miércoles, 4 de febrero de 2015

IV Concilio de Toledo

El Cuarto Concilio de Toledo fue iniciado en Toledo el 5 de diciembre del 633, en presencia del rey Sisenando, y bajo la dirección del obispo de Sevilla, Isidoro.

Se celebró en la iglesia de Santa Leocadia, construida por orden del anterior rey Suintila.

Asistieron sesenta y nueve obispos. Parece que por primera vez asistieron a las sesiones algunos Viri Illustris pero no firmaron las actas y por tanto no debían tener voz ni voto. Parece que desde entonces su asistencia se convirtió en costumbre.

En la sesión se tomaron algunas decisiones sobre creencias religiosas, disciplina y administración de la Iglesia, sobre monjes y penitentes, sobre el trato a los judíos y sobre esclavos de la Iglesia, pero también hubo decisiones políticas. El derrocado rey Suintila fue calificado de criminal y se mencionó su iniquidad y su enriquecimiento a costa de los pobres. Su suerte fue decidida en el concilio. Geila también fue desterrado y sus bienes confiscados.

Algunas disposiciones tomadas en el concilio



El canon 75 del IV Concilio de Toledo es considerado como la primera constitución escrita de la península (y probablemente, la primera de Europa) y tuvo tal importancia que el V Concilio de Toledo decretó que fuera leído dicho Canon al principio de sus sesiones y al principio de todas las sesiones de los siguientes concilios. Su contenido era:

A la muerte del rey su sucesor sería elegido por todos los magnates del reino y los obispos reunidos en un concilio común (monarquía electiva).

Anatema para aquellos que vulneraran su juramento de fidelidad al rey, atentaran contra su vida o intentaran usurpar el trono.

Sisenando se comprometía a gobernar con moderación, benevolencia, justicia y piedad sobre todos los pueblos.

Condena para los clérigos que tomaran las armas contra el rey, a los cuales debería internarse en un monasterio para hacer penitencia.

Finalmente el concilio se manifestó en contra de que los obispos formaran parte de los tribunales que condenaran a los rebeldes, pues no debían derramar la sangre ni tan siquiera de los traidores. Esta posición significaría un apoyo subjetivo a la rebelión e indicaría que el clero en general no era hostil a Suintila, ni muy favorable a Sisenando.

Sisenando efectuó diversas concesiones al clero: derecho a examinar previamente las reclamaciones, vigilancia de nobles y jueces y exención de impuestos a los clérigos.

Disposiciones religiosas del Concilio

El IV Concilio de Toledo aprobó setenta y cinco cánones. Cuarenta y ocho sobre creencias religiosas, disciplina y administración de la Iglesia, ocho sobre monjes y penitentes, diez sobre los judíos, ocho sobre esclavos de la Iglesia manumitidos (el cánon 75 ya comentado, fue de tipo político).

No podía ser consagrada obispo la persona que hubiera sido culpable de un delito, hubiera sido hereje (bautizado o rebautizado), estuviera casado dos veces, hubiera tenido una amante o se hubiera casado con una viuda. Tampoco podían serlo los esclavos, los funcionarios públicos y curiales, los iletrados y los menores de cuarenta años. La elección correspondía al clero y el pueblo de la diócesis, con aprobación del sufragáneo y del metropolitano (aunque a menudo el rey designaba a los obispos).

Los derechos que el antiguo propietario continuaba teniendo sobre el esclavo que liberó (se convertía en su Patrono), pasan a ser eternos en el caso de los esclavos de la Iglesia, pues según el cánon 70, “los libertos de la Iglesia, como que nunca muere su patrona, jamás se librarán de su patrocinio, ni tampoco su posteridad”. Si intentaran eludirlos podría, según el cánon 71, anularse la manumisión.

Se limita el que clérigos y obispos puedan liberar a los esclavos de la Iglesia. En el canon 67 se establece que “los clérigos que para compensación no trajeron nada propio á la Iglesia, teman esta divina sentencia, y no se atrevan para condenación suya á dar libertad á los siervos de la familia de la iglesia; pues que es cosa impía que aquellos que no aportaron nada de lo suyo á las iglesias de Cristo, las causen daño, enagenando sus derechos. Semejantes libertos serán reclamados por el obispo sucesor, y sin oposición alguna adjudicados al derecho de la iglesia; porque no fue la equidad quien les manumitió, sino la maldad”. Regulando este principio, en el cánon 68 establece que el obispo que quiera liberar un esclavo de la iglesia, sin reservarse los derechos del Patrocinio eclesiástico, deberá ofrecer “á los sacerdotes que suscriban por vía de permuta dos esclavos del mismo mérito”. Según el canón 69 a los sacerdotes les será “licito manumitir algunos siervos de la misma iglesia en recompensa de lo que aportaron”, pero permanenciendo “con su peculio y posteridad bajo el patrocinio de la iglesia.”

Desde el año 633 (IV Concilio de Toledo) se permitió a algunos esclavos eclesiásticos ser elegidos para el diaconado y el sacerdocio pero debían ser manumitidos antes de su ordenación, renunciando el antiguo propietario al “derecho de obsequio” que como patrono podría tener sobre el liberto, pues según el Cánon 74 “no les será lícito transmitir nada en adelante á personas extrañas”. Después de su muerte, sus bienes pasarían a la Iglesia “por quien fueron manumitidos”.



Ser vendido como esclavo se contempla como castigo. En el cánon 43 se dice que la mujer que esté “unida á los clérigos sea separada por el obispo y vendida, reduciendo á los clérigos por algún tiempo a la penitencia”

Para combatir la práctica de que los obispos usurparan las dotaciones de las iglesias de su diócesis que habían sido construidas y equipadas por algunos fieles, se prohibió a los obispos que tomaran más de una tercera parte de los donativos, rentas e ingresos en especie de tales iglesias; si no lo cumplieran, los donantes o sus herederos podrían recurrir al sínodo provincial para que restituyera lo usurpado.

Se prohibió que el cargo de ecónomo (Oeconomus), administrador de los bienes de una iglesia, fuera desempeñado por un laico.

El concilio se ocupó de normalizar las ceremonias y fechas del bautismo y Viernes Santo; hizo lo mismo respecto a los sermones, ayuno y oraciones pertinentes. Se unificó la costumbre de la tonsura, que en Galicia era distinta de la de otras provincias. El libro del Apocalipsis fue declarado canónico, a pesar de que la medida contaba con cierta oposición.

Se dieron varias normativas a los clérigos y subdiáconos, relacionadas con usos y costumbres anteriores y se ordenó la vinculación del sacerdote a la diócesis en la que había sido ordenado, y como un colono quedaba vinculado a la tierra que cultivaba.

Las leyes contra los judíos fueron en general bastante duras, especialmente para los que “antes fueron á la fuerza convertidos á la cristiandad, como se hizo en tiempos del religiosisimo Sisebuto” (cánon 57). En el cánon 60 se establece “que los hijos e hijas de los judíos, con objeto de que no sean en adelante envueltos en el error de sus padres, sean separados de su compañía y entregados à un monasterio ó a hombres o mujeres cristianos que teman a Dios” (cánon 60) y en el cánon 63 se fuerza la separación de aquellos matrimonios entre cristianos y judíos en los que el cónyuge judío no se convierta. Hubo un amplio debate y varias modificaciones respecto a los anteriores concilios. La prohibición de ejercer cargos públicos se extendió a los nacidos de padres judíos (cánon 65). Además se confirmó la prohibición para los judíos de poseer, comprar o recibir como obsequio esclavos cristianos (cánon 66). Incluso se promulgó un canon que establecía que aquel que ayudara a los judíos, fuera laico, sacerdote u obispo, sería excomulgado y recibiría el anatema (cánon 58).

