miércoles, 9 de octubre de 2019

La Procesión del Cristo de la Sala de Bargas


La localidad toledana de Bargas, anhela los 365 días del año la llegada del tercer domingo de septiembre, para cumplir con su tradición más preciada. 

Los bargueños celebran sus fiestas en honor al Santísimo Cristo de la Sala, imagen de gran devoción, a la que dedican un cariño muy especial.

Son varios los momentos que componen esta fiesta, pero sin duda, el de mayor arraigo y antigüedad, es la solemne procesión que tiene lugar el domingo entrada la noche. 

No es una procesión cualquiera, sino que se trata de una amalgama en la que todos los sentidos toman parte.

 La tradición manda que el Santo Cristo recorra las calles de Bargas acompañado por las mujeres bargueñas ataviadas con el elegante y antiguo traje de la localidad. 

Se trata de una joya de la indumentaria tradicional de nuestro país, un atuendo que ya usaron siglos atrás otras bargueñas, y que fueron dejando la bonita herencia a sus descendientes, para que jamás se perdiese tan bonita tradición.

El traje de bargueña se compone de enaguas, falda plisada larga, blusa, delantal negro del mismo largo de la falda con ricos bordados, y pañuelo blanco a la cabeza. 

Remata el atuendo el que sin duda diríamos que es el elemento de mayor vistosidad: el mantón de manila, que se coloca cruzado a la cintura, cayendo en pico sobre la espalda. 

Las bargueñas llevan esta prenda dispuesta con gran elegancia, formando varios pliegues por debajo de la nuca, lo que da gran vistosidad al conjunto. 

Y digo que se trata de una parte fundamental del traje de bargueña, puesto que suelen ser mantones muy antiguos, pasados de abuelas a madres y de madres a hijas, y que muchos cuentan con varios siglos de antigüedad.

 Las mujeres bargueñas sacan para ese día sus mejores joyas, luciendo preciosas arracadas, así como colgantes de oro y piedras preciosas. 

Los hombres también participan con su atuendo particular que se compone de pantalón de pana, blusón azul, y alpargatas con suela de esparto. 

Al cuello se anudan el típico pañuelo de hierbas, prenda muy representativa también muy presente en las fiestas de Bargas.





Tras varios años contemplándola, puedo decir que la procesión de Bargas es la “procesión de los sentidos”. 

El olfato se deleita con el intenso olor a tomillo que alfombra las inmediaciones de la iglesia para recibir al Santo Cristo. 

La cera, el olor a velas, a cientos de velas que los bargueños y bargueñas portan para dar luz a su Cristo, y que forman interminables hileras que alumbran en la oscuridad de la noche. 

Y un olor que me levanta el vello, que me emociona y que me transporta a siglos pasados: el olor a arca, a baúl, que desprenden los mantones al pasar las bargueñas. 

Ese olor que atestigua la antigüedad de estas prendas, de esos mantones testigos de muchas procesiones, cada año iguales pero distintas a la vez… Son el testigo callado del paso del tiempo, de la tradición cumplida año a año.

 Olor a tradición, a devoción, a fuertes señas de identidad que cada septiembre salen de los cofres para seguir cumpliendo años y rindiendo honores al Señor de Bargas… Olor a flores, a miles de flores que ornamentan la carroza del Santo Cristo, que es bandera y timón para cualquier bargueño.

La vista se embriaga de la luz que en la oscuridad desprenden las velas, de la luz que desprenden los preciosos mantones con sus ricos y coloridos bordados. 

Luz del blanco reflejo de los pañuelos sobre las cabezas de las bargueñas, que con el resplandor de las velas brillan aún más.

 La vista se emociona con los rostros que esconden miles de historias, miles de sentimientos, de promesas, de anhelos… 

La vista queda maravillada al contemplar la marea de mantones y pañuelos blancos, de pañuelos de hierba y blusones, de cirios, que avanza en interminables filas que, serpenteantes, unen las puertas del templo de principio a fin.

El tacto, el tacto de los pies contra el suelo de Bargas. 

Pies descalzos que cumplen promesas o que piden algún favor al Cristo.

 El tacto, el con-tacto, de lo humano con lo divino, de Bargas con el Cristo que, cada tercer domingo de septiembre le siente más cerca aún porque sale a bendecir su pueblo.

 Las piedras que pisan esos pies desnudos son pisadas inmediatamente por el Santo Cristo que recoge en cada paso peticiones y agradecimientos, el sentir de todo un pueblo que acude a él en todo momento.

Y así es como transcurre la inigualable procesión del Cristo de la Sala de Bargas, un auténtico acto de piedad popular , lleno de una vistosidad y un recogimiento que impresionan y que hacen a esta fiesta merecedora de todo tipo de halagos y piropos. 

Parece que el tiempo se detiene es esta procesión siempre de antaño y siempre de hogaño.

