jueves, 19 de diciembre de 2019

Escalonilla en la Guerra de la Independencia

Resultado de imagen de Escalonilla mapaEscalonilla en la Guerra de la Independencia. Año 1808.

Mariano Esteban Caro

El Cardenal Borbón Arzobispo de Toledo.

El Cardenal Luis María de Borbón, Arzobispo de Toledo desde el año 1800 hasta 1823, era cuñado de Godoy y el único vástago real que permanecía en España en mayo de 1808. 

Aceptando los hechos consumados y a la espera de que cambiaran las circunstancias, en carta de 22 de mayo acataba la dinastía impuesta por Napoleón y juraba fidelidad a José Bonaparte.

Derrotados los franceses en Bailén el 19 de julio de este año, el Cardenal Borbón pasa a la ofensiva y como presidente de la Junta Provincial, en el otoño de 1808 organiza una colecta en toda la diócesis de Toledo para apoyar a los ejércitos nacionales. 




El prelado contribuyó con 60.000 reales al mes, 3.519 onzas de plata y el producto de la subasta de su pectoral. La catedral toledana se comprometió con 80.000 reales al mes.

Don Luis María de Borbón se unió a la Junta Central del Reino, el día 3 de diciembre de 1808, siendo elegido el 20 de febrero del año 1812 presidente de la Regencia del Reino, sancionando, en condición de tal, la Constitución promulgada por las Cortes de Cádiz el día de San José de este mismo año.

Resultado de imagen de Guerra de la IndependenciaLa carta del Cardenal y sus comisionados en Escalonilla.

La carta del Cardenal Borbón, convocando a los toledanos a colaborar con los ejércitos nacionales, lleva fecha de 17 de octubre de 1808. Llegó a Escalonilla pocos días después. 

En ella se decía a las autoridades locales que almacenaran el grano recogido, fijando edictos en los lugares de costumbre para avisar a los posibles compradores. 

Lo que no se vendiera debía trasladarse a la cabecera de partido y el sobrante a Toledo. Según esta carta, si el traslado resultaba muy gravoso, el grano se depositaría en casas de probada honradez, aunque gran parte de lo recogido se molió para venderlo como pan.

Para excitar los ánimos de las gentes del pueblo, vinieron a Escalonilla dos comisionados del Cardenal Borbón. Eran don Diego de Lerma, teniente coronel de caballería, y el canónigo toledano don Francisco Díaz Ceballos. Ellos fueron los encargados de recoger los donativos en metálico y otros ofrecimientos de personal y armamento.

La colecta en la provincia.

En toda la provincia de Toledo se recaudaron 24.827 fanegas de trigo, 3.530 de cebada, 166 de centeno, 23 fanegas de tranquillón (mezcla de trigo y centeno), 20 fanegas de avena, 1.409 arrobas de garbanzos y 17 carros de paja. Además del grano y las aportaciones en metálico, hubo otro tipo de donativos. 

En Olías ofrecen ganado para carne y 20 soldados del pueblo. El cura de Azaña (hoy Numancia) dio su caballo con silla y brida. En otros pueblos se dan pistolas, sillas de montar, hilas, camisas, vendas, pistoleras y cañoneras.

Fue destacada la aportación de los párrocos, uno de los cuales en 1808 escribió un catecismo patriótico. Destacó la cantidad de dinero aportada por el párroco de Escalonilla D. Luis Carlos de Zúñiga.

La aportación de Escalonilla.

Los habitantes de Escalonilla en el año 1808 se habían reducido a 1.372. Se dedicaban a la agricultura en verano y otoño y a los telares en invierno y primavera.

Para apoyar a los ejércitos españoles en su lucha contra el invasor francés, el pueblo de Escalonilla dio 311 fanegas de trigo y una arroba de garbanzos. En cuanto a los donativos en metálico, el párroco hizo una primera entrega de 1.500 reales, aportando posteriormente otros 500. 

El sacerdote D. José Palomo Guío dio 40 reales. De la fábrica de la parroquia salieron 200 reales y la obra pía de la misma aportó 600 reales. Isabel López, vecina de Escalonilla, colaboró con 20 reales y del resto de los vecinos se recogieron 1.900 reales en donativos no superiores a 15 reales por persona.

La aportación de D. Carlos de Zúñiga, párroco de Escalonilla, así como la de los fondos parroquiales, fue realmente cuantiosa, si se compara con los 200 del párroco de Illescas o los 100 del párroco de Alameda de la Sagra. 

