domingo, 27 de julio de 2014

Los Conversos y El Santo Niño de La Guardia

Es sabido que uno de los problemas más enconados y agudos de nuestra historia durante el siglo XV fue el suscitado por los conversos del judaísmo.

Las persecuciones y matanzas de 1391, las predicaciones de apóstoles como San Vicente Ferrer, las controversias religiosas y las leyes civiles y eclesiásticas de la época aumentaron de tal modo el número de los convertidos, que éstos, por su cuantía, la frecuente doblez de su conversión y su considerable poder, llegaron a constituir peligro social para el Nuevo Estado que nacía en la España del siglo XV y principios del XVI.

Fracasados los esfuerzos persuasorios, los Reyes Católicos logran en 1478 de Sixto IV la bula que establecía la Inquisición, y en 1480 se nombran los primeros inquisidores, que al año siguiente comienzan a actuar contra los falsos conversos. La bula de constitución de la Santa Inquisición, al contrario de lo que dice la leyenda negra alimentada por los grupos hostiles a la Iglesia Católica, no le permitía actuar contra los no católicos, por lo que difícilmente pudo actuar contra judíos, musulmanes y protestantes.

La resistencia de los conversos de origen judío, al establecimiento e iniciales actuaciones de los tribunales inquisitoriales fue inmediata, y no sólo en forma diplomática y pacífica. Conocido es el complot que contra los inquisidores primeros suscitó Diego Susán con otros varios conversos de los más acaudalados de Sevilla. En Zaragoza logran asesinar a media noche y en plena Seo, en septiembre de 1485, al inquisidor Pedro de Arbués. En Teruel impiden durante casi dos años la entrada de los inquisidores, y la misma violenta oposición comprobamos en Valencia y Barcelona. Dentro de este mismo ambiente de violencia y terrorismo creado por los conversos judíos, ha de encuadrarse el trágico episodio del Santo Niño de La Guardia, en la provincia de Toledo.

Precisamente fue esta capital, a lo largo de la segunda mitad del siglo XV, sangriento campo de lucha contra los conversos. Ya en 1449 estalló el cruento motín promovido por Diego Sarmiento y el bachiller Marquillos. En julio y agosto de 1467 se repitieron los alborotos, que en años posteriores se extienden a Córdoba, Jaén y Segovia. En 1485 comienza a actuar la Inquisición toledana. Una relación coetánea nos cuenta que pasaron bien quince días sin que nadie se presentara a reconciliación, "por cuanto los conversos que en esta çibdad vivían tenían ordenada una traiçión para el día del Corpus Christi, cuando la gente christiana fuese en procesión con el cuerpo de Ihesu Christo, salir en las cuatro calles y matar a los dichos inquisidores e a los otros señores e caballeros e toda la gente christiana..." Descubierta la trama y ahorcados los más comprometidos, a partir de este momento los autos de fe menudean en Toledo, especialmente desde febrero de 1486 a julio de 1488, años en que varios miles son penitenciados y al pie de un centenar relajados o muertos. Impresionantes serían aquellas procesiones de centenares de reconciliados vecinos de las diversas parroquias, en que hombres y mujeres desfilaban descalzos, sin bonetes y descubiertos, ellos y ellas con candelas en las manos.

La comitiva, salida de una de las parroquias de la ciudad, recorría ésta siguiendo el itinerario de la procesión del Corpus hasta llegar a la iglesia mayor. Entrando por su puerta les hacían a cada uno en la frente la señal de la cruz, y llegados al cadalso, donde estaban los padres subidos, les predicaban y les decían misa. Tras ella, se alzaba un notario llamando a cada uno por su nombre y pregonando públicamente la manera en que había judaizado. Después les señalaban dura y humillante penitencia.

Fácil es comprender que judaizantes y falsos conversos judíos, presos de pánico inmenso, ante la reiteración de espectáculos tan amargos, buscaran salvarse aun por los medios más absurdos.

En este ambiente social y de violencia religiosa, surgió del ánimo de los cinco judíos y seis judaizantes que intervinieron en el martirio del Santo Niño de La Guardia la idea de liberarse de los inquisidores mediante extraño sortilegio o encantamiento logrado por el corazón de un muchacho cristiano y una hostia consagrada. El crimen, como señaló bien el sabio judío I. Loeb, no es uno de tantos crímenes rituales que durante la Edad Media la superstición popular atribuyó a los judíos, a quienes se acusaba de muerte de niños cristianos, cuya sangre luego mezclaban en los panes ácimos de la Pascua hebrea para usos de rito judaico. 

El caso del Santo Niño es muy diverso. A mitad del 1487 ó 1488, Alonso Franco es traído a la vergüenza pública como judaizante y debió de ser sometido a penitencia lúgubre, o procesión, de sangrienta disciplina en la villa de La Guardia. 

