jueves, 9 de mayo de 2019

En Toledo, Calle y Patio lo mismo son


Resultado de imagen de En Toledo, Calle y Patio lo mismo sonYa saben nuestros lectores habituales que este blog es una ventana hacia el interior oculto de la ciudad histórica de Toledo. Un vistazo indiscreto, rápido y fugaz, acorde al dinamismo de las redes sociales, a la parte más oculta y desconocida del entramado edificado de la ciudad.



 Hoy abrimos otra nueva ventana, durante unos breves segundos, para asomar ojo y objetivo fotográfico a un pasillo interior entre casas.

Pasillo que era calle y ahora es patio, espacio “robado” a la ciudad. Un adarve o callejón pasante, paralelo a la Calle Sinagoga.


Acanaladura larga y honda, brecha por donde asoman hacia arriba modernas chimeneas a modo de esnórquel, y hacia abajo se hunden, de moderno pvc o viejo latón, bajantes de agua pluvial o residual buscando la vieja atarjea que, todavía oculta, corre en escondida servidumbre hacia Dios sabe dónde.

Resultado de imagen de En Toledo, Calle y Patio lo mismo son

Antiguo callejón fosilizado entre medianerías de edificios de la Calle Sinagoga, Calle Hombre de Palo y Travesía de la Sal. Fotografía: Jose María Gutiérrez Arias. Sección Vivienda. Consorcio de la Ciudad de Toledo. Año 2019.

A lo lejos veo, sobre los tejados, la punta encamonada del Ochavo de la Catedral. Al fondo, abajo, se ve como se escurre la alfombra de tejas bajo lo que parece un viejo cobertizo.

 He podido pisar, antes de subir a mirar por la ventana, esa calle medieval, allí están los peldaños de piedra bajo el umbral de las que antes eran puertas de calle, acá está el sobado pavimento mil veces pisado, ahora tapado por un polvoriento pasado.

Aún, en este desfiladero entre fachadas, me parece percibir el eco de alguien que camina detrás de mí, y al darme la vuelta, sus pasos vuelve mi espalda a sentir. Sin duda algo más que el sonido y el tiempo ha quedado encerrado aquí …


miércoles, 8 de mayo de 2019

Reminiscencia del Beltane Celta en los Mayos

Resultado de imagen de Beltane céltico
Ayer, por la proximidad a nuestro lugar de residencia, volvimos a acercarnos a Casarrubuelos, en la comarca de La Sagra -en su parte conocida como La Sagra madrileña (ya sabemos que la división provincial decimonónica partió muchas comarcas)- para disfrutar de la celebración de su Mayo, que se da en otros muchos pueblos castellanos, y de otros lugares peninsulares.

Como hemos explicado en más de una ocasión, incluido el pasado año al hablar del festejo de esta localidad, estamos ante una ancestral fiesta de culto al árbol y una reminiscencia, a buen seguro, de lo que fue el antiguo Beltane céltico, pues en estas fechas, de mitad de primavera (el verano pastoral para aquellas sociedades ganaderas), se daban dichas antiguas celebraciones, en muchos casos cristianizadas en forma de cruces de mayo -algo que no ocurre en el presente caso-, a caballo entre el equinoccio primaveral y el solsticio estival.

Hace escasas semanas, un vecino de este pueblo, me contó que el álamo, de siempre, se talaba y se traía de una alameda no demasiado lejana al pueblo, en las proximidades del Arroyo de las Cárcavas, ya cercano a su unión con el Arroyo Guatén, el más importante arroyo.



Este último, dentro del territorio sagreño, que vertebra la comarca de norte a sur a modo de espinazo y cuyas aguas vienen a unirse, tierras abajo, con el más largo río ibérico en las proximidades de Villaseca de la Sagra. 

Nosotros eramos conocedores, y así lo hicimos saber en la ficha del pasado año, para cuyo "mayo" -el de 2018- realizamos un humilde reportaje videográfico, que en la actualidad era traído, por encargo, de tierras lejanas, pero que antes se talaba en los alrededores, aunque no conocíamos el lugar exacto, hasta la explicación de este amable señor. 

"El mayo" sobresaliendo al fondo, entre el caserío y los tejados de Casarrubuelos - Foto: Iberia Mágica - 01/05/2019

La tradición, por suerte, se mantiene muy viva en el pueblo, con la plaza muy animada, en lo que supone un claro ejercicio de unión vecinal y de esfuerzo conjunto, participando principalmente los mozos de la localidad durante varias horas hasta que "el mayo" es izado en vertical, en el punto, de la plaza principal, donde se mantendrá durante todo el presente mes.

            

martes, 7 de mayo de 2019

Historia del Ferrocarril de Alcazar de San Juan a Quintanar de la Orden (y II)

Para ello, el secretario de la Comisión Francisco Rodríguez Hermúa convocó Junta para el 30 de septiembre de 1888. Sorpresivamente, ésta sería desconvocada por Pedro García en calidad de “presidente accidental” de la misma, emplazando en su lugar a los acreedores para que en el plazo de 30 días presentasen los títulos justificativos de los créditos, para su reconocimiento y graduación en la presidencia accidental de la Comisión situada en el Paseo de Las Acacias nº 2, domicilio distinto del habitual [32].

Contra la convocatoria y celebración de esta Junta, el presidente titular José Nacarino Bravo recurrió alegando que, en realidad, la Comisión solo había citado a los acreedores para que justificasen sus créditos, con objeto de convocar posteriormente la oportuna Junta en la que se daría cuenta del cumplimiento de las obligaciones de la Real orden.


Las Secciones de la Administración emitirían dictamen por Real orden de 15 de febrero de 1889 en la que no se consideraba válida la Junta de acreedores celebrada el 30 de septiembre, instando al presidente a reiniciar el proceso, es decir convocar nueva Junta general para el reconocimiento y graduación de los créditos y una vez efectuado sería cuando la Junta general podría tomar acuerdos otorgando facultades concretas y explícitas a la Comisión liquidadora.

El 16 de mayo de 1890 Nacarino Bravo remitió el acta de la Junta celebrada el 12 de mayo, que sería impugnada por varios acreedores, entre ellos Rodríguez Hermúa (quien de hecho la había abandonado en señal de protesta) alegando que en dicha Junta se reconocieron como acreedores a los accionistas de la extinta Compañía, cuyos derechos como acreedores fueron anulados por la Junta general celebrada el día 29 de diciembre de 1872, acuerdo ratificado en la celebrada el 30 de diciembre de 1875.