En la colecta de Escalonilla no aparece ninguna aportación de las autoridades del pueblo. Tampoco en personal ni armamento. La cuantía media de los donativos de Escalonilla también fue superior a la de muchos otros pueblos de la provincia.

Los donativos mayores.

En Escalonilla las aportaciones más cuantiosas correspondieron al párroco D. Luis Carlos de Zúñiga, al sacerdote D. José Palomo Guío y a la vecina Isabel López.

Luis Carlos de Zúñiga fue cura propio de Escalonilla desde el año 1796 hasta 1814. Navarro de nacimiento, había estado al frente de las parroquias de Rozas de Puerto Real (Madrid) y Gerindote antes de llegar a Escalonilla. Fue comisario del Santo Oficio y destacado representante de la ilustración toledana. 

Miembro de la Academia Real de Derecho Español de Madrid, de su pluma salieron numerosos escritos de gran interés, especialmente sobre agricultura. Su trabajo titulado Plan de Educación Española está fechado en Escalonilla el 10 de mayo de 1793. 

En el año 1805 publicó un Catecismo breve y sencillo. D. Luis Carlos de Zúñiga, cura propio de Escalonilla, tuvo el sermón en la misa de la jura de la Constitución el día 18 de octubre de 1812.




El sacerdote D. José Palomo Guío era hijo de Escalonilla, donde ya residía en 1788. Llegó a ser teniente de cura de la parroquia de Escalonilla. En los actos de la jura de la Constitución de 1812 actuó en varias ocasiones. Concretamente en la Misa de Acción de Gracias del día 19 de octubre, hicieron las asistencias D. José Palomo Guío y D. Enrique Fernández Gallardo; este último era carmelita y en 1815 solicita permiso para vivir en Escalonilla y atender a su madre.

Isabel López era viuda de José Pérez. Había hecho promesa de peregrinar a Tierra Santa sin que pudiera cumplirlo. Hace testamento ante el escribano de la villa Don Manuel Salamanca. Murió a los 73 años de edad el día 16 de noviembre de 1811 de calentura catarral. 

Encarga a sus hijos que celebren 200 misas para descargo de su conciencia al no haber cumplido su promesa de ir a los Santos Lugares. Celebró las exequias D. Luis Carlos de Zúñiga.



miércoles, 18 de diciembre de 2019

El Dragón del Agua

Resultado de imagen de el dragón del agua consorcio toledo«… ¿No ves cómo el agua se derrama en la taza, pero sus caños la esconden enseguida?

Es un amante cuyos párpados rebosan de lágrimas, lágrimas que esconde por miedo a un delator …»

Extracto del poema tallado en la Fuente de los Leones de la Alhambra (Ibn Zamrak)

Gran dintel de mármol situado sobre la puerta de acceso a las Cuevas de Hércules, en Toledo. Fotografía: Jose María Gutiérrez Arias. Año 2019

Es habitual, en una ciudad como Toledo, que la magnitud o el esplendor de la estampa arquitectónica de los edificios hagan pasar inadvertida la singularidad de algunos de los elementos con los que están construidos. 

En nuestra entrada de hoy recuperaremos la atención sobre uno de esos elementos «discretos» de la ciudad, una pieza de cantería excepcional que se encuentra en las Cuevas de Hércules.




Sobre la puerta de acceso al edificio donde se albergan las Cuevas, en el dintel interior, existe una extraordinaria pieza de mármol, que a modo de cargadero, cumple una función sencilla de soporte del hueco de paso. No estaba pensada esta pétrea «viga» para cumplir funciones estructurales. Su uso primigenio es una incógnita. 

El aspecto de la misma es imponente, un gran prisma muy alargado, de mármol blanco con finas vetas pardas. Sobre uno de los extremos se despliega, tallada, la cabeza de lo que parece un dragón o un gran reptil. Pero lo que verdaderamente hace excepcional a esta pieza es su posible uso como elemento hidráulico. Hay varias evidencias de ello.

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Detalles del dragón del agua. Cabeza, ojo y roseta lateral. Gran dintel de mármol situado sobre la puerta de acceso a las Cuevas de Hércules, en Toledo. Fotografía: Jose María Gutiérrez Arias. Año 2019

En la boca del reptil se abre, profundo, un agujero a modo de surtidor. En el lateral, en lo que podía ser la «oreja» del dragón, existe una roseta de ocho pétalos que decora otra abertura pasante. 