Se confirmó que debía celebrarse un sínodo anual en cada provincia. Las reuniones de sínodos deberían celebrarse con tranquilidad, sin alborotos del clero, interrupciones de discursos, tumultos, charlas frívolas, risas o gritos ruidosos, y se decidió que se castigaría a los que no cumplieran estas indicaciones con la pena de expulsión de la reunión y excomunión por tres días.

wikipedia

martes, 3 de febrero de 2015

La canción del Tajo (De Toledo a Cáceres)






Serie documental que recorre la geografía peninsular desde el aire con el objetivo de resaltar aspectos geográficos, históricos y culturales.

Diezmos en la Iglesia de Toledo hacia 1822

El pago anual de los diezmos formó parte del sistema ordinario de dotación de la Iglesia desde principios del siglo XII hasta la primera mitad del siglo XIX.

En España, publicadas las Decretales, las disposiciones sobre los diezmos se van regulando a través de los Sínodos celebrados en el siglo XIV. La obligación de pagar los diezmos quedó prescrita bajo pena de excomunión.

Los diezmos, o aportación de los fieles a los gastos de sustentación de la Iglesia, de las necesidades del culto y de sus Ministros, se contabilizaban en los llamados Libros de Diezmos o Tazmías.

 Los fieles contribuían al mantenimiento de la Iglesia con la décima parte del producto de sus cosechas, tanto del campo como de la ganadería, y del lucro legítimamente adquirido. Además entraban en ellos las aportaciones que, por los variados conceptos de tercias reales, el noveno, el subsidio y el excusado, el servicio de millones ... etc., entregaba la Iglesia al Rey. Los fieles contribuían con sus diezmos al sostenimiento general de la Iglesia, y ésta contribuía a su vez, por múltiples vías indirectas, a remediar las necesidades endémicas de

la Corona, destinataria del tercio, del noveno, del subsidio y excusado y del servicio o impuesto de millones. La recaudación de los diezmos exigía una complicada organización. Cada parroquia formaba una unidad a efectos de percepción del diezmo y designaba un tercero o cillero encargado de recoger, guardar y repartir los frutos. Las personas seleccionadas solían ser clérigos, sacristanes, maestros de escuela, militares retirados y otras personas de confianza, para las que esta labor significaba un incremento en sus ingresos.

En la organización diezmera del arzobispado de Toledol ?, los terceros eran, por tanto, los encargados de recoger los diezmos en las cillas o paneras comunes, de formar las tazmías y de remitirlas a las contadurías generales del fondo diezmal para hacer el reparto entre los partícipes. Se cobraba en especie.

En Toledo, por las complicaciones surgidas en la forma de administrar los diezmos, a causa de las diversas cuotas existentes entre los partícipes, los diezmos de coronados, los de menudos y otros, se hizo necesario diferenciar la conformación de las rentas en dos grupos: las rentas de granos y las rentas de maravedises.



Pertenecían al concepto de rentas de granos: el trigo de primera calidad, el mediano y el tranquilón, la cebada y el centeno. Pertenecían al concepto de rentas de maravedises: los corderos, la lana y esquilmos, los vinos y los menudos y minucias, formados por los diezmos de semillas verdes y secas, avena, garbanzos, guisantes, cáñamo, lino, legumbres, algún otro producto de poca importancia, y el aceite en los muchos pueblos en que era escasa la cosecha.

En la archidiócesis de Toledo los diezmos por antonomasia eran los de pan y vino, puesto que son los productos más importantes y difundidos en la mayor parte de sus zonas. Estos se dividieron en dos clases: diezmos sobre la producción, que toman el nombre de mayores o pontificales; y diezmos sobre la renta y el trabajo, que toman el nombre de menudo o minucias. Estos últimos comprendí- an también el diezmo sobre productos agrícolas y ganaderos como corderos, queso, lana, aceite, miel, cera, colmenas, palomas, frutas y hortalizas.

No faltaban, por supuesto, numerosas argucias para eludir el pago de los diezmos, pero como la falta de pago solía sancionarse con penas espirituales, como la excomunión en algunos casos y aún el entredicho en otros, penas tan eficaces y temibles en tiempos pasados, en la mayoría de los casos los fieles cumplían con esta obligación, aunque algunos, pocos, intentasen eludirla.

ÁNGEL FERNÁNDEZ COLLADO 
Fuente: http://www.realacademiatoledo.es/files/toletum/0051/03.pdf

lunes, 2 de febrero de 2015

El Mayorazgo de Layos

Aunque fue en 1505 cuando los Reyes Católicos regularon y reglamentaron jurídicamente la fundación de los mayorazgos, ya en tiempo del rey Alfonso X podían fundarse, pero fue a partir del reinado de Enrique II cuando las mercedes reales de villas y lugares en perpetuidad y mayorazgo se hicieron más frecuentes.

 El mayorazgo parecía interesar a todos, tanto al poder central como a los nobles; para el primero el mayorazgo suponía un sistema de regulación en las mercedes concedidas a la vez que un camino seguro para una posible reversión de los bienes a la Corona, en el caso de que quebrara la línea establecida de herencia; y por otra parte los nobles veían en el mayorazgo el instrumento jurídico imprescindible para mantener indivisos sus dominios y asegurar así la fuerza de los linajes.



Durante el gobierno de la turbulenta dinastía tratamarista se hicieron cada vez más frecuentes y numerosas las enajenaciones perpetuas de bienes de la Corona, así de tierras como de jurisdicciones, diezmos, tercias, alcabalas y otras rentas. Los monarcas eran conscientes del daño que estas enajenaciones causaban, pues conferían a la nobleza un arma poderosa para crecer desmesuradamente, al mismo tiempo que el Erario se empobrecía cada vez más; pero todos losintentos que se realizaron para poner fin a esta situación fueron inoperantes. 

Resultado de imagen de El Mayorazgo de LayosLos Reyes Católicos conocieron este mal y desearon remediarlo, pero a pesar de su fortaleza para corregir los abusos y desórdenes en codas las clases del Estado, las grandes y costosas empresas de las guerras de Italia y la conquista de Granada no les permitieron acabar de desempeñar el real patrimonio, ni dejar de usar algunos arbitrios extraordinarios, ya que debían recompensar dignamente los grandes méritos y servicios de sus vasallos, y estando en su tiempo muy arraigada y propagada la opinión de que las recompensas y propios más útiles y honoríficos consistían en tales mercedes, les fue preciso contemporizar y acomodarse a las ideas generales a pesar del desagrado que esto causaba a los monarcas, en especial a la reina Isabel.