Para poner fin al conflicto administrativo planteado, y tras los sucesivos dictámenes de las Secciones, el Ministerio de Fomento decretó por Real orden de 27 de mayo de 1890 [33] la nulidad de la Junta y de todos los acuerdos adoptados, y a fin de determinar exactamente la personalidad de aquel o aquellos a quienes correspondía de derecho el título de concesionario, emplazaba a los acreedores a sustanciarla ante los tribunales ordinarios para que éstos establecieran el reconocimiento y graduación del crédito, y con el fallo emitido, acreditar ante la Administración haber cumplido los requisitos y formalidades enunciados, resolviendo en los siguientes términos:

1º. No considerar válida la Junta de acreedores celebrada el 12 de mayo de 1890 bajo la presidencia de José Nacarino.

2º. Que los interesados acudiesen si lo estimasen oportuno a los tribunales ordinarios para que hiciesen la graduación de créditos y designación de los acreedores que debían tener el carácter de concesionarios.

3º. Que una vez emitido el fallo, los concesionarios nombrasen a las personas que les representasen ante la Administración, haciendo constar con toda claridad, las atribuciones que se les conferían.

4º. Conceder a los acreedores un nuevo plazo de doce meses para efectuar cuanto se prevenía en las dos disposiciones anteriores, prorrogables solo en si los Tribunales no se hubieran pronunciado.

Contra esta Real orden, Nacarino Bravo como presidente de la Comisión liquidadora interpuso recurso contencioso administrativo que fue incoado por el Tribunal con fecha 15 de noviembre de 1890 [34].

El fallecimiento de aquel en enero de 1893 [35], “alma máter” de la Comisión liquidadora, llevaría, tras una providencia de la Sala dictada el 14 de junio de 1893 [36] requiriendo a quien ejerciera la representación de la Comisión liquidadora, al archivo del recurso dando por desestimada la demanda.

Mientras se sustanciaba este pleito, a instancia del Vocal de la Comisión Ángel Herráiz y de Pedro García de la Torre, el Ministerio de Fomento decretó por Real orden de 22 de febrero de 1894 que quedase sin efecto la transferencia solicitada por la Comisión liquidadora y se anulase la concesión otorgada por la Real orden de de mayo de 1886, declarando viva y en todo su vigor la Ley especial de 25 de junio de 1880 (la Ley que había autorizado al Gobierno a otorgar la concesión a los acreedores de la Compañía).

Una vez firme la Real orden de 27 de mayo de 1890 por el fallo del Tribunal de lo Contencioso Administrativo, y para cumplir la disposición segunda de aquella (reconocimiento ante los Tribunales), Villamar acudió a los Tribunales solicitando la declaración de acreedor de la Compañía. Admitida la demanda, el Juez emplazaría al resto de los acreedores a presentar alegaciones [37]. 


No presentándose alguna, por sentencia del Juzgado de primera instancia del distrito de la Audiencia de Madrid de fecha 28 de diciembre de 1895, Villamar es declarado como único acreedor que había justificado este carácter, reconociéndole a efectos de la Real orden de 27 de mayo de 1890 como acreedor de la Compañía, por un crédito de 166.549,69 pesetas.

Transcurridos doce meses desde que se dictó la sentencia sin que se presentara recurso alguno, adquiere carácter de firme, lo que permitiría a Villamar solicitar al Ministerio la concesión al ser el único acreedor reconocido por los Tribunales y que había cumplido las prescripciones y requisitos formales establecidos en la Real orden de 27 de mayo de 1890.

Con el dictamen emitido por las Secciones de Estado y Gracia y Justicia y Gobernación y Fomento del Consejo de Estado, la Dirección general de Obras públicas otorgaría finalmente a José María Villamar y Rodríguez la concesión del Ferrocarril de Alcázar de San Juan a Quintanar por Real orden de 20 de diciembre de 1897 [38], exigiéndole un depósito como garantía de 77.503 pesetas.

El 4 de enero de 1898 Villamar solicitó la exención de la fianza que sería desestimada cuatro días después (el 8 de enero), instándole por Real orden de 3 de febrero a que en el plazo de 5 días justificase haber constituido el depósito. Transcurrido dicho plazo sin haber hecho efectivo el pago, la Dirección general de Obras públicas declararía sin efecto la concesión otorgada, por Real orden de 21 de febrero [39].

Puesto que la Ley especial de 25 de junio de 1880 autorizaba a otorgar la concesión a los acreedores y Villamar resultó ser el único reconocido por los Tribunales, en dicha orden se dispuso también que no se anunciase nueva subasta, agotando de esta manera cualquier posibilidad de reactivar el proceso.

El carpetazo definitivo al Ferrocarril de Alcázar de San Juan a Quintanar de la Orden se daría por Ley de 25 de diciembre de 1912 [40] disponiendo, en artículo único, la segregación de este ferrocarril del plan general anexo a la Ley de Ferrocarriles de 23 de noviembre de 1877.




lunes, 6 de mayo de 2019

Historia del Ferrocarril de Alcazar de San Juan a Quintanar de la Orden (I)

Dice un dicho popular que el tren pasa una vez en la vida o te subes o lo pierdes y los empresarios y autoridades de aquel año de 1865 debieron pensar que el tren que Quintanar de la Orden debería haber cogido paso y que ya llegaría otro.

 Más un siglo después no solo el tren no volvió a pasar y con él la posibilidad de progreso y crecimiento para la localidad.

Con el fin de que los más jóvenes o aquellos que no sepan que en Quintanar de la Orden tuvo la posibilidad de haber estado el mapa de las líneas de ferrocarril Nacional este documento es de Carlos Torres explica con todo detalle lo ocurrido con el tren Alcázar de San Juan-Quintanar de la Orden.
Historia del Ferrocarril

Carlos Torres

Sinopsis

La concesión de este Ferrocarril fue otorgada a Carlos Vázquez Cervela por Real orden de 7 de junio de 1864, como primer paso de un proyecto de mayor envergadura que pasando por Villamayor de Santiago, Abia de la Obispalía y a través de la Sierra de Cabrejas continuara hasta Cuenca, teniendo incluso la pretensión de llegar a Zaragoza.


