martes, 4 de agosto de 2020

El Yugo “toledano” en la provincia eclesiástica de Toledo (II)

Las formas toledanas tuvieron también su repercusión en los diferentes obispados que integraban la antigua provincia eclesiástica hasta 1851, aunque combinadas con otros elementos y planteamientos propios de las tradiciones del entorno. 

En una fotografía del libro Las campanas de las catedrales de Castilla y León (5) puede verse el interior del campanario de la catedral de Segovia antes de su última restauración. En ella aparecen tirados por el suelo del campanario los antiguos yugos de madera.

Uno de ellos, de pequeño tamaño y situado en primer plano, muestra el perfil característico de los yugos “toledanos” (ilustración 45). En el campanario de la Santísima Trinidad de la misma ciudad, una de sus campanas conservaba hasta hace poco un yugo que mantenía perfectamente las proporciones y características del tipo “toledano”. 





Contaba además con una pieza de madera suplementaria en su parte superior y otros interesantes elementos propios de la tradición castellano-leonesa como son los pares de listones de sujeción en los extremos de los frentes o las grapas sujetando los tirantes.

Es de lamentar que en una reciente intervención el yugo (que en apariencia presentaba un aspecto bastante sólido) haya sido sustituido sin tener en cuenta estos elementos. 


Ilustración 45: Interior del campanario de la Catedral de Segovia antes de su última restauración. En el suelo se conservaban tirados los antiguos yugos de madera.

Foto: SÁNCHEZ DEL BARRIO, Antonio; ALONSO PONGA, José Luis: Las campanas de las Catedrales de Castilla y León. Valladolid, 2002, p. 110, también publicada en http://campaners.com


Ilustración 46: Campana de la iglesia de la Trinidad de Segovia (antes de su reparación). Fuente: http://campanasquintana.es

Una situación muy parecida encontramos en Valladolid. En la iglesia de Santiago de la capital pucelana se conserva una campana con un gran yugo trazado según las proporciones toledanas. 


Ilustración 47: Campana grande de la iglesia de Santiago (Valladolid). Foto: Daniel SANZ PLATERO / Fuente:http://campaners.com

En los antiguos obispados de Osma y de Sigüenza, cuya antigua extensión abarcaba aproximadamente la provincia de Soria, parte de Burgos, y el centro y este de Guadalajara, se dio una peculiar tipología de yugo de gran personalidad (6).

Ésta consiste en yugos compuestos de un brazo de menor altura que el toledano, de sección más o menos cuadrada y rectos, con una pequeña escotadura en su parte inferior para recibir las asas.

Este ahuecado en pocas ocasiones llega a cubrir el hombro. El contrapeso, de mayor altura que el toledano, se compone de tres piezas, siendo la segunda de gran volumen. 

La tercera pieza es el pequeño cabezal de sujeción de los tirantes. A veces los yugos carecen de esta pieza y la sujeción se realiza con cuñas. Este tipo presenta un sinuoso diseño de siluetas bulbosas acompañadas de labores de talla con motivos decorativos dieciochescos de carácter popular.

El esquema general se aproxima más al cuadrado que al piramidal o de cruz griega de los toledanos. Son piezas realmente interesantes, en ocasiones más que las propias campanas, por la cuidada labor de talla y la belleza de sus formas (Ilustraciones 48-51).

Del taller seguntino regentado por la familia Colinas a finales del siglo XIX y primeras décadas del XX, salieron multitud de yugos seriados que difundieron la tipología característica de esta diócesis más allá del obispado (Ilustraciones 52-54). 



Ilustración 48: Campana mayor de la parroquia del Espino (Soria). Fuente: http://campaners.com


Ilustración 49: Melena de la campana María de San Millán de la Concatedral de Soria. Foto: Mari Carmen ÁLVARO MUÑOZ; Francesc LLOP i BAYO / Fuente: http://campaners.com


Ilustración 50: Yugo de la campana Asunción y San Pedro de la catedral de Burgo de Osma. Uno de los yugos posiblemente más bellos e interesantes de toda España. Foto: Manuel LLOP i BAYO / Fuente: http://campaners.com


Ilustración 51: Campanas de Balbacil (Guadalajara). 


Ilustración 52: Campana del Reloj (1893), con yugo construido por "los Colinas" de Sigüenza. Ateca (Zaragoza). Foto: Mari Carmen ÁLVARO MUÑOZ; Francesc LLOP i BAYO / Fuente: http://campaners.com


Ilustración 53: Publicidad de la casa Colina, establecida en Sigüenza. Fuente: http://campaners.com


Ilustración 54: El Obispo de Madrid bendiciendo las nuevas campanas de la iglesia de Bellas Vistas de Madrid el uno de marzo de 1918. Los yugos son de la casa Colina de Sigüenza. Foto: José ZEGRI / Fuente: http://abcfoto.abc.es

Junto al desarrollo de la tipología seguntina, la estrictamente “toledana” también tuvo su repercusión. En una fotografía de la guerra civil puede verse la silueta de la campana Grande de la catedral de Sigüenza. En la toma puede apreciarse el imponente yugo del bronce, que destaca por el volumen de su alto brazo y el pequeño cabezal rematado en sendas volutas. 


Ilustración 55: Campanario sur de la catedral de Sigüenza después de los bombardeos. En rojo la campana grande con su antiguo yugo de madera. Fuente: http://guadalajara1936-39guerracivil.blogspot.com.es

En el antiguo obispado de Cuenca la tipología toledana debió tener también mucho calado. Las pocas fotografías que se conservan de la desaparecida torre del Giraldo de la catedral nos muestran campanas con yugos muy similares a los de la vecina Toledo (Ilustraciones 56 y 57).

En Requena, ciudad que hoy pertenece a la Comunidad Valenciana pero que antiguamente fue conquense en lo religioso y lo político, se conservan algunos yugos “toledanos” (Ilustración 58).



Ilustración 56: Campanas pequeñas de la desaparecida torre "del Giraldo" de la catedral de Cuenca. Los yugos siguen similares patrones que los toledanos. Fuente: http://www.elblogdecuencavila.com/


Ilustración 57: Restos de la torre del Giraldo de la catedral de Cuenca tras su hundimiento en 1902. Las dos campanas romanas montan en yugos similares a los toledanos. Fuente: http://photoinvestigacionchema.blogspot.com.es


Ilustración 58: Campana "Concepta" de la iglesia de Santa María de Requena. El yugo mantiene las propociones y los elementos propios de un yugo toledano.
Foto: Francesc LLOP i BAYO / Fuente: http://campaners.com

Al igual que ocurrió en muchos aspectos culturales, los territorios castellanos sirvieron como referente para la implantación de la nueva cultura cristiana en los antiguos reinos musulmanes del sur.

