cuarteada epidermis de yesones que cubría el arco. No hay otro mejor, aunque sus manos son fuertes la piqueta no ha herido la obra antigua. Rosa y Jesús ya hablan el mismo idioma. Los restauradores no saben de obra, los peones no saben de restauración, pero ellos han aprendido el uno del otro … y los dos son ahora mejores en su trabajo.

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Arco de herradura, antigua cara exterior, Plaza de Buzones nº 9, Toledo. Fotografía: Jose María Gutiérrez Arias. Sección Vivienda. Consorcio de la Ciudad de Toledo. Año 2019..

Jesús … ¿por qué hay una capa de barro bajo el yeso que reviste el arco?, pregunta Rosa con la nariz casi pegada a la pared. Es sencillo …, contesta Jesús, el barro doma y atenúa la fuerza del muro de mampostería y ladrillo. 

Si te fijas verás que el fino lamido de barro que hay sobre la pared lleva, armando su interior, una generosa ración de paja. Esa paja traba, y hace “una”, la capa de barro. El barro absorbe la tensión estructural del muro y evita que se fisure la capa final decorativa de yeso. Es un barro bueno, de limo fino. 

Nosotros también utilizamos este truco en la obra moderna, pero no somos capaces de tener el mismo éxito, ¿has visto el enfoscado del patio? hemos armado el revoco con una malla de fibra de plástico … Rosa se ríe con ganas, ya ha visto que el enfoscado de cemento del patio tiene varios costurones de arriba a abajo.
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De izquierda a derecha. Fotografía nº 1: Detalle de la capa de barro con paja que sirve de preparación para el tendido de yeso. Fotografía nº 2: Detalle en el que se ven los restos del dovelaje decorativo del arco de herradura. Fotografía nº 3: restitución de color de la fotografía nº 2 para ayudar a su visualización. Fotografías: Jose María Gutiérrez Arias. Sección Vivienda. Consorcio de la Ciudad de Toledo. Año 2019..

Ahora es Jesús el que pregunta. Rosa, … las dovelas del arco están coloreadas. ¿Cómo coloreaban esos yesos?, el yeso está coloreado en superficie pero no veo capa de pintura, el yeso ha hecho suyo el color … Pues mira Jesús – contesta Rosa – hay cosas que desconocemos, técnicas decorativas que se perdieron, sabemos que ingredientes lleva la sopa pero no somos capaces de conseguir el mismo cocido.

 Lo mismo que tu malla de colorines del revoco del patio no consigue el mismo efecto que la paja en el barro. Sabemos que los artesanos antiguos conocían muy bien el yeso y su comportamiento, … que fraguaba rápido, que no resistía bien la humedad ni la acción directa del agua … Por eso protegían sus yesos con una capa de protección final. 

Esta capa, con un finura de micras, está compuesta básicamente por sulfato cálcico, una imprimación que proporcionaba mayor dureza al yeso y le protegía del agua exterior al reducir su capacidad de absorción. También conseguían cerrar el poro del yeso y nivelar sutilmente la superficie de trabajo, facilitando la operación del policromado posterior. 

El pincel discurría con suavidad por la superficie del material y se podían conseguir detalles y miniaturas muy precisas y delicadas. Las técnicas de policromado eran diversas … agua de cal con pigmentos minerales, temples, caseínas. Una de las técnicas más antiguas era el temple al huevo. Los colores más habituales, el blanco, el rojo y el azul …

Rosa no sigue hablando, Jesús ya no pregunta, … los dos rumian dentro lo que acaban de oír y decir. Miran de frente al arco y se sienten transportados en el tiempo. 

Ella se ve con el mismo pañuelo coloreado ocultando su cabeza, pincel en la mano, tiñendo dovelas alternas de rojo y blanco, escucha de lejos el canto del muecín … Jesús se imagina batiendo a mano, en un pequeño mortero de madera, una aguada de cal con un venenoso polvillo bermellón de rojo cinabrio. La tarde cae rápida, mañana estará terminado el arco …

Jose María Gutiérrez Arias. Consorcio de la ciudad de Toledo


Detalle arcos de herradura con sus dovelas coloreadas alternas. Cristo de la Luz, Toledo. Fotografía de Juan Alcor (https://www.flickr.com/photos/juanalcor/)

https://consorciotoledo.com/el-arco-de-buzones/

domingo, 20 de diciembre de 2020

La Bóveda del Frío, Toledo


Quizás alguna vez, caminando en esta época del año por el laberinto de calles de la ciudad antigua, habrás podido sentir, en medio del pesado bochorno, como si atravesaras una burbuja de aire gélido, una repentina y fugaz bocanada de aire fresco que en breves instantes dejas atrás. Desconcertado te paras. 