Tras un pomposo acto de inauguración de las obras celebrado en Alcázar de San Juan el 6 de julio de 1864, su construcción se fue dilatando en el tiempo en una rocambolesca sucesión de cambios de titularidad en la concesión, prórrogas de terminación, pleitos y reclamaciones de los acreedores contra la “Compañía del Ferrocarril de Alcázar de San Juan a Quintanar de la Orden”, que condujeron a la caducidad definitiva de la concesión por Real orden de 7 de enero de 1878, cuando prácticamente se encontraba terminada la plataforma de la vía.

Mientras se dirimían las diferencias en los tribunales, se procedió a subastar en tres ocasiones la concesión sin que se presentase oferta alguna, renunciando el Estado a hacerse cargo de su construcción.

Con la sentencia dictada por los Tribunales, finalmente el Gobierno reconoció a José María Villamar y Rodríguez como único acreedor debidamente reconocido contra la Compañía del ferrocarril, otorgándole la concesión por Real orden de 20 de diciembre de 1897.

Sin embargo, al no hacer efectivo el depósito de la fianza, por Real orden de 21 de febrero de 1898 se dejó sin efecto la concesión, imposibilitando una nueva subasta.

El carpetazo final al proyecto fue dado por la Ley de 25 de diciembre de 1912, segregando este Ferrocarril del plan general anexo a la Ley de Ferrocarriles de 23 de noviembre de 1877.

Heredero de este Ferrocarril es el Ferrocarril Villacañas-Prado a Quintanar de la Orden, concedido por Real orden de 24 de junio de 1907 a Cipriano Tejero Sánchez al amparo de la Ley de Ferrocarriles Secundarios de 30 de julio de 1904, que fue inaugurado en vía estrecha el 1 de enero de 1909 y transformado a ancho ibérico el 8 de abril de 1929.

El Ferrocarril de Alcázar de San Juan a Quintanar de la Orden formaba parte de un proyecto más ambicioso que continuaría hasta Cuenca y con pretensiones de llegar a Zaragoza. El que nos ocupa quedó abandonado, su prolongación a Cuenca con el estudio efectuado y aprobado y su culminación por tierras aragonesas no pasó de la fase de proyecto.

Las primeras referencias para la construcción de un ferrocarril en Quintanar de la Orden las encontramos en dos reales órdenes por las que el Gobierno autorizó la realización de sendos estudios. 

La primera data del 21 de junio de 1856 y hace referencia a la autorización concedida a Pedro Nolasco Mota para realizar un estudio de un ferrocarril que desde Quintanar de la Orden enlazara con el del Mediterráneo cuyas obras se estaban ejecutando entre Aranjuez y Almansa [1]. La segunda, de fecha 11 de abril de 1862, se refiere a la autorización otorgada a Lorenzo Guillelmi para realizar su continuación a Cuenca [2].

No sabemos si estos estudios guardaban alguna relación con el efectuado por la empresa Vázquez Cervela y Compañía para construir un ferrocarril de Cuenca a Alcázar de San Juan que, pasando por Quintanar de la Orden, fusionaba los dos anteriores.

Lo cierto es que Carlos Vázquez Cervela convocó una reunión en Madrid el 18 de diciembre de 1863 para presentar el proyecto de construcción de un ferrocarril de Cuenca a Alcázar de San Juan, que ya había sido aprobado por el Gobierno el 16 de octubre. A esta primera junta preparatoria, que pretendía sumar apoyos económicos y financieros para llevar a cabo este proyecto, asistieron numerosos senadores, diputados e inversores [3].

Esta vía férrea, iría destinada a dar salida a los ricos productos mineros, agrícolas, e industriales de la provincia de Cuenca, y gran parte de la de Toledo que estaban estancados por la falta de comunicaciones. Su conexión en Alcázar de San Juan con la línea de Madrid a Alicante, en servicio desde 1858, supondría una gran ventaja comercial.

La longitud total del ferrocarril fue estimada en 150 km; el presupuesto de 45 a 48 millones de reales; el importe de su movimiento en 11 millones y sus rendimientos en un 7,44 por 100 después de satisfecho el 6 por ciento del interés del capital.

El proyecto partía de Cuenca en el paraje denominado La Ventilla, junto al río Júcar. Por la vega del río, tomando la cañada de Colliguilla, se dirigía a las localidades de Nohales y Chillarón hasta las estribaciones de la sierra de Cabrejas que atravesaría por un túnel de 400 m. Posteriormente se encaminaría hacia Abia de la Obispalía, Villamayor de Santiago y Quintanar de la Orden, hasta empalmar en Alcázar de San Juan con la línea férrea del Mediterráneo [4].

La Ley de 23 de marzo de 1864 autorizó al Gobierno a otorgar a Carlos Vázquez Cervela la concesión del tramo de Alcázar de San Juan a Quintanar de la Orden, de 26,360 km de longitud, a la espera de que si tenía éxito, autorizar su prolongación hasta Cuenca [5].

La concesión de la línea, presupuestada en 2.941.711 pesetas (11.767.023,71 reales), de las que el Ayuntamiento de Quintanar de la Orden aportaría 111.838 pesetas para el inicio de las obras de explanación, fue finalmente otorgada a Carlos Vázquez Cervela por Real orden de 7 de junio de 1864 [6].

Con arreglo a la vigente Ley de Ferrocarriles de 1855 [7] la concesión se dio por 99 años y sin subvención alguna del Estado, sujeta al proyecto y tarifas de los precios máximos de peaje y transporte y relación de material libre de derechos, aprobados por Real orden de 16 de octubre de 1863 y al pliego de condiciones particulares aprobados por el Gobierno para este objeto por Real orden de 26 de mayo de 1864.

La explanación y obras de fábrica serían para vía única, si las necesidades del tráfico no exigieran una segunda, fijando un plazo de tres años para su construcción.

Las obras se inauguraron con grandes fastos en un acto celebrado el 6 de julio de 1864 en Alcázar de San Juan. Para la ocasión se dispuso de un tren especial con coches de 1ª clase que partió de Madrid a las 8.00 h, llegando a Alcázar de San Juan a las 12.30 h. 

A este acto inaugural asistieron más de 250 invitados entre los que se encontraban las máximas autoridades provinciales y locales, políticos tan ilustres como Luis González Bravo y Pascual Madoz y que los periódicos de la época reseñaron en sus páginas [8].

Como era costumbre de la época en los actos de relevancia social, el concesionario hizo entrega de un donativo para distribuirlo entre los pobres de solemnidad, que ascendió a 5.000 reales [9].