Parece que él y sus tres hermanos —Pedro García, Iohan y Lope— se pusieron en contacto con el médico de Tembleque Yuçá Tazarte, judío perito en sortilegios, que les aconsejó trabajaran por hacérselas con un muchacho cristiano. Se supone que el mismo auto en que fue penitenciado Alonso terminó en quema de otros reos en el Horno de la Vega, extramuros de Toledo; a ella asistieron el referido judaizante Juan y el judío de Tembleque Mosé Franco, quien, apesadumbrado, como su compañero, de aquel espectáculo, dijo al converso que todo ello podía remediarse si lograran el corazón de un niño cristiano.

Pronto decidieron actuar, y parece que fue Juan, entre dichos hermanos judaizantes, dedicados al comercio y el transporte, quien raptó al niño en Toledo, donde aquél fuera a vender una carretada de trigo. Hecha la venta, a la tarde apoderóse del muchacho en la Puerta del Perdón de la catedral. Tratábase de un inocente chiquillo de tres a cuatro años, hijo de Alonso de Pasamontes o Alonso Martín de Quintanar y de Juana la Guindera, a la cual hacen ciega algunos relatos. Engañado aquél con una chuchería (un nuégado o unos borceguillitos...) sustrájole el raptor, ayudado probablemente por Benito García, de las Mesuras, judío bautizado, cardador de oficio. Habiendo tenido escondido al infante en la Hoz de La Guardia, dehesa próxima a la ribera del Algodor, los confabulados idearon la diabólica traza de que, pues se acercaba la semana en que los cristianos conmemoraban la crucifixión de Jesús, era buena ocasión para repetir en aquella indefensa criatura la pasión de Cristo. Trasladáronse, en efecto, los verdugos a una de las cuevas que se abren en el accidentado terreno del término de La Guardia, en carreocaña o carrocaña (e. d. carrera o camino de Ocaña), amparados en el secreto de la noche del Viernes Santo de 1489, a la luz de una candela, y tapada la boca de la caverna con una manta o una capa, realizaron en el niño toda clase de perfidias. 

La sentencia inquisitorial condenatoria de uno de los cómplices, el mozo judío Yucé Franco, zapatero de Tembleque, nos describe que extendieron los brazos y piernas del niño en dos palos puestos a manera de cruz, le azotaron, escupieron, abofetearon y repelaron, y poniéndole una corona de hierbas espinosas en la cabeza, le colocaron también parte de éstas en las espaldas y plantas de los pies. El propio Yucé teníale de un brazo al niño desangrándose, dióle repelones y bofetadas y fue en abrirle el costado con un cuchillo y sacarle el corazón. 

A la vez, como si tuvieran presente la persona de Jesucristo, colmaban al mártir de vituperios mientras le azotaban: "A este bellaco, traidor hechicero, que con sus hechizos y embaucamientos venía a engañar y tornar a los judíos cristianos, y a echar pajarillas a volar, y que hacía cesar a los pescados en la mar y que a sus discípulos que tenía mandaba que los fuesen a tomar con redes, y que cabalgaba sobre el sol". Y también: "A este traidor, engañador, que cuando predicaba, predicaba mentiras contra la Ley de Dios y contra la Ley de Moisén...". Y así otras muchas oprobiosas palabras. Expiró al fin el atormentado y crucificado niño, quien quitado de la cruz, aquella misma noche fue llevado a enterrar en lugar secreto donde de él no se pudiese tener noticia, en una heredad próxima a Santa María de Pera.

Cumplida la primera parte de su delito, judaizantes y judíos juntáronse de nuevo en el secreto de la misma cueva días más adelante, concertados en practicar ciertos conjuros y experimentos de hechizos con el referido corazón infantil y una hostia consagrada que el sacristán de La Guardia, Juan Gómez, sobrino de Alonso Franco, proporcionó al cómplice Benito García sacrílegamente. Objeto del conjuro y experimento diabólico era lograr que los inquisidores y demás cristianos muriesen rabiando, pereciese la ley y la fe católica y los judíos se enseñoreasen y la ley mosaica fuera ensalzada. Mas, como vieran que el experimento no salía a medida de sus deseos, al cabo de un tiempo los confabulados reuniéronse una vez más en cierto lugar y, de común acuerdo, enviaron a Benito de las Mesuras con el mencionado corazón y otra hostia consagrada a ciertos judíos de Zamora a quienes ellos tenían por sabios, para que verificasen el hechizo de forma eficaz. Descubierto el emisario en Astorga a mediados de 1490, dio con sus huesos en la cárcel inquisitorial, en la que pronto ingresaron los demás cómplices todavía vivientes. Interesantísimas resultan las 68 piezas de los actos del proceso seguido a Yucé Franco, uno de los que más paladinamente cantaron amarrado a la escalera del tormento. Los otros procesos no han aparecido aún, si bien conservamos una relación que en 1569 tres secretarios del Consejo de la Suprema Inquisición de Madrid sacaron de los archivos de la Inquisición vallisoletana con desuno a la iglesia parroquial de La Guardia.