El conjunto de campanas de la catedral de Toledo (campanas grandes fijas, y el resto de movimiento) sirvió de modelo para configurar los conjuntos de las catedrales meridionales de la antigua provincia eclesiástica toledana (Cartagena, Córdoba y Jaén). Las soluciones empleadas para contrapesar las campanas toman también como referente el modelo toledano.




En la antigua diócesis de Cartagena (abarcaba gran parte de Albacete y Murcia) la tipología toledana debió ser bastante empleada, como muestra el yugo de Alpera -Ilustración 59- o de Cenizate -Ilustración 6-,ambos en la provincia de Albacete. Son frecuentes, sobre todo en Murcia, los yugos con contrapesos más altos con esquema en cruz, semejantes a los empleadas en Andalucía Oriental (Iustraciones 60-63).

Ilustración 59: Campana "Santa Marina" de Alpera (Albacete) con su yugo, del siglo XVIII. Fuente: http://www.alpera.es/


Ilustración 60: Campana "María de las Angustias", Parroquia del Salvador de Caravaca de la Cruz (Murcia). Foto: Francesc LLOP i BAYO / Fuente: http://campaners.com


Ilustración 61: Campana "Gorda" del campanario de la Trinidad de Alcaraz (Albacete). Foto: Eliseo MARTÍNEZ ROIG / Fuente: http://campaners.com

Ilustración 62: Campana "Santa Bárbara Mayor", Catedral de Murcia. Yugo antes de la restauración. Foto: Mari Carmen ÁLVARO MUÑOZ y Francesc LLOP i BAYO / Fuente: http://campaners.com


Ilustración 63: Campana "Santa Bárbara Mayor", Catedral de Murcia. Yugo antes de la restauración. Detalle del eje acodado y reforzado. Foto: Mari Carmen ÁLVARO MUÑOZ y Francesc LLOP i BAYO/ Fuente: http://campaners.com

En los obispados andaluces de Córdoba y Jaen las características y elementos de la tipología toledana (brazos altos, campana empotrada, ejes acodados) se mantienen más o menos vigentes, combinados con elementos propios de Andalucía como son los contrapesos altos, estrechos y de perfil muy decorado.

Encontramos yugos con un planteamiento cercano al toledano en la campana San Pedro de la Catedral de Córdoba (Ilustración 64) o en los antiguos yugos del campanario de la parroquia Mayor de Santiago de Montilla (Ilustración 67).

 Presentan algunas peculiaridades como la ausencia de ejes acodados o los brazos más bien bajos y de sección cuadrada. En la Catedral de Jaen se conservaba hasta el año 2007 una campana del siglo XVIII con su yugo.

Éste tenía un brazo de ejes acodados y reforzados con cajeado central que empotraba la campana hasta los hombros. En los frentes sendos herrajes en forma de arco reforzaban el yugo. Su esbelto contrapeso evidenciaba su filiación andaluza (Ilustraciones 65 y 66). 



Ilustración 64: Campana "de Santiago", Parroquia Mayor del Señor Santiago, Montilla (Córdoba). Foto: Ruquer / Fuente: http://campaners.com

Ilustración 65: Campana "San Pedro", Catedral de Córdoba. Foto: Mari Carmen ÁLVARO MUÑOZ y Francesc LLOP i BAYO / Fuente: http://campaners.com


Ilustración 66: Campana del siglo XVIII, Catedral de Jaén. Foto: Mari Carmen ÁLVARO MUÑOZ y Francesc LLOP i BAYO / Fuente: http://campaners.com

Ilustración 67: Campana del siglo XVIII. Detalle del eje acodado. Catedral de Jaén. Foto: Mari Carmen ÁLVARO MUÑOZ y Francesc LLOP i BAYO / Fuente: http://campaners.com

Similar esquema presentan los yugos de las catedrales de la Andalucía Oriental aglutinados en torno a la sede metropolitana de Granada, de la cual dependían las sedes de Guadix y Almería. La sede de Málaga, aunque perteneciente a la provincia eclesiástica sevillana, participa de las mismas características de la antigua provincia granadina.

El campanario de la catedral de Granada, calificado por Álvaro Muñoz y Llop i Bayo (7) como una “cápsula del tiempo” por conservar íntegra su instalación tradicional, es directamente deudor del modelo de yugo “toledano”. Los yugos de los “esquilones” (pequeñas campanas situadas en la parte baja de los ventanales grandes) mantienen los elementos y proporciones del modelo toledano en todos sus aspectos (Ilustración 68).

El resto de campanas mantiene ciertos elementos, pero alterando levemente el esquema piramidal y achatado con el contrapeso alto y estrecho habitual en Andalucía (Ilustración 69). La forma de los ejes acodados presentan una peculiaridad local. Éstos no hacen un ángulo recto que nace en el extremo del brazo, sino que salen en diagonal unos centímetros antes de llegar al extremo (Ilustración 72).

Una extensión de esta pieza continúa en la acanaladura hasta el extremo del brazo, donde es recogida por una abrazadera. Los yugos de la Catedral de Málaga conservaban una forma similar a la granadina; sin embargo, carecían de palanca en el brazo.

 La existencia de unas asas en los extremos superiores de los yugos nos hacen sospechar que eran empleadas para balancearlas (con un campanero subido encima) o para agarrar el yugo cuando éste pasaba por abajo (Ilustración 71).