La empresa parecía estar encarrilada, haciendo eco también la prensa de un contrato alcanzado para la compra de materiales entre los promotores y tres fábricas belgas: con la de Mr. Blondeau y Compañía, de Thy-le Chateau, los raíles; con la denominada de San Leonardo, de Lieja, las locomotoras y con la Compañía general de materiales, de Bruselas, los vagones, por un importe cercano a los 2.000 francos [10].

Por otra parte, las obras avanzaban a buen ritmo, de manera que la Dirección general de Obras públicas daba a conocer que a finales del tercer trimestre de 1865, habían quedado concluidos 26 kilómetros y 100 metros de la explanación. Con respecto a las obras de fábrica, detallaba que de las 9 alcantarillas, tajeas, caños y sifones, 5 estaban en construcción y 4 habían concluido [11].

El emplazamiento definitivo y la disposición general de las estaciones y edificios respectivos fueron firmados en Madrid el 6 de mayo de 1865 por el Director General del ferrocarril, Carlos Vázquez Cervela y el Ingeniero jefe, Carlos Ibáñez siendo aprobados por Real orden de 29 de mayo de 1866, siendo Director general de Obras públicas, Frutos Saavedra Meneses.

El ferrocarril empalmaba con las líneas generales de Madrid a Alicante y a Cádiz en la estación de Alcázar de San Juan (estación de bifurcación establecida en 1855), a 150 m de la aguja Madrid y terminando en Quintanar de la Orden, en la carretera a Villacañas y a 200 metros de la carretera de Madrid a Valencia. 

La longitud total era de 27 kilómetros y 700 metros, contando desde Alcázar, con pendientes máximas de 0,01 por 100 y radio mínimo de curvas de 500 metros, manteniendo un perfil longitudinal inmejorable, prácticamente horizontal y sin obras de plataforma y de fábrica relevantes.

En el kilómetro 20 se encontraba la villa de Miguel Esteban, que contaba con 500 habitantes y producciones de vinos y cereales. En el kilómetro 27, Quintanar de la Orden con 1.700 habitantes y con producciones de cereales, vinos, fábricas de aguardientes, sombreros, curtidos, cerillas y harinas, siendo además el mercado de la provincia de Cuenca y de parte de las de Toledo y Ciudad Real.

 Tanta importancia se dio al comercio que al efectuarse los estudios en 1863, se calcularon sus rendimientos en bruto en 1.640.000 reales por año.

Sin embargo, una serie de problemas económicos [12] relacionados al parecer con un embargo de un negocio que Cervela tenía en Madrid, empezaron a torcer el proyecto dando lugar a una rocambolesca sucesión de acontecimientos.

Por escritura pública de 11 de marzo de 1866 el concesionario solicitó la transferencia de la concesión del Ferrocarril a Carlos Augusto Moreau [13] que fue autorizada por Real orden de 13 de abril de 1866 [14]. No se han encontrado los motivos que movieron a ambas partes a rescindir esta escritura pública poco tiempo después, pero a instancia del certificado emitido por el Juzgado de paz del distrito de la Audiencia en Madrid, el Gobierno dejó sin efecto la transferencia por Real orden de 29 de diciembre de ese mismo año [15].

De nuevo Cervela como concesionario legal, y acuciado por el plazo de terminación de las obras (fijado en tres años), solicitó una prórroga para la terminación del ferrocarril.

La Real orden de 11 de agosto de 1867 le concede una primera prórroga hasta el 7 de junio de 1869, fecha en la que debería hallarse terminado y dispuesto para la explotación [16].


Con esta estrategia intentaba ganar tiempo con el objeto de conseguir la financiación necesaria mediante la constitución de una compañía. El 7 de agosto de 1868 tiene lugar la escritura fundacional de la Compañía que toma por nombre “Compañía del Ferro-carril de Alcázar de San Juan á Quintanar de la Orden”, con domicilio social en Madrid y cuyos estatutos son aprobados ante el notario Luis González Martínez con fecha de 11 de marzo de 1869.

La Compañía quedó constituida provisionalmente, para cuya constitución definitiva debían solicitar la preceptiva autorización del Gobierno de acuerdo a la vigente Ley de 28 de enero de 1848 [17].

La derogación de ésta por la Ley de 19 de octubre de 1869 [18] (de corte liberal y firmada por el Premio Nobel de Literatura en 1904 José Echegaray y Eizaguirre), que declaraba libre la creación de Sociedades al eliminar el intervencionismo del Estado, lleva a que el 5 de julio de 1870 ante el notario Mariano Demetrio de Ortiz y Gálvez la Compañía quede constituida definitivamente y sin más trámites [19].

El capital social se fijó en 12 millones de reales de vellón (1.200.000 escudos) dividido en 6.316 acciones de 1.900 reales (190 escudos), emitiendo en un primer momento 4.211 acciones necesarias para la constitución de la sociedad, quedando el primer consejo administrativo integrado por:

Presidente: José Nacarino Bravo.
Vocales: Francisco Mateu Arias Dávila Conde de Cumbres-Altas, Narciso Buenaventura Selva, Adolfo Abreu y Rolando y Antonio Fernández Pulido
Director General: Carlos Vázquez Cervela (Coronel retirado de Artillería).
La Vicepresidencia y una vocalía fueron reservadas como reclamo a nuevos inversores.

El artículo 2 de los Estatutos, establecía que la Compañía tendría por objeto la construcción y explotación del Ferrocarril de Alcázar de San Juan a Quintanar de la Orden y su continuación hasta Cuenca si se obtuviere la autorización del Gobierno, ante el que el concesionario Vázquez tenía presentados los estudios realizados al efecto.

Por otra parte, el artículo 8 fijaba que el concesionario renunciaba y traspasaba a la Compañía todos los derechos sobre la concesión y a cambio recibiría 2.000.000 de reales de vellón por la inversión ya efectuada a fecha 1 de enero de 1869.

La constitución de la Compañía no solventó los problemas financieros ya que no llegó a cubrir todo el capital social y unido a la crisis de crédito iniciada en 1866, abocaron a la Sociedad a solicitar con fecha de 9 de julio de 1870 una segunda prórroga por un año.