Los ricos mantones de Manila

Promesas


Bargueñas en la procesión


Comienza la procesión


Stmo. Cristo de la Sala de Bargas

Filas interminables de bargueñas


martes, 8 de octubre de 2019

Toledo, Montaña Rusa

Usted conoce lo que se llama, en la feria, la montaña rusa: bueno, las calles de Toledo son montañas rusas, con altibajos constantes, con la diferencia de que giran a la derecha y a la izquierda, en innumerables zigzags, que las partes bajas son mucho más profundas, las alturas infinitamente más montañosas, y que el viajero, en lugar de sentarse en un banco, camina penosamente sobre guijarros afilados, colocados sobre pasos angostos entre casas, unas largas, otras estrechas, antiguas, originales, curiosas de ver. 




Este pavimento maldito nos hizo añorar el suelo de mármol blanco de la catedral. 

De repente, después de haber caminado mucho, llegamos a un lugar aislado, frente a una especie de convento: estábamos en presencia de una iglesia situada justo al borde de un profundo abismo, en la cresta de inmensas rocas, decorada en el exterior por cantidad de estatuas de reyes, y en las paredes muchas cadenas suspendidas en enormes ganchos.

Arthur Bonnot. Les merveilles de l'Espagne (1900) 

















Toledo, Spain




lunes, 7 de octubre de 2019

El Dragón del Agua, Toledo

«… ¿No ves cómo el agua se derrama en la taza, pero sus caños la esconden enseguida?

Es un amante cuyos párpados rebosan de lágrimas, lágrimas que esconde por miedo a un delator …»

Extracto del poema tallado en la Fuente de los Leones de la Alhambra (Ibn Zamrak)

Es habitual, en una ciudad como Toledo, que la magnitud o el esplendor de la estampa arquitectónica de los edificios hagan pasar inadvertida la singularidad de algunos de los elementos con los que están construidos. 

En nuestra entrada de hoy recuperaremos la atención sobre uno de esos elementos «discretos» de la ciudad, una pieza de cantería excepcional que se encuentra en las Cuevas de Hércules.

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Gran dintel de mármol situado sobre la puerta de acceso a las Cuevas de Hércules, en Toledo. Fotografía: Jose María Gutiérrez Arias. Año 2019

Sobre la puerta de acceso al edificio donde se albergan las Cuevas, en el dintel interior, existe una extraordinaria pieza de mármol, que a modo de cargadero, cumple una función sencilla de soporte del hueco de paso.

 No estaba pensada esta pétrea «viga» para cumplir funciones estructurales. Su uso primigenio es una incógnita. 





El aspecto de la misma es imponente, un gran prisma muy alargado, de mármol blanco con finas vetas pardas. Sobre uno de los extremos se despliega, tallada, la cabeza de lo que parece un dragón o un gran reptil. 

Pero lo que verdaderamente hace excepcional a esta pieza es su posible uso como elemento hidráulico. Hay varias evidencias de ello.

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Detalles del dragón del agua. Cabeza, ojo y roseta lateral. Gran dintel de mármol situado sobre la puerta de acceso a las Cuevas de Hércules, en Toledo. Fotografía: Jose María Gutiérrez Arias. Año 2019

En la boca del reptil se abre, profundo, un agujero a modo de surtidor. En el lateral, en lo que podía ser la «oreja» del dragón, existe una roseta de ocho pétalos que decora otra abertura pasante. 

En la base de la cabeza del áspid, y junto a la roseta de ocho pétalos, aparece tallada en resalte una cinta a modo de collarino. Este collar presenta una ligera inclinación, tumbado hacia atrás, lo que nos sugiere un eje de posición principal.

 De esta manera, la cabeza de nuestro dragón del agua estaría inclinado hacia adelante, muy adecuado para verter el agua con más facilidad. La roseta con su agujero pasante nos hace pensar que en tiempos hubo de un eje de giro, y por tanto la posibilidad de cabeceo arriba y abajo …

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Hipótesis de la posición y movimientos del dragón del agua. Gran dintel de mármol situado sobre la puerta de acceso a las Cuevas de Hércules, en Toledo. Fotografía: Jose María Gutiérrez Arias. Año 2019

Se podría pensar en un uso como gárgola pero las dimensiones, más de 2,50 m., y la sección angosta del surtidor, no parecen pensadas para evacuar aguas en vuelo, con agilidad, sobre una fachada.

 La talla de las escamas, el ojo, boca y roseta, son muy esquemáticas, acorde con una datación muy antigua, fuera de la época de uso más habitual de las gárgolas. 





Echando la imaginación a volar … podría pensarse que nuestro dragón era una fuente o parte del conjunto de rebosaderos de un estanque. 

Elemento movible, automatizado o no, con un ciclo de llenado y vaciado, de ahí la gran longitud del prisma de mármol, actuando como elemento de palanca y transporte.