De los once complicados en el crimen, tres habían muerto ya cuando la Inquisición dictó su sentencia condenatoria el 16 de noviembre de 1491: "Mosé Franco, David de Perejón y Yuçá Tazarte; el octogenario judío Ça Franco, fue, sin duda, perdonado; los otros siete cómplices perecieron amarrados a sendos postes en el Brasero de la Dehesa, de Avila, ya atenazados y quemados vivos a fuego lento, ya estrangulados antes de abrasados por confesar arrepentidos su culpa. Más tarde se agregó a la lista de acusados el nombre de Fernando de Rivera, tachado de haber ejercido el papel de Pilatos en el simulacro de pasión referido.

La repercusión popular que el crimen y el proceso aludidos tuvieron pronto en toda España fue inmensa. Sabemos que en Avila el escándalo del pueblo contra los judíos fue tal que los Reyes Católicos tuvieron que poner a éstos bajo su guarda, por diciembre de 1491, y algunos piensan que en el decreto de expulsión de los judíos en 1492 tuvo no escasa parte la desastrada muerte del Niño de La Guardia. Que en ésta y los territorios vecinos la conmoción fue, como era de esperar, amplísima e intensa, lo prueba una carta de noviembre de 1491 en que un notario de Avila, dirigiéndose a autoridades y pueblo de La Guardia, refiérese a las "chismerías" que por la villa corrían y al mandato dado de que se publicara la sentencia y la noticia de la ejecución de los reos para que "cada uno calle su boca, porque el asno está enalbardado", con lo que se alude al refrán do vino el asno vendrá la albarda.

Pronto también una exaltada piedad rompió los frenos y la leyenda se apoderó del santo niño inocente, tratando de aplicarle todos y cada uno de los pormenores de la pasión y muerte de Cristo y hasta de su resurrección gloriosa. Incluso trató de verse en La Guardia y sus parajes circunvecinos la más exacta correspondencia topográfica con Jerusalén y pueblos aledaños. Fue desde entonces cuando se trocó el nombre del infante en el de Cristóbal, comenzándole a invocar como a otro Cristo en pequeño.

Su culto comenzó muy temprano, pues ya en las visitas eclesiásticas a partir de 1501 hallamos referencias a los santuarios constituidos en los lugares donde el tierno niño padeció o fue enterrado y La Guardia le tomó por Patrón, celebrando fiesta solemne así en el día de los Santos Inocentes como el 25 de marzo o en la semana de quasimodo; sólo desde 1580 se votó para en adelante la celebración el 25 de septiembre de cada año. También las autoridades religiosas dieron reiteradas pruebas de devoción hacia el mártir; así el cardenal Siliceo, que en 1547 alegaba en abono de su Estatuto de limpieza la crucifixión de aquél, y el cabildo de la Iglesia primada, que en 1613 pedía a varios cardenales y a la Congregación de Ritos licencia para rezar al inocente mártir a lo menos en todo el arzobispado toledano. Al arzobispo Alonso de Fonseca se debe el encargo del antiguo retablo que se puso en la cueva de la crucifixión, así como a Lorenzana el haber mandado pintar, de la diestra mano de Bayéu, el martirio del niño en los claustros de la iglesia capitular. Consta asimismo de la admiración que le profesaron monarcas como Fernando V, Carlos I y Felipe II. El papa Pío VII confirmó su culto en 1805.

Carecemos de espacio para aludir siquiera debidamente al cúmulo de milagros que desde el mismo momento de la sangrienta muerte del mártir se atribuyeron a su mediación: la devolución de la vista a su madre ciega, las cuatro curaciones obradas con ciertas personas de Alcázar de Consuegra al comenzar el 1492; un tullido, una mujer con la boca torcida hacía más de dieciocho años, un sordo total y una pobre ciega, aparte de otros mil prodigios referentes a niños quebrados y enfermos de todas clases cuya curación detallan los rótulos que sobre cada caso pendían del santuario de La Guardia.

También la poesía, así latina como castellana, cantó la pasión del infante toledano, a quien se refiere el popular romance:

Del Quintanar y Tembleque
se parten ocho judíos 
Con dañados corazones 
en busca del santo niño.

Y no es de extrañar que, al ponderar don Francisco de Quevedo en el memorial por el patronato de Santiago cuánto le sobra al Niño de La Guardia para compatrón y aun para patrón de España, escribiese al rey: "No es traslado de la pasión de Cristo en una parte, es un original espantoso, con exceso de azotes en falta de años. Este es, Señor, grande abogado que puede interceder a Dios, como no puede otro alguno, por la pasión que Cristo pasó por él y por la que él pasó por Cristo".

Fuente: http://www.architoledo.org/Parroquias/SantasJustayRufina/HistoriasdeToledo.htm

Puente Romano de Villarejo de Montalban

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Hacia el S.III la romanización ya estaba bien asentada en el centro de la península y gracias a la orografía del valle, se construyó el Puente Romano a su paso por el río Cedena. 