El Gobierno atendió la demanda por Real orden de 18 de noviembre de 1870 “considerando las críticas circunstancias por las que atraviesa el crédito y los esfuerzos que la empresa hace para concluir las obras, como las dificultades con que, por las mismas causas económicas, había de luchar el nuevo concesionario si se declarase la caducidad para terminar con rapidez el camino”, concediendo un año más de prórroga, a los tres anteriormente otorgados, pero con la advertencia de declarar la caducidad de la concesión si el 7 de junio de 1871 (fecha en que dicha prórroga expiraba), no se hallaba concluido el Ferrocarril [20]. En abril de 1871, las obras de la vía se encontraban casi terminadas y un estudio económico realizado para analizar la viabilidad del proyecto arrojaba las siguientes cifras [21]:

Expropiaciones

Movimiento de tierras

Obras necesarias para la terminación de las estaciones de Miguel Esteban y Quintanar

Telégrafo
Balasto
Traviesas
Asiento de vía
Casas de guarda y pasos a nivel

Total (reales de Vellón):

Material (máquinas, vagones, coches, carriles, plataformas, etc.)

Total (reales de Vellón):

10.000
35.000
50.000
50.000
360.000
320.000
154.000
160.000
1.139.000
3.000.000
3.000.000

Suma Total:

4.139.000

subvenciones de los pueblos:

Quintanar de la Orden
Miguel Esteban
Alcázar de San Juan

Total:

400.000
130.000
150.000
680.000

Quedan:

3.459.000

Créditos de los contratistas que entran en la nueva Sociedad

1.700.000

TOTAL GENERAL:

5.159.000

Producto líquido de la vía en explotación

600.000

Quizá buscando otra alternativa, con fecha de 28 de abril de 1871, Carlos Vázquez Cervela remite una nueva instancia al Ministerio de Fomento solicitando, como concesionario de la línea, la transferencia de la concesión a favor de Esteban Alfonso Lorain, que le es concedida por Real orden de 25 de mayo de 1871 [22].

La transferencia de la concesión a la Compañía, contemplada en sus Estatutos, nunca se llevó a cabo como expone dicha orden, en la que considera a la Compañía solo constructora y explotadora y, a pesar de estar próxima la caducidad de la concesión por haber agotado los 4 años máximos de prórroga (Decreto-ley de 29 de diciembre de 1866), se accedió a la petición puesto que el concesionario gozaba aún de sus derechos.

La extendida práctica dilatoria de ir solicitando prórrogas concluiría con la otorgada por Ley de 24 de julio de 1871 [23], entrando en caducidad el 7 de abril de 1872, una vez expirado el último plazo concedido de diez meses.

Ese mismo año la Compañía entra en quiebra nombrándose una Comisión liquidadora de acreedores contra la Compañía del Ferrocarril de Alcázar de San Juan a Quintanar de la Orden (en adelante “la Comisión liquidadora”) que se perderá en sucesivos pleitos y reclamaciones entre los acreedores.

A pesar de la caducidad en firme, en un intento desesperado de rentabilizar su inversión de algún modo, la Comisión liquidadora, aprueba en la Junta general celebrada el 30 de diciembre de 1875 un convenio de cesión a favor de Pedro García de la Torre, apoderado de Enrique Fernández Villaverde. Previamente la Comisión liquidadora ya había llegado a un acuerdo con Lorain (concesionario reconocido por la Administración), para que les traspasara la concesión, del que ya se había dado cuenta en la Junta celebrada el 29 de diciembre de 1872. 

Pero surge otro contratiempo; la demencia declarada en el concesionario Lorain que retrasaría la firma del convenio hasta que un Tribunal determinara la personalidad de su representación legal que recaería sobre su mujer Maria Fornieria.

Tras el fallo del Tribunal, la Comisión liquidadora solicitó el 31 de enero de 1877 la aprobación de la renuncia y transferencia de la concesión a su favor. Esta propuesta sería desestimada por Real orden de 23 de agosto de 1877 alegando que los derechos sobre la concesión habían caducado el 7 de abril de 1872, fecha en la que expiró la prórroga concedida por Ley de 24 de julio de 1871, declarando al mismo tiempo su caducidad [24].

Declarada caducada definitivamente la concesión por Real orden de 17 de enero de 1878, de acuerdo a lo establecido en los artículos 25 a 28 de la Ley de 1855 para estos casos, la Administración procedió a subastar las obras ejecutadas junto con la concesión, hasta por tres veces sin que se presentara postor alguno. 

La primera subasta sería autorizada por Real orden de 3 de septiembre de 1878 fijándose para las 13 horas del 10 de diciembre de 1878, con la tasación de 403.596,57 pesetas aprobada por Real orden de 13 de agosto de 1878.


La segunda, autorizada por la Real orden del 24 de diciembre de 1878 y fijada para las 13 horas del 24 de marzo por un importe de 269.064,38 pesetas (las dos terceras partes). La tercera y última, autorizada por Real orden de 26 de marzo de 1879 y fijada para las 13 horas de 6 de mayo de 1879 por un importe de 201.798,28 pesetas (la mitad de la tasación) [25].

Declarada desierta esta tercera subasta, solo quedaba aplicar el artículo 29 de la Ley de 1855, o sea, continuar las obras del ferrocarril por cuenta del Estado, para lo cual el Gobierno, si así lo estimaba oportuno presentaría a las Cortes el correspondiente proyecto de ley.

Pese a que estaba contemplado como ferrocarril de interés general, la poca importancia de la línea y la escasez de recursos del Tesoro, desaconsejaron esta opción. No obstante, con el fin de proporcionar una alternativa para su terminación, valorando el avanzado estado de ejecución y la inversión efectuada (tasada como se ha indicado en 403.596,57 pesetas) que llegaría a perderse si se paralizaran las obras, el Gobierno autorizó al Ministerio de Fomento por Real Decreto de 2 de abril de 1880 [26] la presentación a las Cortes de un proyecto de ley para otorgar a los acreedores contra la Compañía del Ferrocarril de Alcázar de San Juan a Quintanar de la Orden la concesión del ferrocarril.

El proyecto de ley fue leído en la sesión de las Cortes de 7 de abril [27] y aprobado por Ley de 25 de junio de 1880 [28] en los siguientes términos:

1º. La concesión se otorgaría a los acreedores contra la Compañía del Ferrocarril de Alcázar de San Juan a Quintanar de la Orden, legítimamente representados por su Comisión liquidadora o en la forma que determinasen los tribunales ordinarios.