En la base de la cabeza del áspid, y junto a la roseta de ocho pétalos, aparece tallada en resalte una cinta a modo de collarino. Este collar presenta una ligera inclinación, tumbado hacia atrás, lo que nos sugiere un eje de posición principal. 

De esta manera, la cabeza de nuestro dragón del agua estaría inclinado hacia adelante, muy adecuado para verter el agua con más facilidad. La roseta con su agujero pasante nos hace pensar que en tiempos hubo de un eje de giro, y por tanto la posibilidad de cabeceo arriba y abajo …




Hipótesis de la posición y movimientos del dragón del agua. Gran dintel de mármol situado sobre la puerta de acceso a las Cuevas de Hércules, en Toledo. 

Resultado de imagen de el dragón del agua consorcio toledoFotografía: Jose María Gutiérrez Arias. Año 2019

Se podría pensar en un uso como gárgola pero las dimensiones, más de 2,50 m., y la sección angosta del surtidor, no parecen pensadas para evacuar aguas en vuelo, con agilidad, sobre una fachada. La talla de las escamas, el ojo, boca y roseta, son muy esquemáticas, acorde con una datación muy antigua, fuera de la época de uso más habitual de las gárgolas. 

Echando la imaginación a volar … podría pensarse que nuestro dragón era una fuente o parte del conjunto de rebosaderos de un estanque. Elemento movible, automatizado o no, con un ciclo de llenado y vaciado, de ahí la gran longitud del prisma de mármol, actuando como elemento de palanca y transporte. 

Nos faltan datos, quizás nos sobra imaginación, es posible que en el futuro se pueda analizar la pieza in situ sin necesidad de desmontarla. El tiempo será nuestro mejor aliado para resolver el enigma.

Jose María Gutiérrez Arias

martes, 17 de diciembre de 2019

Recuerdos de Toledo



En este Zocodover se pregonaban por la voz de cualquier Pero García, y ante escribano público, los autos y ordenanzas por que se regían los honrados vecinos de la ciudad. 

Tal sitio era el "finibusterre de la picaresca", el cónclave de los cicateruelos y tratantes, de los mercaderes y chalanes; bajo sus pórticos han circulado generaciones bravas, dignas de sucesores más viriles.




Hoy, aquellos sitios han perdido su carácter; en ellos, se codean gentes de paz que desconocen los cánones del hampa y otras que los practican a mansalva; mozas de garbo y señoritas alfeñicadas, elegantes o cursis; bizarros cadetes y bien tratados reverendos que padecen, bajo las naves de la Iglesia Mayor, los rigores que el cielo despiadado envía sobre los mortales.

Y para que nada quede del viejo tiempo, la luz eléctrica con sus rayos blanquecinos y melancólicos, ha venido a romper el encanto que ofrecía la rallada efigie de Cristo, que colocada en la capilla abierta sobre la clave del Arco de la Sangre, convidaba al recogimiento y a la piedad, cuando al anochecer se iluminaba con los dorados resplandores de los farolillos puestos por la cofradía de la Sangre para alivio de la almas que albergaran en sus cuerpos los infelices ahorcados por mandato de la ley.

José Ibáñez Martín. Recuerdos de Toledo (1893)


lunes, 16 de diciembre de 2019

29 de octubre de 1680: Incendio en la Catedral de Toledo


Calculo que sería el 31 de octubre de 1680 cuando se imprimió en Madrid la relación que os quiero enseñar en el post de hoy, y que ha estado olvidada (y sigue aún en precatalogación) entre los fondos de la Biblioteca Nacional. Justo dos días después del incendio que el 29 de octubre de 1680 arrasó gran parte del antiguo campanario, el “alcuzón”, de la Catedral de Toledo. 

En forma de carta manuscrita saldría de Toledo hacia Madrid durante la mañana del día 30, llegaría a la corte esa tarde y sería rápidamente compuesta en el taller e impresa para comenzar a difundirse el día 31. 




Dos días después, como puede deducirse del último párrafo, en Madrid ya sabían que casi la mitad del campanario toledano se había hundido, que el chapitel hoy perdido que lo coronaba terminó derrumbándose sobre el claustro (de una forma muy cercana a la que la semana pasada pudimos ver en relación a Notre Dame de París), y que por las paredes del piso inferior corrían ríos de lava del bronce incandescente y derretido de las campanas originales.