Si llevas tiempo o mucho calor buscarás el origen de tan agradable venero de frescor. Atrás vislumbras, casi al pie del pavimento y sobre la pared de un silencioso caserón, un discreto ventanuco armado en jambas por recios sillares de granito. 

Parece ventana de cárcel, no de casa, una robusta crucería de forja sella su oscura boca. De ahí sale ese fresco alivio que hace recuperar el resuello. Pero no te paras mucho, ese frío es de mazmorra y un sexto sentido te dice que te alejes pronto …

La disposición constructiva o el diseño de muchas de nuestras casas centenarias del casco histórico incluye en su trazado interior profundos sótanos, generalmente abovedados, que se extienden, en mayor o menor medida, en función de la importancia de la casa, bajo las crujías que rodean los patios interiores. Esos sótanos abren bocanas abocinadas, para ventilación e iluminación, hacia los patios interiores y otras veces, las menos, hacia la calle.

Estos sótanos han tenido a lo largo de su vida útil muchas funciones y todavía aún se les sigue sacando partido para actividades diversas. 

Caballerizas, fresqueras para guardar alimentos o vinos, carboneras, refugios antiaéreos en época de contienda, cárceles, escondites para juegos infantiles, viviendas para época de carestía, almacén trastero, gimnasio, sala de fiestas, … y mil usos más que la imaginación o la necesidad han puesto o pondrán en juego.

Sótano abovedado de una casa medieval del Casco Histórico de Toledo. Fotografía: Jose María Gutiérrez Arias. Sección Vivienda, Área de Gestión Patrimonial, Consorcio de la ciudad de Toledo. Año 2019

Recientemente visité un espectacular sótano medieval muy bien restaurado. Excavado parcialmente en roca, no presentaba signos de una humedad excesiva, uno de los principales males que sufren estos espacios. 

Base de roca, rosca sencilla de ladrillo dispuesto a soga y un buen mortero de cal para ligarlo todo. La fuerza de la gravedad hace el resto. Una tarima laminada y una pequeña alfombra hace un poco más acogedora esta pétrea jaula.

En verano necesitas una chaqueta, en invierno te sobra el abrigo, me dice su dueño … Un escalofrío me recorre la espalda, creo que está motivado más por la envidia que por la temperatura.

Jose María Gutiérrez Arias. 
Consorcio de la ciudad de Toledo
https://www.consorciotoledo.org/la-boveda-del-frio/

martes, 15 de diciembre de 2020

La Transformación de la Plaza del Ayuntamiento en 1862-1864, Toledo


Huérfana de vida vecinal, obligada pausa fotográfica para los visitantes y deambulatorio de usuarios de la administración municipal

Por Rafael del CERRO MALAGÓN
TOLEDO 
Actualizado:27/10/2020 20:46h

Zocodover es, sin duda, la plaza más popular de Toledo, esencialmente ligada a bulliciosos tratos mercantiles, escenario para todo tipo de celebraciones y encuentros que además ayuda a tomar el pulso de la ciudad. 

Los afanes de vecinos y visitantes se cruzan en un irregular espacio sitiado por soportales, viviendas y negocios sin que nunca la vida diaria estuviese allí tutelada desde ilustres palacios o notables edificios religiosos. 

La antítesis del secular Zoco es la institucionalizada y admirada plaza del Ayuntamiento, huérfana de vida vecinal, obligada pausa fotográfica para los visitantes y deambulatorio de usuarios de la administración municipal, solo reanimada los días del anual calendario festivo o con motivo de los ocasionales actos visados por la autoridad competente.

Desde época medieval, la plaza vivió graduales pérdidas de remotos edificios y adarves. Allí tal vez estuvo, en época visigoda (siglo VI), la basílica de Santa María, después convertida en mezquita islámica, para dar paso de nuevo, a partir del siglo XI, al culto cristiano que alumbraría la magna Primada gótica iniciada en 1227. 

Enfrente, a partir del siglo XIV, en un edificio hospitalario de fachada mudéjar (descubierta en 1979), surgiría la casa consistorial que perfilaría Juan de Herrera en el siglo XVI y continuaron otros maestros hasta 1703. 