2º. La concesión se otorgaría con arreglo al proyecto aprobado, tarifa y pliego de condiciones que sirvieron de base a las tres subastas anunciadas para su concesión después de declarada la caducidad de la primitiva.

3º. Si el Gobierno considerase preferible sustituir la concesión con la de un ferrocarril económico o de vía estrecha o con la de un tranvía, utilizando las obras ya ejecutadas, quedaría autorizado para hacerlo con sujeción a la Ley de Ferrocarriles de 1877.

La Comisión liquidadora solicitó el 7 de julio de 1880 la concesión con arreglo al artículo tercero, es decir como ferrocarril económico, instancia resuelta por Real orden de 3 de febrero de 1881 que con el dictamen del Consejo de Estado estableció dos condiciones:

1.- Siempre que los tribunales no determinaran otra forma de representación y que a fin de prevenir nuevas reclamaciones (como las presentadas por el Ayuntamiento de Quintanar y Manuel Castellanos a los cuales consideraba como acreedores), se convocara Junta General de acreedores bajo la presidencia del Gobernador de la provincia con el objeto de que éstos ratificaran las atribuciones de la Comisión liquidadora.

2.- Si se solicitara como sistema económico, la concesión no sería definitiva hasta que se aprobara el correspondiente proyecto y se aceptara el pliego de condiciones particulares que se emitiera al respecto.

Para cumplir la primera condición, se convocó Junta general de acreedores para el 1 de mayo de 1881 [29] en cuya acta se reconocerían los créditos del Ayuntamiento de Quintanar, de Ramón López de Haro y Manuel Castellanos.

Para la segunda condición, el 18 de marzo de 1886, José Nacarino Bravo como presidente de la Comisión liquidadora y Francisco Rodríguez Hermúa, como secretario, presentaron una nueva instancia, solicitando el otorgamiento de la concesión, pero esta vez con arreglo al artículo segundo de la Ley de 25 de junio de 1880, es decir en ancho normal y por tanto sujeto a las condiciones ya establecidas por las cuales salió a subasta en el año 1878.

Puesto que los tribunales todavía no se habían pronunciado al respecto, la Comisión liquidadora es reconocida como legítima concesionaria por Real orden de 5 de mayo de 1886 [30].

No acabarían aquí los conflictos, ya que las desavenencias y disputas entre los miembros de la Comisión liquidadora y los acreedores irían en aumento, surgiendo varias incidencias relativas a la nulidad de la transferencia, a la validez de las Juntas de acreedores y a sus convocatorias que harían necesaria la intervención de las Secciones de Estado y Gracia y Justicia de Gobernación y de Fomento del Consejo de Estado, cuyas resoluciones servirían de base para la Real orden de 27 de mayo de 1890, cuyas vicisitudes pasamos a relatar a continuación.

El 4 de junio de 1886 José Nacarino Bravo y Francisco Rodríguez Hermúa presidente y secretario respectivamente de la Comisión liquidadora, solicitaron la aprobación de la transferencia de la concesión a favor de Pedro García de la Torre, aportando la correspondiente escritura de venta, el acta de la Junta de acreedores celebrada el 30 de diciembre de 1875 en la cual se aprobó el convenio que facultaba a la Comisión para la venta y clasificación de los títulos y el acta de la celebrada el 1 de mayo de 1881 en la que se ratificó el nombramiento del Presidente de aquella, fijándose por Real orden de 14 de agosto de 1886 los documentos que debían aportar para poder resolver pero que sin embargo no llegarían a presentarse.

El 12 de marzo de 1887 José María Villamar y Francisco Rodríguez Hermúa presentaron nueva instancia como “presidente accidental” y secretario de la Comisión liquidadora para que se denegase la transferencia tanto por no haberse presentado en tiempo algunos documentos como por resultar lesiva para los verdaderos acreedores.

El día 15 de ese mismo mes de marzo se registró otra, promovida esta vez por Ángel Herráiz y Antonio Fernández en concepto de miembros de la misma Comisión, pidiendo la desestimación de la anterior, alegando que José María Villamar no era presidente de ningún tipo y los firmantes no estaban facultados por la Comisión liquidadora para tomar decisión alguna.

La Administración mediaría en el conflicto dictando la Real orden de 22 junio 1887 [31] por la que, para que se pudiera autorizar la transferencia, abría un plazo de un mes para la presentación de la documentación establecida por la Real orden de 14 de agosto de 1886.

Finalizado el plazo, se resolvería por Real orden de 3 de julio de 1888, que no procedía aprobar la transferencia al no haberla solicitado los acreedores reconocidos y representados en la forma que para estos casos prevenían las leyes, fijando un nuevo plazo de ocho meses para normalizar la representación de los acreedores.

http://www.mascastillalamancha.com/2018/07/13/historia-del-ferrocarril-alcazar-de-san-juan-a-quintanar-de-la-orden/

domingo, 5 de mayo de 2019

El Asentamiento de La Orden de San Juan en La Mancha


Resultado de imagen de Emblema de la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de MaltaEmblema de la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta

La Orden de San Juan y su asentamiento en La Mancha
09/01/2015 15:06

La Orden Militar de San Juan de Jerusalén tuvo un papel fundamental en el proceso de reconquista y, sobre todo, repoblación de muchos territorios de los reinos hispánicos durante la Edad Media.

Especialmente significativo fue la labor repobladora realizada en La Mancha donde creó numerosos grupos de población que se mantuvieron unidos bajo una misma administración sin cambios en lo que respecta a extensión y organización desde su constitución en la Edad Media hasta el primer tercio del siglo XIX.

A finales del siglo XI surgió en Jerusalén una cofradía cuya intención principal fue atender y proteger a los peregrinos en el último tramo de su peregrinación hacia Tierra Santa. 


Con el discurrir de los años esta cofradía se fue consolidando y haciéndose cada vez más poderosa e importante, hasta que a principios del siglo XII se conforma como Orden Militar con la función principal de dotar de una defensa armada a los cristianos peregrinos que acudían a visitar los Santos Lugares.

Los integrantes de esta Orden, como los de otras Ordenes Militares, participan de una doble condición, son a la vez monjes y soldados. Como religiosos, adoptaron la regla de San Agustín, profesando los votos típicos de obediencia, castidad y pobreza, a los cuales añaden un nuevo voto, que es el que le confiere el carácter militar. 