Bronce que quizá correspondiese también al yamur original de la mezquita aljama de Tulaytulá, que el anónimo cronista define como “bolas de bronce” que coronaban el chapitel, y que quizá (siempre quizá, pues no hay prueba alguna que lo confirme) habían sido reutilizadas como en otras iglesias cristianas construidas a partir de -o sobre- los restos de antiguas mezquitas.

El incendio en la Catedral de Toledo

En un mundo de mentideros, avisos manuscritos y gacetas, este tipo de impresos menores buscaban dar cuenta rápida de la noticia, sin recreaciones tipográficas ni composiciones de textos estéticamente bellas. Tipos metálicos viejos y usados, ningún uso de tacos xilográficos o calcográficos ni de letras capitulares, sin grabados ni colores. 

Estos textos eran tan efímeros como lo fue el chapitel de la catedral que ardió en 1680, como lo son los periódicos de hoy. Leídos por la mañana y olvidados por la noche, su suerte generalmente era la basura y rara vez eran encuadernados y conservados

Por eso es especialmente valioso dar hoy con ellos, pues la producción de relaciones impresas que conservamos supone un porcentaje ínfimo en relación con las que tuvieron que imprimirse durante los siglos XVI y XVII. 

De esta en concreto, hasta donde he podido saber, existe otro ejemplar en el Archivo General de Palacio y una reimpresión que tuvo que hacerse pocos días después en Barcelona, por el impresor Vicenç Suirà, que se conserva en el Arxiu i Biblioteca Episcopal de Vic (Addenda (10/5/2019): Y al menos otra en Toledo, citada en la obra de Alfredo Rodríguez, Los Primados de Toledo, 1666-1709, Toledo, Ediciones Parlamentarias de Castilla-La Mancha, 2006, pág. 114). 

Para entonces, y como indica la propia relación, el taller madrileño que imprimió esta que os presento ya estaba esperando una nueva carta desde Toledo para ampliar la información, pues a la vez que esta comenzaba a imprimirse llegaban nuevas noticias de “que se han derretido otras dos campanas. 

Y que a las ocho de la noche del mismo día había bajado ya el fuego a hacer presa a una nave de la iglesia, y quedaba consumida gran parte de ella”.


Veue de la grande eglise de Tolede (Vista de la Catedral de Toledo). Louis de Meunier y Nicolas Bonnart (1665-1670)

El fuego comenzó a las 12 de la mañana durante las tareas de mantenimiento del chapitel, cuando los latoneros encargados de ello bajaron de los andamios a la hora del almuerzo y dejaron encendidos los braseros.

 El aire, el descuido y la mala fortuna, como en Notre Dame, hicieron el resto. Desde la parte alta del antiguo chapitel el fuego fue destruyendo en vertical la parte alta del campanario, alimentándose de madera y convirtiendo en fuego el bronce que encontraba a su paso. 

Una vez que el chapitel se derrumbó en llamas cayendo hacia el claustro de la catedral, el fuego parecía incontrolable. 

Durante al menos 10 horas estuvo ardiendo la torre de la Catedral, según nos informa este anónimo periodista y testigo, lo que llevó a desalojar a los vecinos que vivían en las inmediaciones del claustro, desde Hombre de Palo (“mandando desocupar a toda priesa las que contiene la Calle Ancha”, como se le viene conociendo a toda esta arteria que cruza Toledo, al menos, desde el siglo XVI) hasta la plaza Mayor. 




La precisa actuación de los bomberos parisinos que, afortunadamente, sabían mejor que muchos tuiteros sevillanos y americanos cómo controlar el fuego, y la de los alarifes y peones toledanos “acompañados de muchos religiosos, cortando las maderas que pudieron, arrojando otras por las ventanas que de sí echaban abrasantes llamas” consiguieron controlar el incendio y que las únicas víctimas fuesen la aguja de Notre Dame de París y el chapitel de la Dives toletana. 

Durante horas, unos con sus brazos y todas las “religiones” (dominicos, franciscanos, agustinos, mercedarios, etc.) con sus rezos, trabajaron en conjunto para sofocar el incendio.

El anónimo cronista de aquel Toledo barroco y decadente cargaba contra los pecados cometidos por sus contemporáneos, buscando las causas e intentando entender los motivos que llevaron a Dios “con tan suaves golpes cuando nuestras culpas merecen severidades y desvíos de riguroso juez” a castigar a la Sede Primada con este incendio. 