El tercer lado de la plaza lo llena el palacio Arzobispal que acabó de renovar el cardenal Lorenzana en el XVIII. En el cuarto costado estuvo la casa del Deán de la Primada que se derribaría para levantar la Audiencia entre 1928 y 1947, edificio reformado de nuevo en 1962 que integró una portada traída del palacio de los señores de Peromoro y una ventana geminada procedente de una casona de Pedro Lasso de la Vega ubicada junto a la actual plaza de Padilla. Contiguo a este ecléctico edificio judicial están las pocas, y casi relegadas, casas particulares aquí existentes.

El espacio de esta ilustre plaza quedó fijado a mediados del XVI. Gracias a dos detallados planos del Archivo Municipal de Toledo se puede apreciar que, en el XVIII, aún mantenía el mismo esquema y el posterior retoque burgués que se aplicó en 1862.

El primer documento es un dibujo suscrito, en 1750, por José Díaz, un alarife firmante de profusos informes elevados a la regiduría de la ciudad. Aquí precisa que la extensión de la plaza era de 34.329 «pies superficiales», algo menos de 2.700 metros cuadrados. 

Rotuló los nombres de las calles y perfiló las manzanas perimetrales: la Catedral, el palacio Arzobispal, el edificio consistorial -con las nueve bovedillas que ocupaban los escribanos púbicos (notarios)- y las casas del deanato comprendidas entre las esquinas de las calles Pozo Amargo y Puerta Llana. 


En el centro de la plaza, el alarife señala con la letra «A», el «aldabón donde se pone la maroma para sujetar los toros», detalle que evoca el uso taurino de este lugar frente al más usual escenario de Zocodover. 

Precisamente, F. Marías (1984) halló un encargo catedralicio a Juan Bautista Monegro, en 1609, para alzar un tablado en la puerta del Perdón con estrados reservados al clero y a otros notorios espectadores más los burladeros y un entoldado.

El segundo plano está firmado el 30 de septiembre de 1862 por el arquitecto de la Diputación, Santiago Martín y Ruiz, que entonces atendía también los encargos municipales, siendo alcalde Patricio de Azcárate. 

El 1 de agosto anterior, la Corporación aprobó dotar 36.063,97 reales para afrontar un plan que proponía un polígono central para el paseo, bordeado de asientos de fábrica con respaldos de hierro y farolas. Además de nivelar casi toda la plaza se delimitaban dos calzadas contiguas: una hacia el edificio consistorial y otra dirigida a la calle de la Ciudad. 


Esta última debía unirse a un plan de ensanche y regularización de la estrecha calle de San Marcos hasta la plaza del Juego de Pelota. Se pretendía crear un eje urbano desde el Ayuntamiento hasta la explanada de San Cristóbal para habilitarla como paseo. 

Esta ambiciosa fase no se realizó. Sería en 1865 cuando se hizo el citado paseo, ya por parte de otra corporación. El proceso para ejecutar el proyecto de Santiago Martín transcurrió en 1863, a cargo de Luis Antonio Fenech, arquitecto municipal desde el mes de marzo. La obra la hizo el contratista madrileño Juan Ramos, dándose por concluida en marzo de 1864.

La «mejora y decoración» de la plaza era pareja a los trabajos que discurrían para abastecer de aguas a la ciudad desde el paraje de Pozuela, plan confiado al ingeniero Luis de la Escosura, en 1861, siendo alcalde Rodrigo González Alegre. 

Aquel logro lo inauguró, el 19 de marzo de 1863, el nuevo alcalde, Patricio de Azcárate, con la bendición del cardenal Alameda y Brea al surtidor enclavado en el centro de plaza del Ayuntamiento. También se abrió un «caño de vecindad» alojado bajo el pretil de la bajada hacia la calle de la Ciudad, proceso que ya abordamos en otro artículo (18/04/2016). En marzo de 1864 se añadió una verja encargada al industrial Casimiro Porres para proteger el jardín ornamental que perviviría con desigual frondosidad hasta 1953.

Gracias a dos planos de Toledo debidos a F. Coello-M Hijón (1858) y J. Reinoso (1882) se puede apreciar el antes y el después de esta reforma urbana. Entre ambos situamos una acuarela de halo romántico, del bávaro Friedrich Eibner (1825-1877), con una comitiva procesional en la catedralicia puerta del Perdón y una despejada plaza. 