Ante esta situación y tratando de poner fin a estas mercedes perpetuas, o al menos tratando de enmendar los vicios de la jurisprudencia existentes hasta entonces, y de reintegrar los dominios nacionales en la autoridad y grado que les correspondía y para contener la caprichosa arbitrariedad de los letrados en sus opiniones y resoluciones, los Reyes Católicos llevaron a cabo una reforma legislativa con la promulgación de las «Leyes de Toro», en las cuales se trataban muchas y diversas materias, y entre ellas, una de las más importantes fue la que trataba sobre la regulación en la fundación de los mayorazgos. Lo más destacado de ella fue la ampliación de la facultad de vincular bienes raíces, decretando además que todas las obras y mejoras que se hicieron en los mayorazgos debían tenerse igualmente por vinculadas.

Y así pues por los muchos y difíciles trabajos en que se ocupó Francisco de Rojas en servicio de sus monarcas fue premiado con la facultad para fundar mayorazgo.

En la escritura de fundación de mayorazgo en la villa de Layos, hecha el 17 de mayo de 1513, don Francisco de Rojas, estableció el siguiente orden para la sucesión:

En primer lugar llamó a su sobrino de igual nombre, Francisco de Rojas, hijo de su hermano Alonso de Escobar. 

Después del citado Francisco de Rojas, llama en la sucesión del mayorazgo a los hijos de éste, varones y hembras, prefiriendo el mayor al menor, y el varón a la hembra.

A falta de las líneas masculinas y femeninas del dicho Francisco de Rojas, llama al hijo segundo de Alonso de Escobar, su hermano, por el mismo orden. 

En su defecto, llamó para seguir la línea del mayorazgo a su otro hermano Juan de Rojas, en quien había instituido el mayorazgo de Mósloles, si fuese vivo, o en su lugar llama a su hijo, llamado como su tío, Francisco de Rojas y a sus descendientes de igual forma. (Será precisamente en esta línea en la que recaerá el mayorazgo de Layos a la muerte de Lucia de Rojas en 1834). 



A falta de éstos, llama al hijo mayor de doña Juana Osorio, su sobrina, hija de doña Inés de Rojas y mujer de Hernán Carrillo, a sus hijos, nietos y descendientes por el mismo orden.
Y en el caso de que faltase en todos los citados anteriormente llama al pariente má
s cercano del fundador de la línea y apellido de linaje de los Rojas. con la cláusula de que si concurriesen otros mayorazgos en el poseedor del fundado en Layos, usase el apellido de Rojas en primer lugar y que las armas de «Rojas» ocupasen la derecha en su escudo.

Arbol Genealógico Señores de Layos y Condes de Mora

En cumplimiento del orden prefijado en la fundación del mayorazgo de la villa de Layos, este discurrió por la línea que inició Alonso de Escobar, en quien se había instituido, pasando posteriormente a los hijos y descendientes suyos. Años antes de morir Alonso Escobar había hecho donación a su único hijo, habido en su matrimonio con doña Constanza de Ribera, Francisco de Rojas y Ribera (el sordo). El cual contrajo matrimonio con María Dávalos, nacieron 10 hijos, el primogénito (quien heredó el mayorazgo de Layos de 1551 a 1567) se llamó de igual manera, Francisco de Rojas y Ribera, quién contrajo matrimonio con Marína de Guevara y tuvieron cinco hijos, de nuevo el primogénito sucedió a su padre en el mayorazgo (1567 a 1614) y le llamaron Francisco de Rojas y Guevara, fue él el último señor de Layos y el Castañar, ya que recibió del rey Felipe III, a quien sirvió, el título de Conde de Mora, villa que Felipe II le había vendido en 1572. 

El primer Conde de Mora se casó por dos veces, la primera con Leonor Pacheco, de la que no tuvo sucesión y murió en 1580 y la segunda con Francisca Portocarrero de Guzmán, de cuyo matrimonio nacieron cuatro hijos, el primogénito se llamó Francisco de Rojas y Guzmán, pero no llegó a heredar el titulo de Conde pues murió siendo un niño, el segundo fue mujer llamada Marina de Rojas, el tercero fue Lope de Rojas, quien heredó el condado de Mora a la muerte de su hermano Francisco (1614) y pasó a llamarse como aquel, Francisco de Rojas y Guzmán, contrajo matrimonio con Mariana de Ribera de la cual no tuvo descendencia, por lo que al morir en 1621 el mayorazgo de Layos lo heredó su hermano Pedro niño de Ayala quien lo poseyó de 1621 a 1665, quien fue un gran historiador, de su matrimonio con Guiomar Enríquez de Villena no obtuvo hijos, por lo que cuando muere en 1665 se acaba la línea de sucesión que se seguía en el mayorazgo desde Alonso de Escobar.

Así pues, según lo establecido en la fundación del mayorazgo, éste vino a recaer en la línea sucesoria que transmitió Catalina de Aguilera y Rojas, mujer de Juan de Ibarra, e hija de Antonio de Rojas, único hermano varón, que estaba casado, de Francisco de Rojas y Ribera , le correspondió recibir el título de Conde de Mora a don Antonio de Rojas Ibarra y Aguilera, quien lo poseería de 1665 a 1685, del matrimonio que contrajo con su sobrina Maria Antonia de Ipeñarrieta e Ibarra, nacieron cuatro hijos, el primero Francisco de Rojas quedó soltero y fue el segundo, don Gregorio de Ibarra, Rojas y Aguilera quien heredó el condado de 1685 a 1702 en que muere sin dejar sucesión por lo que será su cuarto hermano don José Antonio de Rojas Ibarra y Aguilera quien heredará el mayorazgo hasta 1732, se casó por dos veces, la primera con Blanca de Toledo, de la cual no tuvo descendencia, y la segunda con Isabel Ana de Bargas, con quien tuvo tres hijos, el primogénito fue don José Antonio Joaquín de Rojas, quien heredó de su padre el estado de Mora desde 1732 hasta 1780, contrajo matrimonio con María Antonia de Miranda y tuvieron tres hijos, el primero Ramón Francisco de Rojas, heredó el estado de Mora, a su muerte y a pesar de tener dos hijos el condado pasó a su hermana Lucía, ya que éstos los tuvo sin estar casado, la segunda Lucía de Rojas quien heredó el estado de Mora en 1802 y lo mantuvo hasta 1834.

Cuando finaliza la sucesión en la línea en que se había instituido el Mayorazgo de Layos (la formada por Alonso Escobar) a la muerte de Lucía de Rojas le correspondía tomar posesión de él a los descendientes de Juan de Rojas (segundo hermano del primer Francisco de Rojas, fundador del Mayorazgo) y la descendencia de esta rama estaría en ese momento en Cipriano Portocarrero y Palafóx.

Fuente: http://www.layos.org/PAGINA%20AYUNTAMIENTO/HISTORIA.HTM

Sobre el "morbo gótico por el destronamiento"

Analizamos las razones de la inestabilidad de la monarquía visigoda, entre las cuales se encontraba su carácter electivo, y recordad cómo apuntábamos un dato demoledor: de 34 reyes visigodos, sólo 15 terminaron sus días de muerte natural o en la guerra y diez serían asesinados.

Otros muchos serían destronados mediante diversas argucias, y entre ellos se encontraba Wamba. 

La historia de Wamba comienza en las Kalendas de Septiembre del año 672 con la muerte de su antecesor Recesvinto. Y su historia se mezcla con la leyenda en la forma en que fue seleccionado, según la cual un santón, que decía hablar por mandato divino, ordenó se buscara, para ser proclamado rey, a un noble campesino de nombre Wamba que araba con un buey blanco y un asno. 