Quizá fue entonces cuando se decidió aligerar las cubiertas de elementos combustibles, según explicó el deán de la catedral toledana, Juan Miguel Ferrer, hace unos días. Tranquiliza saberlo, pero siempre es bueno que estas desgracias sirvan para revisar todos los protocolos y planes existentes para la preservación del patrimonio.

Os dejo la transcripción (del texto relativo al incendio, sin incluir el primer párrafo que habla de las grandezas de la Catedral Primada) de la relación y todas las fotos.

BNE, VE/201/113, Relación verdadera en que se refiere la lastimosa ruina que padeció la Torre de la Santa Iglesia de Toledo, Primada de las Españas, con el fatal incendio que en ella hubo el martes 29 de octubre deste año de 1680. Dase cuenta de su principio, y de los daños que hizo el fuego. Las diligencias que se hicieron para atajarle, sacando en público el Santísimo Sacramento y saliendo en rogativa todas las religiones, con otras circunstancias que en este lastimoso lançe sucedieron.

No son capaces de lo sucinto de una relación los elogios que a esta Santa Iglesia pertenecen, y así dejando tanto asunto a más delgada pluma, pasaré a referir lo que sucedió el mierces [sic] 29 de octubre de este año en la gran torre de la dicha Iglesia, que en su fábrica, adorno y grandeza excede a las mayores de España, pues está observado que tiene tres varas más de longitud que la gran Giralda de la Santa y Metropolitana Iglesia sevillana. Compónese de tres cuerpos de antiquísima y relevante arquitectura, toda de fuerte cantería. 

El primero es cuadrado, y de hermosa vista y labores primorosas a lo Jónico, ocupando su anchuroso ámbito nueve sonorosas campanas repartidas en capaces nichos, y en medio la grande que pesa 424 arrobas. El segundo es ochavado y en el estaban dos grandes campanas, la una llamada San Ildefonso, que pesaba 300 arrobas, y la otra Santa Leocadia, que tenía 200 de peso. 

Sobre este sentaba el tercer cuerpo, que era el chapitel, también ochavado, moviendo en punta, contres majestuosas coronas, divididas a trechos en sus tres estancias, volando todas tres fuera del edificio más de dos varas, siendo su fábrica de hermosa talla, con tres dilatadas ventanas que daban su vista y su frente al Real Alcázar.

Tenía el chapitel por último remate y adorno suyo una gran cruz de hierro cuyo tamaño es de seis varas de alto, y cuatro los brazos, formando su asiento sobre tres gruesas bolas de bronce que estaban colocadas en disminución.

El martes 29 de octubre, fatal y de tristes efectos en Toledo, estaban algunos latoneros aderezando algunas hojas de las que cubrían el Chapitel, para que las aguas no le recalasen, y a las doce del día se bajaron a comer, dejándose, confiados, los braseros de soldar encendidos. 

Y según se presume, como el viento es tan continuo en aquella eminencia, o lo que es más cierto, ser voluntad de Dios que así sucediese, se prendió de los braseros el fuego en las secas y antiguas maderas del Chapitel, y empezó a mostrar su voraz furia en punto de la una, con tal violencia y apresurado rigor que aunque se acudió al remedio al primer lance, con indecible prontitud, solicitando ansiosos los religiosos y seglares todos no pereciese alhaja tan preciosa y estimable, no fue posible conseguir el menor efecto favorable hacia su reparo.

 Antes parecía que las diligencias servían sólo de añadir materia al voraz elemento. Prodigios obraron los peones y oficiales de la iglesia, acompañados de muchos religiosos, cortando las maderas que pudieron, arrojando otras por las ventanas que de sí echaban abrasantes llamas, siendo milagro palpable no acabasen las vidas en medio de tan horrible y espantoso incendio. 

Que mucho se librasen de tan evidente riesgo, saliendo indemnes, y sin lesión alguna, si su cuidado era mirar por la casa de Dios y de su Amada Madre?

El Ilustrísimo Cabildo, viendo que los medios humanos no bastaban a detener el horrible incendio, acudieron fervorosos al socorro del cielo, sacando en solemne procesión al santísimo Sacramento, y llevándole con tiernos clamores a las casas del Ayuntamiento, a donde le colocaron con decente ornato, para que su divina vista sirviese de consuelo a tan grave aflicción y detuviese con su poderoso brazo la lamentable desdicha que probablemente amenazaba la tremenda furia de las llamas. 