La escena se fecha en su viaje por España (1860-1861), casi en las vísperas del proyecto que crearía la moderna glorieta de paseo, algo que ya se había obrado en Zocodover, en 1839, conforme al plan del arquitecto toledano Blas Crespo y Bautista (1804-1879).

Son numerosas las imágenes que muestran la plaza del Ayuntamiento desde la sexta década del siglo XIX. Las fotografías de Lamy, Pedroso y Alguacil permiten comprobar que la disposición de Santiago Martín –no así la cambiante ornamentación vegetal- alcanzó hasta principios de 1953. 

En este año, casi al tiempo que empezaba la restauración de la fachada del palacio arzobispal, se eliminaban la glorieta y el estanque central y se desmontaba la verja de la lonja catedralicia (colocada en 1637) para ser depositada en el claustro bajo de la Primada hasta que, en 1984, volvió a ser repuesta. Señalemos que al rebajarse la cota de la plaza en 1953 apareció el antiguo aldabón taurino citado en el preciso plano de 1750 que hemos recordado en el presente artículo.

Por Rafael del CERRO MALAGÓN
TOLEDO 
Actualizado:27/10/2020 20:46h

https://www.abc.es/espana/castilla-la-mancha/toledo/abci-transformacion-plaza-ayuntamiento-1862-1864-202010272028_noticia.html

lunes, 7 de diciembre de 2020

Los Molinos de San Sebastián y de Romayla la Nueva, Toledo


Del edificio de Romaila la Nueva nada queda hoy, salvo la base, convertida en mirador sobre el paso de agua que movía sus turbinas

RAFAEL DEL CERRO
ABCTOLEDO 
Actualizado:23/06/2020 17:43h

En anteriores artículos hemos repasado diversas historias sobre tres presas existentes en el cauce del Tajo a su paso por Toledo: la de Safont, la del Artificio y la de Saelices. Junto a ellas hubo norias islámicas, molinos, regadíos, abastecimientos de agua o las innovaciones que aportó la revolución industrial del siglo XIX. 

Las mismas claves aparecen también en el cuarto azud, ubicado bajo las murallas inmediatas a la iglesia de San Sebastián, cuyo nombre identifica a la bajada y a los molinos situados en la orilla derecha. En la parte opuesta de la referida presa nada queda de las antiguas aceñas medievales que con el tiempo se conocerían como de Romayla la Nueva.

La historia de esta parte de la cara sur de la ciudad recoge noticias de una iglesia en época visigótica y la posible transformación en mezquita islámica. Cerca de ella se situó la puerta de Adabaquín (o de los Curtidores), cuyas últimas noticias son del siglo XII, una más de los accesos a la medina toledana, ideada para controlar en este paraje la comunicación con las riberas del río. 

La población de esta humilde barriada trabajaba esencialmente en el curtido de pieles, labor que exige abundante agua a la vez que es de difícil integración en el interior urbano dadas las molestias de los olores y los residuos consiguientes. 

Esta industria se mantuvo en Toledo a lo largo del tiempo, contándose, a mediados del XVIII, hasta ocho tenerías repartidas en el cercano curso del Tajo

Bajo la línea de murallas de las actuales Carreras de San Sebastián (nombre suplantado por un artificial alias urbanístico nacido hacia 1964: La Cornisa del Tajo), al bajar hacia el río, aparecen sugerentes hallazgos frutos de recientes excavaciones. 

Los primeros, a la derecha, hoy citados como de las Tenerías, son los restos de unos baños árabes –posiblemente del siglo X- que, al perder su uso, alguna parte se reutilizó como infravivienda, quedando el conjunto soterrado por sucesivos echadizos.

 Salieron a la luz en 1987, al limpiarse de escombros aquellos rodaderos, alentándose entonces unos iniciales trabajos de exploración. 

Años después, en 1997, la Confederación Hidrográfica del Tajo impulsó nuevos estudios arqueológicos dirigidos por Juan Manuel Rojas y Ramón Villa. Posteriores tareas a cargo del Consorcio de Toledo (2002) aseguraban su conservación y la posibilidad de conocer la estructura de varias estancias habituales en los baños árabes: las salas fría, templada y caliente, aljibe, letrinas, hipocaustium…

En una cota inferior, pero por otro acceso, se llega a los ahora llamados baños de San Sebastián de Yuso (estudiados por J. Passini desde 1997), fechados en el siglo XI. De ellos, hoy considerados como «bien inmueble en peligro», se perciben los restos de tres estancias abovedadas, el horno y conducciones del aire caliente además de una captación de agua. 

