viernes, 8 de febrero de 2019

Las Reliquias de Toledo: Leche de la Virgen, Pañales de Cristo… y muchos huesos.



Milagro de la Vera Cruz en el Campo San Lio, de Giovanni Mansueti, 1494. (Gallerie dell’Accademia, Venecia)

El cristianismo sintió desde su nacimiento absoluto fervor por las reliquias, por los huesos, ropas, cabellos y bienes que habían pertenecido a santos, santas y mártires de la cristiandad. 

Conforme se extendía creció también el número de santos y de santas, así como de mártires que habían dado su vida por la defensa de su fe, y con ello también aumentaron reliquias. 

Las existentes en España y Portugal se desplazaron al norte de la península tras la conquista islámica del siglo VIII. 



A la vez, en Roma, el rey Astolfo arrasó parte de sus catacumbas, lo que provocó que muchos fieles evacuasen muchos cuerpos de santos y mártires enterrados allí y dispersasen sus reliquias por Europa. 

Siglos después, muchas de aquellas localizadas en Oriente Medio fueron desenterradas, empaquetadas y enviadas a distintos puntos de Europa por los soldados de las Cruzadas durante sus intentos por conquistar los lugares sagrados para el cristianismo. 

Desde entonces, la obsesión por las reliquias generó un mercado negro asombroso, promovió robos y campañas de saqueo de lugares sagrados, pero sobre todo hizo consolidarse una práctica que ya existía desde tiempo atrás: las falsificaciones, el fraude en torno a su compraventa, la inflación en un mercado que se convirtió en algo enormemente rentable. 

Europa se llenó de reliquias falsas de todo tipo, de falsos trajes y clavos, de falsos huesos y dientes, de disparatadas invenciones imposibles de conservar en tarros y cofres que la imaginación europea dio por válidas sin muchos miramientos. 

A finales de la Edad Media, de forma tan milagrosa como lo eran los poderes curativos para quienes creen en las reliquias, estas se habían multiplicado de forma prodigiosa en toda Europa, conformando en muchas ocasiones un elenco de maravillosos disparates absolutamente inverosímiles: decenas de dedos de una misma persona, textiles inexistentes en la época de vida del mártir que supuestamente vistió esas ropas, etc. 

Quedaba claramente al descubierto que el fraude se había apropiado del mercado de estos objetos que en sus inicios habían sido un venerado y exclusivo patrimonio devocional.

Al crecimiento masivo de reliquias falsas vino a unirse en el paso de la Edad Media a la Edad Moderna el enorme salto que los barcos y comerciantes europeos dieron a América, Asia y África. A la nómina de santos, santas y mártires ya existente se sumaron cientos de casos de nuevos misioneros, evangelizadores, mujeres de ejemplar virtud, beatas, curanderas, etc., cuyo halo de santidad sirvió para que la tierra que pisaban, la ropa que vestían, los libros que tocaron y sobre todo sus propios cuerpos (enteros o despiezados) se convirtiese ya no sólo en un objeto con sentido espiritual, sino en una pieza de coleccionismo.

 La psicosis de la realeza europea y de la nobleza por coleccionar reliquias, que exhibían en lujosos relicarios junto a sus colecciones de arte, marcó la burbuja definitiva de un mercado que nunca aportó pérdidas a quienes participaron de él.

Pero no es exclusivamente una devoción cristiana o, más bien, católica, pues el culto a ellas fue rechazado -aunque practicado igualmente- por las distintas iglesias reformadas surgidas en el siglo XVI. Existen en Turquía dientes del profeta Mahoma, y en Sri Lanka de Buda, que son adorados de la misma forma que lo son las reliquias católicas.

Del Santo Prepucio a los clavos de Cristo

Este Jesús está enterrado no sólo en Jerusalén, sino también bajo una montaña de cursilería, fábulas y fraseología eclesiásticas.
(Uta Ranke-Heinemann, No y Amén.)

Jesucristo, como todo judío, fue circuncidado y alguien conservó el prepucio que le fue cortado en la operación y que terminó convirtiéndose en reliquia con el paso de los siglos. Mejor dicho, reliquias, pues a mediados de la Edad Media reclamaban estar en posesión de ese trocito de pellejo no menos de 10 iglesias y abadías. 

Disparatado o no, lo cierto es que no fue hasta 1900 cuando desde Roma se derogó el culto al Santo Prepucio, no sabemos si por pudor o por no conseguir determinar cuál de ellos era el verdadero.

Arca con las reliquias de los Reyes Magos en la catedral alemana de Colonia


En cambio, aún no hay acuerdo común en si los cordones umbilicales conservados en las iglesias de San Giovanni in Laterano y Santa Maria del Popolo fueron o no de Jesucristo. Tarde ya para hacer una autopsia.

Poco después de nacer Jesús recibió la visita de los Reyes Magos. Fuese como fuese su viaje a adorar al recién nacido, la tradición católica no atiende a su regreso a Oriente pero sí supo dar con sus enterramientos.