Ilustración 68: Esquilón de los Reyes Católicos, Catedral de Granada. Foto: Mari Carmen ÁLVARO MUÑOZ y Francesc LLOP i BAYO / Fuente: http://campaners.com


Ilustración 69: Campana "Concepción" o "la Espinaquera", Catedral de Granada. Foto: Mari Carmen ÁLVARO MUÑOZ y Francesc LLOP i BAYO / Fuente: http://campaners.com


Ilustración 70: Campana "San Ciricao y Santa Paula", Catedral de Málaga. Yugo original ante de la restauración del año 2005. Foto: Mari Carmen ÁLVARO MUÑOZ y Francesc LLOP i BAYO / Fuente: http://campaners.com


Ilustración 71: Antiguos yugos antes de la restauración de 2005. Catedral de Málaga. Foto: Mari Carmen ÁLVARO MUÑOZ y Francesc LLOP i BAYO / Fuente: http://campaners.com

El modelo toledano aparece también de forma excepcional en la Andalucía occidental, en el antiguo reino de Sevilla. En la ilustración 72 podemos ver el yugo de una campana de la iglesia de Santiago de Jerez de la Frontera (Cádiz) con las proporciones y elementos propios de los yugos toledanos. Resulta interesante la presencia de esta tipología en una ciudad en la que estaba muy extendida la tipología de yugo sevillano, que presenta unas características muy concretas. 


Ilustración 72: Campana de la Iglesia de Santiago de Jerez de la Frontera (Cádiz). Foto: Saulo RUIZ MORENO / Fuente: https://es.pinterest.com/

Disponible en http://www.campaners.com/php/textos.php?text=5942 (consulta 18/08/2017).

15 - http://campanerosclm.com/



lunes, 3 de agosto de 2020

El Yugo “Toledano” en la antigua Archidiócesis Primada (I)

Las características y proporciones de esta tipología debieron establecerse en los yugos de la catedral Primada, siendo posteriormente copiadas por el resto de iglesias y conventos de su jurisdicción. Su difusión debió tener lugar a través de dos vías.

Por un lado, la emulación de la catedral toledana por parte del resto de iglesias de su jurisdicción. Por otro, la vía institucional, bien a través de la figura del Visitador, encargado de la inspección periódica de un partido eclesiástico, o bien a través de diferentes normativas diocesanas (1).


Ilustración 33: Mapa eclesiástico de todas las Diócesis de España y adyacentes (detalle). Madrid (1853). En color amarillo, aparece el amplio territorio de la antigua provincia eclesiástica de Toledo. Fuente: http://bibliotecavirtualdefensa.es

Aunque con el gentilicio “toledano” definimos un tipo de yugo con unas características concretas que se extendió en la antigua archidiócesis toledana, debemos ampliar el campo de estudio a toda la provincia eclesiástica, donde aparecen yugos de la misma tipología o con soluciones similares mezcladas con otras propias de regiones colindantes, donde de forma paralela se desarrollaron otros modelos muy bien definidos. 

La configuración del arzobispado toledano y su provincia eclesiástica ha variado a lo largo de los siglos. Entre el siglo XVI y mediados del siglo XIX abarcaba aproximadamente las actuales provincias de Toledo, parte de Madrid y Ciudad Real y el tercio occidental de Guadalajara, y algunas zonas de Cuenca, de Albacete, de Extremadura oriental y de la zona norte de Andalucía. La provincia eclesiástica toledana estaba compuesta por los obispados de Valladolid, Segovia, Burgo de Osma, Sigüenza, Cuenca, Córdoba, Jaen y Cartagena.




Esta división, tan diferente a la actual, debemos tenerla muy presente, pues hasta el siglo XIX la distribución territorial eclesiástica fue un cauce de relación entre territorios muy importante. Desde entonces, las diferentes diócesis y provincias eclesiásticas han ido modificándose hasta alcanzar su configuración actual, que se adapta a la división territorial de comunidades autónomas y provincias. 

Dicho esto, debemos tomar también ciertas reservas. No podemos caer en el error de circunscribir en exclusividad esta tipología a un área geográfica concreta, pues las soluciones constructivas son diversas y en muchos casos coincidentes a pesar de su lejanía geográfica. Del mismo modo, tampoco podemos encorsetar y aplicar a rajatabla las características ya explicadas sobre esta tipología, máxime si tenemos en cuenta que buena parte de los yugos tradicionales eran realizados por carpinteros y herreros locales. 

Las normas generales ya comentadas se materializan de diferentes formas en función del conocimiento de los diferentes artesanos locales y las materias primas. No obstante, ya en el siglo XVI existe el oficio de “enejador” (2), es decir, de poner en eje las campanas, especializado en la fabricación de yugos. Es posible que este oficio sirviese para sentar unas pautas generales y unas proporciones que posteriormente fueron difundidas e imitadas.

En el siglo XIX, o quizás un siglo antes, aparecen talleres semiestables que abastecen las necesidades de los pueblos del entorno, aunque en muchas ocasiones son también requeridos para poblaciones muy distantes. De estos talleres salieron yugos más o menos seriados con unas siluetas perfectamente reconocibles.

Como ya hemos comentado más arriba, los yugos del campanario catedralicio de Toledo marcaron las pautas de esta tipología. El conjunto está compuesto por dos címbalos (de tres asas), uno en el tejado de la nave central (para coordinar los toques con las celebraciones litúrgicas) y otro, que estaba situado en la terraza superior de la torre, empleado para llamar a coro; ocho campanas de movimiento en los ventanales del cuerpo inferior del campanario, y tres fijas, dos de ellas en el cuerpo superior y la grande, la famosa campana “Gorda”, la más grande y pesada de toda España, en el centro del cuerpo inferior junto a las ocho de movimiento. El tamaño y peso total del conjunto es abrumador.

 La campana más pequeña (sin contar los címbalos), pesa una tonelada y es más grande que muchas campanas mayores de otras catedrales. Todo ello tiene una explicación simbólica para subrayar la importancia de la catedral de la sede Primada. 

Los yugos de las campanas de la catedral de Toledo presentan una serie de peculiaridades que refuerzan la excepcionalidad de este conjunto y que no fueron, en general, imitadas por el resto de iglesias: un único eje que cruza de lado a lado y que en alguna de ellas atraviesa el asa central de la campana; los tirantes de sujeción de las campanas se fijan mediante cuñas de madera (característica propia de los yugos medievales, pero que en ocasiones se ha mantenido hasta nuestros días, especialmente en áreas rurales); las palancas de hierro (desaparecidas a principios del siglo XX) estaban curvadas hacia abajo (su anilla casi caía por debajo de la propia campana), y ancladas en la parte inferior de los brazos y no en el centro del brazo, como suele ser habitual. 

En el eje Toledo-Madrid se encuentran los yugos que mantienen un tipología más “pura” , con las proporciones y elementos arriba explicados (ver Ilustraciones 1, 5, 14 19, 22, 23, 26, 34, 35, 36, 37). Se repite con frecuencia, sobre todo en ciudades como Madrid, un tipo de yugo con unas formas muy definidas, con perfiles de gola en la parte superior del brazo, el remate del contrapeso y en la pieza superior del cabezal. 