Al pie de este conjunto, en 2008, se hallaron las huellas de unas tenerías con varias cubetas o noques, artesas, canales y demás recursos de aquella actividad gremial que, en 1751, aquí ejercían cuatro curtidores censados.

Por fin, al llegar a la presa que atraviesa el Tajo, están los muros de una antigua industria que la Memoria relativa a la navegación del Tajo del militar Francisco Xavier de Cabanes (1829) denomina «Batán de los herederos de D. Eugenio Alada».

 En el mismo paraje, en noviembre de 1882, Félix Obaldía Velasco (un principal contribuyente y concejal de 1890 a 1893) era el dueño de aquel negocio y reclamaba al Ayuntamiento que Castor Sierra (otro gran propietario, uno de los fundadores de La Electricista Toledana y poseedor de los no alejados molinos harineros del Hierro) solicitaba la cesión de unos terrenos que consideraba sobrantes, cuando, en realidad, «era una servidumbre inmemorial a los batanes de San Sebastián» según defendía Obaldía.
 

Tal mención prueba que el enfurtido de paños siempre fue un trabajo bien arraigado en este lugar.

En enero de 1905, El Heraldo Toledano notificaba que Antonio Garijo (otro activo y polifacético industrial) se hacía cargo de los «Batanes y Molinos de San Sebastián» donde se vendía borra y se lavaban géneros de lana, «mantas de cama y de viaje». En realidad, Garijo sería el arrendatario, pues al fallecer Félix Obaldía, en 1908, su viuda e hijos heredaron la propiedad, figurando en un listín telefónico (1917) al frente de los «molinos y batanes» de las Carreras de San Sebastián.

Frente a estos restos -integrados en la actual Senda Ecológica en 1994-, en la orilla opuesta de la presa, hubo unas antiguas aceñas que, en 1751, se citaban como Romayla la Nueva. En el siglo XIV eran del Cabildo catedralicio y, posteriormente, de los jerónimos de la Sisla hasta su incautación en 1820. En la citada Memoria de Cabanes se anota: Molinos de Ylario del Prado. 

En los planos de F. Coello-M. Hijón (1858) y de J. Reinoso (1882) se llaman de la Nueva y en el de Rey Pastor (1926) de Noya. El provecho molinero debió ser ya escaso a principios del XX. Su final llegó cuando La Electricista Toledana, en 1915, eligió el lugar para alzar la central de Romaila la Nueva, con dos turbinas de 300 CV, la misma fuerza que ya dispensaba la «fábrica de luz» de Saelices, la primera levantada en la ciudad, en 1890, aguas arriba, en la misma orilla.

Asimismo, la compañía disponía de generadores en la Casa Elevadora (1894) y de una central de vapor en la Incurnia desde 1897, más la dispuesta cerca del puente de San Martín, en 1912. 

Aparte, La Electricista ya había absorbido a La Imperial (empresa que nació en la presa de San Servando, en 1897) y se había fusionado, en 1920, con Hidroeléctrica de Santa Teresa, creada por la familia Leyún en la presa de Safont. En 1926, Toledo: revista de arte, daba cuenta que La Electricista disponía de una central en San Bernardo que fue del rico ingeniero agrónomo y diputado del partido Liberal, Sergio Novales. 

Con este potencial, La Electricista gestionaba el alumbrado y la industria de Toledo, también lo hacía en Azucaica, Bargas, Burguillos y Nambroca.

A mediados del XX, casi todas las compañías locales serían absorbidas por las nuevas empresas hidroeléctricas dueñas de grandes embalses en varias cuencas españolas. Esta dinámica explicó el cierre y el abandono de las centrales asomadas al Tajo a su paso por Toledo. Del edificio de Romaila la Nueva nada queda hoy, salvo la base, convertida en mirador sobre el paso de agua que movía sus turbinas.

