miércoles, 27 de noviembre de 2013

Elipando, Obispo de Toledo

Pentateuco "Ashburnham". Construcción de la torre de la BabelEl nombre de Elipando de Toledo ha quedado ligado para la posteridad a la herejía adopcionista, de cuyo arraigo y florecimiento en Hispania en las últimas décadas del siglo VIII se le hace principal responsable.

Elipando nació el 25 de julio del año 717, quizás en Sevilla. La precisión de esta fecha se debe a la confesión del propio Elipando al final de su Epistula ad Felicem nuper conuersum. De los primeros años de su vida no se tiene conocimiento en detalle aunque se supone que se dedicó a la vida religiosa desde muy joven. 

En el año 754, Elipando alcanzó la dignidad arzobispal de la sede de Toledo, sucediendo en el cargo a Cixila, muerto ese mismo año (no obstante, algunos estudiosos dudan de la veracidad de esta noticia y consideran que llegó al primado de Toledo hacia el año 783-784). Tal precocidad en su ascensión al arzobispado unida a las acusaciones veladas de Beato de Liébana y Eterio de Osma en la obra que compusieron contra Elipando, Apologeticum aduersus Elipandum, han arrojado la duda sobre los intereses que pudieron estar involucrados en su nombramiento. 

Beato y Eterio sugieren que Elipando llegó al trono episcopal “no por la puerta que es Cristo sino por otro lado”, aludiendo a presuntas irregularidades en su ascensión en la jerarquía eclesiástica. Parece que en la consecución de la dignidad episcopal el príncipe omeya Abd al-Rahman I, emir de Córdoba, pudo haber intercedido y presionado en favor de Elipando con el fin de obtener un valioso apoyo.

Como quiera que fuese, Elipando se mantuvo como arzobispo de Toledo desde el año 754 hasta su muerte, acaecida probablemente hacia el año 800 o en los años siguientes. Como arzobispo de la ciudad de Toledo se hizo merecedor del prestigio propio de su posición jerárquica y de la reputación inherente a la ilustre sede episcopal toledana, hasta el punto de ser reconocido por sus oponentes Beato y Eterio como “primus Hispaniae”, el primero y más importante de toda Hispania.

Elipando fue un hombre de cualidades sobresalientes. No se puede poner en tela de juicio su aguda inteligencia, su perfecto dominio de la dialéctica y su profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras y los Padres de la Iglesia. Se reconocen en su obra citas tomadas de textos de Agustín, Ambrosio, Cipriano, Efrén, Eutropio, Fulgencio, Genadio, Gregorio Magno, Hilario, Ildefonso de Toledo, Isidoro de Sevilla, Jerónimo, Juan Crisóstomo, Julián de Toledo, León Magno y Vicente de Lerins.

Su capacidad para hallar siempre la cita apropiada sobre la que apoyar sus posiciones doctrinales no es menor que su habilidad para jugar con los contextos en que u capacidad para hallar siempre la cita apropiada sobre la que apoyar sus posiciones doctrinales no es menor que su habilidad para jugar con los contextos en que aparecen insertas las palabras que le interesa traer a colación. Lo que algunos consideran una falsificación de las citas achacable al carácter taimado de Elipando, con frecuencia no es sino una hábil lectura de los textos, no siempre ortodoxa, y una interpretación crítica de las palabras de las autoridades que le sirven de fuente acorde con su concepción del dogma. En su brillantez vieron sus oponentes la cara de la perversidad y en su autoridad, cimentada en su posición de privilegio, la soberbia de quien se sabe cabeza visible de la jerarquía eclesiástica hispana.

Como arzobispo de Toledo y gran autoridad eclesiástica de Hispania se enfrentó a las doctrinas del heresiarca Migecio, del que nada se sabe más allá de lo que se lee en la obra de Elipando. Parece que Migecio se encontraba en la Bética, por donde difundió sus ideas heréticas al respecto de la corporeidad de las tres personas de la Trinidad, de la incongruencia de los sacerdotes al confesarse pecadores si realmente eran santos y estaban libres de pecado, de la prohibición de comer con pecadores y de ingerir ciertos alimentos, y de la afirmación de que sólo en Roma reside el verdadero poder de Dios porque en ella está Cristo. Elipando arremetió contra las herejías de Migecio en una carta dirigida a este personaje en fecha desconocida, aunque con cierta seguridad ya en condición de arzobispo de Toledo. En otra carta de Elipando, la que dirigió a Fidel de Asturias en el año 785, se informa de la celebración de un Concilio en Sevilla en el que se ha erradicado la herejía migeciana. 