Esta formado por dos arcos de medio punto y en muy buen estado de conservación y era parte de un camino de herradura, uno mayor que otro, con fábrica de sillar en los arcos y de sillería a hueso el resto.

De esas épocas heredamos el nombre de “villar” aunque la villa romana estaba formada en gran parte por una arquería Romana.

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Así se construyó la Catedral de Toledo


A la Catedral de Toledo se la conoce también como "Dives Toletana" (la rica de Toledo) y La Giganta llamada así por Vicente Blasco Ibañez en uno de sus libros. 

El espacio sobre el que se levanta la actual catedral ha sido tradicionalmente el centro religioso de la ciudad. Hay constancia que en el siglo IV el arzobispo Melancio levantó un templo en honor del Salvador y de Santa María y que el rey visigodo Recaredo consagro en el 587 la iglesia en honor a Santa María. 

La actual catedral se levanta sobre la iglesia consagrada en el 587 por el rey visigodo Recaredo y posteriormente covertida en mezquita musulmana, conocida como Ula Camii (la Gran Mezquita). 

La iglesia visigoda se levantó alrededor del pilar donde según la tradición descendió la Virgen para imponer la casulla a San Ildefonso en el momento de ir a decir misa. San Ildefonso se habia destacado por defender con especial ahinco la virginidad de María. Por su defensa, la Virgen descendió de los cielos para imponer al santo la casulla. Este relato muy reiterativo en Toledo nos ha llegado de la mano del gran poeta Gonzalo de Berceo (Berceo-La Rioja 1197? - 1264?). 

La ciudad de Toledo fue conquistada por el rey de León y Castilla en 1085. Uno de los puntos de las capitulaciones que hicieron posible la entrega de la ciudad sin derramamiento de sangre fue la promesa de este rey de conservar y respetar los edificios de culto, las costumbres y la religión tanto de musulmanes como de la gran población mozárabe; naturalmente, la mezquita mayor se hallaba comprendida en ese compromiso. Poco después, el rey tuvo que ausentarse por cuestiones de Estado, quedando al frente de la ciudad su esposa Constanza y el abad del monasterio de Sahagún Bernardo de Sedirac que había sido elevado al rango de arzobispo de Toledo. Estos dos personajes, de mutuo acuerdo y aprovechando la ausencia del rey protagonizaron un hecho desafortunado que, según cuenta el padre Mariana en su Historia General de España, a punto estuvo de provocar una rebelión y un levantamiento no deseado y la ruina de la ciudad recién conquistada.

El asunto fue que el día 25 de octubre de 1087, el arzobispo (de acuerdo con la reina Constanza) envió gente armada para que se adueñara por la fuerza del recinto de la mezquita. Después de este lance, instalaron un altar provisional y colocaron una campana en el alminar, siguiendo la costumbre cristiana. Cuenta el padre Mariana que el rey Alfonso VI se enfadó tanto cuando se enteró de lo acontecido que ni el arzobispo ni la reina consiguieron aplacarle y que dictó sentencia de muerte para casi todos los implicados. 

La leyenda cuenta que fueron los musulmanes los verdaderos intermediarios para conseguir la paz, con la figura del negociador y alfaquí Abu Walid quien llevó al rey un mensaje de tolerancia en el que se decía que aceptaban como legítima la usurpación. 

En recuerdo y gratitud de este gesto, el Cabildo le dedicó un homenaje y encargó su efigie para colocarla en uno de los pilares de la capilla mayor, perpetuando de esta manera su recuerdo. Este hecho no está documentado y muchos historiadores de arte ven en la efigie un sacerdote de aspecto musulmán. Como consecuencia de aquel suceso, la mezquita toledana quedó consagrada y convertida en catedral cristiana, sin hacer apenas cambios en su estructura.

Aunque el enfado de Alfonso VI fue mayúsculo, las circunstancias no permitían marcha atrás y desde 1087 la mezquita mayor de Toledo se convirtió en la nueva catedral de Santa María.

Transcurrió siglo y medio para que se acometiera la gran obra gótica actual. La decisión de la construcción de este edificio fue tomada en tiempos de Fernando III por el arzobispo toledano Rodrigo Jiménez de Rada.

Jiménez de Rada, que tanto había viajado por Francia, debió querer iniciar un templo grandilocuente y a la moda europea y dejar atrás la mezquita consagrada que debía parecerle "poco cristiana" con su intrincada y oscura estructura a base de columnas y arcos.

El rey Alfonso VI hizo importantes donaciones al nuevo templo. Se hicieron las obras necesarias para establecer el culto cristiano romano, entre otras el cambio de orientación del presbiterio y capilla mayor. La mezquita-catedral se mantuvo casi intacta hasta el siglo XIII, año de 1222, en que una bula del Papa autorizó a comenzar las obras de la nueva catedral que empezaron en 1224 (o 1225) y cuya ceremonia oficial de colocación de la primera piedra tuvo lugar en 1226 (otras fuentes dicen 1227), con la presencia del rey Fernando III el Santo.