Este se resistió con mil argumentos (entre los cuales citó su avanzada edad) ante tan insólito nombramiento y viendo que el sentido común no iba a salir en su defensa, apeló al “juicio de Dios”, que hizo reverdecer un palo seco que clavó en la tierra, pero a pesar del milagroso resultado, sólo ante la amenaza de decapitación por parte de un noble visigodo cedió ser coronado. Su preelección, que fue respaldada por toda la nobleza y por aclamación del pueblo, tuvo lugar el 21 de septiembre del año 672 en la localidad de Gertici o Gérticos (cerca de Valladolid), después llamada Bamba en su honor.



Para que no se pensase que, estimulado por la ambición, se hubiese apropiado indebidamente del poder, sino más bien que lo recibió del Señor, no toleró ser ungido en Gérticos y exigió ser coronado en la ciudad real de Toledo, y así mantener, e incluso acrecentar, el consenso alcanzado en su preelección. El 20 de octubre de 672 es ungido en la ciudad real por el Obispo Quirico y coronado rey. La leyenda se entrecruza una vez más con la historia narrándonos que donde el óleo había sido derramado, se elevó una especie de columna de humo, y se vio salir una abeja, que era considerado un signo de felicidad venidera.

Reinado de Wamba

Su reinado no fue fácil, pues lo pasó casi enteramente sofocando las luchas internas de la nobleza contra la monarquía, los nobles entre sí, los católicos contra los arrianos y la población hispanorromana contra los visigodos. Además tuvo que sofocar una rebelión de los vascones, y en el 672 hubo de enfrentarse a un nuevo y desconocido peligro: la invasión de norafricanos o árabes, que intentaron pasar a la Península por Algeciras, intento que fue rechazado por los visigodos.

Al poco tiempo de ser coronado, en el año 673 tuvo lugar una revuelta de algunos nobles visigodos encabezada por Ilderico, que se había proclamado rey , en la región de Septimania en la Galia (“madre de la perfidia”). Wamba envió al duque Paulo (convertido al judaísmo) para sofocarla, pero éste inició su propia rebelión en Narbona. Paulo reemplazó a Ilderico y se proclamó a su vez rey en Gerona. Ante la situación, Wamba, que se encontraba combatiendo a los vascones que invadían Cantabria, se pone al frente del “ejército de Hispania” realiza una operación relámpago y los derrota. Acto seguido tomó por las armas Tarragona, Barcelona y, dominando finalmente la sublevación de Narbona y capturando a Paulo, que tuvo que desfilar por las calles de Toledo con la cabeza rapada y llevando una corona de raspas de pescado. 

Durante estos y otros hechos militares cuenta la historia que Wamba dio muestras de ser un hombre justo y bueno castigando severamente incluso a sus propios soldados si cometieron actos criminales contra la población, ordenando que los francos capturados fueran tratados dignamente, se les devolviera a sus propios lugares, y diciendo que el vencedor no debe mostrarse inclemente con los vencidos; y sin aplicar ninguna sentencia de muerte a los cabecillas de la las revueltas sino sólo una humillante decalvación. Sin embargo, por entender que los judíos tuvieron gran culpabilidad en la rebelión, ordenó expulsar a aquellos judíos que no se convirtieran al cristianismo. Según la tradición, el rey Wamba, después de derrotar la rebelión de Narbona, trajo desde allí las reliquias del mártir Antolín, príncipe visigodo ejecutado en Toulouse a fines del siglo V. Se depositaron en lo que después fue la cripta de San Antolín de la catedral de Palencia.

Estas revueltas dieron lugar a que Wamba, con visión de reino de Hispania, aprobara la Ley Militar que obligaba a los nobles y eclesiásticos de todas las religiones (bajo pena de muerte, confiscación de bienes y exilio) a acudir con las tropas en caso de invasión o rebelión.

Wamba convocó asimismo el XI Concilio de Toledo del año 675, en el cual se dictaron medidas para corregir los abusos y vicios eclesiásticos, así como llevó a cabo la partición de los obispados.

Derrocamiento de Wamba “El Tonsurado”

Fue tras una de las rebeliones católicas cuando Wamba puso en su contra a todo un sector católico que conjuró en su contra. En el 680 fue narcotizado con un bebedizo a base de esparteina (un alcaloide altamente narcótico que produce altas fiebres) que Wamba tomó engañado. Tras esto, permaneció semiinconsciente durante el tiempo suficiente como para convencer a todos que estaba gravemente enfermo. 



En este estado por consejo de los conspiradores entre los que estaba el obispo Julián de Toledo, decidieron raparle la cabeza, realizarle una tonsura monacal, quitarle sus ropas, cambiárselas por las de un monje para que fuera ordenado antes de morir, como ya habían hecho algunos reyes anteriores. Una ley goda prescribía que ningún godo podía reinar si en algún momento de su vida había vestido hábitos. Cuando Wamba vuelve en sentido, se encuentra como monje y por mucho que intenta recuperar la corona, le es imposible argumentar conjura. Desamparado, le hacen firmar un documento por el que reconoce a Ervigio (cabecilla de la conjura contra el rey) como nuevo rey, que recibió la corona y la unción por parte del obispo Julián de Toledo.

Después de estos sucesos, Wamba se retiró al monasterio de Monjes Negros de San Vicente en Pampliega (hoy desaparecido) y allí murió en el año 688. Su cuerpo se conservó allí sepultado hasta que Alfonso X lo mandó trasladar a Toledo a la iglesia de santa Leocadia. Otro noble llamado Ervigio (cabecilla de la conjura contra el rey) recibió la corona y la unción por parte del obispo Julián de Toledo. Pero Wamba no se cruzó de brazos, movió sus piezas y consiguió que su sobrino Egica se casara con la hermana de Ervigio, y que a la muerte de éste en 687 pudiera ver a su sobrino ser coronado como rey. ¡Todo un folletín¡.

Resumen

En resumen, estamos ante un Wamba de linaje visigodo, campesino primero, luego rey y finalmente monje. En todos sus estados de la vida él actuó bien, y tuvo fama de valeroso, tranquilo y mesurado. (Por cierto que al asumir ser rey ya con una edad avanzada nos da un buen ejemplo a los compañeros de la “Añada de 1957” que no hay que escudarse en que “es que soy ya muy viejo” o “los de Burgos somos así” para poder hacer muchas cosas).

El propio obispo Julián de Toledo, uno de los conspiradores de su derrocamiento, se convirtió en historiador de Wamba , de quien dice “..el ilustrísimo príncipe Wamba, quien dignamente quiso el Señor que reinara, a quien la unción sacerdotal consagró, a quien la comunidad de todo el pueblo y de la patria eligió, a quien el favor de la muchedumbre solicitó, y de quien, antes del declive del reino, se predice, en gran número de ocasiones, que reinará ilustremente”

Fue el último rey que dio esplendor a los visigodos. Con su muerte comienza el principio del fin del Reino de los visigodos que fue roto por la decadencia de la monarquía y las disensiones y luchas de la nobleza. Este declive general terminó sólo con el final del reino tras la conquista musulmana de Hispania de 711.

