lunes, 17 de julio de 2017

Las gentes de Toledo en La Ilustre Fregona (I)

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Ya hemos visto cuál era, en esencia, el componente humano de la ciudad de Toledo: un maremagnum formado por pícaros, mesoneros, mozas de mesón, clérigos, monjas, viajeros ... Por ello, solo nos detendremos aquí brevemente, para comentar algunas alusiones particulares a las gentes de Toledo. 

Empezaremos por las mujeres que, capitaneadas por la sin par Costanza, se nos presentan dotadas de una extraordinaria belleza en labios de Avendaño, quien rectifica a su amigo Carriazo con las siguientes palabras: 

"Antes mirarás hermosas que bobas en esta ciudad, que tiene fama de tener las más discretas mujeres de España, y que andan a una su discreción con su hermosura ... " 36. 

La discreción y la hermosura son cualidades que a menudo tienen las heroínas de Cervantes, por lo que se nos antoja un tanto tópica la alabanza que este hace de las mujeres de Toledo. Distinta es la descripción de la belleza de Costanza, menos fiel a los tópicos:

 "Es dura como un mármol, y zahareña como villana de Sayago, y áspera como una ortiga; pero tiene una cara de pascua y un rostro de buen año en una mejilla tiene el sol, y en la otra, la luna; la una es hecha de rosas y la otra de claveles, y en entrambas hay también azucenas y jazmines" .



Todo el colorido de las flores, la belleza de la luna y el sol, en contraste marcado con la dureza marmórea (de clara procedencia garcilasiana) y con la aspereza de las rústicas. En resumen, bella pero honesta y, por extensión, también discreta. Otros personajes toledanos son "los poetas del dorado Tajo", a quienes "dio ocasión la historia de la fregona ilustre a que ( ... ) ejercitasen sus plumas en solemnizar y en alabar la sin par hermosura de Costanza ... " ". 

Imagen relacionadaTierra de poetas, Toledo, fusionada con su río, con el recuerdo de Garcilaso, príncipe de todos ellos. Aquí no solo alude Cervantes a la multitud de poetas que sugieren sus palabras, sino también a otro tópico toledano: las aguas doradas del Tajo. 

Desde antiguo se consideraba que las arenas de este río eran de oro, e incluso alguna tradición apunta a que las aguas del Tajo son las causantes de la tersura y belleza de los rostros de las toledanas, de nuevo representadas por Costanza, cantada por todos los poetas toledanos. y por último, la cita de un personaje histórico: el doctor Rodrigo de la Fuente (¿ 151O?-1589), según Cervantes el "de más fama de la ciudad". 

Descendiente de conversos, Ruy Pérez de la Fuente (que éste era su auténtico nombre) se graduó de doctor en Alcalá de Henares en 1535 yejerció después como catedrático de medicina en la toledana universidad de Santa Catalina ". 

La fecha de su muerte nos permitiría situar la acción de La ilustre fregona en los años anteriores a esta, y confirmaría que el Sagrario al que se refiere Carriazo es la imagen y no la capilla, puesto que, como se dijo, su primera piedra se puso en 1595, aunque no nos parece relevante ni necesario situar con precisión las fechas, extremo este que, muy probablemente no preocuparía nada al autor.

 En cualquier caso, lo que más nos interesa en este momento es el conocimiento puntual que tenía Cervantes sobre Toledo y sus hijos ilustres. 

¿Conoció personalmente el autor del Quijote a Rodrigo de la Fuente en alguna de sus estancias en Toledo? ¿Fue solo la fama de este doctor lo que llegó a oídos de Cervantes? 

Sea como fuere, el hecho es que nuestro autor no improvisa cuando habla de Toledo.

El marco urbano: entre pícaros y conventos 

La primera imagen de Toledo que nos muestra Cervantes en La ilustre fregona, se relaciona plenamente con el mundillo de 'la picaresca y del hampa que tan bien retrata en Rinconete y Cortudillo. Gran conocedor de estos ambientes, en tanto que gran viajero y observador, Cervantes nos ofrece, al principio de la novela, un esquemático mapa de la España de los jaques, en el que nos lleva de Madrid a Sevilla pasando por Toledo. En ese itinerario, Carriazo "aprendió ajugar a la taba en Madrid, y al rentoy en las Ventillas de Toledo, y a presa y pinta en pie en las barbacanas de Sevilla"".

Esta primera alusión sitúa a nuestra ciudad entre las más propicias para la vida canallesca: la Corte, maremagno que facilita la confusión, y Sevilla, paso obligado a las Indias y "archidiócesis" de la jacarandina. Esas Ventillas de Toledo, situadas según Avalle Arce en el camino de Toledo a Madrid ", y que ya citó Cervantes en el Quijote (I,3), fueron sin duda lugar de paso de trajinantes, desocupados y maleantes, como es común a todos los establecimientos de los caminos. En una venta, la del Molinillo concretamente, se encontraron Pedro del Rincón y Diego Cortado, antes de iniciar juntos el camino que les había de llevar a la Sevilla de Monipodio.