No se conservan los planos de lo que fue la mezquita ni se sabe cómo era esta construcción, pero teniendo en cuenta los vestigios conservados en otras ciudades (Sevilla, Jaén, Granada, Málaga y la propia Córdoba) puede suponerse que sería un edificio columnario, con arquería de herradura sobre columnas tal vez aprovechadas de otras construcciones romanas y visigodas. Es posible que se pareciese bastante a la iglesia del Salvador de Toledo, antigua mezquita.

La actual Catedral comenzó a construirse en tiempos del arzobispo (1209-1247) don Rodrigo Ximenez de Rada [Puente la Reina (Navarra) 1170 - Lyon 1247], y el rey Fernando III el Santo (1217-1252) en 1226 (siglo XIII), aunque las obras ya habian sido iniciadas en 1224. Se dierón por finalizadas en 1493 en tiempos de los Reyes Católicos. El Papa Honorio III (1216-1227) concedió una bula para la obtención de recursos para la construcción de la Catedral. 

El maestro que inició las obras fué el maestro cantero Martín que debió trabajar entre 1224 y 1234 aprox., comenzando por la girola, y años más tarde continuadas por Petrus Petri (Pedro Pérez) muerto en 1291. 

El maestro Martín construyó la girola, donde logró el máximo grado de perfección de la arquitectura gótica, tanto por sus grandes proporciones como por su original abovedamiento, pues para acomodarse a las cinco naves y repartir armónicamente las fuerzas alternó tramos triangulares y rectangulares. También dispuso en la cabecera triforios mudéjares con arquillos lobulados entrecruzados y columnas pareadas. 

Petrus Petri (Pedro Pérez) fallecido en 1291, hizo algunos cambios en el planteamiento original, suprimió el triforio en el muro occidental del crucero y colocó grandes ventanales. 

Por tanto a finales del siglo XIII la girola debía estar terminada con sus quince capillas adosadas y apenas comenzadas las naves. Hacia 1300 la nave del crucero y la puerta del reloj estarian terminadas. 
Durante el siglo XIV se levantan las naves, la fachada principal, la base de la torre y el claustro. En el siglo XV se terminan definitivamente las naves a los pies y una de las dos torres proyectadas. 

En 1493 fuerón cerradas las últimas bóvedas por los maestros de obra, Juan Guas (Torrijos ? - Toledo 1496) y Enrique Egás (1455-1534).

Fuente: http://www.jdiezarnal.com/catedraldetoledo.html
Wikipedia

sábado, 26 de julio de 2014

Caesarobriga : Talavera de la Reina romana

Caesarobriga es el nombre romano de Talabriga (la actual Talavera de la Reina), ciudad de los vetones en el valle delTajo conquistada en el año 181 a. C. por Quinto Fulvio Flaco, tras enfrentarse a una feroz resistencia de sus antiguos pobladores. El topónimo Talabriga puede traducirse como "ciudad del valle", y comparte el sufijo -briga con muchas otras poblaciones de origen celta.

Aparece citada en Ab Urbe Condita de Tito Livio y en Geographiké de Ptolomeo.

Caesarobrica (Talavera de la Reina) en la Hispania Lusitana.

Época romana

Su posición geográfica, y el puente que se construyó sobre el Tajo, motivaron la importancia de Caesarobriga como centro de comercio y descanso en la calzada romana que conectaba Augusta Emerita conComplutum y Tarraco, desde donde se continuaba viaje a Roma por mar.

Dentro de la provincia romana de Lusitania, Caesarobriga fue civitas stipendiaria y alcanzó la categoría de municipium en la época flavia. Se convirtió en capital de conventus. 

En su entorno se crearon villae, siendo la más importante la de Saucedo, junto al arroyo Albaladiel y que se ha conservado hasta nuestros días.

Los restos del yacimiento más importantes son los pavimentos musivarios, y restos de piscinas bautismales de los primeros cristiano-romanos.

Las localidades y villaede tu territorio contribuían con impuestos (adtributio y contributio) a la riqueza de la ciudad. 

A lo largo del siglo I fue monumentalizada con teatro, templos y foro. Acuñó su propia moneda.

Para su defensa, la ciudad fue amurallada. El recinto amurallado romano se asienta sobre los muros celtas previos y siguen el primer recinto actual. Se conoce la existencia del foro romano cuyos restos se encuentran en la actual Plaza del Pan y bajo el Ayuntamiento.

 El circo romano se situaría al oeste del foro. En ese mismo espacio y bajo la actual Colegiata de Santa María la Mayor se situaría un templo dedicado a Júpiter. En la zona oeste han aparecido restos de otro templo dedicado a Mercurio. Del puente romano antiguo sólo se conservan las bases del mismo en el primer tramo, ya que el resto es reconstrucción medieval.

Al ser Caesarobriga capital de una comarca agrícola, el culto a la diosa Ceres estaba muy extendido y contaba con un templo compartido con Palles en la zona este, probablemente romanizado sobre un lugar sagrado para los celtas y su dios recurrente Toutatis.