Resultado de imagen de priorato de San Juan en La Mancha

Por dicho voto han de luchar contra el infiel por la defensa y salvaguarda de la cristiandad, participando así, del nuevo ideal de caballero cristiano que se estaba gestando en este periodo de las Cruzadas. Además, la Orden de San Juan no olvidará los objetivos de su primitiva fundación, por lo que su primera casa será el Hospital de San Juan de Jerusalén, de ahí que sean conocidos como los caballeros sanjuanistas u hospitalarios.

 El negro hábito y una cruz blanca de ocho puntas símbolo de las ocho bienaventuranzas, serán sus distintivos.

La Orden del Hospital de San Juan, será una de las más poderosas e importantes, convirtiéndose en una Orden internacional que llegó a contar en los momentos de máximo esplendor con más de 20.000 casas o encomiendas, algunas de las cuales, como en el caso español, abarcarían enormes extensiones de territorio.

Con el devenir de los acontecimientos la casa madre de esta poderosa Orden irá cambiando su ubicación. De Jerusalén, tras la toma de ésta por Saladino, pasaría a situarse en San Juan de Arce, y de esta plaza se trasladaría hasta la isla de Chipre para después instalarse en Rodas y finalmente, en 1530, en la isla de Malta, cuya soberanía fue concedida por el emperador Carlos V a cambio del simbólico pago de un halcón. 

Debido a esta nueva ubicación la Orden Militar de San Juan será también conocida como la Orden de Malta, institución que sigue existiendo en la actualidad, no ya con carácter militar, pero sí con una importante acción cultural, asistencial y humanitaria.

A lo largo de su historia, la relación que se fraguó entre las monarquías hispánicas y la Orden sanjuanista será muy estrecha y temprana, anterior incluso a su condición de orden militar, lo cual no quiere decir que la misma estuviera exenta de tensiones y polémicas.

Siguiendo en todo momento el importante trabajo del profesor Don Carlos de Ayala Martínez sobre “La Orden de San Juan y las monarquías peninsulares durante la Edad Media”, se pueden señalar una serie de hitos importantes. 


El primer contacto oficial entre estos dos grandes poderes tiene lugar en muy temprana fecha -primera mitad del siglo XII-, con la donación alrededor del año 1113, por parte de la reina Urraca, de la aldea de Parandinas, entre Salamanca y Arévalo.

La Orden de San Juan fue muy bien acogida, no tanto por los intereses militares que pudieran albergar los monarcas de los reinos hispánicos, cuanto por los intereses de carácter político-ideológico. 

Por su parte, los hospitalarios vieron con buenos ojos su asentamiento en los reinos hispánicos con un fin nada militar, sino más bien económico, ya que durante esos años su intención en los territorios de Occidente era la consecución de rentas fijas con las que mantener los intereses de la Orden en los Santos Lugares.

La situación cambió a partir de la segunda mitad del siglo XII. Saint Gilles, en Provenza, deja de ser, progresivamente, la casa Prioral para los hospitalarios de los reinos peninsulares, conformándose así el Gran Priorato Hispánico, dividido a su vez en cuatro ámbitos distintos:

La Castellanía de Amposta (reino de Aragón), de la que procedería en el siglo XIV, el Gran Maestre de la Orden de San Juan más importante de dicha centuria, el aragonés Juan Fernández de Heredia; el Priorato de Navarra, y el Priorato de Castilla y León y el de Portugal. 

A partir de ese momento, la Orden del Hospital adquirió un nuevo cariz bastante más militar que el ejercido hasta el momento, tomando parte activa de la reconquista y posterior repoblación de territorios.

Un ejemplo muy revelador de lo anteriormente señalado se encuentra en la ocupación parcial de La Mancha a favor del reino de Castilla. En 1183, el rey Alfonso VI concede a la Orden de San Juan el castillo de Consuegra, junto a una gran extensión de tierras situadas entre el Riansares, Lillo, Bogas, Mora, Camino de Toledo a Córdoba, el Calderín y Criptana. Todo esto es signo de la importancia que posee la Orden, y que desde entonces irá teniendo en esta zona de La Mancha. 

Además, a todo ello hemos de sumar la concesión realizada en 1204, en el testamento de Alfonso VI, de dos mil maravedíes durante diez años para la construcción del castillo, a lo que habría que añadir la donación realizada en 1215 por Enrique I, por medio de la cual la Orden recibía las fortalezas y torres de Peñarroya, Villacentenos y La Ruidera, que vienen a reforzar la idea de la importancia militar que por aquellos años poseía la Orden para los reyes castellanos.

De nuevo, a partir de 1230, los intereses e intenciones de la Orden, vuelven a tomar una nueva apariencia, centrándose esta vez en una activa tarea de repoblación de sus nuevos territorios. Carlos Barquero Goñi, en su trabajo sobre la repoblación hospitalaria en la corona de Castilla, analiza este proceso paralelo a la consolidación de los territorios de la Orden del Hospital en La Mancha. 

Con el alejamiento de la frontera musulmana tras la batalla de las Navas de Tolosa, la Orden de San Juan comienza a delimitar los límites de su territorio frente al poder del arzobispado de Toledo, así como de otras órdenes militares asentadas en la zona y con mucha mayor repercusión militar en la reconquista de este territorio como son las órdenes militares de Calatrava (fundada en 1158) y la de Santiago (creada en 1170). 

La primera concordia para separar términos y definir jurisdicciones será firmada por la orden hospitalaria y el arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, en 1229. Por la misma Lillo, El Romeral y Dancos pasan a depender de Toledo.

 Seguidamente, en 1232 se firmará una concordia con la Orden de Calatrava que consigue Villarrubia de los Ojos, pero no el santuario de la Virgen de la Sierra considerada patrona de las villas del Campo de San Juan. Finalmente en 1237, una concordia con la Orden de Santiago delimitará los límites sanjuanistas fronterizos con los caballeros de Uclés por la cual estos últimos obtiene la jurisdicción sobre la población de Campo de Criptana.

Paralelamente a la firma de estas concordias, la Orden de San Juan llevará a cabo un planificado proyecto repoblador durante 18 años con el fin de consolidar su presencia sobre el territorio. Para este fin, tal y como señala Carlos de Ayala, ratificando la postura de Pérez Prendes, el principal instrumento será el uso y concesión de la carta puebla. 