Ilustración 34: Campana "Vieja", iglesia de San Julián, Santa Olalla (Toledo). Fuente: http://cofradiajesusdemedinaceli.blogspot.com.es


Ilustración 35: Campana de la iglesia de Santiago del Arrabal, Toledo. Foto: Pau SARRIÓ ANDRÉS / Fuente: http://campaners.com


Ilustración 36: Campanas de la Colegiata de Torrijos. Foto: David Miguel Rubio / Fuente: http://realdesanvicentepuebloconencanto.blogspot.com.es/


Ilustración 37: Campana de la iglesia de San Andrés (Madrid). Foto: Luis BALDÓ BLANCO / Fuente: http://campaners.com

En ocasiones, podemos encontrar yugos de esta tipología en poblaciones fuera del área geográfica estudiada. Por ejemplo, encontramos yugos madrileños en la iglesia del Cristo de Jalón de Granja de San Pedro, en el municipio zaragozano de Monreal de Ariza fechados en 1859 y realizados en unos talleres situados en la plaza de las Salesas, que Álvaro Muñoz y Llop i Bayo atribuyen al fundidor Cosme Alonso (3) (ver Ilustración 38). 



Ilustración 38: Campana San Rafael de la Iglesia del Santo Cristo de Jalón de Granja de San Pedro (Zaragoza). Foto: Mari Carmen ÁLVARO MUÑOZ; Francesc LLOP i BAYO / Fuente: http://campaners.com

Pero como venimos diciendo, no siempre nos encontramos con yugos que mantengan a rajatabla las proporciones ya mencionadas.

Existen interesantes conjuntos que varían las medidas y las proporciones, como los yugos de las campanas grandes de Torrelaguna (Madrid) (ver Ilustración 39), o el antiguo yugo de la campana Gorda de la parroquia de Ajalvir (ver Ilustración 19). Los primeros con brazos relativamente bajos y alto contrapeso, el segundo con un alto brazo y un contrapeso muy pequeño.



Ilustración 38: Campana grande, Torrelaguna (Madrid). Foto: Luis BALDÓ BLANCO / Fuente: http://campaners.com

La parte occidental de Guadalajara perteneció hasta 1955 al arzobispado de Toledo. A pesar de la lejanía, el modelo toledano estaba muy implantado en la zona. Hasta el año 2013 la campana “del Montón” de Torija ha conservado el yugo de madera de nogal realizado en 1951 por el carpintero local (ver Ilustración 27).

Éste seguía fielmente las proporciones y características del yugo “toledano”. Aunque la destrucción generalizada de la guerra civil hizo desaparecer la gran mayoría de campanas e instalaciones tradicionales, se conservan interesantes yugos que demuestran su filiación toledana (ver Ilustraciones 4, 15, 25 y 40)



Ilustración 40: Campana de la Concatedral de Guadalajara 1923-1936. Foto: Tomás CAMARILLO HIERRO / Fuente: http://www.cefihgu.es/

En la capital de esta provincia conocemos la existencia, al menos desde el siglo XIX (es probable que incluso antes), de un taller de fundición de campanas más o menos estable del que también pudieron salir yugos seriados. Este taller de fundición está asociado, al menos desde las primeras décadas del XIX, a la saga de los “Corral”, fundidores de origen cántabro.

A mediados, y sobre todo a finales de esta misma centuria, aparecen dos apellidos asociados a la citada saga, los “Quintana” y los “Colina”. Éstos trabajaron intensamente en esta provincia y en otras vecinas hasta los años sesenta-ochenta del siglo XX. De estos talleres pudieron salir yugos seriados como los de Valfermoso de Tajuña (Ilustración 25) y Romanones (Ilustración 41).

Éstos, por su hechura y estado de conservación, debieron ser realizados en el siglo XX. Presentan unas características fácilmente identificables: son extremadamente achatados, de escaso contrapeso; pequeño cajeado para la corona en la parte inferior del brazo; pequeños ejes acodados, y ausencia de palanca.



Ilustración 41: Yugo arrumbado en el campanario de la iglesia parroquial de Romanones (Guadalajara). 





Parece que en el siglo XVIII ya debía haber modelos seriados a juzgar por los yugos conservados en Centenera4 (Ilustración 43) y el pueblo molinés de Tartanedo (a 140 kilómetros de distancia del primero) -Ilustración 42-. 


Ilustración 42: Fotograma del volteo de una campana. Tartanedo (Guadalajara). Fuente: https://www.youtube.com/


Ilustración 43: Campana grande de Centenera (Guadalajara). 

En la zona sur del arzobispado, en Ciudad Real, esta tipología se mantuvo viva hasta bien entrado el siglo XX. La ilustración 44 muestra la subida de una campana a la nueva torre de la iglesia de Campo de Calatrava, inaugurada en 1962.

Uno de los presentes en la fotografía es el carretero local -Julián Vela- autor del yugo. Como podemos ver mantiene las proporciones y los elementos característicos de este tipo de yugos. 



Ilustración 44: Subida de una campana en Campo de Calatrava (1962). Entre los retratados aparece Julián Vela, autor de del yugo.

Fuente: http://www.entredosamores.es/
http://vozdebronce.blogspot.com/search/label/YEPES%20%28Toledo%29

Un Fin de Semana en Logroño, La Rioja

Iglesia de San Bartolomé, Logroño

Calle Laurel, Logroño

Ciudades para el Siglo XXI - Logroño, ciudad en el aire - RTVE.es
Puente de Piedra, Logroño

De origen neolítico perdido en los tiempos, esta ciudad riojana, paso obligado de los caminantes hacia Santiago y perla antigua enclavada entre los reinos de Navarra, Castilla y Aragón, hace gala de una historia tan amplia como fascinante. 

Qué ver en Logroño

Toda ella la descubriremos a través de sus épocas, asistiendo a sus luchas medievales y a su devenir 
contemporáneo a través sus monumentos, empapándonos de la vida que late entre sus calles.

