jueves, 18 de febrero de 2016

Las estrellas brillan sobre Toledo. Ciencia y filosofia en Al Andalus


No me canso de contemplar esta ciudad, que se eleva con gallardía sobre ásperas peñas ceñidas por el abrazo del  Tajo. Me gusta sentarme entre las jaras  de la orilla, junto al puente de San Martín, sentir el temblor de la brisa entre las ramas, recorrer con la mirada las murallas de Toledo, tras las que se vislumbran las bellas formas góticas de San Juan de los Reyes, circundadas por jardines, torres almenadas y campanarios mudéjares.


No me canso de contemplar esta ciudad, que se eleva con gallardía sobre ásperas peñas ceñidas por el abrazo del  Tajo. Me gusta sentarme entre las jaras  de la orilla, junto al puente de San Martín, sentir el temblor de la brisa entre las ramas, recorrer con la mirada las murallas de Toledo, tras las que se vislumbran las bellas formas góticas de San Juan de los Reyes, circundadas por jardines, torres almenadas y campanarios mudéjares. Las aguas impetuosas del Tajo, en su viaje  hacia poniente, rodean  la ciudad por este lado formando un profundo foso,  que fue decisiva defensa natural para sus antiguos moradores. Entorno los ojos; el rumor sordo del río sobre el lecho rocoso y el sonido lejano de alguna  campana, que araña el cristal puro del aire en esta tarde fría de otoño, se mezclan con el bullicio de los pájaros en la arboleda de  las orillas. Parece como si todos nuestros afanes e inquietudes quedaran en suspenso, mientras  la  niebla de la llanura asciende por las  murallas alcanzando las almenas; una atmósfera incierta, en la que los contornos se diluyen, lo va envolviendo todo.

Hay veces en que, al morir la tarde, los últimos rayos del sol flamean sobre las torres más altas y  envuelven en  resplandores dorados  el caserío terroso de la ciudad, como si, por obra de algún antiguo hechizo, el polvo de los siglos se transmutara en oro. Entonces, los ojos de la imaginación nos pueden mostrar cosas que casi siempre permanecen ocultas: tal vez palacios resplandecientes de los  visigodos elevándose sobre la bruma, o quizá alcázares árabes rodeados por jardines y  altos minaretes, como los que hace siglos se encumbraban sobre estas rocas, cuando Toledo era una de las perlas más admiradas  de la España musulmana. A medida que nos confiamos a la fantasía, las barreras del tiempo se van desvaneciendo, al igual  que los arcos del puente de San Martín,  apenas visibles ya entre las veladuras de la niebla. Sólo hay que atreverse a dar el primer paso, y tal vez.

He atravesado el puente, y al alcanzar la otra orilla e iniciar la subida por las cuestas pobladas de maleza que conducen a las murallas, empiezan a insinuarse  las siluetas  borrosas de una multitud  que se apresura a regresar a la ciudad al finalizar el día, llevando  animales, pequeños carromatos tirados por asnos  y enseres de labor. Distingo a mujeres, niños, hombres de todas las edades,  cubiertos con burdas túnicas de campesino y mostrando la piel curtida por los rigores del trabajo a la intemperie en los viñedos próximos. Al verme, algunas mujeres se ocultan  el rostro tras sus velos y me observan con curiosidad. 

Corre el último cuarto  del siglo XI; reina  en Toledo al-Mamun, soberano musulmán que ha reunido en su corte un verdadero ejército de hombres de ciencia. Cruzo la muralla y paso bajo un arco con grandes sillares de piedra oscurecidos por el humo de las hogueras, sobre el que ondean estandartes de vivos colores.  Apenas puedo moverme entre el gentío, los pies se me hunden en el piso embarrado, donde la paja se mezcla con los excrementos de los animales, y por poco no me doy de bruces con varios hombres armados  que no reparan en mí, atentos nada más que a las órdenes de un oficial responsable de controlar el acceso a la ciudad; es un individuo alto, de gesto altivo, cubierto por una cota de cuero reforzada con pequeños discos metálicos, que porta al cinto  una espada curva con empuñadura de marfil.