Con la llegada de la primavera los caesarobrigenses y los representantes de las villas y localidades del convento jurídico se desplazaban al templo de Ceres para ofrecer regalos (mondas) a la diosa Ceres. Los presentes consistían en cestas de cereales, flores y cera.

Esta fiesta de la primavera fue cristianizada posteriormente, en el año 602, por el rey Liuva II, que donó la imagen de la Virgen del Prado.

La fiesta de las Mondas ha perdurado hasta nuestros días celebrándose la ofrenda el sábado posterior al Domingo de Resurreción.

Restos de visibles de Caesarobriga

Saucedo, villa romana
Murallas de Entretorres
Restos del Foro (Plaza del Pan, Ayuntamiento y Hospital de la Misericordia)
Templos de Júpiter y Vespasiano (Plaza del Pan)
Jardines del Prado
Estatua de Mercurio (Museo de Santa Cruz)
Bases del puente romano (sólo cuando se deseca el río Tajo)
Parque de Roma (restos de columnas romanas)

Fuente: Wikipedia

El Entierro del Señor de Orgaz

Video Presentación del cuadro "El Entierro del Señor de Orgaz" de El Greco, ubicado en la Parroquia de Santo Tomé de Toledo.



Publicado el 29/4/2014

realizada con el servicio Hi VIP (High Video Interactive/Integrated Presentation) de Servicios Interactivos de Comunicación (S.I.C. Presentaciones, S.L.)

Liuva II, Rey Visigodo de Toledo

Liuva II, Rey de los Visigodos
Estatua de Liuva II en el Palacio Real de Madrid. 

Reinado 601 – 603
Nacimiento 583
Fallecimiento junio o julio de 603

Predecesor Recaredo
Sucesor Witerico
Padre Recaredo
Madre Baddo

Liuva II (583 – junio o julio de 603) fue rey de los visigodos (601–603). Sucedió a su padre Recaredo y accedió al trono cuando contaba unos 18 años. 

A su juventud e inexperiencia, se le unía su origen, pues era fruto de las relaciones de concubinato de su padre con la plebeya Baddo, antes de que estos contrajeran matrimonio religioso poco antes del III Concilio de Toledo (589). 

Tremis visigodo acuñado en Mérida durante el reinado de Liuva II 

Ello hizo que tras su acceso al trono no contara con los apoyos de la nobleza visigoda, a la que que por vía materna era ajeno. 

En la primavera del 602, el godo Witerico, quien había traicionado la conspiración de Sunna de Mérida para restablecer el arrianismo en 589(según algunos autores o simple y llanamente para adueñarse del trono, según otros), consiguió el mando del ejército que iba a luchar contra losbizantinos. Seguramente la traición de Witerico a los conspiradores le había colocado en una posición de máxima confianza, y gracias a ello obtuvo el mando del ejército, en el cual colocaría a hombres de su confianza. 

En vez de expulsar a los bizantinos, Witerico utilizó las tropas para dar un golpe de estado (primavera del 603). Penetró en el Palacio Real y depuso al joven rey, contando sin duda con el apoyo de una facción de la nobleza probablemente hostil a la dinastía de Leovigildo (aunque no a los principios políticos de este rey). Witerico hizo que se amputara a Liuva II la mano derecha (lo que le imposibilitaba para reinar), y más tarde lo hizo condenar a muerte y ejecutar (verano del 603).

Una de sus principales políticas fue la de eliminar los últimos focos de paganismo dentro del reino visigodo, como demuestra su ofrenda a la ciudad de Talavera de la Reina, de la imagen de una virgen (Nuestra Señora del Prado) con el fin de transformar las fiestas en honor a la Diosa Ceres en una ofrenda (Mondas) católica. 

Fuente: Wikipedia

viernes, 25 de julio de 2014

Los seis reyes de piedra de Toledo

Las esculturas, concebidas para adorno del Palacio Real de Madrid, son ahora parte consustancial de la ciudad de Toledo


LUNA REVENGA

Desde hace más de dos siglos, seis reyes de piedra vigilan desde sus pedestales el ir y venir de los toledanos, sin dar lugar a la sospecha de que detrás de su impasible gesto esconden una existencia no menos que curiosa. Concebidas para adorno del Palacio Real de Madrid, el cardenal Lorenzana y el erudito Antonio Ponz consiguieron llevarlas a Toledo para embellecimiento de la ciudad, y desde entonces han sido testigos silenciosos de la actividad ciudadana.

Pese a su familiaridad, muchos toledanos apenas tienen el vago concepto de que se trata de unos cuantos godos de nombres extravagantes, lo que es básicamente erróneo porque sólo son godos tres de ellos: Wamba, Sisenando y Sisebuto. La otra mitad pertenece a la dinastía castellano-leonesa de la Reconquista: Alfonso VI, Alfonso VII y Alfonso VIII. Estatuas, por lo demás, de comprobado pacifismo a pesar de sus poses aguerridas y sus imponentes espadones.