Fuente: 

http://senderosdhistoria.blogspot.com.es/search/label/DOCUMENTOS%20H%C2%AA%20ESPA%C3%91A
http://ealiceocastilla-1957.org/patrimonio/patrimoniowamba.html

domingo, 1 de febrero de 2015

La Recuperación de la figura de El Greco y la Reconstrucción de la que nunca fué su casa


Corría el año de 1905 cuando un ilustre vallisoletano, hijo de militar, D. Benigno de la Vega Inclán, Marqués de; auspiciado por los estudios del gran historiador y profesor del Instituto Libre de Enseñanza, D. Bartolomé Cossío, propuso al arquitecto cántabro, Eladio Laredo, la reconstrucción de, la que por aquel entonces se pensaba que fue, la casa del pintor cretense: El Greco, en la ciudad de Toledo, próxima a la sinagoga de Nuestra Señora de El Tránsito.



Exterior de la Casa Museo de El Greco (desde el patio).

Pero antes de comenzar a desarrollar el post acerca de la “reconstrucción” de la Casa del Greco, es necesario hacer un breve recorrido por los personajes fundamentales que van a protagonizar este post. Todos ellos, esenciales en la historia y los planteamientos teóricos de la restauración en España y que supusieron un cambio de mentalidad en cuanto a la interpretación del patrimonio y la aplicación de nuevas teorías en esta materia, comenzado a desligarse de los planteamientos violletianos y británicos de Ruskin, aunque lentamente.

Casa Museo del Greco (ppos. Siglo XX), nada más terminar su reconstrucción.

Comencemos por D. Manuel Bartolomé Cossío, nació en una pequeña localidad riojana, en Haro, en 1857, falleciendo en Madrid en 1935, a los 78 años. Provenía de una familia adinerada, su padre era juez, hecho que le permitió desarrollar estudios superiores. Ingresó en la ILE (Instituto Libre de Enseñanza), como alumno en 1876, nada más inaugurarse, terminando sus estudios de Filosofía y Letras en 1879. 

Posteriormente complementó su actividad académica en diferentes instituciones europeas, pero siembre estuvo vinculado con la ILE, donde se formó en la filosofía krausista que provenía de Alemania.

Sus investigaciones en la Historia del Arte le condujeron a la recuperación de una figura que durante años había quedado relegada a un plano secundario y su obra corría el riesgo de desaparecer. Era la figura del pintor cretense de El Greco, publicando un libro sobre el pintor titulado bajo el mismo nombre: El Greco, en 1908.

Estos estudios despertaron el interés de la clase intelectual española generando un importante movimiento para rescatar del olvido la obra y la figura del pintor afincado en Toledo. También autores extranjeros como el francés Maurice Barrès, llegó a Toledo fascinado por la obra del pintor cretense, publicado en 1911 una obra titulada: El Greco o el secreto de Toledo. Entre los intelectuales que se sintieron atraídos por los estudios realizados por D. Manuel Bartolomé Cossío, se encontraba otro de nuestros protagonistas de este post, D. Benigno de la Vegan Inclán, más conocido por si título nobiliario, el Marqués de la Vega Inclán.

Casa Museo del Greco, acceso principal.

Como se ha indicado al principio de este post, este ilustre vallisoletano, hijo de militar, nació en 1858 y fue educado en el círculo del Rey Alfonso XII, obteniendo por lo tanto una educación “exquisita” , destacando principalmente por su entusiasmo por las letras y el arte. Entre sus profesores destacaron: Carlos Haes, Luis de Madrazo o Manuel Tamayo y Baus.

Su formación académica la compagina entre España y diferentes países de Europa y fuera de Europa, adquiriendo gran interés por los temas sobre la restauración de monumentos y por pintores españoles como Velázquez, Goya y un olvidado pintor llamado El Greco, pintor que despertó su admiración y sus manifiestas intenciones de indagar todo lo posible para conocer la obra y vida de este pintor.



Esta fascinación por el Greco fue el detonante que le llevó a entrar en contacto con el Historiador y Profesor Manuel Bartolomé Cossío, autor de los primeros estudios serios realizados en España sobre el pintor.

De este encuentro se decidió recuperar la memoria de El Greco reconstruyendo su casa y destinándola a Museo que albergaría parte de sus obras las cuales se encontraban en un lamentable estado de conservación y en peligro de desaparecer. La casa del Greco se construiría basándose en los estudios de Bartolomé Cossío bajo el Mecenazgo personal del Marqués de la Vega Inclán y con la dirección del arquitecto Eladio Laredo, nuestro tercer protagonista, del que hablaremos más adelante.

Patio de la Casa Museo del Greco.

La Construcción de la Casa del Greco: Las primeras dificultades o equívocos.

Para construir la Casa del Greco, lo principal era averiguar el lugar donde realmente había vivido el pintor. Los estudios realizados por Cossío apuntaban a que El Greco había habitado en una casa próxima a la sinagoga de El Tránsito, casa de que solo quedaba el solar en ruinas. Este solar era conocido en Toledo como el Palacio del Marqués de Villena, y anteriormente en ese lugar se hallaba el Palacio o Casa del tesorero del Rey Pedro I, el hebreo Samuel ha Leví, que construyó su domicilio adosado a la sinagoga del Tránsito, también mandada construir por él.

Aquí radicó el primer error de concepto, la ubicación certera de la casa o vivienda del Greco, que actualmente se sabe que habitó a escasos metros de donde hoy está “su Casa-Museo” y que fue pasto de un incendio.

El Marqués de la Vega Inclán no tardó en adquirir los terrenos correspondientes al Palacio del Marqués de Villena, los cuales eran considerados como el lugar donde debió vivir y tener su estudio el pintor cretense.

Otra de las dificultades a las que tuvo que hacer frente el Marqués de la Vega Inclán era definir el estilo en que quería reconstruir la Casa del Greco. Para ello se basará en el estilo de los restos arquitectónicos que encuentra en el solar, algunos de los que quedaban en pie, como el patio, pertenecientes al Palacio de Samuel ha Leví, estaban construidos en estilo mudéjar.

Por tanto, y bajo un planteamiento novedoso e historicista, el Marqués de la Vega Inclán toma la decisión de reconstruir e imaginar el conjunto de la Casa en estilo mudéjar, para ello necesita cuidar al máximo todos los detalles al respecto y por tanto requería de la destreza de un arquitecto que supiera interpretar el estilo mudéjar y pudiera recrear el ambiente de una casa-palacio de esa época.

Grabado de los restos del patio de Samuel ha Leví en la Revista "La ilustración española y americana". 
Autor: Martín Rico. (1894)

Ese arquitecto fue Eladio Laredo, un arquitecto cántabro que estaba familiarizado con el estilo mudéjar en algunas de sus intervenciones previas.

Cuando llega a Toledo, contratado por el Marqués, se encuentra con un enorme solar de unos 2.000metro de superficie y unos 800 metros de recinto palaciego. Entre estas ruinas, algunos fragmentos o restos arquitectónicos que aún permanecían en pie, como los restos del patio anteriormente señalados. 

Basándose en ellos, recrear completamente el ambiente arquitectónico de una casa mudéjar en un estilo tardorromántico, sin llegar a ser un planteamiento basado en la unidad estilística de Viollet le Duc (analizada en un post de esta sección del Blog), pero si imaginando todo un ambiente “inventado” sobre como debió ser el estilo de vida del pintor.