La calle serpentea entre edificios de ladrillo, torrecillas abovedadas, paredes blancas con ventanucos cubiertos por celosías, de los que sale olor a frituras. Más adelante, desemboca en una plaza con numerosos tenderetes, algunos cerrados ya a esta hora de la tarde, donde los comerciantes se afanan en  recoger  todo tipo de mercancías; se amontonan allí  cántaros de vino, tinajas de aceite, carnes en salazón, frascos con hierbas medicinales al lado de cestos con frutas. Paso junto a talleres de curtidores, sastres, zapateros y herreros. Continúo ascendiendo por un laberinto de callejas en dirección a la parte más alta de la ciudad.  Al pasar frente a un zaguán, entreveo un pequeño patio cubierto de enredadera, y en su centro, un pozo de brocal labrado en el que se apoya una muchacha de larguísima melena negra.

Un poco más arriba, varios hombres con turbantes blancos conversan junto a la puerta de una casa. De un callejón cercano, sale corriendo un grupo de niños con grandes racimos de uvas, perseguidos por una anciana enfurecida que dobla la esquina amenazándolos con una vara.

Ha anochecido  hace rato y no queda ni rastro de la niebla. Reparo con sorpresa en la tibieza del aire, impregnado con las  fragancias de un jardín , al borde mismo de las murallas, donde se oye el murmullo  de un surtidor sobre el rumor lejano del Tajo en  el fondo del barranco. En la parte más alta de la ciudad, se recorta contra la negrura de la noche el alcázar  del rey al-Mamun  iluminado por la luz oscilante de las antorchas, y próximo a él, la llamada Casa de la Sabiduría, un centro  que alberga a una multitud de estudiosos al servicio del monarca. 

En  alguno  de los torreones del palacio está el famoso observatorio, desde el que  los astrónomos escudriñan  el cielo estrellado en las noches serenas. Tal vez, en este momento, se encuentre allí mismo  al-Zarqalí, sabio eminente bajo cuya dirección se completaron hace años unas tablas en las que se recogen las posiciones y movimientos de los astros; dicen que su visión del sistema planetario supera en audacia  a todas las que se han concebido hasta ahora, y ha sido el primer astrónomo de la historia capaz de imaginar el giro de los planetas menores en torno al sol.

Varios siglos atrás, los astrónomos árabes ya habían iniciado, a partir de los tratados babilónicos, cálculos muy complejos de los movimientos celestes, permitiendo el desarrollo de una astronomía matemática que culminó en la primera y más importante crítica al sistema geocéntrico de Tolomeo.

Siglos después, esta aportación de la ciencia islámica jugará un papel decisivo en la revolución  copernicana. Pero la corte de al-Mamun no sólo debe su fama a los astrónomos; en Toledo viven también otros sabios  entregados a estudios de alquimia o a la preparación de remedios eficaces para aliviar múltiples dolencias. Tal es le caso de  Ben Uafid, un insigne naturalista que dirigió la plantación de un jardín botánico junto al Tajo y ha escrito un tratado sobre plantas y medicamentos conocido  en todo al-Andalus.

Levanto la vista hacia el cielo nocturno,  resplandeciente sobre los tejados de Toledo con el fulgor lejano de las estrellas. Al elevarse sobre el Palacio Real, el rostro impúdico de la luna sumerge calles y plazas en una luz fría de plata derretida. Me pregunto si bastaría con la fuerza de los sueños para viajar en sus rayos  más allá de los confines del firmamento, rumbo a la inmensidad misteriosa en la que brillan  Aldebarán, Rigel, Alhabor, Alhurab...

Puedo sentir, en este momento, la fascinación que ejerce la noche sobre los pueblos originarios del desierto. Los nómadas ven surgir ante sí  la bóveda estrellada cuando el sol abrasador se oculta cada tarde tras el horizonte, y en medio del silencio que envuelve  las dunas, el espíritu se dilata sin esfuerzo en la contemplación del infinito.

Los astros no sólo se mencionan con frecuencia en el Corán, sino que permiten a los creyentes  orientarse hacia la Meca en sus rezos diarios.

Para la mentalidad del mundo árabe, el objetivo último de la ciencia no puede ser otro que la salvación del hombre, la de su alma pero también  la de su cuerpo; tal vez por eso, grandes filósofos como el persa Avicena, han sido profundos conocedores de las cuestiones teológicas, al tiempo que excelentes médicos.

En Toledo, como en  otros centros del saber de al Andalus,  ciencia y filosofía han alcanzado  tal pujanza en estos últimos años del siglo XI, que la España musulmana se convierte en un verdadero faro para  Occidente.