RAFAEL DEL CERRO
https://www.abc.es/espana/castilla-la-mancha/toledo/abci-molinos-san-sebastian-y-romayla-nueva-202006231256_noticia.html

martes, 1 de diciembre de 2020

Toledo y Rio Tajo a vista de Dron

sábado, 14 de noviembre de 2020

Los Molinos de Daicán. Tributos pictóricos a un paraje del Tajo


El río continuó como siempre su curso desde los molinos de la Vieja hasta el puente de San Martín, surcando un singular paraje que atrajo a pintores y fotógrafos como Matías Moreno, Beruete, Sorolla, Pedro Román, Zuloaga o Enrique Vera


Por RAFAEL DEL CERRO MALAGÓN
TOLEDO 

Las antiguas Tenerías de Toledo estaban en las laderas de la cara sur que bajan desde las Carreras de San Sebastián hasta el Tajo entre vestigios de algunos baños islámicos. En el anterior artículo de esta serie (21/6/2020) poníamos la atención en una presa allí situada, entre los viejos batanes de la orilla derecha y una olvidada central eléctrica (Romayla la Nueva) que hubo en la parte opuesta. Una vez que el río rebasa este azud, su curso discurre junto a los restos de otros molinos, una defensa medieval y una peculiar garganta rocosa entre la Judería y el cerro de la Virgen de la Cabeza.




El dibujo panorámico de Toledo que realizó el maestro de obras José Arroyo Palomeque, hacia 1720, con los alzados de las manzanas y los edificios de la ciudad, recoge unas aceñas cercanas a las Tenerías y otras enfrente, en la ladera del Valle, que serían activadas por ruedas hidráulicas. En la margen derecha del río se incluye un torreón circular y lo que parecen unas terrazas superiores dedicadas a cultivos.

En las Respuestas Generales del Catastro del Marqués de la Ensenada (1751) se anota que tales molinos harineros, citados como Romayla la Vieja, pertenecían a Bernardo de Rojas Contreras, un notable personaje - estudiado por Mariano García Ruipérez (1985)-, que ejerció como regidor, gestor del Arte Mayor de la Seda y de la Real Junta de Comercio y Moneda. 

Sus aceñas eran una de las nueve que funcionaban en Toledo, desde la Huerta del Rey hasta Azumel, aguas abajo del puente de San Martín. En 1829, la Memoria sobre la navegación del Tajo que elaboró el brigadier de Infantería Javier de Cabanes incluye un plano del río con una presa (hoy inexistente) en el lugar que nos ocupa. En la orilla derecha se anota: «Fábrica de los Herederos de D. Eugenio Alada».

 En la margen opuesta se rotulan otros «molinos» de los mismos dueños. La actividad molturadora de estos últimos, unida a su tortuoso acceso desde los Cigarrales, debió decaer a finales del XIX ante las nuevas fábricas alzadas en las presas de Safont, San Servando y Romaila. A mediados del XX, los molinos de la Vieja ya estaban destruidos, si bien, su planta y el nombre, aún eran reseñados en los planos.

En relación al torreón circular de la orilla derecha que dibujó Arroyo Palomeque, hacia 1720, digamos que su estructura recuerda a la de una mutilada torre albarrana que, mediante un perdido arco en el siglo XX, se unía al cíngulo amurallado en esta parte de la ciudad. Dicha defensa estaría en relación a una puerta situada en este paraje que, en documentos medievales, se cita como de Alfarach, al pie de la pendiente que bajaba desde la Judería al río.

 En la actualidad se puede observar gran parte de su cuerpo cilíndrico, de tosca mampostería, arropando a un núcleo rectangular interior construido con el mismo tipo de materiales que, según algunos autores, podría tener alguna razón hidráulica para regar una allanada extensión cultivable en una cota superior, hoy casi soterrada por la acumulación de tierras que sustentan la base urbana del exconvento de los franciscanos descalzos de Gilitos.

A continuación de la torre y de los molinos de la Vieja, el Tajo inicia una cerrada curva que, por su margen izquierda, recibe el arroyo de la Cabeza que aporta las aguas pluviales de La Pozuela. En medio del río emergen los recuerdos de los molinos de Daicán (o de la Reina) con los agudos tajamares que protegían el habitáculo de las ruedas molturadoras. 

Desde su lejano origen medieval -y como era habitual en estos recursos industriales- la propiedad pasó, desde el siglo XII, por sucesivas cesiones regias a favor de órdenes militares y eclesiásticos que recibían sustanciosas rentas por su explotación. 

El Greco los dibujó en la Vista y plano de Toledo hacia 1610. En 1842, ya sin uso, en pleno proceso desamortizador, la titularidad de los molinos correspondía a las monjas de San Miguel de los Ángeles. Una imagen estereoscópica de 1857, debida al francés Eugène Sevaistre, muestra aún los restos de los arquillos que permitían el paso a las aceñas desde la orilla. De todo aquello, han pervivido hasta la actualidad tan solo tres cuerpos mutilados como varados esquifes de piedra en medio del río.