Localizados durante las cruzadas y traídos a Europa en el siglo XII, sus restos hoy reposan en la catedral de Colonia, y con ellos los sueños de millones de niños como yo que, en su día, se negaron a aceptar aquello de que los Reyes eran los padres.

La resurrección de Cristo hacía imposible presentar como fidedignas reliquias suyas al no poder negar que ascendió al cielo, así que no quedaba más remedio que buscar (e inventar) muchas otras de sus años de vida terrenal. 

Contando las copas o cálices de la última cena que hay repartidos por el mundo tenemos más que los mismos asistentes a aquel encuentro (que fueron 13). 

Cena de la que existen reliquias como trozos de pan, legumbres que no se llegaron a consumir o incluso los manteles que cubrieron la mesa y que en el siglo XVIII regaló el duque de Cardona y de Segorbe a la colección de reliquias de la catedral de Toledo. María, Virgen y madre, recibió la visita del Espíritu Santo en forma de paloma y tras ello quedó embarazada e inmaculada mientras que la paloma subía al cielo dejando por el camino plumas y huevos que formaron parte de la colección del arzobispo Albrecht de Mainz, hoy desaparecidas. 

Relicario de San Juan Bautista en la catedral de Toledo [Fuente Catedral Primada]

De San Juan Bautista se cuentan en total casi 60 dedos repartidos en colecciones y relicarios de iglesias (ninguno en Toledo, aunque sí tenemos aquí la cabeza de quien según la tradición bautizó a Jesucristo), clavos de la cruz de Cristo casi 50, monedas con las que Judas vendió a Cristo en la 

Última cena existen casi 500 y dientes de leche del pequeño Jesús otros tantos. Aunque sólo algunos han sido considerados falsos por evaluadores pontificios, la inmensa mayoría fueron y se siguen considerando auténticos (o, al menos, sin que la Iglesia cuestione su autenticidad y promueva la eliminación del culto y de la devoción).


Relicario del ochavo de la iglesia de San Ildefonso o de los Jesuitas (mediados del siglo XVIII)

Entre las colecciones de reliquias de Toledo más conocidas, y sin duda la más visitada por su accesibilidad, es la de la iglesia de la Compañía de Jesús, protagonistas indiscutibles en la revitalización del culto a las reliquias tras el Concilio de Trento.

Contuvo varias reliquias hoy perdidas del santo y fundador de la compañía, Ignacio de Loyola, traídas desde Roma a Toledo por uno de sus más estrechos colaboradores y amigos, el padre Ribadeneira.

Al menos hasta 1954 estuvieron allí, pero no se sabe si se extraviaron en alguna de las muchas veces que se sacaban para acompañar a parturientas en el momento del parto, o en el incendio que se desató a finales del siglo pasado justo en esa zona de la iglesia.

El Ochavo de la Catedral, el Sacrarium de las reliquias de Toledo

Pero de todos los relicarios existentes en Toledo el de la Catedral es, a la vez, el más famoso y desconocido.

Famoso porque es el que más atención ha obtenido durante siglos, desconocido porque hace años que se cerró al público y ni los toledanos tienen fácil acceder a esa recoleta sala vecina de la Sacristía (desafortunadamente para el gran público y afortunadamente para su conservación).

Incluso vacío de sus reliquias, el Ochavo o el Sacrarium – Sagrario, como tradicionalmente se le conocía, es un espacio impresionante.

El Ochavo, con la cruz del cardenal Mendoza en el centro, desde la puerta de acceso

Fue el cardenal Quiroga, mecenas fundamental en la historia de Toledo, quien decidió emprender esta nueva obra en la Catedral para alojar las recién recibidas reliquias de San Eugenio y de Santa Leocadia, y unir a ellas la impresionante colección que ya atesoraba la catedral.

Sacrarium cuyos techos fueron decorados por Carreño de Miranda y Francisco Rizi, “pintores de Su Magestad y de dicha Santa Yglesia [de Toledo]”, como indica el contrato que firmaron en 1665.






Contrato entre el Cabildo catedralicio y el pintor Juan Carreño de Miranda (AHPT)










El paso del tiempo deterioró enormemente los frescos, que fueron nuevamente restaurados y readaptados a finales del siglo XVIII por Mariano Maella, autor también de todos los que rodean las paredes del claustro de la catedral y que pintó el programa iconográfico actual.

Frescos del Ochavo tras la restauración de Maella

Las noticias que tenemos de las reliquias son exageradas tanto en el número como en la procedencia.


Hace años localicé un listado manuscrito en la British Library de Londres que incluye la lista de Reliquias y alhajas que varios particulares han dado a esta Santa Iglesia (de Toledo), y que es una copia distinta al elaborado por orden del cardenal Lorenzana en 1790.

 La nómina de donantes de reliquias es tan alucinante que no me resisto a detallarla, aunque sea de forma parcial.

https://tulaytula.com/las-reliquias-de-toledo-leche-de-la-virgen-panales-de-cristo-y-muchos-huesos/

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