Indice:
  1. Como Llegar
  2. Algo de Historia
  3. Concatedral de Santa María la Redonda
  4. Iglesia de Santa María de Palacio
  5. Iglesia de San Bartolomé
  6. Iglesia de Santiago el Real
  7. Lugares por los que Callejear
  8. Puente de Piedra
  9. Casa de las Ciencias
  10. Cubo de Revellín y Muralla de Logroño
  11. Visita a sus Bodegas 
  12. De Tapas por Logroño
  13. Fiestas y Tradiciones
  14. para Comer en Logroño
  15. y en los alrededores de Logroño

       

y para saber mas:


domingo, 2 de agosto de 2020

Leyenda del Cristo de la Calavera, de Bécker

Las calles de Toledo se hallan repletas de pequeñas hornacinas con santos, Vírgenes y Crucificados que han servido de inspiración a multitud de historias y leyendas.

Gustavo Adolfo Bécquer, autor por excelencia de gran número de leyendas toledanas, cedió ante el encanto de estas imágenes escribiendo su relato sobre el “Cristo de la Calavera”, siendo una de las historias más conocidas de este gran autor.

El monarca castellano se disponía a partir a la guerra contra los moros acompañado por los caballeros más destacados de la nobleza de su reino. La noche anterior a la partida, y para reunirse antes con todos sus súbditos, celebró un lujoso convite en el Alcázar toledano.




Normalmente era un lugar bastante tranquilo, pero aquella noche, a causa de la gran cantidad de bulliciosos pajes y sirvientes que se hallaban en el patio, el ruido era considerable. 

En los salones de la fortaleza celebraban mientras el sarao lo más florido de la nobleza, entre una nube de damas ataviadas con ricas vestiduras y caras joyas.

Eran hermosas y numerosas las mujeres que allí se encontraban, aunque de entre todas ellas destacaba por su belleza sin par una mujer que había sido aclamada reina de la hermosura y se había ganado el corazón de la mayoría de los caballeros de su época.


Muchos eran los pretendientes de doña Inés de Tordesillas, que así se llamaba la dama, a pesar de su orgullo y vanidad. Unos, animados por una falsa sonrisa que habían visto florecer en sus labios; otros, que habían creído cruzar una ardiente mirada con la hermosa joven, no cesaban en sus intentos por hacerse con los favores de doña Inés. 

Pero entre todos ellos había dos que destacaban por su tesón e insistencia, y ellos parecían ser los más cercanos al corazón de la dama. Los dos caballeros en cuestión se llamaban Alonso de Carrillo y Lope de Sandoval.

Ambos eran toledanos, y se habían criado juntos en las armas. Y el mismo día, al conocer ambos a doña Inés, se enamoraron de ella sin poder ocultar, tal vez de forma no intencionada, lo que sentían por ella. No desperdiciaban los galanes las oportunidades que se presentaban de rivalizar entre sí para destacar ante la bella. Aquella noche no podía ser una excepción, comenzando los dos caballeros una batalla de ingeniosas y románticas frases.

Todos los testigos reían y animaban las entonadas palabras que cada vez se iban haciendo más duras e hirientes hacia el rival, mientras la joven orgullosa aprobaba con una sonrisa aquel reto dialéctico.

Las frases eran cada vez más corteses en su contenido, pero la pronunciación y el tono eran cada vez más duros y desafiantes, mientras la cólera comenzaba a asomar en el rostro de los rivales.

La situación se estaba tornando insostenible, y la dama, que así lo comprendió, se levantó dispuesta a abandonar el escenario del desaguisado. Pero un nuevo incidente vino entonces a crear una situación aún más tensa. 

Doña Inés, al levantarse, había dejado caer al suelo, nunca sabremos si de forma intencionada o por descuido, unos de sus guantes. Todos sus acompañantes se inclinaron con presteza al suelo cuando lo vieron, disputándose el honor de escuchar unas palabras de gratitud en honor a su galantería.

Los labios de doña Inés esbozaron una vanidosa sonrisa al notar la precipitación con que todos hicieron el gesto de inclinarse. Después hizo un saludo general a los galanes que tanto se empeñaban en servirla, y con la mirada alta tendió la mano en la dirección en que se encontraban Lope y Alonso, los que parecían haber llegado primero al sitio en que cayera. Más aquí surgió el problema.

 En efecto los dos habían visto caer cerca el guante, los dos se habían inclinado con igual presteza y, al incorporarse, cada cual lo tenía agarrado por un extremo. La dama dejó escapar un involuntario grito al verlos en actitud desafiante, negándose a ceder e privilegio al rival. El grito de la orgullosa quedó ahogado por el murmullo de los espectadores.

Sin embargo Lope y Alonso permanecían inalterables, diciéndose con la enfrentada mirada lo que los labios no pronunciaban. La tensión crecía y la gente se agrupaba en torno a los protagonistas. La catástrofe parecía inevitable. Los jóvenes intercambiaban ya algunas palabras agarrando las empuñaduras de sus espadas. Pero entonces, en ese momento, apareció en rey entre el público.

Su rostro permanecía sereno, sin mostrar enfado o indignación, y con sólo tender una mirada a su alrededor comprendió lo que estaba ocurriendo. Se acercó a los dos caballeros, tomó el guante de sus manos que se abrieron sin dificultad, y volviéndose a doña Inés le dio el guante diciendo:

–Tened cuidado, señora, de que no se vuelva a caer, pues la próxima vez tal vez os lo devuelvan manchado en sangre.

La dama, al oír estas palabras, se desvaneció en brazos de los que la rodeaban, no acertaremos a decir si por la emoción o por salir airosa de la situación.

Alonso y Lope, sin embargo, aún permanecían clavándose una mirada intensa, como si esa mirada encerrara un duelo a muerte, que equivalía a un guante arrojado al rostro, a un desafío a muerte…

Al llegar el fin de fiesta los reyes se retiraron a su cámara y finalizó el alboroto. Entonces comenzó por las calles toledanas un largo desfile de nobles que se retiraban a sus alojamientos y de curiosos que se acercaban a ver la extraña comitiva.

 Poco a poco se fue haciendo el silencio, roto únicamente por los pasos de un caballero que apareció en lo alto de la escalinata del Alcázar. Echó un vistazo a su alrededor como buscando a alguien con quien hubiera quedado, y descendió calle abajo hasta Zocodover.

Allí volvió a mirar a su alrededor, pero no vio a nadie. Había luna nueva y no se observaba ninguna estrella en el cielo, por lo que la noche era extremadamente oscura y no se podía distinguir a distancia. Llevaba poco tiempo cuando otro caballero se unió a él.