Exterior de la Casa del Greco, se ven el acceso a las cuevas, hoy recuperadas y abiertas al público. Fuente: Colec. Archivo Moreno. Instituto del Patrimonio Cultural Español (IPCE)

Se cuidaron todos los detalles, incluso se llamó a artesanos toledanos que aún trabajaban las técnicas de yesería mudéjares para que recrearan la decoración mudéjar; se cuidó el mobiliario, haciendo un estudio sobre como debió ser el mobiliario de una casa-palacio mudéjar, los utensilios de cocina, o el espacio de una cocina de esa época, el dormitorio o el taller donde (nunca) pintaba el artista.

El patio se respetó al estilo de un “cigarral” toledano, ese patio que está a medio camino entre lo rural y el entorno urbano, con las plantas perfectamente seleccionadas y cuidadas. 

Todo ello asemejaba una casa morisca andaluza, una casa mudéjar toledana de siglo XIV.



Interior de la Casa Museo del Greco y el cuidado de su mobiliario y arquitectura. Fuente: Colec. Archivo Moreno. Instituto del Patrimonio Cultural Español (IPCE)

Este estilo conocido como historicista tuvo una gran éxito y una repercusión internacional, bajo este estilo se construyeron en España otras casas como la famosa Casa de Cervantes en la madrileña ciudad de Alcalá de Henares, pero también internacionalmente abrió las puertas del conocido “estilo español” en el mundo.

Muchos países Iberoamericanos se sirvieron de este estilo para hacer sus “recreaciones” y en California por primera vez se realizaron estudios sobre el arte y las influencias españolas en el continente americano, entre los “enamorados” de este estilo destacó Archer Milton Huntington, creador de la Hispanic Society of America (Nueva York). Incluso se “puso de moda” la construcción de numerosos edificios bajo ese “estilo español” y que hoy pueden verse en San Diego o San Francisco principalmente.

Desde entonces, la Casa Museo de El Greco ha recibido millones de viajeros y turistas ávidos de sentir y experimentar la vida del pintor cretense. Es cierto que este adrede “falso histórico” no puede mostrarnos la veracidad histórica, pero si ha conseguido lo que un mecenas enamorado de El Greco, un arquitecto conocedor a la perfección de los estilos arquitectónicos españoles, y un profesor impulsor de las teorías krausistas en España, soñaban; recuperar la figura de El Greco y reclamarla como propia de la identidad española, y a la vez rescatar las técnicas artesanas de construcción y posicionar los historicismos españoles entre los modelos de estudio internacionales; recuperando a su vez, a principios del siglo XX, el Turismo en España.

Entrada principal de la Casa Museo de El Greco. Fuente Col. Archivo Moreno. IPCE.

Cuevas Subterráneas de estilo mudéjar, pertenecientes a las anteriores palacios donde se reconstruyó la Casa Museo del Greco. Hoy abiertas al público. Fuente: Col. Archivo Moreno. IPCE.

Esta intervención en la Casa de El Greco le valió al Marqués de la Vega Inclán la Dirección de la Comisaría Regia para el Turismo.

Placa donde figura el apoyo del Rey Alfonso XII a la conservación del monumento. (1913)

En 2006 la Casa del Greco cerró sus puertas para afrontar una restauración con un planteamiento ideológico completamente diferente y que entraña un amplio debate sobre su teoría de la restauración; apostando por la veracidad histórica y pasando a denominarse: Museo del Greco o Casa del Marqués de Villena.

 Pero corresponde a otro post…

Pero la realidad es que aún hoy, el viajero que se acerca a este lugar, siente la presencia de la (no) vida de El Greco entre sus muros.

Tres nombres quedaron por siempre unidos gracias a un pintor y una casa equivocada, tres nombres que sin que lo sepamos, son los artífices de hacernos “soñar” cuando nos acercamos a la Casa que nunca habitó ese pintor de Creta, proscrito por Felipe II y que halló su refugio al amparo de la Iglesia toledana.

Placa conmemorativa al Marqués de la Vega Inclán por su labor en la reconstrucción de la Casa Museo de El Greco.

Fuente: http://loslugarestienenmemoria.blogspot.com.es/2011/07/cuando-un-profesor-manuel-bartolome.html

Amor que mata

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Hoy os voy a contar una historia de amor desgraciado. Uno de esos amores que matan, la treta del enamorado que responde al amor con traición. Es, por lo tanto, una historia tan vieja como el mundo. 

Situación: estamos en el siglo XV, en Castilla. Gobierna Castilla... ¿quién gobierna Castilla? No es tan fácil la contestación.

Hasta 1454, el rey de Castilla ha sido Juan II, hombre muy empeñado en consolidar la autoridad real frente a las grandes casas nobles castellanas, acostumbradas a hacer y deshacer a su antojo pues, al fin y al cabo, Castilla la han construido los castellanos, o sea ellos. A la muerte de Juan II le ha sucedido su hijo, Enrique IV, más que probablemente homosexual, de carácter más pactista que proclive al enfrentamiento y, en general, ecléctico: pese a estar al frente del Estado que carga sobre sus espaldas la labor de expulsar al moro de España, gusta de dar audiencias vestido al modo musulmán.



Como buen homosexual, Enrique no era muy ducho, lo cual no quiere decir necesariamente impotente, con las mujeres. Su primer matrimonio, con Blanca de Navarra, fue anulado por el propio Papa tras comprobarse que no había sido consumado. No obstante, en 1455, ya rey de Castilla, comenzará a sentir esa presión que todo príncipe sin hijos legítimos siente enseguida; la cosa no es, como en las reuniones familiares de la clase media, que la abuela da el coñazo con eso de cuándo vas a tener hijos, chatín. La cosa es que la Corte te dice: vos habéis venido al mundo a tener heredero sí o sí, majestad. Por tal motivo, casa don Enrique para tener hijos, y escoge a una mujer de una importante casa real, Juana de Portugal. Con mucho o con poco esfuerzo, Enrique logrará tener una hija con Juana, una hija que hoy se da básicamente por cierto que fue suya. La niña se llamó como su madre, Juana. Nació para ser Juana de Castilla pero se quedó en Juana la Beltraneja.

La llamaban de aquella guisa porque todo el mundo la decía hija no del rey, sino de un valido de la corte, don Beltrán de la Cueva. A Enrique le pusieron el escasamente nebuloso mote de El Impotente. Aunque con la Historia antigua es difícil llegar a claridades absolutas, todo parece indicar que en aquel mito de la impotencia y de la bastardía de la niña tuvieron mucho que ver los nobles que habían decidido aliarse con la hermanastra de Enrique, Isabel. Isabel, una de las mujeres más ambiciosas de nuestra Historia, por lo general generosa en féminas dispuestas a todo, acabaría encontrando en los Mendoza y otros pares castellanos y, sobre todo, en el aún más ambicioso que ella Fernando de Aragón, los apoyos perfectos para iniciar la campaña para sostener una idea: la Beltraneja es una hija de puta, aquí no hay más reina que Yo Misma.

En fin. Todos sabéis que lo consiguió, claro. Que se coronó Isabel la Católica y luego se dedicó a hacer puñetas con fray Torquemada. Pero, en realidad, la historia que quiero contaros ni he empezado a contarla. Empezó antes de todo esto. Empezó cuando todavía vivía el infante Alfonso.