Tras ellos, al cauce lo arropan unos acantilados del cerro de la Cabeza que atrajeron un proyecto desarrollista en la etapa franquista para crear un embalse y un complejo hidroeléctrico que supliese la escuálida producción energética de todas las centrales existentes en la ciudad.

 En la sesión ordinaria municipal de 29 febrero 1964, se supo que la Dirección General de Bellas Artes había rechazado una propuesta firmada por Longino Luengo, ingeniero jefe de la Comisaría de Aguas del Tajo, para construir «un nuevo salto de agua en el Tajo, próximo al puente de San Martín, apoyado en el cerro de la Ermita de la Virgen de la Cabeza y ladera del Paseo del Tránsito».

 El motivo esencial para denegarlo fue que la propuesta modificaría el «paisaje de la Imperial Ciudad declarada Monumento histórico-artístico-nacional» en 1940. Es posible que, de ejecutarse tal proyecto y según muestra un montaje fotográfico, el agua embalsada podría haber dejado sumergidas todas las antiguas aceñas, las Tenerías, la Incurnia y el Barco de Pasaje.

Afortunadamente, saldado este episodio, el río continuó como siempre su curso desde los molinos de la Vieja hasta el puente de San Martín, surcando un singular paraje que atrajo a pintores y fotógrafos como Matías Moreno, Beruete, Sorolla, Pedro Román, Zuloaga o Enrique Vera. Desde distintas perspectivas y estilos captaron la potencia de la peñascosa topografía sobre el Tajo, los cigarrales o las modestas ventas cercanas a sus orillas. 

De modo especial elegimos las obras que el turolense Ricardo Arredondo (1850-1911) dedicó a los molinos, las arruinadas aceñas de Daicán, los farallones de Roca Tarpeya o el acantilado del cerro de la Cabeza donde perfiló la celebración de una misa ante un imaginado Cristo de los Pescadores mientras los fieles seguían el culto desde sus modestas barcas. 

Para recordar este bello tramo del Tajo y disfrutar de la inspiración pictórica que tanto impresionó a Arredondo, merece la pena hacerlo a través del completo catálogo de la exposición que se le dedicó en Toledo, en 2002, comisariada por el recordado José Pedro Muñoz Herrera y Félix del Valle Díaz.

https://www.abc.es/espana/castilla-la-mancha/toledo/abci-molinos-daican-tributos-pictoricos-paraje-tajo-202007071328_noticia.html

miércoles, 7 de octubre de 2020

La Espadaña de San Antolín, Toledo

Toledo, como ciudad histórica singular, ha sido objeto de profundo estudio desde tiempos pretéritos. Son múltiples las publicaciones que describen sus tesoros desde diversas disciplinas y materias. Lógicamente, la vertiente arquitectónica atesora un gran número de tratados. 

Los menos, estudios originales, la mayoría, traslado repetido, pluma a pluma, de lo escrito en el pasado. Pero también hay una descripción renovada, que nace del descubrimiento de nuevos datos, también de la hipótesis, apoyada, con más o menos solidez, en una mezcla equilibrada de intuición y realidad tangible.

Hoy me gustaría realizar, desde mi trabajo en el Consorcio, una pequeña aportación al estudio de los edificios de la ciudad. Una aportación que surge como consecuencia rutinaria del trabajo diario, un hallazgo no buscado, hijo del azar, huérfano de investigación profunda, fruto afortunado que nace, sin más mérito, de ese trajín alocado y apasionado de mirar arriba y abajo los edificios.


Ábside de la iglesia conventual de Santa Isabel. En primer término se encuentra el pequeño ábside mudéjar de la Iglesia de San Antolín. Fotografía: Jose María Gutiérrez Arias. Sección Vivienda, Área de Gestión Patrimonial, Consorcio de la ciudad de Toledo. Año 2019.

Hay al final de la Calle Santa Isabel, cerca de la Plaza del mismo nombre, un pequeño ábside de gran belleza, un cubillo mudéjar llamado de San Antolín que, humilde, se adosa arrumbado al cobijo de otro gran ábside, éste de traza gótica, más moderno y de discreta presencia. Ambos forman la cabecera de la actual iglesia del Convento de Santa Isabel.

 Según los estudios existentes referidos a este convento, el ábside mudéjar corresponde al único resto visible conservado de la antigua parroquia de San Antolín, iglesia primigenia de esta colación que fue demolida parcialmente y ampliada para erigir la iglesia conventual de Santa Isabel.