Nos faltan datos, quizás nos sobra imaginación, es posible que en el futuro se pueda analizar la pieza in situ sin necesidad de desmontarla. El tiempo será nuestro mejor aliado para resolver el enigma.

Jose María Gutiérrez Arias

domingo, 6 de octubre de 2019

10 x 10 = 100. Toledo en Cien años

10×10=100. TOLEDO EN CIEN AÑOS [JOSÉ RAMÓN DE LA CAL & JOSEFA BLANCO PAZ]

f.1

Dentro de cien años, Toledo se habrá transformado. Sólo se conservan las ciudades que se transforman. Aún así, seguirá pareciendo imperturbable, aparentemente inerte como en los últimos cinco siglos. 

Es lo que tienen las ciudades que la historia y el tiempo han hecho bellas, que parecieran haber estado así y ahí desde siempre. 

De las cosas más agradecidas que tiene dedicarse al oficio de arquitecto es el ejercicio de ser una especie de prestidigitador clarividente, que a veces acierta y nos descubre como un mago el tesoro de la escurridiza arquitectura.

 Los arquitectos griegos curvaban los alzados de sus templos para hacérnoslos ver rectos, en una acción ilusoria; en el Panteón de Agripa la clave de la bóveda desaparece para dejar entrar la luz haciendo ligera la pesada materia. 

Lo que enlaza con una de las mejores definiciones de la arquitectura, la que aparece inscrita en el dintel del templo romano junto al Puente de Alcántara, obra del arquitecto Cayo Julio Lacer: ‘ars urbi materia vincitur ipsa sua’ – artificio urbano donde la materia se vence así misma -. Dominar con la geometría del pensamiento la entropía de la naturaleza para ponerla al servicio humano, al habitar, y anticiparse a sus desastres, es tarea de la mágica arquitectura. 

Los arquitectos proyectamos, y proyectar es lanzar – ideas – hacia delante, hacia el futuro para recomponer con ilusión un presente imperfecto. Esta acción de adelantarse al futuro, de preverlo, organizarlo, y anteponerse a los hechos, de proyectar, es algo que nos distingue dentro de las especies animales que habitan la Tierra. 




Todo hombre es un arquitecto, al menos de sí mismo. Gracias a este plus de inteligencia, el humano es el único ser vivo capaz de habitar en cualquier parte del planeta, desde los masáis en la sabana a los inuit en el ártico. 

También es cierto que, a mayor acomodo, a menos dificultades, menor es la necesidad de proyectar o lo que es más grave, peores proyectos, menos ilusión. La escasez y la necesidad han sido un gran motor de la inteligencia y de los grandes avances de la civilización a lo largo de la historia.

La distopía de Toledo en cien años es el pretexto para imaginar diez ideas, diez proyectos como diez conjeturas, lanzadas para los próximos diez años, que quizás el tiempo se encargue de prolongar a cien. Lo único certero dentro de un siglo es que el Sol se alzará y se ocultará todos los días, poniendo orden a los actos humanos, como lo hace desde millones de años. 

Un decenio es una medida razonable en el tiempo de la ciudad. Diez es un buen número, representa la perfección clásica pitagórica, diez son los dedos de las manos, diez son las sonatas para violín compuestas por Beethoven, como diez son los libros de Vitrubio. 

Recuperar valores en extinción como el río, el barrio, la calle, el pequeño comercio, la casa y el vecino, sin olvidar esos nuevos habitantes que son los turistas; hacer visibles los tesoros ocultos materiales e inmateriales y saltar de nuevo las murallas de la vieja ciudad; transformar y recualificar en vez de crecer; reivindicar lo útil de lo inútil, proteger el vacío y alejar a los depredadores del territorio. 

Construir una urbs y una civitas más inteligentes, allí hoy está el futuro, el camino a recorrer en los próximos cien años, a sabiendas de que la utopía de la ciudad ideal es inalcanzable. Lo importante es iniciar el camino, y recorrerlo con la ilusión de quien tiene todo el futuro por delante. Deberemos reiniciar continuamente el viaje, seguir el hilo de la historia y anticiparnos, aunque erremos, caminar es lo importante. Conocer de dónde venimos para poder elegir hacia dónde no queremos ir, es el mejor mapa posible.

f.2

Un accidente geográfico que seguirá aquí, el río Tajo mañana limpio y abundante, es el argumento sobre la que se organiza y organizará el territorio, donde el paisaje antropizado, grabado con los usos humanos estructura la ciudad. 

Al este están las vegas altas, llanas y productivas, recorridas por sinuosos y amoldados meandros que ralentizan el curso del agua, empapan y hacen fértiles las márgenes, desde la Dehesa de Ahín, al jardín de la Huerta del Rey. Al sur la accidentada geografía del Torno protege la ciudad vieja, salpicado de cigarrales de recreo cosidos a caminos zigzagueantes que recorren un territorio aquí arriscado. Al oeste, la Vega Baja con sus tesoros dormidos y el paisaje de cárcavas que se inicia en los Lavaderos y Estiviel. 