De las Ventillas de Toledo no se conserva nada hoy en día, lo que nos lleva a tratar el asunto con cautela. No obstante, cerca de la actual carretera Madrid-Toledo existieron varios grupos de ventas que estaban en pie en 1561. Se trata de las Ventas del Arenal y de las Ventas de Hernán Sánchez '''.

Además, Luis Hurtado de Toledo habla de la existencia de cincuenta y dos ventas en el año 1576, situadas en los distintos accesos a la ciudad". Sea como fuere, no cabe duda de que entre todos estos establecimientos hemos de situar los citados por Cervantes, que debieron de ser famosos en los últimos lustros del siglo XVI.

Ya dentro de la ciudad se nos habla de otro lugar omnipresente en la literatura áurea: la plaza de Zocodover, centro humano y comercial de Toledo en todas las épocas. Ya en el Quijote (I, 22), nos presenta Cervantes a uno de los galeotes de la cuerda de Ginés de Pasamonte, que afirma que de haber sobornado al escribano y al procurador en su juicio, estaría "en mitad de la plaza de Zocodover en Toledo, y no en este camino ... " ".

Como él, otros muchos vagabundos, desocupados y pícaros en general transitarían el centro neurálgico de Toledo en tiempos de Cervantes, quien en la novela que estudiamos alude a los "cicateruelos de Zocodover y de la plaza de Madrid"".

Estos personajes, ladrones de bolsas, harían su 'negocio' con facilidad en una plaza en la que se celebraba asiduamente un mercadillo, regulado ya en tiempo~ de Enrique IV, en el año 1468, considerado por Julio Porres "tan antiguo como la misma plaza" ", y en cuyas inmediaciones se desarrollaba una ingente actividad mercantil, al amparo de una profusión de mesones, bodegones y tabernas por las que desfilarían gentes de toda laya.

En este ambiente hemos de situar también los corrillos en los que se difunde la nunca vista belleza de Costanza o se comenta la demanda de la cola hecha por Camazo cuando era Lope Asturiano, que no quedó "taberna, ni bodegón, ni junta de pícaros donde no se supiese el juego del asno ... " ".

Una ciudad, pues, mediatizada por el trasiego de gentes, adornada con los jaeces del hampa, cuyos principales sujetos se concentran (en la novela), en la Posada del Sevillano y en las riberas del Tajo. Nos interesa ahora seguir en la parte alta de Toledo, algo alejados del río, para completar el retrato de la mala vida que venimos trazando.

 El Mesón o Posada del Sevillano debió de situarse en la mitad de la cuesta del Cannen lO, no lejos de la célebre Posada de la Sangre (más cercana a Zocodover), en la que se dice que se alojó Cervantes y escribió allí nuestra novela 17, y a la que a veces se ha confundido con la del Sevillano. En cualquier caso, la casa en la que vivía Costanza era importante en la época, y así lo atestigua el autor, quien justifica el gran número de criados que en ella había, porque "lo requería la mucha gente que acude a la Posada del Sevillano, que es una de las mejores y más frecuentadas de Toledo", y en la que hay, para sus trabajadores, "muchos provechos, amén de los salarios" .

Algunos de los tipos que encontramos en esta pujante posada están inscritos en la tradición picaresca por derecho propio. La Argüello y la Gallega, mozas de mesón, recuerdan mucho a la Maritornes de la Venta de Palomeque e incluso a las mozas del partido que ayudan a la investidura caballeresca del hidalgo manchego.

Son feas, descaradas y amantes de la vida relajada, como lo demuestran sus repentinos enamoramientos de Carriazo y Avendaño y las visitas nocturnas que pretenden realizar a
los aposentos de estos. Lo mismo podemos decir de los oficios que desempeñan  los nobles protagonistas como tapadera de su~ intenciones; tanto el asentamiento de la paja, como el acarreo de agua, están en la línea de las actividades propias de los pícaros.

Son trabajos eventuales que, en su precariedad, contribuyen a la vida nómada de los jaques y de los mozos de muchos amos. Sabido es que el mismo Lázaro de Tonnes fue aguador en Toledo, cuando estuvo sirviendo a un capellán de la iglesia mayor, según el propio protagonista nos relata: "y púsome en poder un asno y cuatro cántaros, y un azote, y comencé a echar agua por la cibdad"

Juan Carlos Pantoja Rivero 
http://realacademiatoledo.es/wp-content/uploads/2014/02/files_anales_0042_06.pdf


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