Alfonso era hermano de Enrique IV y, cuando algunas casas nobles decidieron ponerle la proa a su amanerado hermano reinante, se convirtió en su campeón. Antes, pues, de todo el lío de la Beltraneja e Isabel y tal, estuvo el lío de Alfonso y Enrique, o Enrique y Alfonso. Eran hermanos, sí; pero ya sabéis que, en aquella época, los hermanos de las dinastías reinantes se llevaban peor que Javi Navarro y los delanteros contrarios.

Ahora tenéis que pensar en Toledo. No os tiene que costar mucho, porque esta ciudad bellísima conserva muchas cosas de aquella época. Si miráis el mapa, veréis que, en un supuesto de guerra larvada en el seno de Castilla, Toledo está situada en medio; lo que se dice un hostiadero. Enrique y Alfonso, cada uno con su partido y sus fuerzas del orden, campaban por la meseta reclamando de villas y ciudades la adhesión a su causa. Y pocas ciudades había entonces más grandes que Toledo, así pues ambos pretendientes contendieron para ganar la ciudad para su causa. En los tiempos que relato, las mesnadas del infante Alfonso estaban a tres días de la ciudad. Así pues ésta debía decidir, sí o sí, si se unía a la causa alfonsina o le cerraba las puertas al muchacho.

Toledo era entonces, además, la ciudad de los mil barrios, pues allí tenían área propia: los moros, los moriscos (ex moros convertidos), los cristianos, los judíos y los conversos (o sea, antiguos judíos convertidos al cristianismo, conocidos entre los cristianos como marranos). Para tomar la decisión de qué partido tomar, se reunieron por separado los judíos, los cristianos viejos y nuevos, y los moros y moriscos (el hecho de que los moriscos se fuesen a parlamentar con los moros permite avizorar que su decisión de seguir a la santísima trinidad no debía de ser muy sincera).

Los cristianos decidieron, bastante juiciosamente creo yo, abrirle las puertas a Alfonso, probablemente temerosos de que, de cerrarlas, el niño las abriese a hostias. Los moros, enterados de tal decisión, dictaminaron: lo que diga la rubia. O sea, si los cristianos dicen sí, nosotros también. Pero, claro, llegaron los judíos. Para un judío hay muchas cosas sagradas, pero una de ellas es la ley. Las leyes de su dios han de respetarse y, de hecho, por respetarlas no pocos de ellos acabarían ardiendo vivos en la plaza de cualquier pueblo. En esa ocasión, no se desviaron ni medio milímetro de sus convicciones: puesto que la ciudad había jurado, en su día, fidelidad al rey Enrique, el juramento era sagrado. Básicamente, pues: los hebreos votamos por darle a Alfonsito por donde amargan los pepinos.

Aquella posición de los judíos no varió la de los cristianos, que siquieron apoyando al infante. Pero, eso sí, terminó de cabrearlos, pues sintieron como que los judíos les decían que eran incapaces de cumplir un compromiso, ergo eran pecadores.

¿Fue casualidad, por lo tanto, lo que empezó a pasar en los días siguientes? Más que probablemente, no. Porque lo que empezó a pasar fue que por Toledo comenzaron a deambular cuadrillas de pobres, de tullidos, de soldados en paro, clamando por la carestía de la vida, la pobreza y la imposibilidad de conseguir pan, y preguntándose en voz alta, en las calles, en los mercados, de quién era la culpa de aquella situación. Sabido es que, en aquellos tiempos, la culpa del malestar económico siempre la tenía uno: el usurero, el recaudador de impuestos, el ricachón comerciante.

El puto judío.

Los hebreos ya estaban condenados, sólo que no lo sabían. A Toledo, al calor de la rebelión que se avecinaba, se dejó caer el confesor del rey, Alonso de Espina, quien adornó los púlpitos de la ciudad con unas soflamas al lado de las cuales los discursos de Hitler parecerían los de un liberal moderado.

De la misa, el pueblo de Toledo se fue a la judería, cada cual agarrando lo que tenía: un hacha, un cuchillo, un simple palo o una espada. Los judíos se metieron en sus casas. No les sirvió de nada. Los cristianos derribaron las puertas a hachazos, quemaron los edificios. Para muchos judíos aquello no era nuevo. Algunos padres, oyendo retumbar los golpes brutales en la puerta de su casa, cogieron el cuchillo de la cocina y, antes de que la puerta cayese, degollaron a sus hijos, sobre todo los más pequeños, para ahorrarles el horror, y sobre todo a las niñas, porque la caridad cristiana, cuando se trataba de violar en medio de una razzia, no le hacía ascos absolutamente a nada.

Además del dato importante de que, en el caso de que el padre o la madre se hubiesen olvidado o resistido a matar a sus hijas de diez, de once, de trece años, se veían por ello condenados a ser testigos directos de cómo eran desfloradas. Casi en cada esquina había un fraile, normalmente dominico, predicando: por si tienes dudas, chaval, por si estás a punto de vomitar o de llorar con tanta depravación, que lo sepas: Dios lo quiere. En la puerta de la judería, otros frailes esperaban con un barril de agua; los judíos que lograban llegar allí eran invitados a bautizarse.



Cuando leo eso de que el Vaticano ha perdido perdón por haber puteado a Galileo, siempre pienso: hay miles, centenares de miles de almas que habrían dado lo que fuese por ser Galileo. Y por ellas no ha pedido perdón nadie. Nadie.

Los niños no fueron respetados. Se lo dijo Heinrich Himmler a su médico: mirar a un niño judío puede moverte a la compasión; pero se te pasa si piensas que si no te lo cargas llegará a adulto. Hay que tener mucho cuajo para ensartarle los intestinos a un niño de siete años que llora e implora por su vida; pero, claro, si Dios lo quiere...

Al día siguiente, los judíos fueron expulsados de Toledo. El cargo: recaudar un impuesto sobre el pan que había sido impuesto por la catedral, pero que los frailes no querían cobrar porque los panaderos les apaleaban.

La violencia, sin embargo, no terminaría ahí. Conscientes de la animosidad de los cristianos contra todo lo judío, los conversos sabían que eran los siguientes en la lista. Uno de los conversos más ricos de Toledo, Fernando de la Torre, reunió un ejército de 4.000 hombres con el que planeó un golpe de mano. Tomaría la ciudad, sometería a los cristianos e impondría en Toledo su ley antes de ser masacrado.

¿Podía salirle bien el plan? No lo sabemos. Porque el amor se metió en medio.

Tenía Fernando de la Torre una hija, joven, bella y enamorada de un joven noble cristiano, Almaido Brabillo, que se colaba en su cama a escondidas por las noches. En la noche previa al alzamiento, Almaido y su novia holgaron entre las sábanas pero ella, extrañamente, no quería dejarle marchar. Sabido es que el tabaco vino de América, así pues en el siglo XV el macho egoísta, tras oportuna eyaculación, no podía darse la vuelta en la cama y encender un pitillo, por la razón de que no había pitillo. Así pues, Almaido quiso simplemente marcharse una vez que se había descargado, pero ella no estuvo de acuerdo. Lo abrazó, lo besó y le dijo:

-Tengo miedo de no volver a verte.

Y, a las preguntas de su amado, la amada lo confesó todo.

Así, las tropas de Fernando de la Torre, cuando llegaron a la catedral, se encontraron la puerta bien cerrada y a varios centenares de cristianos dentro, bien armados y esperándolos. La lucha fue tremenda. Los conversos nunca pudieron ganar pues, a mitad de batalla, tuvieron que volver grupas porque otra horda, llegada de los barrios bajos, estaba atacando su barrio, que ardió como la yesca. Fernando de la Torre murió, ahorcado, en la puerta de la que había sido su casa.