Tras un largo período de postración intelectual, la Europa cristiana empieza a recuperar su pulso al entrar en contacto con la realidad cultural y científica del Islam. Los vastos conocimientos en teología, filosofía, medicina, astronomía o ingeniería que atesoran los musulmanes andalusíes, se difunden entre los estudiosos latinos, ávidos de descubrir nuevos campos del saber. Los manuscritos de los grandes pensadores clásicos, como Aristóteles y Tolomeo, que los árabes habían traducido del griego e incorporado a su acervo cultural en épocas pasadas, se vierten ahora del árabe al latín; se propicia así el redescubrimiento de los autores griegos en el mundo cristiano, iniciándose una recuperación cultural y científica que culminará en el Renacimiento. 

El aire se ha llenado con sones de flautas y laúdes que, desde algún lugar cercano, se ondulan con languidez en la quietud de la noche. Camino, atraído por la música,  hasta llegar a una plaza  donde aparece una villa de aire señorial rodeada por jardines. Tras altas tapias cubiertas por enredaderas en flor se eleva, entre el perfil oscuro de los cipreses, una esbelta torre coronada por bovedillas blancas, y al lado hay un portalón entreabierto a un patio rodeado por columnas en las que arden lámparas con aceites aromáticos.

Veo allí a numerosos personajes de aspecto ilustre que pasean entre los surtidores del patio rodeados de macetas con flores, mientras los músicos arrancan las más dulces notas a sus instrumentos y los criados se afanan llevando de un lado a otro grandes bandejas colmadas de manjares. Es una más de las frecuentes veladas que animan la vida nocturna de Toledo con el encuentro de renombrados poetas y filósofos. La ciudad se recrea en su propio esplendor y tal vez sus moradores hayan llegado a creer que ninguna amenaza puede poner fin a este período venturoso.

Mientras tanto, la situación política que se vive en la península es cada vez más favorable a la expansión de los reinos del norte, y en el año 1085 estas mismas calles se estremecerán con la entrada  victoriosa  de Alfonso VI. Pero lejos de terminar con la supremacía de la ciudad como promotora del desarrollo  científico y  filosófico, la llegada del monarca cristiano, que aspira a convertirse en un protector de de la distintas culturas que conviven en Toledo, va a  encumbrarla  todavía más. Así, durante los  dos siglos siguientes, terminará por convertirse en uno de los centros del pensamiento más destacados en el mundo occidental.

Atraídos por la Escuela de  Traductores, que funda el obispo Raimundo en el año 1130, llegarán aquí  sabios procedentes de todos los rincones de Europa, como Gerardo de Cremona, traductor  de un número ingente de tratados sobre matemáticas, medicina y astronomía, entre los que destaca el Almagesto de Tolomeo, una obra capital de la astronomía alejandrina codiciada durante largo tiempo por los eruditos cristianos. Ya en el siglo XIII, los colaboradores de Alfonso X confeccionarán, a partir de los textos de al-Zarqalí, las Tablas Alfonsíes, que van a ser las más utilizadas  hasta el Renacimiento. En ese mismo siglo, las traducciones  de las obras de Averroes realizadas en Toledo, permitirán que el pensamiento del eminente filósofo y médico cordobés, quien propone por vez primera la supremacía de la razón sobre la fe, se difunda por las universidades europeas, coincidiendo con el despertar de la escolástica.

El canto  de un gallo en la lejanía saluda las primeras luces del alba.

Pronto va a empezar a clarear sobre la vega del Tajo y la voz poderosa de los muecines no tardará en dejarse oír  por todas partes, llamando a la oración. La ciudad irá recuperando poco a poco el trajín cotidiano, mientras los comerciantes se preparan para exponer sus mercancías en los puestos del zoco. Las calles se van a llenar una vez más de artesanos, mujeres con cántaros de agua,  menestrales que acuden a desempeñar sus funciones, aventureros, sanadores y mendigos. La guardia de la ciudad volverá a hacer subir las pesadas rejas que cierran el paso en las puertas de las murallas y se iniciará el trasiego de gentes en todas direcciones; labriegos que acuden a cuidar los campos, patrullas de soldados, viajeros en ruta  hacia tierras lejanas.

Los contornos del puente se insinúan de nuevo entre la bruma que asciende del río.

Es tiempo de volver a cruzarlo…

Por Carlos Montuenga, doctor en Ciencias.

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