No obstante, creemos haber encontrado otro elemento de gran entidad correspondiente a la antigua iglesia de San Antolín. Un elemento que, pese a su sencillez, ayuda a imaginar, por su posición estratégica, la altura y dimensiones de la iglesia original.

 Hemos podido observar, poco visible, en la parte alta de la fachada sur de la cabecera de la iglesia, una sucesión escalonada empotrada de canecillos mudéjares ejecutados con ladrillos dispuestos en saledizo. Esta estructura lineal, con un tramo central más elevado y dos laterales más bajos a izquierda y derecha, corresponde a una antigua espadaña mudéjar, obra de fábrica reaprovechada como parte constituyente del muro sur del presbiterio de la iglesia actual.


Estructura muraria correspondiente a la espadaña del crucero de la antigua Iglesia de San Antolín, en Toledo. Muro sur del presbiterio de la actual iglesia conventual de Santa Isabel. Vista desde el Seminario Menor. 

Fotografía: Jose María Gutiérrez Arias. Sección Vivienda, Área de Gestión Patrimonial, Consorcio de la ciudad de Toledo. Año 2019.


Estructura muraria correspondiente a la espadaña del crucero de la antigua Iglesia de San Antolín, en Toledo. Muro sur del presbiterio de la actual iglesia conventual de Santa Isabel. 

Vista desde la Plaza de Santa Isabel. Fotografía: Jose María Gutiérrez Arias. Sección Vivienda, Área de Gestión Patrimonial, Consorcio de la ciudad de Toledo. Año 2019.

Esta espadaña podría constituir el hastial de cierre de la cubierta del crucero de la iglesia de San Antolín. 

Para que nuestros lectores puedan hacerse una idea más exacta del elemento que les describimos, adjuntamos una fotografía de la Iglesia de Santiago del Arrabal cuya disposición constructiva de espadañas es idéntica a la que nos referimos.


Detalle de una de las espadañas de la Iglesia de Santiago del Arrabal, en Toledo. Fotografía: Jose María Gutiérrez Arias. Sección Vivienda, Área de Gestión Patrimonial, Consorcio de la ciudad de Toledo. Año 2019.

Las espadañas cumplen una función estructural importante dotando de estabilidad a las estructuras de madera de las cubiertas. Estos paredones, que sobresalen por encima de los tejados, evitan el efecto de remado de las armaduras de madera impidiendo que éstas puedan vencerse lateralmente.

La localización de la espadaña en los muros de Santa Isabel nos sugiere una hipotética planta de la Iglesia de San Antolín.

 Una planta muy similar a la de la iglesia de Santiago del Arrabal, con tres ábsides, el central mayor que los dos secundarios de las naves laterales, de dimensiones totales, de cara exterior a cara exterior de ábsides, un poco más reducidas, 21 m. de ancho en la de Santiago y 17 m. en la de San Antolín. 

En la iglesia de Santiago del Arrabal el crucero asoma fuera de la alineación de los ábsides menores, en el de San Antolín el crucero estaría enrasado con los ábsides exteriores y las naves laterales.


Planta del Convento de Santa Isabel. Detalle de la ubicación de la espadaña mencionada. Hipótesis de una posible cabecera con tres ábsides de la Iglesia primigenia de San Antolín. Detalle extraído del Plano de Síntesis del Plan Especial del Casco Histórico de Toledo. Excmo. Ayuntamiento de Toledo.

No obstante, existen más incógnitas por resolver. A continuación del actual ábside de San Antolín, en la fachada principal de la iglesia, existe un gran arco de herradura tabicado. Este arco toral, coetáneo al ábside, parece proteger el vano de acceso a una antigua capilla lateral, un brazo de un crucero no alineado con la fachada o cualquier otro espacio anexo a la iglesia primigenia que invadiría la actual Travesía de Santa Isabel. Con los datos existentes es difícil saberlo.

Lo que sí parece evidente es que la Iglesia de San Antolín mantiene todavía hoy en día una importante presencia en el templo actual, esperamos que futuros estudios o intervenciones en el edificio aclaren la exactitud de los datos aportados.


Detalle del arco de herradura tabicado existente en la fachada del Convento de Santa Isabel, en Toledo. Fotografía: Jose María Gutiérrez Arias, Sección Vivienda, Área de Gestión Patrimonial, Consorcio de la Ciudad de Toledo. Año 2019.

Jose María Gutiérrez Arias. Consorcio de la ciudad de Toledo
https://www.consorciotoledo.org/la-espadana-de-san-antolin/

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