Su historia comienza en 1747, cuando Fernando VI encarga la elaboración de 108 estatuas con las efigies de la serie completa de la monarquía española desde el rey godo Ataúlfo hasta él mismo, paraornamentar las fachadas del Palacio Real Nuevo de Madrid.Del programa iconográfico se encargó el padre benedictino fray Martin Sarmiento, que detalló las características que debían tener las estatuas, y que debían acatar los escultores.

Tres años tardaron en esculpirse las piezas desde su encargo, en 1750, hasta su instalación en las fachadas del Palacio Real, en 1753. Pero las esculturas disfrutaron poco tiempo de su ubicación porque Carlos III, apenas subió al trono, mandó retirarlas sin explicar los motivos. No es aventurado suponer que se dejara llevar por el consejo de su arquitecto italiano Francisco Sabatini, autor de su espléndido palacio de Caserta, que sin duda estimó en poco la calidad de las estatuas además de considerar que recargaban la estética del edificio.

La decisión de Carlos III y Sabatini pudo suponer el exilio definitivo, en un almacén de palacio, para el centenar de monarcas de piedra, pero el destino les tenía reservado un futuro más exitoso. El instrumento del destino fue el célebre viajero Antonio Ponz, secretario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que puso especial empeño en rescatar a las estatuas de su oscuro confinamiento para que pudieran lucir como ornamento en los espacios públicos de Madrid y de otras ciudades españolas.

Enseguida se hizo eco de su propuesta su amigo el arzobispo primado deToledo, cardenal don Francisco Antonio de Lorenzana, que por su parte se hallaba embarcado en un ambicioso plan de mejora de Toledo, orientado a dotar a la ciudad de la dignidad y el esplendor propios de la sede de la Iglesia Primada.
Un adelantado del turismo

El abate Ponz se nos revela como un adelantado de la promoción turística al afirmar que la instalación en la Ciudad Imperial de los reyes más vinculados a su historia sería una novedad que «llamará a muchos curiosos a Toledo». «Con poco gasto -argumentaba- se le podría dar un gran realce a Toledo y sería también nuevo motivo que llamase a los forasteros».

El animoso erudito se ocupó personalmente de organizar el traslado de las estatuas a cuenta del arzobispo y dio instrucciones sobre la realización de los pedestales, que encargó al arquitecto mayor de la ciudad y también escultor, don Eugenio López Durango, por un coste total de 6.000 reales de vellón.

El propio Ponz fue, con toda probabilidad, el autor del texto de las lápidas que todavía exhiben los pedestales. Sin embargo, respecto a la identidad de los retratados no cabe hacerse muchas ilusiones ya que, con ocasión de su almacenamiento en los sótanos del Palacio Real, se perdieron sus referencias y a muchas se les fue adjudicando una identidad arbitraria según la conveniencia de cada caso.

Seguramente por esto, en la actualidad Burgos, Madrid y Toledoexhiben sendas estatuas de la serie con el nombre de Alfonso VI. Y algo parecido cabe decir de Wamba, Recesvinto, Recaredo y Alfonso VIII, cuyos nombres figuran tanto en las estatuas toledanas como en otras de la Plaza de Oriente, el Palacio Real y los jardines de Sabatini en Madrid.

Para ser precisos, nuestra estatua de Alfonso VI tiene todas las trazas de no corresponder a dicho rey porque, según la tipología del padre Sarmiento, no le correspondería llevar a su izquierda el escudo con la efigie de su esposa, pues ninguna de las que tuvo le dio un heredero reinante.

Los encargados de realizar la serie escultórica fueron artistas de reconocido prestigio, que recibieron por cada estatua 11.000 reales de vellón y utilizaron piedra blanca de las canteras de Colmenar. Todos se comprometieron a realizar maquetas en cera o barro que hubieron de pasar la supervisión de los dos escultores principales de Fernando VI, Juan Domingo Olivieri y Felipe de Castro.

En cuanto a las estatuas toledanas, sabemos que el valenciano Felipe del Corral talló la de Alfonso VI; Juan de Villanueva, padre del célebre arquitecto neoclásico, esculpió la de Alfonso VIII; la deRecesvinto, el vallisoletano Alonso de Grana; la de Sisenando, el italiano Pedro de Martinengo; la de Alfonso VII fue ejecutada por el portugués Clemente Annes de Mata y Lobo; la de Recaredocorrespondió al turolense Juan de León; y el vallisoletano de Íscar, Alejandro Carnicero, ejecutó las de Sisebuto y Wamba.

En septiembre de 1787 los habitantes de Toledo ya disfrutaban de las ocho estatuas llegadas de Madrid, colocadas a criterio de Antonio Ponz «en los parajes convenientes para que sirvan de ornato»: La de Alfonso VI y Alfonso VIII se emplazaron a ambos lados frente a la Puerta de Bisagra; las de Sisebuto y Sisenando, saliendo por la puerta del Cambrón a mano derecha; la de Alfonso VII, frente a la puerta exterior del puente de San Martín; la de Wamba, al inicio del Paseo de la Rosa, junto al Puente de Alcántara; y las de Recesvinto y Recaredo, flanqueando la entrada principal del Alcázar. Estas dos corrieron la peor suerte, pues acabaron destruidas durante el asedio al Alcázar en 1936.