Por este medio, la Orden de San Juan organizará todos sus territorios, no solo consolidando su posición en ellos, sino afianzándose y haciéndose cada vez más poderosa, lo que le llevará a más de un momento de tensión con las monarquías que miran con recelo su creciente poder.


Siguiendo el trabajo citado del profesor Carlos Barquero, en 1230, el comendador de Consuegra concederá la primera carta de población a Villacañas. Urda (1232), Arenas de San Juan (1236) y Villarta de San Juan (1236) serán las siguientes en conseguir su carta puebla. 

Después lo logrará el Concejo de Madridejos (1238) seguido del de Camuñas(1238) y el de Herencia (1239). Dos años después, en 1241, obtendrán su carta de poblamiento Tembleque, Quero y Alcázar de San Juan. Finalmente, en 1248 se concedería la Carta Puebla a Turleque, Villacañas de Algodor y Villaverde, las dos últimas despobladas en la actualidad.

En apenas 18 años se consolidaba el territorio de la Orden de San Juan en La Mancha, que vería, no obstante, otros intentos repobladores dentro de sus límites, como el fallido para hacer resurgir una nueva puebla en Villacentenos en 1292, o el realizado con éxito en la primera mitad del siglo XIV en Villafranca de los Caballeros. 

De finales de ese siglo, sería intento por repoblar Santa María del Monteque se mantendría hasta finales del siguiente siglo. Por último, mucho más tardía, sería la fundación de Argamasilla de Alba hacia 1540 por el prior de San Juan don Diego de Toledo perteneciente a la Casa de Alba.

Hoy, el conocido como Campo de San Juan, lo conforman las varias poblaciones: Alameda de Cervera, Alcázar de San Juan, Arenas de San Juan, Argamasilla de Alba, Camuñas, Cinco Casas, Consuegra, Herencia, Las Labores, Puerto Lápiece, Madridejos, Quero, Ruidera, Tembleque, Turleque, Urda, Villacañas, Villafranca de los Caballeros y Villarta de San Juan. 

Una comarca histórica, hoy dividida en dos provincias administrativas, Toledo y Ciudad Real, que conforman un importante enclave poblacional en el corazón de La Mancha, cuyo origen hay que buscarlo en la impronta dejada por la Orden Militar del Hospital de San Juan.

sábado, 4 de mayo de 2019

El Escudo de Castilla en la Sinagoga de Samuel Ha Levi en Toledo

El motivo por el cual en lo que hoy se conoce como Sinagoga de El Tránsito aparece el escudo de Castilla

La muy conocida y emblemática sinagoga toledana de Shmuel Ha´Leví, que así se llamaba por ser éste judío quien ordenara su construcción, fue levantada allá en el S XIV, reinando Pedro I de Castilla, a quienes sus enemigos apodaron “El Cruel” y en el mejor de los casos, “El Justiciero”.

Este enclave emblemático del turisteo toledano, de estilo mudejar, tiene unos magníficos frisos policromados en yeso , decorados con motivos vegetales, geométricos y epigráficos, pero además con motivos heráldicos de la corona de Castilla. 

Y eso tiene un motivo, no es algo casual.

La sinagoga, construida entre 1357 y 1363 – hay inscripciones en el propio edificio que así dicen- fue mandada construir por un prominente miembro de la judería de Toledo, consejero y almojarife del Reino de Castilla durante el reinado de Pedro I de Castilla. (Desde la baja Edad Media los almojarifes eran judíos) 


Dicho de otro modo, Pedro I de Castilla tenía como ministro de economía a un judío toledano llamado Samuel Ha´leví quien, puesto que tenía medios, mandó levantar una gran sinagoga en su patria chica. Y eso, a pesar de que no estaba permitido levantar sinagogas.


 Pero Pedro I se saltó la norma de su tatarabuelo, Alfonso X El Sabio, porque quería agradecer a Samuel la fidelidad probadísima de la judería toledana a la Corona en su lucha por recuperar Toledo de las manos de Enrique de Trastamara.

Ahora ya sabemos quién le puso al rey el mote de El Cruel .Sepulcro de Pedro I

El rey Pedro era el único hijo legítimo de Alfonso XI, quien tras primeras nupcias no consumadas con el autor del Conde Lucanor, el infante D. Juan Manuel (gran protector de judíos) casó con su prima hermana María de Portugal, que le dio dos hijos, Fernando (muerto antes de cumplir un año) y Pedro, que hereda la Corona. 

Con diez hermanastros bastardos. Uno de ellos, Enrique II, fundador de la dinastía de los Trastamara, la casa real que abominó de los judíos hasta expulsarlos.

Por aquel tiempo, aunque el rey Pedro tenía una barragana , María de Padilla, casó con Blanca de Borbón, a quien abandonó a los dos días de la boda porque Francia no pagó la dote. La encerró en el Alcázar de Toledo.

Ruptura de relaciones con Francia y en consecuencia una rebelión en Toledo que contagió a otras ciudades.

La historia es tan larga como sangrienta. Mató y mandó matar a muchos. Incluso a Samuel.

La familia de Samuel provenía de Túnez, donde sus padres murieron por la peste negra.

 El se asentó en Toledo en el S XII, donde por medio del señor de Alburquerque medró hasta ser camarero mayor del reino y luego almojarife.

 Durante una década fue el hombre de confianza del rey. Tanto es así que en su palacio guardaba el tesoro real. 

Pero en 1354, tres años antes de construir la sinagoga, el Trastamara realizó un progromo sobre la judería toledana y se llevó todo lo que había, incluso el tesoreo real que guardaba en sus aposentos, hoy conocidos como Museo de la Casa de El Greco.

Por eso en las yeserías del oratorio hebreo reza

Al gran monarca, señor y dueño nuestro el rey don Pedro. ¡Ayúdelo Dios y acreciente su fuerza y gloria y la guarde como un pastor su rebaño!


De su palacio en Sevilla nace el nombre de la Calle de los levíes. Y se cree que su casa es hoy el convento de San José.

Su poder generó tales envidias que hasta el mismo rey acabó creyendo las difamaciones sobre su persona. El rey mandó encarcelarlo y torturarlo hasta que se aclarara si había sustraído alguna suma al tesoro real. Samuel murió preso en las Atarazanas de Sevilla en 1360, vícitma de las torturas incesantes, antes de lograr el perdón.

22 December, 2017
https://www.sfarad.es/escudo-castilla-la-sinagoga-shmuel-halevi-toledo/
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...