jueves, 7 de diciembre de 2017

Formación del Clero en la época Visigótica ( y II)

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Llegados a este punto nos preguntamos cómo era la formación que se impartía en estos centros. El IV concilio de Toledo en su canon 25 nos refiere lo siguiente con respecto al obispo que se podría aplicar también al presbítero: «La ignorancia, madre de todos los errores, debe evitarse sobre todo en los obispos de Dios que tomaron sobre sí el oficio de enseñar a los pueblos. La Sagrada Escritura amonesta a los obispos para que lean, cuando el apóstol san Pablo dice a Timoteo: Ocúpate en la lectura, en la exhortación y en la enseñanza, y sé constante siempre en estas tareas; y conozcan, por lo tanto, los obispos, la Escritura santa y los cánones, para que todo su trabajo consista en la predicación y en la doctrina y sea la edificación de todos tanto por la fe como por la legalidad de su conducta .



Además de lo dictaminado por estos dos concilios, las obras que los obispos de esta época, especialmente san Isidoro, redactaron con el fin de ayudar a los docentes y discentes a adquirir los conocimientos requeridos para llegar al sacerdocio, nos permiten hacernos una idea del itinerario formativo que es posible dividir en dos o tres momentos: desde la adolescencia hasta los 18 años, una etapa intermedia entre los 18 a los 21, y la definitiva desde los 21 años hasta los 30.

Primera etapa:

Su inicio consistía en un rito en el que se tonsuraba al infante mientras el sacerdote recitaba esta oración que se encuentra en el Liber Ordinum: «Señor Jesucristo, Tú, que abriste la boca a los mudos e hiciste elocuente la lengua de los niños, abre la boca de este tu siervo para que reciba el don de la sabiduría, a fin de que, aprovechando con toda perfección las enseñanzas que hoy se empiezan a dar, te alabe por los siglos de los siglos».

El plan de estudio de esta etapa tenía como plato fuerte el estudio de la lengua latina, pues el clérigo tenía que familiarizarse ya desde niño con ella, ya que en ella estaba escrito todo el saber que debía adquirir, desde las Sagradas Escrituras hasta los cánones, libros litúrgicos, etc. y además era la lengua en la que se redactaban los documentos. Esta lengua no siempre resultaba fácil de leer porque los libros no estaban escritos en letras impresas sino manuscritas y a veces no se utilizaba el blanco de escritura para separar las palabras, ni los signos de puntuación. A esto se añadía la corrección que debía emplearse en la acentuación de las palabras para lo que debían saber de memoria cómo hacerlo. No es extraño, por tanto, que san Isidoro dedique todo el primer libro de las Etimologías al arte gramatical. Merece la pena destacar también para este fin el libro atribuido a san Julián titulado Ars grammatica de cuya importancia dan fe el número de manuscritos medievales.

La corrección en el uso de la lengua latina era además demandada por la orden del lectorado que debía recibir antes de las órdenes mayores, como nos señala san Isidoro en su libro De ecclesiasticis officiis donde afirma que los lectores deben estar adornados entre otras cosas de un conocimiento profundo de la lengua latina en la que está escrito el texto que se proclama sabiendo entonar bien los pasajes distinguiendo sus matices propios y evitar que con la lectura se interprete de manera ambigua o errónea.

Junto con el estudio del latín, el adolescente aprendía los salmos y a salmodiar.

Le seguían las otras dos disciplinas del Trívium: retórica y dialéctica a las que el hispalense dedica el segundo libro de las Etimologías y que no dejaban de tener su importancia para preparar al clérigo en su tarea de predicar la palabra de Dios y defender la fe. Finalmente, no podía faltar en esta primera etapa el estudio del Quadrivium como nos muestra el libro tercero de las Etimologías y que comprendían, por este orden, la aritmética, la geometría, la música y la astronomía.

Segunda etapa:

De los dieciocho años, cuando el joven era preguntado por su deseo de seguir la formación sacerdotal, hasta la recepción del subdiaconado a los 21 años, se dedicaban principalmente al estudio de la filosofía y a fundamentar su vocación pues durante este periodo recibía las llamadas órdenes menores que terminaban con el subdiaconado. Tercera etapa: De los veintiuno, aproximadamente, a los treinta años comenzaba propiamente hablando el periodo en el que se intensificaba la educación del futuro sacerdote. Esta etapa tenía un momento central que era la ordenación diaconal a los veinticinco años.

El objetivo de este ciclo era la adquisición de las siguientes cualidades que el propio san Isidoro de Sevilla nos presenta: El sacerdote debía estar versado en las Sagradas Escrituras y en el Credo de la Iglesia, pues no basta una vida santa para instruir al pueblo de Dios sino que es preciso saber exponer la doctrina ante su pueblo y defenderla frente a los adversarios.

No menos importantes son las cualidades personales que deben adornar al presbítero, tanto espirituales: ser hombre de oración acompañada con la meditación de la Sagrada Escritura, varón paciente, manso, discreto, con discernimiento de espíritus, e intercesor ante Dios para impetrar el perdón de los pecados de su pueblo; como intelectuales: conocimiento del Credo, de las Sagradas Escrituras, de la liturgia y de los cánones; como humanas: saber relacionarse con su fieles sin despreciar a nadie, ni condenar sin prueba, ni excomulgar si no ha habido previamente ruptura de comunión.

Además debe saber conjugar en el gobierno la humildad y el ejercicio de la autoridad, pues si es demasiado humilde, no corregirá con acierto los vicios de las personas a él encomendadas, y si es demasiado autoritario, terminará siendo demasiado severo. Esto se conseguía mediante la unión armoniosa que se daba en este tipo de escuelas entre la disciplina y la scientia. 