Al Norte la mesetaria Sagra camino de Madrid, es una zona de ensanches malogrados a base de hipotecas apiladas con desdén. Toledo es y será una organización cardinal fundada sobre su mayor bien, el río Tajo, hoy deshidratado. El Tajo recuperará su dinámica estacional, estará limpio y volverá a su caudal natural, aparecerán de nuevo los baños estivales, los usos de ocio en sus márgenes, también las crecidas, que volverán a empapar la vegas y reverdecer en primavera el soto de rivera. Se le devolverá la vida, la misma que con generosidad él alumbró y dio razón de ser a la ciudad. 

El patrimonio saltará la muralla. En el discurso de la ciudad son interesantes culturalmente sus continuos saltos a uno y otro lado de sus murallas. En los años ochenta, con el estreno de los ilusionados consistorios democráticos lo contemporáneo entró en la ciudad vieja, adormilada. La imagen de la escultura Lugar de Encuentros de Eduardo Chillida f.2, alzada en 1981 por encima de la Puerta de Alfonso VI, apadrinada por un activista Grupo Tolmo, era toda una premonición.

 La ciudad comenzaba un camino de recuperación y reconciliación con la modernidad, que había sido truncada por la autarquía excluyente. Mañana, ya mismo, habría que hacer el camino de vuelta y entender el patrimonio como algo que va más allá de los límites de la fortaleza medieval. Habrá que saltar de nuevo las murallas, como ya hizo El Greco en su Vista y Plano de Toledo, cuando pone en primer plano, enfrentado a la Puerta de Bisagra, el Hospital Tavera, símbolo del rescate de la cultura clásica perdida en el medievo. La historia de la ciudad, de la cultura, es cíclica y anda siempre enredada en los mismos asuntos, con distintas respuestas a las mismas preguntas, tejiendo la civilización, el proyecto colectivo del hombre.

Fuera de murallas, objetos abandonados como son los viejos puentes de metal roblonado de Algodor y la ecléctica fábrica arcada del de Azucaica, están ahí a la espera de ser devueltos a la vida, a otros usos.

 También las fábricas, azudes, centrales eléctricas, polvorines y molinos, desde Safont a Estiviel, movidos en su día por la energía del agua, son un patrimonio industrial estancado a la espera de ser re-habitado. Son algunos ejemplos de esos otros bienes hilvanados al paisaje sobre el que flotan, que la ciudad tiene hoy olvidados.

El reciente trigésimo aniversario de la declaración de Toledo como Ciudad Patrimonio de la Humanidad en 1987, es un buen momento para repensar y redefinir el concepto de patrimonio. Como poco deberían ser corregidos los límites de la Declaración Patrimonio de la Humanidad, y al menos se incorporarían sus paisajes culturales cosidos por el río f.1, con sus tesoros de la revolución industrial, y también el más antiguo monumento fundacional de la civitas, el circo romano. 2017 hubiera sido una buena fecha, una buena excusa, para arreglar las erratas de 1987. Habrá que esperar, a que en los próximos cien años la sensibilidad, el buen gobierno, de la ciudad vaya por otros caminos menos vanos.

f.3

En cien años el circo romano estará exhumado y evocado. El anfiteatro de las Covachuelas, las termas imperiales de Amador de los Ríos, el foro, y alguno más de los once grandes edificios romanos interpretados por el arqueólogo Thomas Schattnet, habrán visto la luz y se habrá descifrado cómo fue esa parte de la ciudad clásica, ocultada por el oscuro alto medievo. 




En lo alto la ciudad clásica y a sus pies los grandes edificios de espectáculos, trazados al tiempo, proyectados organizando el territorio. El circo será un gran vacío urbano, con la colina abigarrada en lo alto, igual que el Palatino en Roma asomándose sobre su Circo Máximo. Pura representación teatral del poder del emperador f.3. 

La liberación del ruido urbano que silencia el monumento permitirá al tiempo que lo hace visible, conectar el ensanche de Reconquista con el río y los palacios martiriales escondidos tras el Cristo de la Vega, dando continuidad aquí a la ciudad, hoy fragmentada y de espaldas a su río.

Una ciudad dispersa, única. Toledo será un conjunto de barrios satélite unidos por un sistema de caminos y comunicaciones intermodales. Asumirá la identidad propia y evitará parecerse a aquello que nunca podrá ser, una ciudad compacta. Estará cosida por los paisajes que la identifican, ya protegidos, esperamos.

Hasta principios del siglo XX la ciudad había mantenido la misma morfología que a finales del XVI, la ciudad intramuros y su escape hacia el norte por la zona de Bisagra, las covachuelas y San Antón, camino de Madrid. 