¿Y su hija? Se podría decir que tuvo suerte. El cuarto o quinto violador que se la folló tuvo piedad de ella y la llevó a la cárcel, donde ya había algunos judíos autoencerrados para salvar la vida. Fue condenada al destierro y a tres días de penitencia. Fueron, pues, setenta y dos horas durante las cuales hubo de permanecer descalza y vestida tan sólo con una camisa, día y noche, con dos alguaciles guardándola a derecha e izquierda. Debía estar de pie, con una vela en la mano, y de los jirones de la camisa le colgaban papeles donde estaban escritos sus pecados. Los alguaciles estaban ahí para garantizar que nadie la matase. Pero, durante esas setenta y dos horas, cualquiera, incluso los niños, podía insultarla y, sobre todo, escupirla. Y ella no podía moverse. Así que ahí la tenéis, casi cumplidos los tres días, temblando de frío con una vela entre las manos y centenares de salivazos adornando su cuerpo.

Ese cuerpo serrano que tanto le gustaba al joven Almaido, que ahora mismo pasa junto a ella y que, lejos de tener siquiera una mirada compasiva, aprieta los labios, inspira fuerte con las narices, y dentro de su boca fabrica una pequeña bomba verde.

Estas cosas pasaban en la España que, a decir de algunos, era un modelo de convivencia racial.

Fuente: http://historiasdehispania.blogspot.com.es/2007/04/amor-que-mata.html

viernes, 30 de enero de 2015

Casas de famosos en Toledo

¿Qué te parecería tener al guitarrista Paco de Lucía, el cantaor Diego El Cigala o el actorFernando Tejero como vecinos? Esto es lo que les ocurre a los habitantes de Toledo desde hace más de ocho años. Estos personajes famosos tienen tres casas en el mismo edificio delCasco Histórico Toledo, por la zona de Alfileritos.

La casa de Paco de Lucía es unacasa rehabilitada del siglo XV. Muchos dicen que se gastó “un ojo de la cara” en esa casa, que incluso tiene ascensos y estudio de grabación. A la entrada de la casa hay una cerámica de la Virgen del Sagrario que Paco quiso conservar, los hay que aseguran que el cantante “estaba muy molesto con el ruido de la campana de la Iglesia de Santa Leocadia”. Y es que Paco de Lucía había buscado en Toledo un sitio tranquilo y silenciosos donde componer.



Los vecinos de las casas cercanas tampoco no saben mucho del guitarrista desde hace mucho tiempo. “Por aquí estuvo un día hasta Alejandro Sanz-recuerdan-pero ya no vive nadie”.

Paco de Lucía estuvo siempre profundamente enamorado de Toledo y allí acudió a buscar su fuente de inspiración e incluso presentó uno de sus discos. 

Dicen que las visitas comenzaron a ser más y más continuas, amigos de Paco pasaban por Toledo a visitarle en cuanto podían. Esto hizo que Paco perdiera la paz que buscaba y se fuera a Sevilla.

Que Paco de Lucía se comprara una casa en Toledo hizo que vinieran más famosos a comprarse una casa. Así lo ha dicho el actor cordobés, Fernando Tejero, famoso por su papel como portero en “Aquí no hay quien viva”. “Me compré la casa un día que fui a Toledo con mi asesor fiscal-relata el actor-. Me encantó la ciudad, y al ver la casa que se había comprado allí Paco, un edificio que es un palacete, algo precioso, me la compré, porque me gustó muchísimo. Allí tiene una casa también Diego El Cigala”.

http://www.deviajeportoledo.com/curiosidades-toledo/casas-de-famosos-en-toledo

Las Gestiones sobre la liberación de mujeres y niños dentro del Alcazar sublevado

Gestión en la que participó el cuerpo diplomático fue su intervención en favor de las mujeres y los niños que se encontraban en el Alcázar de Toledo

No fueron obstaculizados por el gobierno; todo lo contrario. Al gobierno republicano, que los sitiados de Moscardó se hubiesen encerrado con mujeres y niños no le beneficiaba en nada, pues suponía que los bombardeos podían matar civiles. 

Tanta fue la colaboración republicana que el primer ministro, Largo Caballero, puso como condición a la mediación diplomática que, si ésta tenía éxito, él debería estar presente en el momento de salir los civiles. Esa foto para el mundo no se la hubiera perdido don Francisco ni por todo el oro del mundo.



La gestión, en cambio, no salió bien. Y su desarrollo es una buena muestra del enorme Patio de Monipodio político en que se había convertido la República en aquellos meses de guerra. 

La primera sorpresa de la legación diplomática que viajó a Toledo un domingo fue que era imposible entrevistarse a solas con el coronel que llevaba el asedio (Barceló). 

Era estrictamente necesario que con él estuviese su comité de defensa, formado por un miembro de la FAI, otro de la CNT, otro de la UGT, otro de Unión Republicana, otro de Izquierda Republicana, otro del PSOE y otro del Partido Comunista. 

Los miembros del comité se negaron primero a la propia liberación pretextando que era dar alas al enemigo que estaba a punto de caer. Una vez que aceptaron el hecho en sí de la liberación, se encontraron con que la pretensión diplomática era llevarse a todas aquellas personas (en su mayoría, mujeres e hijos de los propios sublevados) bajo protección de las legaciones y darles asilo en las embajadas. 

Como la cosa no iba ni para delante ni para detrás, el embajador chileno, que como decano presidía la delegación, blandió el salvoconducto del propio Largo Caballero, primer ministro. Documento que, literalmente, ordenaba «a todas las autoridades civiles y militares y a las milicias populares, fuerzas sindicales y políticas afectas al Frente Popular y, en general, a cuantos cooperan en la acción en defensa del Régimen, guarden todo género de consideraciones y den toda clase de facilidades al citado señor Embajador».



La respuesta que recuerda Núñez Morgado es, como he dicho, todo un tratado histórico en sí mismo sobre cómo funcionaba el bando republicano aquellos días.

- Puede ser el señor Largo Caballero todo lo Presidente del Consejo y Ministro de la Guerra que usted quiera; pero aquí somos nosotros la única autoridad. Seguimos lo que nos dice Madrid cuando no se opone a lo que deseamos nosotros.

El siguiente problema insoluble se planteó cuando, algo más enfriados los ánimos del comité, uno de sus miembros preguntó bajo qué bandera quedarían amparados los refugiados. Al contestársele que la del cuerpo diplomático en pleno, los miembros del comité se dieron cuenta de que eso suponía que las mujeres e hijos de los sublevados franquistas saliesen del Toledo republicano bajo la bandera de, entre otros, Alemania e Italia. La verdad, en esto es lógico que pusieran pies en pared. Finalmente, se acordó que sólo apareciese la bandera de Chile.

La última barrera, sin embargo, la pusieron los sublevados. Vencidas todas las resistencias, cuando se entró en contacto con ellos, se limitaron a contestar que, si el cuerpo diplomático quería algo de ellos, era el prefijo telefónico de Burgos el que tenía que marcar.

Fuente: http://historiasdehispania.blogspot.com.es/2009/02/asilados-2.html
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