Para conseguir la ciencia necesaria y la vida espiritual, no faltó la elaboración de tratados que podemos dividir en estos grupos: 



a) Exégesis bíblica: 
tema fundamental en la enseñanza sacerdotal como muestra la gran cantidad de obras exegéticas que conservamos en la época visigótica. Podríamos citar las de san Gregorio de Elvira,26 el Comentario al Apocalipsis de Apringio de Bejar, 27 muy útil para las predicaciones del tiempo pascual en la liturgia hispana en la que se leía este libro bíblico, san Isidoro tiene un gran número de escritos escriturísticos pues comentó casi todos los libros del Antiguo Testamento28 y escribió obras enciclopédicas para conocer el sentido de los pasajes del Nuevo,29 finalmente san Julián también nos ha dejado, como escrito exegético, el Antikeimenon libri,

b) Materias teológicas y morales. 
Una las obras más importantes en este campo es la titulada Sentencias31 de san Isidoro, que está dividida en tres libros: en el primero se expone la fe cristiana, en el segundo la vida moral, y el tercero viene a ser una especie de tratado de vida espiritual. Este libro es una pequeña Suma Teológica que gozó de alta estima en la Edad Media y nos muestra las tres columnas de la teología que coinciden con los tres sentidos de la exégesis bíblica: alegórico (teología), moral, anagógico (espiritual). A este manual habría que unir el Prognosticon futuri saeculi de san Julián32 que se especializa en escatología. Tiene su importancia pues parece que es uno de los primeros en admitir la existencia de un Purgatorio que concibe como una purificación post mortem. 

c) Obras de apologética con las se enseñaba a los alumnos a litigar con los judíos y los cristianos no católicos, especialmente arrianos. 
Entre los primeros debemos citar el De fide catholica ex veteri et novo Testamento contra iudaeos de san Isidoro y el De comprobatione sextae aetatis de san Julián.33 Entre los dirigidos a herejes es básica la obra del hispalense De haeresibus, que es un catálogo esquemático de todas las herejías y desviaciones cristianas.34 No puedo omitir de esta lista el gran libro de nuestro Ildefonso que se defiende la fe cristológica y mariana de los ataques tanto de los herejes como de los judíos, me refiero al De Virginitate Sanctae Mariae . 

d) Obras litúrgicas: 
Como es lógico en un hombre que se va a dedicar al culto, no faltaban en el plan de estudios los tratados litúrgicos. El más importante es el De ecclesiasticis officiis36, compuesto por dos libros: el primero lo dedica a la liturgia (evolución del culto, de los sacramentos y de la liturgia en sí), y el segundo a los distintos ministerios en la Iglesia. Fue una obra muy manejada por los clérigos en la Edad Media. En este apartado también podemos citar los dos libros de san Ildefonso que, aunque dirigidos a todos los cristianos, no dejaba de tener utilidad para el clero. Me refiero al De cognitione Baptismi y el De itinere deserti.

e) Finalmente, 
no faltaba el estudio de los cánones como ya he indicado más arriba con el fin de construir la Iglesia de Dios con orden y sin caer en aptitudes dictatoriales. 



Conclusión 

Con esta breve presentación de los estudios sacerdotales en la época visigótica concluyo mi intervención. En ella he querido mostrar cómo se originan en los siglos VI y VII estas escuelas, cuál fue su motivo, que no es otro que el deseo de que el clero esté bien preparado para construir la Iglesia, y cómo las podemos considerar la base y los cimientos de los actuales centros de formación sacerdotal. La disciplina que se aprendía bajo la mirada atenta de un sacerdote anciano, testigo de la vida, que gobernaba con resolución y con el ejemplo de sus costumbres, y la ciencia, especialmente el estudio de la Sagrada Escritura y los cánones, han servido para que muchas generaciones de sacerdotes pudieran edificar la Iglesia que ha llegado hasta hoy. Nos preguntamos si fueron eficaces estas directrices para conseguir el objetivo de las mismas: evitar la situación lamentable de un clero ignorante al frente de las parroquias.

No parece que fuera una tarea fácil pues en el VIII Concilio de Toledo en el 653, los obispos allí reunidos advierten que todavía existen sacerdotes incompetentes y decretan lo siguiente: «En la octava discusión encontramos que algunos encargados de los oficios divinos, eran de una ignorancia tan crasa que se les había probado no estar convenientemente instruidos en aquellas órdenes que diariamente tenían que practicar. Por tanto, se establece y se decreta con solicitud que ninguno en adelante reciba el grado de cualquier dignidad eclesiástica sin que sepa perfectamente todo el salterio y además los cánticos usuales, los himnos y la forma de administrar el bautismo; aquellos que ya disfrutan de la dignidad de los honores, y sin embargo padecen con la ceguera de una tal ignorancia, o espontáneamente se pongan a aprender lo necesario o sean obligados por los prelados, aun en contra de su voluntad, a seguir unas lecciones»


Aun así, no podemos olvidar el esplendor que llegó a tener la Iglesia española en el siglo VII gracias a la formación de su clero; entre las más destacables, la Iglesia toledana desde mediados a finales de este siglo VII, fruto de los esfuerzos de los prelados que, en los concilios celebrados en esta ciudad, se preocuparon de elevar el nivel intelectual del clero.

FRANCISCO MARÍA FERNÁNDEZ JIMÉNEZ 
Numerario

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