Los sucesivos planes fueron dando lugar a los diferentes barrios modernos, primero fue el inteligente ensanche de Reconquista, con sus bloques patio, en perpendicular a la muralla, a la ciudad histórica, utilizando el escorzo urbano como herramienta que hace desaparecer los volúmenes. En los años sesenta llegó el barrio de Santa Bárbara, con su des-urbanismo anárquico, desarrollista y laberíntico.

 En los setenta el tecnócrata Polígono es la new town higienista y obrera. En los ochenta aparecieron las especulativas Buenavista y Avenida de Europa, más tarde vendrían los barrios de unifamiliares dispersos a salto de tráfico de recalificaciones, Valparaíso y La Legua, que son la quimera de la ciudad en el campo. Barrios separados unos de otros sin una estructura urbana que los una. 

Este problema, que debería tratarse como un valor añadido, se quiso arreglar colmatando el vacío, compactando meandros, y ocupando las vegas, con la ciudad de hipotecas apiladas al servicio de unos pocos. Algunos aún, acechados, esperan el momento de volver a hacer lo mismo.

f.4

Las personas toman la calle. Un trazado de vías sobre la primitiva red de caminos y nuevos sistemas de comunicaciones intermodales conectarán los barrios y reforzarán la utópica e identitaria ciudad “archipiélago” que diría el profesor geógrafo Antonio Zárate, más acertado “ciudad satelizada” – alrededor de su centro histórico-. 

Frente a la genérica calle autopista, la estructura de calzadas, travesías, veredas, avenidas, rondas, paseos, caminos y sendas, trazados por el tiempo en el territorio y revalorizados en el paisaje, surgirá como un nuevo orden donde los barrios, esos lugares a los que no es necesario ir por que ya se está en ellos, serán los grandes beneficiados. Por extensión desde lo individual a lo genérico será la ciudad la que mejore. Qué lujo sería poder ir de Azucaica a Santa Bárbara paseando un re-arbolado trazado ferroviario hoy perdido.

 De San Antón a Santa Bárbara recorriendo el trazado de una senda que acompañara a los meandros y su rivera. O de La Legua a la Reconquista por una avenida de olorosos Tilos… trazar con ingenio en vez de colmatar f.4. Para ese momento ya habrán desaparecido los aparcamientos disuasorios tiznados de alquitrán, importados, sin ingenio, del genérico urbanismo de hipermercado de conurbación.

Otros habitantes nuevos llegarán a la ciudad vieja. Hoy Toledo se llena y vacía a diario de turistas, viajeros eventuales que consumen con ligereza y premura la ciudad, poniéndola a su servicio en detrimento del habitante autóctono, el vecino. La ciudad es como un ecosistema frágil que se altera con rapidez con la aparición de una especie exógena. 

El consumo del turista ha originado un fenómeno de ‘bazarización’, el pequeño comercio de proximidad de la ciudad histórica ha mutado en servicios de hostelería y souvenires, arrinconando los servicios al residente, hoy éste es una especie en extinción que hay que proteger como un bien inmaterial. 

Los más de quinientos pequeños comercios censados del casco histórico tienen el potencial de ser el mayor centro comercial en un entorno único. Protegidos los tradicionales y estructurados los que prestan nuevos servicios, podrán en un orden equilibrado atender a todos los habitantes que la ciudad acoge. 

Re-habitar los conventos. En este proceso de llenado y vaciado al tiempo de la ciudad, los grandes contenedores religiosos deshabitados de vocación, ocupan más del cuarenta por ciento del abigarrado tejido urbano con una densidad propia de la España vacía.

 Vacío y densidad conviven en la paradoja de Toledo. Los grandes contenedores religiosos están abocados a una desamortización que los ponga al servicio de otras necesidades colectivas bien vinculadas a la cultura y a la educación, bien dedicadas a alojar otras vocaciones. Los conventos desocupados representan ahora la paradoja que ha dividido al mundo desde sus orígenes: unos pocos tienen las casas, mientras otros muchos las necesitan, sobre todo los jóvenes.

Ruinas modernas, cadáveres exquisitos. El CREA, y el gimnasio colindante, la Casa de la Juventud en Buenavista, el Centro de Día y el de Salud de Santa Bárbara, las VPO junto al Centro Comercial Luz del Tajo, el Instituto del Fuego y los siete Polvorines, el Hospitalito, el recientemente desahuciado edificio de Hacienda de la calle Alfonso X, el convento de Santa Fe, la Casa de las Cadenas, la residencia de los Bécquer, estos últimos en el casco Histórico y otros… 

¿Qué hacer con este collage surrealista de edificios a medias o abandonados algunos de ellos, crónica de una locura megalómana? Se acomodarán paulatinamente a otros usos y demandas de interés colectivo, y no se pondrá un ladrillo más sin preguntar cómo, por qué y para qué.

f.5

Lo útil de lo inútil, reivindicar el vacío de la Vega Baja. Ese espacio que ya protege el Plan Especial del Casco Histórico de Toledo, un lugar que va desde Tavera a la Peraleda.