El procedente del Alcázar era Alonso de Carrillo, quien por su puesto cercano al rey se había visto obligado a acompañarle a su cámara. El que llegó después era Lope de Sandoval. Una vez juntos comenzaron a intercambiar palabras susurrantes:

–Suponía que me estarías esperando –dijo uno-.

–Esperaba que así lo hicieras –contestó el otro-.

–¿Y a dónde iremos?.

–Cualquier lugar solitario con un poco de luz que nos permita luchar será bueno.

Finalizado este escueto diálogo los dos rivales se adentraron por las calles toledanas buscando un lugar adecuado para solventar sus diferencias. Largo rato estuvieron recorriendo callejones, cobertizos y plazuelas sin encontrar un lugar digno para sus intenciones, pues la escasez de luz lo imposibilitaba.

 Pero continuaban con empeño buscando un lugar, pues ambos deseaban batirse y deberían hacerlo aquella misma noche, pues Alonso partiría con el rey al amanecer.

Prosiguieron atravesando plazas y calles hasta que por fin divisaron a los lejos una tenue luz que formaba una dudosa claridad.

Se trataba de la luz del farolillo que alumbraba al Cristo conocido como el “de la Calavera”, que en aquella época iluminaba a la imagen.

Ambos dejaron escapar una exclamación de satisfacción al verla, y se apresuraron a llegar a su lado.

El retablo estaba presidido por un Crucificado, a cuyos pies reposaba una calavera sin que se sepa el motivo concreto. Un pequeño farolillo de hojalata, alrededor del cual habían crecido enredadas ramas de hiedra, facilitaba al conjunto una débil luminosidad.

Los caballeros saludaron respetuosamente a la imagen susurrando una oración, se familiarizaron con el terreno y echaron sus mantos al suelo. Luego se prepararon para el combate y cruzaron los estoques haciéndose una señal con la mirada, dando de esta forma el combate por empezado. 

Pero nada más rozarse sus espadas, y antes de que ninguno hubiera iniciado el ataque, el farolillo se apagó y la calle quedó inmersa en la más profunda oscuridad. Los dos combatientes dieron un paso atrás al verse rodeados de las inesperadas tinieblas, y bajaron sus aceros. Al poco la luz volvió a cobrar vida.





–Sin duda habrá sido algún golpe de aire que ha abatido la llama –exclamó Alonso que se puso en guardia previniendo a Lope, que parecía preocupado-.

Éste se adelantó para recuperar el terreno perdido, estiró su brazo y los aceros volvieron a tocarse. Pero la luz se apagó de nuevo, permaneciendo así hasta que se separaron los aceros.

–¿No te parece esto muy extraño? –preguntó Lope mirando al farolillo, que ya se había encendido por sí mismo y esparcía un resplandor trémulo-. Aparentemente no existe ninguna corriente de aire que explique la extinción de la llama.

–¿Dónde está el misterio? –respondió Alonso-. Posiblemente la beata encargada del retablo sisa a los fieles y no compra aceite suficiente, por lo que la llama está en las últimas y por esto se apaga.

Y dichas estas palabras el impulsivo joven volvió a colocarse en actitud de defensa, imitándole su adversario al instante. Pero esta vez no sólo volvió a envolverlos la oscuridad más intensa, sino que a la vez se escuchó un misterioso y aterrador lamento.

Qué dijo aquella voz no lo supieron, pero al oírla ambos caballeros se sintieron aterrorizados. Las espadas cayeron de sus manos, el cabello se les erizó y un escalofrío recorrió sus cuerpos.

La luz apagada con anterioridad se encendió, acabando con las tinieblas.

–¡Ah! –dijo Lope al ver al que era su mejor amigo y ahora adversario pálido e inmóvil como él-. Dios no desea este combate porque es una lucha innecesaria y estúpida, porque una disputa entre nosotros ofendería al Cielo, ante el que hemos jurado mil veces amistad eterna.

Y se arrojó en los brazos de Alonso que le estrechó con fuerza y efusión indecibles, pasando así unos instantes entre palabras de reconciliación. Alonso, con la voz aún temblorosa por la escena anterior, le dijo a su amigo:

–Lope, los dos amamos a doña Inés. Ignoro si tú tanto como yo. Ya que parece totalmente imposible un duelo entre nosotros dejemos que sea ella quien decida nuestra desdicha o felicidad. Ambos respetaremos su decisión, y el que no resulte elegido partirá mañana con el rey buscando consuelo en la agitación de la guerra.

–Me parece una excelente idea, amigo mío. Así lo haremos –contestó Lope-.

Y el uno abrazado al otro emprendieron el camino que conducía a la plaza donde se situaba el palacio en el que moraba doña Inés de Tordesillas.

Empujados por la esperanza llegaron a las cercanías del edificio, pero cuando se acercaron un fuerte ruido captó su atención. Se ocultaron tras una esquina y vieron con asombro cómo se abría el balcón de su amada y un hombre se descolgaba de él ayudado por una cuerda. Doña Inés se asomó e intercambió algunas frases amorosas de despedida con su misterioso amante.


La primera reacción de Lope y Alonso fue llevar la mano a la empuñadura de su espada, pero detenidos al unísono se miraron entre sí, y se hubieron de encontrar con una cara de asombro tan cómica que no pudieron contener una carcajada que resonó en toda la plaza.

Doña Inés desapareció en el balcón al oírla, cerrando las puertas con violencia y quedando todo en silencio.

A la mañana siguiente la reina veía desfilar ante sí el ejército que marchaba a la guerra de moros. Junto a la soberana estaban las damas más importantes de Toledo, entre las que estaba doña Inés de Tordesillas, que era el centro de atención. Lo extraño era que los caballeros presentes, en lugar de mirarla como siempre, acompañaban sus miradas con sonrisas burlonas.

Ello la inquietaba, sobre todo por las ruidosas carcajadas que había oído la noche anterior mientras se despedía de su amante.

Cuando vio pasar ante el estrado a Lope y Alonso juntos, envueltos en sus brillante armaduras y unidos los pendones de sus casas, y al ver la significativa sonrisa que le dirigieron los dos antiguos rivales al saludar a la reina, lo comprendió todo, y el carmín de la vergüenza enrojeció su rostro mientras por sus mejillas rodaba una lágrima de despecho.