Al mismo tiempo salieron las Religiones todas en procesiones públicas, y circundando la abrasada Torre y amenazada iglesia con repetidos tornos, alternaban en acordes y lastimosos acentos letanías y salmos, procurando con tiernas lágrimas aplacar a Dios, que cansado de culpas mostraba severos rigores. 

No fue infructuosa esta piadosa diligencia, pues obligado el señor destas públicas y cristianas demostraciones, y aplacando su ira a los ruegos de su bendita madre, y nuestra celestial reina, que con título de Sagrario es común refugio de los vivientes todos, revocó visiblemente la sentencia suya. 

Pues cuando se esperaba que la ruina que ocasionaba el fuego se desplomase hacia la parte del sagrado templo y sus vecinas casas, (mandando desocupar a toda priesa las que contiene la Calle Ancha, y las que circundan la iglesia hasta la Capilla de San Pedro y otras muchas que se hallaron más distantes y juzgaron los alarifes estaban expuestas al riesgo del destrozo, que al caer el chapitel, por instantes, con común asombro y sobresalto se temía), fue Dios servido que cayó hacia el claustro, y aunque con daño mucho, no con el que se temía, que fuera inexplicable lástima.




Abrasado el chapitel y destroncado todo, bajaron sus fragmentos al referido claustro, cayendo la gran cruz y bolas de bronce que su sagrado pie adornaban, derretidas en menudas gotas, y pasando la caliginosa furia al segundo Cuerpo de la Torre, donde estaban colocadas las dos campanas referidas de San Ildefonso y Santa Leocadia, las derritió con grandísima presteza, corriendo a todas partes crecidos arroyos de abrasado metal. Pues pesando ambas quinientas arrobas como ya queda dicho, se deja ver con evidencia clara el grave daño que haría tanta abrasada inundación.

Espérase más individual noticia de todo este suceso, con todas las circunstancias que han concurrido, y se ofrecerán hasta su fin, porque ha llegado aviso a esta corte de que se han derretido otras dos campanas. 

Y que a las ocho de la noche del mismo día había bajado ya el fuego a hacer presa a una nave de la iglesia, y quedaba consumida gran parte de ella. 

De todo lo cual y lo demás que hubiere acaecido en el referido abrasador incendio se dará segunda relación, cerrando esta con dar gracias a Nuestro Señor por tantos y tan eficaces avisos como es servido de enviarnos, tratándonos en todo como a hijos regalados, pues como padre nos recuerda con tan suaves golpes cuando nuestras culpas merecen severidades y desvíos de riguroso juez, que fuera el mayor mal de los males. 

Bendito sea su amor, por toda la eternidad. Amén.



jueves, 12 de diciembre de 2019

1916: Roba en Carmena, huye a París y lo expulsan por espía


Durante días, las conversaciones en Carmena estuvieron centradas en conjeturas sobre la autoría del robo y sobre cómo pudo perpetrarse sin alertar al vecindario

ESBOZOS PARA UNA CRÓNICA NEGRA DE ANTAÑO (XLV)

En enero de 1916, las autoridades galas expulsaron de la capital francesa al toledano Antonio Moreno Santurino, de veintidós años de edad, natural de Cebolla y barbero de profesión, de quien sospechaban pudiera ser un agente secreto al servicio del káiser Guillermo II

A finales de enero de 1916 París sufrió de cerca las terribles consecuencias de la Guerra Mundial. Durante dos días, zeppelines alemanes bombardearon la ciudad de Sena, causando decenas de muertos, numerosos heridos y cuantiosos daños materiales.





 Casi todas las víctimas se encontraban en sus casas. La conmoción internacional por el ataque fue muy grande.

 El entierro se convirtió en una imponente manifestación de duelo, patriotismo y protesta contra un ataque reñido con «todo sentimiento humanitario y contra la nobleza que en toda contienda debe resaltar por encima de la animosidad», se decía en la crónica del sepelio publicada en el semanario «Mundo Gráfico». 

Pocos días después de perpetrarse estos raids, las autoridades galas expulsaron de la capital francesa al toledano Antonio Moreno Santurino, de veintidós años de edad, natural de Cebolla y barbero de profesión, de quien sospechaban pudiera ser un agente secreto al servicio del káiser Guillermo II, aunque la verdadera razón de su estancia allí era bien distinta.