 Llegará sí o sí un Plan Especial para toda la Vega Baja, que ponga orden a las continuas ocurrencias y continuos exabruptos pseudo urbanos allí donde la ciudad precisa la conquista del suelo para su uso ciudadano; allí donde con criterios científicos la ciudad pide a gritos conexión entre sus barrios y el río y no volver a cometer los mismos errores: llenar el lugar con fronteras, dotaciones inexpugnables o edificaciones disonantes como las de Avenida de América. 

 Es fundamental que en la ideación de este paisaje urbano de la memoria arqueológica del suburbium de Toledo el lugar no pierda su identidad de vacío improductivo, de límites difusos, permeables e indefinidos. 

Frente a la aparente lógica tardocapitalista de incorporar todos los vacíos al proceso productivo de la ciudad, hay que valorar la posibilidad de reclamar el vacío como símbolo alternativo de libertad y conquista cívica frente a la ciudad colmatada a golpe de actuaciones en beneficio de unos pocos. Vega Baja debería re-cualificarse en su imagen sobre los cimientos de la memoria. Y frente al horror vacui de la ciudad medieval intramuros, será sorprendente la contradicción del vacío de la memoria y la naturaleza llegando a los pies de la muralla f.5. 

Transformar en vez de crecer. Sobre este asunto ya se ha escrito en este blog: Urbanismo en Toledo, una alternativa razonada al modelo Peraleda. 

El nuevo urbanismo se refundará desde el proyecto como instrumento único capaz de recuperar en la escena urbana: plazas, plazoletas, paseos, soportales, cobertizos, corrales, calles, callejones, subidas, bajadas, pasadizos, cuestas, pasaje, rondas, sendas, travesías, cuestas, adarves, zaguanes, patios… 

El urbanismo de catastro solo trae una ciudad catastrófica. La riqueza de los espacios públicos de la ciudad vieja, aquellos que le han dado identidad, hoy perdidos en la ciudad planeada, volverá a ser protagonista.

El urbanismo en las últimas décadas ha mutado en una disciplina eminentemente legal. Si miramos nuestras ciudades comprobamos que los crecimientos urbanos de este período son muy susceptibles de mejorar y no pasarán como actuaciones modélicas en la construcción de la ciudad contemporánea. 

El deterioro del espacio público, la casa de todos, ha aumentado al mismo tiempo que se aprobaban leyes para regular su crecimiento. Por tanto surge la duda: ¿Garantiza el estricto cumplimiento de las leyes urbanísticas la mejor de las ciudades posibles? Enseguida vienen a nuestra memoria ejemplos de crecimientos urbanos que nada tienen que ver con la buena arquitectura y sin embargo devoran el territorio al amparo de la ley. 

La Arquitectura tiene como fin el orden del habitar. La interacción de dos elementos opuestos: el hombre y el mundo natural, para unirlos al servicio de las necesidades humanas, pero sin anular su dualidad. No es por tanto solo el urbanismo una simple suma, fácilmente ponderable de longitudes, anchuras y alturas de los elementos constructivos que ocupan el espacio. 

Esta idea de la ciudad como amalgama humana de acciones diversas necesitará para su comprensión de una mirada transversal: física, cultural, histórica, sociológica, estadística, económica, ambiental, participativa, etc. Visión que hoy el urbanismo ha relegado a un segundo plano, meramente informativo, en favor de los procedimientos administrativos al servicio de la resolución de conflictos especulativos. 

El planeamiento morirá por su mal uso, y la sociedad futura se servirá del proyecto urbano, más claro, preciso y acertado. Surgirán los procesos equilibrados de re-densificación de la ciudad, desde dentro de los barrios, y se aprovecharán los recursos y dotaciones ya construidas sin necesidad de ocupar más territorio.

La arquitectura sirve para iluminar la mente, entender la vida y ver lo que se ve, más allá de la ceguera blanca que hoy nos domina por ciegos que viendo no ven. Esperemos que cuando alguien lea esto, en cien años, al menos haya algún acierto en este texto. 




Los errores también son importantes, los fracasos nos ayudan a aprender. La ciudad se habrá transformado y con seguridad las preguntas serán otras y los desaciertos serán cometido ya de otros que, seguro, más sabios continuarán el discurso de la ciudad.

José Ramón de la Cal & Josefa Blanco Paz

Arquitectos.(del libro Toledo en cien años)

Dedicado a nuestro amigo Juan Sánchez, por su empeño en construir una ciudad mejor


f.1 El paisaje aislado del cuadro Toledo bajo la tormenta, P+C 
f.2 Chillida salta la muralla, fotografía de Manuel Urtiaga de Vivar
.3 El vacío del circo, P+C
f.4 La estructura de barrios, P+C
f.5 Parque arqueológico de la Vega Baja, P+C



El Arte Visigodo (y II)

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Santa Maria de Melque (Toledo)

PERIODOS Y ESTILOS

Es evidente que nos encontramos en un periodo muy difícil de analizar, debido a múltiples causas entre las que debemos destacar las siguientes:

La falta de referencias históricas de casi todos los monumentos estudiados y la desaparición de casi todos los edificios de esa época de los que nos ha llegado alguna noticia.