Sobre relato de Gustavo Adolfo Bécquer

12 noviembre, 2019 


sábado, 1 de agosto de 2020

Leyenda de La Ajorca de Oro, de Bécker

Columberos: Adaptación Literaria - La Ajorca de OroElla era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo; hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que soñamos en los ángeles, que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.

Él la amaba; la amaba con ese amor que no conoce freno ni límites; la amaba con ese amor en que se busca un goce y sólo se encuentran martirios; amor que se asemeja a la felicidad, y que, no obstante, parece infundir el cielo para la expiación de una culpa.

Ella era caprichosa, caprichosa: y extravagante como todas las mujeres del mundo.

Él, supersticioso, supersticioso y valiente, como todos los hombres de su época.

Ella se llamaba María Antúnez.

Él, Pedro Alfonso de Orellana.

Los dos eran toledanos, y los dos vivían en la misma ciudad que los vio nacer.

La tradición que refiere esta maravillosa historia, acaecida hace muchos años, no dice nada más acerca de los personajes que fueron sus héroes.

Yo, en mi calidad de cronista verídico, no añadiré ni una sola palabra de mi cosecha para caracterizarlos mejor.

Él la encontró un día llorando y le preguntó:

-¿Por qué lloras?

Ella se enjugó los ojos, le miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió a llorar.

Pedro entonces, acercándose a María, le tomó una mano, apoyó el codo en el pretil árabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del río, y tornó a decirle: -¿Por qué lloras?

El Tajo se retorcía gimiendo al pie del mirador entre las rocas sobre las que se asienta la ciudad imperial. El sol trasponía los montes vecinos, la niebla de la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y sólo el monótono ruido del agua interrumpía el alto silencio.





María exclamó: -No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes: pues ni yo sabré contestarte, ni tú comprenderme. Hay deseos que se ahogan en nuestra alma de mujer, sin que los revele más que un suspiro; ideas locas que cruzan por nuestra imaginación, sin que ose formularlas el labio; fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa, que el hombre no puede ni aún concebir. Te lo ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la revelase, acaso te arrancaría una carcajada.

Cuando estas palabras expiraron, ella tornó a inclinar la frente y él a reiterar sus preguntas.

La hermosa, rompiendo al fin su obstinado silencio, dijo a su amante con voz sorda y entrecortada:

-Tú lo quieres, es una locura que te hará reír; pero no importa: te lo diré, puesto que lo deseas.

Ayer estuve en el templo. Se celebraba la fiesta de la Virgen; su imagen, colocada en el altar mayor sobre un escabel de oro, resplandecía como un ascua de fuego; las notas del órgano temblaban dilatándose de eco en eco por el ámbito de la iglesia, y en el coro los sacerdotes entonaban el Salve, Regina.

Yo rezaba, rezaba absorta en mis pensamientos religiosos, cuando maquinalmente levanté la cabeza y mi vista se dirigió al altar. 

No sé por qué mis ojos se fijaron desde luego en la imagen; digo mal, en la imagen no: se fijaron en un objeto que hasta entonces no había visto, un objeto que, sin poder explicármelo, llamaba sobre sí toda mi atención... No te rías... aquel objeto era la ajorca de oro que tiene la Madre de Dios en uno de los brazos en que descansa su divino Hijo... Yo aparté la vista y torné a rezar... ¡Imposible! 

Mis ojos se volvían involuntariamente al mismo punto. Las luces del altar, reflejándose en las mil facetas de sus diamantes, se reproducían de una manera prodigiosa. Millones de chispas de luz rojas y azules, verdes y amarillas, volteaban alrededor de las piedras como un torbellino de átomos de fuego, como una vertiginosa ronda de esos espíritus de llamas que fascinan con su brillo y su increíble inquietud...

Salí del templo, vine a casa, pero vine con aquella idea fija en la imaginación. Me acosté para dormir; no pude... Pasó la noche, eterna con aquel pensamiento... Al amanecer se cerraron mis párpados, y, ¿lo creerás?, aún en el sueño veía cruzar, perderse y tornar de nuevo una mujer, una mujer morena y hermosa, que llevaba la joya de oro y de pedrería; una mujer, sí, porque ya no era la Virgen que yo adoro y ante quien me humillo; era una mujer, otra mujer como yo, que me miraba y se reía mofándose de mí. -¿La ves? -parecía decirme, mostrándome la joya-.

 ¡Cómo brilla! 

Parece un círculo de estrellas arrancadas del cielo de una noche de verano. ¿La ves? Pues no es tuya, no lo será nunca, nunca... Tendrás acaso otras mejores, más ricas, si es posible; pero ésta, ésta, que resplandece de un modo tan fantástico, tan fascinador... nunca... nunca... Desperté; pero con la misma idea fija aquí, entonces como ahora semejante a un clavo ardiendo, diabólica, incontrastable, inspirada sin duda por el mismo Satanás... ¿Y qué?... Callas, callas y doblas la frente... ¿No te hace reír mi locura?

Pedro, con un movimiento convulsivo, oprimió el puño de su espada, levantó la cabeza, que en efecto había inclinado, y dijo con voz sorda:

-¿Qué Virgen tiene esa presea?

-¡La del Sagrario! -murmuró María.

-¡La del Sagrario! -repitió el joven con acento de terror-: ¡la del Sagrario de la Catedral!... Y en sus facciones se retrató un instante el estado de su alma, espantada en una idea.

¡Ah! ¿por qué no la posee otra Virgen? -prosiguió con acento enérgico y apasionado-; ¿por qué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona o el diablo entre sus garras? Yo se la arrancaría para ti, aunque me costase la vida o la condenación. Pero a la Virgen del Sagrario, a nuestra Santa Patrona, yo... yo que he nacido en Toledo, ¡imposible, imposible!

-¡Nunca! -murmuró María con voz casi imperceptible-; ¡nunca!

Y siguió llorando.

Pedro fijó una mirada estúpida en la corriente del río. En la corriente, que pasaba y pasaba sin cesar ante sus extraviados ojos, quebrándose al pie del mirador entre las rocas sobre las que se asienta la ciudad imperial.

¡La catedral de Toledo! Figuraos un bosque de gigantes palmeras de granito que al entrelazar sus ramas forman una bóveda colosal y magnífica, bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha prestado el genio, toda una creación de seres imaginarios y reales.

Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan y confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las ojivas; donde lucha y se pierde con la oscuridad del santuario el fulgor de las lámparas.