Con el transcurso del tiempo, los reyes han cambiado varias veces de emplazamiento hasta venir a situarse en los jardines de la Vega. Por su parte, Sisebuto preside las partidas de petanca en el parque de su nombre; Sisenando se aburre solitario en los jardines del Cambrón y Alfonso VI luce su protagonismo de reconquistador junto a la Puerta de Bisagra.

 Don Antonio Ponz consiguió colocar muchas otras estatuas en distintos lugares de Madrid y en ciudades como Burgos, Logroño, Ronda, Vitoria y San Fernando de Henares. Años después, sendas partidas terminaron adornando los espacios urbanos de Aranjuez, El Ferrol y Pamplona. Y, finalmente, en las postrimerías del siglo XX, se decidió subir algunas a las fachadas del palacio Real, cumpliéndose así su destino originario.

Los habitantes de Toledo nos hemos familiarizado con las seis figuras regias de poses teatrales, blancas como ánimas en pena y erosionadas por el tiempo y las palomas sin que por ello hayan perdido su actitud altiva de monarcas preconstitucionales. Su presencia realza la imagen regia de Toledo reafirmando su título de «Ubs Regia», pero si de algo peca la colección monárquica es de omitir algunos nombres inexcusables como los de Alfonso X y Juana la Loca, nativos toledanos.

También se echan en falta al godo Atanagildo, que otorgó aToledo la capitalidad de Hispania, y a Don Rodrigo, unido al aura legendaria de la ciudad. Claro que Atanagildo era arriano y Don Rodrigo un perdulario del que casi es mejor no acordarse.

POR MARIANO CALVO@ABC_TOLEDO / TOLEDO
Día 12/07/2014 - 14.37h

Mariano Calvo, escritor

Fuente: http://www.abc.es/toledo/ciudad/20140712/abci-descubre-seis-reyes-piedra-201407111919.html

La Carta Puebla de Illescas

Las Cartas Pueblas surgen en la época de la Reconquista. 

Una carta puebla o carta de población es un documento dado durante la Edad Media por una autoridad a los pobladores de un territorio. Esta autoridad podía ser señorial, eclesiástica, y militar (órdenes militares). 

 Las cartas pueblas son pactos o convenios del señor solariego con los pobladores. En ellas se consignaban la cesión del suelo, posesiones y términos que hacía el señor a los pobladores y el reconocimiento por éstos del vasallaje, con los tributos y prestaciones personales a los que se obligaban.

Concretamente siendo rey Alfonso VI (1072-1109) comienza la repoblación de algunos lugares, y debido a que la presencia almorávide era todavía importante en la Península, se ve obligado a conceder ciertos “privilegios” a la población para que se asiente en las zonas fronterizas.

En dicho fenómeno existió una primera fase de repoblación peninsular que fue oficial, y una segunda concejil que se inicia en el siglo XI, cuando los centros de población se constituyen en concejos o municipios. 

Resultado de imagen de Carta Puebla de IllescasLa repoblación tomó un nuevo impulso y llegó hasta Ávila, pero extendió sobre todo su radio de acción cuando Alfonso VI, al conquistar Toledo en 1085, hizo posible que la colonización llegase hasta el Tajo.

Posteriormente, en época de Alfonso VII (1126-1157) se prosiguió con la empresa colonizadora al norte del Tajo. Durante los reinados de ambos reyes todo el territorio de la Sagra estaba en pleno proceso de repoblación. 

Se poblaron o mejoraron desde mediados de siglo cerca de ochenta localidades por el esfuerzo, bien del rey y de la aristocracia mozárabe de la ciudad, de la sede arzobispal o de los nobles. Destacan entre ellas Illescas, Mora, Magán, Olías …

La repoblación de la tierra de Toledo se hizo con castellanos, francos y judíos. En Illescas fueron los gascones quienes vinieron a repoblar, lo que no significa que la villa estuviese despoblada, si bien su población no sería abundante.

 El rey tenía la potestad de conceder las cartas pueblas a los lugares que se fuesen a repoblar, señalando los límites territoriales y jurisdiccionales de aquellos. 

Cuando el rey repoblaba por su propia iniciativa un determinado lugar, éste se constituiría en un concejo, es decir en un núcleo urbano dotado de sus propios sistemas de gobierno recogidos en la carta puebla o fuero concedido, con aplicación en todo el territorio o alfoz que se le hubiese adjudicado. 

En este caso, a Illescas se le asignó “Casalemrruvium, Torregum, Oseniam, Balagueram et Bovadelam”, dependientes del municipio y en el que abundaban las tierras incultas.

Fuente: http://www.illescas.es/contenidos/021506_carta_tentexto.html

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