Fachada del Ayuntamiento de Carmena, cuya caja fuerte fue forzada para robar más de seis mil pesetas (Foto, Archivo Diputación Provincial de Toledo)

En la mañana del 8 de diciembre de 1915, los mil ochocientos vecinos de Carmena despertaron sobresaltados al conocer que durante la noche anterior se había perpetrado un robo en su ayuntamiento. 

Para llevarlo a cabo, sus autores habían escalado hasta el tejado de la casa consistorial, accediendo desde allí a la sala donde se custodiaban los fondos municipales, forzando las tres cerraduras del arca donde estaba guardado el dinero. La cantidad sustraída ascendía a 6.185,86 pesetas.

Durante los días siguientes, todas las conversaciones en el pueblo estaban centradas en el robo, haciéndose miles de conjeturas y comentarios sobre cómo los ladrones podrían haber perpetrado su acción sin que nadie oyese descerrajar las tres cerraduras de la caja de caudales. Con sorpresa se comentaba que, quizás para despistar, los ladrones dejaron sin tocar 2.900 pesetas.

El ataque de los zeppelines contra París causó decenas de muertos y cuantiosos daños materiales (Foto, Agencia Rol. Biblioteca Nacional de Franciia)

Las sospechas pronto recayeron en el secretario municipal, Manuel Muñoz, quien fue sometido a concienzudos interrogatorios, cuyo resultado nada pudo aclarar. 

Ante esa circunstancia los investigadores buscaron un nuevo objetivo, fijándose en Antonio Moreno Santurino, barbero de profesión, quien en esos días estaba colmando de regalos a su novia, María Felisa Perales, entre ellos una valiosa caja de mazapán, unos pendientes, unas peinetas y algunas cosas más, sabiéndose también que había comprado una bicicleta.

Sintiéndose vigilado, abandonó Carmena, no sabiéndose nada de él durante varias semanas. En su ausencia, el jefe de línea de la Guardia Civil de Torrijos, capitán Pablo Riera, continuó trabajando tanto para aclarar la autoría del robo, como la desaparición del barbero.

 A principios de febrero de 1916 supo que Antonio se encontraba en Madrid. Siguiendo su rastro de desplazó a la capital y en colaboración con el teniente José del Río Domínguez, jefe de línea del Puente de Segovia, consiguió dar con su paradero y detenerlo. 

De inmediato, el huido reconoció haber sido el único autor del robo, confesando que el sentirse vigilado se marchó a Talavera, Toledo y Madrid, viajando finalmente hasta París, de donde fue expulsado por considerársele espía de los alemanes. 

De la suma sustraída solamente se le encontraron 1.385 pesetas, además de un reloj, un revolver, unos billetes y monedas francesas y un pasaporte para pasar a Francia, el cual dijo haber conseguido en San Sebastián previo pago de cincuenta pesetas. 





Declaró a los guardias civiles que había huido de Carmena «ansioso de ver algo que no sea el pueblo», lamentándose de que no le hubiese dado tiempo a «invertir» las mil y pico pesetas que le encontraron «para correr un poco más de mundo», pues le había ido muy bien y así podría seguir yéndole si no hubiera sido por los bombardeos de los zeppelines.

En poder, ya, de las fuerzas de seguridad fue trasladado a Toledo, quedando ingresado en la cárcel provincial.El sepelio de las víctimas del raid aéreo fue una imponente manifestación patriótica de duelo (Foto, Agencia Rol. Biblioteca Nacional de Francia)

Allí esperó doce largos meses hasta que el 27 de febrero de 1917 su caso fue juzgado en la Audiencia Provincial. 

En su declaración ante el tribunal dijo que había perpetrado el robo para comprar libros y prepararse para poder llegar a ser practicante.

Su abogado defensor, Maximino Ruiz de los Paños, centró su estrategia en intentar demostrar la incapacidad de su patrocinado, haciendo ver al jurado la reiteración de sus titubeantes respuestas, no sabiendo, por ejemplo, cuantos billetes de cien pesetas se precisaban para contar mil o aportando varios testigos que recordaban como algunos familiares del barbero murieron dementes en el manicomio de Toledo. 