La imposibilidad de definir algún conjunto concreto de características, quizá excepto la casi común utilización del arco de herradura, que puedan asimilarse a todo el periodo o a alguno de los posibles estilos en él existentes.

 Tanto la forma de las plantas, como la técnica de construcción, las formas de abovedamiento o los tipos de decoración, van variando y entrecruzándose de una forma no homogénea ni ordenada, lo que ha impedido, al menos hasta ahora definir arquetipos fiables que ayuden a catalogar los monumentos.




 Este problema es tan complejo que incluso existen dudas sobre si determinados edificios son visigodos del siglo VII o mozárabes del IX ó el X, ya que en ambas fases los constructores actuaban sin ningún tipo de norma previa, utilizando los elementos técnicos y artísticos conocidos en su momento sin necesidad de atenerse a modelos concretos.

La desaparición de lo que suponemos serían los edificios más importantes de la arquitectura visigoda que podrían habernos ayudado a entender el conjunto disforme de restos que nos ha llegado: los situados en las grandes ciudades, de los que sólo nos han llegado noticias y alguno restos de decoración. 

Un caso muy significativo es la existencia de gran cantidad de pilastras con una magnífica decoración vegetal y geométrica considerada del siglo VII, pero no nos ha llegado ningún edificio visigodo con pilastras y sólo un caso de pilastra con decoración de figuras humanas y se encuentran prácticamente destruidas.

No obstante es evidente la necesidad de agrupar, por periodos, por estilos o por ambos, al menos los monumentos más significativos que han llegado hasta nosotros, aunque sea sin una total garantía de acierto. 

Debido a ello adjuntamos en este estudio una posible agrupación de los mismos, basada en las principales características de cada una de las tendencias o estilos descritos en el apartado anterior, contrastándola y completándola con la datación de los pocos en que es conocida y con los parámetros históricos y geográficos más significativos:

Anteriores al Siglo VII

Como hemos indicado, tanto en cuanto a su estructura como a los conocimientos geográficos e históricos generalmente aceptados, se pueden distinguir los siguientes estilos:

Paleocristiano. 

Dentro de este grupo se consideran los dos mausoleos de Centcelles y de La Alberca y un conjunto de basílicas de tipo clásico, todas ellas de una o tres naves y con uno o tres ábsides, situadas en el levante y el sur de la península: Baleares, Cataluña, Levante y Extremadura.

 Es interesante destacar que todas ellas están situadas en la zona de España más romanizada, donde se mantuvo casi sin variaciones la estructura administrativa, religiosa y social existente antes de la caída del imperio. 




Mención aparte merece el interesante edificio de Santa Eulalia de Bóveda, de este periodo pero no asimilable a ningún grupo.

Bizantino. 

Aunque existen dudas sobre su origen, en principio podemos encuadrar en este grupo, tanto por sus restos de decoración como por su situación en la zona de dominación bizantina en la época de su supuesta construcción, varias basílicas de planta clásica como las de Elche, Játiva y quizá la de Aljezares y, sobre todo el Baptisterio de Gabia Grande. En este caso su estructura también nos anima a considerarla bizantina.

Norteafricano. 

Si se acepta la existencia de dos ábsides contrapuestos como elemento diferenciador de las iglesias construidas por los cristianos que llegaron desde el norte de África, parece seguro que se establecieron en Extremadura y el sudoeste de Andalucía, donde se ha encontrado un conjunto importante de restos de este tipo. Otra característica muy habitual en estas iglesias es la existencia de un baptisterio exterior.

Iglesias de transición. Mientras todos los grupos anteriores corresponden a construcciones, de las que no tenemos ninguna información histórica pero que sabemos que estaban situadas en la zona hispano-romana y, por lo tanto, eran de adscripción cristiana, de las dos de este grupo, las de Cabeza de Griego y Recópolis, situadas en la franja central de la península, sí tenemos suficiente información para datarlas y saber que fueron construidas por los visigodos y que pertenecieron al rito arriano. 

En ambos casos se modifica la basílica clásica añadiendo una especie de seudocrucero, quizá debido a características especiales de este rito.

2. Construcciones del Siglo VII

Situadas en la franja central de la península, es decir, en la de mayor influencia de la administración visigoda, forman el conjunto más conflictivo, ya que por su tipo de construcción, de mucho mayor calidad que las anteriores, y porque algunas de ellas han llegado hasta nosotros en buen estado, fueron consideradas durante mucho tiempo por los estudiosos europeos como posteriores al siglo IX.