Figuraos un mundo de piedra, inmenso como el espíritu de nuestra religión, sombrío como sus tradiciones, enigmático como sus parábolas, y todavía no tendréis una idea remota de ese eterno monumento del entusiasmo y la fe de nuestros mayores, sobre el que los siglos han derramado a porfía el tesoro de sus creencias, de su inspiración y de sus artes.

En su seno viven el silencio, la majestad, la poesía del misticismo, y un santo horror que defiende sus umbrales contra los pensamientos mundanos y las mezquinas pasiones de la tierra.

La consunción material se alivia respirando el aire puro de las montañas, el ateísmo debe curarse respirando su atmósfera de fe.

Pero si grande, si imponente se presenta la catedral a nuestros ojos a cualquiera hora que se penetra en su recinto misterioso y sagrado, nunca produce una impresión tan profunda como en los días en que despliega todas las galas de su pompa religiosa, en que sus tabernáculos se cubren de oro y pedrería; sus gradas de alfombra y sus pilares de tapices.

Entonces, cuando arden despidiendo un torrente de luz sus mil lámparas de plata; cuando flota en el aire una nube de incienso, y las voces del coro y la armonía de los órganos y las campanas de la torre estremecen el edificio desde sus cimientos más profundos hasta las más altas agujas que lo coronan, entonces es cuando se comprende, al sentirla, la tremenda majestad de Dios que vive en él, y lo anima con su soplo y lo llena con el reflejo de su omnipotencia.

El mismo día en que tuvo lugar la escena que acabamos de referir, se celebraba en la catedral de Toledo el último de la magnífica octava de la Virgen.

La fiesta religiosa había traído a ella una multitud inmensa de fieles; pero ya ésta se había dispersado en todas direcciones, ya se habían apagado las luces de las capillas y del altar mayor, y las colosales puertas del templo habían rechinado sobre sus goznes para cerrarse detrás del último toledano, cuando de entre las sombras, y pálido, tan pálido como la estatua de la tumba en que se apoyó un instante mientras dominaba su emoción, se adelantó un hombre que vino deslizándose con el mayor sigilo hasta la verja del crucero. Allí la claridad de una lámpara permitía distinguir sus facciones.

Era Pedro.

¿Qué había pasado entre los dos amantes para que se arrestara al fin a poner por obra una idea que sólo el concebirla había erizado sus cabellos de horror? Nunca pudo saberse. Pero él estaba allí, y estaba allí para llevar a cabo su criminal propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus rodillas, en el sudor que corría en anchas gotas por su frente, llevaba escrito su pensamiento.

La catedral estaba sola, completamente sola, y sumergida en un silencio profundo.

No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos rumores confusos: chasquidos de madera tal vez, o murmullos del viento, o ¿quién sabe?, acaso ilusión de la fantasía, que oye y ve y palpa en su exaltación lo que no existe; pero la verdad era que ya cerca, ya lejos, ora a sus espaldas, ora a su lado mismo, sonaban como sollozos que se comprimen, como roce de telas que se arrastran, como rumor de pasos que van y vienen sin cesar.

Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino; llegó a la verja y subió la primera grada de la capilla mayor. Alrededor de esta capilla están las tumbas de los reyes, cuyas imágenes de piedra, con la mano en la empuñadura de la espada, parecen velar noche y día por el santuario, a cuya sombra descansan todos por una eternidad.

-¡Adelante! -murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parecía que sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó los ojos, y sus cabellos se erizaron de horror: el suelo de la capilla lo formaban anchas y oscuras losas sepulcrales.




Por un momento creyó que una mano fría y descarnada le sujetaba en aquel punto con una fuerza invencible. Las moribundas lámparas que brillaban en el fondo de las naves como estrellas perdidas entre las sombras, oscilaron a su vista, y oscilaron las estatuas de los sepulcros y las imágenes del altar, y osciló el templo todo con sus arcadas de granito y sus machones de sillería.

¡Adelante! -volvió a exclamar Pedro como fuera de sí, y se acercó al ara, y trepando por ella, subió hasta el escabel de la imagen. Todo alrededor suyo se revestía de formas quiméricas y horribles; todo era tinieblas y luz dudosa, más imponente aún que la oscuridad. Sólo la Reina de los cielos, suavemente iluminada por una lámpara de oro, parecía sonreír tranquila, bondadosa y serena en medio de tanto horror.

Sin embargo, aquella sonrisa muda e inmóvil que le tranquilizara un instante concluyó por infundirle temor; un temor más extraño, más profundo que el que hasta entonces había sentido.

Tornó empero a dominarse, cerró los ojos para no verla, extendió la mano con un movimiento convulsivo y le arrancó la ajorca de oro, piadosa ofrenda de un santo arzobispo; la ajorca de oro cuyo valor equivalía a una fortuna.

Ya la presea estaba en su poder; sus dedos crispados la oprimían con una fuerza sobrenatural; sólo restaba huir, huir con ella; pero para esto era preciso abrir los ojos, y Pedro tenía miedo de ver, de ver la imagen, de ver los reyes de las sepulturas, los demonios de las cornisas, los endriagos de los capiteles, las fajas de sombras y los rayos de luz que, semejantes a blancos y gigantescos fantasmas, se movían lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores temerosos y extraños.

Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se escapó de sus labios.

La catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas con luengos y no vistos ropajes, habían descendido de sus huecos y ocupaban todo el ámbito de la iglesia, y le miraban con sus ojos sin pupila.

Santos, monjas, ángeles, demonios, guerreros, damas, pajes, cenobitas y villanos se rodeaban y confundían en las naves y en el altar. A sus pies oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos sobre sus tumbas, los arzobispos de mármol que él había visto otras veces inmóviles sobre sus lechos mortuorios, mientras que arrastrándose por las losas, trepando por los machones, acurrucados en los doseles, suspendidos de las bóvedas, pululaban, como los gusanos de un inmenso cadáver, todo un mundo de reptiles y alimañas de granito, quiméricos, deformes, horrorosos.

Ya no pudo resistir más. Las sienes le latieron con una violencia espantosa; una nube de sangre oscureció sus pupilas; arrojó un segundo grito, un grito desgarrador y sobrehumano, y cayó desvanecido sobre el ara.

Cuando al otro día los dependientes de la iglesia le encontraron al pie del altar, tenía aún la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos aproximarse, exclamó con una estridente carcajada:

-¡Suya, suya!

El infeliz estaba loco.



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