También indicaron que en una ocasión en que se prendió fuego la torre de la iglesia de Carmena, el reo acudió a sofocarlo con riesgo de su vida.Recorte de “El Eco Toledano” dando cuenta del inicio del juicio oral contra Antonio Moreno Santurino, autor confeso del robo

Los peritos médicos que reconocieron o visitaron a Antonio en la cárcel no vislumbraron en sus encuentros con él ninguna circunstancia especial que pudiera llevarles a indicar que no fuese responsable de todos sus actos. Coincidente fue, también, la declaración del maestro del pueblo Juan Ramón de Córdoba, quien dijo que en sus años escolares hizo algunas travesuras, «pero que jamás le dio ataque alguno».




Ninguno de estos argumentos sirvió para que el fiscal, Luis Gaspar, no considerarse a Antonio como autor de un delito de robo con nocturnidad, solicitando se le impusiera una pena de seis años y un día de prisión, así como el pago de las costas. 

El jurado, reunido al finalizar la vista, ratificó ese veredicto de culpabilidad, siendo condenado el barbero a la pena solicitada.El periodista y escritor Enrique Sánchez Lubián, autor del texto

TOLEDO Actualizado:16/10/2019 20:23h

Enrique Sánchez Lubián, autor del texto

Cuando Madrid no existía.

La capital soporta el tópico de ser una ciudad sin Historia, una mera urbe administrativa aparecida de la nada por el capricho de Felipe II de traer la Corte al centro de España.

«De acuerdo, entonces no tenía comparación con Ávila ni Toledo, pero ya era una ciudad importante», desmiente Eduardo Salas, director del Museo de los Orígenes. 

La exposición «Los orígenes de Madrid», desde el Paleolítico hasta el siglo XVI, muestra la historia de la ciudad antes de ser la capital del reino.

La actual ciudad de Madrid siempre ha estado habitada desde la Edad de Piedra. Los mamuts merodeaban Carabanchel, y el Museo de los Orígenes da fe con un colmillo del animal prehistórico.

 El valle del Manzanares era pasto para los rinocerontes de pradera, ciervos gigantes, caballos y demás fauna con 500.000 años de antigüedad.

El primer madrileño del que hay constancia, sin embargo, tendría que esperar. El molar de un niño de siete años, también vecino de Carabanchel, es el primer vestigio humano hallado en la capital. Un neandertal de 150.000 años.

 Los humanos, a pesar de que todavía eran nómadas, ya no se marcharon de Madrid. Dejaron para la posteridad desde herramientas de piedra sencillas, como simples cantos con un filo; hasta utensilios complejos como cuchillos y cepillos.

El total de 153 piezas, procedentes de los fondos del propio Museo de los Orígenes, estarán expuestas hasta la finalización de las obras de remodelación del edificio, previstas para este otoño.

La ganadería y la agricultura en la actual capital convirtieron a los madrileños definitivamente en sedentarios. Los hallazgos de las primeras construcciones para habitar son cabañas ubicadas en el entorno de Ciudad Universitaria en pleno Neolítico.




La sociedad progresaba y los ritos funerarios tomaban forma. Como el primer enterramiento, ya en la Edad de Bronce: una fosa tapada con una losa de piedra y cubierta con vasos cerámicos. La útil metalurgia del cobre se desarrolló en paralelo al trabajo con el oro, empleado ya entonces para ostentar, como revelan las pulseras expuestas.

«Villae» Romana.

La única ciudad romana en la región fue «Complutum» (Alcalá de Henares), pero las «villaes» se repartían por todo el territorio hasta su abandono con la invasión visigoda. En Villaverde Bajo se hallaron restos de la explotación agraria de una villa romana: un mosaico geométrico, la cabeza del dios Silvano (protector de la agricultura) y una vajilla de mesa.

Madrid esperó a la ocupación musulmana para recibir un nombre, Magerit. Muhammad I, en el siglo XI, la creó como punto militar estratégico para la frontera norte del emirato de Córdoba. Los restos materiales encontrados son mayoritariamente utensilios de cocina; pero también un peón de ajedrez de la época.

Alfonso VI incorporó el enclave al reino cristiano y amplió el área amurallada. Los numerosos recipientes para contener líquidos demuestran la importancia otorgada al abastecimiento de agua. Madrid ya no dejaría de aumentar paulatinamente hasta la llegada de la Corte.

Desde entonces, el crecimiento de la ciudad fue exponencial, pero eso ya es otra historia fuera de la arqueología expuesta en «Los orígenes de Madrid».


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