La fecha de este Concilio no se conoce por ninguna otra fuente, de manera que la cronología del origen y la extinción de la herejía promovida por Migecio se mueve en el ámbito de la indeterminación. La participación en esta herejía de Egila, obispo galo enviado por Carlomagno a Hispania en misión de predicación, fue censurada por el papa Adriano I en dos cartas enviadas a dicho obispo en el año 782. Esta huella documental puede servir para precisar la vigencia de la

herejía de Migecio en esta fecha. Sin embargo, no habría de perdurar mucho más tiempo, pues Elipando asegura la enmienda de Migecio en el Concilio de Sevilla mencionado, que hubo de ser celebrado en fecha anterior al año 785

En los años siguientes estalla la ácida polémica entre Elipando y Beato de Liébana. En Hispania coexistían dos doctrinas cristológicas opuestas, una la doctrina ortodoxa de la Iglesia, que ve en Cristo al hijo propio y natural de Dios, nacido de María, y la otra la doctrina que predicaba y defendía Elipando, quien consideraba a Cristo hijo natural de María pero sólo hijo adoptivo de Dios. Se trata de la denominada doctrina adopcionista que sería condenada como herejía. Elipando, con el apoyo visible del los obispos Félix de Urgel y Ascárico (de sede incierta), pretendía establecer la identidad de Cristo con el logos y de esta manera hablaba de su asunción y adopción de la humanidad, recurriendo a una terminología habitual en la cristiandad hispánica y, respecto a la humanidad de Cristo, más en concreto, en la obra de Agustín de Hipona.

Las motivaciones sobre las que se asienta la doctrina adopcionista han sido muy discutidas y no han quedado aún bien determinadas. Parece que Elipando pudo haber intentado de alguna manera conjugar elementos religiosos árabes con la doctrina cristiana, afirmando la adopción de Cristo de manera análoga a la adopción de Mahoma en cuanto hombre.

 También se puede pensar en un influjo de los nestorianos enrolados en las tropas sirias que llegaron a Hispania a mediados el siglo VIII, como apoyo al ejército que luchaba en el Norte de África. Pero si bien es cierto que la doctrina adopcionista vio en Elipando a su principal adalid, también es verdad que no fue una doctrina de cuño personal pues ya en la liturgia mozárabe había una actitud tendente al adopcionismo. 

La doctrina gozó en Hispania de una enorme cantidad de adeptos entre laicos y religiosos. Y es en ese contexto en el que surge la enconada polémica con Beato de Liébana y su discípulo Eterio de Osma, quienes a su vez involucrarán en el ataque al papa Adriano y a Carlomagno. El rechazo de la doctrina adopcionista por Beato y Eterio era a ojos de Elipando una muestra de desprecio y ofensa hacia su autoridad y su prestigio. Por ello, inflamado por el ardor de su carácter intercambió con Beato y Eterio, tampoco caracterizados por su mesura, todo tipo de insultos y acusaciones.

Se incorporaron a la polémica Alcuino de York (Albino), ideólogo y hombre de confianza de Carlomagno, que indujo a Félix de Urgel a su retractación en el Concilio de Aquisgrán (Aachen) del año 799 y que escribió sendas obras contra Félix de Urgel Elipando de Toledo, y otros como Paulino de Aquileya y, algo más tarde, Agobardo de Lyon.

En el año 792 las doctrinas defendidas por Elipando fueron condenadas en el Concilio de Ratisbona (Regensburg) convocado por Carlomagno. Sin embargo, Elipando salvaguardado por encontrarse en territorio de jurisdicción árabe continuó su defensa a ultranza de la doctrina sin que se tenga constancia de ninguna retractació antes de su muerte, acaecida en el año 800 a la provecta edad de 82 u 83 años. Con su
fallecimiento el adopcionismo perdió su principal valedor y sin él su fuerza y su presencia fueron progresivamente disminuyendo hasta su desaparición Sin embargo, a pesar del alejamiento de Elipando de la ortodoxia nunca fue suprimido de los dípticos episcopales de la diócesis de Toledo.

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