 Fue Gómez Moreno, el primer gran especialista español en arte altomedieval, quien en la primera mitad del siglo XX las clasificó como visigodas del siglo VII. 

Aunque sigue estando en cuestión la datación de algunas, o incluso de todo el grupo, nosotros aceptamos su adscripción al arte visigodo del VII, ya que de tres de ellas tenemos una datación bastante segura y, según ya hemos explicado, existen muchas coincidencias entre ellas, como el tipo de construcción, la utilización del arco de herradura o el tipo de decoración. 

Además nos parece imposible que las cuatro situadas en territorio que fue árabe hasta el último tercio del siglo XI – pulsar mapa adjunto para ampliarlo – fueran construidas o reconstruidas en la época mozárabe. Por la forma de su planta distinguimos en este grupo dos tipos de iglesias, todas ellas posteriores a la conversión de Recaredo y, por lo tanto, pertenecientes al rito cristiano.

Iglesias de transición. En ella incluimos cuatro edificios. dos de difícil clasificación y las dos iglesias del siglo VII cuya planta, de forma basilical con cabecera de tres ábsides separados y seudocrucero, parece continuar la búsqueda de espacios de culto muy diferentes a los generados en las basílicas clásicas. 

En relación con este tema, creemos que un estudio en profundidad de las diferencias entre el culto en la época paleocristiana, el de las comunidades monacales norteafricanas, el arriano y el visigodo cristiano sería fundamental para poder interpretar la arquitectura de esta fase.

Iglesias cruciformes. Conjunto de iglesias, todas ellas situadas en entornos rurales, que nos presentan la evolución desde la planta cruciforme pura de un monumento funerario como San Fructuoso de Montelios hasta las plantas más complejas alrededor de una estructura cruciformes utilizadas en las últimas iglesias monacales.

Sobre este grupo es interesante destacar la gran importancia que tuvo la vida monacal en los últimos años de la monarquía visigoda de la que nos han llegado noticias de muchos santos ermitaños que se retiraron desde una situación de cierta importancia en la sociedad visigoda para crear comunidades monacales de las que quedan interesantes construcciones altomedievales y tradiciones de culto muy significativas, como San Frutos (Duratón, Cueva de Siete Altares), San Millán (San Millán de Suso) o San Fructuoso (San Pedro de Montes, Valle del Silencio).

ORFEBRERÍA VISIGODA

Para entender la orfebrería visigoda debemos diferenciar en primer lugar las obras de carácter eclesiástico y real, y las piezas de uso personal, que conocemos a través de los ajueres funerarios.


El primer grupo tiene su mayor exponente en los tesoros de Guarrazar y Torredonjimeno, teniendo a su vez cada uno de ellos unas características: el trabajo de los orfebres de Guarrazar nos habla de un taller palacial de uso real y aristocrático conectado con la capital, Toledo, estable y bien organizado, que debemos valorar desde una perspectiva diacrónica, pues en este participaron diferentes artesanos a lo largo del tiempo. 

Este taller asumió la producción tanto de piezas tecnológicamente simples como de objetos con una gran complejidad que evidencian la importancia de la tradición antigua; A modo de ejemplo mencionamos una de las cruces del tesoro como una de las piezas más antiguas del tesoro, fechable en torno al S. VI, y ajena al taller de Guarrazar. 

Probablemente fue una cruz de especial veneración fabricada en un taller extrapeninsular, que pudo haber sido enviada a Toledo como regalo regio. Por esta circunstancia, sirvió como modelo para la elaboración de la corona de Recesvinto, y para la de Suintila. 




Por otro lado destaca la técnica del cloisonné, que constituye otro procedimiento antiguo, de origen oriental, que se extendió hacia el occidente europeo durante el período de las migraciones, y que llegó a caracterizar el estilo polícromo de la orfebrería de los pueblos germánicos, conociendo un mayor apogeo entre los siglos V y VI, y que vemos en las letras de dedicación de las coronas de Suintila y de Recesvinto y en las cruces de pequeño tamaño de Torredonjimeno. 

En ambos tesoros la disposición de las piedras y gemas, y la simbología que carga cada uno de sus colores, enlazan con la tradición de la orfebrería bizantina.

Por su parte, el mencionado tesoro de Torredonjimeno, a diferencia del primero, refleja el trabajo de varios talleres, con unas producciones que, al menos en su mayor parte, estuvieron destinadas a un espectro social más amplio.

El segundo grupo, relativo a las piezas de orfebrería de uso personal, tiene su mejor ejemplo en la necrópolis de El Carpio de Tajo, en Toledo, la cual cuenta con 90 inhumaciones vestidas, de un total de 285. 

Todas ellas, repletas de collares, pendientes, anillos, fíbulas, broches de cinturón y hebillas, nos hablan de distintos talleres de nivel ordinario, con origen visigodo, latino-mediterráneo, y bizantino, y fechables entre los siglos V y VIII.


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